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San
Francisco de Sales - Introducci�n a la vida devota
(�ndice)
Tercera parte (Muchos
avisos sobre el ejercicio de las virtudes)
CAPÍTULO
XI
DE LA
OBEDIENCIA
Sólo
la caridad nos eleva hasta la perfección, pero la
obediencia, la castidad y la pobreza son los tres grandes
medios para alcanzarla. La obediencia consagra nuestro
corazón, la castidad nuestro cuerpo y la pobreza
nuestros bienes, al amor y al servicio de Dios; son las tres
ramas de la cruz espiritual, pero las tres fundadas en la
cuarta, que es la humildad. Nada diré de estas tres
virtudes consideradas como objeto del voto solemne, porque
esto sólo corresponde a los religiosos, ni tampoco en
cuanto son materia del voto simple, porque, aunque el voto
confiere muchas gracias y gran mérito a todas las
virtudes, no obstante, para que nos hagan perfectos, no se
requiere el voto, con tal que se practiquen. Porque, si bien
haciendo voto de estas virtudes, sobre todo, si el voto es
solemne, llevan al hombre al estado de perfección,
con todo, para conducirlo a ésta, basta que sean
observadas, pues existe mucha diferencia entre el estado de
perfección y la perfección, ya que todos los
religiosos y todos los obispos se hallan en este estado, y,
no obstante, no todos son perfectos, como harto lo muestra
la experiencia. Esforcémonos, pues, Filotea, en
practicar estas tres virtudes, cada uno según su
vocación, porque, aunque no puedan constituirnos en
estado de perfección, nos darán, sin embargo,
la perfección misma; todos estamos obligados a la
práctica de estas tres virtudes, aunque no todos
debamos practicarlas de la misma manera..
Hay
dos clases de obediencia: una obligatoria, y otra
voluntaria. En cuanto a la obligatoria, es necesario que
obedezcas humildemente a tus superiores
eclesiásticos, como al Papa, a los obispos, al
párroco y a todos los que de ellos tienen autoridad
delegada; has de obedecer también a tus superiores
políticos, es decir: a tu príncipe o gobierno
y a los magistrados que hayan designado para tu
región; finalmente, has de obedecer a tus superiores
domésticos, es decir: a tu padre, a tu madre, a tu
maestro, a tu maestra. Ahora bien, esta obediencia se llama
necesaria, porque nadie puede eximirse del deber de obedecer
a dichos superiores, investidos por Dios de autoridad, para
mandar y gobernar a cada uno, según el cargo que
tienen sobre nosotros. Cumple, pues, sus mandatos, porque
esto es necesariamente obligatorio, y, para ser perfecta,
sigue también sus consejos y aun sus deseos e
inclinaciones, mientras la caridad y la prudencia te lo
permitan. Obedece, cuando te mandan alguna cosa agradable,
como comer, tener recreación, porque, aunque te
parezca que no hay gran virtud en estos casos, sin embargo,
sería vicioso desobedecer; obedece en las cosas
indiferentes, como en llevar éste o aquél
vestido, ir a éste o aquél camino, en cantar o
callar, y ésta será ya una obediencia muy
recomendable; obedece en cosas difíciles,
ásperas y duras, y esto será una obediencia
perfecta. Finalmente, obedece con dulzura, sin
réplica, pronto y sin dilación, con
alegría y sin malhumor; y, sobre todo, obedece
amorosamente, por amor a Aquel que, por nuestro amor,
«se hizo obediente hasta la muerte y muerte de
cruz», y el cual, como dice San Bernardo,
prefirió perder la vida que la obediencia.
Para
aprender a obedecer con facilidad a tus superiores,
condesciende de buen grado con tus iguales, cediendo a su
parecer en lo que no sea malo, sin ser disputadora ni terca;
acomódate suavemente a los deseos de tus inferiores,
tanto cuanto la razón te lo permita, sin ejercer
sobre ellos tu autoridad de una manera imperiosa, siempre
que sean buenos.
Es
una equivocación creer que si una persona fuese
religiosa obedecería fácilmente, cuando es
difícil y rebelde en prestar obediencia a los que
Dios ha puesto sobre nosotros.
Llamamos
obediencia voluntaria a aquella a la cual nos obligamos por
nuestra propia elección y que por nadie nos ha sido
impuesta. Nadie escoge voluntariamente a su príncipe
o a su obispo, a su padre o a su madre, y, con frecuencia,
tampoco al esposo, pero es de libre elección el
confesor, el director. Pues bien, tanto si, al escogerlo, se
hace voto de obedecerle (como se cuenta de Santa Teresa, la
cual, además del voto solemne de obediencia debido al
superior de su orden, se obligó, con voto simple, a
obedecer al padre Gracián, como si se le obedece sin
voto, siempre esta obediencia se llama voluntaria, por
razón de su fundamento, que depende de nuestra
voluntad y elección.
Es
menester obedecer a todos los superiores, pero a cada uno en
aquello de lo cual tiene cargo sobre nosotros; de la misma
manera que, en lo que concierne a la policía y a las
cosas públicas, hay que obedecer a los
príncipes; a los prelados, en todo lo que se refiere
a la disciplina eclesiástica; en las cosas
domésticas, al padre, a la madre, al marido; en el
gobierno particular del alma, al director y al confesor
particular.
Haz
que tu padre espiritual te ordene los actos de piedad que
has de practicar, porque así saldrán mejorados
y será doble su gracia y su bondad: una, por
razón de si mismos, por ser actos piadosos; otra, por
razón de la obediencia, que los habrá
dispuesto, y por la cual habrán sido hechos.
Bienaventurados los obedientes, porque jamás
permitirá Dios que se extravíen.
CAPÍTULO
XII
DE LA
NECESIDAD DE LA CASTIDAD
La
castidad es el lirio de las virtudes; ella hace a los
hombres iguales a los ángeles; nada es bello sino por
la pureza, y la pureza de los hombres es la castidad. La
castidad se llama honestidad, y su profesión, honra;
también se llama integridad, y su contrario,
corrupción; resumiendo, ella tiene la gloria
particular de ser la bella y blanca virtud del alma y del
cuerpo.
Nunca
es lícito permitirse cualquier placer impúdico
de nuestro cuerpo, sea cual fuere.
El
corazón casto es como la madreperla, que no puede
recibir ninguna gota de agua que no baje del cielo.
Por
el primer grado de esta virtud, guárdate, Filotea, de
admitir ninguna clase de delectación, que esté
prohibida y vedada. Por el segundo grado, huye, cuanto te
sea posible, de las delectaciones inútiles y
superfluas, aunque sean lícitas y estén
permitidas. Por el tercero, no pongas afecto en los placeres
y deleites.
