- Jaume
Boada i Rafí O.P.
- Sube
al Monte de Dios
- Pautas
para una experiencia de desierto destinadas a hermanos y
hermanas ya iniciados
- Subiendo
al Monte de Dios
- Salmos
para el camino
- Desde lo hondo a ti grito,
Señor.
- Desde la tierra de mis
cenizas,
- desde la vida de mis pasos
de cada día,
- desde mis angustias y
soledades,
- desde mi trabajo y mi
descanso.
- Desde mis días de
sol o llenos de nubes,
- desde mi alegría o
mi llanto,
- desde lo más
profundo de mi corazón
- te llamo, a ti
grito.
- Te invoco sin
desfallecer
- y te amo, te
espero.
- Busco ansioso tu
palabra.
- Amo, añoro, deseo,
Señor,
- Suspiro, canto y
danzo,
- porque amo tu amor y te
amo ti.
- Estén tus
oídos atentos
- a la voz de mi
súplica.
- Es mi súplica
silenciosa, Señor.
- Es la oración de mi
vida.
- Todo mi ser se
entrega
- esperando tu presencia, o
tu palabra,
- o los signos con los que
me haces ver
- tu voluntad viva en mi
vida.
- Mi alma espera en el
Señor,
- espera en su
palabra.
- Mi alma aguarda al
Señor
- más que el
centinela la aurora.
- Miro a mi alrededor y veo
tu sombra.
- Quisiera verte con mis
propios ojos.
- Veo la sombra de tu luz en
mis hermanos.
- Presiento tu
cercanía en el dolor.
- Suplico, invocando tu
presencia en la vida.
- Callo y espero, espero y
callo buscándote siempre,
Señor,
- Cada día, en todo,
descubro que mi silencio
- es la mejor
oración,
- es la profunda
súplica de la vida.
- Mi silencio y tu
presencia: he aquí mi oración.
- Así será la
oración de al vida:
- yo callaré mientras
te busco,
- y tú me
buscarás hablándome con
presencia.
- Tú, el Amor siempre
presente,
- el amor de mi
vida:
- vivo en el Señor.
Es el Señor de mi vida.
- Espere Israel en el
Señor
- ahora y por
siempre.
- Amén.
-
-
- Señor: yo te
amo.
- Tú eres mi
fortaleza,
- tú, Señor,
eres mi único bien,
- mi amor y mi vida.
Todo.
- Tú eres mi
plenitud,
- sólo tú,
Señor, sólo tú.
- Yo te amo, yo te deseo, yo
te busco
- y tengo puesta mi
confianza en ti
- porque he comprendido y
entendido y vivido
- aquéllas palabras
de Pedro, el apóstol,
- testigo privilegiado de tu
Transfiguración:
- "¿Adónde
iremos, Señor?
- ¡Sólo
tú tienes palabras de vida eterna!"
- Señor mío y
Dios mío:
- cuando intento hablarte de
mi amor
- siento la necesidad de
callar
- y adorarte en
silencio,
- acoger calladamente tu
presencia,
- recibir tu amor y dejarme
amar.
- Cada vez lo veo más
claro, Señor:
- veo que amarte es dejarme
amar por ti,
- abandonarme en tus manos
amorosas,
- vivir en tu
presencia
- y dejarme inundar de la
luz que irradia
- tu rostro
transfigurado.
- Es pobre el amor cuando
quiere expresarse en palabras.
- Basta la mirada y la
súplica constante.
- Me basta, Señor,
con saber que eres,
- que estás, que
vives.
- Vives en mí y en
toda la creación, todo habla de ti.
- Al bajar del monte
concédeme el don
- de percibir tu presencia
cercana en todos los hombres, mis hermanos,
- en los que sufren o
lloran, o viven la cruz, en su cuerpo o en su
alma.
- En ellos, en los
más pequeños
- y desheredados de este
mundo, estás Tú.
- Mi diálogo de
amor,
- mi levantar las manos
suplicantes en tu presencia
- será verdad cuando
lo traduzca en la vida concreta de cada
día
- en amor y servicio a los
demás.
- Yo te amo,
Señor.
- A ti grito pidiendo amor,
amor.
- ¡Gloria a Dios
siempre!.
- Amén.
-
- En mi angustia
grité al Señor.
- Él ha escuchado mi
voz.
- ¿Cómo
pagaré al Señor
- todo el bien que me ha
hecho?
- Alzaré la copa de
la salvación
- invocando tu
nombre.
- ¿Porqué te
acongojas, alma mía,
- y te agitas por
mí?
- Espera en Dios, aún
volverás a alabarlo,
- a mi Dios y mi
Salvador.
- Sufro, Señor, en mi
alma,
- vivo inquieto por tantas y
tantas cosas que me abruman
- Veo a mi alrededor
hermanos que sufren,
- personas solas,
incomprendidas, dejadas.
- No hay peor pobre que
aquél
- que no tiene un
ciprés que le espere,
- ¡y hay tantos que lo
experimentan
- en su propia
carne
!
- No encuentran, ni
siquiera,
- un escuálido
ciprés que los espere.
- Yo, en cambio, tengo el
don
- de poder decir que
tú, tú, Señor,
- eres mi paz, mi fuerza, mi
consuelo,
- eres el gran don de mi
vida.
- Mientras subo al Tabor, el
Monte de Dios,
- ya sé que
allí, en la cumbre,
- podré contemplar tu
rostro luminoso.
- Tú eres,
Señor, mi refugio y mi fortaleza,
- mi seguridad y mi
paz.
- Eres el amigo fiel que
siempre está.
- Tú nunca te
ausentas de mí,
- aunque yo me olvide de
ti:
- en cuanto vuelvo, percibo
que estás en mi,
- y esta fidelidad de
presencia
- es la fuente de mi
paz.
- Yo quiero ser para
todos
- testigo de esta
paz.
- La paz que vivo en mi
oración
- y que solo encuentro en
ti.
- Tengo que gritar a
todos:
- "¡Hermanos, hermanos,
Dios es nuestra paz!"
- Y más suave y
concreto:
- ¡Hermano: tú
que te sientes pequeño,
- tú que sufres,
tú que lloras,
- tú que ríes,
tú que cantas:
- Dios, el Señor, es
tu paz!.
- Era este tu constante
saludo de resucitado:
- "Que la paz esté
con vosotros.
- No tengáis
miedo".
- Enséñame a
encontrarte en el silencio de tu paz.
- Gracias,
Señor,
- tú eres nuestra
paz.
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