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San
Francisco de Sales - Introducci�n a la vida devota
(�ndice)
Tercera parte (Muchos
avisos sobre el ejercicio de las virtudes)
CAPÍTULO
XXI
ADVERTENCIA
Y REMEDIOS CONTRA LAS MALAS
AMISTADES
Mas
¿qué remedios hay contra la peste y podredumbre
de locos amores, necedades e impurezas? Enseguida que
sientas sus primeros síntomas, vuélvete del
otro lado, y, con una absoluta detestación de estas
vanidades, corre a la cruz del Salvador y toma su corona de
espinas, para cercar con ella tu corazón, a fin de
que estas pequeñas zorras no se le acerquen.
Guárdate bien de dar beligerancia a este enemigo; no
digas: «le escucharé, pero nada haré de
cuanto me diga; le escucharé, pero le negaré
el corazón». ¡Ah Filotea!, por Dios,
sé muy rigurosa en tales ocasiones; el corazón
y el oído se complacen mutuamente, y, así como
es imposible detener un torrente que ha empezado a
precipitarse por la vertiente de una montaña,
así también es difícil impedir que el
amor que se ha deslizado por el oído, no penetre en
el corazón. Según Alemeón, las cabras
respiran por el oído; Aristóteles lo niega, y
yo no sé lo que en ello hay de verdad; pero una cosa
sé, y es que nuestro corazón alienta por los
oídos, y que, así como aspira y exhala sus
pensamientos por la lengua, así también
respira por los oídos, por los cuales recibe los
pensamientos de los demás. Guardemos, pues, con mucho
cuidado, nuestros oídos del aire de las palabras
necias; porque, de lo contrario, nuestro corazón
quedará, con frecuencia, apestado. No escuches
ninguna clase de proposiciones, sea cual sea el pretexto con
que te sean hechas; solamente en este caso, no hay peligro
de que seas descortés y huraña.
Recuerda
que has consagrado tu corazón a Dios, y que,
habiéndole sacrificado tu amor, sería un
sacrilegio robarle una sola brizna; al contrario,
sacrifícaselo de nuevo, con mil resoluciones y
protestas, y permaneciendo en medio de éstas como un
ciervo en su refugio, acude a Dios; Él te
socorrerá, y su amor tomará el tuyo bajo su
protección, para que viva únicamente por
Él.
Pero,
si ya has quedado cogida en las redes de estos locos amores,
¡Dios mío, que dificultad en desprenderte de
ellas! Ponte delante de su divina Majestad; reconoce, en su
presencia, la grandeza de tu miseria, tu flaqueza y tu
vanidad; después, con el mayor esfuerzo de tu
corazón que te sea posible, detesta estos amores
comenzados; abjura la vana profesión que de ellos
hubieres hecho; renuncia a todas las promesas recibidas, y,
con una muy grande y decidida voluntad recoge tu
corazón y resuelve nunca más expansionarte con
estos juegos y entretenimientos de amor.
Si
puedes alejarte de la ocasión, te lo aprobaré
infinito, porque así como los que han sido mordidos
de la serpiente no pueden fácilmente curarse en
presencia de los que, en otra ocasión, han sido
picados por el mismo animal, así la persona que ha
sido mordida por el amor, difícilmente curará
de esta pasión, mientras esté cerca de la otra
que haya recibido la misma mordedura. El cambio de lugar es
el gran sedante para calmar los ardores y las inquietudes,
así de] amor como del dolor. El jovencito del
cual habla San Ambrosio, en el libro segundo de La
Penitencia, después de haber hecho un largo viaje se
sintió completamente libre de los locos amores que
había tenido, y quedó tan trocado, que, al
encontrarle su loca enamorada y al decirle: «¿No
me conoces? Soy la misma», respondió él:
«Sí, ciertamente, pero yo no soy el mismo»;
la ausencia había producido, en él, esta
mudanza. Y San Agustín afirma que, para calmar el
dolor que sintió a la muerte de su amigo,
salió de Tagaste, donde éste había
muerto, y se fue a Cartago.
Mas
¿qué ha de hacer el que no puede ausentarse? Es
menester que rompa absolutamente con toda
conversación particular, con todo trato secreto, con
las miradas dulces, con las sonrisas y, en general, con toda
clase de comunicación y cebo que puedan alimentar
este fuego maloliente y humeante; o, en último
extremo, si es imprescindible hablar con el cómplice,
que sea para declarar, con una atrevida, breve y severa
protesta, el eterno divorcio que se ha jurado. A todos los
que han caído en estas redes les digo a veces:
«Cortad, rasgad, romped»; no es caso de
entretenerse en descoser estas locas amistades, es menester
rasgarlas; no es caso de deshacer los nudos, es menester
romperlos o cortarlos; por otra parte, se trata de unas
cuerdas y ataduras que no tienen valor alguno. No se ha de
remendar un amor que es tan contrario al amor de Dios.
Pero,
después que haya roto las cadenas de esta infamante
esclavitud, ¿quedará todavía en mí
algún resabio de ella? ¿ Las marcas y los trazos
de los hierros dejarán también señales
en mis pies, es decir, en mis afectos? De ninguna manera,
Filotea, si concibes el aborrecimiento que tu mal merece;
porque, supuesto que dejase rastro en ti, no serías
agitada por ningún movimiento que no fuese el de un
gran horror al amor infamante y a todo cuanto de él
se deriva. y permanecerías libre de todo otro afecto
hacia el objeto abandonado, que no fuese una purísima
caridad para con Dios. Pero, si por la imperfección
de tu arrepentimiento, quedan todavía en ti algunas
malas inclinaciones, procura a tu alma una soledad mental,
según lo que te he enseñado más arriba,
y recógete en ella cuanto puedas, y, con mil
reiterados impulsos de tu espíritu, renuncia a todas
tus inclinaciones; abjúralas con todas tus fuerzas;
lee, más de lo que sueles, libros santos;
confiésate y comulga con más frecuencia que de
ordinario; trata humilde e ingenuamente con tu director
acerca de todas las sugestiones y tentaciones que te
sobrevengan en ese punto, si te es posible, o, a lo menos,
con alguna alma fiel y prudente, y no dudes de que Dios te
librará de toda pasión, mientras perseveres
fiel a estos ejercicios.
