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San
Francisco de Sales - Introducci�n a la vida devota
(�ndice)
Tercera parte (Muchos
avisos sobre el ejercicio de las virtudes)
CAPÍTULO
I
DE LA
ELECCIÓN QUE CONVIENE HACER EN CUANTO AL EJERCICIO DE
LAS VIRTUDES
El
rey de las abejas nunca penetra en los campos si no va
rodeado de su pequeño pueblo, y la caridad nunca
entra en un corazón si no lleva consigo todo el
séquito de las demás virtudes, a las que
ejercita y hace trabajar, como un capitán a sus
soldados; pero no las pone en acción ni
súbitamente, ni de la misma manera, ni siempre, ni en
todas partes. El justo es «como el árbol
plantado junto a la corriente de las aguas' que lleva su
fruto a su tiempo», porque la caridad, al rociar una
alma, produce en ella las obras de virtud, y cada una a su
debido tiempo. «La música -dice el Proverbio-,
es inoportuna en un duelo». Muchos padecen de un
defecto, a saber, que cuando emprenden la práctica de
una virtud particular, se obstinan en hacer actos de la
misma en toda clase de ocasiones, y, como aquellos antiguos
filósofos, quieren o siempre reír o siempre
llorar; y aun se conducen peor cuando censuran o critican a
los que no practican siempre aquellas mismas virtudes tal
como ellos lo hacen. «Hay que alegrarse con los que
están alegres y llorar con los que lloran», dice
el Apóstol, y «la caridad es paciente,
benigna», generosa, prudente, condescendiente.
Hay,
no obstante, algunas virtudes que tienen un alcance casi
universal, que no han de hacer sus actos aisladamente, sino
que han de derramar sus cualidades sobre los actos de las
demás virtudes. No son muy frecuentes las ocasiones
de practicar la fortaleza, la magnanimidad, la
magnificencia; pero la dulzura, la templanza, la honestidad
y la humildad son unas virtudes que han de informar todas
las acciones de nuestra vida. Hay virtudes más
excelentes que éstas: el uso, empero, de éstas
es más necesario. El azúcar es más
excelente que la sal; pero el uso de la sal es más
frecuente y más general. Por esta causa, es
conveniente tener siempre dispuesta una buena
provisión de esas virtudes generales, pues es
menester servirse de ellas casi continuamente.
Entre
los ejercicios de las virtudes, hemos de escoger el que
cuadre mejor con nuestro cargo, y no el que es más
conforme a nuestro gusto. Santa Paula sentía mucho
placer en las asperezas de las mortificaciones corporales,
para gozar más fácilmente de las dulzuras
espirituales, pero mayor era el deber de obediencia a sus
superiores, por lo cual reconoce San Jerónimo que era
merecedora de reprensión, porque, contra el parecer
de su obispo, hacía abstinencias inmoderadas. Por el
contrario, los apóstoles, encargados de predicar el
Evangelio por todo el mundo y de distribuir el pan del cielo
a las almas, creyeron, muy acertadamente, que habrían
obrado mal si se hubiesen distraído de este santo
ejercicio para practicar la virtud de socorrer a los pobres,
aunque esta virtud sea muy excelente. Cada vocación
tiene necesidad de practicar alguna especial virtud: unas
son las virtudes del prelado, otras las del príncipe,
otras las del soldado, otras las de una mujer casada, otras
las de una viuda; y, aunque todos han de tener todas las
virtudes, no todos, empero, las han de practicar igualmente,
sino que cada uno ha de ejercitarse, particularmente, en
aquellas que exige el género de vida a que ha sido
llamado.
Entre
las virtudes que no afectan a nuestros deberes particulares,
hemos de preferir las más excelentes a las más
vistosas. Los cometas nos parecen, por lo regular, mayores
que las estrellas, y, aparentemente, lo son; no obstante, ni
en grandeza ni en calidad pueden compararse con ellas; nos
parecen mayores únicamente porque están
más cerca de nosotros, y en un medio más
denso, comparado con el de las estrellas. De la misma
manera, hay ciertas virtudes que, por estar más cerca
de nosotros, porque son sensibles, y por decirlo así,
materiales, son muy apreciadas y siempre preferidas por el
vulgo, el cual tiene en más la limosna material que
la espiritual, el cilicio, el ayuno, el despojo, la
disciplina y las mortificaciones del cuerpo, que la dulzura,
la benignidad, la molestia y otras mortificaciones del
corazón, que, no obstante, son mucho más
excelentes. Escoge, pues, Filotea, las virtudes mejores y no
las más apreciadas; las más excelentes y no
las más vistosas, las más buenas y no las de
más relumbrón.
Es
muy útil que cada uno elija un ejercicio particular
de alguna virtud, no para olvidar las demás, sino
para tener el espíritu más ajustadamente
ordenado y ocupado. Una hermosa doncella, más
resplandeciente que el sol, regiamente adornada y
embellecida y coronada de olivo, se apareció a San
Juan, obispo de Alejandría, y le dijo: «Yo soy
la hija del gran rey; si tú puedes tenerme por amiga,
te conduciré a su presencia». Entendió el
santo cue era la misericordia con los pobres lo que Dios le
recomendaba, y, en adelante, se consagró totalmente
al ejercicio de esta virtud, por lo que, en todas partes, se
le llamaba San Juan el Limosnero. Eulogio Alejandrino,
deseando hacer algún particular servicio a Dios, y no
sintiéndose bastante fuerte ni para emprender la vida
solitaria, ni para ponerse bajo la obediencia de otro,
cogió en su casa a un pobre todo él lleno de
lepra y deshecho, para ejercitar la caridad y la
mortificación, y para practicarlo más
dignamente, hizo voto de honrarle, tratarle y servirle como
un criado a su amo y señor. Tentados el leproso y
Eulogio de separarse el uno del otro, consultaron al gran
San Antonio, el cual les dijo: «Guardaos, hijos
míos, de separaros, porque teniendo ambos muy cerca
vuestro fin, si el ángel no os encuentra juntos,
correréis gran peligro de perder vuestras
coronas».
El
rey San Luis visitaba, como por voto, los hospitales, y
servía a los enfermos con sus propias manos. San
Francisco amaba, sobre todo, la pobreza, a la que llamaba su
dama; Santo Domingo se entregó a la
predicación, de la cual tomó el nombre su
Orden. A San Gregorio el Grande le gustaba tratar con
delicadeza a los peregrinos, a ejemplo del gran
Abralián, y, como éste hospedó al Rey
de la gloria, bajo la forma de un peregrino. Tobías
practicaba la caridad enterrando a los difuntos; santa
Isabel, a pesar de ser tan gran princesa, amaba mucho la
propia abyección; Santa Catalina de Génova
habiendo quedado viuda, se consagró al servicio del
hospital. Cuenta Casiano que una devota doncella, que
deseaba ser ejercitada en la virtud de la paciencia,
acudió a San Atanasio, el cual, para complacerla, le
envió una pobre viuda malhumorada, irascible,
quejumbrosa e insoportable, la cual, regañando
siempre a esta devota joven, le dio ocasión de
practicar dignamente la dulzura y la condescendencia.
Así,
entre los siervos de Dios, unos se consagran al servicio de
los enfermos, otros a socorrer a los pobres, otros a
enseñar la doctrina cristiana a los niños,
otros a guiar a las almas perdidas y extraviadas, otros a
cuidar de las iglesias y a adornar los altares, y otros a
fomentar la concordia y la paz entre los hombres. Imitan, en
esto, a los bordadores, los cuales, sobre diversos fondos,
combinan, con hermosa variedad, las sedas, el oro y la plata
para hacer toda clase de flores; así, estas almas
piadosas que emprenden algún ejercicio particular de
devoción, se sirven de él, como de un fondo,
para su bordado espiritual, sobre el cual practican la
variedad de todas las demás virtudes, y tienen, de
esta manera, sus acciones y afectos muy unidos y ordenados,
porque los relacionan con su ejercicio principal, y
así hacen que sea más hermosa su alma, con su
vistoso tejido de oro ataviada, y con todas las filigranas
bien bordada.
Cuando
somos combatidos por algún vicio, es preciso, en la
medida de lo posible, emprender la práctica de la
virtud contraria, haciendo que todas las demás
cooperen, pues así venceremos a nuestro enemigo y no
dejaremos de avanzar en todas las virtudes.
Si
me siento combatido por el orgullo o por la ira, será
menester que, en todas las cosas, me incline y me doblegue
del lado de la humildad y de la mansedumbre, y que, hacia
este fin, enderece los demás ejercicios de la
oración, de los sacramentos, de la prudencia, de la
constancia, de la sobriedad. Porque así como los
jabalíes para afilar sus defensas, las frotan y
afirman con los demás dientes, los cuales, a su vez,
quedan con ello muy finos y cortantes, así el hombre
virtuoso, después de haber cometido la empresa de
perfeccionarse en la virtud que le es más necesaria
para su defensa, la ha de pulir y limar con el ejercicio de
las demás virtudes, las cuales, a la vez afilan
aquélla, se hacen ellas mismas más excelentes
y perfectas, como le ocurrió a Job, que, al
practicar, de un modo especial, la paciencia, contra las
tentaciones que le acometieron, se hizo santo y virtuoso en
toda suerte de virtudes. Y aún ha ocurrido que, como
dice San Gregorío Nacianceno, por un solo acto de
virtud, practicado con perfección, una persona ha
llegado a la cumbre de la santidad, y pone como ejemplo
Rahab, el cual, por haber practicado de una manera perfecta
la hospitalidad, llegó a una gloria suprema; pero
esto se entiende de cuando el acto se hace de una manera
excelente, con gran fervor y caridad.
