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San Francisco de Sales - Introducci�n a la vida devota  (�ndice)

Tercera parte (Muchos avisos sobre el ejercicio de las virtudes)

 

 

CAPÍTULO I

DE LA ELECCIÓN QUE CONVIENE HACER EN CUANTO AL EJERCICIO DE LAS VIRTUDES

El rey de las abejas nunca penetra en los campos si no va rodeado de su pequeño pueblo, y la caridad nunca entra en un corazón si no lleva consigo todo el séquito de las demás virtudes, a las que ejercita y hace trabajar, como un capitán a sus soldados; pero no las pone en acción ni súbitamente, ni de la misma manera, ni siempre, ni en todas partes. El justo es «como el árbol plantado junto a la corriente de las aguas' que lleva su fruto a su tiempo», porque la caridad, al rociar una alma, produce en ella las obras de virtud, y cada una a su debido tiempo. «La música -dice el Proverbio-, es inoportuna en un duelo». Muchos padecen de un defecto, a saber, que cuando emprenden la práctica de una virtud particular, se obstinan en hacer actos de la misma en toda clase de ocasiones, y, como aquellos antiguos filósofos, quieren o siempre reír o siempre llorar; y aun se conducen peor cuando censuran o critican a los que no practican siempre aquellas mismas virtudes tal como ellos lo hacen. «Hay que alegrarse con los que están alegres y llorar con los que lloran», dice el Apóstol, y «la caridad es paciente, benigna», generosa, prudente, condescendiente.

Hay, no obstante, algunas virtudes que tienen un alcance casi universal, que no han de hacer sus actos aisladamente, sino que han de derramar sus cualidades sobre los actos de las demás virtudes. No son muy frecuentes las ocasiones de practicar la fortaleza, la magnanimidad, la magnificencia; pero la dulzura, la templanza, la honestidad y la humildad son unas virtudes que han de informar todas las acciones de nuestra vida. Hay virtudes más excelentes que éstas: el uso, empero, de éstas es más necesario. El azúcar es más excelente que la sal; pero el uso de la sal es más frecuente y más general. Por esta causa, es conveniente tener siempre dispuesta una buena provisión de esas virtudes generales, pues es menester servirse de ellas casi continuamente.

Entre los ejercicios de las virtudes, hemos de escoger el que cuadre mejor con nuestro cargo, y no el que es más conforme a nuestro gusto. Santa Paula sentía mucho placer en las asperezas de las mortificaciones corporales, para gozar más fácilmente de las dulzuras espirituales, pero mayor era el deber de obediencia a sus superiores, por lo cual reconoce San Jerónimo que era merecedora de reprensión, porque, contra el parecer de su obispo, hacía abstinencias inmoderadas. Por el contrario, los apóstoles, encargados de predicar el Evangelio por todo el mundo y de distribuir el pan del cielo a las almas, creyeron, muy acertadamente, que habrían obrado mal si se hubiesen distraído de este santo ejercicio para practicar la virtud de socorrer a los pobres, aunque esta virtud sea muy excelente. Cada vocación tiene necesidad de practicar alguna especial virtud: unas son las virtudes del prelado, otras las del príncipe, otras las del soldado, otras las de una mujer casada, otras las de una viuda; y, aunque todos han de tener todas las virtudes, no todos, empero, las han de practicar igualmente, sino que cada uno ha de ejercitarse, particularmente, en aquellas que exige el género de vida a que ha sido llamado.

Entre las virtudes que no afectan a nuestros deberes particulares, hemos de preferir las más excelentes a las más vistosas. Los cometas nos parecen, por lo regular, mayores que las estrellas, y, aparentemente, lo son; no obstante, ni en grandeza ni en calidad pueden compararse con ellas; nos parecen mayores únicamente porque están más cerca de nosotros, y en un medio más denso, comparado con el de las estrellas. De la misma manera, hay ciertas virtudes que, por estar más cerca de nosotros, porque son sensibles, y por decirlo así, materiales, son muy apreciadas y siempre preferidas por el vulgo, el cual tiene en más la limosna material que la espiritual, el cilicio, el ayuno, el despojo, la disciplina y las mortificaciones del cuerpo, que la dulzura, la benignidad, la molestia y otras mortificaciones del corazón, que, no obstante, son mucho más excelentes. Escoge, pues, Filotea, las virtudes mejores y no las más apreciadas; las más excelentes y no las más vistosas, las más buenas y no las de más relumbrón.

Es muy útil que cada uno elija un ejercicio particular de alguna virtud, no para olvidar las demás, sino para tener el espíritu más ajustadamente ordenado y ocupado. Una hermosa doncella, más resplandeciente que el sol, regiamente adornada y embellecida y coronada de olivo, se apareció a San Juan, obispo de Alejandría, y le dijo: «Yo soy la hija del gran rey; si tú puedes tenerme por amiga, te conduciré a su presencia». Entendió el santo cue era la misericordia con los pobres lo que Dios le recomendaba, y, en adelante, se consagró totalmente al ejercicio de esta virtud, por lo que, en todas partes, se le llamaba San Juan el Limosnero. Eulogio Alejandrino, deseando hacer algún particular servicio a Dios, y no sintiéndose bastante fuerte ni para emprender la vida solitaria, ni para ponerse bajo la obediencia de otro, cogió en su casa a un pobre todo él lleno de lepra y deshecho, para ejercitar la caridad y la mortificación, y para practicarlo más dignamente, hizo voto de honrarle, tratarle y servirle como un criado a su amo y señor. Tentados el leproso y Eulogio de separarse el uno del otro, consultaron al gran San Antonio, el cual les dijo: «Guardaos, hijos míos, de separaros, porque teniendo ambos muy cerca vuestro fin, si el ángel no os encuentra juntos, correréis gran peligro de perder vuestras coronas».

El rey San Luis visitaba, como por voto, los hospitales, y servía a los enfermos con sus propias manos. San Francisco amaba, sobre todo, la pobreza, a la que llamaba su dama; Santo Domingo se entregó a la predicación, de la cual tomó el nombre su Orden. A San Gregorio el Grande le gustaba tratar con delicadeza a los peregrinos, a ejemplo del gran Abralián, y, como éste hospedó al Rey de la gloria, bajo la forma de un peregrino. Tobías practicaba la caridad enterrando a los difuntos; santa Isabel, a pesar de ser tan gran princesa, amaba mucho la propia abyección; Santa Catalina de Génova habiendo quedado viuda, se consagró al servicio del hospital. Cuenta Casiano que una devota doncella, que deseaba ser ejercitada en la virtud de la paciencia, acudió a San Atanasio, el cual, para complacerla, le envió una pobre viuda malhumorada, irascible, quejumbrosa e insoportable, la cual, regañando siempre a esta devota joven, le dio ocasión de practicar dignamente la dulzura y la condescendencia.

Así, entre los siervos de Dios, unos se consagran al servicio de los enfermos, otros a socorrer a los pobres, otros a enseñar la doctrina cristiana a los niños, otros a guiar a las almas perdidas y extraviadas, otros a cuidar de las iglesias y a adornar los altares, y otros a fomentar la concordia y la paz entre los hombres. Imitan, en esto, a los bordadores, los cuales, sobre diversos fondos, combinan, con hermosa variedad, las sedas, el oro y la plata para hacer toda clase de flores; así, estas almas piadosas que emprenden algún ejercicio particular de devoción, se sirven de él, como de un fondo, para su bordado espiritual, sobre el cual practican la variedad de todas las demás virtudes, y tienen, de esta manera, sus acciones y afectos muy unidos y ordenados, porque los relacionan con su ejercicio principal, y así hacen que sea más hermosa su alma, con su vistoso tejido de oro ataviada, y con todas las filigranas bien bordada.

Cuando somos combatidos por algún vicio, es preciso, en la medida de lo posible, emprender la práctica de la virtud contraria, haciendo que todas las demás cooperen, pues así venceremos a nuestro enemigo y no dejaremos de avanzar en todas las virtudes.

Si me siento combatido por el orgullo o por la ira, será menester que, en todas las cosas, me incline y me doblegue del lado de la humildad y de la mansedumbre, y que, hacia este fin, enderece los demás ejercicios de la oración, de los sacramentos, de la prudencia, de la constancia, de la sobriedad. Porque así como los jabalíes para afilar sus defensas, las frotan y afirman con los demás dientes, los cuales, a su vez, quedan con ello muy finos y cortantes, así el hombre virtuoso, después de haber cometido la empresa de perfeccionarse en la virtud que le es más necesaria para su defensa, la ha de pulir y limar con el ejercicio de las demás virtudes, las cuales, a la vez afilan aquélla, se hacen ellas mismas más excelentes y perfectas, como le ocurrió a Job, que, al practicar, de un modo especial, la paciencia, contra las tentaciones que le acometieron, se hizo santo y virtuoso en toda suerte de virtudes. Y aún ha ocurrido que, como dice San Gregorío Nacianceno, por un solo acto de virtud, practicado con perfección, una persona ha llegado a la cumbre de la santidad, y pone como ejemplo Rahab, el cual, por haber practicado de una manera perfecta la hospitalidad, llegó a una gloria suprema; pero esto se entiende de cuando el acto se hace de una manera excelente, con gran fervor y caridad.