Las
vírgenes necesitan una castidad en extremo simple y
delicada, para alejar de su corazón toda suerte de
pensamientos curiosos y para despreciar, con desdén
absoluto, toda clase de placeres inmundos, los cuales,
ciertamente, no merecen ser deseados por los hombres, puesto
que los jumentos y los cerdos son más capaces de
ellos. Guárdense, pues, mucho, las almas puras, de
poner jamás en duda que la castidad es
incomparablemente mejor que todo cuanto le es incompatible,
porque, como dice San Jerónimo, el enemigo, empuja
con violencia a las vírgenes al deseo de probar las
delectaciones, representándoselas como infinitamente
más agradables y sabrosas de lo que son, cosa que,
con frecuencia, las perturba en gran manera, porque, como
añade este Santo Padre, creen que es más
delicioso lo que desconocen. Porque, así como la
mariposa al ver la llama, anda revoloteando curiosamente en
torno de ella, para ver si es tan deliciosa como hermosa, y
empujada por esta ilusión, no cesa, hasta que perece
en la primera prueba, de' mismo modo, los jóvenes, de
tal manera se dejan cautivar por la falsa y necia
afición al placer de las llamas voluptuosas, que,
después de muchos pensamientos curiosos, acaban por
perderse y arruinarse en ellas, y, en esto, son más
necios que las mariposas, puesto que éstas tienen
algún motivo para creer que el fuego es delicioso,
porque es tan bello, mientras que ellos, sabiendo que lo que
buscan es extremadamente deshonesto, no por ello dejan de
tener en más estima la loca y brutal
delectación.
Ves,
pues, que la castidad es necesaria. «Procurad la paz
con todos, dice el Apóstol, y la santidad, sin la
cual nadie verá a Dios». Ahora bien, por la
santidad entiende la castidad, como dice San Jerónimo
y hace notar San Crisóstomo. No, Filotea, «nadie
verá a Dios sin la castidad, nadie habitará en
su santo tabernáculo, si, no es limpio de
corazón»; y, como dice el mismo Salvador,
«los perros y los impúdicos serán
ahuyentados», y « bienaventurados los limpios de
corazón, porque ellos verán a Dios».
CAPÍTULO
XIII
AVISOS PARA
CONSERVAR LA CASTIDAD
Seas
extremadamente pronta en alejarte de todos los senderos y de
todos los incentivos de la impureza, porque este mal obra
insensiblemente, Y, de comienzos muy insignificantes, va a
parar a grandes catástrofes; siempre es más
fácil huir que curarse.
Los
cuerpos humanos son corno los vasos de cristal, que no se
pueden llevar de manera que f roten los unos con los otros,
sin peligro de que se rompan, y como la fruta, que, por
entera y sazonada que esté, se avería, si toca
la una con la otra. La misma agua, por fresca que sea dentro
de un vaso, no puede conservar la frescura durante mucho
tiempo, si es tocada por algún animal de la tierra.
No permitas jamás, Filotea, que nadie te toque, ni
para bromear ni para acariciarte, porque, aunque, por
casualidad, se pudiera conservar la castidad en medio de
estas acciones, antes ligeras que maliciosas, no obstante,
la frescura y la flor de la castidad reciben de ellas
detrimento y pérdida; pero dejarse tocar
deshonestamente es la ruina completa de la castidad.
La
castidad brota del corazón como de un manantial, pero
se refiere al cuerpo como a su materia; por esto se pierde
por todos los sentidos del cuerpo y por los pensamientos y
deseos del corazón. Es impúdico mirar,
oír, hablar, oler, tocar cosas deshonestas, cuando el
corazón se entretiene y se complace en ellas. San
Pablo dice sin ambajes: «La fornicación ni
siquiera se nombre entre nosotros». Las abejas no
solamente no quieren tocar las cosas podridas, sino que
huyen y aborrecen en extremo toda suerte de malos olores que
de ellas emanan. La sagrada Esposa, en el Cantar de los
Cantares, tiene las manos que destilan mirra, licor que
preserva de la corrupción; sus labios están
protegidos por una cinta carmesí, símbolo del
pudor en las palabras; sus ojos son de paloma, a causa de su
nitidez; sus orejas llevan pendientes de oro, señal
de pureza; su nariz está siempre entre los cedros del
Líbano, madera incorruptible. Tal ha de ser el alma
devota: casta, pura, honesta de manos, de labios, de
oídos, de ojos y de todo su cuerpo.
A
este propósito, te repito las palabras que el antiguo
padre Juan Casiano refiere como salidas de labios del gran
San Basilio, el cual, hablando de sí mismo, dijo un
día: «Yo no sé lo que son las mujeres y,
no obstante, no soy virgen». Ciertamente, la castidad
puede perderse de tantas maneras cuantas son las clases de
lascivias y de impurezas, las cuales, según sean
grandes o pequeñas, unas debilitan, otras hieren y
otras dan muerte al instante. Hay ciertas familiaridades y
pasiones indiscretas, frívolas y sensuales, las
cuales, propiamente hablando, no violan la castidad y, no
obstante, la debilitan, la enflaquecen y empañan su
hermosa blancura. Hay otras libertades y pasiones, no
sólo indiscretas, sino viciosas; no sólo
frívolas, sino deshonestas; no sólo sensuales,
sino carnales, y de éstas, la castidad sale, a lo
menos, malparada y comprometida. Digo «a lo
menos», porque muere y sucumbe del todo, cuando las
ligerezas y la lascivia producen en la carne el
último efecto del placer voluptuoso, pues entonces la
castidad sucumbe más indigna, vi¡ y
desgraciadamente que cuando perece por la
fornicación, el adulterio o el incesto, porque estas
últimas especies de vileza son tan sólo
pecado, mientras que las demás, como dice Tertuliano
en su libro De pudicitia, son monstruos de iniquidad y de
pecado. Ahora bien, Casiano no cree, ni yo tampoco, que San
Basilio se refiera a un tal desorden, cuando se acusa de no
ser virgen, porque, sin duda, se refiere tan sólo a
los malos y voluptuosos pensamientos, los cuales, aunque no
hubiesen maculado su cuerpo, podían, no obstante,
haber contaminado el corazón, de cuya castidad las
almas santas son en extremo celosas,
No
trates, en manera alguna, con personas impúdicas,
sobre todo si, además, son desvergonzadas, como
suelen serlo casi siempre; porque así como los machos
cabríos, al lamer los almendros dulces, los
convierten en amargos, así también estas almas
malolientes y estos corazones infectos no hablan con persona
alguna, del mismo o de diferente sexo, a cuyo pudor no
causen algún detrimento: tienen el veneno en los ojos
y en el aliento, como el basilisco. Al contrario, trata con
personas castas y virtuosas; piensa y lee con frecuencia las
cosas sagradas, porque «la palabra de Dios es
casta» y hace castos a los que se dan a ella, por lo
que David la compara con el topacio, piedra preciosa que
tiene la propiedad de adormecer el ardor de la
concupiscencia.
