- Jaume
Boada i Rafí O.P.
- Sube
al Monte de Dios
- Pautas
para una experiencia de desierto destinadas a hermanos y
hermanas ya iniciados
- Moisés,
Moisés
Al vivir una experiencia de oración en el silencio
del Monte de Dios, has de sentir fuertemente en tu interior
y en tu vida la llamada del Señor.
Ora la llamada del Señor. Contempla bien sus
llamadas. Él te eligió antes de nacer: te
amaba cuando ni siquiera existías en la mente humana.
Él te llamó y te hizo suyo en el bautismo.
Aquel día comenzó una historia de amor y de
entrega. Dios te concedió la gracia de conocerlo de
verdad y llenó tu corazón de deseos de
seguirlo. Después, al ir haciendo tu opción de
vida, Él quiso estar presente; te invitó a
entregarte a Él en un camino de vida concreto.
Piensa que Él quiso hablarte al oído y te
propuso un camino en la vida. Nunca caminaste solo.
Él siempre estaba guiando con su mano amorosa de
Padre los senderos de tu existencia.
Si miras la historia de tu vida, comprenderás que
Él todo lo hace para el bien de aquéllos a los
que Él ama. Al fin y al cabo, has de vivir convencido
de que Dios tiene un plan de amor para ti. Él lo va
realizando con ternura. A ti solo te pide que te abandones
en confianza y que te dejes llevar.
El Espíritu Santo sembró en tu alma la
semilla de la oración. Pudiste percibir que la
búsqueda de Dios en el silencio y en la
oración ha sido para ti una nueva llamada, una
vocación interior irresistible a dejar crecer en tu
vida, generosamente, el don de la oración. Es tu
manera de ser de Él y de vivir en su amor mientras,
en la vida, te dispones a servir en el amor a los
demás.
Él te estaba esperando. Él te mira
constantemente con su misericordia y confía en tu
fidelidad. No lo dudes: Él ya te liberó para
poderte salvar, como a Moisés. Relee atentamente el
capítulo 3 del libro del Éxodo.
Siéntete tú también protagonista del
relato. La vocación de Moisés es una obra de
amor. La tuya también lo fue, y lo es, a pesar de tus
infidelidades y pecados. Responde con amor a su palabra.
Tu vocación a seguirle implica una exigencia de
respuesta. No quiere tus sacrificios. Él espera tu
respuesta de amor y tu actitud radical de misericordia en la
vida.
El Dios-Amor lo ha dispuesto todo para liberarte y
convertirte en testigo y sacramento de su obra de amor.
En tu ruta contemplativa, descubres que siempre has de
vivir en Él; compruebas que todo se realiza en ti
como una obra de amor.
En el silencio vete saboreando con lentitud la palabra
que Dios pronuncia en el interior de tu alma:
Moisés
Moisés
Él te llama por tu nombre. Al invitarte a hacer el
camino del desierto te dio un nombre nuevo.
Hoy, ahora, tu oración ha de ser escucha. Escucha
al Señor en el silencio; atiende y acoge su
misericordia en tu alma y en tu vida; repite, lentamente, la
oración del abandono.
Haz silencio. Calle a tus cosas. Solo Él, solo su
amor ha de estar presente en tu vida.
Como a Moisés, Él te ha llamado y te llama
por tu nombre, sin más. Solo te pide que seas fiel a
ti mismo, que reconozcas la obra de sus manos en ti, que
respondas con fidelidad a esta llamada interior que resuena
en lo más profundo de tu alma.
Cuando te ha llamado, Él sabe bien quien eres.
Sabe de tu disposición interior y del peso de tus
propias miserias en la vida.
Él no quiere ni tu humildad ni tu orgullo. Quiere
tu propia nada, porque Él desea ser en ti tu todo, tu
plenitud, el sentido más profundo de tu vida.
No tengas miedo a Dios. Preséntate ante Él
indefenso. Sé arcilla blanda y dócil,
abandonada en sus manos de alfarero.
No te escondas ante su presencia luminosa: abre tu vida a
la verdad de su amor.
Al llamarte, sabe bien cómo asumes tú mismo
tu propia vida, de qué manera personalizas, integras
y asumes en tu persona toda tu historia, esa interminable
sucesión de hechos que han ido llenando de luces y
sombras, de color y de luz en libro de tu vida.
Recuérdalo todo ante Él. Reconoce las
heridas que aún no han cicatrizado. Revive las
alegrías que te plenifican y te llenan de
esperanza.
Detrás de tu nombre están tus pobrezas y
tus posibilidades, tus ilusiones y tus decepciones, tus
esperanzas y tus frustraciones, tu capacidad para vivir la
utopía del Evangelio, y las posibilidades de acoger
en tu vida el encuentro con Dios.
Dios libera tu alma y tu vida, te libera a ti, y libera a
tus hermanos contigo para que todos podáis responder
generosamente a su llamada.
¿Tú quieres ser testigo vivo de su
liberación? Abandónate a su amor y a su
presencia. En silencio piensa que Él no pone su
mirada en tu pecado o en tu pobreza: Dios es siempre
positivo, Él mira siempre tu capacidad de vivir en la
ilusión y en la utopía, tu capacidad de
esperanza, tu compromiso sincero de fiarte de Él y
dejarte guiar por su Plan de Amor.
Sí: fíate de Él. Esta confianza te
salvará. Abandónate en confianza, renueva tu
confianza en el Señor, que se apoya en ti. Dios es
para ti misericordia, y espera tu fidelidad.
Vive en Él y con Él, porque está en
ti.
