Inicio

Jaume Boada i Rafí O.P. - Peregrino del silencio  (�ndice)

 

 

El pequeño sendero de cada día

Peregrino orante, peregrino del silencio, te indiqué unos caminos de oración que explicaban cómo puedes convertir toda tu vida, todo lo que vives en oración. Quiero señalarte ahora la oración que puedes hacer en el sendero de cada día.


Ante todo, busca ser pobre de alma.

Ten paz, no te inquietes por nada, confía.

Piensa siempre que Él quiere estar en tu vida, acompañarte en tu camino, compartir contigo tus quehaceres.

Recuerda siempre que Él te ama. Vive con gozo la experiencia de sentirte amado por Dios.

Es importante que aprendas a orar constantemente, pensando con amor en quien sabes que te ama, pero también lo es que ores recordando su amor por ti.

Te ayudará a contemplar su presencia el pensar que Él también confía en ti.

Haz todas las cosas pensando en lo que Él espera de ti. Hazlas como sabes que a Él le gusta que las hagas.

Cuando te equivoques, cuando falles, cuando te sientas incapaz de llegar a todo, recuerda que Él conoce y comprende, mejor que tú mismo, tus propias limitaciones. Que ello te ayude a aceptarlas con paz y a superarlas sin ponerte nervioso, sin inquietarte.

Procurar mirar las limitaciones de los que te rodean con la mirada comprensiva y bondadosa de Jesús. Y, cuando te sea difícil asumirlas, intercede con amor por tus hermanos.

Busca momentos de silencio. Aprovecha para ello los "tiempos inútiles" que siempre hay en el día. Que te sirvan para centrarte en Dios y para peregrinar hacia tu propio interior, donde Él siempre está y te espera.

En tu oración constante, ininterrumpida, en plena actividad, no sería lógico que pretendieras hacer una súplica de palabras rebuscadas. Intenta decirle, entonces, al Señor que lo amas. ¿Acaso no es suficiente?.

No permitas que entren en tu vida la tristeza o el pesimismo. Que tu confianza se traduzca en serenidad, gozo y alegría al hacer las cosas y al atender y acoger a los demás.

Recibe a todo aquél que acuda a ti, como si acogieras al mismo Cristo. Trátalo como lo tratarías a Él. Es una hermosa manera de aprender a contemplar.

No busques una forma artificial de relacionarte con los demás. Que tu voluntad de orar se manifieste con sencillez en todo con tu actitud de bondad.

Confía, no temas, no tengas ningún miedo. Él también cuida de ti, Él está presente en tu vida.

Busca ser fiel al Señor en todo, Busca agradarle. Que este deseo te ayude a vivir serenamente en su presencia.

Vive tu vida con alegría: con tu optimismo alabas al Señor, con tu optimismo ofreces a los demás el servicio de la esperanza.

Camina reconciliado. Busca la reconciliación siempre. No permitas que el rencor, la decepción o el desamor puedan echar raíces en tu alma. Reconcíliate contigo mismo. Aprende el camino del perdón.

Cuando te puedas sentir ofendido por algo, pídele al Señor que te enseñe a perdonar como Él siempre hace, esto es, intentando ser capaz de olvidar.

El vivir la oración contemplativa en tu quehacer diario ha de convertirse y traducirse en tu actitud amable y comprensiva para los demás. Es necesario que, desde la perspectiva de tu comunión con el Señor, aprendas a mirar siempre el lado positivo de las personas, de las cosas, de los acontecimientos…

Si quieres hacer de tu vida un sendero de contemplación, tendrás que desterrar de tu boca las palabras de crítica, de murmuración, las palabras que juzgan y, sobre todo, las palabras que pueden herir el amor.

Vive todo en una actitud de disponibilidad y de ayuda. El sentido de servicio, vivido y concretado en tu vida diaria, te ayudará a caminar hacia el olvido de ti mismo, condición necesaria para llegar a la contemplación.