CAPÍTULO
II
CONTINUACIÓN
DEL MISMO RAZONAMIENTO SOBRE LA ELECCIÓN DE LAS
VIRTUDES
Dice
muy bien San Agustín que los que comienzan a
ejercitarse en la devoción cometen ciertas faltas,
que, si atendemos al rigor de las leyes de la
perfección, han de ser castigadas, pero que, no
obstante, son loables por el buen presagio que revelan de
una futura excelencia en la piedad, para la cual incluso
sirven de disposición. Aquel servil y vulgar temor
que engendran los excesivos escrúpulos en las almas
recién salidas del camino del pecado, es una virtud
recomendable en los que comienzan, y augurio seguro de una
futura pureza de conciencia; pero este mismo temor
sería vituperable en los que están muy
adelantados, en cuyo corazón ha de reinar el amor,
que, poco a poco, aleja esta clase de temor servil.
San
Bernardo era, al principio, muy riguroso y muy áspero
con los que se acogían a su dirección, a los
cuales decía, sin preámbulos, que
habían de dejar el cuerpo e ir a él solamente
con el espíritu. Cuando oía sus confesiones,
reprendía con una severidad extraordinaria toda
suerte de faltas, por pequeñas que fuesen, y de tal
manera movía a los pobres principiantes hacia la
perfección, que, a fuerza de empujarlos, más
bien los alejaba de ella; porque perdían el
ánimo y el aliento al sentirse con tanta violencia
arrastrados por una subida tan alta y tan empinada. Como
ves, Filotea, era el celo ardentísimo de una perfecta
pureza lo que inducía a aquel gran santo a seguir
este método, y aquel celo era una gran virtud, pero
virtud que no dejaba de ser reprensible. Por esto, el mismo
Dios, por medio de una sagrada aparición, le
corrigió, y derramó sobre su alma un
espíritu dulce, suave, amable y delicado, merced al
cual, fue todo otro, se acusó de haber sido tan
exigente y severo, y llegó a ser tan afable y
condescendiente con cada uno, que se hizo «todo» a
todos para ganarlos a todos.
San
Jerónimo, después de haber referido que Santa
Paula, su amada hija espiritual, era, no sólo
excesiva, sino pertinaz en sus mortificaciones, de suerte
que no quería someterse a la orden en contra que su
obispo, San Epifanio, le había dado en este punto, y
que, además de esto, de tal manera se dejaba dominar
por la tristeza, cuando moría alguno de los suyos,
que siempre estaba en peligro de muerte, añade:
«Dirán que, en lugar de escribir las alabanzas
de esta santa, escribo las censuras y vituperios. Pongo por
testigo a Jesús, a quien ella ha servido, y al cual
yo quiero servir, que no miento, ni por exceso ni por
defecto, sino que escribo ingenuamente lo que ella es, como
un cristiano debe escribir de una cristiana, es decir, que
escribo la historia, y no un panegírico, y que sus
vicios son las virtudes de los demás». Quiere
decir que las imperfecciones y los defectos de Santa Paula,
serían virtudes en un alma menos perfecta, como, en
efecto, hay actos que son considerados como imperfecciones
en los que son perfectos, los cuales actos serían
tenidos como grandes perfecciones en los que son
imperfectos. Es muy buena señal, en un enfermo, la
hinchazón de las piernas durante su convalecencia,
porque ella revela que la naturaleza, al ser reforzada,
elimina los malos humores, que en ella están de
más; pero esta misma señal sería mala,
en quien no estuviese enfermo, porque denotarla que la
naturaleza no tiene la fuerza suficiente para hacer
desaparecer y resolver los humores. Filotea, hemos de tener
buen concepto de aquellos que practican las virtudes, aunque
sea con imperfecciones, pues los mismos santos las
practicaron, con frecuencia, de esta manera; pero, en cuanto
a nosotros, hemos de tener cuidado de practicarlas, no
sólo con fidelidad, sino también con
prudencia, y, con este objeto, hemos de observar con todo
rigor la advertencia del Sabio: «no estribes en tu
propia prudencia», sino en la de aquellos que Dios nos
ha dado por directores.
Hay
muchas cosas que se toman por virtudes y que no lo son en
manera alguna. Acerca de ellas quiero decirte cuatro
palabras: tales son los éxtasis, los arrobamientos,
las insensibilidades, las uniones deificadas, las
elevaciones, las transformaciones y otras perfecciones por
el estilo, de que tratan algunos libros, los cuales ofrecen
elevar al alma hasta la contemplación puramente
intelectual, a la aplicación esencial del
espíritu y a la vida supereminente. Pues bien,
Filotea, estas perfecciones no son virtudes, sino más
bien recompensas que Dios otorga por las virtudes, o, mejor
aún, una muestra de los goces de la vida futura, que
alguna vez se concede a los hombres, para hacerles desear su
total posesión, que sólo se encuentra en el
cielo. Por lo mismo, no hay que aspirar a estas gracias,
pues no son, en manera alguna, necesarias para servir bien y
amar a Dios, lo cual ha de ser nuestro único anhelo.
Además, con mucha frecuencia, son gracias que no
podemos alcanzar con nuestro esfuerzo y trabajo, ya que
más bien son pasiones que acciones, que podemos
recibir, pero no producir en nosotros. Añado que no
nos hemos de proponer otra cosa que llegar a ser personas de
bien, devotas, hombres piadosos, mujeres piadosas; en esto,
pues, hemos de trabajar; y si Dios quiere elevarnos a estas
perfecciones angélicas, también seremos buenos
ángeles; pero, entretanto, ejercitémonos
sencilla, humilde y devotamente en las pequeñas
virtudes, cuya adquisición ha propuesto Nuestro
Señor a nuestro esfuerzo y trabajo; como la
paciencia, la bondad, la mortificación del
corazón, la humildad, la obediencia, la pobreza, la
castidad, la amabilidad con el prójimo, el sufrir sus
imperfecciones, la diligencia, el santo fervor.
Dejemos,
pues, de buen grado, las sublimidades a las almas muy
encumbradas: nosotros no merecemos un lugar tan alto en el
servicio de Dios; dichosos seremos, si le servimos en la
cocina, en la despensa, de lacayos, de mozos de cuerda, de
camareros; es cosa de su incumbencia, si le parece bien
llamarnos a su cámara y a su consejo privado.
Sí, Filotea, porque este Rey de la gloria, no
recompensa a sus servidores según la dignidad del
cargo que ocupan, sino según el amor y la humildad
con que los desempeñan. Saúl, mientras iba en
busca de los asnos de su padre, encontró el reino de
Israel; Rebeca, mientras daba de beber a los camellos de
Abrahán, llegó a ser esposa de su hijo; Rut,
cogiendo espigas, detrás de los segadores de Booz, y
recostándose a sus pies, fue llamada a su lado y fue
hecha esposa suya. Ciertamente, las pretensiones muy
elevadas de cosas extraordinarias están, en gran
manera, expuestas a ilusiones, engaños y falsedades,
y ocurre algunas veces que los que se imaginan ser
ángeles, no son ni siquiera hombres de bien, y que,
en realidad, hay más grandeza en las palabras y en
los términos que emplean, que en el sentimiento y en
las obras. No obstante, nada hemos de despreciar ni censurar
temerariamente, sino que, sin dejar de bendecir a Dios por
el encumbramiento de los demás, permanezcamos
humildemente en nuestro camino, más bajo, pero
más seguro, menos excelente, pero más de
acuerdo con nuestra insuficiencia y pequeñez, y, si
perseveramos humilde y fielmente en él, Dios nos
levantará a grandezas más sublimes.
CAPÍTULO
III
DE LA
PACIENCIA
«Es
menester que tengáis paciencia, para que, cumpliendo
la voluntad,, de Dios, alcancéis su promesa»,
dice el Apóstol. Sí, porque, como había
dicho el Salvador, «en vuestra paciencia,
poseeréis vuestras almas». Este es el gran bien
del hombre, Filotea: poseer su alma; y, conforme es
más perfecta nuestra paciencia, más
perfectamente también poseemos nuestras almas.
Recuerda, con frecuencia, que Nuestro Señor nos ha
salvado sufriendo y aguantando, y que, así mismo,
nosotros hemos de conseguir nuestra salvación con los
sufrimientos y aflicciones, aguantando las injurias,
contradicciones y penas, con toda la suavidad que nos sea
posible.
No
limites tu paciencia a tal o cual clase de injurias y de
aflicciones, sino extiéndela universalmente a todas
las que Dios te envíe o permita que te sobrevengan.
Algunos hay que sólo quieren sufrir las tribulaciones
que son honrosas, como, por ejemplo, ser heridos o caer
prisioneros en la guerra, ser maltratados a causa de su fe,
empobrecerse por algún pleito después de
haberlo ganado; mas éstos no aman la
tribulación, sino la honra que acarrea. El verdadero
paciente y siervo de Dios, de la misma manera sufre las
tribulaciones vinculadas a la ignominia, que las honrosas.
