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San Francisco de Sales - Introducci�n a la vida devota  (�ndice)

Segunda parte (Diferentes avisos para elevaci�n del alma a Dios, mediante la oraci�n y los sacramentos)

 

 

SEGUNDA PARTE DE LA INTRODUCCIÓN

Diferentes avisos para elevación del alma a Dios, mediante la oración y los sacramentos

 

CAPITULO I

DE LA NECESIDAD DE LA ORACIÓN

1. La oración al llevar nuestro entendimiento hacia las claridades de la luz divina y al inflamar nuestra voluntad en el fuego del amor celestial, purifica nuestro entendimiento de sus ignorancias, y nuestra voluntad de sus depravados afectos; es el agua de bendición que, con su riego, hace reverdecer y florecer las plantas de nuestros buenos deseos, lava nuestras almas de sus imperfecciones y apaga en nuestros corazones la sed de las pasiones.

2. Pero, de un modo particular, te aconsejo la oración mental afectuosa, especialmente la que versa sobre la vida y pasión de Nuestro Señor. Contemplándole con frecuencia, en la meditación, toda tu alma se llenará de Él; aprenderás su manera de conducirse, y tus acciones se conformarán con el modelo de las suyas. Él es la luz del mundo; es, pues, en Él, por Él y para Él que hemos de ser ilustrados e iluminados; es el árbol del deseo, a cuya sombra nos hemos de rehacer; es la fuente viva de Jacob, donde nos hemos de purificar de todas nuestras fealdades. Finalmente, los niños, a fuerza de escuchar a sus madres y de balbucir con ellas, aprenden a hablar su lenguaje; así nosotros, permaneciendo cerca del Salvador, por la meditación, y observando sus palabras, sus actos y sus afectos, aprenderemos, con su gracia, a hablar, obrar y a querer como Él.

Conviene que nos detengamos aquí Filotea, y, créeme, no podemos ir a Dios Padre sino por esta puerta. Pues así como el cristal de un espejo no podría detener nuestra imagen si no tuviese detrás de sí una capa de estaño o de plomo, de la misma manera, la Divinidad no podría ser bien contemplada por nosotros, en este mundo, si no se hubiese unido a la sagrada Humanidad del Salvador, cuya vida y muerte son el objeto más proporcionado, apetecible, delicioso y provechoso, que podemos escoger para nuestras meditaciones ordinarias. No en vano es llamado, el Salvador, pan bajado del cielo; porque, así como el pan se ha de comer con toda clase de manjares, de la misma manera el Salvador ha de ser meditado, considerado y buscado en todas nuestras acciones y oraciones. Muchos autores, para facilitar la meditación, han distribuido su vida y su muerte en diversos puntos: los que te aconsejo de un modo particular son San Buenaventura, Bellintani, Bruno, Capilia, Granada y La Puente.

3. Emplea, en la oración, una hora cada día, antes de comer; pero, si es posible, mejor será hacerlas a primeras horas de la mañana, porque, con el descanso de la noche, tendrás el espíritu menos fatigado y más expedito. No emplees más de una hora, si el padre espiritual no te dice expresamente otra cosa.

4. Si puedes practicar este ejercicio en la iglesia, y tienes allí bastante quietud para ello, te será cosa fácil y cómoda, porque nadie, ni el padre, ni la madre, ni el esposo, ni la esposa, ni cualquier otro, podrán impedirte que estés una hora en la iglesia; en cambio, estando a merced de otros, no podrás, en tu casa, tener una hora tan libre.

5. Comienza toda clase de oraciones, ya sean mentales ya vocales, poniéndote en la presencia de Dios, y cumple esta regla, sin excepción, y verás, en poco tiempo, el provecho que sacarás de ella.

6. Si quieres creerme, di el Padrenuestro, el Avemaría y el Credo en latín; pero, al mismo tiempo, aplícate a entender, en tu lengua, las palabras que contiene, para que, mientras las rezas en el lenguaje común de la Iglesia, puedas, al mismo tiempo, saborear el admirable y delicioso sentido de estas oraciones, que es menester decir fijando el pensamiento y excitando el afecto sobre el significado de las mismas, y no de corrida, para poder rezar más, sino procurando decir lo que digas, de corazón, pues un solo Padrenuestro dicho con sentimiento vale más que muchos rezados de prisa y con precipitación.

