- Jaume
Boada i Rafí O.P.
- Sube
al Monte de Dios
- Pautas
para una experiencia de desierto destinadas a hermanos y
hermanas ya iniciados
- Levantaos,
no tengáis miedo
Cuando leemos el relato de la Transfiguración del
Señor en un ambiente como el que estamos viviendo en
estos días de desierto, nos encontramos con que cada
una de sus palabras tiene una evocación especial.
Hicimos caso al apotegma de Arsenio que invita a huir,
callar y guardar el recogimiento.
No nos hemos buscado a nosotros mismos. Si hemos huido,
callado y guardado el recogimiento ha sido porque
deseábamos encontrarnos con el Señor.
Él es el centro esencial de nuestra propia vida,
Él lo es todo en nosotros y para nosotros. Por
Él vivimos, trabajamos y luchamos en la vida.
Deseábamos encontrarnos con el Señor cara a
cara, a solas con el Todo Solo.
Todo ha sido vivido desde el abandono total en sus manos
amorosas de Padre. Él lo es todo en nosotros y para
nosotros: en Él vivimos, nos movemos y somos.
Pedro, Santiago y Juan tuvieron el privilegio de ser
escogidos por Jesús para subir al monte y conocer el
rostro transfigurado del Señor. Ellos,
apóstoles escogidos por Cristo, en su convivencia
diaria con el Maestro, ya iban intuyendo algo especial en su
rostro, en su vida, en su mirada y en sus palabras. Nunca
pudieron imaginar que cuando el Señor se los
llevó al Tabor era para mostrarles su verdadero
rostro de Hijo de Dios.
Pedro, espontáneo como siempre, ya hablaba de
plantar tres tiendas. Quería quedarse. Le
parecía tan fascinante la visión especial que
tuvo del Señor que no deseaba ya nada más, ya
no tenía otro interés en la vida. Sólo
anhelaba poder seguir contemplando la gloria del
Señor, a quién él amaba tanto.
Juan y Santiago permanecen en silencio. Comparten, lo
sabemos bien, los sentimientos y deseos de Pedro, el mayor.
Pero no lo expresan: lo viven en el alma. Es otra buena
manera de vivir las cosas.
Jesús es muy claro: "Levantaos, no
tengáis miedo, no digáis a nadie lo que
habéis visto, hasta que el Hijo del Hombre resucite
de entre los muertos".
Hermana, hermano, mis palabras para ti son éstas:
ahora, aquí, hoy, has de tener un pensamiento muy
claro y un planteamiento esencial de tu oración. Lee
atentamente el relato de la Transfiguración del
Señor. Sube espiritualmente al Monte de Dios.
Recuerda que Él te eligió para que pudieras
contemplar su rostro transfigurado en la soledad y en el
silencio del desierto. Vive en Él, que es tu amor y
tu vida, céntrate en Él, que es quien ha de
marcar las pautas de tu camino. Piensa ya en levantarte y
volver a la vida.
¿Qué te pide el Señor?,
¿qué espera de ti?, ¿qué ha de
cambiar en tu vida?.
En estos momentos lo que importa es que te puedas
encontrar con el Señor en un entorno de profunda
serenidad. Él te ama y te ha llamado para que puedas
contemplar la gloria de su rostro, y llegues a ver y
comprender que Él, sólo Él te plenifica
y te salva, sólo Él es el amor de tu vida.
Pensando en la vida haz el don de tu amor absoluto y
abandónate plenamente en las manos amorosas del
Padre.
Junto a María que, desde su amor de Madre, siempre
supo entender el rostro verdadero de Jesús,
contémplalo en silencio de amor y espera en
Él, confía en Él toda tu vida. Que se
pueda ver que no te quedas mirando al cielo. Él
quiere que, después de haber contemplado su rostro en
el desierto, lo busques ardorosamente en la vida, en la
entrega a los demás, en el servicio humilde a los
hermanos. Que se vea que has visto al Señor en tu
alegría y en tu disponibilidad, en tu capacidad de
encuentro con los hermanos, en la radicalidad con la que
vives tu entrega humilde, obediente, en tu aceptación
sumisa de la voluntad del Señor siempre.
Dios te dio un título. Es un auténtico
programa de vida para ti. Sólo Dios busca con ardor
tu fidelidad plena a Él, tu dedicación a
amarle y a servirle en los hermanos. Él ha de ser el
gran secreto de todo lo que vives y haces. Sólo
Él es la razón última de todo cuanto
vives.
