- Jaume
Boada i Rafí O.P.
- Sube
al Monte de Dios
- Pautas
para una experiencia de desierto destinadas a hermanos y
hermanas ya iniciados
- Un
día en el Monte de Dios
"Venid, subamos al Monte de Dios".
En este día especial en la ruta del desierto, has
de cuidar con esmero las actitudes con las que debe ser
vivido, como también algunas normas concretas que han
de definir tu andar. Son como pautas interiores para vivir
un camino. De la fidelidad a las mimas dependerá en
buena parte el fruto de esta etapa de nuestro desierto.
Sigue en la ruta comenzada. Sé fiel a tu
búsqueda del rostro del Señor en el Monte de
Dios para disponerte a morar para siempre en la
bienaventurada ermita del rostro de Cristo, que ya
podrás intuir cuando llegues al encuentro fugaz del
Tabor, el monte donde se manifiesta el verdadero rostro de
Cristo, luminoso y glorificado.
La voz del Espíritu Santo te permitirá
reconocerlo sin sombra de dudas: Este es mi Hijo. En la
presencia del Padre, en una actitud de gozosa y agradecida
serenidad, escucha atentamente las pautas de ruta que
indicaré.
- Vive en el silencio exterior e interior.
- No te disperses en la curiosidad.
- Sé capaz de respetar el silencio de los
hermanos.
- Que no proliferen las lecturas. Sólo la
Palabra de Dios.
Relee ahora el capítulo 5 de la 1ª Carta de
San Juan. Hazlo siguiendo las pautas ya indicadas: primero
una lectura seguida; segundo, la lectura con silencios;
tercero, la lectura con acentos.
Escoge después, en el texto indicado, alguna
frase. Escríbela amorosamente en tu libro de ruta.
Cuando lo hayas hecho, pronuncia las palabras escogidas
lentamente, memorízalas, y vete pronunciándola
con los labios, el pensamiento y el corazón.
Haz la oración del corazón, incluye el
nombre de Jesús, vive en él. Serena, con su
presencia, tu alma y tu vida.
Pídele al Espíritu Santo que te conceda el
don de ser capaz de vivir en la serenidad del abandono
confiado en las manos del Padre. Él te lleva con amor
en sus manos, él te hará ver sus caminos y,
como Moisés, podrás contemplar la gloria de su
rostro.
Pídele que te haga conocer sus caminos.
Permanece abierto a la obra del Espíritu en tu
alma y en tu vida.
Adora, amorosamente, la voluntad del Padre.
Deletrea las palabras que te dicen y repiten que "Dios
es amor", que quien ama vive en el amor y conoce a
Dios.
Vive en el gozo de nacer de Él y en la
alegría de poder mostrarle tu fidelidad cumpliendo
sus mandatos, obedeciendo su palabra.
Reencuéntrate, también, con los textos de
la palabra de Dios que, en determinados momentos de tu vida,
han tenido una especial incidencia en ti, aquéllas
palabras que, merced al don del Espíritu, tienen una
resonancia especial en tu alma.
Sumérgete en estos textos. Poco a poco
verás que el eco de la palabra y la presencia de Dios
en tu vida tendrán más fuerza que los
recuerdos y anécdotas que te asedian en tu interior y
e desestabilizan emocionalmente, distorsionando la paz
serena en tu deseo de vivir en el silencio.
Vive "desprogramado". No es bueno que hagas
"tus" planes para vivir en el desierto. Acudes al
Monte de Dios sólo para hacer "su"
voluntad.
Hemos buscado un ámbito exterior adecuado para
poder estar a disposición interior del
Espíritu.
Déjate conducir por su voz interior. Camina en
respuesta a su impulso. Que no te inquiete el alcanzar o el
no poder llegar a las metas que, inconscientemente, te
habías fijado. Aquí has de vivir completamente
abierto y disponible a los impulsos del Espíritu,
abandonando tus pretensiones de eficacia.
Déjate llevar. Vive en Él y, en cada
momento, realiza lo que creas que Él espera de ti.