«¡Ah!
-me dirás- pero, ¿no será una ingratitud
romper tan despiadadamente una amistad?» ¡Oh!
¡Dichosa ingratitud la que nos hace agradables a Dios!
No, por Dios, Filotea, esto no será ingratitud, sino
un gran beneficio que harás al amante, porque, al
romper tus lazos, rompes los suyos, pues eran comunes a
ambos, y, aunque, de momento, no se dé, cuenta del
beneficio, no tardará en reconocerlo, y como
tú cantará en acción de gracias: «
¡ Oh Señor!, has roto mis ataduras; yo te
inmolaré la hostia de alabanza e invocaré tu
santo Nombre».
CAPÍTULO
XXII
ALGUNAS
OTRAS ADVERTENCIAS SOBRE LAS
AMISTADES
La
amistad requiere una gran comunicación entre los
amigos; de lo contrario, no puede nacer ni subsistir. Por
esta causa, ocurre que, con la comunicación propia de
la amistad, se deslizan y pasan insensiblemente de
corazón a corazón otras comunicaciones, por
una mutua infusión y recíproco cambio de
afectos, de tendencias e impresiones. Pero, de un modo
particular, ocurre esto cuando tenemos en grande aprecio a
aquel a quien amamos, porque, entonces, de tal manera
abrimos el corazón a la amistad, que, con ella,
fácilmente entran todas sus inclinaciones y afectos,
tanto si son buenos como si son malos. Es cierto que las
abejas que hacen la miel de Heraclea no buscan sino la miel,
pero con la miel chupan insensiblemente las cualidades
venenosas del acónito, entre el cual hacen su
cosecha. Pues bien, Filotea, en este punto, es menester
practicar las palabras que el Salvador de nuestras almas
solía decir, como nos lo enseñan los antiguos:
«Sed buenos cambistas y buenos negociantes de
moneda», es decir, no aceptéis la moneda falsa
junto a la buena, ni el oro de baja ley con el oro fino;
separemos lo precioso de lo ruin, porque nadie hay que no
tenga alguna imperfección. Y ¿qué
razón hay para recibir mezcladas las taras y las
imperfecciones del amigo, junto con su amistad? Ciertamente,
es menester amarle, a pesar de su imperfección, pero
sin amar ni recibir ésta, porque la amistad supone la
comunicación del bien, mas no la del mal. Así
como los que extraen las arenas del río, las dejan en
la ribera después de haber separado el oro, para
llevárselo, de la misma manera los que gozan de la
comunicación de alguna buena amistad, han de separar
de ella la arena de las imperfecciones, y no dejarla
penetrar en el alma. Cuenta San Gregorio, que muchos amaban
y admiraban tanto a San Basilio, que se dejaban llevar hasta
el extremo de imitarle aun en sus imperfecciones exteriores
«en su hablar lento, en su espíritu abstracto y
pensativo, en la forma de su barba y en su porte». Y
conocemos a maridos, esposas, hijas, amigos que, por tener
en grande estima a sus amigos, a sus padres, a sus maridos,
a sus esposas, adquieren, por condescendencia o por
imitación, mil pequeños defectos, con el trato
amistoso que sostienen. Ahora bien, esto en manera alguna se
ha de hacer, pues cada uno harto y demasiado tiene con sus
malas inclinaciones, sin necesidad de echar sobre sí
las de los demás; y la amistad, no sólo no
exige esto, sino que, al contrario, nos obliga a ayudarnos
los unos a los otros, para librarnos mutuamente de toda
clase de imperfecciones. Es indudable que se han de soportar
pacientemente, en el amigo, sus imperfecciones, pero no nos
hemos de inclinar a ellas ni mucho menos trasladarlas a
nosotros.
Y no
hablo sino de las imperfecciones, porque, en cuanto a los
pecados, ni los hemos de admitir, ni los hemos de soportar
en el amigo. Es una amistad débil o mala, ver al
amigo en peligro y no socorrerle, verle morir de una
apostema y no atreverse a clavarle el bisturí de la
corrección para salvarle. La verdadera y viva
amistad, no puede conservarse entre los pecados. Se dice de
la salamandra que apaga el fuego sobre el cual se acuesta, y
el pecado destruye la amistad, porque no puede subsistir si
no es sobre la verdadera virtud. j Cuánto menos,
pues, hay que pecar por motivos de amistad! El amigo es
enemigo, cuando quiere inducirnos al pecado, y merece perder
la amistad, cuando pretende perder y condenar al amigo; y
una de las señales más seguras de la falsa
amistad es verla sostenida con una persona viciada por el
pecado, sea cual sea éste. Si la persona a quien
amamos es viciosa es sin duda nuestra amistad, porque, no
pudiendo referirse a la virtud verdadera, forzosamente ha de
tomar pie de alguna virtud frívola o de alguna
cualidad sensual.
La
sociedad formada entre comerciantes con miras al provecho
temporal, no tiene más que la apariencia de verdadera
amistad, porque se inspira, no en el amor a las personas,
sino en el amor al lucro.
Finalmente,
estas dos divinas afirmaciones son dos grandes columnas para
asegurar bien la vida cristiana. Una es del Sabio: «El
que teme a Dios siempre tendrá buena amistad»;
la otra es de Santiago Apóstol: «La amistad de
este mundo es enemiga de Dios».
CAPÍTULO
XXIII
DE LOS
EJERCICIOS DE LA MORTIFICACIÓN
EXTERIOR
Los
que entienden en cosas rústicas y campestres aseguran
que si se escribe una palabra sobre una almendra bien
entera, y después se encierra ésta de nuevo en
la cáscara, bien colocada y cerrada con todo cuidado,
y se planta de esta manera, todo el fruto que el
árbol producirá después, llevará
igualmente escrito y grabado el mismo nombre, En cuanto a
mí, Filotea, nunca he podido aprobar el método
de aquellos que, para reformar al hombre, empiezan por el
exterior, por el porte, por los vestidos, por los cabellos.