Ser despreciado, reprendido y acusado por los malos, no es
sino dulzura para un hombre de carácter; pero ser
reprendido, acusado y maltratado por las personas de bien,
por los amigos, por los padres, he aquí donde
está el mérito. Es más digna de estima
la mansedumbre con que San Carlos Borromeo soportó,
durante mucho tiempo, las públicas reprensiones que
un gran pecador, de una Orden extremadamente reformada,
lanzaba contra él desde los púlpitos, que la
paciencia con que toleró los ataques de todos los
demás. Porque, así como las picaduras de
abejas escuecen más que las de las moscas, así
el daño que recibimos de las personas buenas y la
contradicción de que éstas nos hacen objeto,
son más insoportables que las de los demás, y
ocurre, con frecuencia, que dos hombres de bien, llenos de
buena intención, con motivo de diversidad de
opiniones, se causan mutuamente grandes contradicciones y
persecuciones.
Seas
paciente, no sólo en lo más grande y principal
de las aflicciones que te sobrevengan, sino también
en lo accesorio y accidental que de ellas se deriva. Muchos
querrían soportar algún mal, pero sin sentir
la molestia. «Poco me importaría, dice uno,
haberme empobrecido, si no fuese porque esto me
privará de servir a mis amigos, de educar a mis hijos
y de vivir de una manera honrosa, según
quisiera». Y otro dirá: «Yo no me
apuraría, si no fuese porque el mundo creerá
que esto ha ocurrido por mi culpa». Otro
fácilmente se conformaría con paciencia, que
hablasen mal de él, con tal que nadie creyese al
calumniador. Otros quisieran sufrir algunas molestias del
mal, pero no todas; no se impacientan, dicen, porque
están enfermos, sino porque no tienen recursos para
hacerse cuidar, o bien por las molestias que causan a los
que les rodean. Mas yo digo, Filotea, que hay que tener
paciencia, no sólo para estar enfermo, sino
también para tener la enfermedad que Dios quiere,
donde quiere, entre las personas que quiere y con las
incomodidades que quiere, y así de todas las otras
tribulaciones.
Cuando
te sobrevenga algún mal, procura combatirlo,
según la voluntad de Dios, porque obrar de otra
manera sería tentar a su divina Majestad; pero,
después, espera con entera resignación el
resultado que Dios permita. Si Él quiere que los
remedios venzan al mal, le darás las gracias con
humildad; pero, si le place que el mal sea más fuerte
que los remedios, bendícelo también con
paciencia. Soy del parecer de San Gregorio: si eres acusada
justamente, por alguna culpa que hayas cometido,
humíllate mucho, reconócete merecedora de la
acusación que contra ti se ha hecho. Si la
acusación es falsa, excúsate con dulzura,
negando que seas culpable, porque te obliga a ello la
reverencia a la verdad y la edificación del
prójimo; pero, si después de tu verdadera y
legítima excusa, persiste la acusación, no te
perturbes en manera alguna, ni te esfuerces en hacer aceptar
tus razones, porque, una vez hayas cumplido tu deber con la
verdad, has de cumplirlo con la humildad.
Quéjate
tan poco como puedas de las injurias que te hagan, porque es
cosa cierta que, ordinariamente, el que suele quejarse peca,
porque el amor propio siempre exagera las injurias; pero,
sobre todo, no te lamentes en presencia de personas
inclinadas a indignarse y a pensar mal. Y, si fuese
conveniente desahogarte con alguien, ya para poner remedio a
la ofensa, ya para calmar tu espíritu, hazlo con
almas tranquilas y que amen mucho a Dios, porque de otra
manera, en lugar de dar descanso a tu corazón,
provocarán mayores inquietudes; en lugar de arrancar
la espina que te hiere, la clavarán más
fuertemente en tu pie.
Muchos,
cuando están enfermos, o cuando han sido afligidos o
agraviados por alguien, se guardan mucho de quejarse y de
mostrarse resentidos, porque les parece (y es cierto) que
esto denota evidentemente una gran falta de energía y
de generosidad; pero desean, en gran manera, y buscan, con
mil rodeos, que todos les compadezcan, que tengan mucha
lástima de ellos y que se les considere, no solamente
afligidos, sino también pacientes y animosos. Claro
está que esto es paciencia, pero es una paciencia
falsa, la cual bien considerada, no es más que una
muy delicada y muy fina ambición y vanidad:
«Estos tienen gloria -dice el Apóstol---, pero
no delante de Dios». El verdadero paciente no se queja
del mal, ni desea que le compadezcan; habla de él con
ingenuidad, verdad y sencillez, sin lamentarse, sin
quejarse, sin exagerar, y, si le compadecen, lo tolera
pacientemente, a no ser que le compadezcan de un mal que no
tiene; porque, entonces, declara modesta-rente que no padece
mal, y, si lo tiene, permanece con aire tranquilo entre la
verdad y la paciencia, reconociéndolo, pero sin
quejarse.
En
las contradicciones que sobrevendrán en el ejercicio
de la devoción (porque no faltarán),
acuérdate de las palabras de Nuestro Señor:
«La mujer, cuando está de parto padece grandes
angustias; pero, al ver a su hijo nacido, las olvida, porque
ha dado un hombre al mundo>. Tú has concebido en
tu alma al más digno hijo del mundo, que es
Jesucristo. Antes de que se forme del todo, forzosamente
sentirás angustias: pero ten valor, porque, una vez
pasados estos sufrimientos, te -quedará el gozo
eterno de haber dado a luz un tal hombre; Él
permanecerá enteramente formado en tu corazón
y en tus obras por la imitación de su vida.
Cuando
estés enferma, ofrece todos tus dolores, penas, y
angustias al servicio de Nuestro Señor, y
suplícale que los una a los tormentos que
sufrió por ti. Obedece al médico: toma los
medicamentos, los alimentos y los otros remedios por amor de
Dios y acuérdate de la hiel que tomó por amor
nuestro. Desea curarte para servirle; pero no rehúses
agravarte para obedecerle, y disponte a morir, si así
le place, para alabarle y gozarle. Acuérdate de que
las abejas, cuando fabrican la miel, viven y se alimentan de
cosas muy amargas y que, de la misma manera, nosotros nunca
podemos hacer actos de mayor dulzura y paciencia, ni
arreglar mejor la miel de las más excelentes
virtudes, que comiendo el pan de amargura y viviendo de
angustias. Y, así como la miel extraída de la
flor del tomillo, hierba pequeña y amarga, es la
mejor de todas, así la virtud, que se ejercita en las
amarguras de las más viles, bajas y abyectas
tribulaciones, es la más excelente de todas.
Contempla,
con frecuencia, con los ojos interiores, a Jesucristo
crucificado, despojado, blasfemado, calumniado, abandonado,
y, finalmente, saturado de toda clase de angustias, de
tristezas y de trabajos, y considera que todos tus
sufrimientos, ni en calidad, ni en cantidad, no pueden, en
manera alguna, compararse con los suyos, y que jamás
padecerás tú por Él cosa alguna, que
equivalga a lo que Él ha sufrido por ti. Considera
las penas que sufrieron los mártires y las que sufren
tantas personas, más graves, sin comparación,
que las que a ti te afligen, y di: « ¡ Ah,
Señor!, mis trabajos son consuelos y mis penas son
rosas, comparadas con las de aquellas personas que viven en
una muerte continua, sin socorro, sin asistencia, sin
alivio, cargadas de aflicciones infinitamente mayores».
CAPÍTULO
IV
DE LA
HUMILDAD EXTERIOR
«Pide
prestado -dijo Eliseo a una pobre viuda- y toma muchas
jarras vacías y llénalas de aceite». Para
recibir la gracia de Dios en nuestros corazones, es menester
tenerlos vacíos de nuestra propia gloria. El
cernícalo, chillando y mirando de prisa las aves, las
espanta, por una propiedad y virtud secreta que tiene; por
esto las palomas lo aprecian más que a todas las
otras aves y viven seguras cerca de él. Así la
humildad ahuyenta a Satanás, y, por esto, todos los
santos, y, particularmente el Rey de los santos y su Madre,
siempre han honrado y amado esta digna virtud más que
ninguna otra entre todas las virtudes morales.
Dicen
que es vana la gloria que el hombre se da a sí mismo,
o porque no está en nosotros, o porque está en
nosotros, pero no es nuestra; o porque está en
nosotros y es nuestra, pero no merece la pena de que nos
gloriemos de ella. La nobleza del linaje, el favor de los
magnates, el aura popular, son cosas que no están en
nosotros, sino en nuestros antepasados. Algunos se muestran
orgullosos y arrogantes, porque cabalgan sobre un bravo
corcel, o porque llevan un penacho de plumas en su sombrero,
o porque visten lujosamente; mas, ¿quién no ve
que esto es una locura? Porque, si en estas cosas hay
gloria, ésta pertenece al caballo, al ave o al
sastre; y ¿qué mezquindad no supone tomar
prestada la estima a un caballo, a unas plumas o a unos
adornos? Otros presumen y se contemplan por unos bigotes muy
afilados, por una barba bien cortada, por unos cabellos
ondulados, porque tienen las manos finas, porque saben
bailar, jugar y cantar; pero, ¿no supone mucha pobreza
de carácter el querer aumentar el propio valer y
acrecentar la propia reputación con cosas tan
frívolas y vanas? Otros, por un poco de ciencia que
poseen, quieren ser honrados y respetados de todos, como si
todos hubiesen de ir a su escuela y tenerlos por maestros;
por esto les llaman pedantes. Otros se pavonean, al
considerar su hermosura, y creen que todo el mundo les hace
la corte. Todo esto es extremadamente vano, necio e
impertinente, y la gloria, que estas cosas tan
frívolas reportan, se llama vana, estúpida,
frívola.