Procura
estar siempre cerca de Jesucristo crucificado,
espiritualmente por la meditación, y realmente por la
sagrada Comunión, porque, así como los que
duermen sobre la hierba llamada agnus-castus, se hacen
castos y honestos, de la misma manera, si tu corazón
descansa sobre Nuestro Señor, que es el verdadero
Cordero casto e inmaculado, verás presto tu alma y tu
corazón purificado de toda mancha y lubricidad.
CAPÍTULO
XIV
DE LA
POBREZA DE ESPÍRITU PRACTICADA EN MEDIO DE LAS
RIQUEZAS
«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de
ellos es el reino de los cielos» ; luego, desgraciados
los ricos de espíritu, porque de ellos es la
desgracia del infierno. Es rico de espíritu aquel que
tiene las riquezas en su espíritu o su
espíritu en las riquezas; aquel es pobre de
espíritu, que no tiene las riquezas en su
espíritu ni su espíritu en las riquezas. Los
halcones construyen sus nidos en forma de pelota y
sólo dejan en ellos una abertura en la parte
superior; los dejan en la orilla, junto al mar, y los hacen
tan fuertes e impenetrables, que, aunque se los lleven las
olas, nunca puede entrar en ellos el agua, sino que siempre
flotan, y permanecen en medio del mar, sobre el mar y como
señores del mar. Tu corazón, querida Filotea,
ha de ser como estos nidos, abierto solamente al cielo e
impenetrable a las riquezas y a las cosas perecederas; si
posees alguna de estas cosas, guarda tu corazón libre
de todo afecto a ellas; haz que siempre se mantenga por
encima de todo y que, en medio de las riquezas, permanezca
sin riquezas y sea señor de las riquezas. No, no
pongas este espíritu celestial en las riquezas de la
tierra; haz que se conserve siempre superior, sobre ellas y
no debajo de ellas.
Hay
mucha diferencia entre poseer venenos y ser envenenados.
Así todos los farmacéuticos tienen venenos,
para servirse de ellos en diversas ocasiones, pero no, por
ello, están envenenados, porque no tienen el veneno
en su cuerpo, sino en sus tiendas. De la propia manera
puedes tú tener riquezas sin ser emponzoñada
por ellas; así ocurrirá si las tienes en tu
bolsillo o en tu casa, pero no en tu corazón. Ser
rico de hecho y, a la vez, pobre de espíritu, he
aquí la gran felicidad del cristiano, porque, de esta
manera, goza de las ventajas de la riqueza en este mundo y
del mérito de la pobreza en el otro.
¡Ali
Filotea! Jamás confesará nadie que es avaro;
todos quieren ser tenidos por libres de esta bajeza y vileza
del corazón. Unos dan por excusa la pesada carga de
los hijos; otros dicen que la prudencia exige allegar
recursos; nunca hay bastante, y siempre se descubren
necesidades para tener más; aun los más avaros
no sólo no confiesan que lo son, pero ni siquiera lo
creen en su conciencia; porque la avaricia es una fiebre
prodigiosa, que se vuelve más insensible cuanto es
más violenta y ardorosa. Moisés vió,
que el fuego sagrado quemaba una zarza y no la
consumía; el fuego profano de la avaricia quema y
devora al avariento, pero no le consume; al contrario, el
avaro, en medio de los ardores y calores más
excesivos, se gloria de sentir el fresco más
agradable del mundo y cree que su sed insaciable es una sed
enteramente natural y ligera.
Si
durante mucho tiempo, apeteces, con ardor e inquietud, los
bienes que no posees, aunque andes diciendo que no los
quieres poseer injustamente, no por ello dejas de ser avaro
de verdad. El que ardorosamente, durante mucho tiempo y con
inquietud, desea beber, aunque sólo quiera beber
agua, da pruebas de que tiene calentura.
¡
Filotea ! No sé si es un deseo justo el desear poseer
justamente lo que otros justamente poseen; pues parece que,
con este deseo, lo que quisiéramos sería
acomodarnos mediante la incomodidad del prójimo.
Cuando alguno posee un bien justamente, ¿no es
más justo que él lo guarde justamente, que
desear nosotros poseerlo aunque sea con justicia? ¿Por
qué, pues, hacemos recaer nuestros deseos sobre el
bien de los demás, para privarles de él?
Ciertamente, aunque fuese justo este deseo, no sería
caritativo, porque nosotros no quisiéramos que nadie
desease, aunque fuese justamente, lo que justamente queremos
conservar. Tal fue el pecado de Acab, el cual quiso poseer,
sin injusticia, la viña de Nabot, quien, más
justamente todavía, deseaba conservarla; la
deseó con ardor, durante mucho tiempo, y con
afán, con lo cual ofendió a Dios.
Antes
de desear los bienes del prójimo, amada Filotea,
aguarda que comience a querer desprenderse de ellos, pues
entonces su deseo hará que el tuyo no sólo sea
justo, sino también conforme a la caridad. Y digo
esto, porque deseo que te preocupes de acrecentar tus bienes
y caudales, con tal que lo hagas, no sólo
según justicia, sino también con dulzura y
caridad.
Si
sientes gran afecto a los bienes que posees, si te traen muy
atareada y pones en ellos el corazón, esclavizando a
ellos tu pensamiento y temiendo perderlos, con un miedo
intenso e impaciente, ello es debido a que padeces
todavía cierta fiebre; porque los calenturientos
suelen beber el agua que les dan con una avidez, con una
especie de atención y presteza, que no tienen los que
están sanos; no es posible complacerse mucho en una
cosa, sin ponerle mucho afecto. Si te acontece que, al
perder alguno de tus bienes, sientes que tu corazón
queda muy desolado y afligido, créeme, Filotea, ello
es debido a que le tenías mucha afición,
porque no hay señal mayor del afecto a una cosa
perdida que la aflicción causada por su
pérdida.
No
desees, pues, con un deseo completo y formal el bien que no
posees; no introduzcas muy adentro de tu corazón el
que ya tienes; no te aflijas por las pérdidas que
puedan sobrevenir, y entonces tendrás motivos para
creer que, siendo rica de hecho, no lo eres de afecto, sino
que eres pobre de espíritu, y, por lo tanto,
bienaventurada, porque «tuyo es el reino de los
cielos».
CAPÍTULO
XV
CÓMO
HA DE PRACTICAR LA POBREZA REAL EL QUE ES RICO DE
HECHO
El
pintor Parrasio pintó al pueblo ateniense de una
manera muy ingeniosa, representándolo con un
carácter diverso y variable, colérico,
injusto, inconstante, cortés, clemente,
misericordioso, altivo, glorioso, humilde, valiente y
pusilánime y todo esto en un conjunto; pero yo, amada
Filotea, quisiera poner juntas en tu corazón la
riqueza y la pobreza, un gran cuidado y un gran desprecio de
las cosas temporales.