 

CAPÍTULO II

CONTINUACIÓN DEL MISMO RAZONAMIENTO SOBRE LA ELECCIÓN DE LAS VIRTUDES

Dice muy bien San Agustín que los que comienzan a ejercitarse en la devoción cometen ciertas faltas, que, si atendemos al rigor de las leyes de la perfección, han de ser castigadas, pero que, no obstante, son loables por el buen presagio que revelan de una futura excelencia en la piedad, para la cual incluso sirven de disposición. Aquel servil y vulgar temor que engendran los excesivos escrúpulos en las almas recién salidas del camino del pecado, es una virtud recomendable en los que comienzan, y augurio seguro de una futura pureza de conciencia; pero este mismo temor sería vituperable en los que están muy adelantados, en cuyo corazón ha de reinar el amor, que, poco a poco, aleja esta clase de temor servil.

San Bernardo era, al principio, muy riguroso y muy áspero con los que se acogían a su dirección, a los cuales decía, sin preámbulos, que habían de dejar el cuerpo e ir a él solamente con el espíritu. Cuando oía sus confesiones, reprendía con una severidad extraordinaria toda suerte de faltas, por pequeñas que fuesen, y de tal manera movía a los pobres principiantes hacia la perfección, que, a fuerza de empujarlos, más bien los alejaba de ella; porque perdían el ánimo y el aliento al sentirse con tanta violencia arrastrados por una subida tan alta y tan empinada. Como ves, Filotea, era el celo ardentísimo de una perfecta pureza lo que inducía a aquel gran santo a seguir este método, y aquel celo era una gran virtud, pero virtud que no dejaba de ser reprensible. Por esto, el mismo Dios, por medio de una sagrada aparición, le corrigió, y derramó sobre su alma un espíritu dulce, suave, amable y delicado, merced al cual, fue todo otro, se acusó de haber sido tan exigente y severo, y llegó a ser tan afable y condescendiente con cada uno, que se hizo «todo» a todos para ganarlos a todos.

San Jerónimo, después de haber referido que Santa Paula, su amada hija espiritual, era, no sólo excesiva, sino pertinaz en sus mortificaciones, de suerte que no quería someterse a la orden en contra que su obispo, San Epifanio, le había dado en este punto, y que, además de esto, de tal manera se dejaba dominar por la tristeza, cuando moría alguno de los suyos, que siempre estaba en peligro de muerte, añade: «Dirán que, en lugar de escribir las alabanzas de esta santa, escribo las censuras y vituperios. Pongo por testigo a Jesús, a quien ella ha servido, y al cual yo quiero servir, que no miento, ni por exceso ni por defecto, sino que escribo ingenuamente lo que ella es, como un cristiano debe escribir de una cristiana, es decir, que escribo la historia, y no un panegírico, y que sus vicios son las virtudes de los demás». Quiere decir que las imperfecciones y los defectos de Santa Paula, serían virtudes en un alma menos perfecta, como, en efecto, hay actos que son considerados como imperfecciones en los que son perfectos, los cuales actos serían tenidos como grandes perfecciones en los que son imperfectos. Es muy buena señal, en un enfermo, la hinchazón de las piernas durante su convalecencia, porque ella revela que la naturaleza, al ser reforzada, elimina los malos humores, que en ella están de más; pero esta misma señal sería mala, en quien no estuviese enfermo, porque denotarla que la naturaleza no tiene la fuerza suficiente para hacer desaparecer y resolver los humores. Filotea, hemos de tener buen concepto de aquellos que practican las virtudes, aunque sea con imperfecciones, pues los mismos santos las practicaron, con frecuencia, de esta manera; pero, en cuanto a nosotros, hemos de tener cuidado de practicarlas, no sólo con fidelidad, sino también con prudencia, y, con este objeto, hemos de observar con todo rigor la advertencia del Sabio: «no estribes en tu propia prudencia», sino en la de aquellos que Dios nos ha dado por directores.

Hay muchas cosas que se toman por virtudes y que no lo son en manera alguna. Acerca de ellas quiero decirte cuatro palabras: tales son los éxtasis, los arrobamientos, las insensibilidades, las uniones deificadas, las elevaciones, las transformaciones y otras perfecciones por el estilo, de que tratan algunos libros, los cuales ofrecen elevar al alma hasta la contemplación puramente intelectual, a la aplicación esencial del espíritu y a la vida supereminente. Pues bien, Filotea, estas perfecciones no son virtudes, sino más bien recompensas que Dios otorga por las virtudes, o, mejor aún, una muestra de los goces de la vida futura, que alguna vez se concede a los hombres, para hacerles desear su total posesión, que sólo se encuentra en el cielo. Por lo mismo, no hay que aspirar a estas gracias, pues no son, en manera alguna, necesarias para servir bien y amar a Dios, lo cual ha de ser nuestro único anhelo. Además, con mucha frecuencia, son gracias que no podemos alcanzar con nuestro esfuerzo y trabajo, ya que más bien son pasiones que acciones, que podemos recibir, pero no producir en nosotros. Añado que no nos hemos de proponer otra cosa que llegar a ser personas de bien, devotas, hombres piadosos, mujeres piadosas; en esto, pues, hemos de trabajar; y si Dios quiere elevarnos a estas perfecciones angélicas, también seremos buenos ángeles; pero, entretanto, ejercitémonos sencilla, humilde y devotamente en las pequeñas virtudes, cuya adquisición ha propuesto Nuestro Señor a nuestro esfuerzo y trabajo; como la paciencia, la bondad, la mortificación del corazón, la humildad, la obediencia, la pobreza, la castidad, la amabilidad con el prójimo, el sufrir sus imperfecciones, la diligencia, el santo fervor.

Dejemos, pues, de buen grado, las sublimidades a las almas muy encumbradas: nosotros no merecemos un lugar tan alto en el servicio de Dios; dichosos seremos, si le servimos en la cocina, en la despensa, de lacayos, de mozos de cuerda, de camareros; es cosa de su incumbencia, si le parece bien llamarnos a su cámara y a su consejo privado. Sí, Filotea, porque este Rey de la gloria, no recompensa a sus servidores según la dignidad del cargo que ocupan, sino según el amor y la humildad con que los desempeñan. Saúl, mientras iba en busca de los asnos de su padre, encontró el reino de Israel; Rebeca, mientras daba de beber a los camellos de Abrahán, llegó a ser esposa de su hijo; Rut, cogiendo espigas, detrás de los segadores de Booz, y recostándose a sus pies, fue llamada a su lado y fue hecha esposa suya. Ciertamente, las pretensiones muy elevadas de cosas extraordinarias están, en gran manera, expuestas a ilusiones, engaños y falsedades, y ocurre algunas veces que los que se imaginan ser ángeles, no son ni siquiera hombres de bien, y que, en realidad, hay más grandeza en las palabras y en los términos que emplean, que en el sentimiento y en las obras. No obstante, nada hemos de despreciar ni censurar temerariamente, sino que, sin dejar de bendecir a Dios por el encumbramiento de los demás, permanezcamos humildemente en nuestro camino, más bajo, pero más seguro, menos excelente, pero más de acuerdo con nuestra insuficiencia y pequeñez, y, si perseveramos humilde y fielmente en él, Dios nos levantará a grandezas más sublimes.

 

CAPÍTULO III

DE LA PACIENCIA

«Es menester que tengáis paciencia, para que, cumpliendo la voluntad,, de Dios, alcancéis su promesa», dice el Apóstol. Sí, porque, como había dicho el Salvador, «en vuestra paciencia, poseeréis vuestras almas». Este es el gran bien del hombre, Filotea: poseer su alma; y, conforme es más perfecta nuestra paciencia, más perfectamente también poseemos nuestras almas. Recuerda, con frecuencia, que Nuestro Señor nos ha salvado sufriendo y aguantando, y que, así mismo, nosotros hemos de conseguir nuestra salvación con los sufrimientos y aflicciones, aguantando las injurias, contradicciones y penas, con toda la suavidad que nos sea posible.

No limites tu paciencia a tal o cual clase de injurias y de aflicciones, sino extiéndela universalmente a todas las que Dios te envíe o permita que te sobrevengan. Algunos hay que sólo quieren sufrir las tribulaciones que son honrosas, como, por ejemplo, ser heridos o caer prisioneros en la guerra, ser maltratados a causa de su fe, empobrecerse por algún pleito después de haberlo ganado; mas éstos no aman la tribulación, sino la honra que acarrea. El verdadero paciente y siervo de Dios, de la misma manera sufre las tribulaciones vinculadas a la ignominia, que las honrosas. Ser despreciado, reprendido y acusado por los malos, no es sino dulzura para un hombre de carácter; pero ser reprendido, acusado y maltratado por las personas de bien, por los amigos, por los padres, he aquí donde está el mérito. Es más digna de estima la mansedumbre con que San Carlos Borromeo soportó, durante mucho tiempo, las públicas reprensiones que un gran pecador, de una Orden extremadamente reformada, lanzaba contra él desde los púlpitos, que la paciencia con que toleró los ataques de todos los demás. Porque, así como las picaduras de abejas escuecen más que las de las moscas, así el daño que recibimos de las personas buenas y la contradicción de que éstas nos hacen objeto, son más insoportables que las de los demás, y ocurre, con frecuencia, que dos hombres de bien, llenos de buena intención, con motivo de diversidad de opiniones, se causan mutuamente grandes contradicciones y persecuciones.

