Levántate,
sal de tus mediocridades, renuncia a la superficialidad y
camina, camina sin cesar, a pesar de los cansancios y las
dificultades.
Vívelo todo con
paz de alma. Piensa que Dios camina contigo.
Espera, Dios tiene su
tiempo. Pero no te duermas en la puerta de la morada del
Señor. Que Él te encuentre esperando.
Exponte al sol de Dios.
Su luz te purificará y te renovará.
En la calle, en tu
trabajo, en tu descanso, piensa en él. Dile un
"sí" generoso y decidido y convierte toda tu vida
en un "sí".
Guarda siempre, en todo
lo tuyo, un rincón para Dios. Un gesto dedicado a
Él. Una hora para Él.
Mete a Dios en tus
alegrías y no tardes en invocarlo cuando
estés preocupado.
Invócalo en todo
tiempo y en todo lugar.
Recuérdalo al
terminar el día. También cuando te
despiertes.
Recorre los caminos que
te ayuden a encontrarlo, pero no te ates a ningún
camino. La búsqueda de Dios te exige ser libre
interiormente.
Entra en tu propio
corazón, interioriza. La plegaria te
ayudará a descubrir que es allí donde Dios
se encuentra.
Vive el gozo de buscar a
Dios, pero sigue buscando a pesar de que, en algunos
momentos, esta búsqueda sea dolorosa.
Deja hacer a Dios. Dale
tiempo. Siembra sin cesar la semilla de la plegaria en tu
alma. Espera la lluvia del Espíritu, verás
cómo fructifica.
Utiliza todas las cosas
que te ayuden a buscar y encontrar a Dios, pero
verás que puedes aprender de Dios por Él
mismo, sin la necesidad de que nadie te diga quién
es Él o cómo has de buscarlo.
Lee siempre la palabra
de Dios como una palabra para ti, y también como
una buena noticia.
Ora tu propia vida. Haz
de ella un canto y una súplica, una alabanza y
acción de gracias ininterrumpidas.
Vive siempre con la
seguridad de que Él está cerca, a tu lado.
Es tan cercano a ti que ni tú mismo serías
capaz de imaginarlo.
Reconoce tu pecado y,
con la misma sinceridad, canta su misericordia y su
perdón comprensivo y amante.
Si buscas a Dios,
aprende a escuchar a tus hermanos. Si esperas su
misericordia, ábrete a la misericordia en tu
relación con los hermanos.
Vive en la
convicción de que Dios te salva, te libera, te
hace hombre nuevo. Déjate salvar y canta y
proclama gozoso su salvación.
Vive en todo con una
confianza ilimitada en la acción del
Espíritu en ti. No te cierres nunca a su obra en
tu alma. No desoigas nunca el susurro de su voz. Esto te
exige espacios prolongados de silencio.
Déjate
transformar por Él y por su Evangelio. Sé
arcilla dócil y disponible. Permite siempre que
Él haga su obra en ti.
Ante Dios, deja tus
máscaras. Sé tú mismo.
Acéptate. Asume la sorpresa de reconocerte en tu
pobreza y en los dones que Él te da.
Aprende al humildad, la
sencillez y la transparencia de los niños. Si no
te haces como ellos, no podrás entrar en el
misterio de Dios.
Recuerda siempre que la
aventura de la fe es un camino abierto. Hazte cada
día más vulnerable a su llamada, a su
encuentro, a lo que Él quiere de ti y te
manifiesta de forma imprevisible.
Procura vivir en todo de
acuerdo con Dios y cambia tu corazón. Deja que
Él te de un corazón nuevo.
Encuéntrate con
tus hermanos. Tu camino de oración no lo haces
solo. Lo has de vivir en comunión con los que
caminan contigo.
Ama a la Iglesia,
comunidad de los que buscan y viven a Dios, familia de
los que creen en Jesús, cuerpo del Señor.
Ama su unidad. Crea unidad en tu entorno y
contribuirás a que todos seamos uno en
Él.
Ama la soledad y el
silencio que necesitas para el encuentro interior con
Dios, pero no transformes ni tu soledad ni tu silencio en
una cerca de protección a tu egoísmo, sino
en un camino interior de comunión.