7. El Rosario es una manera muy útil de orar, con tal que se rece cual conviene. Para hacerlo así, procura tener algún librito de los que enseñan la manera de rezarlo. Es también muy provechoso rezar las letanías de Nuestro Señor, de la Santísima Virgen y de los santos, y todas las otras preces vocales, que se encuentran en los manuales y Horas aprobadas, pero ten bien entendido que, si posees el don de la oración mental, para ésta ha de ser el primer lugar; de manera que, si después de ésta, ya sea por tus ocupaciones, ya por cualquier otro motivo, no puedes hacer la oración vocal, no te inquietes por ello y conténtate con decir simplemente, antes o después de la meditación, la oración dominical, la salutación angélica o el símbolo de los apóstoles.

8. Si mientras haces la oración vocal, sientes el corazón inclinado y movido a la oración interior o mental, no te niegues a entrar en ella, sino deja que ande tu espíritu con suavidad, y no te preocupe el no haber terminado las oraciones vocales que te habías propuesto rezar, pues la mental que habrás hecho en su lugar, es más agradable a Dios y más útil a tu alma. Exceptúo el oficio eclesiástico, si estuvieses obligado a rezarlo, pues, en este caso, hay que cumplir con la obligación.

9. En el caso de transcurrir toda la mañana, sin haber practicado este santo ejercicio de la oración mental, debido a las muchas ocupaciones o a cualquiera otra causa (lo cual, en lo posible, es menester procurar que no ocurra), repara esta falta por la tarde, pero mucho después de la comida, porque si hicieres la oración en seguida y antes de que estuviese bastante adelantada la digestión, te invadiría un fuerte sopor, con detrimento de tu salud. Y, si no puedes hacerlo en todo el día, conviene que repares esta pérdida, multiplicando las oraciones jaculatorias, leyendo algún libro espiritual, haciendo alguna penitencia que impida la repetición de esta falta, y con la firme resolución de volver a tu santa costumbre el día siguiente.

 

CAPÍTULO II

BREVE MÉTODO PARA MEDITAR, Y PRIMERAMENTE DE LA PRESENCIA DE DIOS, PRIMER PUNTO DE LA PREPARACIÓN

Tal vez no sabes, Filotea, cómo se ha de hacer la oración mental, porque es una cosa que, en nuestros tiempos, son, por desgracia, muy pocos los que la saben. Por esta razón, te presento un método sencillo y breve, confiando en que, con la lectura de muchos y muy buenos libros que se han escrito acerca de esta materia, y, sobre todo, por la práctica, serás más ampliamente instruida. Te indico, en primer lugar, la preparación, que consiste en dos puntos, el primero de los cuales es ponerte en la presencia de Dios, y el segundo, invocar su auxilio. Ahora bien, para ponerte en la presencia de Dios, te propongo cuatro importantes medios, de los cuales podrás servirte en los comienzos.

El primero consiste en formarse una idea viva y completa de la presencia de Dios, es decir, pensar que Dios está en todas partes, y que no hay lugar ni cosa en este mundo donde no esté con su real presencia; de manera que, así como los pájaros, por dondequiera que vuelan, siempre encuentran aire, así también nosotros, dondequiera que estemos o vayamos, siempre encontramos a Dios. Todos conocemos esta verdad, pero no todos la consideramos con atención. Los ciegos, que no ven al rey, cuando está delante de ellos no dejan de tomar una actitud respetuosa si alguien les advierte su presencia; pero, a pesar de ello, es cierto que, no viéndole, fácilmente se olvidan de que está presente y aflojan en el respeto y reverencia. ¡Ay, FiIotea! Nosotros no vemos a Dios presente, y, aunque la fe nos lo dice, no viéndole con los ojos, nos olvidamos con frecuencia de Él y nos portamos como si estuviese muy lejos de nosotros; pues, aunque sabemos que está presente en todas las cosas, como quiera que no pensamos en Él, equivale a no saberlo. Por esta causa, es menester que, antes de la oración, procuremos que en nuestra alma se actúe, reflexionando y considerando esta presencia de Dios. Este fue el pensamiento de David, cuando exclamó: «Si subo al cielo, ¡oh Dios mío!, allí estás Tú; si desciendo a los infiernos, allí te encuentro»; y, en este sentido, hemos de tomar las palabras de Jacob, el cual, al ver la sagrada escalera, dijo: «¡Oh! ¡Qué terrible es este lugar! Verdaderamente, Dios está aquí y yo no lo sabía». Al querer, pues, hacer oración, has de decir de todo corazón a tu corazón: « ¡Oh corazón mío, oh corazón mío! Realmente, Dios está aquí».

