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Jaume Boada i
Rafí O.P. - Peregrino del silencio
(�ndice)
Peregrino del
silencio
¡Qué poco sabemos
de Dios!. Sí, qué poco sabemos de Dios. Dios
es silencio, un inmenso silencio y, al mismo tiempo, es
palabra; la palabra que nos ha dicho en Cristo
Jesús.
Dios es luz, es claridad de
presencia y, al mismo tiempo, es noche, es oscuridad, es el
Dios escondido.
Dios es bondad,
cercanía, amor, misericordia. Y también lo
reconocemos como inaccesible, lejano, ausente. Dios, en todo
caso, es para el orante la única
nostalgia.
Dios es Amor y Misterio. Por
esto el orante siempre puede exclamar: ¡Qué poco
sabemos de Dios!.
El orante consagra su vida a
buscar a Dios. Quiere conocerlo, ansía ver su rostro,
percibir su presencia y sus pasos en la vida. Y para ello se
entrega a Él, le dedica su atención, su
tiempo. Todo lo hace por Él, con Él y en
Él. Se abandona en sus manos de Padre y está
dispuesto a convertirse en propiedad de Dios.
Haz de mí lo que
quieras, cuando tú quieras y cómo tú
quieras. Porque te amo, Señor. Te doy gracias por
todo lo que hagas de mí, porque te amo, porque quiero
conocerte y estoy dispuesto a todo, sí, a todo, a
vivir el camino que lleva al encuentro hasta las
últimas consecuencias, porque te amo.
Para caminar empujado por la
sed y la nostalgia, el orante vive en una actitud de vida
que se caracteriza por la esperanza, la atención, la
soledad, la súplica, la pobreza y la sencillez. La
simplicidad de vida y, sobre todo, el silencio. El orante
descubre que orar no es aprender a hablar, sino descubrir la
comunión con Dios desde el silencio.
El orante es el peregrino del
silencio. Busca tiempos de desierto porque es lugar de
silencio. Busca la naturaleza porque en su silencio habla de
Dios. Necesita la soledad del Sagrario, porque es un signo
de la presencia del Señor. Alimenta su oración
en el encuentro con los hermanos, en la lectura atenta de la
Palabra, en la celebración de la Oración de
las Horas, porque la Palabra de Dios es lámpara de
sus pies y luz de su camino.
El orante es hombre de pocas
palabras porque necesita el silencio. Prefiere mirar,
escuchar, estar atento, esperar
Leer la palabra y escuchar la
palabra.
Es el peregrino del
silencio.
¡Qué poco sabemos
de Dios! Si no callamos a todos nuestros ruidos no podremos
escucharlo. Si no abrimos nuestra vida al amor, no nos
será posible descubrir al Dios Amor. Si seguimos
encerrados en la pequeña anécdota de nuestras
cosas, sin abrirnos a la trascendencia de la vida, no
seremos capaces de percibir su mirada cercana y
bondadosa.
Si estamos empeñados en
definirlo, en hablar sobre Él, en encerrarlo en las
pobres paredes de nuestras palabras, no llegaremos a saber
quién es Él. Si nos contentamos con la
pequeña satisfacción de nuestros fervores y de
nuestras piedades, si ya tenemos bastante con cumplir unos
actos de piedad o decir unas oraciones, si ya nos creemos
poseedores de Dios, estamos cerrando el camino que nos lleva
a saber de Dios.
El orante, si quiere ser fiel
a su vocación, ha de convertirse en peregrino del
silencio.
La peregrinación del
silencio se convierte para el contemplativo en el quehacer
constante de su vida. De hecho, en su misma oración
experimenta un proceso simplificador y confiado.
A medida que va avanzando en
el camino de la búsqueda de Dios, percibe que
necesita menos de las palabras para comunicarse con
Él, hasta que su plegaria es sólo un largo y
continuado amor.
No es fácil expresar en
palabras la peregrinación del silencio. Creo que ella
resume todo un camino de oración, de búsqueda
de Dios, de hambre y sed de saber de Él.
Él nos amó
primero. Todo empieza en el Plan de Amor del Padre, en ese
proyecto de amor que pensó para cada uno de nosotros
que es invitación y puerta que atrae y
arrastra.
El contemplativo descubre
también que él sólo puede entregar, con
gran amor, la propia nada, la conciencia de pobre, la
convicción de unos límites propios. Una vida
cargada de imperfecciones y, muchas veces, la mayoría
de las veces, una vida llena de ocupaciones y
preocupaciones. Por esto, el contemplativo ofrece su deseo y
su disponibilidad. Presenta esa mezcla de pobreza y riqueza
que es el propio barro.
Llega con ello el paso previo
de la confianza: el orante confía en Dios y lanza el
corazón al camino del abandono pleno y total al Plan
de Amor del Padre. Es entonces cuando entra en la tierra de
Dios, porque su vida, en su insignificancia aparente, es
tierra de Dios, es realización de un Plan de Amor del
Padre.
El peregrino de la
contemplación comienza a dar los primeros pasos ya en
esta nueva tierra y entonces, más que nunca, ve que
Dios es amor, misterio, es presencia, luz, oscuridad
Siente en su corazón la verdad de las palabras de San
Agustín: "Nos hiciste, Señor, para ti, y
nuestro corazón estará inquieto hasta que
repose en ti".