Piensa que encontrar a Dios consiste en buscarlo sin cesar.
Tu encuentro con Él, aquí en la tierra,
consistirá siempre en buscar, desear, añorar,
vivir en la nostalgia de dios.
Ya sé. Tú eres "anhelo" de Dios.
Vive en la gratuidad de su amor que quiere que tú le
digas y le repitas con María: "He aquí la
esclava del Señor". La disponibilidad para el
servicio que Él te pide ha de ser la prueba con la
que tú le manifiestes que sólo deseas ser un
inagotable anhelo de Dios.
Tú también has de ser, como María,
una casa de Dios. Ahora puedes vivir en esta hermosa casa de
Dios: el inmenso templo de la naturaleza, con el recuerdo
constante del objetivo que se te ha indicado. Tu interior ha
de ser un amplio templo en el que Él vive y donde
tú intentas seguir los pasos de Jesús, el
verdadero adorador del Padre en espíritu y en
verdad.
Dedica largos tiempos para estar en su presencia
eucarística, junto al Señor, siempre presente,
alábalo en el entorno inmenso de la naturaleza.
Tu capacidad de constante adoración interior del
amor del Padre te permitirá vivir en la ilimitada
disponibilidad de amor y servicio a los hermanos desde tu
corazón acogedor.
Intercede por los hermanos; busca largas horas para
interceder por todos y por todo. Ruega por la Iglesia, por
tu Comunidad, tu familia y por los más necesitados de
este mundo. No te has alejado de los demás para vivir
alienado. Tu desierto ha de ser vivido en la soledad
solidaria del corazón. No vivirás en el templo
de la presencia de Dios si tu interior no es, al mismo
tiempo, una nueva Betania, la casa del pobre. Recuerda que
no estás en el desierto para vivir para ti y por ti.
Dios te ha concedido el privilegio de morar en el Monte de
Dios para suplicarte que sea una auténtica casa de
puertas abiertas para todos los pobres: una Betsaida en la
que Él vive unos momentos privilegiados en su ruta
aquí en la tierra.
Así pues, ora en silencio e intercede por los
hermanos. Tu desierto tendrá que capacitarte para
responder en la vida con una gran entrega en tu servicio de
amor: servir en el amor. Este será el don de Dios que
recibirás al buscarle en la soledad y el silencio del
desierto.
Hoy, ahora, puedes vivir en Dios, estar en él, ser
todo para Él, sin límite de tiempo. Si al
atardecer contemplas la amplitud del cielo que a todos
acoge, comprenderás lo que ha de ser tu Betania: una
casa en la que nunca se cierra la puerta a nadie.
Vivirás en el Monte de Dios. El ambiente natural
acallará las voces interiores que te dispersan.
También en la vida puedes vivir distraído.
"Sólo Dios", es el título y el
programa que Él te ha dado. Lo has de buscar con la
fe de Abraham y la esperanza de Sara. Lo quieres amar con un
corazón no dividido. Él lo es todo para ti.
Vive la primacía absoluta de tu opción por el
Señor.
Tu camino de hoy ha de ser como una parábola en
acción de lo que será tu vida: estar y vivir
en Él, sólo en Él.
Consciente de que tu ruta es un nuevo Emaús la
andadura en la que el Señor te dice "Yo camino
contigo". Verás que, desde Él, tu
donación a los demás se potenciará, y
podrás ser de todos y para todos. En tu
corazón hospitalario tendrán cabida todos, y
todos podrán reconocer su rostro.
No te perteneces, eres de Él y para Él.
Sólo Él.
El Espíritu Santo te irá conduciendo hacia
este silencio total en la inagotable serenidad de su
presencia. Ámalo con un amor sin límites.
Que tu día en el Monte de Dios sea también
un viaje a Cafarnaúm. Allí Jesús acude
a retirarse en la humilde casa de Pedro. Es su lugar de
descanso, al lado del lago de Galilea, aguas
entrañables que acogieron la voz armoniosa de
Jesús, el Señor tiene una casa a la que acude
para descansar.