Ten un especial amor por los necesitados. Procura ayudarles en lo que sinceramente te sea posible. Dales, no sólo lo que te sobra, dales también lo que tienes. Quizá algunas veces te sentirás invitado a dar, incluso, lo que necesitas.

Busca, en medio de tus quehaceres diarios, momentos gratuitos para sentarte a los pies del Señor, ofreciendo con sencillez el don de tu atención, de tu recuerdo; también de tu mirada.

Haz ofrenda de todo al Señor. Hazlo mientras amas, a través de tus actividades, a los hermanos. Que se pueda decir que toda tu vida es un canto de alabanza y de acción de gracias al Padre.

Observa las cosas bellas que hay en la vida. Aprende a mirar la naturaleza. Descubre las cosas buenas que, ciertamente, hay en los demás. Intenta ver, detrás de todo esto, la mano bondadosa de Dios.

Vive y rezarás. Reza con tu alegría, con tu sonrisa, con tu dolor y con tu llanto.

Que la palabra de Dios te acompañe durante todo el día. Acostúmbrate a leerla con atención con el deseo de encontrar en ella un pensamiento que acompañe tu camino.

Aprende la oración del corazón. Repite con frecuencia la súplica del ciego Bartimeo: "Señor Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí, pecador". O la respuesta de Pedro a las preguntas de Jesús: "Señor: tú sabes que te amo".

Cuando veas la necesidad de los demás, haz siempre lo posible por ayudar, y no te olvides de interceder al Padre por ella.

Si oras y contemplas el amor de Dios en ti, si has podido experimentar la presencia de Dios en tu vida, si estás reconciliado en tu propio corazón, podrás crear en tu entorno la unanimidad. Serás para tus hermanos sacramento de la comunión en el Padre común.

Es un deber de amor a los hermanos que procures ser para ellos sacramento de tu experiencia de Dios. Habla de Él con espontaneidad. Al fin y al cabo, en tu oración vives en constante contacto con Dios.

"No temas, soy Yo": te evitarás muchas inquietudes si siempre recuerdas que Él es Padre.

Sumérgete en la fuente en que has nacido: la bondad del Padre, y vuelve a encontrar el recuerdo de tus raíces en el corazón de la Trinidad.

Mantén, durante todo el día, los ojos de tu corazón fijos en Jesús, el Hijo Amado del Padre, y escúchale.

Di con frecuencia al Señor: "Padre, me abandono en tus manos. Haz de mi lo que quieras, cuando tú quieras y como tú quieras. Hagas lo que hagas de mí, te doy gracias, porque te amo".

Como peregrino de la contemplación, proponte morar en la Trinidad. El Señor Jesús te ofrece un camino seguro para alcanzarlo: la participación consciente y fiel, de todos los días, en la Eucaristía.

Ya que en tu oración experimentas la misericordia de Dios, busca ser misericordioso con los demás.

Te ayudará a mantener la actitud contemplativa todo el día el agradecer sin cesar al Padre que te haya hecho sentir el deseo de una oración sincera, viva y constante.

Abraza con paz la pequeña o gran cruz que Dios pone en tu vida. Hazlo con amor pero comprométete a hacer más llevadera la cruz de los demás.

Cuando pidas algo al Padre, hazlo siempre con la confianza y seguridad que te da el saber que fue Él quien, por medio de Jesús, nos dijo: "Pedid y recibiréis". No es sólo una frase bonita.

La oración es la respiración del cristiano. ¿No te parece insensato dejar de respirar?

Entra en el fondo de tu alma y escucha frecuentemente la voz del Señor que te habla, te llama y te invita a caminar con gozo.


Sería interminable señalar los pequeños senderos que cada día te ofrece la vida, peregrino del silencio, para hacer la ruta de la contemplación. Descubre los tuyos y camina. El Señor te acompaña. La esperanza de ver su rostro, de percibir y experimentar su presencia y su amor en tu camino han de alentar tus pasos.

 

 

Anterior          �ndice          Siguiente

  
www.abandono.com - [email protected]