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Jaume Boada i Rafí O.P. - Peregrino del silencio  (�ndice)

 

 

Adorar

Es largo el camino del discípulo del silencio. Se va haciendo día a día, en la dureza de las renuncias y en la alegría de la entrega. Uno solo es el objetivo: conocer a Dios, vivir en Él. "Porque vivo en el Señor que me quiso para sí", dirá Santa Teresa de Jesús.

El peregrino del silencio, después de preparar el camino y descalzar sus pies, comienza a andar. No es posible describir la ruta. Cada orante sigue la suya, la que el Espíritu del Padre le da a entender.

Es inimaginable la variedad de las manifestaciones del Espíritu en el peregrino orante. Sin embargo, y a título meramente indicativo, iremos señalando los pasos más frecuentados por todo peregrino del silencio. Lo hacemos con el objetivo de ayudarte a discernir y de alentar tu propia peregrinación contemplativa.

El primer paso: adorar.

Todo encuentro con el Señor, toda experiencia de su amor y de su palabra se convierte para el contemplativo en una invitación a mirar, escuchar, admirar y adorar.

Ante la inmensidad del amor y de la misericordia del Padre sólo cabe la adoración silenciosa y abandonada de quien abre su vida para dejarse amar por el Amor. Porque el orante es un adorador del Padre en espíritu y en verdad.

Es éste el testimonio de un contemplativo que, con la máxima sencillez y naturalidad, escribía: "He conocido y creído el amor que me tienes. Y ante este amor sólo puedo callar, hacerme vacío para que Tú puedas volcarte, desahogar en mí tu amor; dejarme en tus manos para que puedas amarme todo lo que quieras. Amarte será dejarme amar".

¡Qué poco sabemos de Dios!

El peregrino del silencio avanza en el camino de su encuentro con Dios y va percibiendo la necesidad imperiosa de callar y adorar. Su adoración es silencio y su silencio adoración.

El contenido de la adoración contemplativa es muy sencillo y, al mismo tiempo, extraordinariamente rico. En algunos momentos consistirá, simplemente, en vivir la presencia, estar reverentemente ante la presencia, o mirar la presencia, hacer silencio como humilde homenaje de amor y entrega ante la presencia siempre actual del amor del Padre en nosotros. Y es, también, vivir en una actitud de bondad y acogida en relación con los hermanos, con las cosas, con la naturaleza y los acontecimientos. Porque el peregrino del silencio aprende a adorar la presencia, pero descubre también la necesidad de adorar y amar todas las manifestaciones de esta presencia.

Por ello, el contemplativo es cercano y solidario. Ama y adora en su silencio orante el rostro de Cristo crucificado por amor, pero también lo ama y adora escondido en el rostro del hermano que sufre.

A medida que, por la gracia de Dios, puede ir haciendo de esta adoración silenciosa de la presencia una realidad ininterrumpida, va conociendo a Dios. Por ello no es de extrañar que exclame: "¡Qué poco conocemos de Dios!" Y siente la imperiosa necesidad de apresurar los pasos de su peregrinación, y lamenta las distracciones, las evasiones y las infidelidades. Son una inútil pérdida de tiempo.

Pero este vivir la presencia está plenamente inundado de amor. Un amor de silencio profundo, constante, inagotable: "Un alma en Dios escondida, ¿qué tiene que desear, sino amar y más amar y en amor toda encendida, tornarse de nuevo a amar?", dice Teresa de Jesús.

En otras ocasiones, adorar se traduce para el peregrino del silencio en escuchar, esto es, acoger la presencia y la palabra del Padre que encuentran en él la sonoridad cordial necesaria para llegar a lo más íntimo de su ser. Por este motivo, el peregrino del silencio busca acallar las voces exteriores, los ruidos, las prisas. Pero también vive la ascesis de renunciar a las palabras inútiles, vacías. Y, sobre todo, a las impaciencias interiores, la melancolía, los egoísmos, los afectos que no son según Dios, todo aquello que distorsiona el alma y la incapacitan para escuchar. El peregrino del silencio llega a comprender que esto es una tarea de toda la vida. Requiere amor, un amor convertido en constancia en la lucha y en paciencia.

Escuchar, adorar en la atención amorosa del Padre pide, además, una gran delicadeza espiritual y una sensibilidad para percibir en todo y en medio de todas las cosas, incluso de la vida pequeña de cada día, la presencia y la palabra del Padre. Por este motivo la lectura de la palabra de Dios, la adoración de la palabra de Dios, la escucha de la palabra de Dios en la liturgia o en los momentos silenciosos y solitarios de su oración, constituyen para el peregrino el alimento de la escucha en adoración. Durante el día, en el trabajo, en el descanso, siempre, el orante, repetirá con su corazón o con sus labios, en su pensamiento, la palabra de Dios.

Todo ello requiere un gran amor por el silencio. Es la escuela donde aprende a adorar.

¡Qué poco sabemos de Dios! No es un lamento ni una queja. Es expresión de hambre y sed de conocer a Dios.

Adorar es también vivir la fiesta de la presencia constante del Padre. Adorar es celebrar, es alabar. El peregrino del silencio se entrega, siente en su alma la necesidad de hacerlo, a una constante alabanza y acción de gracias. Su oración es una celebración y un canto ininterrumpido de alabanza porque el amor del Padre y el Espíritu Santo ha sido derramado abundantemente en vuestros corazones.

El peregrino del silencio es un caminante alegre: ríe, canta y ama porque adora el amor de Dios en él.

Junto con todas estas realidades hermosas que llenan el caminar hacia el conocimiento de Dios, el peregrino del silencio también hace memoria. Porque adorar es rememorar el amor y la misericordia de Dios.

En sus pasos por el desierto de la vida y por el camino del silencio, se siente guiado por Dios y recuerda el amor primero. Es un constante mirar y admirar la bondad, el amor y la fidelidad de un Dios que llama e invita, pero que siempre está, siempre acompaña, siempre ama con un amor pleno y total, transformador y revitalizador del camino.

El rememorar adorando se convierte para el peregrino del silencio en un punto de referencia constante. Es motivo de alabanza siempre y, en más de una ocasión, el recuerdo y recuento de las misericordias del Señor es la fuente de paz de alma que mana sin cesar.

Cuando hay una nube en su vida, cuando la oscuridad no le deja ver la luz, cuando no ve palpablemente la presencia del amor del Padre, el peregrino recuerda que Él siempre está y sabe que, detrás de la tiniebla, está la verdad de un Dios-Luz. No llora desesperado, porque las lágrimas le impedirán ver la estrella cuando la nube o la oscuridad se aparten.

El rememorar la fidelidad indestructible en el amor que es Dios, alienta, en todo caso, su peregrinación en un clima de adoración en la entrega confiada. Por ello el contemplativo traduce siempre el rememorar en intercesión. Intercede ante el Padre por todos y por todo. No es una adoración estática: busca la realización concreta del Plan de Amor del Padre en él mismo, en la vida de los hombres, en la Iglesia, en el mundo.

Porque el peregrino del silencio tiene conciencia de mediador, el orante es un puente que comunica y transmite el amor del Padre a todos, y dice al Padre del amor de todos.

Finalmente, el peregrino del silencio vive la oblación de su amor y de su vida en un gesto sincero y confiado de abandono en las manos del Padre.

Adorar es hacer oblación de todo el ser como gesto gratuito de amor. Sí: el verdadero peregrino del silencio reconoce que un paso importante del camino es ofrecer y abandonarse.

 

 

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