Seas paciente, no sólo en lo más grande y principal de las aflicciones que te sobrevengan, sino también en lo accesorio y accidental que de ellas se deriva. Muchos querrían soportar algún mal, pero sin sentir la molestia. «Poco me importaría, dice uno, haberme empobrecido, si no fuese porque esto me privará de servir a mis amigos, de educar a mis hijos y de vivir de una manera honrosa, según quisiera». Y otro dirá: «Yo no me apuraría, si no fuese porque el mundo creerá que esto ha ocurrido por mi culpa». Otro fácilmente se conformaría con paciencia, que hablasen mal de él, con tal que nadie creyese al calumniador. Otros quisieran sufrir algunas molestias del mal, pero no todas; no se impacientan, dicen, porque están enfermos, sino porque no tienen recursos para hacerse cuidar, o bien por las molestias que causan a los que les rodean. Mas yo digo, Filotea, que hay que tener paciencia, no sólo para estar enfermo, sino también para tener la enfermedad que Dios quiere, donde quiere, entre las personas que quiere y con las incomodidades que quiere, y así de todas las otras tribulaciones.

Cuando te sobrevenga algún mal, procura combatirlo, según la voluntad de Dios, porque obrar de otra manera sería tentar a su divina Majestad; pero, después, espera con entera resignación el resultado que Dios permita. Si Él quiere que los remedios venzan al mal, le darás las gracias con humildad; pero, si le place que el mal sea más fuerte que los remedios, bendícelo también con paciencia. Soy del parecer de San Gregorio: si eres acusada justamente, por alguna culpa que hayas cometido, humíllate mucho, reconócete merecedora de la acusación que contra ti se ha hecho. Si la acusación es falsa, excúsate con dulzura, negando que seas culpable, porque te obliga a ello la reverencia a la verdad y la edificación del prójimo; pero, si después de tu verdadera y legítima excusa, persiste la acusación, no te perturbes en manera alguna, ni te esfuerces en hacer aceptar tus razones, porque, una vez hayas cumplido tu deber con la verdad, has de cumplirlo con la humildad.

Quéjate tan poco como puedas de las injurias que te hagan, porque es cosa cierta que, ordinariamente, el que suele quejarse peca, porque el amor propio siempre exagera las injurias; pero, sobre todo, no te lamentes en presencia de personas inclinadas a indignarse y a pensar mal. Y, si fuese conveniente desahogarte con alguien, ya para poner remedio a la ofensa, ya para calmar tu espíritu, hazlo con almas tranquilas y que amen mucho a Dios, porque de otra manera, en lugar de dar descanso a tu corazón, provocarán mayores inquietudes; en lugar de arrancar la espina que te hiere, la clavarán más fuertemente en tu pie.

Muchos, cuando están enfermos, o cuando han sido afligidos o agraviados por alguien, se guardan mucho de quejarse y de mostrarse resentidos, porque les parece (y es cierto) que esto denota evidentemente una gran falta de energía y de generosidad; pero desean, en gran manera, y buscan, con mil rodeos, que todos les compadezcan, que tengan mucha lástima de ellos y que se les considere, no solamente afligidos, sino también pacientes y animosos. Claro está que esto es paciencia, pero es una paciencia falsa, la cual bien considerada, no es más que una muy delicada y muy fina ambición y vanidad: «Estos tienen gloria -dice el Apóstol---, pero no delante de Dios». El verdadero paciente no se queja del mal, ni desea que le compadezcan; habla de él con ingenuidad, verdad y sencillez, sin lamentarse, sin quejarse, sin exagerar, y, si le compadecen, lo tolera pacientemente, a no ser que le compadezcan de un mal que no tiene; porque, entonces, declara modesta-rente que no padece mal, y, si lo tiene, permanece con aire tranquilo entre la verdad y la paciencia, reconociéndolo, pero sin quejarse.

En las contradicciones que sobrevendrán en el ejercicio de la devoción (porque no faltarán), acuérdate de las palabras de Nuestro Señor: «La mujer, cuando está de parto padece grandes angustias; pero, al ver a su hijo nacido, las olvida, porque ha dado un hombre al mundo>. Tú has concebido en tu alma al más digno hijo del mundo, que es Jesucristo. Antes de que se forme del todo, forzosamente sentirás angustias: pero ten valor, porque, una vez pasados estos sufrimientos, te -quedará el gozo eterno de haber dado a luz un tal hombre; Él permanecerá enteramente formado en tu corazón y en tus obras por la imitación de su vida.

Cuando estés enferma, ofrece todos tus dolores, penas, y angustias al servicio de Nuestro Señor, y suplícale que los una a los tormentos que sufrió por ti. Obedece al médico: toma los medicamentos, los alimentos y los otros remedios por amor de Dios y acuérdate de la hiel que tomó por amor nuestro. Desea curarte para servirle; pero no rehúses agravarte para obedecerle, y disponte a morir, si así le place, para alabarle y gozarle. Acuérdate de que las abejas, cuando fabrican la miel, viven y se alimentan de cosas muy amargas y que, de la misma manera, nosotros nunca podemos hacer actos de mayor dulzura y paciencia, ni arreglar mejor la miel de las más excelentes virtudes, que comiendo el pan de amargura y viviendo de angustias. Y, así como la miel extraída de la flor del tomillo, hierba pequeña y amarga, es la mejor de todas, así la virtud, que se ejercita en las amarguras de las más viles, bajas y abyectas tribulaciones, es la más excelente de todas.

Contempla, con frecuencia, con los ojos interiores, a Jesucristo crucificado, despojado, blasfemado, calumniado, abandonado, y, finalmente, saturado de toda clase de angustias, de tristezas y de trabajos, y considera que todos tus sufrimientos, ni en calidad, ni en cantidad, no pueden, en manera alguna, compararse con los suyos, y que jamás padecerás tú por Él cosa alguna, que equivalga a lo que Él ha sufrido por ti. Considera las penas que sufrieron los mártires y las que sufren tantas personas, más graves, sin comparación, que las que a ti te afligen, y di: « ¡ Ah, Señor!, mis trabajos son consuelos y mis penas son rosas, comparadas con las de aquellas personas que viven en una muerte continua, sin socorro, sin asistencia, sin alivio, cargadas de aflicciones infinitamente mayores».

 

CAPÍTULO IV

DE LA HUMILDAD EXTERIOR

«Pide prestado -dijo Eliseo a una pobre viuda- y toma muchas jarras vacías y llénalas de aceite». Para recibir la gracia de Dios en nuestros corazones, es menester tenerlos vacíos de nuestra propia gloria. El cernícalo, chillando y mirando de prisa las aves, las espanta, por una propiedad y virtud secreta que tiene; por esto las palomas lo aprecian más que a todas las otras aves y viven seguras cerca de él. Así la humildad ahuyenta a Satanás, y, por esto, todos los santos, y, particularmente el Rey de los santos y su Madre, siempre han honrado y amado esta digna virtud más que ninguna otra entre todas las virtudes morales.

Dicen que es vana la gloria que el hombre se da a sí mismo, o porque no está en nosotros, o porque está en nosotros, pero no es nuestra; o porque está en nosotros y es nuestra, pero no merece la pena de que nos gloriemos de ella. La nobleza del linaje, el favor de los magnates, el aura popular, son cosas que no están en nosotros, sino en nuestros antepasados. Algunos se muestran orgullosos y arrogantes, porque cabalgan sobre un bravo corcel, o porque llevan un penacho de plumas en su sombrero, o porque visten lujosamente; mas, ¿quién no ve que esto es una locura? Porque, si en estas cosas hay gloria, ésta pertenece al caballo, al ave o al sastre; y ¿qué mezquindad no supone tomar prestada la estima a un caballo, a unas plumas o a unos adornos? Otros presumen y se contemplan por unos bigotes muy afilados, por una barba bien cortada, por unos cabellos ondulados, porque tienen las manos finas, porque saben bailar, jugar y cantar; pero, ¿no supone mucha pobreza de carácter el querer aumentar el propio valer y acrecentar la propia reputación con cosas tan frívolas y vanas? Otros, por un poco de ciencia que poseen, quieren ser honrados y respetados de todos, como si todos hubiesen de ir a su escuela y tenerlos por maestros; por esto les llaman pedantes. Otros se pavonean, al considerar su hermosura, y creen que todo el mundo les hace la corte. Todo esto es extremadamente vano, necio e impertinente, y la gloria, que estas cosas tan frívolas reportan, se llama vana, estúpida, frívola.

