- Jaume
Boada i Rafí O.P.
- Sube
al Monte de Dios
- Pautas
para una experiencia de desierto destinadas a hermanos y
hermanas ya iniciados
- Dios
es Amor
ORACIÓN DEL
ABANDONO
Padre mío, me abandono a ti; haz de mi lo que
quieras: por todo te doy gracias.
Estoy dispuesto a todo, todo lo acepto con tal que tu
voluntad se haga en mi y en todas tus criaturas, No deseo
nada más, Dios mío.
Pongo mi alma entre tus manos, te la doy Dios mío,
con todo el amor de mi corazón, porque te amo y es
para mi una necesidad de amor el darme, el entregarme en tus
manos sin medida con infinita confianza, porque tú
eres mi Padre.
DIOS ES
AMOR
De la primera Carta de San Juan: "Amigos míos,
amémonos los unos a los otros, porque el amor viene
de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a
Dios, porque Dios es amor".
Del Profeta Isaías: "Te daré los tesoros
ocultos y los caudales escondidos. Así sabrás
que yo soy el Señor, que te llamo por tu nombre, el
Dios de Israel. Por mi siervo Jacob, por mi elegido Israel,
te llamé por tu nombre, te di un título aunque
tú no me conocías".
Hermana, hermano: comienzas una experiencia de desierto.
Nuevamente el Señor te ha concedido el don y el
privilegio de vivir unos días solo para
Él.
Establecerás, provisionalmente, la tienda de
campaña que solicitaba el entusiasmado Pedro en el
Tabor para vivir totalmente centrado en Él.
Siempre te desenvuelves en una vida en la que todo es
prisa, quehacer, entrega a los demás, servicio,
olvido de ti mismo, disponibilidad. Ahora, por unos
días, vas a vivir estas mismas actitudes positivas,
esenciales en todo seguidor de Jesús, con un objetivo
muy peculiar: centrar tu vida en Él, vivir
sólo para Él, que es para ti el sentido
más profundo de todo en tu vida.
Irás comprendiendo, poco a poco, que la
disponibilidad en la vida diaria te prepara para vivir
abierto al Señor. Verás también en tu
oración que tu entrega al Señor es siempre el
alma que te alienta cada día. Dios te
concederá la gracia de reencontrarte intensamente con
esta alma. Vívelo todo en su paz, inmerso en su amor
y en su presencia.
Recuerda, sin embargo, que el desierto no se escoge: es
Él quien te ha escogido para el desierto, es
Él quien espera de ti una disponibilidad de vida y un
abandono que irá definiendo siempre tu camino.
Por su gracia, el desierto será un camino de amor
y de presencia. Su amor te acompañará
día a día. Su presencia será siempre
una luz en tu ruta: la lámpara que ilumina tus pasos.
Llegarás a percibir que la mirada del Señor
sobre tu vida te serena y te da paz.
Comprenderás interiormente que Jesús es tu
descanso, que tú, como María, has de ser casa
de Dios y también Betania, la casa del pobre. Porque
en el silencio has de buscar vivir en la soledad solidaria
del corazón.
Los pobres han de tener su lugar en tu desierto. Con su
misericordia podrás vivir la verdad de tu vida
centrada solo en Dios, a quien quieres servir con un
corazón no dividido. Porque tú, libremente, le
quisiste decir como María "He aquí la
esclava del Señor".
Por ello no te extrañará que, en el
silencio y en la soledad en la que vivirás estos
días, Él te pida una disponibilidad que
podrá parecer desconcertante. Sal de tu tierra y vete
a la tierra que Dios te ha preparado.
Que nunca te inquieten tus miserias. En estos días
vividos en el silencio tus pobrezas resonarán en tu
alma más fuertemente que nunca. Muchas veces
serán el trasfondo de tu oración: te
sentirás más pobre y pequeño que nunca.
Llorarás al sentirte solo y desprotegido, indefenso
ante Dios.
Ten paz. No te inquietes por nada, porque Él es tu
misericordia y confía en tu amor de fidelidad.
Verás como el desierto florecerá, porque
cuando lo buscas con sinceridad de corazón en el
silencio y en la soledad solidaria, Él te
mostrará su rostro de amor.
Él te llamó por tu nombre y te dio un
título, aunque tú no le conocías.
Recuerda siempre este nombre y el título que Dios ha
pensado con amor para ti. Grábalos a fuego en lo
más profundo de tu alma.
Sigue en la ruta que has comenzado y confía en
Él. Iniciaste tu andadura abandonándote en sus
manos amorosas de Padre.
Repite, lentamente, la oración del abandono:
"Padre mío, me abandono a ti
".
Mastica, suavemente, cada una de estas palabras. "Haz
de mi lo que quieras
".
¡Saborea tu gratitud!: "Por todo te doy
gracias
".
Vive en la disponibilidad y dile con amor: "Estoy
dispuesto a todo".
Porque, en realidad, todo lo aceptas "
con tal
que su voluntad se cumpla en ti y en todas sus
criaturas".
Amas tanto su voluntad que llegarás a decir con
valentía al Señor: "No deseo nada
más, Dios mío".
Desde el día que decidiste seguirle, has puesto tu
vida en sus manos. Por ello, al comenzar tu desierto,
también le dijiste al Señor: "Pongo mi alma
entre tus manos. Te la doy, Dios mío, con todo el
amor de mi corazón porque te amo y es para mi una
necesidad de amor el darme, el entregarme en tus manos sin
medida, con infinita confianza".
¿Temes ahora repetirle estas palabras al
Señor?. ¿Te da miedo caer abandonado en sus
manos? ¿Te crees débil e incapaz de cumplir su
voluntad? ¿Acaso tu vida se desenvuelve en la
mediocridad? Te inquieta no poder ser fiel? ¿Te
preocupan tus cansancios, tus distracciones, tus posibles
infidelidades o la rémora de tu fragilidad?
¿Pesan demasiado en tu vida tus pobrezas?
No temas, no dudes. Ten fe. Vive siempre en el amor.
Abandónate en la confianza. Vive en la alegría
de sentirte amado. Ten paz. Vive en su paz. Entra en el
silencio y en la escucha. Ora, ora sin cesar. Entra en el
Templo de Dios. Disponte a escuchar su palabra.
|