Muy
al contrario, me parece que es menester comenzar por el
interior: «Convertios a Mí de todo
corazón», nos dice Dios: «Hijo mío,
dame tu corazón»; porque así, siendo el
corazón la fuente de los actos, son éstos lo
que aquél es. El divino Esposo, al convidar al alma,
le dice: «Ponme un sello sobre tu corazón, como
un sello como sobre tu brazo». Sí, ciertamente,
pues cualquiera persona que tenga a Jesucristo en su
corazón, lo tiene también en todas sus
acciones exteriores.
Por
esto, amada Filotea, he querido, ante todo, grabar y
escribir en tu corazón este santo y sagrado: VIVA
JESÚS, bien convencido de que, después de
esto, tu vida, que proviene de tu corazón, como el
almendro de la almendra, producirá todos los actos,
que son sus frutos, escritos y grabados con el mismo nombre
de salvación, y que, tal como vivirá
Jesús en tu corazón, vivirá
también en todas tus exterioridades, y se
manifestará en tus ojos, en tu boca, en tus manos y
aun en tus cabellos, y podrás decir santamente, a
imitación de San Pablo: «Vivo yo, mas no soy yo
quien vivo, sino que Jesucristo vive en mí». En
una palabra: el que ha ganado el corazón del hombre
ha ganado a todo el hombre. Pero este mismo corazón,
por el cual queremos comenzar, requiere que se le instruya
acerca de cómo ha de regular su manera de conducirse
y su porte exterior, a fin de que, no sólo se vea en
él la santa devoción, sino también una
gran prudencia y discreción. Con este fin, voy a
hacerte algunas advertencias.
Si
puedes soportar el ayuno, harás bien en ayunar
algunos días, además de los prescritos por la
Iglesia; porque, aparte del efecto ordinario del ayuno, que
es elevar el espíritu, refrenar la carne, practicar
la virtud y alcanzar una mayor recompensa en el cielo, es un
gran bien conservar el propio dominio sobre la
glotonería, y tener el instinto sexual y el cuerpo
sujetos a la ley del espíritu, y, aunque no sean
muchos los ayunos, no obstante el enemigo nos teme
más cuando conoce que sabemos ayunar. Los
miércoles, viernes y sábados son los
días en los cuales los antiguos cristianos más
se ejercitaban en la abstinencia; escoge, pues, algunos de
estos días para ayunar, según te lo aconsejen
tu devoción y la discreción de tu director.
De
buen grado diré aquello que San Jerónimo
decía a la buena dama Leta: «Mucho me desagradan
los ayunos largos e inmoderados, sobre todo en aquellos que
se hallan en edad todavía tierna. He aprendido, por
experiencia, que el potro, cuando está cansado de
andar, busca la manera de escabullirse»; es decir, el
joven debilitado por el exceso en los ayunos,
fácilmente degenera en la molicie. En dos ocasiones
corren mal los ciervos: cuando están demasiado
cargados de grasa y cuando están demasiado flacos.
Nosotros estamos muy expuestos a las tentaciones, cuando
nuestro cuerpo está demasiado nutrido y cuando
está demasiado débil, porque lo primero lo
vuelve insolente a causa de su vigor, y lo segundo lo vuelve
desesperado a causa de su flaqueza; y, así como
nosotros a duras penas podemos llevar el cuerpo cuando
está demasiado grueso, tampoco él puede
llevarnos a nosotros cuando está demasiado flaco. La
falta de esta moderación en los ayunos, disciplinas,
cilicios y austeridades inutiliza para el servicio de la
caridad los mejores años de muchos, como
sucedió al mismo San Bernardo, que, después,
se arrepintió de haber sido demasiado austero; y, en
el mismo grado en que han maltratado el cuerpo en los
comienzos, se ven obligados a halagarlo después.
¿No sería mejor darle un trato justo y
proporcionado a las cargas y trabajos a que esté
obligado por su condición?
El
ayuno y el trabajo rinden y abaten la carne. Si el trabajo
que haces te es muy necesario o es muy útil para la
gloria de Dios, prefiero que sufras la penalidad del trabajo
que la del ayuno; éste es el sentir de la Iglesia, la
cual, por consideración a los trabajos útiles
al servicio de Dios y del prójimo, exime a los que
los hacen aun del ayuno de precepto. Uno se mortifica
ayunando, otro sirviendo a los enfermos, visitando a los
presos, confesando, predicando, asistiendo a los desolados,
orando y con otros ejercicios semejantes; esta
mortificación vale más que aquélla,
porque, además de refrenar, como ella, produce frutos
mucho más deseables. Por lo tanto, en general, es
preferible guardar las fuerzas corporales más de lo
necesario, que agotarlas más de lo que conviene, pues
podemos abatirlas siempre que queremos, mas no repararlas
siempre que es necesario.
Me
parece que hemos de sentir mucha reverencia por el aviso que
nuestro Salvador y Redentor Jesús dio a sus
discípulos: «Comed lo que os pongan
delante». Creo que es mayor virtud comer, sin elegir lo
que te presenten y por el mismo orden que te lo den, ya sea
de tu agrado, ya no lo sea, que escoger siempre lo peor.
Porque, aunque esta manera de vivir parece más
austera, no obstante la otra exige más
resignación, pues, por ella, no sólo se
renuncia al propio gusto, sino también a escoger, y,
ciertamente, no es pequeña austeridad doblegar
siempre el propio gusto al gusto de los demás y
tenerlo sujeto a las circunstancias, tanto más cuanto
que esta clase de mortificación no es aparatosa, ni
molesta para nadie, y muy apropiada a la vida social.
Rechazar unos manjares para tomar otros, picar y gustarlo
todo, no encontrar nunca cosa alguna bien hecha ni limpia,
quejarse a cada momento.... todo esto delata un
corazón goloso y demasiado atento a los platos y a
los manjares. Más dice en favor de San Bernardo que
bebiese, sin darse cuenta, aceite en lugar de agua o vino,
que si, a sabiendas, hubiese bebido agua de ajenjos; porque
era señal de que no pensaba en lo que bebía.
Y, en este descuido de lo que se ha de comer o beber,
consiste la práctica perfecta de esta sagrada
advertencia: «Comed lo que os pongan delante>. No
obstante, exceptúo los manjares que perjudican a la
salud o que ponen enfermizo al espíritu, como son,
para muchos, los manjares calientes o picantes,
alcohólicos o flatulentos, y exceptúo
también algunas ocasiones en las cuales la naturaleza
necesita ser recreada o alentada, para poder soportar
algún trabajo para la gloria de Dios.