Has
de tener mucho más interés del que tienen los
mundanos en hacer que tus bienes sean útiles y
fructuosos. Dime: los jardineros de los grandes
príncipes ¿no son mucho más
solícitos y diligentes en cultivar y embellecer los
jardines que tienen bajo su cuidado, que si fuesen de su
propiedad? ¿Por qué esto? Sin duda, porque
consideran aquellos jardines como jardines de
príncipes y de reyes, a los cuales desean hacerse
gratos por estos servicios. Ahora bien, Filotea, los bienes
que tenemos no son nuestros: Dios nos los ha dado y quiere
que los hagamos útiles y fructuosos, por lo que le
prestamos un servicio agradable cuando tenemos este cuidado.
Pero
conviene que sea un cuidado más grande y más
sólido que el que tienen los mundanos de sus bienes,
porque éstos sólo trabajan por amor de
sí mismos, y nosotros hemos de trabajar por amor de
Dios; ahora bien, así como el amor de sí mismo
es un amor violento, turbulento e inquieto, así
también el cuidado que produce está lleno de
turbación, de tristeza y de inquietud; y, así
como el amor de Dios es dulce, apacible y tranquilo,
así la solicitud que de él se deriva, aunque
se trate de los bienes de la tierra, es amable, dulce y
graciosa. Tengamos, pues, este cuidado amable de la
conservación, y aun del aumento, de nuestros bienes
temporales, cuando se ofrezca ocasión justa para ello
y en cuanto lo exija nuestra condición, ya que Dios
quiere que así lo hagamos por su amor.
Pero
procura que el amor propio no te engañe, porque, a
veces, de tal manera remeda el amor de Dios, que se corre el
riesgo de creer que ambos son una misma cosa. Ahora bien,
para impedir que te engañe y que este cuidado de los
bienes temporales degenere en avaricia, además de lo
que te he dicho en el capítulo precedente, es
menester practicar con mucha frecuencia la pobreza real y
efectiva, en medio de todos los bienes y riquezas que Dios
nos haya dado.
Despréndete
siempre de alguna parte de tus haberes, dándolos de
corazón a los pobres; porque dar de lo que se posee
es empobrecerse algún tanto, y, cuanto más
des, más pobre serás. Es cierto que Dios te lo
devolverá, no sólo en el otro mundo, sino
también en éste, porque nada ayuda tanto a
prosperar como la limosna; siempre serás pobre de
ello. ¡ Oh! ¡Santa y rica pobreza la que nace de
la limosna!
Ama
a los pobres y a la pobreza, porque, mediante este amor,
llegarás a ser verdaderamente pobre, porque, como
dice la Escritura, nosotros nos volvemos como las cosas que
amamos. El amor hace iguales a los amantes.
¿Quién es débil -dice San Pablo-, que yo
no lo sea con él?» Y hubiera podido decir:
«¿Quién es pobre, que yo no lo sea con
él?» porque el amor le hacía ser como
aquellos a quienes amaba. Si, pues, amas a los pobres,
serás verdaderamente amante de su pobreza, y pobre
como ellos. Ahora bien, si amas a los pobres, has de andar
con frecuencia entre ellos; complácete en hablarles;
no te desdeñes de que se acerquen a ti en las
iglesias, en las calles y en todas partes. Seas con ellos
pobre de palabra, hablándoles como una amiga, pero
seas rica de manos, dándoles de tus bienes, ya que
eres poseedora de riquezas.
¿Quieres
hacer más, Filotea? No te contentes con ser pobre con
los pobres, sino procura ser más pobre que los
pobres, ¿De qué manera? «El siervo es menos
que su señor». Hazte, pues, sierva de los
pobres. Sírveles en el lecho cuando están
enfermos, con tus propias manos; seas su cocinera a costa
tuya; seas su costurera y su lavandera. ¡Oh,
Fílotea! este servicio es más glorioso que una
realeza.
Nunca
he admirado lo bastante el fervor con que este consejo fue
practicado por San Luis, uno de los grandes reyes que ha
habido en el mundo -gran rey, digo; rey de toda clase de
grandezas- Servía con frecuencia a los pobres, a
quienes sustentaba, y, casi todos los días,
hacía sentar tres a su mesa; con frecuencia
comía de sus sobras, con un amor sin igual. Cuando
visitaba los hospitales (cosa que hacía muy a
menudo), solía servir a los que padecían los
males más horribles, como a los leprosos, a los
cancerosos y a otros semejantes, y les servía con la
cabeza descubierta y de rodillas, respetando, en su persona,
al Salvador del mundo, y amándolos con un afecto tan
tierno como el de una dulce madre para con su hijo. Santa
Isabel, hija del rey de Hungría, estaba
ordinariamente entre los pobres ' y, a veces, se
complacía en aparecer en medio de sus damas vestida
como una mujer pobre, y les decía: «Si fuese
pobre, vestiría así». ¡Ah, amada
Fílotea! ¡Qué pobres eran este
príncipe y esta princesa, en medio de sus riquezas, y
que ricos en su pobreza!
«Bienaventurados
los que son pobres de esta manera, porque de ellos es el
reino de los cielos». «Tenía hambre, y
vosotros me disteis de comer; tenía frío, y
vosotros me cubristeis; tomad posesión del reino que
os ha sido preparado desde la creación del
mundo», dirá el Rey de los pobres y Rey de los
reyes en su gran juicio.
Nadie
hay que, alguna vez, no tenga alguna privación o
alguna falta de comodidades. A veces acontece que llega un
huésped, al que quisiéramos y
deberíamos agasajar, y no hay manera de hacerlo en
aquel momento; que tenemos los buenos trajes en otra parte,
y nos hacen falta para acudir a donde hay que ir por
compromiso; que todos los vinos de la bodega se han echado a
perder y están agrios: los únicos que tenemos
son malos y recientes; que estamos en el campo, en una mala
choza, sin cama ni habitación, ni mesa, ni servicio.
Finalmente, por rica que sea una persona, es muy
fácil que, con frecuencia, le falte alguna cosa
necesaria; ésta es, pues, la manera de ser pobre en
las cosas que nos faltan. Filotea, alégrate de estas
ocasiones, acéptalas de buen grado y súfrelas
gozosamente.