El bien verdadero se conoce como el verdadero bálsamo; el bálsamo se prueba echándolo al agua; si va al fondo y queda debajo, señal es de que es más fino y de más precio. Así, para conocer si un hombre es de verdad prudente, sabio, generoso, noble, se ha de ver si estas virtudes tienden a la humildad, a la modestia y a la sumisión, porque entonces son verdaderos bienes; pero, si sobrenadan y quieren aparecer, serán bienes tanto menos verdaderos, cuanto más aparentes. Las perlas que se forman o se crían en medio de los vientos y del ruido de los truenos sólo tienen la corteza de perlas y están vacías de sustancia; así también las virtudes y las buenas cualidades de los hombres, forjadas y alimentadas en el orgullo, en la soberbia y en la vanidad, no tienen sino una apariencia de bien y carecen de sustancia, de meollo y de solidez.

Los honores, las categorías y las dignidades son -como el azafrán, que se hace mejor y más abundante, cuanto es más pisoteado. Cuando el hombre se contempla pierde el honor de la belleza; la hermosura, para ser graciosa, ha de ser descuidada; la ciencia nos deshonra, cuando nos hincha y cuando degenera en pedantería. Si somos exigentes en lo que se refiere a las categorías, a las procedencias, a los títulos, además de exponer nuestras cualidades al examen, a la discusión y a la contradicción, las envilecemos y las hacemos despreciables, porque el honor, que es una gran cosa cuando es recibido como un don, degenera cuando es exigido, buscado o mendigado. Cuando el pavo real se hincha, para verse, y levanta sus hermosas plumas, se eriza, y muestra por todas partes lo que tiene de poco honroso; las flores, que plantadas en tierra son bellas, se marchitan si son manoseadas. Y, así como aquellos que huelen la mandrágora de lejos y como de paso, perciben mucha suavidad, pero si la huelen de cerca y durante mucho rato, e adormecen y enferman, así los honores comunican un dulce consuelo al que los huele a distancia y a la ligera, sin entretenerse ni pararse en ello; pero los que se aficionan y se recrean en ellos son en gran manera dignos de censura y vituperio.

El deseo y el amor de la virtud comienza a hacernos virtuosos; pero el deseo y el amor de los honores comienza a hacernos despreciables y vituperables. Los espíritus nobles no se entretienen en estas pequeñeces de lugares, de honores, de reverencias; tienen otras cosas en qué ocuparse; esto es propio de espíritus frívolos. El que puede tener perlas no se carga de conchas, y los que aspiran a la virtud no se desviven por los honores. Claro está que todos pueden permanecer en su categoría y mantenerse en ella, sin faltar a la humildad; pero esto se ha de hacer con descuido y sin exigencias, porque, así como los que vienen del Perú, además de oro y plata traen monos y papagayos, porque son baratos y no pesan mucho en la nave; asimismo los que aspiran a la virtud, han de mantenerse en la categoría y en los honores que les corresponden, con tal, empero, que esto no sea a costa de demasiados cuidados y atenciones, ni nos llene de turbaciones o inquietudes, ni sea causa de disensiones o riñas. No hablo de aquellos cuya dignidad es pública, ni de ciertas circunstancias particulares de las que pueden seguirse notables consecuencias, porque, en esto, es menester que cada uno conserve lo que le pertenece, pero con una prudencia y discreción que esté hermanada con la caridad y la cortesía.

 

CAPÍTULO V

DE LA HUMILDAD MÁS INTERIOR

Pero tú, Filotea, deseas que te conduzca más adelante por el camino de la humildad, pues todo lo que te he dicho es más bien prudencia que humildad; ahora, pues, iremos más allá. Muchos no quieren ni se atreven a pensar y a considerar las gracias que Dios les ha hecho en particular, temerosos de sentir vanagloria y complacencia, en lo cual, ciertamente, se engañan, porque, corno dice el gran Doctor Angélico, el verdadero medio para alcanzar el amor de Dios, es la consideración de sus beneficios; cuanto más los conozcamos, más le amaremos; y como que los beneficios particulares mueven más que los comunes, deben ser considerados con más atención.

A la verdad, nada Puede humillarnos tanto delante de la misericordia de Dios como la consideración de sus beneficios, ni nada puede humillarnos tanto delante de su justicia como la multitud de nuestros pecados. Consideremos lo que Él ha hecho por nosotros y lo que nosotros hemos hecho contra Él, y, así como pensamos minuciosamente en nuestros pecados, pensemos también minuciosamente en sus gracias. No hemos de temer que lo que Dios ha puesto de bueno en nosotros nos hinche, mientras tengamos bien presente esta verdad: que nada de cuanto hay en nosotros es nuestro. ¡Ah, Señor! ¿Dejan los mulos de ser animales pesados y mal olientes, por el hecho de llevar a cuestas los muebles preciosos y perfumados del príncipe? ¿Qué tenemos de bueno, que no hayamos recibido? Y, si lo hemos recibido, ¿por qué nos hemos de ensoberbecer? Al contrario, la consideración viva de las gracias recibidas nos humilla, pues el conocimiento engendra el reconocimiento. Pero, si, al recordar las gracias que Dios nos ha hecho, nos halaga cierta vanidad, el remedio infalible será acudir a la consideración del nuestras ingratitudes, de nuestras imperfecciones, de nuestras miserias. Si meditamos lo que hemos hecho cuando Dios no ha estado con nosotros, harto veremos que lo que hemos practicado cuando ha estado con nosotros no es según nuestra manera de ser ni de nuestra propia cosecha; mucho nos alegraremos ciertamente de poseerlo, pero no glorificaremos por ello más que a Dios, porque Él es el único autor. Así la Santísima Virgen confiesa que Dios ha hecho en ella cosas grandes, pero lo reconoce únicamente para humillarse y glorificar a Dios:«Mi alma, dice, glorifica al Señor, porque ha hecho en mí cosas grandes».

Decimos muchas veces que no somos nada, que somos la misma miseria y el desecho del mundo, pero mucho nos dolería que alguien hiciese suyas nuestras palabras y anduviese diciendo de nosotros lo que somos. Al contrario, hacemos como quien huye y se esconde, para que vayan en pos de nosotros y nos busquen: fingimos que queremos ser los últimos y que queremos ocupar el postrer lugar en la mesa, pero con el fin de pasar honrosamente al primero. La verdadera humildad no toma el aire de tal y no dice muchas palabras humildes, porque no sólo desea ocultar las otras virtudes, sino también y principalmente desea ocultarse ella misma, y, si le fuese lícito mentir, fingir o escandalizar al prójimo, haría actos de arrogancia y de soberbia, para esconderse y vivir totalmente desconocida y a cubierto.

He aquí, pues, mi consejo, Filotea: o no digamos palabras de humildad, o digámoslas con un verdadero sentimiento interior, de acuerdo con lo que pronunciamos exteriormente; no bajemos nunca nuestros ojos, si no es humillando nuestro corazón; no aparentemos que deseamos ser los últimos, si no lo queremos ser de verdad. Conceptúo tan general esta regla, que no hago ninguna excepción, únicamente añado que, a veces, exige la cortesía que demos la preferencia a aquellos que evidentemente no la tendrían, pero esto no es ni doblez ni falsa humildad, porque entonces el solo ofrecimiento del lugar preferente es un comienzo de honor, y, puesto que no es posible darlo todo entero, no es ningún mal darles su comienzo. Lo mismo digo de algunas palabras de honor o de respeto, que, en rigor, no parecen verdaderas, pero lo son, con tal que el corazón de aquel que las pronuncia tenga intención de honrar y respetar a aquel a quien las dice; porque, aunque ciertas palabras signifiquen con algún exceso lo que decimos, no faltamos, al decirlas, cuando la costumbre lo requiere. Es verdad que, además de esto, quisiera yo que nuestras palabras se ajustasen, en la medida de lo posible, a nuestros afectos, para practicar siempre, en todo, la humildad y el candor del corazón. El hombre humilde preferirá que otro diga de él que es miserable, que no es nada, que no vale nada, a decirlo él de sí mismo; o, a lo menos, cuando sepa que lo dicen, procurará no desvanecerlo, y consentirá en ello de buen grado; porque, puesto que él así lo cree firmemente, está contento de que los demás sean del mismo parecer.