Una
constante y moderada sobriedad vale más que las
abstinencias violentas, hechas de tarde en tarde y con
treguas de gran relajación.
La
disciplina posee una virtud maravillosa para despertar el
deseo de la devoción, si se toma de una manera
moderada. El cilicio refrena poderosamente el cuerpo, pero
su uso no es indicado para los casados ni para las
complexiones delicadas, ni para los que han de soportar
grandes calamidades. Es verdad que, en los días
más indicados para la penitencia, se puede hacer uso
de él, pero siempre con el consejo de un confesor
discreto.
Es
menester emplear la noche en dormir, tanto como sea
necesario, para poder velar muy útilmente de
día, cada uno según su complexión. Y,
como quiera que la Sagrada Escritura, en muchos lugares, el
ejemplo de los santos y la razón natural nos
recomiendan, en gran manera, el madrugar, por ser este
tiempo el mejor y el más fructuoso de nuestro
día, y el mismo Nuestro Señor es llamado sol
naciente, y la Santísima Virgen alba del día,
creo que es una virtud acostarse temprano, por la noche,
para poder despertarse y levantarse muy de mañana.
Ciertamente, esta hora es la más agradable, la
más dulce y la menos embarazosa; aun los
pájaros, en ella, nos invitan a despertarnos y a
alabar a Dios: así, pues, el madrugar es útil
a la salud y a la santidad.
Balaán
iba, montado en su asna, al encuentro de Balac. Mas, como
que no obraba con rectitud de intención, le
esperó en el camino el ángel con una espada
para matarle. La asna, que veía al ángel, se
detuvo pertinazmente por tres veces; Balaán no cesaba
de golpearla cruelmente a bastonazos, para obligarla a
andar, hasta que, a la tercera vez, la asna,
agachándose, con Balaán montado encima, le
habló, por un milagro, y le dijo: «¿
Qué te he hecho yo? ¿Por qué me has
golpeado ya tres veces?» Y enseguida se le abrieron a
Balaán los ojos, y vio al ángel el cual le
dijo: «¿Por qué has pegado a tu asna? Si
ella no hubiese retrocedido delante de mí, yo te
hubiera muerto y hubiera salvado a ella». Entonces dijo
Balaán al ángel: «Señor, he
pecado, porque no sabía que te hubieses puesto frente
a mí, en el camino». ¿Lo ves Filotea?
Balaán es la causa del mal, pega y da de bastonazos a
la pobre asna, que no tiene ninguna culpa.
Así
ocurre, con frecuencia, en nuestras cosas: porque tal esposa
ve a su marido o a su hijo enfermo, acude, al instante, al
ayuno, al cilicio, a la disciplina, como lo hizo David en
semejante ocasión. ¡Ah querida amiga! tú
azotas a la pobre asna, castigas tu cuerpo, y él no
es responsable de tu mal, ni de que Dios tenga la espada
desenvainada contra ti; castiga tu corazón, que es
idólatra de este esposo, y que tolera mil defectos en
el hijo y le induce al orgullo, a la vanidad y a la
ambición. Tal hombre ve que, con frecuencia, cae en
la bajeza del pecado de lujuria: el remordimiento interior
se pone delante de su conciencia, con la espada en la mano,
para atravesarlo con un santo temor; y, al momento,
reaccionando en su corazón, exclama: « ¡ Ah
carne envilecida! ¡Ah cuerpo desleal! ¡
Cómo me habéis hecho traición! » y
he aquí que, enseguida, comienza a mortificar a esta
carne con ayunos inmoderados, con disciplinas excesivas, con
cilicios insoportables. ¡Ah pobre alma! Si tu carne
pudiese hablar, como la burra de Balaán, te
diría: ¿ Por qué me pegas, miserable? Es
sobre ti, alma mía, que Dios descarga su ira; eres
tú la criminal. ¿Por qué me induces a
malas conversaciones? ¿Por qué aplicas mis ojos,
mis manos, mis labios a las deshonestidades? ¿Por
qué me perturbas con imaginaciones perversas? Ten
pensamientos buenos, y yo no tendré movimientos
malos; trata con personas honestas, y yo no seré
excitada por su concupiscencia. ¡Ah! eres tú la
que me arrojas al fuego, y, después, quieres que no
arda; tiras pavesas a los ojos, y no quieres que se
inflamen». Y Dios te dice, indudablemente, en estas
ocasiones: «Castiga, rompe, acuchilla, despoja
principalmente tu corazón, ya que es contra él
que se ha encendido mi enojo». Es cierto que para curar
la comezón no es tan necesario lavarse y
bañarse como purificar la sangre y refrescar el
hígado; así también, para curar
nuestros defectos, bueno es mortificar la carne, pero, ante
todo, es necesario purificar nuestros afectos y refrescar
nuestros corazones. Ahora bien, en todo y por todas partes,
de ninguna manera se han de emprender austeridades
corporales sin el consejo de nuestro
guía.
CAPÍTULO
XXIV
DE LAS
CONVERSACIONES Y DE LA SOLEDAD
En
la devoción de los seglares, de la cual vamos
tratando, el buscar las conversaciones y el huir de ellas
son dos extremos censurables. El rehuirlas implica
desdén y menosprecio del prójimo, y el
buscarlas es cosa que se resiente de ociosidad e inutilidad.
Hemos de amar al prójimo como a nosotros mismos: para
demostrar que le amamos, es menester no huir de su
compañía, y, para probar que nos amamos a
nosotros mismos, hemos de permanecer con nosotros, cuando
con nosotros nos encontremos. Ahora bien, estamos con
nosotros, cuando estamos solos. «Piensa en ti, dice San
Bernardo, y después en los demás». Y
así, si nada te impele a hacer una visita o a
recibirla en tu casa, quédate sola contigo misma y
conversa con tu corazón; pero, si viene a ti alguna
visita o algún motivo justificado te convida a
hacerla, hazla en nombre de Dios, Filotea; trata con el
prójimo de buen grado y ponle buena cara.