Ahora quiero proponerte una experiencia oracional muy
sencilla. Tendrá que ser tu tarea de hoy. No olvides
que tu experiencia de desierto ha de ser totalizante:
tendrá sus momentos para orar en su paz y momentos
para orar fuertemente insertado en tu propia vida y en tu
historia.
En el Monte de Dios, en un ambiente que facilita el
silencio y la soledad, sin el reloj que parcializa de modo
inexorable tu tiempo, hoy, ahora, puedes orar sin tiempo. Se
dan las condiciones necesarias para esta oración en
profundidad. Verás cómo viviéndola con
el corazón agradecido podrás orar tu propia
vocación.
Sitúate en la presencia de Dios. Toma tu libro de
ruta. Escucha, con calma, esta larga lista de palabras que
dentro de un rato voy a decirte. Escríbelas en tu
libro. Pronúncialas lentamente con tus labios y tu
pensamiento, convirtiéndolas en oración del
corazón. Pon, junto a cada una de ellas, el nombre de
Jesús. Acoge el silencio del Espíritu Santo en
tu vida.
No pretendas orar todas las palabras que voy a sugerirte,
sería imposible. Quédate solo con las que
conmuevan más tu sensibilidad después de
haberla pronunciado tú mismo entre pausas de
silencio.
Ya verás cómo escuchas que Él repite
tu nombre: Moisés
Moisés
Revivirás el don de tu vocación.
Después, relee nuevamente las palabras escogidas y
vete recordando momentos y episodios de tu vida de antes.
Piensa también en tu presente: cómo vives, en
qué situación estás ante lo que
significan las palabras que te propongo. En lo que creas que
falles, pide su perdón y su misericordia. En lo que
ya vives, agradece al Señor su don y entrégale
nuevamente toda tu confianza. Con estas palabras, ora tu
propia vida y revive su llamada.
Fíjate bien en el sentido que ha de tener tu
oración de hoy. No se te pide, lo recuerdo una vez
más, un análisis reflexivo ni un trabajo
intelectual a partir de unos conceptos. Más bien
limítate a dejar resonar y a escuchar, en lo
más profundo de tu alma, ahora que ya está
bañada en el silencio, el eco que produce cada
palabra. No olvides poner junto a cada una de ellas el
nombre de Jesús, verás cómo, invocando
su nombre, todas tienen un sentido diferente, nuevo.
Cuando finalices este proceso oracional, responde
serenamente a esta pregunta: ¿cuál es la palabra
que podría definir o explicar tu presente?.
Voy a pronunciar, con lentitud, las palabras que te
sugiero:
- Silencio
- Gratuidad
- Entrega
- Intercesión
- Misericordia
- Amor
- Obediencia
- Esperanza
- Pecado
- Pascua
- Padre
- Abandono
- Fidelidad
- Confianza
- Alabanza
- Oblación
- Sacrificio
- Anonadamiento
- Humildad
- Conversión
- Superación
- Espíritu
- Encuentro
- Serenidad
- Generosidad
- Compasión
- Inmolación
- Pureza
- Desasimiento
- Renovación
- Superficialidad
- Reconciliación
- Caída
- María
- Indefensión
- Calma
- Nostalgia
- Comprensión
- Cruz
- Plenitud
- Pobreza
- Caridad
- Alegría
- Frustración
- Jesús
Si te propones vivir este camino de oración con
sencillez, humildad y paz, verás que no solamente no
te cansa, sino que te llena de paz.
Escuchar al Señor es siempre un descanso y un buen
motivo para la alabanza alegre y la sincera acción de
gracias.
No te desanimes. Ora al Espíritu Santo. Junto a
Jesús conocerás tu propio rostro. Él te
ayudará a aceptar tu propia vida. Verás que su
comprensión cicatriza todas las heridas que pueda
haber en tu alma. El Espíritu Santo te sanará
interiormente. Fortalecerá lo débil,
reconstruirá lo destruido, profundizará lo
superficializado de tu alma con el bálsamo del amor
de Cristo. Ante Él verás que nunca puedes caer
ni en la desesperanza ni en la decepción, porque
Él siempre es positivo, Él goza con el solo
hecho de verte deseando buscarlo con amor.
Recuerda lo que dice Isaías: "El Señor
nunca rompe la caña cascada ni apaga el pábilo
que aún humea".
Él te ha llevado al desierto para hablarte al
corazón y recordar su amor primero. Vive intensamente
la gracia del desierto. Es un don de Dios para ti.
Al acabar la jornada, recógete en silencio ante el
icono de María: es el signo de su presencia en este
camino. Ella vive amorosamente junto a ti.
Alaba al Señor, repite su nombre, este nombre con
el que tú lo designas con amor.
Vive en el gozo de estar en Él y con Él, en
la gratuidad de tu oración en la que te limitas a
morar permanentemente en su presencia.
Si te es posible, ofrece algún detalle, en luz y
en flor, junto al icono. Canta a María, recuerda que
ella es la garantía de tu fidelidad, el
estímulo de tu entrega, el aliento de tu
oración.
En el silencio de María tienes un programa de
vida. En el amor sencillo y generoso de María, un
ejemplo de lo que has de vivir.
En la oración sencilla y transparente con la que
acabas tu ruta, podrás expresar este deseo de paz que
anida en tu alma y que, después, has de encarnar en
la vida.
Que la serenidad de tu plegaria ante el icono de
María sea una invitación constante a la
oración.
LA PALABRA, PAN DE
CADA DÍA
Para hoy, Mateo capítulo 4, versículos 18 a
24 y textos paralelos.
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