- Jaume
Boada i Rafí O.P.
- Sube
al Monte de Dios
- Pautas
para una experiencia de desierto destinadas a hermanos y
hermanas ya iniciados
- Vivir
buscando el rostro de Dios
Ciertamente, es Él quien ora en nosotros. Este es
un nuevo descubrimiento en el camino de la experiencia de
Dios. Sin embargo, orar no es nunca una actitud pasiva en la
vida. Se habla de la necesidad de vivir en una
búsqueda afanosa de fe y de deseo, de apertura total
de nuestra vida y nuestra voluntad al Plan de Amor del
Padre.
Después de subir al Monte de Dios, el monte Tabor,
vamos a insistir en la actitud de amor, un amor de puertas
abiertas, un amor que nos lleve a una disponibilidad plena
de todo nuestro ser.
Contemplamos por un instante el rostro transfigurado del
Señor. Ahora comprendemos que orar es buscar,
convertir nuestra vida en una búsqueda del rostro del
Señor y de su presencia constante en la vida. Esta
búsqueda nace en la fe. Una fe, a veces, angustiosa,
en otras ocasiones confiada, pero siempre llena de amor y de
la esperanza que alienta y empuja el camino.
Orar es buscar. No es una búsqueda sin rumbo ni
sin término. Todo empieza experimentando que
Él nos amó primero. Se descubre que Él
tiene un Plan de Amor para cada uno de nosotros. Llegamos a
la convicción de que ha sido Él mismo quien ha
sembrado en nuestro propio corazón el deseo de
buscar, sí, el deseo de buscar su rostro, su nombre,
su presencia, su palabra.
No se trata de encontrar el nombre que Dios tiene para
todos, sino el rostro y el nombre que Él tiene para
los íntimos, diré aún más, el
nombre que tiene para mí, concretamente para mi.
Leía hace tiempo el testimonio de un orante que
explicaba la aventura de su vida de fe, su deseo de
encontrar el nombre de Dios en su vida. Acababa su
testimonio con estas palabras: "Cansado ya de buscar
nombres, me limito a llamarlo Padre".
Cada uno de nosotros ha de hacer su camino de
oración empeñado afanosamente en esta
búsqueda. No es fácil orar, no resulta
cómoda la peregrinación orante. Siempre he
creído que la oración profunda, la
contemplación, es para todos. Es un don inmenso del
Padre el sentir en el alma la nostalgia de Dios, el desear
conocer su rostro y el emprender el camino necesario para
encontrarlo.
Creo, sinceramente, que esta búsqueda se ha de
hacer desde un arraigo total en la vida. Búsqueda
integrada en los quehaceres y vivencias intensas propias de
todo aquel que quiera vivir a fondo. Es equivocado pensar
que el problema de la oración está en
encontrar el método adecuado para orar, o las
técnicas de relajación que nos dispongan para
el encuentro. Todo esto ayuda, qué duda cabe, para
prepararnos para la oración. En todo caso, nos
dispone sicológicamente, para el silencio necesario
para orar, pero la oración entra en los caminos de la
fe, en el arrimo de la fe, la esperanza y la caridad, que
dirá San Juan de la Cruz.
Últimamente he vivido impresionado por el
testimonio de una mujer orante que, al final de sus
días, en el lecho de muerte, no se cansaba de
repetir: "¡Qué poco sabemos de Dios!". Y
lo decía después de haber vivido, con total
entrega, la búsqueda de su rostro. Había
tenido, no puedo dudarlo, su experiencia de Dios,
había podido percibir los pasos de Dios en la vida,
había sentido su presencia y su cercanía. Por
ello proclamaba que es poco lo que sabemos de Dios. No es ni
un lamento ni una queja. Es invitación a seguir con
firmeza los caminos que nos llevan al encuentro.
La misma fuerza que pongo al afirmar que la
contemplación es para todos, tengo que ponerla para
decir: "Hermano, es necesario que vivas con firmeza el
camino de la búsqueda de Dios; hermano, es
imprescindible alimentar el deseo y la nostalgia de Dios;
hermano, hermanos: hemos de convertir esta búsqueda
del rostro del Padre en el punto central de referencia de
todo lo que hacemos y vivimos." No se trata, ni mucho
menos, de hacernos profesionales de la oración, pero
sí de convertir la oración en el alma que da
sentido a nuestra existencia. Porque, cuando buscas a Dios,
encuentras un sentido nuevo en toda tu vida.
