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Jaume Boada i
Rafí O.P. - Peregrino del silencio
(�ndice)
No tengas miedo al
desierto
- Peregrino orante:
comenzaste un camino de silencio. Pronto descubriste que,
en realidad, se trata de una verdadera escuela, como de
hecho son una escuela todas las sendas de la vida que te
conducen hacia Dios, desde la soledad o el encuentro
silencioso con Él.
No tengas miedo al desierto,
peregrino orante. Plenamente solo con el Solo. Cara a cara
frente a Él, a rostro descubierto ante El. Tú
solo con Él, sin miedo, descalzo, con un
corazón de discípulo, dispuesto a todo,
abandonado en las manos del Padre, en plena comunión
con todo hombre hermano.
Cuando inicias una ruta de
silencio, pronto percibes que estás entrando en una
escuela de contemplación. En ella aprendes las
actitudes esenciales del orante y pronto percibes que Dios
es
como un gran silencio. Por eso fuiste peregrino del
silencio.
Desde la venida de Cristo
conocimos a Dios como Palabra. Cristo es Dios-Palabra, la
Palabra que da sentido a todas nuestras palabras.
Sólo te encontrarás con Dios-Palabra desde el
silencio.
Mira tus palabras: ¿acaso
te cuesta ver que son , tantas veces, vacías? No
pienses que pretendo hacer un juego con mis palabras. Piensa
y verás: si tu palabra no ha sido madurada en el
silencio, está vacía. Si tus oraciones no han
sido maceradas por el silencio, son huecas, tan huecas que
pueden no ser verdad. Serían como un sorbo de aire de
tus pulmones que suena en tu voz.
Tu peregrinación orante
necesita soledad, desierto, descanso en el corazón y
en la vida. Busca estos tiempos.
Aprendiste a orar en la vida,
pero para entrar en el corazón del misterio de Dios,
has de amar el silencio. Por esto, peregrino orante, te
repito: no tengas miedo al desierto. Jesús te invita
a entrar.
No tengas miedo al desierto
aunque te parezca excesivamente silencioso. A lo mejor te
sientes, incluso, solo. Aún no te has acostumbrado.
No pasará mucho tiempo sin que puedas comprobar
tú mismo que es el lugar de la presencia del Dios
vivo.
Cristo fue al desierto a
prepararse para la predicación del Reino, para
descansar y para ser tentado. Así nos lo dice el
evangelista San Marcos.
El Señor siempre
buscaba en el desierto la comunión de amor y de vida
con el Padre en el Espíritu Santo.
María, Virgen Madre del
camino, vivió en la pureza luminosa y blanca del
silencio su preparación para decir el sí que
la convirtió en Madre, la Madre de Cristo. Cuando
aún no tenía al Hijo en sus manos de Madre,
cuando el Ángel ya se había retirado y la
había dejado sola, comenzó a amarlo en su
corazón lleno de silencio.
El desierto, peregrino orante,
es un camino de silencio, y en el silencio comienzas a orar
en verdad. Tu ruta de silencio se convirtió en
escuela de oración.
El desierto es el lugar de la
soledad. Allí encuentras al Señor que, en la
intimidad de tu corazón, te ama y te
espera.
Pronto verás la
necesidad de reconstruir la tienda que acoge tu propia
oración. Es el oráculo del Señor, que
nos llega a través del profeta Amós: Aquel
día levantaré la tienda caída de David,
repararé los destrozos, la apartaré de las
ruinas y la reconstruiré tal como estaba en otro
tiempo, oráculo del Señor. Él
hará esto.
El desierto no es solo un
lugar. Es también un tiempo, es la ocasión de
experimentar que Dios es el Padre, siempre cercano. No gusta
del ruido. Es necesario que lo sientas en el
silencio.
Con el oído del
corazón descubres su bondad. Verás que su amor
por ti no tiene límites.
Cuando experimentes su amor
comenzarás a orar de otra manera. Tus ojos
quedarán iluminados con su presencia. Cristo
Jesús, su palabra, resonará en tu vida,
peregrino orante, de otra manera. Lo experimentarás
cuando liberes tu alma del remolino ensordecedor de las
palabras.
Cuando oras entras en el
misterio de Dios, descubres que Dios es un gran silencio y
que su misterio es designio de amor para ti. Cuando
contemplas, acoges ese designio de amor y aceptas el
misterio de su voluntad en tu vida.
Es necesario que leas y
escuches la Palabras. La Palabra es Cristo. Escucha a
Cristo, escúchalo en el silencio de tu corazón
orante. Atiende su voz cuando te habla a través de
tus hermanos.
En el desierto vives en una
total dependencia de Dios. No busques palabras que
distraigan tu soledad, ni te entretengas con libros
más o menos piadosos. Él, el Padre, por Cristo
amigo y amado, ha de ser tu único Camino. Él
te dice, sin cesar, su Palabra.
Reencuéntrate contigo
mismo solo, plenamente solo, con el Amor. Después
nunca más te perderás.
Dice un ermitaño poeta
"Te he reencontrado en el desierto, Señor. Me
rodean piedras y montañas, pero se conmueven mis
entrañas porque, quien te encuentra, ya no se
pierde".
Cuando completamente desnudo
de palabras, encuentras a Dios en el camino del silencio y
ves que te ama y desea establecer su morada en tu
corazón, ya no lo puedes perder ni te puedes
perder.
Encontraste el tesoro
escondido de que habla Jes�s. Es el Dios;
Amor que vive en ti.
Nuevamente te lo digo,
peregrino orante: tu ruta de silencio te condujo a la
oración.
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