- Jaume
Boada i Rafí O.P.
- Sube
al Monte de Dios
- Pautas
para una experiencia de desierto destinadas a hermanos y
hermanas ya iniciados
- Nunca
dudes de su presencia
- Un
mensaje de hermano
Cuando entres en el camino de la
oración, piensa que merced a la gratuidad del amor
del Padre has sido invitado a introducirte en el encuentro
de comunión y de amor con Él.
Él te ha llamado porque quiere
que conozcas su rostro de amor, Cristo Jesús, y junto
a Él, con Él y en Él puedes entrar en
la gran fiesta de comunión que es la
Trinidad.
La Santa Trinidad te acoge en su seno.
Allí tú, envuelto en presencia, inundado de
amor, vives en la comunión incesante, participas en
el proyecto salvador, compartes la plenitud de
vida.
La Santa Trinidad está en tu
corazón. Acógela con amor, sé testigo
del don de ser habitado por Dios por medio de la
misericordia, la comprensión, la ternura y la
disponibilidad con las que acoges a los hermanos.
Expresa el don de Dios en tu
disponibilidad para el servicio y el compromiso con los
más necesitados. Son siempre los predilectos de Dios
y han de ser, también, los tuyos.
Verás que, en la
oración, Él va conduciendo tu alma y tu vida a
vivir siempre en la presencia. Él vive en ti,
Él quiere transformarte con su amor. Vive tú
siempre en Él, abandónate a la obra del
Espíritu en tu alma.
Nunca digas "No" al amor. Nunca dudes
de su presencia. Abre tu alma y tu vida a los dones del
Espíritu Santo. Para ello, vete haciendo la ruta del
silencio con paciencia. Busca el silencio pero, sobre todo,
espéralo, pues el silencio verdadero, el silencio
interior, es un don del Espíritu Santo.
Que no falten en tu vida espacios de
atención y escucha en los que te abandones al amor.
Cuando ores, habla al Señor, pero nunca olvides que
debes escucharlo. Él quiere hablarte al
corazón para indicarte, incesantemente, las sendas
que Él quiere que recorras en la vida.
Calla a ti mismo, calla a tus cosas,
calla a tus proyectos. Vive sumergido en el proyecto de amor
que Dios tiene para ti. Acepta todo cuando vayas recibiendo
del Señor y de los hermanos en la vida.
En el Espíritu Santo, vive en
la entrega plena y total a la voluntad del Padre.
Confía en el Espíritu,
que te irá conduciendo hacia la realización
plena del amor de Dios en tu vida. Busca en todo ser en
Él y vivir en Él.
Que día a día puedas
crecer en amor. Por ello, déjate de palabras,
despójate de oraciones, que tu vida toda sea una
oración inagotable, pues estás plenamente en
la onda del Espíritu Santo.
No desees la oración para
sentirla. Añora la súplica que sale de la vida
y te envía, nuevamente, al compromiso de la vida.
Para ello, que tu día se desenvuelva siempre en la
alabanza, la acción de gracias y la
súplica.
Alaba, sí, alaba al
Señor. Que todos tus pasos vayan construyendo una
ruta de alabanza, pues te mueves en Dios y por Él,
vives en Él gracias al don del Espíritu Santo
que mora en ti.
Nunca dudes de su presencia. Él
siempre está. Busca reconocer sus pasos en la vida,
su bondad y su ternura derramada en la creación y en
los hombres.
Con Él serás capaz de
transformar el mundo. Si estás lleno de la paz del
Espíritu en tu alma, serás, aunque no te lo
propongas, testigo y sembrador de paz.
Si eres nómada, viajero de
geografías y culturas, y permites que los vientos de
Dios rocen e impregnen tu piel y lleguen hasta la
médula de tus huesos, serás testigo de la
presencia de Dios en el mundo.
Si tu patria y tu casa es el camino,
si vives en la añoranza de la verdadera Patria (el
rostro del Señor), si no te instalas ni estableces tu
domicilio en la provisionalidad de todo aquí en la
tierra, estarás diciendo, con la palabra de tu vida,
que todo ha de ser una gran peregrinación hacia el
encuentro con Dios. Serás, entre tus hermanos,
sacramento del encuentro en el Amor. Después ya
podrás decir que este milagro no es obra tuya, sino
obra del Espíritu que te habita.