El segundo medio para ponerse en esta sagrada presencia, es pensar que no solamente Dios está presente en el lugar donde te encuentras, sino que está muy particularmente en tu corazón y en el fondo de tu espíritu, al cual vivifica y anima con su presencia, y es allí el corazón de tu corazón y el alma de tu alma; porque, así como el alma, infundida en el cuerpo, se encuentra presente en todas las partes del mismo, pero reside en el corazón con una especial permanencia, así también Dios, que está presente en todas las cosas, mora, de una manera especial, en nuestro espíritu, por lo cual decía David: «Dios de mi corazón», y San Pablo escribía que «nosotros vivimos, nos movemos y estamos en Dios». Al considerar, pues, esta verdad, excitarás en tu corazón una gran reverencia para con Dios, que está en él íntimamente presente.

El tercer medio es considerar que nuestro Salvador, en su humanidad, mira desde el cielo todas las personas del mundo, especialmente los cristianos que son sus hijos, y todavía de un modo más particular, a los que están en oración, cuyas acciones y movimientos contempla. Y esto no es una simple imaginación, sino una verdadera realidad, pues aunque no le veamos, es cierto que Él nos mira, desde arriba. Así le vio San Esteban, durante su martirio. Podemos, pues, decir muy bien con la Esposa de los Cantares: «Vedle detrás de la pared, mirando por las ventanas, a través de las celosías».

El cuarto medio consiste en servirse de la simple imaginación, representándonos al Salvador, en su humanidad sagrada, como si estuviese junto a nosotros, tal como solemos representarnos nuestros amigos, cuando decimos: me parece que estoy viendo a tal persona, que hace esto y aquello; diría que la veo, y así por el estilo. Pero si el Santísimo Sacramento estuviese presente en el altar, entonces esta presencia será real y no puramente imaginaria, porque las especies y las apariencias del pan serían tan sólo como un velo, detrás del cual Nuestro Señor realmente presente, nos vería y contemplaría, aunque nosotros no le viésemos en su propia forma.

Emplearás, pues, uno de estos cuatro medios para poner tu alma en la presencia de Dios antes de la oración, y no es menester que uses a la vez de todos ellos, sino ora uno, ora otro, y aun sencilla y libremente.

 

CAPITULO III

DE LA INVOCACION, SEGUNDO PUNTO DE LA PREPARACION

La invocación se hace de esta manera: al sentirse tu alma en la presencia de Dios, se postra con extremada reverencia, reconociéndose indignísima de estar delante de una tan soberana Majestad, y reconociendo, no obstante, que esta misma bondad así lo quiere, le pide la gracia de servirla y adorarla en esta meditación. Si te parece podrás emplear algunas palabras breves y fervorosas, como lo son éstas de David: «Oh Dios mío, no me apartes de delante de tu faz y no me quites tu santo Espíritu. Ilumina tu rostro sobre tu sierva, y meditaré tus maravillas. Dame inteligencia y consideraré tu ley, y la guardaré en mi corazón. Yo soy tu sierva; dame el espíritu». También te será provechoso invocar a tu Ángel de la Guarda y a los santos personajes que entran en el misterio que meditas: como, en el de la muerte del Señor, podrás invocar a la Madre de Dios, a San Juan, a la Magdalena y al buen ladrón, para que te sean comunicados los sentimientos y emociones interiores que ellos recibieron, y en la meditación de tu muerte, podrás invocar al Ángel de la Guarda, que estará allí presente, para que te inspire las consideraciones oportunas, y así en los demás misterios.

