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Jaume Boada i
Rafí O.P. - Peregrino del silencio
(�ndice)
Como incienso en tu
presencia
Era de tarde. En la
pequeña ermita, un hombre postrado intenta orar.
Desea entrar en comunión con el Señor. No
puede orar. No le sale nada. Se siente más seco que
el bastón que le sirve de apoyo en sus paseos
meditativos.
Se impacienta.
¿Qué hacer?
"Señor: quiero ver
tu rostro, ansío oir tu palabra. Concédeme, al
menos, el don de saber que las mías, mis deseos, mi
oración, llegan a tu presencia".
Su mirada distraída se
fija en el pequeño candil que, con su débil y
temblorosa luz, ilumina tenuemente la estancia.
También ve el pequeño incensario del que
surge, silencioso, el aromático humo. Él mismo
había encendido la lámpara y preparado con
cuidado los carbones para el incienso.
Piensa: "La lámpara
reza con su luz; el incienso arde en la presencia.
¿Acaso no ha de ser así mi
oración?"
¡Qué poco sabemos
de Dios!
El peregrino del silencio ha
de descalzar sus pies, lo que equivale a dejar al lado del
camino tantas maneras de ver y de entender las cosas con
criterios meramente humanos: hablar, responder, sentir,
darme cuenta
Es la tentación de la eficacia.
Por ello, se ha hecho discípulo del silencio, porque
quiere saber de Dios. Vive toda su vida como una prolongada
adoración por amor. Sitúa sus pasos en la
corriente de la misericordia de Dios y emprende el
camino.
Sí. Es así. El
primer paso: adorar. ¿Y después?
Como incienso en tu presencia.
El camino es un constante y lento arder en luz y en humo del
continuado e ininterrumpido amor. La lámpara ilumina,
sin gritarnos, su luz. El incienso quema en expresión
de amor. Silenciosamente, gratuitamente.
El orante, peregrino del
silencio, ha de aprender la lección de la gratuidad:
dar por amor, entregarse por amor, abandonarse por amor. Es
así su oblación silenciosa y
constante.
Discípulo del silencio:
¿quieres conocer a Dios? Aprende la lección de
la gratuidad. Ella te enseñará las dimensiones
y perspectivas de tu entrega. Dar sin esperar nada a cambio.
El peregrino del silencio encontrara suficiente fuerza para
avanzar si puede tener un simple rayo que le permita ver el
rostro de amor del Padre.
Pero tiene esto y más:
la bondad de Dios, la misericordia del Padre, su amor. El
poderlos, al menos, percibir o experimentar justifican sus
largas jornadas de camino, los interminables tiempos de
espera. Esos momentos de luz intensos, vivos, esas
experiencias del amor del Padre, la convicción vivida
y gozada de Cristo Jesús, el Señor,
compañero de camino, justifican el lento y callado
arder del incienso de tu vida, peregrino del
silencio.
Me decía un amigo
orante: "En mi oración me siento a esperar. Gimo,
suplico, deseo, siento nostalgia de Dios
y
espero".
¡Qué poco sabemos
de Dios!.
¡Si conocieras el don de
Dios
! Sí, peregrino del silencio: si fueras
capaz de valorar el silencio oscuro y monótono,
anónimo, de tu vida de cada día, o de tu
oración sin sentir nada, sin tener ningún
consuelo, comprenderías el don que Dios te hizo al
llamarte, al invitarte a realizar lo que Él
pensó con amor para ti.
No creas que esto es
poesía. No pienses que estas cosas están
reservadas a los místicos. Peregrino del silencio:
¡es para ti!. ¡Sí: es para ti!.
Si quieres hacer la ruta de la
contemplación, haz de tu vida un don de amor
absoluto. Abandónate en las manos del Padre. No
pongas límite alguno a tu amor ni a su amor.
Déjale a Él que te ame como quiera. "Amarte
será dejarme amar": dile estas palabras al
Señor.
Por tu parte, peregrino del
silencio, no te reserves nada. Dalo todo, date del todo.
Renueva todos los días la ofrenda que un día
pusiste sobre el altar.
Se generoso con Dios.
Tú puedes experimentar que su bondad y su amor por ti
no tiene límites.
Aprende de María, la
mujer del silencio, a estar desde el pie de la Cruz uniendo
tu oblación a la del Señor crucificado en
sacrificio de alabanza y adoración del Padre para la
redención de los hombres por amor.
¡Qué poco sabemos
de Dios!.
Si quieres conocerle de
verdad, si estar dispuesto a llevar tu peregrinación
de silencio hasta las últimas etapas de la ruta
contemplativa, ¿porqué no le dices al Padre que
te abandonas confiadamente en sus manos? Dile, al menos, que
lo deseas, que estás dispuesto, que te ofreces. Y
espera la respuesta. A partir de este momento, tu vida, tu
oración, tu camino, que sea solo un "hacer acto de
presencia en la fe", esperando el don de Dios.
Mientras esperas, vive con
sencillez y entrega tu vida de cada día, tu trabajo,
tu eucaristía, tu oración, tu relación
fraterna, todo, todo
busca hacerlo todo bien y por
amor. Es la oración de las cosas bien
hechas.
Jesús dijo "el que
es fiel en lo poco, también lo será en lo
mucho". Que Dios Padre pueda ver la sinceridad de tu
ofrecimiento en la fidelidad atenta y delicada con la que lo
vives todo cada día. Que Dios Padre pueda ver la
verdad de tu deseo de hacer oblación total de tu vida
en la fidelidad y constancia con las que, cada día,
pones tu pequeño grano de aroma en el incensario de
tu oración.
Y que tu mano izquierda no
sepa lo que hace tu mano derecha. Tu peregrinación
contemplativa ha de ser siempre de silencio. Ya se
verá en la amabilidad con la que acoges, aceptas y
amas a tus hermanos. Se podrá ver, también, en
la sonrisa constante de paz que hay en tu rostro. Que se
vea, incluso, en el sentido de delicadeza y entrega que
pones en todo, en tu disponibilidad para el servicio y el
trabajo comunitario, en la puntualidad y esmero que pones en
todo.
Se verá también
en la paz con la que lo aceptas todo, en la paciencia que
tienes con todos y con tus propias pobrezas.
Peregrino del silencio: no es
necesario que digas grandes palabras para expresar lo que
vives en Dios. Será suficiente con que se vea que
estás contento con Él, que Él te hace
feliz, te plenifica.
Como incienso en su presencia.
Día tras día vas gastando y desgastando tu
vida en ofrenda de alabanza y amor al Padre.
Acepta las manifestaciones
extraordinarias del amor de Dios. Dale las gracias siempre
que puedas gozar de su presencia, pero ámale en sus
silencios, en sus ausencias y en todas aquéllas cosas
que, probablemente, te será difícil entender.
Es tu camino para conocer a Dios, como también lo es
el abandonarte en sus manos.
Di con amor esta breve
plegaria y disponte a ofrecer tu vida como incienso en la
presencia:
- Padre
mío: me abandono a ti.
- Haz de
mí lo que quieras.
- Por todo lo
que hagas de mi, te doy gracias.
- Estoy
dispuesto a todo.
- Todo lo acepto
con tal que tu voluntad
- se cumpla en
mí y en todas tus
criaturas.
- No deseo nada
más, Dios mío.
- Pongo mi alma
entre tus manos,
- te la doy,
Dios mío,
- con todo el
amor de mi corazón
- porque te
amo,
- y es para mi
una necesidad de amor el darme,
- el entregarme
en tus manos sin medida,
- con infinita
confianza.
- Porque
tú eres mi Padre.
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