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Jaume Boada i
Rafí O.P. - Constantes en la oraci�n
(�ndice)
¡Renacer
de nuevo!
Del
agua, de dentro, de lo alto, del
Espíritu
Todo lo que os he dicho hasta
ahora y lo que voy a deciros a continuación nace de
la fe en Cristo Resucitado, y la convicción de que su
presencia es activa y eficaz entre nosotros gracias al Don
del Espíritu de Pentecostés. Y la posible
audacia que pueda verse en las propuestas de camino que os
hago no tiene otra raíz que la fe en la presencia
viva de Jesús en la comunidad de quienes se han
comprometido a vivir radicalmente la opción de vida
por Cristo desde una entrega fiel al Reino.
Veo claro, que Él
quiere que os invite a entrar en este don del
Espíritu para los seguidores de Jesús, y creo
que es muy importante todo lo que hagamos en este sentido.
Yo siento que el Señor quiere que, como siempre, os
hable con claridad y fuerza. Voy a usar el estilo coloquial
de una carta personal. Que cada uno piense que se la estoy
escribiendo a él.
Hermano:
¡Eres de Él! Te has comprometido a seguirlo
hasta el final en fidelidad a tu vocación cristiana
de seguimiento de Cristo, en el corazón del mundo en
el que quieres hacer una siembra del Evangelio.
Creo que
cuando acudes al encuentro con Él, en la soledad y en
el silencio de tu oración, no deseas otra cosa que
estar con Él, y buscar la voluntad de Dios. Ansiabas
escucharle, oír su voz y su Palabra, y exponerle
abiertamente tu vida a la luz de su presencia.
El camino
compartido hasta ahora no ha sido un encuentro fugaz con el
Señor Transfigurado. Es una experiencia de vida que
se ha de plasmar en caminos nuevos que te ayuden a ser, de
verdad, sacramento de esperanza en la Iglesia y en el mundo.
Porque ya sabes que todo lo que haces para crecer en
Él, tiene siempre una repercusión en tu propia
vida y en el testimonio que encierra.
Para
ello has de "volver a nacer"
Sí...,
volver a nacer. Aunque tengas que confesar, como hizo el
asombrado Nicodemo (Jn. 3), que es difícil volver a
nacer cuando uno ya es grande.
Porque para
"volver a nacer" has de morir a muchas de tus
pequeñeces, y se te exige que estés dispuesto
a recomenzar, cambiar de vida, cambiar de criterios,
convertirte, "salir de tu tierra", abrirte a la gratuidad, a
la ternura, al Amor y a lo imprevisible del
Espíritu.
Para nacer de
nuevo has de aceptar vivir a la intemperie vital y dejarte
llevar por la fuerza del viento del Espíritu, sin
poner impedimentos al crecimiento de vida que viene de
Él.
Volver a nacer
es reencontrarte con el deseo de ser de Él, de
pertenecerle, de amarle como nunca pensaste que se
podía amar, de dejarte enamorar de Él y por
Él, y de permitir que resuene incesantemente en tu
alma la gran palabra, entrañable: ¡Déjate
amar, asumiendo la disponibilidad de
María!
Sí,
déjate amar y abre tu vida al amor transformante de
Dios. Y acepta todo lo que ello te exija. En María
tienes un testimonio vivo de esta disponibilidad
explícita que la Madre del Señor vivió
a lo largo de toda su vida.
Nacer de nuevo
es abrir tu alma y tu vida al horizonte de la luz del Amor,
y reencontrarte con lo que ha de ser el alma de tu entrega,
que es el abandono incondicional en las manos del Padre, con
una gran confianza, sin miedos, aceptando su voluntad para
ti, hasta las últimas consecuencias.
Nacer de nuevo
es ser capaz de morir a ti mismo para crear en tu vida
sendas nuevas para el Amor. Para nacer de nuevo, has de
dejar tus cálculos egoístas, has de abandonar
tu mediocridad, también la superficialidad y
decidirte a vivir a fondo.
Y, ya que lo
dejas todo por Él, y quieres dar la vida por amor,
dala de verdad. Abre tu vida a la invasión de su
Amor. Piensa que no se te pide otra "heroicidad" que la de
ser conscientemente fiel en el día a día. Huye
de la instalación cómoda. Huye de la rutina.