El
bien verdadero se conoce como el verdadero bálsamo;
el bálsamo se prueba echándolo al agua; si va
al fondo y queda debajo, señal es de que es
más fino y de más precio. Así, para
conocer si un hombre es de verdad prudente, sabio, generoso,
noble, se ha de ver si estas virtudes tienden a la humildad,
a la modestia y a la sumisión, porque entonces son
verdaderos bienes; pero, si sobrenadan y quieren aparecer,
serán bienes tanto menos verdaderos, cuanto
más aparentes. Las perlas que se forman o se
crían en medio de los vientos y del ruido de los
truenos sólo tienen la corteza de perlas y
están vacías de sustancia; así
también las virtudes y las buenas cualidades de los
hombres, forjadas y alimentadas en el orgullo, en la
soberbia y en la vanidad, no tienen sino una apariencia de
bien y carecen de sustancia, de meollo y de solidez.
Los
honores, las categorías y las dignidades son -como el
azafrán, que se hace mejor y más abundante,
cuanto es más pisoteado. Cuando el hombre se
contempla pierde el honor de la belleza; la hermosura, para
ser graciosa, ha de ser descuidada; la ciencia nos deshonra,
cuando nos hincha y cuando degenera en pedantería. Si
somos exigentes en lo que se refiere a las
categorías, a las procedencias, a los títulos,
además de exponer nuestras cualidades al examen, a la
discusión y a la contradicción, las
envilecemos y las hacemos despreciables, porque el honor,
que es una gran cosa cuando es recibido como un don,
degenera cuando es exigido, buscado o mendigado. Cuando el
pavo real se hincha, para verse, y levanta sus hermosas
plumas, se eriza, y muestra por todas partes lo que tiene de
poco honroso; las flores, que plantadas en tierra son
bellas, se marchitan si son manoseadas. Y, así como
aquellos que huelen la mandrágora de lejos y como de
paso, perciben mucha suavidad, pero si la huelen de cerca y
durante mucho rato, e adormecen y enferman, así los
honores comunican un dulce consuelo al que los huele a
distancia y a la ligera, sin entretenerse ni pararse en
ello; pero los que se aficionan y se recrean en ellos son en
gran manera dignos de censura y vituperio.
El
deseo y el amor de la virtud comienza a hacernos virtuosos;
pero el deseo y el amor de los honores comienza a hacernos
despreciables y vituperables. Los espíritus nobles no
se entretienen en estas pequeñeces de lugares, de
honores, de reverencias; tienen otras cosas en qué
ocuparse; esto es propio de espíritus
frívolos. El que puede tener perlas no se carga de
conchas, y los que aspiran a la virtud no se desviven por
los honores. Claro está que todos pueden permanecer
en su categoría y mantenerse en ella, sin faltar a la
humildad; pero esto se ha de hacer con descuido y sin
exigencias, porque, así como los que vienen del
Perú, además de oro y plata traen monos y
papagayos, porque son baratos y no pesan mucho en la nave;
asimismo los que aspiran a la virtud, han de mantenerse en
la categoría y en los honores que les corresponden,
con tal, empero, que esto no sea a costa de demasiados
cuidados y atenciones, ni nos llene de turbaciones o
inquietudes, ni sea causa de disensiones o riñas. No
hablo de aquellos cuya dignidad es pública, ni de
ciertas circunstancias particulares de las que pueden
seguirse notables consecuencias, porque, en esto, es
menester que cada uno conserve lo que le pertenece, pero con
una prudencia y discreción que esté hermanada
con la caridad y la cortesía.
CAPÍTULO
V
DE LA
HUMILDAD MÁS INTERIOR
Pero
tú, Filotea, deseas que te conduzca más
adelante por el camino de la humildad, pues todo lo que te
he dicho es más bien prudencia que humildad; ahora,
pues, iremos más allá. Muchos no quieren ni se
atreven a pensar y a considerar las gracias que Dios les ha
hecho en particular, temerosos de sentir vanagloria y
complacencia, en lo cual, ciertamente, se engañan,
porque, corno dice el gran Doctor Angélico, el
verdadero medio para alcanzar el amor de Dios, es la
consideración de sus beneficios; cuanto más
los conozcamos, más le amaremos; y como que los
beneficios particulares mueven más que los comunes,
deben ser considerados con más atención.
A la
verdad, nada Puede humillarnos tanto delante de la
misericordia de Dios como la consideración de sus
beneficios, ni nada puede humillarnos tanto delante de su
justicia como la multitud de nuestros pecados. Consideremos
lo que Él ha hecho por nosotros y lo que nosotros
hemos hecho contra Él, y, así como pensamos
minuciosamente en nuestros pecados, pensemos también
minuciosamente en sus gracias. No hemos de temer que lo que
Dios ha puesto de bueno en nosotros nos hinche, mientras
tengamos bien presente esta verdad: que nada de cuanto hay
en nosotros es nuestro. ¡Ah, Señor! ¿Dejan
los mulos de ser animales pesados y mal olientes, por el
hecho de llevar a cuestas los muebles preciosos y perfumados
del príncipe? ¿Qué tenemos de bueno, que
no hayamos recibido? Y, si lo hemos recibido, ¿por
qué nos hemos de ensoberbecer? Al contrario, la
consideración viva de las gracias recibidas nos
humilla, pues el conocimiento engendra el reconocimiento.
Pero, si, al recordar las gracias que Dios nos ha hecho, nos
halaga cierta vanidad, el remedio infalible será
acudir a la consideración del nuestras ingratitudes,
de nuestras imperfecciones, de nuestras miserias. Si
meditamos lo que hemos hecho cuando Dios no ha estado con
nosotros, harto veremos que lo que hemos practicado cuando
ha estado con nosotros no es según nuestra manera de
ser ni de nuestra propia cosecha; mucho nos alegraremos
ciertamente de poseerlo, pero no glorificaremos por ello
más que a Dios, porque Él es el único
autor. Así la Santísima Virgen confiesa que
Dios ha hecho en ella cosas grandes, pero lo reconoce
únicamente para humillarse y glorificar a
Dios:«Mi alma, dice, glorifica al Señor, porque
ha hecho en mí cosas grandes».
Decimos
muchas veces que no somos nada, que somos la misma miseria y
el desecho del mundo, pero mucho nos dolería que
alguien hiciese suyas nuestras palabras y anduviese diciendo
de nosotros lo que somos. Al contrario, hacemos como quien
huye y se esconde, para que vayan en pos de nosotros y nos
busquen: fingimos que queremos ser los últimos y que
queremos ocupar el postrer lugar en la mesa, pero con el fin
de pasar honrosamente al primero. La verdadera humildad no
toma el aire de tal y no dice muchas palabras humildes,
porque no sólo desea ocultar las otras virtudes, sino
también y principalmente desea ocultarse ella misma,
y, si le fuese lícito mentir, fingir o escandalizar
al prójimo, haría actos de arrogancia y de
soberbia, para esconderse y vivir totalmente desconocida y a
cubierto.
He
aquí, pues, mi consejo, Filotea: o no digamos
palabras de humildad, o digámoslas con un verdadero
sentimiento interior, de acuerdo con lo que pronunciamos
exteriormente; no bajemos nunca nuestros ojos, si no es
humillando nuestro corazón; no aparentemos que
deseamos ser los últimos, si no lo queremos ser de
verdad. Conceptúo tan general esta regla, que no hago
ninguna excepción, únicamente añado
que, a veces, exige la cortesía que demos la
preferencia a aquellos que evidentemente no la
tendrían, pero esto no es ni doblez ni falsa
humildad, porque entonces el solo ofrecimiento del lugar
preferente es un comienzo de honor, y, puesto que no es
posible darlo todo entero, no es ningún mal darles su
comienzo. Lo mismo digo de algunas palabras de honor o de
respeto, que, en rigor, no parecen verdaderas, pero lo son,
con tal que el corazón de aquel que las pronuncia
tenga intención de honrar y respetar a aquel a quien
las dice; porque, aunque ciertas palabras signifiquen con
algún exceso lo que decimos, no faltamos, al
decirlas, cuando la costumbre lo requiere. Es verdad que,
además de esto, quisiera yo que nuestras palabras se
ajustasen, en la medida de lo posible, a nuestros afectos,
para practicar siempre, en todo, la humildad y el candor del
corazón. El hombre humilde preferirá que otro
diga de él que es miserable, que no es nada, que no
vale nada, a decirlo él de sí mismo; o, a lo
menos, cuando sepa que lo dicen, procurará no
desvanecerlo, y consentirá en ello de buen grado;
porque, puesto que él así lo cree firmemente,
está contento de que los demás sean del mismo
parecer.
Muchos
dicen que dejan la oración mental para los perfectos,
porque no son dignos de ella; otros dicen que no se atreven
a comulgar con frecuencia, porque no se sienten lo bastante
puros; otros añaden que a causa de su miseria y
fragilidad, temen deshonrar la devoción si la
practican; otros se niegan a emplear sus talentos en el
servicio de Dios, porque, según afirman, conocen su
flaqueza y tienen miedo de ensoberbecerse si son
instrumentos de algún bien, y temen quedarse a
obscuras, mientras iluminan a los demás. Todas estas
cosas no son sino artificios y una especie de humildad no
solamente falsa, sino además, maligna, con la cual
pretenden, tácita y sutilmente, desacreditar las
cosas de Dios, o, a lo menos, cubrir, con la capa de
humildad el amor propio que hay en su parecer, en su
carácter y en su indolencia. «Pide al
Señor una señal de lo alto de los cielos o de
lo profundo del mar», dijo el Profeta al desdichado
Acaz, y él respondió: «No la
pediré ni tentaré al Señor».