Cuando
te sobrevengan contratiempos, que te empobrezcan poco a
poco, como tempestades, fuego, inundaciones, esterilidades,
hurtos, pleitos, ¡ah!, entonces tienes buena coyuntura
para practicar la pobreza, recibiendo con dulzura estas
disminuciones de intereses y adaptándote con
paciencia y constancia a este empobrecimiento. Esaú
se presentó a su padre con las manos cubiertas de
pelo, y Jacob hizo lo mismo; mas, como quiera que el pelo
que estaba en las manos de Jacob no era de su propia piel,
sino de los guantes, se le podía arrancar, sin
incomodarle ni martirizarle; por el contrario, como la piel
de las manos de Esaú era naturalmente peluda, si le
hubiesen querido arrancar el pelo, le hubieran causado
dolor; él hubiera gritado y se hubiera enardecido
para defenderse. Cuando tenemos nuestros bienes en el
corazón, si el mal tiempo, o los ladrones, o
algún tramposo nos arrebata una parte de ellos,
¡qué quejas, qué turbaciones, qué
impaciencias no sentimos! Pero, cuando nuestros bienes no
nos preocupan más de lo que Dios quiere, y no los
tenemos en el corazón, si acontece que nos los
arrancan ' no perdemos, por ello el juicio ni la
tranquilidad. Es la misma diferencia que existe entre las
bestias y el hombre en cuanto al vestir: el ropaje de las
bestias está adherido a la carne; el de los hombres
es tan sólo postizo, y pueden quitárselo o
ponérselo, según les plazca.
CAPÍTULO
XVI
MANERA DE
PRACTICAR LA POBREZA DE ESPÍRITU EN MEDIO DE LA
POBREZA REAL
Pero,
si eres realmente pobre, queridísima Filotea, por
Dios, procura serlo también de espíritu; haz
de la necesidad virtud, y emplea esta piedra preciosa de la
pobreza en lo que ella vale: su brillo no es conocido en
este mundo, a pesar de que es extremadamente hermoso y rico.
Ten
paciencia, pues andas en buena compañía:
Nuestro Señor, Nuestra Señora, los
Apóstoles y otros muchos santos y santas que fueron
pobres, y aun 'pudiendo ser ricos, menospreciaron el serlo.
¡Cuántos grandes del mundo, viniendo las mayores
contradicciones, han ido, con diligencia no igualada, a
buscar la santa pobreza en los claustros y en los
hospitales! Mucho se han afanado para encontrarla, como lo
atestiguan San Alejo, Santa Paula, San Paulino, Santa
Ángela y tantos otros. Mas, he aquí Filotea,
que la pobreza, más amable contigo, se presenta en tu
casa; la has encontrado sin buscarla y sin trabajo;
abrázala, pues, como a una amiga muy querida de
Jesucristo, que nació, vivió y murió en
la pobreza, la cual fue su alimento durante toda su vida.
Tu
pobreza, Filotea, tiene dos grandes ventajas, merced
á las cuales pueden acrecentarse en gran manera tus
méritos. La primera es que no te ha sobrevenido por
propia elección, sino por la sola voluntad de Dios,
que te ha hecho pobre, sin cooperación alguna por
parte de tu voluntad. Ahora bien, lo que recibimos puramente
de la voluntad de Dios siempre le es más agradable,
con tal que lo aceptemos de corazón y por amor a su
voluntad divina: donde hay menos de nuestra parte, hay
más de parte de Dios. La simple y pura
aceptación de la voluntad de Dios, purifica
extraordinariamente el sufrimiento.
La
segunda ventaja de esta pobreza es el ser una pobreza
verdaderamente pobre. Una pobreza alabada, halagada,
socorrida y ayudada, participa de la riqueza; a lo menos no
es enteramente pobre; pero una pobreza despreciada,
rechazada, vilipendiada y abandonada, es pobre de verdad.
Ahora bien, tal suele ser ordinariamente la pobreza de los
seglares, porque, puesto que no son pobres por propia
elección, sino por necesidad, no se hace gran caso de
ella; y, porque se hace poco caso, su pobreza es más
pobre que la de los religiosos, aunque ésta tenga,
bajo otro concepto, una muy grande excelencia y sea mucho
más recomendable, por razón del voto y de la
intención por la cual ha sido escogida.
No
te quejes, pues, amada Filotea, de tu pobreza, porque
sólo nos quejamos de lo que nos desagrada, y si te
desagrada la pobreza, no eres pobre de espíritu, sino
rica de afecto.
No
te desconsueles si no te ves socorrida cual
convendría, pues precisamente en esto consiste la
excelencia de la pobreza. Querer ser pobre sin ninguna
incomodidad, supone una ambición muy grande, porque
esto es querer el honor de la pobreza y la comodidad de las
riquezas.
No
te avergüences de ser pobre ni de pedir limosna por
caridad; recibe la que te den, con humildad, y acepta, con
dulzura, las repulsas. Acuérdate con frecuencia del
viaje de la Santísima Virgen a Egipto, llevando
allí a su querido Hijo y de los muchos desprecios,
pobreza y miseria que hubo de soportar. Si vives como ella,
serás muy rica en medio de tu pobreza.
CAPÍTULO
XVII
DE LA
AMISTAD Y, EN PRIMER LUGAR, DE LA QUE ES MALA Y
FRÍVOLA
El
amor ocupa el primer lugar entre las pasiones del alma; es
el rey de todos los movimientos del corazón;
transforma en sí mismo todas las demás cosas y
nos hace tales cuales son los objetos amados. Ten, pues,
gran cuidado, Filotea, en que tu amor no sea malo, porque,
enseguida, serías tú mala con-lo él.
Ahora bien, la amistad es el más peligroso de todos
los amores, porque los demás pueden darse sin
comunicación alguna; pero en cuanto a la amistad, por
estribar esencialmente en aquélla, es imposible
tenerla con una persona sin participar de sus cualidades.
No
todo amor es amistad, porque puede el hombre amar sin ser
amado, y, entonces, hay amor, pero no amistad, ya que la
amistad es un amor mutuo, y sin amor mutuo no puede existir;
además, no basta que sea mutuo, sino que es menester
que las partes que se aman conozcan su recíproco
afecto, porque, si. lo ignoran, habrá amor, mas no
amistad; en tercer lugar, es también necesario que
exista alguna clase de comunicación que sea el
fundamento de la amistad.
Según
sea la diversidad de trato, la amistad es también
diversa, y el trato es diverso, según sean los bienes
que los amigos se comunican mutuamente; si son bienes falsos
y vanos, la amistad es falsa y vana; si son bienes
verdaderos, la amistad es verdadera, y, cuanto más
excelentes sean los bienes, más excelente será
la amistad. Porque, así como la miel es más
excelente cuando es chupada de las flores más
exquisitas, así el amor fundado en la más
exquisita comunicación es también el
más excelente; y así como la miel de Heraclea
del Ponto es venenosa y vuelve locos a los que la comen,
porque está sacada del acónito, que abunda en
aquella región, de la misma manera, la amistad
fundada en la comunicación de bienes falsos y
viciosos, es del todo falsa y mala.