Llamamos
malas conversaciones a las que se tienen con mala
intención, o bien, cuando los que toman parte en
ellas son viciosos, indiscretos y disolutos; y de
éstos hay que huir, como las abejas huyen de los
enjambres de tábanos o abejorros. Porque, así
como los que han sido mordidos por perros rabiosos, tienen
el sudor, la saliva y el aliento peligrosos, sobre todo para
los niños y para las personas de complexión
débil, de la misma manera, nadie puede tratar con
estos viciosos e incontinentes sin riesgo y peligro, sobre
todo cuando se tiene una devoción todavía
tierna y delicada.
Hay
conversaciones que sólo sirven para
recreación, las cuales se tienen únicamente
para distraerse de las ocupaciones serias; en cuanto a
éstas, así como, por una parte, no es menester
entregarse a ellas, así también, por otra, se
les puede conceder el ocio destinado a la recreación.
Otras
conversaciones tienen por finalidad el buen trato; tales son
las mutuas visitas y ciertas reuniones que se tienen para
honrar al prójimo. En cuanto a éstas,
así como no hay que ser demasiado meticuloso en
practicarlas, tampoco hay que ser desatento,
despreciándolas, sino que cada uno ha de cumplir en
ello, con modestia, su deber, para evitar así la
rusticidad como la frivolidad.
Quedan
ahora las conversaciones útiles, como las que se
entablan entre las personas devotas y virtuosas. ¡Oh
Filotea!, siempre te hará mucho bien tener con
frecuencia estas conversaciones. La viña plantada
entre olivos produce racimos oleosos, a los que se pega el
gusto del olivo: el alma que, con frecuencia, se encuentra
entre personas de virtud, forzosamente ha de participar de
sus cualidades. Los abejorros solos no pueden hacer miel,
pero con las abejas, se ayudan mutuamente a hacerla: el
conversar con almas devotas es una gran ventaja para
excitarnos mucho a la devoción.
En
toda conversación , la ingenuidad, la simplicidad, la
dulzura y la modestia son siempre preferidas. Hay personas
que no hacen un solo ademán ni un solo movimiento si
no es con tanto artificio que se hacen enojosos a todo el
mundo; y, así como aquel que no quisiera andar sino
contando los pasos, ni hablar sino cantando, sería a
todos antipático, así los que toman un aire
fingido y todo lo hacen a compás, importunan en gran
manera en la conversación, y, en esta clase de
personas, siempre hay algún aspecto de
presunción. Hemos de procurar habitualmente que, en
nuestra conversación, predomine siempre una
jovialidad moderada. San Romualdo y San Antonio son muy
alabados, porque a pesar de sus austeridades tenían
siempre el rostro y las palabras llenas de regocijo, de
gracia y de cortesía. Procura estar siempre alegre
con los que están alegres, y repito con el
Apóstol: «Está siempre gozosa, pero en
Nuestro Señor, y que todos los hombres vean tu
modestia». Para alegrarte en Nuestro Señor, es
menester que el objeto de tu gozo no sólo sea
lícito, sino también honesto. Te lo digo,
porque hay cosas que, no obstante ser lícitas, no son
honestas; y, para que vean tu modestia, guárdate de
las insolencias, que siempre son reprensibles: hacer caer a
uno, ensuciar a otro, pellizcar a un tercero, hacer
daño a un tonto, son bromas y goces necios e
insolentes.
Empero,
además de la soledad mental, a la cual puedes
retirarte siempre, en medio del bullicio de las
conversaciones, como he dicho más arriba, has de amar
la soledad local y real, no para irte al desierto como
Santa- María Egipciaca, San Pablo, San Antonio,
Arsenio y otros padres solitarios, sino para estar un poco
en tu habitación, en tu jardín o en otro
lugar, donde puedas, a tu sabor, recoger tu espíritu
en tu corazón, y recrear tu alma con buenas
reflexiones y santos pensamientos o con un rato de buena
lectura, a ejemplo de aquel obispo Nacianceno, que, hablando
de sí mismo, dice: «Paseaba conmigo mismo al
atardecer, durante algún tiempo, por la orilla del
mar, porque tenía la costumbre de tomar esta
recreación, para distraerme y librarme un poco de los
enojos de cada día», y enseguida discurre acerca
del buen pensamiento que tuvo y que he referido en otro
lugar,. Y toma también por modelo a San Ambrosio,
hablando del cual, dice San Agustín que con
frecuencia, cuando entraba en su habitación (pues
tenía siempre la puerta abierta para todo el mundo),
lo encontraba leyendo, y, después de haber esperado
un rato se iba sin decirle nada para no estorbarle, y
pensando que no había de robar aquel poco tiempo que
quedaba a este gran pastor para robuster y recrear su
espíritu, después del trasiego de tantas
ocupaciones. También, un día, habiendo contado
los Apóstoles a Nuestro Señor que
habían predicado y trabajado mucho, les dijo:
«Venid a la soledad y descansad un poco».
CAPITULO
XXV
DE LA
DECENCIA EN LOS VESTIDOS
Quiere
San Pablo que las mujeres devotas (lo mismo se diga de los
hombres) vistan con decoro y se adornen con decencia y
sobriedad. Ahora bien, la decencia en el vestir y en el
ornato depende de la materia de la forma y de la limpieza.
En cuanto a la limpieza, ha de ser siempre la misma en
nuestros vestidos, en los cuales, en la medida de lo
posible, no hemos de tolerar ninguna mancha ni dejadez. La
limpieza exterior es, en alguna manera, el reflejo de la
honestidad interior. El mismo Dios exige la decencia
corporal en los que se acercan a los altares y en los que
tienen principalmente a su cargo la devoción.