 

CAPÍTULO IV

DE LA PROPOSICIÓN DEL MISTERIO, TERCER PUNTO DE LA PREPARACIÓN

Después de estos dos puntos ordinarios de la meditación, sigue el tercero, que es común a toda clase de meditaciones; es el que unos llaman composición de lugar, y otros lección interior, y no consiste en otra cosa que en proponer a la imaginación el cuerpo del misterio que se quiere meditar, como si realmente y de hecho ocurriese en nuestra presencia. Por ejemplo, si quieres considerar a Nuestro Señor en la cruz, te imaginarás que estás en el monte Calvario y que ves todo lo que se hizo y se dijo el día de la pasión, o bien te imaginarás el lugar de la crucifixión tal como lo describen los evangelistas. Lo mismo digo acerca de la muerte, según ya lo he indicado en la meditación correspondiente, como también acerca del infierno y de todos los misterios semejantes, en los cuales se trata de cosas visibles y sensibles: porque, en cuanto a los demás misterios, tales como la grandeza de Dios, la excelencia de las virtudes, el fin para el cual hemos sido creados, que son cosas invisibles, no es posible servirse de esta clase de imaginaciones. Es cierto que se puede echar mano de cualesquiera semejanzas o comparaciones, para ayudar a la meditación; pero esto es muy difícil de encontrar, y no quiero tratar contigo de estas cosas sino de una manera muy sencilla, de suerte que tu espíritu no se vea forzado a hacer invenciones. '

Ahora bien, por medio de estas imaginaciones, concentramos nuestro espíritu en los misterios que queremos meditar, para que no ande divagando de acá para allá, de la misma manera que enjaulamos un pájaro o sujetamos el halcón con un cordel, para tenerlo sujeto en la mano. Dirá, no obstante, alguno, que es mejor usar el simple pensamiento de la f e o una simple aprensión puramente mental y espiritual en la representación de estos misterios, o bien considerar que las cosas ocurren en tu espíritu; pero esto es demasiado sutil para los que comienzan, y, hasta que Dios no te lleve más arriba, te aconsejo, Filotea, que permanezcas en el humilde valle que te muestro.

 

CAPITULO V

DE LAS CONSIDERACIONES, SEGUNDA PARTE DE LA MEDITACIÓN

Después. del acto de la imaginación, sigue el acto del entendimiento, que llamamos meditación, la cual no es otra cosa que una o varias consideraciones hechas con el fin de mover los afectos hacia Dios y las cosas divinas: y, en esto, la meditación se separa del estudio y de los demás pensamientos y consideraciones, las cuales no se hacen para alcanzar la virtud o el amor de Dios, sino para otros fines e intenciones: para saber, o disponerse para escribir o disputar. Teniendo, pues, como he dicho, tu espíritu concentrado dentro del círculo de la materia que quieres meditar-por medio de la imaginación si el objeto es sensible, o por la sencilla proposición, si no es sensible-, comenzarás a hacer consideraciones sobre el mismo, de las cuales encontrarás ejemplos prácticos en las meditaciones que te he propuesto. Y, si tu espíritu encuentra suficiente gusto, luz y fruto en una de las consideraciones, te detendrás en ella, sin pasar adelante, haciendo como las abejas, que no dejan la flor, mientras encuentran en ella miel que chupar. Pero, si en alguna de las consideraciones, después de haber ahondado un poco, no te encuentras a tu sabor, pasarás a otra; pero, en esta labor anda despacio y con simplicidad, sin apresurarte.

 

CAPÍTULO VI

DE LOS AFECTOS Y PROPÓSITOS, TERCERA PARTE DE LA MEDITACI�N

La meditación produce buenos movimientos en la voluntad o parte afectiva de nuestra alma, como amor de Dios y del prójimo, deseo del paraíso y de la gloria, celo de la salvación de las almas, imitación de la vida de Nuestro Señor, compasión, admiración, gozo, temor de no ser grato a Dios, del juicio, del infierno, odio al pecado, confianza en la bondad y misericordia de Dios, confusión por nuestra mala vida pasada: y en estos afectos, nuestro espíritu se ha de expansionar y extender, en la medida de lo posible. Y, si, en esto, quieres ser ayudada, torna el primer volumen de las Meditaciones de Dom Andrés Capilia, y lee el prefacio, donde enseña la manera de explayar los afectos. Lo mismo encontrarás más extensamente explicado, en el Tratado de la Oración del Padre Arias.