La
comunicación de los placeres carnales es una mutua
inclinación y un cebo brutal, que no merece el nombre
de amistad entre los hombres, más de lo que merece
entre los jumentos y caballos.
La
amistad fundada en la comunicación de los placeres
sensuales es grosera e indigna del nombre de amistad, como
lo es también la que se funda en virtudes
frívolas y vanas, porque estas virtudes dependen
también de los sentidos. Llamo placeres sensuales a
los que se refieren inmediata y principalmente a los
sentidos externos, como el placer de contemplar la belleza,
de oír una dulce voz, de tocar, y otros semejantes.
Entiendo por virtudes frívolas ciertas habilidades y
cualidades vanas, que los espíritus débiles
llaman virtudes y perfecciones. Si oyes hablar a la mayor
parte de las doncellas, de las mujeres y de los
jóvenes, advertirás que no se recatan de
decir: aquel joven es muy virtuoso, posee muchas
perfecciones porque baila bien, juega bien a toda clase de
juegos, viste bien, es galante, tiene hermosas facciones, y
los charlatanes tienen por más virtuosos a los que
son más chistosos. Ahora bien, como que todo esto
sólo mira a los sentidos, también las
amistades que de aquí nacen se llaman sensuales,
vanas y frívolas, y más merecen el nombre de
vanidad que el de amistad. Tales son ordinariamente las
amistades de la gente moza, que se enamora de unos bigotes,
de unos cabellos, de unas miradas, de un vestido, del porte,
de la verbosidad: amistades propias de la edad de los
enamorados, cuya virtud está en ciernes y cuyo juicio
está en capullo. Por lo mismo, estas amistades no son
más que pasajeras, y se derriten, como la nieve al
sol.
CAPÍTULO
XVIII
LOS
AMORÍOS
Cuando
estas amistades frívolas se entablan entre personas
de diferente sexo y sin mirar al matrimonio, se llaman
amoríos, porque, no siendo abortos, o mejor dicho,
fantasmas de la amistad, no pueden llevar el nombre de
amistad ni de amor, a causa de su incomparable vanidad e
imperfección. Por ellas, pues, los corazones de los
hombres y de las mujeres quedan aprisionados, esclavos y
encadenados los unos con los otros, con vanos y locos
afectos, fundados en estas frívolas comunicaciones y
placeres ruines de que acabamos de hablar. Y aunque estos
necios amores acaban, ordinariamente, por fundirse y
precipitarse en carnalidades y lascivias feas, no es,
empero, éste el primer intento de los que se
entretienen en ellos; de lo contrario ya poseerían
amoríos, sino manifiestas torpezas. En algunos casos,
podrán pasar aun muchos años, sin que, entre
los tocados de esta locura, ocurra alguna cosa, directamente
contraria a la castidad del cuerpo, porque se contentan
únicamente con desahogar su corazón con
deseos, anhelos, suspiros, galanterías y otras
necesidades y vanidades parecidas, y esto con diversas
pretensiones.
Unos
no intentan otra cosa que satisfacer a su corazón,
dando y recibiendo amor, guiados en esto por su
inclinación amorosa, y éstos cuando escogen
sus amores, sólo tienen en cuenta si son o no de su
agrado y según sus instintos, de manera que, al
encontrarse con una persona que les place, sin examinar el
interior y el comportamiento de la misma, dan comienzo a
este cambio de amoríos, y se enredan en la miserable
red de la cual a duras penas podrán salir. Otros
obran movidos por la vanidad, pues creen que es una cosa muy
gloriosa cautivar y ligar los corazones con el amor; y
éstos, como que andan en pos de la gloria, ponen sus
trampas y tienden sus redes en lugares de relumbrón,
distinguidos, raros e ilustres. A otros les guía la
inclinación amorosa y, a la vez, la vanidad, pues,
aunque su corazón se inclina al amor, no se entregan
a éste si, al mismo tiempo, no pueden lograr alguna
ventaja gloriosa.
Tales
amistades son todas malas, locas y vanas: malas, porque
conducen y acaban, al fin, en el pecado de la carne, y roban
el amor y, por consiguiente, el corazón, a Dios, a la
esposa y al marido, a los cuales se deben; locas, porque
carecen de fundamento y de motivo; vanas porque no producen
ningún provecho, ni honor ni contento. Al contrario,
malbaratan el tiempo, son un estorbo para el honor, y no dan
otro placer que el de un desazonado querer y esperar, sin
saber lo que se pretende ni lo que se quiere. Porque a estos
desdichados y débiles espíritus les parece que
siempre hay un no sé qué envidiable en las
manifestaciones de amor que se les hacen, y no saben
precisar en qué consiste; y, así, su deseo
nunca se ve saciado, sino que siempre anda en desasosiego su
corazón, con perpetuas desconfianzas, celos e
inquietudes.
San
Gregorio Nacianceno, escribiendo contra las mujeres vanas,
dice maravillas en esta materia. He aquí una muestra,
dirigida a las mujeres, pero, aplicable también a los
hombres: «Tu natural belleza basta para tu marido;
pero, si es para varios hombres, como una red para una
bandada de pájaros, ¿qué ocurrirá?
Aquél te será agradable, a quien haya sido
agradable tu belleza, y le devolverás mirada por
mirada; en seguida acudirán las sonrisas y las
palabritas de amor, encubiertas al principio, mas pronto te
familiarizarás con ellas, y pasarás a la
galantería manifiesta. Guárdate bien, lengua
mía, de decir lo que ocurrirá después,
pero quiero añadir otra verdad: nada de cuanto los
jóvenes y las muchachas dicen o hacen, en medio de
estas necias complacencias, está exento de grandes
aguijones. En todo este fárrago de amoríos,
unos se embrollan con otros, y unos atraen a otros, como el
hierro atraído por un imán arrastra consigo,
consecutivamente, a otros hierros».
¡Oh!
¡Y qué bien habla este gran obispo!
¿Qué piensas hacer? Dar amor, ¿no es
verdad? Pero nadie da voluntariamente amor sin que, a la
vez, lo reciba; en este juego, el que coge es cogido. La
hierba aproxis recibe y toma el fuego en cuanto lo ve; lo
mismo hacen nuestros corazones: en cuanto ven una alma
inflamada de amor, al instante son abrasados por ella. Yo
quiero recibir amor, dirá alguno, pero no quiero ir
tan lejos. ¡Ah!, te engañas: este fuego del amor
es mas vivo y penetrante de lo que te imaginas;
procurarás no recibir más que una chispa, y
quedarás maravillada al ver, en un momento, abrasado
tu corazón reducidas a ceniza todas tus resoluciones
y a humo tu buen nombre. Exclama el Sabio:
«¿quién tendrá compasión de
un fascinador mordido por una serpiente?» Y yo exclamo
con él: ¡Oh!, locos e insensatos,
¿queréis fascinar el amor, para poderlo manejar
a vuestro sabor? Queréis jugar con él, y
él os picará y morderá traidoramente, y
¿sabéis lo que dirán de ello? Todo el
mundo se burlará de vosotros y se reirá de
vuestra pretensión de querer encantar el amor y de
haber querido, con necia presunción, introducir en
vosotros una peligrosa serpiente que os ha echado a perder y
ha perdido vuestra alma y vuestro honor.