En
cuanto a la materia y a la forma de los vestidos, la
decencia se ha de juzgar según las diversas
circunstancias de tiempo, de edad, de condición, de
compañías, de ocasiones. Ordinariamente,
acostumbrados a vestir mejor los días festivos,
según la importancia de la solemnidad que se celebra;
en tiempo de penitencia, como en Cuaresma, se viste con
más sencillez; en las bodas se llevan trajes
nupciales, y en los actos fúnebres se emplean ropas
de luto; delante de los príncipes es menester un
mayor realce, el cual disminuye entre los propios
familiares. La mujer casada puede y debe adornarse delante
de su marido; si hace lo mismo cuando está lejos de
él, entonces cabe preguntar a qué ojos quiere
complacer con este cuidado singular. A las doncellas se les
permite un mayor acicalamiento, porque pueden
lícitamente pretender agradar a muchos, aunque no sea
más que para conquistar uno solo, para el santo
matrimonio. Tampoco es reprobable que las viudas que quieren
casarse de nuevo se adornen discretamente, con tal que no se
muestren frívolas, pues habiendo sido ya madres de
familia y habiendo pasado por las tristezas de la viudez, se
considera que su espíritu es más maduro y
sensato. Mas, en cuanto a las verdaderas viudas que lo son
no sólo de cuerpo sino también de
corazón, ningún adorno es más adecuado
que la humildad, la modestia y la devoción, pues, si
quieren dar amor a los hombres, no son verdaderas viudas, y,
si no se lo quieren dar, ¿a qué tantos
atavíos? El que no desea huéspedes, ha de
sacar el rótulo de su casa. Nos reímos siempre
de los viejos cuando quieren presumir, y ¿por
qué? Por que esto es una necedad, únicamente
tolerable en la juventud.
Seas
correcta, Filotea; que no haya en ti dejadez ni
desaliño: sería despreciar a aquellos con los
cuales convives, presentarte delante de ellos con vestidos
ofensivos; pero guárdate de la afectación, de
las vanidades, curiosidades y frivolidades. En cuanto te sea
posible, inclínate siempre del lado de la sencillez y
de la modestia, que, sin duda, es el mejor adorno de la
belleza y lo que mejor encubre la fealdad. San Pedro avisa,
de un modo particular, a las doncellas que no lleven los
cabellos encrespados, rizados y ondulados. Los hombres que
son tan débiles de complacerse en estas frivolidades,
son llamados, en todas partes, hermafroditas, y las mujeres
que se envanecen por ello, son tenidas por ligeras en la
castidad; si la guardan, a lo menos no se echa de ver, en
medio de tantas trivialidades y bagatelas. Dicen que lo
hacen sin pensar mal, mas yo digo que el demonio siempre
piensa mal. Quisiera que mi devoto o mi devota anduviesen
siempre mejor vestidos, pero que, a la vez, fuesen los menos
pomposos y afectados, y como dice el proverbio, estuviesen
adornados de gracia, de modestia y dignidad. Dice brevemente
San Luis que cada uno ha de vestir según su estado,
de manera que los discretos y buenos no puedan decir:
«Es demasiado», ni los jóvenes: «Es
demasiado poco». Y, si los jóvenes no quieren
contentarse con la decencia, hay que inclinarse al parecer
de los prudentes.
CAPÍTULO
XXVI
DEL HABLAR,
Y PRIMERAMENTE CÓMO HAY QUE HABLAR CON
DIOS
Los
médicos conocen muy bien el estado de salud o de
enfermedad de un hombre por el examen de la lengua; asimismo
nuestras palabras son el mejor indicio de las cualidades de
nuestras almas: «Por tus palabras -dice el Salvador-,
serás justificado, y por tus palabras serás
condenado». Ponemos instintivamente la mano sobre el
dolor que sentimos, y la lengua sobre el amor que tenemos.
Luego,
si estás enamorada de Dios, Filotea, con frecuencia
hablarás de Dios, en las conversaciones familiares
con los de tu casa, con los amigos y con los vecinos, porque
«la boca del justo meditará la sabiduría,
y su lengua hablará juiciosamente». Y,
así como las abejas, con su diminuta boca, no gustan
otra cosa sino la miel, de la misma manera tu lengua siempre
estará llena de la miel de su Dios, y no
sentirá suavidad mayor que la de dejar escapar por
los labios las alabanzas y las bendiciones de su santo
Nombre, como se cuenta de San Francisco, el cual, cuando
pronunciaba el santo Nombre del Señor, se chupaba y
lamía los labios, como para saborear la mayor dulzura
del mundo.
Pero
habla siempre de Dios como de Dios, es decir, con reverencia
y devoción, sin querer sentar plaza de sabia ni de
predicadora, sino con espíritu de dulzura, de caridad
y de humildad, destilando como sepas (tal como se dice de la
Esposa del Cantar de los Cantares) la deliciosa miel de la
devoción, gota a gota, ora en el oído de uno,
ora en el oído de otro, rogando a Dios, en el retiro
de tu alma, que se digne hacer caer este santo rocío
hasta el fondo del corazón de aquellos que te
escuchan.
Sobre
todo, este oficio angélico se ha de desempeñar
con dulzura, no a guisa de corrección, sino en forma
de inspiración, porque es una maravilla ver
cuán poderoso cebo es, para ganar los corazones, la
suavidad y la amable proposición de alguna cosa
buena.
Nunca,
pues, hables de Dios ni de la devoción como por
compromiso y pasatiempo, sino siempre con atención y
devoción; y te digo esto para librarte de una notoria
vanidad que se echa de ver en muchos que profesan la
devoción, los cuales, en toda ocasión, dicen
palabras santas y fervorosas, como por rutina y sin pensar
en ello, y, después de haberlas dicho, creen que son
lo que las palabras dan a entender, lo cual no es verdad.
CAPÍTULO
XXVII
DE LA
HONESTIDAD EN LAS PALABRAS Y DEL RESPETO DEBIDO A LAS
PERSONAS
Dice
Santiago: «El que no peca en las palabras, es
varón perfecto». Procura tener mucho cuidado en
no decir ninguna palabra deshonesta, pues, aunque tú
no la digas con mala intención, lis que la oyen
pueden tornarla en tal sentido. La palabra deshonesta, al
caer en un corazón débil, se extiende y dilata
como una gota de aceite sobre la tela, y, a veces, de tal
manera se apodera del corazón, que lo llena de mil
pensamientos y tentaciones impuras. Porque, así como
el veneno del cuerpo entra por la boca, de la misma manera
el del corazón entra por el oído, y la lengua
que lo produce es homicida, ya que, aunque, por casualidad,
el veneno que ha escupido no produzca tal efecto, por haber
encontrado los corazones de los oyentes provistos de
algún contraveneno, no es, empero, por falta de
malicia, si no causa la muerte. Y que nadie me diga que no
piensa cosa alguna mala, porque Nuestro Señor, que
conoce los corazones de los hombres, ha dicho que «de
la abundancia del corazón habla la boca»; y si
nosotros no pensamos mal, piensa mal el enemigo, y siempre
se sirve disimuladamente de estas malas palabras para
atravesar el corazón de alguno. Se dice que los que
han comido de la hierba llamada angélica tienen
siempre el aliento suave y agradable, y que los que tienen
la honestidad y la caridad en su corazón pronuncian
siempre palabras limpias, corteses y honestas. En cuanto a
las indecencias y torpezas, el Apóstol quiere que ni
tan sólo se nombren, y nos asegura que nada corrompe
tanto las buenas costumbres como las malas conversaciones.