*¡Oh, el malvado! Finge una gran reverencia a Dios, y,
con el pretexto de humildad, se excusa de aspirar a la
gracia, a la cual le invita la divina bondad. Pero,
¿quién no ve que, cuando Dios quiere hacernos
mercedes, es orgulloso el rehusarlas?; ¿que los dones
de Dios nos obligan a aceptarlos y que la humildad consiste
en obedecer y en seguir tan de cerca, como es posible, sus
deseos? Pues bien, el deseo de Dios es que seamos perfectos,
uniéndonos a Él e imitándole cuanto
podamos. El orgulloso que se fía de sí mismo,
tiene mucha razón cuando no quiere emprender nada;
pero el humilde es tanto más animoso, cuanto
más impotente se reconoce, y, cuanto más
miserable se considera, tanto más valiente es, porque
tiene puesta toda su confianza en Dios, que se complace en
hacer resplandecer su omnipotencia en nuestra debilidad y
levantar su misericordia sobre el pedestal de nuestra
miseria. Conviene, pues, que nos atrevamos humilde y
santamente a hacer todo lo que aquellos que dirigen a
nuestra alma creen conforme con nuestro aprovechamiento.
Pensar
que sabemos lo que ignoramos, es una necedad evidente;
querer sentar plaza de sabios, en lo que no conocemos, es
una vanidad intolerable; en cuanto a mí, no quisiera
hacer el sabio en lo que sé, ni tampoco hacer el
ignorante. Cuando la caridad lo exige, se ha de comunicar
sinceramente y con dulzura al prójimo, no sólo
lo que necesita para su instrucción, sino
también lo que le es útil para su consuelo;
porque la humildad que esconde y encubre las virtudes, para
conservarlas, las hace, no obstante, aparecer, cuando la
caridad lo exige, para aumentarlas, engrandecerlas y
perfeccionarlas. En esto, se parece a aquel árbol de
la isla de Tilos, que, por la noche, oprime y mantiene
cerradas sus bellas flores rojas, y no las abre hasta que
sale el sol, de manera que los habitantes de aquella
región dicen que estas flores duermen de noche.
Asimismo, la humildad cubre y oculta todas nuestras virtudes
y perfecciones humanas, y nunca las deja entrever, si no es
obligada por la caridad, la cual, siendo, como es, una
virtud no humana, sino celestial, no moral, sino divina, es
el verdadero sol de todas las virtudes, sobre las cuales
siempre ha de dominar, por lo que la humildad que
daña a la caridad es indudablemente falsa.
Yo
no quiero ni hacer el necio ni hacer el sabio, porque si la
humildad me impide hacer el sabio, la simplicidad y la
sinceridad me impiden hacer el necio; y, si la vanidad es
contraria a la humildad, el artificio, la afectación
y la ficción son contrarias a la simplicidad y a la
sinceridad. Y, si algunos siervos de Dios se han fingido
locos, para hacerse más abyectos a los ojos del
mundo, es menester admirarles, pero no imitarles, pues ellos
han tenido motivos para llegar a estos excesos, los cuales
son tan particulares y extraordinarios, que nadie ha de
sacar de ello consecuencias para sí. Y, en cuanto a
David, si bien danzó y saltó delante del Arca
de la Alianza algo más de lo que convenía a su
condición, no lo hizo porque quisiera parecer loco,
sino que, sencillamente, y sin artificio, hizo aquellos
movimientos exteriores, en consonancia con la extraordinaria
y desmesurada alegría que sentía en su
corazón. Es verdad que, cuando Micol, su esposa, se
lo echó en cara, como si fuese una locura, él
no se afligió al verse humillado, sino que,
perseverando en la ingenua y verdadera demostración
de su gozo, dio testimonio de que estaba contento de recibir
un poco de oprobio por su Dios. Por lo tanto, te digo que,
si por los actos de una verdadera e ingenua devoción,
te tienen por vil, abyecta o loca, la humildad hará
que te alegres de este feliz oprobio, la causa del cual no
serás tú, sino los que te lo infieran.
CAPÍTULO
VI
QUE LA
HUMILDAD HACE QUE AMEMOS NUESTRA PROPIA
ABYECCIÓN
Voy
más lejos, Filotea, y te digo que, en todo y por
todo, ames tu propia abyección. Pero me dirás:
¿qué significa esto: ama tu propia
abyección? En latín, abyección quiere
decir humildad, y humildad quiere decir abyección, de
manera que, cuando Nuestra Señora, en su sagrado
cántico, dice: «porque el Señor ha visto
la humildad de su sierva, todas las generaciones me
llamarán bienaventurada », quiere decir que el
Señor ha visto de buen grado su abyección,
vileza y bajeza, para colmarla de gracias y favores. Con
todo hay mucha diferencia entre la virtud de la humildad y
la abyección, porque la abyección es la
pequeñez, la bajeza y la vileza que hay entre
nosotros, sin que nosotros pensemos en ello; pero la virtud
de la humildad es el verdadero conocimiento y voluntario
reconocimiento de nuestra abyección. Ahora bien, el
punto más encumbrado de esta humildad consiste, no
sólo en reconocer voluntariamente nuestra
abyección, sino en amarla y en complacernos en ella,
y no por falta de ánimos y de generosidad, sino para
más ensalzar a la divina Majestad y más amar
al prójimo en comparación con nosotros mismos.
Esta es la cosa a la cual te exhorto, y, para que lo
entiendas mejor, sepas que entre los males que padecemos
unos son abyectos y otros honrosos. Muchos se conforman con
los honrosos, pero nadie quiere acomodarse a los abyectos.
He aquí un devoto ermitaño harapiento y
tiritando de frío: todos honran su hábito
deshecho y compadecen su austeridad; pero si se trata de un
pobre obrero, de un pobre joven, de una pobre muchacha, son
despreciados, objeto de burla; su pobreza es abyecta. Un
religioso recibe resignadamente una áspera
reprensión de su superior, o un hijo la recibe de su
padre: todo el mundo llamará a esto
mortificación, obediencia y prudencia; un caballero o
una dama sufrirán lo mismo de parte de otra persona,
y, aunque la soporten por amor de Dios, todos les
motejarán de cobardía y poquedad de
espíritu. Una persona tiene un cáncer en un
brazo y otra en la cara: aquélla sólo tiene el
mal, pero ésta, además del mal, padece el
menosprecio, el desdén y la abyección. Pues
bien, te digo ahora que no sólo hemos de apreciar el
mal, lo cual se hace con la virtud de la paciencia, sino
también la abyección, lo cual se hace con la
virtud de la humildad.
También
hay virtudes abyectas y virtudes honrosas: la paciencia, la
mansedumbre, la simplicidad y la humildad son virtudes que
los mundanos tienen por viles y abyectas; al contrario,
tienen en mucha estima la prudencia, el valor, la
liberalidad. Y, aun entre los actos de una misma virtud,
unos son objeto de desprecio y otros de honra: dar limosna y
perdonar las injurias son actos de caridad; el primero es
honrado por todos, y el segundo despreciable a los ojos del
mundo. Un joven noble o una doncella que no se entreguen al
desorden de una pandilla desenfrenada en el hablar, en el
jugar, en el bailar, en el beber, en el vestir, serán
criticados o censurados por los demás y su modestia
será calificada de hipocresía o
afectación: pues bien, amar esto es amar la propia
abyección. He aquí otra manera de amarla:
vamos a visitar a los enfermos; si soy enviado al más
miserable, esto será para mi un motivo de
abyección, según el mundo, y, por esto mismo
la amaré; si me envían a visitar a los de
categoría, será una abyección
según el espíritu, porque en ello no hay tanta
virtud ni mérito ' y por lo tanto, amaré esta
abyección. El que cae en medio de la calle,
además del daño que se hace, es objeto de
burla; es menester querer esta abyección. Hay faltas
en las cuales no se encuentra otro mal que la
abyección; la humildad no nos exige que las cometamos
expresamente, pero exige que no nos inquietemos cuando las
hayamos cometido: tales son ciertas ligerezas, faltas de
educación, descuidos, las cuales hay que evitar, por
razones de buena educación y de prudencia, antes de
que se cometan; pero una vez cometidas, hay que aceptar la
abyección que de ellas proviene, y hay que aceptarla
de buen grado, para practicar la santa virtud de la
humildad. Más aún: si me he dejado llevar de
la ira o de la disolución, hasta decir palabras
inconvenientes, que han redundado en ofensa de Dios o del
prójimo, me arrepentiré vivamente y
estaré afligido de la ofensa, la cual
procuraré reparar de la mejor manera que me sea
posible; pero no dejaré de aceptar la
abyección y el desprecio que de ello me sobrevengan,
y, si una cosa pudiese separarse de la otra,
rechazaría enérgicamente el pecado y me
quedaría humildemente con la abyección.