Muchos dicen que dejan la oración mental para los perfectos, porque no son dignos de ella; otros dicen que no se atreven a comulgar con frecuencia, porque no se sienten lo bastante puros; otros añaden que a causa de su miseria y fragilidad, temen deshonrar la devoción si la practican; otros se niegan a emplear sus talentos en el servicio de Dios, porque, según afirman, conocen su flaqueza y tienen miedo de ensoberbecerse si son instrumentos de algún bien, y temen quedarse a obscuras, mientras iluminan a los demás. Todas estas cosas no son sino artificios y una especie de humildad no solamente falsa, sino además, maligna, con la cual pretenden, tácita y sutilmente, desacreditar las cosas de Dios, o, a lo menos, cubrir, con la capa de humildad el amor propio que hay en su parecer, en su carácter y en su indolencia. «Pide al Señor una señal de lo alto de los cielos o de lo profundo del mar», dijo el Profeta al desdichado Acaz, y él respondió: «No la pediré ni tentaré al Señor». *¡Oh, el malvado! Finge una gran reverencia a Dios, y, con el pretexto de humildad, se excusa de aspirar a la gracia, a la cual le invita la divina bondad. Pero, ¿quién no ve que, cuando Dios quiere hacernos mercedes, es orgulloso el rehusarlas?; ¿que los dones de Dios nos obligan a aceptarlos y que la humildad consiste en obedecer y en seguir tan de cerca, como es posible, sus deseos? Pues bien, el deseo de Dios es que seamos perfectos, uniéndonos a Él e imitándole cuanto podamos. El orgulloso que se fía de sí mismo, tiene mucha razón cuando no quiere emprender nada; pero el humilde es tanto más animoso, cuanto más impotente se reconoce, y, cuanto más miserable se considera, tanto más valiente es, porque tiene puesta toda su confianza en Dios, que se complace en hacer resplandecer su omnipotencia en nuestra debilidad y levantar su misericordia sobre el pedestal de nuestra miseria. Conviene, pues, que nos atrevamos humilde y santamente a hacer todo lo que aquellos que dirigen a nuestra alma creen conforme con nuestro aprovechamiento.

Pensar que sabemos lo que ignoramos, es una necedad evidente; querer sentar plaza de sabios, en lo que no conocemos, es una vanidad intolerable; en cuanto a mí, no quisiera hacer el sabio en lo que sé, ni tampoco hacer el ignorante. Cuando la caridad lo exige, se ha de comunicar sinceramente y con dulzura al prójimo, no sólo lo que necesita para su instrucción, sino también lo que le es útil para su consuelo; porque la humildad que esconde y encubre las virtudes, para conservarlas, las hace, no obstante, aparecer, cuando la caridad lo exige, para aumentarlas, engrandecerlas y perfeccionarlas. En esto, se parece a aquel árbol de la isla de Tilos, que, por la noche, oprime y mantiene cerradas sus bellas flores rojas, y no las abre hasta que sale el sol, de manera que los habitantes de aquella región dicen que estas flores duermen de noche. Asimismo, la humildad cubre y oculta todas nuestras virtudes y perfecciones humanas, y nunca las deja entrever, si no es obligada por la caridad, la cual, siendo, como es, una virtud no humana, sino celestial, no moral, sino divina, es el verdadero sol de todas las virtudes, sobre las cuales siempre ha de dominar, por lo que la humildad que daña a la caridad es indudablemente falsa.

Yo no quiero ni hacer el necio ni hacer el sabio, porque si la humildad me impide hacer el sabio, la simplicidad y la sinceridad me impiden hacer el necio; y, si la vanidad es contraria a la humildad, el artificio, la afectación y la ficción son contrarias a la simplicidad y a la sinceridad. Y, si algunos siervos de Dios se han fingido locos, para hacerse más abyectos a los ojos del mundo, es menester admirarles, pero no imitarles, pues ellos han tenido motivos para llegar a estos excesos, los cuales son tan particulares y extraordinarios, que nadie ha de sacar de ello consecuencias para sí. Y, en cuanto a David, si bien danzó y saltó delante del Arca de la Alianza algo más de lo que convenía a su condición, no lo hizo porque quisiera parecer loco, sino que, sencillamente, y sin artificio, hizo aquellos movimientos exteriores, en consonancia con la extraordinaria y desmesurada alegría que sentía en su corazón. Es verdad que, cuando Micol, su esposa, se lo echó en cara, como si fuese una locura, él no se afligió al verse humillado, sino que, perseverando en la ingenua y verdadera demostración de su gozo, dio testimonio de que estaba contento de recibir un poco de oprobio por su Dios. Por lo tanto, te digo que, si por los actos de una verdadera e ingenua devoción, te tienen por vil, abyecta o loca, la humildad hará que te alegres de este feliz oprobio, la causa del cual no serás tú, sino los que te lo infieran.

 

CAPÍTULO VI

QUE LA HUMILDAD HACE QUE AMEMOS NUESTRA PROPIA ABYECCIÓN

Voy más lejos, Filotea, y te digo que, en todo y por todo, ames tu propia abyección. Pero me dirás: ¿qué significa esto: ama tu propia abyección? En latín, abyección quiere decir humildad, y humildad quiere decir abyección, de manera que, cuando Nuestra Señora, en su sagrado cántico, dice: «porque el Señor ha visto la humildad de su sierva, todas las generaciones me llamarán bienaventurada », quiere decir que el Señor ha visto de buen grado su abyección, vileza y bajeza, para colmarla de gracias y favores. Con todo hay mucha diferencia entre la virtud de la humildad y la abyección, porque la abyección es la pequeñez, la bajeza y la vileza que hay entre nosotros, sin que nosotros pensemos en ello; pero la virtud de la humildad es el verdadero conocimiento y voluntario reconocimiento de nuestra abyección. Ahora bien, el punto más encumbrado de esta humildad consiste, no sólo en reconocer voluntariamente nuestra abyección, sino en amarla y en complacernos en ella, y no por falta de ánimos y de generosidad, sino para más ensalzar a la divina Majestad y más amar al prójimo en comparación con nosotros mismos. Esta es la cosa a la cual te exhorto, y, para que lo entiendas mejor, sepas que entre los males que padecemos unos son abyectos y otros honrosos. Muchos se conforman con los honrosos, pero nadie quiere acomodarse a los abyectos. He aquí un devoto ermitaño harapiento y tiritando de frío: todos honran su hábito deshecho y compadecen su austeridad; pero si se trata de un pobre obrero, de un pobre joven, de una pobre muchacha, son despreciados, objeto de burla; su pobreza es abyecta. Un religioso recibe resignadamente una áspera reprensión de su superior, o un hijo la recibe de su padre: todo el mundo llamará a esto mortificación, obediencia y prudencia; un caballero o una dama sufrirán lo mismo de parte de otra persona, y, aunque la soporten por amor de Dios, todos les motejarán de cobardía y poquedad de espíritu. Una persona tiene un cáncer en un brazo y otra en la cara: aquélla sólo tiene el mal, pero ésta, además del mal, padece el menosprecio, el desdén y la abyección. Pues bien, te digo ahora que no sólo hemos de apreciar el mal, lo cual se hace con la virtud de la paciencia, sino también la abyección, lo cual se hace con la virtud de la humildad.

También hay virtudes abyectas y virtudes honrosas: la paciencia, la mansedumbre, la simplicidad y la humildad son virtudes que los mundanos tienen por viles y abyectas; al contrario, tienen en mucha estima la prudencia, el valor, la liberalidad. Y, aun entre los actos de una misma virtud, unos son objeto de desprecio y otros de honra: dar limosna y perdonar las injurias son actos de caridad; el primero es honrado por todos, y el segundo despreciable a los ojos del mundo. Un joven noble o una doncella que no se entreguen al desorden de una pandilla desenfrenada en el hablar, en el jugar, en el bailar, en el beber, en el vestir, serán criticados o censurados por los demás y su modestia será calificada de hipocresía o afectación: pues bien, amar esto es amar la propia abyección. He aquí otra manera de amarla: vamos a visitar a los enfermos; si soy enviado al más miserable, esto será para mi un motivo de abyección, según el mundo, y, por esto mismo la amaré; si me envían a visitar a los de categoría, será una abyección según el espíritu, porque en ello no hay tanta virtud ni mérito ' y por lo tanto, amaré esta abyección. El que cae en medio de la calle, además del daño que se hace, es objeto de burla; es menester querer esta abyección. Hay faltas en las cuales no se encuentra otro mal que la abyección; la humildad no nos exige que las cometamos expresamente, pero exige que no nos inquietemos cuando las hayamos cometido: tales son ciertas ligerezas, faltas de educación, descuidos, las cuales hay que evitar, por razones de buena educación y de prudencia, antes de que se cometan; pero una vez cometidas, hay que aceptar la abyección que de ellas proviene, y hay que aceptarla de buen grado, para practicar la santa virtud de la humildad. Más aún: si me he dejado llevar de la ira o de la disolución, hasta decir palabras inconvenientes, que han redundado en ofensa de Dios o del prójimo, me arrepentiré vivamente y estaré afligido de la ofensa, la cual procuraré reparar de la mejor manera que me sea posible; pero no dejaré de aceptar la abyección y el desprecio que de ello me sobrevengan, y, si una cosa pudiese separarse de la otra, rechazaría enérgicamente el pecado y me quedaría humildemente con la abyección.