Si las palabras deshonestas se dicen de una manera
encubierta, con afectación y sutilidad, son
infinitamente más venenosas, porque, cuanto
más puntiagudo es un dardo, más
fácilmente se clava en el cuerpo; de la misma manera,
cuanto más aguda es una palabra, tanto más
penetra en los corazones. Y los hombres que creen que son
graciosos, porque emplean tales palabras en las
conversaciones, no saben cuál es el fin de
éstas. Las conversaciones han de ser como los
enjambres de las abejas, reunidas para hacer la miel en
suave y virtuoso consorcio, y no como un montón de
avispas, que se reúnen para ir a chupar en
algún estercolero. Si algún necio te dice
palabras indecorosas, dale a entender que tus oídos
se sienten ofendidos, ya sea retirándote, ya de
alguna otra manera, según lo dicte tu prudencia.
Uno
de los peores defectos que puede tener una persona es ser
burlón: Dios aborrece en gran manera este vicio y, a
veces, lo castiga extraordinariamente. Nada hay más
contrario a la caridad, y mucho más a la
devoción, que el despreciar y el pisotear al
prójimo. Ahora bien, la burla y la mofa siempre
suponen este menosprecio; por esto, es un pecado muy grave,
tanto que tienen razón los doctores cuando dicen que
la mofa es la peor ofensa que, de palabra, se puede inferir
al prójimo, pues las demás ofensas andan
acompañadas de alguna estima de aquel que es
ofendido, pero ésta se hace con desprecio y
rebajamiento.
En
cuanto a los juegos de palabras que algunos se dicen
mutuamente, con cierta modesta alegría y buen humor,
pertenecen a la virtud que los griegos llamaban
eutrapelía, y que nosotros podemos llamar pasatiempo;
por ellos el hombre se recrea honesta y agradablemente, a
base de ocasiones divertidas que nos ofrecen las
imerfecciones humanas. únicamente hay que evitar
pasar de este buen humor a la mofa; pues la mofa provoca la
risa con desprecio y rebajamiento del prójimo; mas la
gracia y el buen humor provocan la risa con una ingenua
libertad, confianza y franca familiaridad, unida a la
gentileza de alguna palabra. San Luis, cuando,
después de comer, querían los religiosos
hablarle de cosas elevadas, respondía: «Ahora no
es tiempo de razonar, sino de recrearse con alguna palabra
graciosa o con alguna ocurrencia: que cada uno diga
honestamente lo que le plazca»; lo cual decía en
obsequio de los nobles que estaban con él para gozar
de su benevolencia. Pero procuremos, Filotea, pasar de tal
manera el tiempo por recreación, que conservemos la
eternidad por devoción.
CAPÍTULO
XXVIII
DE LOS
JUICIOS TEMERARIOS
«No
juzguéis y no seréis juzgados -dice el
Salvador de nuestras almas-; no condenéis y no
seréis condenados». No, dice el santo
Apóstol, «no juzguéis antes de tiempo,
hasta que el Señor venga, el cual revelará el
secreto de las tinieblas y manifestará los consejos
de los corazones». ¡Oh! ¡Cuánto
desagradan a Dios los juicios temerarios! Los juicios de los
hijos de los hombres son temerarios, porque ellos no son
jueces los unos de los otros, y, al juzgar, usurpan el
oficio de Dios nuestro Señor; son temerarios, porque
la principal malicia del pecado depende de la
intención y del designio del corazón, que,
para nosotros, es el secreto de las tinieblas; son
temerarios, porque cada uno tiene harto trabajo en juzgarse
a sí mismo, sin que necesite ocuparse en juzgar al
prójimo. Para no ser juzgados, es menester
también no juzgar a los demás, y que nos
juzguemos a nosotros mismos; porque, si Nuestro Señor
nos prohíbe una de estas cosas, el Apóstol
afirma la otra, diciendo: «Si nos juzgásemos a
nosotros mismos, no seríamos juzgados». Mas,
¡ay!, que hacemos todo lo contrario; porque no cesamos
de hacer lo que nos está prohibido, juzgando al
prójimo a diestro y siniestro, y nunca hacemos lo que
nos está mandado, que es juzgarnos a nosotros mismos.
Según
sean las causas de los juicios temerarios, han de ser los
remedios. Hay corazones agrios, amargos y ásperos de
natural, que agrían y amargan todo lo que reciben, y,
como dice el profeta, «convierten el juicio en
ajenjos», no juzgando jamás al prójimo si
no es con todo rigor y dureza; éstos tienen mucha
necesidad de caer en las manos de un buen médico
espiritual, pues esta amargura de corazón es muy
difícil de vencer, por lo mismo que es algo
contranatural; y, aunque esta amargura no sea pecado, sino
solamente una imperfección; es, no obstante,
peligrosa, porque hace que entre y reine en el alma el
juicio temerario y la maledicencia. Algunos hay que juzgan
temerariamente, no por amargura sino por orgullo, y les
parece que, a medida que rebajan el honor de los
demás, encumbran el propio; espíritus
arrogantes y presuntuosos, se admiran a sí mismos y
suben tan alto en su propia estima, que todo lo demás
les parece pequeño y bajo: «Yo no soy como los
demás hombres», decía aquel necio
fariseo.