No te dejes vencer por el cansancio, ni por la
decepción.
Evita siempre
la crítica destructiva, la murmuración. Evita
todo lo que sea contagiar posibles motivos de tristeza. Que
renazca en ti tu sentido de pertenencia a la Iglesia de
Jesús.
Dalo todo.
Date del todo. Renueva cada día la ofrenda que un
día le hiciste al Señor. Sé generoso
con Dios, y con los hermanos. Y vive esta donación
personal tuya con un sincero sentido oblativo: lo haces por
Cristo, con Él, en Él y como Él... Cada
día en la misa tendrás ocasión de
renovar tu ofrenda hecha gesto de amor.
No te
contentes con hacer lo que siempre se ha hecho. Busca
ofrecer a los de tu alrededor, cada día, nuevos
motivos de alegría y esperanza. No te limites a
dejarte llevar por el devenir de la vida. Acepta con paz que
Dios se vaya manifestando en el tiempo, pero no eludas la
tarea que Él pone en tus manos.
Tampoco caigas
en la tentación de intentar nacer de nuevo tú
solo. Reconoce siempre la necesidad de "volver a nacer" en
comunión con tus hermanos, aunque pueda parecerte que
es más lento.
Vive, en todo
caso, el día a día con renovada
ilusión. Cree en la creatividad renovadora del Amor.
No dejes que la rutina desvirtúe el sentido de tu
vida.
Pero
arriésgate a seguir en este camino de donación
total por Amor. Decídete a vivir siempre abierto al
don del Espíritu. Nacer de nuevo es contagiar la
ilusión de vivir. Porque desde la fe en Cristo
Jesús ves lo que realmente hay, pero eres capaz de
reaccionar creyendo en la fuerza de su
resurrección.
Has
de nacer "de dentro", "del corazón"
Contempla la
belleza de la flor, saborea el fruto, pero agradece al que
tuvo la audacia de hundir la semilla en la tierra, y nunca
olvides los largos tiempos de espera que estuvo ahí
escondida antes de salir a la luz.
Nacer de
dentro te exige:
-
Que asumas
el compromiso de reconocer que tu opción cristiana
por Cristo y por el Evangelio parte del misterio de amor
de Dios hacia ti, lo que supone que debes ir desvelando
lo que Él quiere de ti y de tu vida, respondiendo
creativamente y concretamente a su amor.
-
Que
aceptes sumergir tu vida en Dios, esconderte en
Él, perderte en Él, y ser tú mismo
semilla que cae en la tierra dispuesto a morir
inmolándose, para germinar en vida nueva como
consecuencia de tu opción por el Evangelio de
Jesús.
-
Que seas
capaz de gastarte y desgastarte en tu trabajo diario, no
buscando ni reconocimientos ni gratificaciones humanas,
sino sólo responder a lo que entiendes que es una
exigencia de amor y de fidelidad, reconociendo que todo
lo que has de hacer es responder al proyecto de amor de
Dios para ti. Sabes que, como dice San Pablo: "Tu fe ha
de ser activa, tu amor incansable, y constante tu
esperanza en Nuestro Señor Jesucristo" (1 Tes 1,
3)
-
Que
respetes el misterio del amor de Dios en la vida de cada
uno de tus hermanos; que puedas ser para cada uno de
ellos estímulo y aliento de respuesta en
fidelidad. Considera que cada hermano, en el proyecto del
amor de Dios, es un soplo del Espíritu. Ayuda a
fomentar siempre todo lo que sea unión y amor
fraternos, comunión eclesial en tu entorno, y todo
lo que ayude a crear ámbitos de fidelidad
compartidos.
-
Que
reconozcas que en la bienaventurada sencillez de lo
pequeño se esconden las realidades más
grandes. Entre tus mismos hermanos podrás
encontrar auténticas "historias de fidelidad ",
escondidas muchas veces en vidas sin apariencia, o en
hermanos que viven su fidelidad silenciosa en el
día a día, anónimamente, sin hacerse
notar. Es un testimonio que te alienta y que es bueno
contrastar con las cosas negativas de la Iglesia, que
suelen ser las que más se comentan.