Pero, aunque amemos la abyección que proviene del mal, es menester que, con recursos apropiados y legítimos, pongamos remedio al mal que la ha causado, sobre todo cuando el mal acarrea consecuencias. Si tengo en el rostro algún mal repugnante, procuraré su curación, pero sin olvidar la abyección que trae consigo. Si he hecho alguna cosa que no ofende a nadie, no me disculparé de ella, porque, aunque esta cosa sea algún defecto, no es permanente, y no podría excusarme de ella sino por la abyección que de la misma procede y esto es lo que la humildad no puede permitir; mas, si, por descuido o por dejadez, he ofendido o escandalizado a alguno, repararé la ofensa con alguna excusa, verdadera, porque el mal es permanente y la caridad obliga a borrarlo. Por lo demás, suele ocurrir, alguna vez, que la caridad exija que pongamos remedio a la abyección, por el bien del prójimo, al cual es necesaria nuestra reputación; mas en este caso, una vez quitada nuestra abyección de los ojos del prójimo para evitar el escándalo, conviene guardarla y ocultarla dentro del corazón, para que se edifique de ello.

Pero tú, Filotea, quieres saber cuáles son las mejores abyecciones. Te digo claramente que las más provechosas al alma y las más agradables a Dios son las que nos vienen al azar o por la condición de nuestra vida, porque éstas no son escogidas por nosotros, sino que se reciben tal como las envía Dios, cuya elección siempre es mejor que la nuestra. Y, si hay que escoger, las más grandes son las mejores, y son más grandes las contrarías a nuestras inclinaciones, con tal que cuadren con nuestra profesión, porque, digámoslo de una vez para siempre, nuestra elección echa a perder y disminuye casi todas nuestras virtudes. ¡Ah! ¿Quién nos hará la gracia de que podamos decir con aquel gran rey: «He preferido ser abyecto en la casa del Señor a habitar en los palacios de los pecadores?». Nadie puede decirlo, amada Filotea, fuera de Aquel que, para ensalzarnos, vivió y murió de manera que fue «el oprobío de los hombres y la abyección de la plebe».

Te he dicho muchas cosas que te parecerán duras cuando las consideres; pero, créeme: cuando las practiques, serán para ti más agradables que el azúcar y la miel.

 

CAPÍTULO VII

COMO SE HA DE CONSERVAR EL BUEN NOMBRE PRACTICANDO, A LA VEZ, LA HUMILDAD

La alabanza, el honor y la gloria no se tributan a un hombre por una simple virtud, sino por una virtud excelente. Porque, por la alabanza, queremos persuadir a los demás que aprecien la excelencia de alguien; por el honor, significamos que le apreciamos nosotros mismos, y la gloria, a mi modo de ver, no es otra cosa que cierto resplandor de la reputación, que irradia del conjunto de muchas alabanzas y honores; de manera que las alabanzas y los honores son como las piedras preciosas, de cuyo conjunto Irradia la gloria como un brillo. Ahora bien, la humildad, que no puede sufrir que nosotros nos creamos más encumbrados o que hemos de ser preferidos a los otros, tampoco puede permitir que busquemos la alabanza, el honor y la gloria, que se deben a la sola excelencia. Con todo, la humildad está conforme con la advertencia del Sabio, el cual nos dice que «tengamos cuidado de nuestra fama», porque el buen nombre es la estima, no de excelencia alguna, sino de una simple y común probidad e integridad de vida, cuyo conocimiento en nosotros no impide la humildad como tampoco impide que deseemos la reputación de ello. Es verdad que la humildad despreciaría la buena fama, si la caridad no tuviese necesidad de ella; mas, porque ella es uno de los fundamentos de la sociedad humana, y porque, sin ella, no sólo somos inútiles sino también perjudiciales al público, por este motivo, a causa del escándalo que aquel recibiría, exige la caridad, y la humildad admite, que deseemos y conservemos cuidadosamente la buena fama.

Además, así como las hojas de los árboles, que de suyo no son muy apreciables, no obstante sirven mucho, no sólo para embellecerlos, sino también para conservar los frutos mientras son tiernos; de la misma manera, la buena fama, que, de suyo no es cosa muy deseable, no deja de ser muy útil, no solamente para el ornato de nuestra vida, sino también para la conservación de nuestras virtudes, especialmente de las virtudes todavía tiernas y débiles: la obligación de conservar nuestra reputación y de ser tales cuales se nos reputa, nos obliga a un esfuerzo generoso, a una firme y dulce violencia. Conservemos nuestras virtudes, mi querida Filotea, porque son agradables a Dios, grande y soberano objeto de nuestras acciones; mas, así como los que quieren guardar los frutos no se contentan con confitarlos, sino que los ponen en recipientes propios para la conservación de los mismos, de la misma manera, aunque el amor divino sea el principal conservador de nuestras virtudes, podemos, no obstante, emplear el buen nombre, como muy útil y propicio para dicha conservación.

No es menester, empero, que seamos demasiado celosos, exactos y puntillosos en esta conservación, porque los que son demasiado delicados y sensibles en lo tocante a su reputación, se parecen a los que toman medicamentos para toda clase de pequeñas molestias: éstos, al querer conservar su salud, lo pierden todo, y aquellos, queriendo conservar tan delicadamente la reputación, la pierden completamente, ya que con este desasosiego se vuelven extraños, quejumbrosos, insoportables, y provocan la malicia de los murmuradores.

El disimular y el despreciar la injuria y la calumnia es ordinariamente un remedio mucho más saludable que el resentimiento, la contestación y la venganza: el desprecio esfuma aquellas ofensas; pero el que se enoja, parece que las confiesa. Los cocodrilos no dañan sino a los que los temen, y la maledicencia, únicamente a los que la llevan a mal.

El temor excesivo de perder la fama arguye una gran desconfianza del fundamento de la misma, que es la verdad de una vida buena. Los pueblos que, sobre los grandes ríos, sólo tienen puentes de madera, temen que se los lleve la corriente, al sobrevenir cualquiera inundación; pero los que tienen los puentes de piedra, sólo temen las inundaciones extraordinarias. Asimismo los que tienen una alma sólidamente cristiana desprecian, ordinariamente, los desbordamientos de las lenguas injuriosas; pero los que se sienten débiles, se inquietan por cualquier cosa. Es cierto, Filotea, que el que quiere tener buena reputación delante de todos, la pierde totalmente, y merece perder el honor el que quiere recibirlo de los que están verdaderamente infamados y deshonrados por los vicios.

La reputación es como una señal que da a, conocer donde habita la virtud; la virtud, por lo tanto, ha de ser, en todo y por todo, preferida. Por esto, si alguien te dice: eres un hipócrita, porque practicas la devoción, o bien te tiene por persona apocada, porque has perdonado una injuria, ríete de todo esto. Porque, aparte de que estos juicios los hacen personas necias y estúpidas, aunque hubieses de perder la fama no deberías dejar la virtud ni desviarte de su camino, porque se ha de preferir el fruto a las hojas, es decir el bien interior y espiritual a todos los bienes exteriores. Hemos de ser celosos, pero no idólatras de nuestro buen nombre, y, si no conviene ofender el ojo de los buenos, tampoco hay que desear contentar el de los malos. La barba es un adorno en el rostro del hombre, y los cabellos en la cabeza de la mujer; si se arranca del todo el pelo de la cara y el cabello de la cabeza, difícilmente volverán a aparecer; pero, si tan sólo se corta el cabello y se afeita la barba, pronto el pelo volverá a crecer y saldrá más fuerte y más áspero. De la misma manera, aunque la fama sea cortada, o del todo afeitada, por la lengua de los maldicientes, que, como dice David, «es una navaja afilada», no es menester inquietarse, porque pronto volverá a salir, no sólo tan bella como antes, sino mucho más fuerte. Pero, si nuestros vicios, nuestras felonías, nuestra mala vida, nos quitan la reputación, será difícil que jamás vuelva, porque ha sido arrancada de raíz. Y la raíz de la buena fama es la bondad y la probidad, la cual, mientras permanece en nosotros, puede reproducir siempre el honor que le es debido.

Es menester dejar aquella mala conversación, aquella práctica inútil, aquella amistad frívola, esta loca familiaridad, si esto perjudica a la buena fama, porque vale más ésta que todas cualesquiera vanas complacencias; pero, si, a causa del ejercicio de la piedad, del adelanto en la perfección y de la marcha hacia el bien eterno, murmuran, reprenden o calumnian, dejemos que los mastines ladren contra la luna, porque, si pueden levantar algún concepto desfavorable a nuestra reputación y, de esta manera, cortar a rape los cabellos y la barba de nuestra fama, pronto renacerá ésta, y la navaja de la maledicencia servirá a nuestro honor, como a la viña sirve la podadera, por la cual aquélla crece y ve multiplicados sus frutos.

Tengamos siempre los ojos fijos en Jesucristo crucificado; caminemos en su servicio, con confianza y simplicidad, pero prudente y discretamente: Él será el protector de nuestra reputación, y, si permite, que nos sea arrebatada, será para procurarnos otra mejor o para hacernos avanzar en la santa humildad, una sola onza de la cual vale más que cien libras de honor. Si se nos recrimina injustamente, opongamos tranquilamente la verdad a la calumnia; si ésta persiste, perseveremos nosotros en la humildad; dejando de esta manera nuestra reputación, juntamente con nuestra alma, en manos de Dios, no podremos asegurarla mejor. Sirvamos a Dios «con buena o mala fama» a ejemplo de San Pablo, para que podamos decir con David: « ¡ Oh Dios mío !, por Ti he soportado el oprobio, y la confusión ha cubierto mí faz». Exceptúo, no obstante, ciertos crímenes tan horribles e infames, cuya calumnia nadie debe tolerar, cuando justamente puede disiparse, y también se han de exceptuar ciertas personas de cuya buena reputación depende la edificación de muchos, pues, en estos casos, como enseñan los teólogos, se ha de procurar, con sosiego, la reparación de la injuria recibida.

