|
Inicio
Jaume Boada i
Rafí O.P. - Peregrino del silencio
(�ndice)
Levantando mis manos
hacia ti
En
recuerdo de las numerosas historias an�nimas de fidelidad orante.
¿Cómo es la
oración del peregrino del silencio? Dios
sabe.
Todo orante es bien consciente
de que ni él mismo es capaz de expresar todo lo que
vive y experimenta en su oración. Es tan simple, tan
sencillo, que todo intento de traducirlo en palabras puede
parecer una profanación. Y, al mismo tiempo, es de
una riqueza y plenitud tan grande que no cabe en un libro de
mil páginas.
Quizá se podría
decir que lo único que hace el peregrino del silencio
es invocar todo el día al Señor, tener
constantemente sus manos, su corazón, su vida,
inundadas de hambre y sed de Dios.
¡Qué poco sabemos
de Dios y qué difícil es decir, esto es,
encerrar en un manojo de palabras lo que sabemos de
Él!.
¿Porqué no le
dejamos que, por una sola vez, intente decir en voz alta lo
que siente, vive y desea en su oración?
¿Porqué no permitimos que el viento del
espíritu se vea y se oiga en el rumor de hojas y de
ramas, de sentimientos y de vivencias en la amplia estepa
del corazón contemplativo?
Es esta su
oración:
Todo el día te estoy
invocando levantando mis manos hacia ti. ¡Oh Dios,
tú eres mi Dios, por ti madrugo! Mi alma tiene sed de
ti, mi carne tiene ansia de ti como tierra reseca, agostada,
sin agua.
Señor, aquí
estoy con mi pobreza, con mis manos levantadas hacia
ti.
Yo te amo, yo te deseo, yo te
busco, y quiero darte gracias porque has llenado mi
corazón de nostalgia de ti. Porque puedo decir y
proclamar: en cuanto le conocí, comprendí que
sólo podía vivir para Él.
Señor: limpia mi
corazón de palabras, de ruidos, de preocupaciones, de
tristezas. Quiero ser "un solo todo" en ti.
Limpia mis manos,
límpialas de infidelidades, de su poca generosidad,
de orgullo, de egoísmo. Ya ves: son pequeñas y
pobres. Quieren ser limpias sólo par ti.
Padre: yo te adoro, yo te doy
mi alma y vida. ¡Cómo te amo, cuánto te
amo!
Jesucristo: yo te adoro, yo te
doy mi alma y vida. ¡Cómo te amo, cuánto
te amo!
Espíritu Santo: yo te
doy mi alma y vida. ¡Cuánto te amo, cómo
te amo!
Trinidad Santa: yo te adoro,
yo te doy mi alma y vida. ¡Cómo te amo,
cuánto te amo!
Señor, Jesús,
amigo, hermano, compañero de camino: toma mis manos y
levántalas tú al Padre. Condúceme a la
plenitud de la fiesta de comunión y de amor que es la
Trinidad.
Espíritu Santo: abro mi
vida, mi alma, todo mi ser. Concédeme el don de morar
siempre en la Trinidad, de vivir siempre en la Presencia.
Concédeme la gracia de la oración constante.
Estoy dispuesto a todo con tal de vivir siempre en ti, en tu
presencia, en tu amor, en tu misma vida.
Acepto no sentirte, no saber
que hago oración. Sólo me importa saber que
estoy en ti, que todo mi ser vive y se mueve en tu presencia
amorosa.
Señor, estoy dispuesto
a quemar mis días, mis horas, todo lo que tengo y soy
como humilde ofrenda de alabanza y acción de gracias
para que mi amor se haga presente en el mundo, en todos los
hombre y en la Iglesia. Haz que ella, que es mi Madre, pueda
ser ante todos signo claro de la presencia de tu amor y de
tu bondad.
Jesús, amor mío:
sé que mi lugar en la Iglesia es el amor. Quiero
amar, amar, sólo amar.
Yo te doy mi alma y vida, te
lo doy todo, todo, me doy del todo. Ofrezco mi vida junto a
la de Cristo en la cruz, plenamente abandonado en tus manos
de Padre, para que la redención pueda llegar a
todos.
Padre: me abandono en tus
manos, haz de mí lo que quieras, cuando tú
quieras y cómo tú quieras. Hagas lo que hagas
de mí, te doy gracias porque te amo.
Señor: no quiero amar
nada, a nadie más que a ti. No quiero seguir a nadie
más que a ti. Quiero adorarte sólo a ti. No
pretendo reservarme nada, nada. Sólo
tú.
Llena mi corazón de
plegaria, inúndalo de Presencia. Dame la paz de saber
que soy tuyo. No busco otra cosa en la vida,
Señor.
Yo te deseo, yo espero. Lo
espero todo de ti y estoy dispuesto a seguir orando aunque
tú quieras probar mi fidelidad callando.
Concédeme, al menos,
percibir que tu mano me acompaña y me guía.
Dame el gozo de tener un pequeño rayo de luz de tu
presencia.
Te adoro en todo con fervor.
Quiero conocer tu rostro. Quiero conocerte, Señor.
Quiero saber de ti. Estoy dispuesto a lo que quieras. Me
basta la gracia de saber que un día te podré
ver cara a cara y contemplar eternamente tu mirada. Mi
oración será, mientras tanto, una
lámpara encendida, siempre encendida, alimentada con
el aceite de mi amor. Su luz será, a veces,
temblorosa. En otras ocasiones, ya lo sabes, Señor,
será tan débil que apenas podrá verse.
Pero así es mi vida, Señor.
Te pido una vida oculta, con
poca apariencia, anónima. No deseo ninguna grandeza.
Sólo te deseo a ti. Me basta saber que mi vida es
toda tuya, toda par ti, toda en ti y, desde ti, toda para
los demás.
Señor, ¡qué
hermosos son los atrios de tu casa! Quiero que mi vida toda
sea una procesión interminable de ofrendas de
alabanzas y acción de gracias.
María: pongo mis manos
entre las tuyas. Mi corazón al lado del tuyo, mi
mirada en tus ojos. Enséñame a orar
María, Madre. Enséñame a interceder,
enséñame la oración de la
fidelidad.
Hermano, hermana: la
oración del peregrino no termina. En todo caso, cada
peregrino tiene su propia oración. Tú tienes
la tuya: calla, escucha, haz silencio, acoge la presencia
del Espíritu en tu vida, deja volar el
corazón.
Ora, ora sin cesar.
Anterior
�ndice
Siguiente
|