Pensando en tu vida, y con el objetivo de
acompañar tu camino y de sugerirte sendas nuevas de
oración, te leo esta carta que te escribí:
Caminante, hermano:
Tú quieres buscar a
Dios. Piensa que Dios es silencio, un inmenso silencio y, al
mismo tiempo, es palabra, la palabra que nos ha dicho en
Cristo Jesús.
Recuerda que Dios es luz, es
claridad de presencia y, al mismo tiempo es noche, es
oscuridad, es el Dios Escondido.
Dios es bondad,
cercanía, amor, misericordia y también
descubrirás que es inaccesible, lejano, hasta puede
parecer ausente.
¿Quién puede subir
al monte del Señor?, ¿quién puede entrar
en su morada santa?, se pregunta el salmista. Ha de ser
también tu pregunta, caminante, hermano, porque Dios
es tu nostalgia.
Buscador de Dios, caminante
del rostro del Padre, descubrirás que Dios es amor y
que, también, es misterio.
Si quieres ser orante, haz de
tu búsqueda un camino. Porque quieres conocerlo
ansías ver su rostro, percibir su presencia y sus
pasos en la vida.
Camina empujado por la sed y
la nostalgia. Vívelo todo en la esperanza, en la
atención, en la sencillez y la transparencia de una
vida clara y luminosa.
Ten los ojos siempre abiertos
e iluminados por la fe.
No te desentiendas de los
problemas de los hombres, y descubrirás su mirada en
el hermano que está a tu lado, su mano que se acerca
a ti para pedirte ayuda o en la de quien te la ofrece a
ti.
Intuirás que
está en la naturaleza y en la vida, en la sonrisa de
un niño y en el llanto de quien grita su dolor o su
soledad.
Aprende a mirar, a escuchar.
Busca estar atento a la vida. Espera.
Haz también silencio.
Ámalo. Y, cuando puedas, búscalo. Calla a tus
ruidos. Escucha a los hermanos. No te cierres en ti mismo,
te harás con ello más capaz de encontrar a
Dios y de descubrir que Él también camina en
la vida.
Y, mientras tanto, ama.
Vívelo todo en la dinámica del amor. Un amor
sencillo, concreto, entregado y atento. Un amor convertido
en algo tan elemental como el servicio y la amabilidad, o en
algo tan profundo como es la donación y la
entrega.
Porque el Apóstol Juan,
que tuvo el don de buscar y encontrar, y la gracia de poder
ser llamado "el discípulo a quien el Señor
ama", proclamó con claridad y fuerza: "Dios es
Amor".
Todo lo que hagas para vivir
en el amor será camino para tu búsqueda de
Dios.
No te encierres en la
pequeña anécdota de tus cosas. Ábrete a
la trascendencia de la vida y serás capaz de percibir
su mirada y su presencia cercanas y bondadosas.
No te creas poseedor de Dios,
que no te contentes creyendo que ya lo tienes en tu
corazón. Busca, en cambio, lanzarte a la inmensidad
de su corazón.
No te empeñes en
definirlo o en decir cosas sobre Él. No lo encierres
en las pobres paredes de tus palabras. Porque tú has
de querer saber quién es Él, cuál es su
nombre para ti. Yo me limito a decir que es Él o, en
todo caso, digo las mismas palabras del apóstol
Tomás cuando pudo comprobar que vivía
resucitado: "Señor mío y Dios
mío".
No te contentes con la
pequeña satisfacción de tus fervores o de tus
piedades. No creas que haces bastante con cumplir con tus
obligaciones de oración: en la fe y en el amor nunca
se cumple, porque la fe y el amor no han de tener
límites en ti, hermano buscador de Dios.
Y cuando ores, no hables
demasiado, porque como buscador de Dios eres caminante del
silencio. Este camino es el quehacer constante de tu vida.
Ya verás cómo, a lo largo de los años,
experimentas en tu oración un proceso simplificador y
confiado. A medida que avances en el camino de la
búsqueda de Dios, percibirás que necesitas
menos de las palabras para comunicarte con Él. Al
final de tu camino, tu plegaria será solo un largo y
continuado amor. Porque en la búsqueda de Dios
importa más la actitud que las palabras, valen
más las manos del deseo levantadas, suplicantes, que
la incesante palabrería del satisfecho. Importa
más el hambre y la sed de saber de Él y de
conocerlo más, que la actitud corta de miras de quien
se aferra al pequeño tesoro que guarda en el
bolsillo.