Si te sabes buscado y sientes que una
presencia está brotando en lo más hondo de tu
ser como don inefable, inmaculado, transparente,
podrás ofrecer a tus hermanos la invitación a
dejarse invadir por el Espíritu que ya los habita.
Ayudarás a descubrir el tesoro escondido en el amplio
campo del alma, en las inmensas estepas de la tierra, en el
corazón del bullicio en el que suele desenvolverse la
vida de los hombres.
Si descubres que de ti nace una
fuente, como un río donde todos pueden beber hasta
saciarse, entenderás que ha sido el Señor
quien ha llenado tu alma de esta agua viva que salta hasta
la eternidad de vida que todos añoran. Esta vida que
tú pudiste intuir en el Monte de Dios.
Si crees que en el más
extraño de los rostros alguien aguarda veladamente a
desvelarse y en tu disponibilidad lo acoges con la paz y la
alegría con la que esperas cada amanecer,
ayudarás a sembrar en el mundo la semilla de la
esperanza.
Si sientes que de tu corazón
brota a borbotones el torrente de la súplica; si el
Espíritu te ha llenado de solidaridad y
compasión, no apagues la llama de la súplica,
no ceses de orar, intercede por todos y por todo. Que en tu
alma tengan cabida todos, y que tu súplica alcance a
todos los que peregrinan bajo el amplio techo del
cielo.
Si en los éxodos cotidianos
sabes que Él está ahí, que tú
también estás ahí en las horas de calma
y en el estruendo de la agitación, no olvides que
esta realidad se produce en tu alma gracias al don del
Espíritu. Abandónate a su influencia y piensa
que has de ser testigo del Señor Jesús. Has
contemplado su rostro en el Tabor: Él es el Hijo de
Dios hecho hombre, que vive en la vida de los hombres y
comparte sus inquietudes y problemas, sus ilusiones y
esperanzas por amor. Siéntete invitado a ser testigo
de Cristo. Hazlo con la encarnación y compromiso con
el que vives tu relación con los hermanos.
Si nada te retiene ni eres prisionero
de nadie. Si vives libre y desasido para atarte al
compromiso de Cristo que se entrega en la cruz, recuerda que
Él te liberó para que vivas en una plena y
total libertad de entrega, en un abandono incondicional en
las manos del Padre.
Si redimes el amor perseguido y
encarcelado en los egoísmos y en los odios, en las
opresiones y en las guerras, en las luchas y las falsas
treguas, irás haciendo camino para que el Amor sea
conocido, amado, buscado y deseado como cumbre final de toda
ansia de amor.
Si descubres que todos los latidos, el
del mar, el de las estrellas, el del fuego, el de la tierra
entera es tu latido, tu único latido, verás
que todo te lleva a reconocer que el alma de todos los
latidos de la naturaleza y de la creación es el amor
de Dios.
Si olvidas tu edad, las debilidades de
tu cuerpo y la flaqueza de tu alma. Si te dejas absorber
hacia dentro, vivirás la plenitud del encuentro
primero que ha de realizase en tu vida: el encuentro contigo
mismo y el encuentro con el Señor que está en
la raíz de tu alma. Pudiste contemplar su rostro en
el Tabor.
Si en lugar de inventariar diferencias
te das cuenta de que, a la luz de tu mirada, se van borrando
todas las separaciones y todo regresa a la unidad original,
vete pensando que estás abriendo camino para que cada
hermano pueda descubrir que el aliento que lo mueve todo es
el soplo del Espíritu del Dios Amor.
Pudiste contemplar el rostro de Cristo
Transfigurado en el Monte de Dios. En Cristo Jesús,
el Señor, en el Espíritu Santo, que todo lo
vivifica y en el Padre del amplio cielo de la misericordia
puedes encontrarte a ti mismo. Lo encuentras a Él, se
va realizando tu encuentro con los hermanos, y vas caminando
hacia el "nosotros" de la comunión de todas las
criaturas en Dios.
Abandónate en las manos del
Padre.
Vive inundado por la presencia del
Hijo.
Que el Espíritu Santo
guíe y acompañe y mueva toda tu
vida.
Que María, rostro femenino de
Dios, misericordia convertida en ternura materna te conduzca
hacia el corazón de la Trinidad.
Dios siempre está. En
él, por Él y con Él vives y te renuevas
en el encuentro de amor.
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