-
Que creas
firmemente que la fuerza del fuego del Espíritu
está escondida en las cenizas de tus propias
pobrezas, o en la de tus mismas infidelidades, o en la de
tu falta de generosidad a la hora de seguir a
Jesús. Cree sinceramente que el Señor
Jesús puede darte un "corazón nuevo", pero
sé consecuente y da los pasos de conversión
necesarios para poder acogerlo.
-
Que
tú, junto a tus hermanos, te comprometas
sinceramente a vivir en una sincera conversión a
la esperanza.
-
Nacer de
dentro supone, finalmente que creas que puede ser verdad
aquello que propone San Pablo a los cristianos de Roma:
"Que El Dios de la esperanza llene vuestra fe de
alegría y de paz para que viváis en la
esperanza gracias a la fuerza de nuestro Señor
Jesucristo" (Rm 15,13)
Has de nacer "del
agua" y "de lo alto"
Para iniciar el comentario a
estas palabras de Jesús a Nicodemo te
recordaré un poema escrito hace poco por una orante,
cuyo mensaje te invito a revivir:
- Encuentro
- No, yo no
descubrí al Amor,
- fue Él
QUIEN me encontró a
mí,
- y me introdujo
en su tienda.
- No, yo no
descubrí al AMOR,
- fue Él
quien me encontró a
mí.
- Me
perdí en aquel encuentro
- y vago rendido
en su mar.
- Prohíbo
a todo ser viviente:
- - que se
acerque,
- - que me
toque,
- - que me
saque,
- - que me
"salve",
- - que me
despierte...
- ¡Por
favor, dejadme ahogar!
Sí,
hermano, pide que te dejen ahogar en el mar de Dios para
así poder "nacer del agua". Sumérgete en
Él y renace a la transparencia y la pureza luminosa
del agua. Que todo en tu vida pueda ser luminoso y claro, y
ser expuesto a la transparencia sincera de la luz del sol.
Es el precio de la claridad de tu testimonio
evangélico.
Renacerás,
reviviendo tu compromiso vital con Cristo, que se
inició en las fuentes bautismales y que, si un
día fuiste llamado a seguir a Jesús de una
manera más radical y significativa, todo tuvo su
comienzo cuando fuiste sumergido en el agua del bautismo que
te incorporó a Cristo por el misterio de su
gracia.
Que sea clara
como el agua tu voluntad decidida de seguir a Jesús
en su pobreza y en el misterio del Amor de Dios, que
está en cada uno de tus hermanos. Ha de ser clara tu
opción por seguir a Jesús en pobreza. Has de
buscar ser realmente pobre, pobre de alma y pobre en la
vida. Que sea verdad tu opción por los pobres, es lo
que el Evangelio señala como signo de la llegada del
Reino: "Los pobres son evangelizados".
Para nacer del
agua se tendrá que ver con claridad tu opción
de seguir a Jesús en pureza de vida, que el amor de
donación evangélica en el que vives te ayude a
crecer como cristiana, en un sano entorno en el que puedes
amar abiertamente y sentirte amado. Pero ha de ser claro...
Ha de ser claro que no tienes el corazón dividido. Ha
de ser claro, como el agua en la que te sumerges y de la que
renaces, que "quieres ver a Dios" como te proponen las
bienaventuranzas, y que para verlo estás dispuesto a
mantener la transparencia de tu corazón limpio.
Piensa que la pureza del corazón es testimonio de
Jesús. Mientras que una pureza desvirtuada desfigura
el testimonio luminoso de Jesús y viene a ser un
contratestimonio que daña la tarea evangelizadora de
la Iglesia. Comprométete a ser audazmente claro en
todo.
Renacer
"del Espíritu"
Sí,
renace también del Espíritu. En este
día de nuestro camino espiritual tengo que invitarte
a vivir en un auténtico renacimiento del
Espíritu. La experiencia espiritual y eclesial que
has vivido en estos días de oración y de
silencio te ha preparado para ello.
Más
aún, creo que es voluntad de la Iglesia que la vida
de los cristianos, que han hecho una opción sincera
por Cristo y por el Evangelio, entre en una auténtica
renovación espiritual y de vida. Enmarcado todo ello
en Iglesia y encarnados en un mundo que espera nuestro
testimonio significativo de que estamos dispuestos a "ir
allá donde Cristo fue, y hacer lo que Él
hizo". Esto supone un verdadero renacimiento en el
Espíritu Santo, Señor y dador de
vida.