Pero,
aunque amemos la abyección que proviene del mal, es
menester que, con recursos apropiados y legítimos,
pongamos remedio al mal que la ha causado, sobre todo cuando
el mal acarrea consecuencias. Si tengo en el rostro
algún mal repugnante, procuraré su
curación, pero sin olvidar la abyección que
trae consigo. Si he hecho alguna cosa que no ofende a
nadie, no me disculparé de ella, porque, aunque esta
cosa sea algún defecto, no es permanente, y no
podría excusarme de ella sino por la abyección
que de la misma procede y esto es lo que la humildad no
puede permitir; mas, si, por descuido o por dejadez, he
ofendido o escandalizado a alguno, repararé la ofensa
con alguna excusa, verdadera, porque el mal es permanente y
la caridad obliga a borrarlo. Por lo demás, suele
ocurrir, alguna vez, que la caridad exija que pongamos
remedio a la abyección, por el bien del
prójimo, al cual es necesaria nuestra
reputación; mas en este caso, una vez quitada nuestra
abyección de los ojos del prójimo para evitar
el escándalo, conviene guardarla y ocultarla dentro
del corazón, para que se edifique de ello.
Pero
tú, Filotea, quieres saber cuáles son las
mejores abyecciones. Te digo claramente que las más
provechosas al alma y las más agradables a Dios son
las que nos vienen al azar o por la condición de
nuestra vida, porque éstas no son escogidas por
nosotros, sino que se reciben tal como las envía
Dios, cuya elección siempre es mejor que la nuestra.
Y, si hay que escoger, las más grandes son las
mejores, y son más grandes las contrarías a
nuestras inclinaciones, con tal que cuadren con nuestra
profesión, porque, digámoslo de una vez para
siempre, nuestra elección echa a perder y disminuye
casi todas nuestras virtudes. ¡Ah! ¿Quién
nos hará la gracia de que podamos decir con aquel
gran rey: «He preferido ser abyecto en la casa del
Señor a habitar en los palacios de los
pecadores?». Nadie puede decirlo, amada Filotea, fuera
de Aquel que, para ensalzarnos, vivió y murió
de manera que fue «el oprobío de los hombres y
la abyección de la plebe».
Te
he dicho muchas cosas que te parecerán duras cuando
las consideres; pero, créeme: cuando las practiques,
serán para ti más agradables que el
azúcar y la miel.
CAPÍTULO
VII
COMO SE HA
DE CONSERVAR EL BUEN NOMBRE PRACTICANDO, A LA VEZ, LA
HUMILDAD
La
alabanza, el honor y la gloria no se tributan a un hombre
por una simple virtud, sino por una virtud excelente.
Porque, por la alabanza, queremos persuadir a los
demás que aprecien la excelencia de alguien; por el
honor, significamos que le apreciamos nosotros mismos, y la
gloria, a mi modo de ver, no es otra cosa que cierto
resplandor de la reputación, que irradia del conjunto
de muchas alabanzas y honores; de manera que las alabanzas y
los honores son como las piedras preciosas, de cuyo conjunto
Irradia la gloria como un brillo. Ahora bien, la humildad,
que no puede sufrir que nosotros nos creamos más
encumbrados o que hemos de ser preferidos a los otros,
tampoco puede permitir que busquemos la alabanza, el honor y
la gloria, que se deben a la sola excelencia. Con todo, la
humildad está conforme con la advertencia del Sabio,
el cual nos dice que «tengamos cuidado de nuestra
fama», porque el buen nombre es la estima, no de
excelencia alguna, sino de una simple y común
probidad e integridad de vida, cuyo conocimiento en nosotros
no impide la humildad como tampoco impide que deseemos la
reputación de ello. Es verdad que la humildad
despreciaría la buena fama, si la caridad no tuviese
necesidad de ella; mas, porque ella es uno de los
fundamentos de la sociedad humana, y porque, sin ella, no
sólo somos inútiles sino también
perjudiciales al público, por este motivo, a causa
del escándalo que aquel recibiría, exige la
caridad, y la humildad admite, que deseemos y conservemos
cuidadosamente la buena fama.
Además,
así como las hojas de los árboles, que de suyo
no son muy apreciables, no obstante sirven mucho, no
sólo para embellecerlos, sino también para
conservar los frutos mientras son tiernos; de la misma
manera, la buena fama, que, de suyo no es cosa muy deseable,
no deja de ser muy útil, no solamente para el ornato
de nuestra vida, sino también para la
conservación de nuestras virtudes, especialmente de
las virtudes todavía tiernas y débiles: la
obligación de conservar nuestra reputación y
de ser tales cuales se nos reputa, nos obliga a un esfuerzo
generoso, a una firme y dulce violencia. Conservemos
nuestras virtudes, mi querida Filotea, porque son agradables
a Dios, grande y soberano objeto de nuestras acciones; mas,
así como los que quieren guardar los frutos no se
contentan con confitarlos, sino que los ponen en recipientes
propios para la conservación de los mismos, de la
misma manera, aunque el amor divino sea el principal
conservador de nuestras virtudes, podemos, no obstante,
emplear el buen nombre, como muy útil y propicio para
dicha conservación.
No
es menester, empero, que seamos demasiado celosos, exactos y
puntillosos en esta conservación, porque los que son
demasiado delicados y sensibles en lo tocante a su
reputación, se parecen a los que toman medicamentos
para toda clase de pequeñas molestias: éstos,
al querer conservar su salud, lo pierden todo, y aquellos,
queriendo conservar tan delicadamente la reputación,
la pierden completamente, ya que con este desasosiego se
vuelven extraños, quejumbrosos, insoportables, y
provocan la malicia de los murmuradores.
El
disimular y el despreciar la injuria y la calumnia es
ordinariamente un remedio mucho más saludable que el
resentimiento, la contestación y la venganza: el
desprecio esfuma aquellas ofensas; pero el que se enoja,
parece que las confiesa. Los cocodrilos no dañan sino
a los que los temen, y la maledicencia, únicamente a
los que la llevan a mal.
El
temor excesivo de perder la fama arguye una gran
desconfianza del fundamento de la misma, que es la verdad de
una vida buena. Los pueblos que, sobre los grandes
ríos, sólo tienen puentes de madera, temen que
se los lleve la corriente, al sobrevenir cualquiera
inundación; pero los que tienen los puentes de
piedra, sólo temen las inundaciones extraordinarias.
Asimismo los que tienen una alma sólidamente
cristiana desprecian, ordinariamente, los desbordamientos de
las lenguas injuriosas; pero los que se sienten
débiles, se inquietan por cualquier cosa. Es cierto,
Filotea, que el que quiere tener buena reputación
delante de todos, la pierde totalmente, y merece perder el
honor el que quiere recibirlo de los que están
verdaderamente infamados y deshonrados por los vicios.
La
reputación es como una señal que da a, conocer
donde habita la virtud; la virtud, por lo tanto, ha de ser,
en todo y por todo, preferida. Por esto, si alguien te dice:
eres un hipócrita, porque practicas la
devoción, o bien te tiene por persona apocada, porque
has perdonado una injuria, ríete de todo esto.
Porque, aparte de que estos juicios los hacen personas
necias y estúpidas, aunque hubieses de perder la fama
no deberías dejar la virtud ni desviarte de su
camino, porque se ha de preferir el fruto a las hojas, es
decir el bien interior y espiritual a todos los bienes
exteriores. Hemos de ser celosos, pero no idólatras
de nuestro buen nombre, y, si no conviene ofender el ojo de
los buenos, tampoco hay que desear contentar el de los
malos. La barba es un adorno en el rostro del hombre, y los
cabellos en la cabeza de la mujer; si se arranca del todo el
pelo de la cara y el cabello de la cabeza,
difícilmente volverán a aparecer; pero, si tan
sólo se corta el cabello y se afeita la barba, pronto
el pelo volverá a crecer y saldrá más
fuerte y más áspero. De la misma manera,
aunque la fama sea cortada, o del todo afeitada, por la
lengua de los maldicientes, que, como dice David, «es
una navaja afilada», no es menester inquietarse, porque
pronto volverá a salir, no sólo tan bella como
antes, sino mucho más fuerte. Pero, si nuestros
vicios, nuestras felonías, nuestra mala vida, nos
quitan la reputación, será difícil que
jamás vuelva, porque ha sido arrancada de
raíz. Y la raíz de la buena fama es la bondad
y la probidad, la cual, mientras permanece en nosotros,
puede reproducir siempre el honor que le es debido.
Es
menester dejar aquella mala conversación, aquella
práctica inútil, aquella amistad
frívola, esta loca familiaridad, si esto perjudica a
la buena fama, porque vale más ésta que todas
cualesquiera vanas complacencias; pero, si, a causa del
ejercicio de la piedad, del adelanto en la perfección
y de la marcha hacia el bien eterno, murmuran, reprenden o
calumnian, dejemos que los mastines ladren contra la luna,
porque, si pueden levantar algún concepto
desfavorable a nuestra reputación y, de esta manera,
cortar a rape los cabellos y la barba de nuestra fama,
pronto renacerá ésta, y la navaja de la
maledicencia servirá a nuestro honor, como a la
viña sirve la podadera, por la cual aquélla
crece y ve multiplicados sus frutos.
Tengamos
siempre los ojos fijos en Jesucristo crucificado; caminemos
en su servicio, con confianza y simplicidad, pero prudente y
discretamente: Él será el protector de nuestra
reputación, y, si permite, que nos sea arrebatada,
será para procurarnos otra mejor o para hacernos
avanzar en la santa humildad, una sola onza de la cual vale
más que cien libras de honor. Si se nos recrimina
injustamente, opongamos tranquilamente la verdad a la
calumnia; si ésta persiste, perseveremos nosotros en
la humildad; dejando de esta manera nuestra
reputación, juntamente con nuestra alma, en manos de
Dios, no podremos asegurarla mejor. Sirvamos a Dios
«con buena o mala fama» a ejemplo de San Pablo,
para que podamos decir con David: « ¡ Oh Dios
mío !, por Ti he soportado el oprobio, y la
confusión ha cubierto mí faz».