Buscador de Dios, hermano:
emprende tu marcha recordando que Él sólo te
pide que le ofrezcas tu propia nada, que te aceptes tal y
como eres, con las limitaciones y esperanzas que siempre hay
en tu vida.
Acepta tu vida, vive
reconciliado con tu entorno, asume tu manera de ser,
reconoce con la misma paz de alma tu pobreza y tu riqueza,
tu presente y tu futuro, las dificultades del camino y el
inmenso horizonte de las posibilidades que Dios te
ofrece.
Si quieres orar, presenta tu
deseo y tu disponibilidad.
Para transformarte en
caminante buscador, Dios sólo necesita que le
ofrezcas la pobreza-riqueza de tu propio barro.
Vive en la confianza. No
tengas miedo. Lanza el corazón y abandónate
plenamente al Plan de Amor de Dios para ti.
Vive en comunión con
Él y con el misterio de su voluntad en tu vida. Se
verá que ésta es tu actitud si vives la
comunión contigo mismo y con las personas que te
rodean, que forman parte de tu familia o de tu comunidad.
Procura tener, para ello, actitudes congregantes. No
permitas que el desamor, o el rencor o la decepción o
la melancolía aniden en tu alma. No hagas nunca
cálculos de lo que te cuesta o de lo que te exige tu
camino de buscador de Dios. Vívelo, en cambio, con
gozo y en una actitud de total gratuidad.
Haz tuyas las palabras del
salmista: "Dios mío, escucha mi oración, no
te cierres a mi súplica, hazme caso y
respóndeme. Me agitan mis ansiedades. Yo invoco a
Dios y el Señor me salva. Dios escucha mi voz, su paz
rescata mi alma".
Es importante que te dejes
llevar por el amor y la confianza en Él. Fíate
de Él y, al hacerlo, recuerda que es Padre, pero
también misterio de fe.
Permítele que llegue a
ti y te guía como Él quiera y te lleve como
quiera y hacia donde él quiera.
Renuncia a buscar
gratificaciones espirituales.
Acepta no ver o no ver siempre
claro. Para buscar a Dios te bastarán dos cosas: fe y
paz de alma. Ciertamente tu fe, por momentos, será
dolorosa y oscura y tu paz iluminará solo el
último rincón de tu alma. Acéptalo
así, pues estas cosas forman parte de tu camino e
buscador de Dios.
Buscar a Dios supondrá
para ti el encontrarte con Él cara a cara y a rostro
descubierto como Pedro, Santiago y Juan en el monte de
Dios.
Acógelo también
en tu vida con amor y sencillez.
Vive en la constante
comunión de presencia con Él, vive en el gozo
de sentirte amado por el Señor. Abre tu vida a una
relación de amistad sincera, profunda, dialogal e
ininterrumpida con Él.
Piensa que orar es ser
tú en Él y dejar que Él lo sea todo en
ti.
Dios es Uno y es
comunión trinitaria.
En tu acercamiento al misterio
de Dios, vivirás la experiencia de un Dios-Padre,
revelado y manifestado en Jesús, el Señor, el
Hijo. Lo descubrirás gracias a la luz y a la fuerza
del Espíritu Santo. Los tres viven en un encuentro
festivo y gozoso de comunión: "tanto amó
Dios al mundo que envió a su Hijo
primogénito".
Cristo Jesús es el don
del Padre para los hombres, y es también la puerta
que se nos abre incesantemente para llegar al corazón
de la Trinidad. Como buscador de Dios estás llamado a
entrar en comunión con la Trinidad. Tú caminas
para vivir conscientemente en ella, sabiendo, por otra
parte, que el Padre, el Hijo y el Espíritu ya han
establecido su morada en ti.
Hermana, hermano: tu camino de
acercamiento a la comunión con Dios Padre, Hijo y
Espíritu Santo, será la tarea fundamental de
tu vida. Es el objetivo central de tu deseo de experimentar
a Dios en la oración profunda.
Después de haber subido
al Monte de Dios, el Monte Tabor, después de haber
contemplado junto a Pedro, Santiago y Juan el rostro
luminoso de Cristo, te has de sentir invitado a buscarlo
presente en la vida, sí, en tu vida, en la vida de
cada día, en la vida que compartes con los
hermanos.
Yo, tu humilde hermano, me he
permitido dirigirte esta carta a ti, que buscas a
Dios.
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