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Jaume Boada i
Rafí O.P. - Peregrino del silencio
(�ndice)
El silencio y la
renovación de la interioridad
Peregrino orante, caminante de la ruta del silencio,
escuela de contemplación: el silencio te conduce a
encontrarte contigo mismo, en el templo de tu propia
interioridad.
Este templo, ¿es siempre una casa de Dios?.
Probablemente tendrás que preguntarte, en primer
lugar, si es una casa donde vives tú mismo.
Pregúntate también si en él hay paz,
serenidad, o el orden imprescindible para habitar, si te das
el tiempo necesario para ello. ¿Acaso, algunas veces,
tú mismo no huye de tu propia casa como
aquéllos que siempre están en la calle porque
no se encuentran en su propia casa?
Después ya te podrás preguntar si en tu
casa habita el Señor. Pero, si te haces viandante de
la ruta del silencio, podrás vivir la riqueza del don
de Dios: "Hasta que todos alcancemos la unidad, que es el
fruto de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, la edad
adulta, el desarrollo que corresponde a la plena
realización de Cristo", dice Pablo en su Carta a
los Efesios.
Como podrás ver, se te ofrece un auténtico
programa de vida. ¿En qué consiste? En tu
reencuentro con la inagotable riqueza de Cristo, en ser
engendrado de nuevo, en encontrar a Cristo Pastor de tu
alma, en abandonar la superficialización de tu
relación con el Dios vivo.
Porque, lo has de reconocer, ¡tantas veces has
dejado a Dios, fuente de agua viva, mientras fuiste a apagar
tu sed en las cisternas!, como dice el profeta
Jeremías.
Consiste también en retornar al origen profundo de
tu vida, en permitir a Cristo que tenga el lugar que le
corresponde en el conjunto de tu vida. "Es necesario que
yo disminuya para que él crezca". Es todo un
camino de oración que remueve el fondo de tu alma y
trastoca los planteamientos, tantas veces superficiales, de
tu vida.
Jesús te manda: "entra en tu habitación
para orar". Sí, entra dentro de tu
corazón, busca vivir la paz en él, en tu
corazón, y en Él, es tu Señor.
¿Porqué no hay paz en tu alma?,
¿Qué es lo que te la hace perder? ¿No te
ayuda el hecho de saber que Dios vive en el interior de tu
alma, donde te espera porque te ama y quiere entrar en
diálogo de comunión, amor y vida contigo, que
las heridas de la vida no perturben la paz de tu alma,
porque es un lugar donde siempre hay amor, porque siempre
está en Dios. Por ello, reencuentra el camino
interior del corazón, haz la oración del
corazón y verás que en él está,
de nuevo, Cristo, renovando su misterio.
Es Cristo quien habla a tu corazón, es el
Espíritu Santo quien te sugiere hacer de tu vida una
humanidad suplementaria donde Él pueda renovar todo
su misterio. Como decía Sor Isabel de la Trinidad en
sus "Elevaciones", recuerda y escucha en tu alma, lee lo que
el Espíritu Santo ha grabado en su interior.
"Olvidarme de todo para establecerme en ti. Que nada
pueda alterar mi paz ni hacerme salir de ti, mi Inmutable,
que no te deje nunca solo, que esté enteramente en
ti, despierto en mi fe, en plena adoración, entregado
del todo a tu acción creadora".
La paz del corazón. ¿Y los problemas, y las
preocupaciones, y los quehaceres de cada día?
Podrás decir: "Yo no soy un monje contemplativo
que puede quedar recluido en su monasterio viviendo la
oración, en la paz y el silencio protegidos por los
altos muros de la clausura". Hermano, es cierto lo que
dices: tu estás en la calle, en tu casa, vives en
pleno ruido. Tú has de vivir los gozos y las rutinas,
los llantos, las lágrimas y la risas locas de la
calle. Todo, absolutamente todo. Pero tú
también puedes decir al Señor: "Quiero
fijar siempre la mirada en ti y morar en tu inmensa
luz".
Aquí es hermano, donde encontrarás la
verdadera fuente del silencio y de la oración. Esta
es la ruta del silencio, peregrino orante. Podrás
comprender que, en la realidad sencilla y normal de la vida
de cada día puedes orar al Espíritu Santo con
las mismas palabras de la humilde carmelita Sor Isabel de la
Trinidad: "Espíritu de amor, desciende sobre mi
para que en mi alma se realice como una encarnación
del Verbo, que yo sea para Él una humanidad
suplementaria en la que renueve todo su misterio".