¡
Dios mío, qué ceguera es ésta, jugar
así al fiado, sobre prendas tan livianas, con el
principal tesoro de nuestra alma! Sí, Filotea, puesto
que Dios no quiere al hombre, sí no es por el alma;
ni el alma, si no es por la voluntad; ni la voluntad, si no
es por el amor. ¡ Ah, Señor! Nuestro amor no
llega, ni de mucho, al grado que requiere; quiero decir que
nos falta infinitamente para tener el que se necesita para
amar a Dios, y, no obstante, miserables de nosotros, lo
prodigamos y lo, malbaratamos en cosas vanas, vacías
y frívolas, como si nos sobrase. ¡Ah!, este gran
Dios, que se había reservado el amor de nuestras
almas, en reconocimiento de su creación,
conservación y redención, exigirá una
cuenta muy estrecha por estas locas sustracciones que de
él le hacemos; porque si, con tanto rigor, ha de
examinar las palabras ociosas, ¿qué no
hará con las amistades vanas, inconvenientes, locas y
perniciosas?
El
nogal es muy dañoso a las viñas y a los campos
en los cuales está plantado, pues, siendo tan grande,
absorbe todo el jugo de la tierra, la cual se hace impotente
para alimentar a las otras plantas; su follaje es tan
tupido, que hace una sombra muy grande y muy espesa, bajo la
cual son atraídos los viandantes, quienes, para coger
el fruto, destrozan y pisotean cuanto hay alrededor. Estos
amoríos causan los mismos daños al alma, pues
la absorben de tal manera y atraen tan fuertemente sus
movimientos, que no puede, después, llegar a hacer
ninguna obra buena: las hojas, es decir, las conversaciones,
los juegos, los requiebros son tan frecuentes, que
malbaratan todo el tiempo, y, finalmente, son causa de
tantas tentaciones, distracciones, sospechas y otras
consecuencias, que todo el corazón queda pisoteado y
deshecho. Resumiendo, estos amoríos ahuyentan, no
sólo el amor celestial, sino también el temor
de Dios, enervan el espíritu, debilitan la
reputación: son, en una palabra, el juguete de las
cortes, pero la peste de los corazones.
CAPÍTULO
XIX
DE LA
VERDADERA AMISTAD
¡Oh, Filotea!, ama a todo el mundo con amor de caridad, pero
no tengas amistad sino con aquellos que pueden comunicar
contigo cosas virtuosas; y cuanto más exquisitas sean
las virtudes, más perfecta será la amistad. Si
la comunicación tiene por objeto las ciencias, tu
amistad es, ciertamente, muy loable; y lo es todavía
más, si la comunicación se refiere a las
virtudes de la prudencia, discreción, fortaleza y
justicia. Pero, si vuestra mutua y recíproca
comunicación es acerca de la caridad, de la
devoción, de la perfección cristiana, ¡oh
Dios mío!, qué preciosa será esta
amistad. Será excelente, porque vendrá de
Dios; excelente, porque tenderá a Dios; excelente,
porque durará eternamente en Dios. ¡Qué
bueno es amar en la tierra como se ama en el cielo y
aprender a amarse los unos a los otros, en este mundo, de la
misma manera que nos amaremos eternamente en el otro!
No
hablo ahora del simple amor de caridad, porque esta virtud
hemos de tenerla con respecto a todos los hombres; sino que
hablo de la amistad espiritual, por la que dos, o tres o
más almas se comunican su devoción, sus
afectos espirituales, y forman como un solo espíritu.
Con cuánta razón pueden cantar estas
bienaventuradas almas: « i Oh, cuán bueno y
agradable es el que los hermanos vivan unidos!»
Sí, porque el bálsamo delicioso de la
devoción destila de un corazón a otro por una
continua participación, de suerte que se puede
afirmar que Dios hace mover-sobre esta amistad su
bendición y la vida por los siglos de los siglos.
Me
parece que todas las demás amistades no son sino
sombras, en comparación de aquélla, y que sus
lazos no son más que cadenas de vidrio, en
comparación con este gran vínculo de la santa
devoción, todo él de oro.
No
quieras trabar otra clase de amistades, se entiende de las
amistades buscadas por ti; porque claro está que no
se pueden dejar ni despreciar las amistades que la
naturaleza y los deberes preexistentes nos obligan a
cultivar: con los padres, los parientes, los bienhechores,
los vecinos y otros; hablo de las que tú misma
escoges.
Quizás
muchos te dirán que no hay que tener ninguna clase de
particular afecto y amistad, porque esto ocupa el
corazón, distrae el espíritu y engendra
envidias; pero se equivocan en sus consejos. Por haber
leído en los escritos de muchos santos y en devotos
autores, que las amistades particulares y los afectos
extraordinarios son infinitamente perjudiciales a los
religiosos, creen que lo mismo se ha de entender con
respecto a todo el mundo; pero, acerca de esto, hay mucho
que decir. Porque, considerando que, en un monasterio bien
ordenado, el fin común a todos es encaminarse a la
verdadera devoción, será fácil de
entender que no son necesarias estas particulares
comunicaciones, por temor de que, al buscar en particular lo
que es común, no se pase de las particularidades a
las parcialidades; pero, en lo que atañe a los que
viven entre los mundanos y abrazan la verdadera virtud,
necesitan unirse unos con otros con una santa y sagrada
amistad, ya que, merced a ésta, se alientan, ayudan y
estimulan mutuamente a obrar bien. Y, así como los
que andan por la llanura no necesitan darse la mano, pero
los que andan por caminos escabrosos y resbaladizos se cogen
los unos a los otros, para caminar con más seguridad;
de la misma manera, los que viven en las comunidades
religiosas no tienen necesidad de amistades particulares,
pero los que están en el mundo necesitan de ellas
para apoyarse y socorrerse los unos a los otros, en medio de
los parajes difíciles que han de atravesar. En el
mundo, no todos conspiran al mismo fin, ni todos tienen el
mismo espíritu; se impone, pues, la separación
y la amistad, según las aspiraciones de cada uno; y
esta separación crea, ciertamente, una parcialidad,
pero una parcialidad santa, que no produce otra
división que la del bien y el mal, la de los corderos
y los cabritos, la de las abejas y los moscardones,
separaciones de todo punto necesarias.,
A la
verdad, no me atrevería a negar que Nuestro
Señor amó con más particular y
más dulce amistad a San Juan, a Lázaro, a
Marta y a Magdalena, pues la Escritura da testimonio de
ello. Sabemos que San Pedro amó tiernamente a San
Marcos y a Santa Petronila; como San Pablo, a Timoteo y a
Santa Tecla. San Gregorio Nacianceno se gloria cien veces de
la amistad incomparable que profesó al gran San
Basilio, y la describe de esta manera: «Parecía
que en nosotros no había más que una sola alma
en dos cuerpos». Y, aunque no hemos de creer a los que
afirman que todas las cosas están en todas las cosas,
hemos de creer, empero, que nosotros éramos dos en
cada uno de nosotros, el uno en el otro; los dos
teníamos una sola aspiración: cultivar la
virtud y ajustar los designios de nuestra vida a las
esperanzas venideras, saliendo así de esta tierra
mortal antes de morir en ella. San Agustín atestigua
que San Ambrosio amaba a Santa Mónica
únicamente por las virtudes que veía en ella,
y que ella, recíprocamente, le amaba como a un
ángel de Dios.