No obstante, Filotea, no te has de detener tanto en estos afectos generales, que no los conviertas en resoluciones especiales y particulares, para corregirte y enmendarte, Por ejemplo, la primera palabra que Nuestro Señor dijo en la cruz producirá seguramente en tu alma un buen deseo de imitarle, es decir, de perdonar a los enemigos y de amarles. Pues bien, te digo que esto es muy poca cosa, si no añades un propósito especial de esta manera: en adelante no me enojaré por las palabras injuriosas que aquél o aquélla, el vecino o la vecina, mi criado o la criada, dicen contra mí, ni tampoco por tales o cuales desprecios, de que me ha hecho objeto éste o aquél; al contrario, diré tal o cual cosa, para ganarlos o suavizarlos, y así de los demás afectos. Por este medio, Filotea, corregirás tus faltas en poco tiempo, mientras que, con solos los afectos, lo conseguirías tarde y con dificultad.

 

CAPÍTULO VII

DE LA CONCLUSIÓN Y RAMILLETE ESPIRITUAL

Finalmente, la meditación se ha de acabar con tres cosas, que se han de hacer con toda la humildad posible. La primera es la acción de gracias a Dios por los afectos y propósitos que nos ha inspirado, y por su bondad y misericordia, que hemos descubierto en el misterio meditado. La segunda es el acto de ofrecimiento, por el cual ofrecemos a Dios su misma bondad y misericordia, la muerte, la sangre, las virtudes de su Hijo, y, a la vez nuestros afectos y resoluciones. La tercera es la súplica, por la cual pedimos a Dios, con insistencia, que nos comunique las gracias y las virtudes de su Hijo y otorgue su bendición a nuestros afectos y propósitos, para que podamos fielmente ponerlos en práctica. Después hemos de pedir por la Iglesia, por nuestros pastores, parientes, amigos y por los demás, recurriendo, para este fin, a la intercesión de la Madre de Dios, de los ángeles y de los santos. Finalmente, ya he hecho notar que conviene decir el Padrenuestro y el Avemaría, que es la plegaria general y necesaria de todos los fieles.

A todo esto he añadido que hay que hacer un pequeño ramillete de devoción. He aquí lo que quiero decir: los que han paseado por un hermoso jardín no salen de él satisfechos, si no se llevan cuatro o cinco flores, para olerlas y tenerlas consigo durante todo el día. Por la meditación, hemos de escoger uno, dos o tres puntos, los que más nos hayan gustado y los que sean más a propósito para nuestro aprovechamiento, para recordarlos durante todo el día y olerlos espiritualmente. Y este ramillete se hace en el mismo lugar donde hemos meditado, sin movernos, o bien paseando solos durante un rato.

 

CAPÍTULO VIII

ALGUNOS AVISOS ÚTILES SOBRE LA MEDITACIÓN

Conviene, sobre todo, Fílotea, que, al salir de la meditación conserves las resoluciones y los propósitos que hubieres hecho para practicarlos con diligencia durante el día. Este es el gran fruto de la meditación, sin el cual, ésta es, con frecuencia, no sólo inútil sino perjudicial, porque las virtudes meditadas y no practicadas hinchan y envalentonan el espíritu, pues nos hacen creer que somos en realidad, lo que hemos resuelto ser, lo cual es, ciertamente, verdad cuando las resoluciones son vivas y sólidas; pero no lo son, sino que, al contrario, son vanas y peligrosas, cuando no se practican. Conviene, pues, por todos los medios, esforzarse en practicarlas y buscar las ocasiones de ello, grandes o pequeñas. Por ejemplo, si he resuelto ganar con la dulzura a los que me han ofendido, procuraré, durante el día, encontrarlos, para saludarlos con amabilidad, y, si no puedo encontrarlos, hablaré bien de ellos y los encomendaré a Dios.