Más aún, te podré decir que es en
esta vida real de cada día donde Él desea
encarnarse y donde Él quiere encontrar en todos los
que le amamos y lo buscamos por los caminos del silencio y
de la oración esta humanidad suplementaria en la que
Él pueda renovar todo su misterio.
Sí, está en tu corazón. En tu
interior se realiza este maravilloso intercambio: tú
le ofreces tu tiempo, Él te da una vida para siempre,
Él te busca y quiere manifestarte su amor sin fin y
su bondad interminable. Tu entregas en tu oración el
polvo de tu camino, Él con el agua de su amor amasa
el barro que necesita para convertir tu corazón en la
jarra que acoge su misterio inagotable de amor salvador y
cercano a los hombres concretos de la vida.
No lo dudes: lo más maravilloso de la ruta del
silencio, es que siempre se realiza en la aparente
monotonía de las realidades pequeñas y
escondidas, anónimas de la vida de cada
día.
Lo que Dios quiere de ti, peregrino orante, es que
transformes tu corazón en una morada donde su
silencio y el diálogo de amor entre Él y
tú nunca se acabe. Y es esta presencia del misterio
de Cristo en tu alma la que te transforma y te hace cercano,
servicial, honesto, entregado, abandonado del todo en las
manos de Dios. Es el tesoro escondido de Dios, la perla de
valor inestimable por lo que vale la pena perderlo todo con
tal de alcanzarla. Es la semilla del reino que se siembra en
la tierra sencilla y que tiene unos frutos que, muchas
veces, quedan escondidos a los ojos de los hombres, porque
se manifiestan en el anonimato de una vida "normal".
Este es tu camino de silencio, hermano, este es tu
silencio. También es esta tu oración:
"¡Oh Astro, querido mío, fascíname,
para que yo ya no pueda salir de tu esplendor!".
Para que realmente puedas ser fascinado por el Amor,
debes clarificar tu alma y renovar tu vida con el silencio y
el perdón. El perdón, sí, el
perdón. Dios, el Señor, no recuerda ni los
pecados ni las culpas. Él lo perdona todo y lo olvida
todo. Perdónate tú tus propias culpas, acepta
tus debilidades, tu pobreza y la humildad del camino de cada
día. Perdónalo todo, absolutamente todo. No
guardes en tu alma nada que te separe de Cristo, de la
Iglesia o de los hermanos.
El silencio te transformará. Acógelo en el
perdón. El perdón transforma, el perdón
renueva tu espíritu. El perdón te dispone para
acoger al Espíritu Santo en tu vida.
Escucha atentamente estas palabras de un maestro de
oración. Es el monje copto Mata el Meskin (Mateo el
Pobre): "Si rezas a menudo, de día y de noche,
veinte, treinta veces, cada vez que el Espíritu te
inspira palabras de amor, aunque solo sea durante cinco
minutos o un solo minuto, esta oración asidua va
obrando un cambio profundo en tu mentalidad, en tu
corazón, en tu carácter y en todo tu
comportamiento. Seguramente tú mismo no lo
percibirás, pero quien está cerca de ti lo
descubre sin dificultad. Cuando, en la oración, de
manera perseverante giras tu mirada hacia Cristo, su imagen
mística e invisible, se imprime secretamente en tu
ser interior y recibes de Él las cualidades, es
decir, el reflejo de su dulzura y bondad infinitas y la luz
de su mirada".
Por ello, en la ruta del silencio, comunión
interior y espiritual en Cristo, reencuentro cara a cara con
su rostro de luz, vives una transformación interior
de tu corazón: un corazón transformado a
imagen del Dios, Padre de amor que te ama y sólo
desea que te dejes transformar a imagen del Hijo. Es un
cambio, obra de la gracia, que se te manifiesta como don
consciente en tu encuentro cara a cara con el rostro
luminoso de Cristo. Es el Hijo quien te conduce al Padre
gracias al don del Espíritu Santo. Es Él, el
Señor Jesús, imagen de su rostro, quien te
hace comprender la claridad de su mirada y te salva.
Ora, ora sin fin. Perdona y ama. Sigue en la ruta
interminable, aquí en la tierra del silencio. Y
recuerda que siempre estarás en Él y Él
en ti.
Por ello, hermano, hermana, peregrino orante: sigue en la
ruta de la contemplación, abre tu vida al don del
Espíritu, y ama.
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