Creo que es
importante que en estas etapas finales de nuestra ruta de
oración os pueda indicar brevemente los horizontes
hacia los que debemos caminar, para que cada uno de
nosotros, desde la humildad del propio camino, aporte amor e
ilusión, compromiso de vida, en este crecimiento
espiritual de todos.
Las sendas y los
caminos
A mi humilde entender las
líneas de este camino tendrían que fijarse en
los siguientes puntos:
-
Una experiencia viva e
intensa de Dios que nazca de una atención a
Él en la vida; una escucha atenta de la Palabra;
una profundización en el estudio y en el
conocimiento de los gozos y las esperanzas de los hombres
y mujeres de nuestra tierra y de nuestro tiempo; y un
encuentro con Él en la soledad y el silencio del
"cara a cara", dispuesto a acoger y dejarnos arrastrar
por la fuerza del viento del Espíritu.
-
Una vida marcada por el
Evangelio como eje vertebrador que da consistencia a
todo, tanto a nivel personal como eclesial, esto es, el
Evangelio convertido en norma de nuestra vida
cristiana y evangelizadora.
-
Convertir al Señor
Jesús en el "TÚ" que da sentido al "yo" y
al "nosotros". Y que esta experiencia compartida de
Cristo nos lleve a la alegría comunitaria y al
olvido de nosotros mismos en la humildad, en la ausencia
del orgullo, para crear ámbitos comunitarios
renovados en el amor sencillamente
evangélico.
-
La comunidad familiar o
religiosa, como espacio de comunión esencial para
nuestro crecimiento humano y espiritual, y para la
eficacia evangélica de nuestra misión
cristiana, superando amarguras y resentimientos, porque
en el amor de Jesús y en la presencia amorosa de
María todo nos lleva a la
alegría.
-
La atención al
acontecimiento salvador, el grito del mundo, que nos
sacudirá de nuestra instalación. Y a las
"cartas" que, como decía Juan XXIII, Dios va
dejando en los caminos de la historia.
-
El compromiso y
cercanía con los más pobres, a los que la
sociedad no puede ignorar, ni el "estado de bienestar"
olvidar en una marginación inútil. Para
todo testigo del Evangelio la presencia de los pobres es
garantía de que el Reino de Dios está
cerca.
-
La definición, en
el planteamiento y en la vida, de una espiritualidad
cristiana que concrete nuestra forma específica de
"reproducir" testimonialmente la imagen del Señor
Jesús misericordioso con aquellos a los que nos
sentimos enviados a evangelizar.
-
El buscar
explícitamente una conversión de nuestras
vidas al propio carisma personal o comunitario. Un
reencuentro con sus fuentes, y una disponibilidad para
sumergirnos en ellas y dejarnos inundar por el agua nueva
de la que hemos de renacer.
Y todo ello en el marco de una
vida familiar y comunitaria que se mantiene fiel a una vida
de continua búsqueda de la voluntad de Dios, desde
una apertura total al viento del Espíritu, que
siempre viene a nosotros en un nuevo Pentecostés
renovador.
Impulso renovador
del Espíritu
Es esencial que seamos capaces
de dejarnos llevar por el impulso renovador que el
Espíritu Santo está suscitando en la Iglesia.
Yo creo que es una auténtica invitación a
renacer en "el Espíritu". Y, al renacer en el
Espíritu, reconocerás que hay una fuerza
dentro de ti que te supera y te lleva a una entrega
ilimitada al Amor.
Tu actitud: dejar que el
Espíritu te lleve a "nacer de nuevo", en el
corazón de la vida, en el corazón de los
pobres, a los que te entregas por fidelidad a tu
vocación cristiana. Piensa que los hermanos a los que
anuncias el Evangelio de Jesús, son para ti quienes
te ayudan a descubrir los caminos por los que tendrá
que ir la donación que has hecho de tu vida al
Señor y a la Iglesia.