Al salir de esta oración afectiva, has de tener cuidado de no sacudir tu corazón, para que no derrame el bálsamo que la oración ha vertido en él; quiero decir que hay que guardar, por espacio de algún tiempo, el silencio y transportar suavemente el corazón, de la oración a las ocupaciones, conservando, todo el tiempo que sea posible, el sentimiento y los afectos concebidos. El hombre que recibe en un recipiente de hermosa porcelana un licor de mucho precio, para llevarlo a su casa, anda con mucho tiento, sin mirar a los lados, sino que ora mira enfrente, para no tropezar contra alguna piedra, ora el recipiente, para evitar que se derrame. Lo mismo has de hacer tú, al salir de la meditación: no te distraigas enseguida, sino mira sencillamente delante de ti, pero, si encuentras alguno, con el cual hayas de hablar o al que hayas de escuchar, hazlo, pues no queda otro remedio, pero de manera que tengas siempre la mirada puesta en tu corazón, para que el licor de la santa oración no se derrame más de lo que sea imprescindible.

También conviene que te acostumbres a saber pasar de la oración a toda clase de acciones, que tu oficio o profesión, justa y legítimamente, requieran, por más que parezcan muy ajenas a los afectos que hemos concebido en la oración. Por ejemplo: un abogado ha de saber pasar de la oración a los pleitos; un comerciante, al tráfico; la mujer casada, a las obligaciones de su estado y a las ocupaciones del hogar, con tanta dulzura y tranquilidad, que no, por ello, se turbe su espíritu, pues ambas cosas son según la voluntad de Dios y en ambas hay que pensar con espíritu de humildad y devoción.

Te ocurrirá, alguna vez, que, inmediatamente después de la preparación, tu afecto se sentirá en seguida movido hacia Dios. Entonces, Filotea, conviene darle rienda suelta, sin empeñarte en querer seguir el método que te he dado; porque, si bien, por lo regular, la consideración ha de preceder a los afectos y a las resoluciones, cuando, empero, el Espíritu Santo te da los afectos antes de la consideración, no has de detenerte en ésta quieras o no, pues su fin no es otro que mover los afectos. En una palabra, siempre que se despierten en ti los afectos, debes admitirlos y hacerles lugar, ya sea antes ya después de todas las consideraciones. Y, aunque yo he puesto los afectos después de todas las consideraciones, lo he hecho únicamente para distinguir bien las diferentes partes de la oración; por otra parte, es una regla general que nunca hay que cohibir los afectos, sino que es menester dejar que se expansionen los que se presentan. Digo esto no sólo con respecto a los demás afectos, sino también con respecto a la acción de gracias, al ofrecimiento ya la plegaria, que pueden hacerse entre las consideraciones, y que no se han de contener más que los otros afectos, si bien, después, al terminar la meditación, conviene repetirlos y continuarlos. Pero, en cuanto a las resoluciones es menester hacerlas después de los afectos y al fin de toda la meditación, antes de la conclusión, pues, como quiera que las resoluciones traen a nuestra imaginación objetos concretos y de orden familiar, nos pondrían en el peligro de distraernos, si se hiciesen en medio de los afectos.

Entre los afectos y las resoluciones, es bueno emplear el coloquio, y hablar ora a Dios, ora a los ángeles, ora a las personas que aparecen en los misterios, a los santos y a sí mismo, al propio corazón, a los pecadores, como vemos que lo hizo David en los Salmos, y otros santos, en sus meditaciones y oraciones.

 

CAPÍTULO IX

DE LAS SEQUEDADES QUE NOS VIENEN EN LA MEDITACIÓN

Filotea, si te acontece que no encuentras gusto ni consuelo en la meditación, te conjuro que no te turbes, sino que, antes bien, abras la puerta a las oraciones vocales: quéjate de ti misma a Nuestro Señor; confiesa tu indignidad, pídele que te ayude, besa su imagen, si la tienes en la mano, dile estas palabras de Jacob: «No, Señor, no te dejaré, si antes no me das tu bendición»; o las de la Cananea: «Sí, Señor, soy un perro.. pero los perros comen las migajas de la mesa de sus dueños». Otra vez, toma un libro en la mano y léelo con atención, hasta que tu espíritu se despierte y vuelva en sí: estimula, alguna vez tu corazón mediante alguna actitud o movimiento de devoción exterior, como postrarte en tierra, juntar las manos sobre el pecho, abrazar el crucifijo: todo ello si estás en algún lugar a solas.