Recuerda que Jesús es tu descanso, en Él
está tu amor y tu entrega, en Él
remansarás toda tu vida y todas tus ansias de amor,
porque Él es tu Señor y tu vida, tu maestro y
tu camino, es tu amor. En el amor, amor, amor
encontrarás tu descanso.
Subirás a la montaña de Dios. En
algún momento del día tendrás que
caminar silenciosamente. Hazlo sin prisas, no te propongas
como objetivo ansioso el llegar. En esta vida todo es
caminar. Más importante que la meta es el camino.
Verás en cada uno de tus pasos una parábola de
lo que ha de ser tu existencia toda y del objetivo imperioso
que el Espíritu Santo ha hecho resonar en tu
interior: Sal de tu tierra y vete a la tierra que te ha
preparado el Señor.
En todo caso camina, busca su voluntad en tu vida. no
hagas "tu" camino, porque Él te ha llamado por
tu nombre para que vivieras "su" camino.
Recuerda siempre que la tierra de Dios es el mundo de los
pobres. El signo de que el Reino ya ha comenzado es que los
pobres tienen a su alcance la buena noticia de la
salvación de Jesús. Contempla el don de la
salvación y vive en la misericordia y en la
disponibilidad.
Vive en el silencio. Vive también en la escucha
amorosa de la Palabra, como María en Nazaret.
Allí prepara su respuesta a los proyectos salvadores
del Padre en el Espíritu Santo. Ya llegará el
momento en el que, como ella, podrás ir a Incarem
para cantar, desde tu corazón plenificado, la
misericordia del Señor y proclamar tu propio
Magnificat.
EL
AYUNO
Este tiempo en el Monte de Dios será
también la ocasión para vivir el ayuno.
Ayuna de acuerdo con las posibilidades de tu salud,
atendiendo a la fragilidad de tu cuerpo. No importa tanto la
materialidad del ayuno, cuanto el sentido que le das: te
unes al Señor que ayunó en el desierto.
Recuerdas, como Él, que la Palabra de Dios es tu
único alimento. Revives la gracia de encontrar la
fuerza interior que necesitas para poder hacer la voluntad
del Padre.
Vivirás también en la solidaridad con los
que pasan hambre, y te unes al esfuerzo de todos
aquéllos que ni siquiera alcanzan lo que necesitan
para vivir con todo el esfuerzo y entrega de su trabajo.
Desde el ayuno intercedes por todos los pobres y
desheredados del mundo.
Al iniciar el desierto ya te despojaste del reloj como
signo de que tu día en el Monte de Dios ha de ser un
"tiempo fuera del tiempo" que recrea y renueva tu interior.
¡Tantas veces te has tenido que lamentar de que tu
oración esté mediatizada por el tiempo
!.
Hoy tienes la ocasión de orar sin más
límites que los de tu propia fragilidad.
Otros pequeños detalles que conviene que tengas en
cuenta para este día en el Monte de Dios:
- Ni circules demasiado, ni tengas prisa.
- Evita al máximo los ruidos.
- Respeta el compromiso de soledad y las exigencias del
silencio.
- Procura vivirlo todo en la paz del amor y en la
serenidad de la vida.
- Una vez más: intercede por los hermanos que
hacen el camino contigo.
- Cuida también su silencio.
- Respeta su soledad.
- No te olvides los pequeños detalles en el
orden, en el cariño vivido y mostrado. El lema
será: "Unos por otros y Dios por todos", vivido
todo ello desde el amor y en el silencio.
- El Señor estará contigo. Él te
dirá su Palabra y te hablará al
corazón.
- Busca, en verdad, su amor.
- Vive en el desprendimiento y en la escucha.
- Abandónate en confianza.
- Él quiere tu amor y tu entrega: te quiere a ti
mismo.
- Vete haciendo el aprendizaje del silencio.
- Escucha y ama. Ama y escucha.
LA PALABRA DE DIOS,
PAN DE CADA DÍA.
Para hoy, Éxodo, capítulo 3.
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