Exceptúo, no obstante, ciertos crímenes tan
horribles e infames, cuya calumnia nadie debe tolerar,
cuando justamente puede disiparse, y también se han
de exceptuar ciertas personas de cuya buena
reputación depende la edificación de muchos,
pues, en estos casos, como enseñan los
teólogos, se ha de procurar, con sosiego, la
reparación de la injuria recibida.
CAPITULO
VIII
DE LA
AMABILIDAD PARA CON EL PRÓJIMO Y DE LOS REMEDIOS
CONTRA LA IRA
Él
santo Crisma, que, por tradición apostólica,
emplea la Iglesia en las confirmaciones y bendiciones,
está compuesto de aceite de olivo mezclado con
bálsamo, y representa las dos virtudes más
apreciadas que resplandecen en la sagrada persona de Nuestro
Señor, y que Él nos recomendó
singularmente, como si, por ellas, nuestro corazón
hubiese de estar especialmente consagrado a su servicio y
aplicado a su imitación: «Aprended de Mí,
que soy manso y humilde de corazón». La humildad
nos perfecciona con respecto a Dios, y la amabilidad con
respecto al prójimo. El bálsamo, que, como he
dicho, queda siempre debajo de todos los demás
licores, representa la humildad, y el aceite de oliva, que
siempre queda encima, representa la dulzura y la benignidad,
que sobrepuja todas las cosas y predomina entre las
demás virtudes, como flor que es de la caridad, la
cual, según San Bernardo, es perfecta cuando no
sólo es paciente, sino también amorosa y
benigna. Pero procura , Filotea, que este crisma
místico, compuesto de amabilidad y de humildad,
esté dentro de tu corazón; porque es uno de
los grandes artificios del enemigo hacer que muchos se
complazcan en las palabras y en los modales exteriores de
estas dos virtudes, y que, dejando de examinar sus afectos
interiores, se imaginen que son humildes y amorosos, sin que
lo sean en realidad, lo cual se conoce, porque, a pesar de
su ceremoniosa humildad y dulzura dulzura, a la menor
palabra molesta que se les diga, a la menor injuria que
reciban, se yerguen con una arrogancia sin igual. Se dice
que los que han tomado el preservativo, vulgarmente llamado
«gracia de San Pablo», no se hinchan, aunque sean
mordidos o picados por la víbora, con tal que la
«gracia» sea de buena calidad. De la misma manera,
cuando la humildad y la dulzura son buenas y verdaderas, nos
inmunizan contra la hinchazón y contra el ardor que
las injurias suelen provocar en nuestros corazones. Y, si
después de haber sido picados o mordidos por los
maldicientes o por los enemigos, nos sentimos alterados,
hinchados o despechados, señal es de que nuestra
humildad y amabilidad no son verdaderas y francas, sino
artificiosas y aparentes.
Aquel
santo e ilustre patriarca José, cuando envió a
sus hermanos de Egipto a la casa de su, padre, sólo
les hizo esta advertencia: «No os enojéis por el
camino». Lo mismo te digo, Filotea: esta miserable vida
no es más que un camino hacia la bienaventuranza; no
nos enojemos, pues, los unos con los otros, en este camino;
andemos siempre agrupados con nuestros hermanos y
compañeros, dulcemente, pacíficamente,
amigablemente. Advierte que te digo con toda claridad y sin
excepción alguna, que, a ser posible, no te enojes
nunca, ni tomes pretexto alguno, sea cual fuere, para abrir
la puerta de tu corazón a la ira, porque dice
Santiago, sin ambages ni reservas, que «la ira del
hombre no obra la justicia de Dios».
Es
menester, ciertamente, oponerse al mal y reprimir los vicios
de los que están bajo nuestro cuidado, con constancia
y con tesón, pero dulce y suavemente. Nada sosiega
tanto al elefante airado como la vista de un corderito, ni
nada para con más facilidad el golpe de los
cañonazos como la lana. La corrección que
procede de la pasión, aunque vaya acompañada
de la razón, nunca es tan bien recibida como la que
no tiene otro origen que la razón sola; porque el
alma racional, por estar naturalmente sujeta a la
razón, sólo se sujeta a la pasión por
la tiranía, por lo cual, cuando la razón anda
acompañada de la pasión, se hace odiosa, pues
su justo dominio queda envilecido al asociarse con la
tiranía. Los príncipes honran y consuelan
infinitamente a los Pueblos cuando los visitan en son de
paz, pero cuando llegan al frente de los ejércitos,
aunque sea para el bien público, su presencia siempre
es desagradable y dañosa, porque, por más que
se esfuercen en hacer observar exactamente' la disciplina
militar entre los soldados, nunca pueden, empero, evitar
algún desorden, por el que los hombres de bien son
atropellados. Así, cuando reina la razón y
ejecuta serenamente los castigos, las correcciones y las
reprensiones, aunque lo haga con rigor y exactitud, todos la
aprecian y la aprueban; pero cuando va acompañada de
la ira, de la cólera y M enojo, que, como dice San
Agustín, son sus soldados, se hace más
espantosa que amable, su propio corazón queda siempre
pisoteado y maltratado: «Vale más, dice el mismo
santo escribiendo a Profuturo, cerrar las puertas a la ira
justa y equitativa, que abrírselas, por
insignificante que sea, porque, una vez ha entrado, es
difícil hacerla salir, ya que entra como
pequeño retoño y, en un momento, crece y se
convierte en tronco». Si el enojo puede llegar a la
noche y el sol se pone sobre nuestra ira (cosa que el
Apóstol prohíbe), se convierte en odio, y casi
no hay manera de deshacerse de ella, porque se alimenta de
mil persuasiones falsas, ya que jamás el hombre
airado cree que sea injusta su ira.
Es,
pues, mejor esforzarse a saber vivir sin ira que querer
emplearla con moderación y prudencia, y, cuando, por
imperfección o debilidad, nos vemos sorprendidos por
la misma, es preferible rechazarla enseguida a querer pactar
con ella, pues por poco cumplimiento que se le dé, se
hace dueña de la plaza, y hace como la serpiente,
que, con facilidad, logra meter todo el cuerpo allí
donde ha podido meter la cabeza. Pero me dirás:
¿cómo la rechazaré? Es preciso, Filotea,
que, al advertir el primer resentimiento, reúnas tus
fuerzas con presteza, pero sin brusquedad ni ímpetu,
sino dulce y seriamente a la vez; porque, así como en
'los senados y en los parlamentos, meten más ruido
los oficiales gritando: « ¡ Silencio! », que
aquellos a los cuales quieren hacer callar, de la misma
manera, al querer reprimir nuestra ira con impetuosidad, se
causa en nuestro corazón más turbación
de la que ella hubiera causado, y, entretanto, el
corazón, turbado de esta manera, no puede ser
dueño de sí mismo.
Después
de este suave esfuerzo, practica el consejo que San
Agustín, cuando ya era viejo, daba al joven obispo
Auxilio: «Haz, le decía, lo que un hombre ha de
hacer; que si te ocurre lo que el hombre de Dios dice en el
salmo: mi ojo he ha turbado con gran cólera, acudas a
Dios y exclames: ¡Señor, ten misericordia de
mí, para que extienda su mano y reprima tu
enojo». Quiero decir que cuando nos veamos agitados por
la cólera, invoquemos el auxilio de Dios, a
imitación, de los Apóstoles cuando se vieron
en peligro de zozobrar, por el viento y la tempestad, en
medio de las olas; pues Él mandará a nuestras
pasiones que se calmen, y se seguirá una gran
bonanza. Pero te advierto que la oración que se hace
contra la ira impetuosa del momento, ha de ser suave y
tranquila, jamás violenta; cosa que es menester
observar en cualesquiera remedios que se empleen contra este
mal. Después, enseguida que te des cuenta de que has
cometido un acto de cólera, repara la falta con un
acto de dulzura, hecho inmediatamente con respecto a aquella
persona contra la cual te hayas irritado. Porque, así
como es un excelente remedio contra la mentira, retractarse
enseguida, así también es un buen remedio
contra la cólera repararla inmediatamente, con un
acto de amabilidad; porque, como suele decirse, las heridas
se curan con más facilidad cuando están
frescas.
Además,
cuando te sientas sosegada y libre de cualquier motivo de
ira, haz gran provisión de dulzura y de bondad,
diciendo todas las palabras y haciendo todas las cosas,
grandes y pequeñas, de la manera más suave que
te sea posible, recordando que la Esposa, en el Cantar de
los Cantares, no sólo tiene la miel en sus labios y
en la punta de la lengua, sino también debajo de la
lengua, es decir, en el pecho, y no solamente tiene miel,
sino también leche, porque además de tener
palabras dulces con el prójimo, conviene tener dulce
todo el pecho, es decir, todo el interior de nuestra alma. Y
es menester tener, no solamente la dulzura de la miel, que
es aromática y olorosa, es decir, la suavidad en el
trato con los extraños, sino también la
dulzura de la leche con los familiares y con los más
cercanos a nosotros, contra lo cual faltan en gran manera
aquellos que en la calle parecen ángeles, y en casa
parecen demonios.
