- Jaume
Boada i Rafí O.P.
- Sube
al Monte de Dios
- Pautas
para una experiencia de desierto destinadas a hermanos y
hermanas ya iniciados
- Reedificar
la casa
Del profeta Ageo: "Así habla Yavhé
Sebaot: Tened en cuenta vuestra experiencia. Subid a la
montaña, traed madera y reedificar la casa, para que
yo pueda gozar en ella y ser alabado, dice
Yavhé".
Del Primer libro de los Reyes: "El Señor le
dijo a Elías: Sal y ponte de pie en el monte ante el
Señor; el Señor va a pasar.
Vino un huracán tan violento que descuajaba los
montes y hacía trizas las peñas delante del
Señor, pero el Señor no estaba en el
viento.
Después del viento vino un terremoto, pero el
Señor no estaba en el terremoto.
Después del terremoto vino un fuego, pero el
Señor no estaba en el fuego.
Después del fuego se oyó una brisa
suave. Al sentirla, Elías se tapó el rostro
con el manto, salió afuera y se puso en pie a la
entrada de la cueva. Y el Señor le dirigió la
palabra: ¿Qué haces aquí,
Elías?".
En este momento de tu andadura, has de sentir la
invitación del Señor a reedificar la casa,
sí, tu casa interior. Pero antes de iniciar tu tarea
es bueno que sepas que el Señor te invita a hacerte
la misma pregunta que Él hizo a Elías:
"¿Qué haces aquí?". Porque
necesitas fijar bien el sentido de tu camino ahora y
aquí, en esta situación concreta en la que
vives.
¿Qué haces aquí, Tabor, y tú,
Betsaida? ¿A qué vinisteis a Incarem, Nazareth y
Betania? ¿Qué haces aquí, qué
buscas, Emaús? ¿Qué esperáis,
Abraham y Sara?
Es bueno que comencéis mirando cómo
vinisteis, qué teníais en vuestros respectivos
corazones, qué esperanzas y decepciones llenaban
vuestra alma. En último término: es la
invitación a haceros (a hacerte) estas sencillas
preguntas:
¿Cómo
está tu corazón?
¿Qué hay en
él?.
Ahora se te invita a orar tu propia vida. Mírala
serenamente, con calma y paz. No se te pide que hagas una
revisión fría y meramente reflexiva. Con la
serenidad de alma que te va proporcionando el abandono en
las manos amorosas del Padre, sitúate en la presencia
del Señor Jesús y, junto a Él, pon con
sencillez la propia vida en las manos y contempla
serenamente y con amor lo que hay en ellas. Piensa que el
Señor lo ve siempre, de nada te sirve cubrir tu
rostro con el manto, como hizo Elías en la cueva.
Permite que Jesús te inunde con su misericordia,
este amor comprensivo y compasivo que te salva y te
libera.
Junto a Él, con Él, en Él, vete
abriendo tu alma a su ternura. No tengas reparos en
reconocer y mostrarle tus miserias. Sé sincero
contigo mismo y con Dios:
¿Qué
hay en tu vida?
¿Qué es lo
que puede explicar el momento presente que vives?
¿Él ocupa el
lugar que le corresponde?
¿Cómo
está tu interior, hay paz y concordia?
¿Vives en la
transparencia?
¿Le das a
Él, le das a los hermanos y te das a ti mismo el
tiempo que corresponde?
¿Hay algo que
perturba tu paz?
¿Eres plena y
exclusivamente de Él?
Tu casa interior,
¿está bien firme, es una casa habitada, se
vive en ella la comunión solidaria?
¿Vives siempre en
el perdón?
Ora con tu vida en las manos, y recuerda que es el
Señor quien te ha invitado a reedificar la casa
teniendo en cuenta tu experiencia. No quiere que lo hagas
con materiales ni nuevos ni extraños. Él
quiere que tú la reedifiques contando con tus
pobrezas y su misericordia.
Ama, ora, ten paz, vive en la presencia. Piensa que de
nada serviría que intentaras vivir una experiencia de
desierto si no te cuidaras de restaurar, desde el
perdón, el templo interior de tu alma.
Vive esta experiencia de oración con el
corazón agradecido al Señor, que te
invitó al desierto. Él quiere recordar el amor
primero, este amor que te llevó a seguir sus pasos, a
vivir en el amor, en su amor, y a confiar en su
misericordia.
Sí, puedes decir que Dios tiene sus exigencias,
pero Él siempre es para ti perdón y
misericordia.