 

CAPITULO VIII

DE LA AMABILIDAD PARA CON EL PRÓJIMO Y DE LOS REMEDIOS CONTRA LA IRA

Él santo Crisma, que, por tradición apostólica, emplea la Iglesia en las confirmaciones y bendiciones, está compuesto de aceite de olivo mezclado con bálsamo, y representa las dos virtudes más apreciadas que resplandecen en la sagrada persona de Nuestro Señor, y que Él nos recomendó singularmente, como si, por ellas, nuestro corazón hubiese de estar especialmente consagrado a su servicio y aplicado a su imitación: «Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón». La humildad nos perfecciona con respecto a Dios, y la amabilidad con respecto al prójimo. El bálsamo, que, como he dicho, queda siempre debajo de todos los demás licores, representa la humildad, y el aceite de oliva, que siempre queda encima, representa la dulzura y la benignidad, que sobrepuja todas las cosas y predomina entre las demás virtudes, como flor que es de la caridad, la cual, según San Bernardo, es perfecta cuando no sólo es paciente, sino también amorosa y benigna. Pero procura , Filotea, que este crisma místico, compuesto de amabilidad y de humildad, esté dentro de tu corazón; porque es uno de los grandes artificios del enemigo hacer que muchos se complazcan en las palabras y en los modales exteriores de estas dos virtudes, y que, dejando de examinar sus afectos interiores, se imaginen que son humildes y amorosos, sin que lo sean en realidad, lo cual se conoce, porque, a pesar de su ceremoniosa humildad y dulzura dulzura, a la menor palabra molesta que se les diga, a la menor injuria que reciban, se yerguen con una arrogancia sin igual. Se dice que los que han tomado el preservativo, vulgarmente llamado «gracia de San Pablo», no se hinchan, aunque sean mordidos o picados por la víbora, con tal que la «gracia» sea de buena calidad. De la misma manera, cuando la humildad y la dulzura son buenas y verdaderas, nos inmunizan contra la hinchazón y contra el ardor que las injurias suelen provocar en nuestros corazones. Y, si después de haber sido picados o mordidos por los maldicientes o por los enemigos, nos sentimos alterados, hinchados o despechados, señal es de que nuestra humildad y amabilidad no son verdaderas y francas, sino artificiosas y aparentes.

Aquel santo e ilustre patriarca José, cuando envió a sus hermanos de Egipto a la casa de su, padre, sólo les hizo esta advertencia: «No os enojéis por el camino». Lo mismo te digo, Filotea: esta miserable vida no es más que un camino hacia la bienaventuranza; no nos enojemos, pues, los unos con los otros, en este camino; andemos siempre agrupados con nuestros hermanos y compañeros, dulcemente, pacíficamente, amigablemente. Advierte que te digo con toda claridad y sin excepción alguna, que, a ser posible, no te enojes nunca, ni tomes pretexto alguno, sea cual fuere, para abrir la puerta de tu corazón a la ira, porque dice Santiago, sin ambages ni reservas, que «la ira del hombre no obra la justicia de Dios».

Es menester, ciertamente, oponerse al mal y reprimir los vicios de los que están bajo nuestro cuidado, con constancia y con tesón, pero dulce y suavemente. Nada sosiega tanto al elefante airado como la vista de un corderito, ni nada para con más facilidad el golpe de los cañonazos como la lana. La corrección que procede de la pasión, aunque vaya acompañada de la razón, nunca es tan bien recibida como la que no tiene otro origen que la razón sola; porque el alma racional, por estar naturalmente sujeta a la razón, sólo se sujeta a la pasión por la tiranía, por lo cual, cuando la razón anda acompañada de la pasión, se hace odiosa, pues su justo dominio queda envilecido al asociarse con la tiranía. Los príncipes honran y consuelan infinitamente a los Pueblos cuando los visitan en son de paz, pero cuando llegan al frente de los ejércitos, aunque sea para el bien público, su presencia siempre es desagradable y dañosa, porque, por más que se esfuercen en hacer observar exactamente' la disciplina militar entre los soldados, nunca pueden, empero, evitar algún desorden, por el que los hombres de bien son atropellados. Así, cuando reina la razón y ejecuta serenamente los castigos, las correcciones y las reprensiones, aunque lo haga con rigor y exactitud, todos la aprecian y la aprueban; pero cuando va acompañada de la ira, de la cólera y M enojo, que, como dice San Agustín, son sus soldados, se hace más espantosa que amable, su propio corazón queda siempre pisoteado y maltratado: «Vale más, dice el mismo santo escribiendo a Profuturo, cerrar las puertas a la ira justa y equitativa, que abrírselas, por insignificante que sea, porque, una vez ha entrado, es difícil hacerla salir, ya que entra como pequeño retoño y, en un momento, crece y se convierte en tronco». Si el enojo puede llegar a la noche y el sol se pone sobre nuestra ira (cosa que el Apóstol prohíbe), se convierte en odio, y casi no hay manera de deshacerse de ella, porque se alimenta de mil persuasiones falsas, ya que jamás el hombre airado cree que sea injusta su ira.

Es, pues, mejor esforzarse a saber vivir sin ira que querer emplearla con moderación y prudencia, y, cuando, por imperfección o debilidad, nos vemos sorprendidos por la misma, es preferible rechazarla enseguida a querer pactar con ella, pues por poco cumplimiento que se le dé, se hace dueña de la plaza, y hace como la serpiente, que, con facilidad, logra meter todo el cuerpo allí donde ha podido meter la cabeza. Pero me dirás: ¿cómo la rechazaré? Es preciso, Filotea, que, al advertir el primer resentimiento, reúnas tus fuerzas con presteza, pero sin brusquedad ni ímpetu, sino dulce y seriamente a la vez; porque, así como en 'los senados y en los parlamentos, meten más ruido los oficiales gritando: « ¡ Silencio! », que aquellos a los cuales quieren hacer callar, de la misma manera, al querer reprimir nuestra ira con impetuosidad, se causa en nuestro corazón más turbación de la que ella hubiera causado, y, entretanto, el corazón, turbado de esta manera, no puede ser dueño de sí mismo.

Después de este suave esfuerzo, practica el consejo que San Agustín, cuando ya era viejo, daba al joven obispo Auxilio: «Haz, le decía, lo que un hombre ha de hacer; que si te ocurre lo que el hombre de Dios dice en el salmo: mi ojo he ha turbado con gran cólera, acudas a Dios y exclames: ¡Señor, ten misericordia de mí, para que extienda su mano y reprima tu enojo». Quiero decir que cuando nos veamos agitados por la cólera, invoquemos el auxilio de Dios, a imitación, de los Apóstoles cuando se vieron en peligro de zozobrar, por el viento y la tempestad, en medio de las olas; pues Él mandará a nuestras pasiones que se calmen, y se seguirá una gran bonanza. Pero te advierto que la oración que se hace contra la ira impetuosa del momento, ha de ser suave y tranquila, jamás violenta; cosa que es menester observar en cualesquiera remedios que se empleen contra este mal. Después, enseguida que te des cuenta de que has cometido un acto de cólera, repara la falta con un acto de dulzura, hecho inmediatamente con respecto a aquella persona contra la cual te hayas irritado. Porque, así como es un excelente remedio contra la mentira, retractarse enseguida, así también es un buen remedio contra la cólera repararla inmediatamente, con un acto de amabilidad; porque, como suele decirse, las heridas se curan con más facilidad cuando están frescas.

Además, cuando te sientas sosegada y libre de cualquier motivo de ira, haz gran provisión de dulzura y de bondad, diciendo todas las palabras y haciendo todas las cosas, grandes y pequeñas, de la manera más suave que te sea posible, recordando que la Esposa, en el Cantar de los Cantares, no sólo tiene la miel en sus labios y en la punta de la lengua, sino también debajo de la lengua, es decir, en el pecho, y no solamente tiene miel, sino también leche, porque además de tener palabras dulces con el prójimo, conviene tener dulce todo el pecho, es decir, todo el interior de nuestra alma. Y es menester tener, no solamente la dulzura de la miel, que es aromática y olorosa, es decir, la suavidad en el trato con los extraños, sino también la dulzura de la leche con los familiares y con los más cercanos a nosotros, contra lo cual faltan en gran manera aquellos que en la calle parecen ángeles, y en casa parecen demonios.