Ten los ojos abiertos.
Sé presente a ti mismo. No huyas ni de ti ni de
los demás. No te pierdas en la superficialidad. No
huyas de Dios o de sus exigencias, que a veces
conocerás a través de los hermanos.
Aprende a amar.
Vívelo todo en el amor y la libertad. Recuerda que
el apóstol Juan te dice "Dios es amor", y que
Pablo añade "Allí donde está el
Espíritu, está también la
libertad".
Vive con gozo tu liberad
de hijo de Dios y entenderás la verdad de las
palabras de San Agustín "Ama y haz lo que
quieras".
Dios cuenta siempre con
tu voluntad. Siempre que acude a ti lo hace con la misma
súplica humilde del leproso del Evangelio: "Si
tú quieres
"
Ama con ilusión y
alegría, pero sin ilusiones.
Ama a Dios y a los
demás con un amor sencillamente bueno y
concretamente bueno.
Sé leal en tu
amor, sincero en tu amor a Dios, sincero y entregado.
Harás camino de
búsqueda de Dios si no callas tu amor a los
hermanos y si aprendes a decirlo, no con palabras, sino
con gestos.
Asume todo tu ser. Asume
tu cuerpo y tu alma. Es obra de Dios. Es lo que Él
te ha dado para que lo busques. Asume tu cuerpo,
sí. Esclarece tu corazón. Abre sus puertas
y sus ventanas. El pecado que te aleja de Dios solo puede
estar en un corazón cerrado.
Ama a Cristo Luz.
Ahuyenta de tu vida todo lo que sea sombra y oscuridad.
En tu oración mira a Cristo Luz. Que Él
ilumine tus ojos y te enseñe a verlo todo con ojos
limpios.
Ama la
Eucaristía. Quédate largos ratos con
Él, que sabes que es presencia. Permanece en
Él. Celebra su misericordia. Que ella te llene de
paz y te recuerde que su yugo es suave y su carga
ligera.
Vive en la
convicción de que Él es perdón.
Reconoce tu pecado con paz de alma. Sé signo de su
perdón, su misericordia y su comprensión
entre los hermanos.
Recuerda el día
de tu bautismo. En el agua regeneradora te convertiste en
hijo de Dios. El Padre grabó en tu corazón
el rostro de Cristo. El Espíritu Santo
marcó tu frente con su sello. Eres propiedad de
Dios. Es la mejor garantía en tu camino para
buscar y experimentar a Dios.
Revístete de
Cristo. Piensa que tu fe es un sí a Cristo.
Permítele, en consecuencia, que Él te
guíe y te acompañe en la búsqueda
del rostro del Padre. Pide el Espíritu Santo que
purifique y fortalezca tu fe.
Aprende de Abraham la
prontitud para marchar a la tierra prometida por Dios.
Deja tu tierra, sal de ti mismo. Solo así
encontrarás a Dios.
María dijo
"Sí, que se haga en mi según tu palabra".
Haz tuyas estas palabras de María. Mira la cruz.
Acepta el misterio. Acoge al Espíritu.
Reencuéntrate con tus raíces.
Guarda en tu
corazón estas verdades. Vive a Cristo,
reconócelo en el hermano. Acéptalo en tu
vida sin ninguna condición. Síguelo con
amor, en verdad, con una fidelidad total y plena. Guarda
estas verdades en la tierra fecunda de tu corazón
y deja que germinen.
Sube al monte Horeb. Es
el monte del encuentro y de la visión. Pero no te
olvides de descalzar tus pies y de aceptar, de antemano,
la oscuridad, o que Él sea solo una voz que te
habla a través de una zarza que arde sin
quemarse.
Acepta el misterio.
Acepta, sí, que Dios es misterio. Pero no olvides
nunca que tu meta es la claridad de su presencia.
Caminante, hermano, buscador de Dios, estos consejos para
la oración son señales de camino. Cada uno de
ellos tiene su sentido. Todos te servirán en
algún momento de tu ruta. No olvides, sin embargo,
que te diriges a la fiesta de comunión y de amor que
es la Trinidad.