Dios se te ha dado gratuitamente. Él, que es amor,
te ha buscado a ti, no para exigirte que le ames, sino para
suplicarte que te dejes amar por Él. Por ello,
después de haber orado contemplativamente tu propia
vida, repite con fuerza la oración del abandono,
deletrea cada una de sus palabras, interioriza y personaliza
su contenido, verás cómo hoy la oración
del abandono tiene un sentido y un aire completamente
nuevo.
No temas acabar tu oración diciéndole con
toda tu alma:
Me abandono a ti, porque
tú eres mi Padre.
Haz de mí lo que quieras, porque
tú eres mi Padre.
Estoy dispuesto a todo, porque tú eres mi
Padre.
Sí, ésta es la gran razón de toda tu
vida: Él es tu Padre, el Padre que Jesús te
dio a conocer. Es el Padre cuyo rostro de amor permanece
oculto a los sabios y entendidos y ha sido revelado a la
gente sencilla. En Cristo Jesús ha recibido el
Espíritu Santo, que es conocimiento y vida de Dios
para ti. En Él, por Él y con Él vives.
En su nombre emprendiste la ruta del desierto.
Ahora sólo se te pide que camines:
Camina en la paz de su amor.
Siéntete amado por Él.
Ama su obra en ti.
Vive en la misericordia.
Acalla los ruidos distorsionadores que te asedian, el
desamor hacia tu propia persona que te perturba.
Deja al lado del camino todo lo que te dificulte
avanzar.
Vive en la comunión de los hermanos, que ellos
estén presentes en tu oración silenciosa de
estos días, desde el perdón y la paz.
Vive el perdón total: perdónalo todo.
Piensa que no podrás cumplir el mandato del
Señor de reconstruir el templo de tu interioridad
si no vives en el perdón.
Ora por tus hermanos desde el perdón.
Recuérdalos, haz la oración sencilla y
humilde de los nombres: di sus nombres, óralos,
intercede por ellos, ámalos ahora desde el
silencio de tu desierto con la misma intensidad con que
después los amarás en la vida.
Hoy, ahora, ya tienes bastante con este pequeño
programa. Busca el silencio. Ten alerta el corazón.
Calla y contempla.
"Cuando cesan los ruidos, comienza la canción
del corazón, se desatan las lenguas del
Espíritu y Dios es cercanía en viva
voz".
Vete pensando también en los nombres de Dios.
Sí, Él te dio a ti un nombre.
Mientras vas entrando en el silencio, ¿porqué
no te preguntas quién es Él para ti?,
¿qué título le das?, ¿qué
nombre tiene en tu vida?
Que te acompañe en la ruta María. Ella
será siempre para ti la Madre amorosa y cercana. Ella
es la Virgen Fiel. Ella fue siempre coherente con el
"sí" de la Anunciación. Que la Palabra
de Dios sea lámpara de tus pies y luz de tu camino.
Te propongo que intentes orarla hoy desde el silencio y la
contemplación en la calma y la paz de este tiempo
fuera del tiempo que es el desierto.
El camino es muy sencillo:
Ten la Palabra en
tus manos; hazlo en la presencia del Señor. Mejor
aún si lo puedes hacer ante el sagrario.
Venera el libro de la
Palabra: es Él quien te habla a través de
ella ahora y aquí.
Calla, contempla, adora
y ama.
Ora.
Que Él,
Jesús, sea tu mejor oración.
Con el libro de la Palabra en las manos haz una primera
lectura seguida, sin prisas y también sin pausas. Lee
el texto completo que se te propone.
Después de un tiempo de pausa, haz una segunda
lectura con silencios. Intercala breves silencios de
contemplación amorosa y de escucha. No es necesario
que "razones" la Palabra. Déjala resonar en tu
corazón.
Busca oír los ecos que produce en tu alma y las
resonancias que tendrá en tu vida.
Una tercera lectura te llevará a leerla con
acentos, esto es, buscando lo que más llega a tu
alma.
Toma nota en tu libro de ruta de las palabras,
versículos o párrafos que has acentuado. Haz
con ellos la oración del corazón, ya sabes en
qué consiste: repetir, rumiar, saborear, interiorizar
la Palabra en tu propia vida.
Así, día tras día, irás
consiguiendo con la gracia del Señor, reconstruir la
ermita interior del corazón con el silencio, la
presencia y la Palabra. Porque Él te habla siempre
que te encuentra en actitud de escucha.
Desde el templo interior del corazón, ya
reconstruido, podrás orar incesantemente escuchando
la voz y la palabra de Dios, esto es, la constante
manifestación del amor en la vida.
LA PALABRA, PAN DE
CADA DÍA
Para hoy, Mateo, capítulo 14, versículos 22
al 33.
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