Pero
me equivoco al entretenerte en una cosa tan clara. San
Jerónimo, San Agustín, San Gregorio, San
Bernardo y todos los más grandes siervos de Dios, han
tenido amistades muy particulares, sin menoscabo de su
perfección. San Pablo, al censurar los vicios de los
gentiles, les acusa de que son personas sin afecto; es
decir, que no tienen ninguna amistad. Y Santo Tomás,
como todos los buenos filósofos, afirma que la
amistad es una virtud: y nótese que habla de la
amistad particular, pues, como él mismo dice, la
verdadera amistad no puede extenderse a muchas personas.
Luego la perfección no consiste en no tener
amistades, sino en tenerlas únicamente buenas, santas
y sagradas.
CAPÍTULO
XX
DE LA
DIFERENCIA ENTRE LA AMISTAD VERDADERA Y LAS AMISTADES
FALSAS
He
aquí, pues, la gran advertencia, Filotea. La miel de
Heraelea, que es tan venenosa, es parecida a la otra ' que
es tan saludable: es un gran peligro tomar la una por la
otra, o tomarlas mezcladas, porque la bondad de la una no
impide el daño de la otra. Es menester andar muy
alerta para no ser engañado por estas amistades,
tanto más cuando se entablan entre personas de
diferente sexo, sea cual fuere el pretexto, pues
Satanás engaña, con frecuencia, a los que
aman. Se comienza por el amor virtuoso, pero, si no se es
muy discreto, pronto se mezclará el amor
frívolo, después el amor sensual,
después el amor carnal. Si no se anda con mucho
cuidado, también hay peligro en el amor espiritual,
aunque en éste, es más difícil ser
engañado, porque su pureza y blancura ponen
más de manifiesto las fealdades que Satanás
quiere mezclar; por esta causa, cuando lo intenta, lo hace
con más disimulo, y procura introducir las impurezas
casi insensiblemente.
La
amistad mundana se distingue de la santa y virtuosa, como la
miel de Heraclea se distingue de la otra; la miel de
Heraclea es más dulce al paladar que la miel
ordinaria, a causa del acónito, que le da un exceso
de dulzura, y la amistad mundana suele producir una serie de
palabras almibaradas, una sarta de frases apasionadas y de
alabanzas inspiradas en la belleza, en la gracia y en las
dotes sensuales; en cambio, la amistad sagrada usa de un
lenguaje sencillo y franco, sólo alaba la virtud y la
gracia de Dios, único fundamento sobre el cual
estriba. La miel de Heraclea, una vez engullida, produce
vértigos, y la falsa amistad provoca trastornos en el
espíritu, que hacen titubear a la persona en la
castidad y devoción, induciéndola a miradas
afectadas, halagadoras e inmoderadas, a caricias sensuales,
a suspiros desordenados, a ligeras quejas de no sentirse
amada, a suaves, pero rebuscadas y cautivadoras
exterioridades, a la galantería, a los besos y a
otras familiaridades e intimidades indecorosas, presagios
ciertos e indudables de una próxima ruina de la
honestidad; al contrario, la amistad santa tiene los ojos
simples y castos, sus caricias son puras y francas,
sólo suspira por el cielo, sus intimidades son para
el espíritu, únicamente se queja cuando Dios
no es amado, señales infalibles de la honestidad. La
miel de Heraclea perturba la vista, y esta amistad mundana
perturba el juicio hasta el extremo de que los que
están tocados de ella creen que obran bien cuando
obran mal, y tienen por razones sólidas sus excusas,
sus pretextos y sus palabras; temen la luz y aman las
tinieblas; pero la amistad santa tiene los ojos claros y no
se esconde, sino que gusta de aparecer ante las personas de
bien. Finalmente, la miel de Heraclea llena la boca de
amargura; de la misma manera, las falsas amistades se
convierten y acaban en palabras y en demandas carnales y
malolientes, y, si no son aceptadas, en injurias, calumnias,
imposturas, tristezas, confusiones y celos, que degeneran,
muchas veces, en embrutecimiento y locura; pero la amistad
casta siempre es honesta, cortés y amable por igual,
y nunca se muda, si no es en una más perfecta y pura
unión de espíritu, imagen de la amistad
bienaventurada que se vive en los cielos.
Dice
San Gregorio Nacianceno que el pavo real, cuando chilla y
abre la rueda con las plumas extendidas, excita mucho la
lubricidad de las parejas que le oyen. Cuando un hombre
comienza a pavonearse, a engalanarse, a halagar, a silbar y
a murmurar a los oídos de una mujer, sin miras al
santo matrimonio, ¡oh! indudablemente no pretende otra
cosa más que provocarla a alguna acción
impúdica; y la mujer, si es honrada, tapará
sus orejas, para no oír el grito de este pavo real ni
la voz del fascinador que quiere encantarla; porque, si le
escucha, ¡oh Dios mío, qué mal augurio de
la futura pérdida del corazón!
El
joven que hace ademanes, gestos y caricias, o bien dice
palabras en las cuales no quisiera ser sorprendido por su
padre, madre, esposa o confesor, da, con ello, pruebas de
que se trata de otra cosa que del honor y de la conciencia.
La Santísima Virgen se turbó al ver un
ángel en forma humana, porque estaba sola y le
tributaba muy grandes elogios, aunque celestiales. ¡Oh
Salvador del mundo!, la pureza teme a un ángel en
figura humana, y ¿por qué, pues, la impureza no
temerá a un hombre, aunque sea en figura de
ángel, cuando le dirige alabanzas sensuales y
humanas?
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