Y, si después de todo esto, todavía no te sientes consolada, por grande que sea tu sequedad, no te aflijas, sino sigue en devota actitud, delante de Dios. ¡Cuántos cortesanos hay, que van cien veces al año a la cámara de su príncipe, sin ninguna esperanza de hablarle, únicamente para ser vistos y rendirle homenaje! De esta manera, amada Filotea, hemos de ir a la oración, pura y simplemente para cumplir con nuestro deber y dar testimonio de nuestra fidelidad. Y, si la divina Majestad se digna hablarnos y conversar con nosotros con sus santas inspiraciones y consuelos interiores, esto será ciertamente, para nosotros, un gran honor y motivo de gran gozo, pero, si no quiere hacernos esta gracia, sino que quiere dejarnos allí, sin decirnos palabra, como si no nos viese o no estuviésemos en su presencia, no nos hemos de retirar, sino, que al contrario, hemos de permanecer allí, delante de esta soberana bondad, en actitud devota y tranquila; y entonces, infaliblemente, Él se complacerá en nuestra paciencia y tendrá en cuenta nuestra asiduidad y perseverancia, y, otra vez, cuando volvamos a su presencia, nos hará mercedes y conversará con nosotros con sus consolaciones, haciéndonos ver la amenidad de la santa oración. Pero, si no lo hace, estemos, empero, contentos, Filotea, pues harto honor es estar cerca de Él y en su presencia.

 

CAPÍTULO X

LA ORACIÓN DE LA MAÑANA

Además de esta oración mental perfecta y ordenada y de las demás oraciones vocales que has de rezar una vez al día, hay otras cinco clases de oraciones más breves, que son como efectos y renuevos de la otra oración más completa; de las cuales la primera es la que se hace por la mañana, como una preparación general para todas las obras del día. Las harás de esta manera:

1. Da gracias y adora profundamente a Dios por la merced que te ha hecho de haberte conservado durante la noche anterior; y, si hubieses cometido algún pecado, le pedirás perdón.

2. Considera que el presente día se te ha dado para que, durante el mismo puedas ganar el día venidero de la eternidad, y haz el firme propósito de emplearlo con esta intención.

3. Prevé qué ocupaciones, qué tratos y qué ocasiones puedes encontrar, en este día de servir a Dios, y qué tentaciones de ofenderle pueden sobrevenir, a causa de la ira, de la vanidad o de cualquier otro desorden; y, con una santa resolución, prepárate para emplear bien los recursos que se te ofrezcan de servir a Dios y de progresar en el camino de la devoción; y, al contrario, disponte bien para evitar, combatir o vencer lo que pueda presentarse contrario a tu salvación y a la gloria de Dios. Y no basta hacer esta resolución, sino que es menester preparar la manera de ejecutarla. Por ejemplo, si preveo que tendré que tratar alguna cosa con una persona apasionada o irascible, no sólo propondré no dejarme llevar hasta el trance de ofenderla, sino que procuraré tener preparadas palabras de amabilidad para prevenirla, o procuraré que esté presente alguna otra persona, que pueda contenerla. Si preveo que podré visitar un enfermo, dispondré la hora y los consuelos pertinentes que he de darle; y así de todas las demás cosas.

4. Hecho esto, humíllate delante de Dios y reconoce que, por ti misma, no podrás hacer nada de lo que has resuelto, ya sea para evitar el mal, ya sea para practicar el bien. Y, como si tuvieses el corazón en las manos, ofrécelo, con todas tus buenas resoluciones, a la divina Majestad y suplícale que lo tome bajo su protección y que lo robustezca, para que salga airoso en su servicio, con estas o semejantes palabras interiores: «Señor, he aquí este pobre y miserable corazón que, por tu bondad, ha concebido muchos y muy buenos deseos. Pero, ¡ay!, es demasiado débil e infeliz para realizar el bien que desea, si no le otorgas tu celestial bendición, la cual, con este fin, yo te pido, ¡oh Padre de bondad!, por los méritos de la pasión de tu Hijo, a cuyo honor consagro este día y el resto de mi vida». Invoca a Nuestra Señora, a tu Ángel de la Guarda y a los Santos, para que te ayuden con su asistencia.

Mas estos actos, si es posible, se han de hacer breve y fervorosamente, antes de salir de la habitación, a fin de que, con este ejercicio, quede ya rociado con las bendiciones de Dios, todo cuanto hagas durante el día. Lo que te ruego, Filotea, es que jamás dejes este ejercicio.

 

 

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