Muévete en la primacía de tu opción
por Él con radicalidad. No permitas nada que
distraiga tu camino fiel. Será siempre una casa de
Dios como María. Lo que importa en el desierto es que
después seas capaz de llevarlo a la vida, que tu
interior sea un verdadero templo donde se ora y se ama sin
interrupción, donde tienen cabida todos, porque tu
corazón es una verdadera casa de Dios.
Añora su presencia en la vida de cada día;
verás que, si te apoyas en Él, nunca
llegarás a cansarte, porque Él es tu descanso,
Él es tu fuerza, en Él lo puedes todo.
Si te abandonas en su abandono, si te das a los
demás en su entrega por los hermanos verás que
tu capacidad de donación total por amor adquiere unas
dimensiones sin límites ni fronteras. En Él
vivirás siempre alegre y con una fuerza superior a
tus posibilidades. Es la fuerza que viene de Él.
Serás servicio de amor en toda tu vida, porque el
Señor te ha pedido que dijeras como María:
"He aquí la esclava del Señor".
Así, con un gran desasimiento y un amor sin
límite, sí, un amor sin límites,
inagotable, sigue creciendo. Este amor es el que tú
recibes del Señor y es el que has de dar a los
demás. Por ello, ama al Señor y, unido a
Él, ama a todos los pobres. Acepta ser pobre
tú mismo. Vive en el desprendimiento si quieres ser,
de verdad, una auténtica Betania, casa del pobre.
Solo se sentirán cómodos los pobres en tu
Betania, si tú mismo vives en la sencillez, la
cercanía y en la humildad más radicales. Esta
radicalidad tendrá que llevarte también a
obedecer la voz imperiosa del Señor: "¡Sal de
tu tierra!", aunque te resulte más cómodo
ir tirando, o ir haciendo por inercia.
Vive enteramente en Él, abandónate en
confianza y ten la seguridad de que Él querrá
para ti un abandono pleno y total en sus manos. Abandono
concretado en la vida.
Confía en el Señor, sé valiente, ten
ánimo. Confía en el Señor y ama, ama
sin fin, ama con un amor sin límites.
Mantén tu alma siempre en el silencio, en la
escucha y en el amor, porque Él te concedió el
don de verle transfigurado.
En el silencio has podido descubrir que eres capacidad de
Dios y que, en tu vida, todo se desenvuelve en esta actitud
sincera que nace en la presencia de Dios en el camino.
Ora, ora sin cesar. Sé testigo vivo ante tus
hermanos del abandono en confianza como un camino para vivir
a fondo tu vida de fe.
Nunca olvides traducir tu abandono en dulzura y
amabilidad en la relación con los hermanos. Ten paz
en tu alma, vive siempre en el amor. Pero recuerda que todo
lo vivido en la oración ha de quedar expresado en la
escuela concreta de la vida.
Tu atención a los más pobres
significará tu cercanía a Cristo, que amaba la
sencillez y la cordialidad de toda una vida de entrega.
Sé fiel al amor, sé feliz en la vida.
Busca comunicar lo que vives en Dios a tus hermanos. Si
tu vida de dentro es auténtica, no serán
necesarias las palabras para expresar lo que vives en Dios:
se verá que vives plenificado, abandonado en la paz
de su amor y en la confianza de su presencia.
Siempre en Él, solo en Él, porque has
podido ver su rostro y desde Él se plasmará en
la dimensión nueva que todo adquiere en la vida.
No te puedes quedar para siempre contemplando la
luminosidad de su rostro en el Monte Tabor. Él te ha
pedido que te levantes, que no tengas miedo, que vuelvas a
la vida.
No cuentes lo que has visto. Ya lo descubrirán en
la transformación total que se ha producido en
ti.
En Él, con Él y para Él vives.
Subiste al Monte de Dios obedeciendo su llamada. Tu
encuentro con Él ha sido visión de un
instante, pero lo pudiste contemplar transfigurado,
plenamente Hijo de Dios.
Lo has escuchado: Él es el predilecto del
Padre.
Tu encuentro te preparará para la vida.
Vive y ora. Ama y alaba.
Confía y responde: "Que cuando vuelvas,
Señor, encuentres orantes nuestras manos y sembrando.
Amén. Amén. Aleluya. Amén."
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