El Señor te
"consagró", el día del bautismo, con el
sello del amor con el que selló tu
corazón y tu frente. Marcó con él tu
cuerpo y tu misma vida. Pero Él quiere que, naciendo
de nuevo de su corazón, renazcas también del
corazón de la vida, bien encarnado en tu tierra y en
tu historia, y bien comprometido con tu misión
cristiana.
Volver a nacer del
Espíritu es abrir tu alma y tu vida a un horizonte
sin fin: el horizonte del Amor sorprendentemente creador de
Dios. Nacer, renacer del Espíritu, concretamente, te
llevará a reencontrarte con estos elementos
experienciales que se manifiestan en:
-
La mística de la
cruz como culminación de toda entrega por amor.
Amarás la cruz como "signo" y manifestación
de tu comunión con el Señor inmolado y
entregado.
-
La mística de la
oblación total por Cristo Jesús que
está presente en ti, y en todo lo que vives y en
lo que haces. En la propuesta de vivirlo todo en
Él, por Él, como Él y como
Él, en un abandono incondicional que te
llevará al ofrecimiento pleno de todo lo que
tienes y lo que eres en disponibilidad de
vida.
-
La mística de una
vida de comunidad cristiana que pueda ser sacramento del
amor de Jesús a todos. Una comunidad en la que se
pueda vivir algo tan sencillo como necesario para la vida
que es el poder amar y poderte sentir amado. Una
comunidad en la que el perdón, la
comprensión, la alegría y el gozo en el
Espíritu no sean sólo palabras bonitas,
sino palabras hechas realidad sencilla y concreta de cada
día. Fomentarás la alegría y la
esperanza confiada entre los hermanos, porque sólo
con ellos podréis ser sacramento del amor salvador
de Jesús.
-
La mística de la
donación total por la Iglesia y en ella por la
salvación de todos los hombres, por amor al
testimonio vivo del Evangelio de Jesús.
Harás tuyo con ello el deseo de Cristo, el
Señor: Que el Padre sea conocido, que el Padre sea
amado, que el Reino llegue a todos, y que la
salvación en el amor del Padre sea sembrado por
toda la tierra.
-
La mística del amor
fiel a la Iglesia. Ella te marcará los caminos de
la plena fidelidad al Evangelio de Jesús. Te
guiarás por sus criterios y te unirás a
ella en su vida y en su misión. Vivirás
consciente de que la Iglesia y cada una de las
comunidades eclesiales es, y ha de ser, una parte viva de
este misterio de amor salvador en Cristo.
-
La mística del amor
a María, mujer-virgen-madre, templo de la
Trinidad, a la que tú buscarás imitar en su
disponibilidad plena al misterio del amor que Ella
vive:
-
La mística de un
Dios Amor que te plenifica, te salva y te hace feliz,
-
La mística de
quien, desde la fe y la esperanza, se arriesga a buscar y
crear caminos nuevos que garanticen el futuro de la vida
de opción por Jesús,
-
La mística de la
santificación en la vida ordinaria,
-
La mística de la
paciencia, la misericordia y la caridad
evangélicas,
-
La mística de quien
es capaz de ser, desde la sinceridad anónima de
una vida escondida,... sí capaz de ser, para sus
hermanos "sacramento de esperanza".
* * * * * * * * * * * *
Cada vez me convenzo
más, hermanos, de que es bien cierto lo que afirmaba
hace años el gran teólogo Karl Rahner cuando
dijo: "El cristiano del mañana será un
místico, alguien que ha experimentado algo, o ya no
tendrá nada para decir".
Está en la misma
línea profética la expresión del
místico poeta Saint-Exupery, el conocido autor del
Principito, cuando afirmaba poniendo sus palabras en boca
del Señor: "Que estos pobres hijos vean como van
las cosas y crean que mañana pueden ir mejor.
Éste sí que es un auténtico milagro de
la gracia".
Sí, hermanos, en estos
días de oración y de silencio he vivido como
un suspiro de la gracia. Uno de los últimos consejos
que quiero dejaros escrito es: ¡Creed, sí...
creed, por favor, creed que es posible este milagro de la
gracia!
"Reconoced
en vuestros corazones a Cristo como Señor,
estad siempre disponibles para dar una respuesta a
todo aquel que os pregunte por la razón de
vuestra esperanza" (1 Pe 3,15)
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