 

CAPÍTULO IX

DE LA DULZURA CON NOSOTROS MISMOS

Una de las mejores prácticas de la dulzura, en la cual nos deberíamos ejercitar, es aquella cuyo objeto somos nosotros mismos, de manera que nunca nos enojemos contra nosotros ni, contra nuestras imperfecciones, pues si bien la razón quiere que, cuando cometemos faltas, sintamos descontento y aflicción, conviene, no obstante, que evitemos un descontento agrio, malhumorado, despechado y colérico. En esto cometen una gran falta muchos que, después de haberse encolerizado, se enojan de haberse enojado, se desazonan de haberse desazonado, y sienten despecho de haberlo sentido; porque, por este camino, tienen el corazón amargado y lleno de malestar, y si bien parece que el segundo enfado ha de destruir el primero, lo cierto es que sirve de entrada y de paso a un nuevo enojo, en cuanto la primera ocasión se presente; aparte de que estos disgustos, despechos y asperezas contra sí mismo, tiende hacia el orgullo y no tienen otro origen que el amor propio, el cual se turba y se impacienta al vernos imperfectos.

Por lo tanto, el disgusto por nuestras faltas ha de ser tranquilo, sereno y firme; porque, así como un juez castiga mejor a los malos dictando sus sentencias, según razón y con ánimo tranquilo, que dictándolas con impetuosidad y pasión, pues entonces no castiga las faltas por lo que éstas son, sino por lo que es él mismo; así nosotros nos castigamos mejor con arrepentimientos tranquilos y constantes, que con arrepentimientos violentos, agrios y coléricos, pues los arrepentimientos violentos no son proporcionados a la gravedad de nuestras culpas, sino a nuestras inclinaciones. Por ejemplo, el que ama la castidad se revolverá con mayor amargura contra la más leve falta cometida en esta materia, y, en cambio, se reirá de una grave murmuración en la que hubiere incurrido. Al contrario, el que detesta la maledicencia se atormentará por haber murmurado levemente, y no hará caso de una falta grave contra la castidad, y así de las demás faltas; y ello no es debido a otra cosa sino a que el juicio que forman en su conciencia no es obra de la razón, sino de la pasión.

Créeme, Filotea, así como las reprensiones de un padre, hechas dulce y cordialmente, tienen más eficacia para corregir que los enfados y los enojos; así también, cuando nuestro corazón ha cometido alguna falta, si le reprendemos con advertencias dulces y tranquilas, llenas más de compasión que de pasión contra él, y le animamos a enmendarse, el arrepentimiento que concebirá entrará mucho más adentro y le penetrará mejor que no lo haría un arrepentimiento despechado, airado y tempestuoso.

En cuanto a mí, si, por ejemplo, tuviese en grande estima, el no caer en el vicio de la vanidad, y, no obstante, hubiese caído en una gran falta, no quisiera reprender a mi corazón de esta manera: « ¡Qué miserable y abominable eres, porque después de tantas resoluciones, te has dejado vencer por la vanidad! Muere de vergüenza; no levantes los ojos al cielo, ciego, desvergonzado, traidor y desleal a tu Dios», y otras cosas parecidas, sino que preferiría corregirle de una manera razonable y por el camino de la compasión: «Ánimo, pobre corazón mío. He aquí que hemos caído en el precipicio que tanto habíamos querido evitar. ¡Ah!, levantémonos y salgamos de él para siempre; acudamos a la misericordia de Dios y confiemos en que ella nos ayudará, para ser más resueltos en adelante, y emprendamos el camino de la humildad. ¡Valor! seamos, desde hoy, más vigilantes; Dios nos ayudará y podremos hacer muchas cosas». Y, sobre esta reprensión, quisiera levantar un sólido y firme propósito de no caer más en falta y de emplear los recursos convenientes según los consejos del director.

Pero, si alguno advierte que su corazón no se conmueve con estas suaves correcciones, podrá echar mano de los reproches y de la reprensión dura y severa, para excitarlo a una profunda confusión, con tal que, después de haberlo amonestado y fustigado enérgicamente, acabe aliviándole, conduciendo su pesar y su cólera a una tierna y santa confianza en Dios, a imitación de aquel gran arrepentido, que, al ver a su alma afligida, la alentaba de esta manera: «¿Por qué te entristeces, alma mía, y por qué te conturbas? Espera en Dios, que yo todavía le alabaré como la salud de mí rostro y mi verdadero Díos».

Luego, cuando tu corazón caiga, levántalo con toda suavidad, y humíllate mucho delante de Dios por el conocimiento de tu miseria, sin maravillarte de tu caída, pues no nos ha de sorprender que la enfermedad esté enferma, ni que la debilidad esté débil, ni que la miseria sea miserable. Detesta, pues, con todas tus fuerzas, las ofensas que Dios ha recibido de ti, y, con gran aliento y confianza en su misericordia, emprende de nuevo el camino de la virtud, del que te habías alejado.

 

CAPÍTULO X

QUE ES MENESTER TRATAR LOS NEGOCIOS CON CUIDADO, PERO SIN AFÁN NI INQUIETUD

El cuidado y la diligencia que hemos de poner en nuestros asuntos son cosas muy diferentes de la preocupación, de la inquietud y del afán. Los ángeles tienen cuidado de nuestra salvación y nos la procuran con diligencia, mas no por ello sienten inquietud, desasosiego, ni ansia; porque el cuidado y la diligencia son propios de su caridad, pero la inquietud, el desasosiego y el afán serían del todo contrarios a su felicidad, pues el cuidado y la tranquilidad, y la paz del espíritu, pero no el afán, ni la inquietud, ni mucho menos la obsesión. Seas, pues, Filotea, cuidadosa y diligente en todos los asuntos que tuvieres a tu cargo, porque Dios te los ha confiado y quiere que los trates cual conviene; pero, si te es posible, no andes solícita ni ansiosa, es decir, no los emprendas con inquietud, angustia y afán. No te apresures en tu cometido, porque toda precipitación turba la razón y el juicio, y nos impide también hacer las cosas por las cuales nos afanamos.

Cuando Nuestro Señor reprende a Santa Marta, le dice: «Marta, Marta, andas muy solícita y te turbas por muchas cosas». ¿Ves? Si hubiese sido simplemente cuidadosa, no se hubiera perturbado; pero, como que andaba preocupada e inquieta, se precipita y se turba, por lo que Nuestro Señor la reprende. Los ríos que se deslizan suavemente por la llanura, conducen grandes navíos y ricas mercancías, y las lluvias que caen suavemente en los campos, los fecundan y los llenan de hierbas y de mieses; pero los torrentes y los ríos que corren tumultuosamente por la tierra, arruinan sus cercanías y son inútiles para el tráfico, de la misma manera que las lluvias violentas y tempestuosas llevan la desolación a los campos y a las praderas. Jamás trabajo alguno, hecho con impetuosidad y con prisas, ha llegado a feliz término; es menester apresurarse lentamente, como lo dice el viejo adagio: «El que corre, afirmaba Salomón, está en peligro de chocar y tropezar». Siempre obramos de prisa, cuando obramos bien. Los moscardones meten mucho ruido y andan más afanosos que las abejas, pero sólo fabrican cera y no miel. Así los que se afanan con un afán torturador y con una inquietud ruidosa, nunca hacen mucho bien.

Las moscas no nos molestan por su fuerza sino por su multitud. De la misma manera los grandes quehaceres no turban tanto como los pequeños, cuando éstos son muy numerosos. Recibe con paz todo el trabajo que venga sobre ti, y procura atender a él ordenadamente, haciendo unas cosas después de las otras; pero si quieres hacerlas todas a un tiempo y con desorden, tendrás que hacer esfuerzos que fatigarán y agotarán tu espíritu, y, por lo regular, quedarás deshecha por la angustia, y sin ningún provecho.

Y, en todos tus negocios, estriba únicamente en la providencia de Dios, pues sólo por ella tendrán éxito tus designios; trabaja, empero, por tu parte, suavemente, para cooperar con la Providencia, y después, cree que, si confías en Dios, el resultado que obtengas siempre será el más provechoso para ti, ya te parezca bueno, ya malo, según tu particular juicio.

Haz como los niños, que dan una de sus manos a su padre, y, con la otra, cogen fresas o moras junto a los cercados; asimismo, mientras vas reuniendo y manejando los bienes de este mundo con una de tus manos, coge siempre, con la otra, la mano del Padre celestial, y vuélvete de vez en cuando hacia Él, para ver si está contento de tu trabajo o de tus ocupaciones, y, sobre todo, guárdate de soltarle la mano y de sustraerte a su protección, pensando que cogerás y allegarás más, porque, si Él te abandonase, no darías un paso sin caer de bruces en tierra. Quiero decir, Filotea, que cuando estés en medio de las ocupaciones naturales y quehaceres comunes, que no exigen una atención demasiado fuerte ni absorbente, pienses más en Dios que en el trabajo, y, cuando éste sea de tanta importancia que exija toda tu atención para ser bien hecho, fija, de vez en cuando, la vista en Dios, como lo hacen los que navegan por el mar, los cuales, para ir al lugar que desean, miran más al cielo que abajo por donde andan remando. Así Dios trabajará contigo, en ti y por ti, y tu trabajo irá acompañado de consuelo.

 

 

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