¡Qué poco sabemos
de Dios! Entrar de lleno en el camino de conocerlo nos exige
hacernos peregrinos de la ruta del silencio.
Comenzamos descalzando
nuestros pies, como Moisés en el Horeb. Estamos en
tierra de Dios. ¿Qué hacer? Deja a un lado del
camino tus miedos, tus temores, tu
cobardía.
No permitas que resuene
demasiado en ti la pregunta paralizante:
"¿Qué me va a pedir el Señor?"
Olvídate de tu costumbre de calcular riesgos. Esta
peregrinación te exige entregarte a fondo perdido,
sin límites, sin condiciones y sin reservas de
ninguna clase.
Despójate de tu
tendencia a querer saber el porque de todas las cosas. No se
te pide que renuncies a pensar, pero sí que te dejes
llevar por el Amor, que te fíes de Él, que es
Padre, pero también Dios, misterio de fe.
Permítele que llegue a
ti y te guíe como Él quiera, y te lleve como
quiera y hacia donde Él quiera.
Renuncia a la comodidad, al
consuelo, a ver siempre claro.
Para hacer el camino del
silencio te bastan dos cosas: fe y paz de alma. Es cierto,
sentirás que tu fe, en algunos momentos, es dolorosa
y oscura y la paz iluminará sólo el
último rincón de tu alma. Ya tienes bastante
con esto.
Descalzar tus pies para andar
por la tierra de Dios te exigirá, además,
estar dispuesto a no buscar ansiosamente las palabras de
comprensión y de aliento de los demás. Si el
Señor te concede la gracia de tenerlas,
vívelas con gozo, pero acepta sentirte solo en el
camino cuando Él lo permita.
No siempre tendrás la
ocasión de tener cerca una mano amiga que te ayude y
oriente en el camino. Todo peregrino del silencio ha de
aceptar, en más de una ocasión, la soledad del
encuentro cara a cara en la fe.
Solo Dios basta. Acepta
sentirte guiado en esta ruta interior y cuando Él, el
Señor lo quiera así, con la sola luz del
Espíritu Santo. En ocasiones brillará como el
sol, pero en otras será más débil que
la luz de un candil.
Pero confía, porque
ésta, al menos ésta, nunca te
fallará.
Descalza tus pies y renuncia,
incluso, a llevar las precarias sandalias de tu propia
humildad y pobreza.
Acepta que Él te vaya
despojando de todo y te descalce como Él
quiera.
Ve renunciando al camino de
desear siempre lo fácil, o de dejarte llevar por la
tendencia que todos tenemos a no complicarnos la
vida.
Descálzate
también de todo lo que sea tristeza. Es
egoísta la tristeza: huye de ella como de la
tentación.
Ocúpate de tus
hermanos. Ocúpate de tus quehaceres. Pero renuncia a
las preocupaciones. Y, sobre todo: no pienses demasiado en
ti.
Ocúpate de tus
hermanos. Se delicado y atento con ellos. Procura ser motivo
de alegría y esperanza para todos cuantos te
rodean.
Busca ser
servicial.
No busques la
perfección por la perfección o la santidad por
la santidad. No tienen sentido en sí mismas.
Sólo valen cuando están llenas de amor, cuando
son pasos que te conducen a saber de Dios.
Para poder hacer la
peregrinación del silencio te será necesario
también prescindir de las gratificaciones
espirituales. Incluso de la gratificación que supone
el darte cuenta que estás haciendo
oración.
La peregrinación del
silencio te pedirá, muchas veces, estar en soledad,
en sequedad, en desnudez, sin sentir nada, sin saber nada,
Estar y permanecer fiel en la presencia del Señor a
la escucha atenta de su palabra con la esperanza de poder
entrever, aunque sea, su rostro de luz.
Descalza tus pies de la
voluntad de querer ser tú el protagonista del camino.
Es Dios. Él es el Camino y el Caminante, la Senda y
el Viento que empuja tus pasos.
Déjate llevar.
Déjale que Él obre en ti a su aire. Permite
las tormentas, el viento huracanado o la brisa suave que
hacen agradable tu peregrinación.
Despréndete de la
necesidad de hablar demasiado.
Despójate de las
prisas. Dios tiene su tiempo.
Dios quiere que interiorices.
Dios quiere que descubras su presencia en tu vida, en tu
entorno, en lo que haces.
La peregrinación del
silencio te conducirá al alma de las personas, al
sentido de las cosas, a tu propia intimidad. Te
llevará de la mano a descubrir la presencia del
Señor entre los hermanos.
En la asamblea que ora escucha
la palabra o canta las alabanzas del
Señor.
Recuerda, sin embargo,
aquéllas palabras de Teresa de Jesús:
"Alma, buscarme has en ti y a ti, buscarte has en
mí".
No te dejes llevar por la
necesidad de sentarte al lado del camino porque estás
cansado, porque es arduo el camino o porque crees no poder
caminar más: ¡Él es tu fuerza, en
Él lo puedes todo!.
Peregrino del silencio: si
deseas saber de Dios, descalza tus pies. A lo mejor tienes
la impresión de que todo es muy negro, o descubres
que predomina la niebla. No lo creas. Cuesta descalzar los
pies, pero es condición necesaria para andar por
tierra de Dios, para descubrir que tu vida es la tierra de
Dios. El dejar tu calzado te facilitará el camino:
vale la pena recorrerlo.
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