CAPÍTULO
IX
DE LA
DULZURA CON NOSOTROS MISMOS
Una
de las mejores prácticas de la dulzura, en la cual
nos deberíamos ejercitar, es aquella cuyo objeto
somos nosotros mismos, de manera que nunca nos enojemos
contra nosotros ni, contra nuestras imperfecciones, pues si
bien la razón quiere que, cuando cometemos faltas,
sintamos descontento y aflicción, conviene, no
obstante, que evitemos un descontento agrio, malhumorado,
despechado y colérico. En esto cometen una gran falta
muchos que, después de haberse encolerizado, se
enojan de haberse enojado, se desazonan de haberse
desazonado, y sienten despecho de haberlo sentido; porque,
por este camino, tienen el corazón amargado y lleno
de malestar, y si bien parece que el segundo enfado ha de
destruir el primero, lo cierto es que sirve de entrada y de
paso a un nuevo enojo, en cuanto la primera ocasión
se presente; aparte de que estos disgustos, despechos y
asperezas contra sí mismo, tiende hacia el orgullo y
no tienen otro origen que el amor propio, el cual se turba y
se impacienta al vernos imperfectos.
Por
lo tanto, el disgusto por nuestras faltas ha de ser
tranquilo, sereno y firme; porque, así como un juez
castiga mejor a los malos dictando sus sentencias,
según razón y con ánimo tranquilo, que
dictándolas con impetuosidad y pasión, pues
entonces no castiga las faltas por lo que éstas son,
sino por lo que es él mismo; así nosotros nos
castigamos mejor con arrepentimientos tranquilos y
constantes, que con arrepentimientos violentos, agrios y
coléricos, pues los arrepentimientos violentos no son
proporcionados a la gravedad de nuestras culpas, sino a
nuestras inclinaciones. Por ejemplo, el que ama la castidad
se revolverá con mayor amargura contra la más
leve falta cometida en esta materia, y, en cambio, se
reirá de una grave murmuración en la que
hubiere incurrido. Al contrario, el que detesta la
maledicencia se atormentará por haber murmurado
levemente, y no hará caso de una falta grave contra
la castidad, y así de las demás faltas; y ello
no es debido a otra cosa sino a que el juicio que forman en
su conciencia no es obra de la razón, sino de la
pasión.
Créeme,
Filotea, así como las reprensiones de un padre,
hechas dulce y cordialmente, tienen más eficacia para
corregir que los enfados y los enojos; así
también, cuando nuestro corazón ha cometido
alguna falta, si le reprendemos con advertencias dulces y
tranquilas, llenas más de compasión que de
pasión contra él, y le animamos a enmendarse,
el arrepentimiento que concebirá entrará mucho
más adentro y le penetrará mejor que no lo
haría un arrepentimiento despechado, airado y
tempestuoso.
En
cuanto a mí, si, por ejemplo, tuviese en grande
estima, el no caer en el vicio de la vanidad, y, no
obstante, hubiese caído en una gran falta, no
quisiera reprender a mi corazón de esta manera:
« ¡Qué miserable y abominable eres, porque
después de tantas resoluciones, te has dejado vencer
por la vanidad! Muere de vergüenza; no levantes los
ojos al cielo, ciego, desvergonzado, traidor y desleal a tu
Dios», y otras cosas parecidas, sino que
preferiría corregirle de una manera razonable y por
el camino de la compasión: «Ánimo, pobre
corazón mío. He aquí que hemos
caído en el precipicio que tanto habíamos
querido evitar. ¡Ah!, levantémonos y salgamos de
él para siempre; acudamos a la misericordia de Dios y
confiemos en que ella nos ayudará, para ser
más resueltos en adelante, y emprendamos el camino de
la humildad. ¡Valor! seamos, desde hoy, más
vigilantes; Dios nos ayudará y podremos hacer muchas
cosas». Y, sobre esta reprensión, quisiera
levantar un sólido y firme propósito de no
caer más en falta y de emplear los recursos
convenientes según los consejos del director.
Pero,
si alguno advierte que su corazón no se conmueve con
estas suaves correcciones, podrá echar mano de los
reproches y de la reprensión dura y severa, para
excitarlo a una profunda confusión, con tal que,
después de haberlo amonestado y fustigado
enérgicamente, acabe aliviándole, conduciendo
su pesar y su cólera a una tierna y santa confianza
en Dios, a imitación de aquel gran arrepentido, que,
al ver a su alma afligida, la alentaba de esta manera:
«¿Por qué te entristeces, alma mía,
y por qué te conturbas? Espera en Dios, que yo
todavía le alabaré como la salud de mí
rostro y mi verdadero Díos».
Luego,
cuando tu corazón caiga, levántalo con toda
suavidad, y humíllate mucho delante de Dios por el
conocimiento de tu miseria, sin maravillarte de tu
caída, pues no nos ha de sorprender que la enfermedad
esté enferma, ni que la debilidad esté
débil, ni que la miseria sea miserable. Detesta,
pues, con todas tus fuerzas, las ofensas que Dios ha
recibido de ti, y, con gran aliento y confianza en su
misericordia, emprende de nuevo el camino de la virtud, del
que te habías alejado.
CAPÍTULO
X
QUE ES
MENESTER TRATAR LOS NEGOCIOS CON CUIDADO, PERO SIN
AFÁN NI INQUIETUD
El
cuidado y la diligencia que hemos de poner en nuestros
asuntos son cosas muy diferentes de la preocupación,
de la inquietud y del afán. Los ángeles tienen
cuidado de nuestra salvación y nos la procuran con
diligencia, mas no por ello sienten inquietud, desasosiego,
ni ansia; porque el cuidado y la diligencia son propios de
su caridad, pero la inquietud, el desasosiego y el
afán serían del todo contrarios a su
felicidad, pues el cuidado y la tranquilidad, y la paz del
espíritu, pero no el afán, ni la inquietud, ni
mucho menos la obsesión. Seas, pues, Filotea,
cuidadosa y diligente en todos los asuntos que tuvieres a tu
cargo, porque Dios te los ha confiado y quiere que los
trates cual conviene; pero, si te es posible, no andes
solícita ni ansiosa, es decir, no los emprendas con
inquietud, angustia y afán. No te apresures en tu
cometido, porque toda precipitación turba la
razón y el juicio, y nos impide también hacer
las cosas por las cuales nos afanamos.
Cuando
Nuestro Señor reprende a Santa Marta, le dice:
«Marta, Marta, andas muy solícita y te turbas
por muchas cosas». ¿Ves? Si hubiese sido
simplemente cuidadosa, no se hubiera perturbado; pero, como
que andaba preocupada e inquieta, se precipita y se turba,
por lo que Nuestro Señor la reprende. Los ríos
que se deslizan suavemente por la llanura, conducen grandes
navíos y ricas mercancías, y las lluvias que
caen suavemente en los campos, los fecundan y los llenan de
hierbas y de mieses; pero los torrentes y los ríos
que corren tumultuosamente por la tierra, arruinan sus
cercanías y son inútiles para el
tráfico, de la misma manera que las lluvias violentas
y tempestuosas llevan la desolación a los campos y a
las praderas. Jamás trabajo alguno, hecho con
impetuosidad y con prisas, ha llegado a feliz
término; es menester apresurarse lentamente, como lo
dice el viejo adagio: «El que corre, afirmaba
Salomón, está en peligro de chocar y
tropezar». Siempre obramos de prisa, cuando obramos
bien. Los moscardones meten mucho ruido y andan más
afanosos que las abejas, pero sólo fabrican cera y no
miel. Así los que se afanan con un afán
torturador y con una inquietud ruidosa, nunca hacen mucho
bien.
Las
moscas no nos molestan por su fuerza sino por su multitud.
De la misma manera los grandes quehaceres no turban tanto
como los pequeños, cuando éstos son muy
numerosos. Recibe con paz todo el trabajo que venga sobre
ti, y procura atender a él ordenadamente, haciendo
unas cosas después de las otras; pero si quieres
hacerlas todas a un tiempo y con desorden, tendrás
que hacer esfuerzos que fatigarán y agotarán
tu espíritu, y, por lo regular, quedarás
deshecha por la angustia, y sin ningún provecho.
Y,
en todos tus negocios, estriba únicamente en la
providencia de Dios, pues sólo por ella
tendrán éxito tus designios; trabaja, empero,
por tu parte, suavemente, para cooperar con la Providencia,
y después, cree que, si confías en Dios, el
resultado que obtengas siempre será el más
provechoso para ti, ya te parezca bueno, ya malo,
según tu particular juicio.
Haz
como los niños, que dan una de sus manos a su padre,
y, con la otra, cogen fresas o moras junto a los cercados;
asimismo, mientras vas reuniendo y manejando los bienes de
este mundo con una de tus manos, coge siempre, con la otra,
la mano del Padre celestial, y vuélvete de vez en
cuando hacia Él, para ver si está contento de
tu trabajo o de tus ocupaciones, y, sobre todo,
guárdate de soltarle la mano y de sustraerte a su
protección, pensando que cogerás y
allegarás más, porque, si Él te
abandonase, no darías un paso sin caer de bruces en
tierra. Quiero decir, Filotea, que cuando estés en
medio de las ocupaciones naturales y quehaceres comunes, que
no exigen una atención demasiado fuerte ni
absorbente, pienses más en Dios que en el trabajo, y,
cuando éste sea de tanta importancia que exija toda
tu atención para ser bien hecho, fija, de vez en
cuando, la vista en Dios, como lo hacen los que navegan por
el mar, los cuales, para ir al lugar que desean, miran
más al cielo que abajo por donde andan remando.
Así Dios trabajará contigo, en ti y por ti, y
tu trabajo irá acompañado de consuelo.
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