Algunos
no tienen este orgullo manifiesto, sino solamente sienten
como una complacencia en considerar el mal del
prójimo, para saborear y hacer saborear más
dulcemente el bien contrario del cual se creen dotados; y
esta complacencia es tan secreta e imperceptible, que si no
se tiene muy buena la vista, no se descubre, y los mismos
que la sienten no la conocen, si no se la muestran. Otros,
queriendo adularse y excusarse consigo mismos y atenuar los
remordimientos de su conciencia, se apresuran a pensar que
los demás padecen del vicio al cual ellos se han
entregado, o de otro mayor, y les parece que la multitud de
criminales hacen su pecado menos censurable. Otros se
entregan al juicio temerario por el solo placer que hallan
en adivinar y filosofar acerca de las costumbres y humor de
las demás personas, a manera de ejercicio ingenioso,
y, si por desgracia aciertan alguna vez en sus juicios, la
audacia y el prurito de continuar crece tanto, que harto
trabajo hay en corregirles. Otros juzgan por pasión,
y siempre piensan bien del que aman, y mal del que
aborrecen, fuera del caso sorprendente y, no obstante,
verdadero, en que el exceso de amor induce a juzgar mal al
que amamos: efecto monstruoso, procedente de un amor impuro,
imperfecto, desequilibrado y enfermo, que son los celos, los
cuales, como todo el mundo sabe, por una sencilla mirada,
por la sonrisa más insignificante del mundo, condenan
a las personas de perfidia y de adulterio. Finalmente, el
temor, la ambición y otras parecidas flaquezas de
espíritu contribuyen, con frecuencia, al nacimiento
de la sospecha y del juicio temerario.
Mas,
¿qué remedios hay? Los que beben el jugo de la
hierba ofiusa de Etiopía, por todas partes ven
serpientes y cosas espantosas; los que han bebido orgullo,
envidia, ambición, odio, nada ven que no les parezca
malo o digno de condenación; aquellos, para curarse,
han de beber vino de palmera, y yo digo lo mismo de
éstos: bebed cuanto podáis el vino sagrado de
la caridad; él os liberará de estos malos
humores, que os hacen hacer estos juicios torcidos. Tan
lejos está la caridad de ir en busca del mal, que
teme encontrarlo, y cuando lo encuentra, vuelve el rostro
hacia otra parte y lo disimula, y cierra los ojos para no
verlo, al primer rumor que percibe, y después, con
una santa simplicidad, cree que no era el mal, sino alguna
sombra o fantasma del mal; porque, si, por fuerza, se ve
obligada a reconocer que es el mismo mal se aleja al
instante, y procura olvidarse aun de su figura.
La
caridad es la mejor medicina contra las enfermedades, y de
un modo especial contra ésta. Todas las cosas parecen
amarillas a los ojos de los que padecen ictericia, y dicen
que, para curarse de este mal, hay que llevar la celidonia
debajo de la planta de los pies. El vicio del juicio
temerario es una especie de ictericia espiritual, que hace
que todas las cosas parezcan malas a los ojos de los que
están atacados de ella; pero el que quiera curar de
esta dolencia ha de aplicar este remedio, no a los ojos ni
al entendimiento; sino a los afectos, que son los pies del
alma: si tus afectos son dulces, tu juicio será
dulce; y si tus afectos son caritativos, tu juicio
será caritativo.
He
aquí tres ejemplos admirables. Isaac había
dicho que Rebeca era su hermana. Abimelec vio que jugaba con
ella y que la acariciaba tiernamente, y juzgó
enseguida que era su mujer: un ojo maligno hubiera
creído que era su concubina, o que, si era su
hermana, se trataba de un incesto; pero Abimelec tomó
el partido más conforme con la caridad que
podía tomar en aquellas circunstancias. Es necesario,
Filotea, que siempre obres de esta manera, en cuanto te sea
posible, y, si una acción tiene mil aspectos, es
menester mirarla bajo el punto de vista mejor. Nuestra
Señora estaba encinta, y San José lo
veía claramente; mas, como quiera que, por otra
parte, sabía que era toda pura, toda santa, toda
angelical, no pudo creer que hubiese concebido contra sus
deberes, y se decidió a alejarse de ella y a dejar el
juicio a Dios. Aunque los indicios fueron muy poderosos para
hacerle formar un mal concepto acerca de aquella virgen,
jamás quiso juzgarla. ¿Por qué? Porque,
como dice el Espíritu de Dios, era justo: el hombre
justo, cuando no puede juzgar ni el acto ni la
intención de aquel a quien, por otra parte, conoce
como hombre de bien, no quiere en ningún caso
juzgarle, sino que lo aparta de su mente y se remite al
juicio de Dios. El Salvador crucificado, como no pudiese
excusar el pecado de los que le crucificaban, atenuó,
a lo menos, su malicia, alegando su ignorancia. Cuando
nosotros no podamos excusar el pecado, hagámoslo, a
lo menos, digno de compasión, atribuyéndolo a
la causa más excusable que pueda tener, tal como la
ignorancia o la flaqueza.
Pero,
¿nunca podemos juzgar mal al prójimo? No,
ciertamente; jamás. Es Dios, Filotea, quien juzga a
los criminales con justicia. Es verdad que, para hacerse
oír de ellos, se sirve de la voz de los magistrados:
éstos son sus ministros y sus intérpretes, y,
como oráculos suyos, no pueden decir sino lo que
Él les enseña, y, si por seguir sus propias
pasiones, lo hacen de otra manera, entonces son ellos los
que de verdad juzgan y, por consiguiente, serán
juzgados, porque está prohibido a los hombres, en
calidad de tales, juzgar a los demás.
Ver
o conocer una cosa no es juzgarla, porque el juicio, a lo
menos según la frase de la Escritura, supone alguna
dificultad grande o pequeña, verdadera o aparente,
que es necesario vencer; por esto nos dice que «l os
que no creen están ya juzgados», porque ya no
cabe duda acerca de su condenación. No es malo, pues,
dudar del prójimo, porque no está prohibido
dudar sino juzgar; no está, empero, permitido dudar
ni sospechar, sino en la medida en que obliguen a ello los
argumentos o las razones; de lo contrario, las sospechas son
temerarias. Si algún ojo malicioso hubiese visto a
Jacob cuando besaba a Raquel junto al pozo, o hubiese visto
a Rebeca cuando aceptaba los brazaletes y los pendientes de
Eliezer, hombre desconocido en aquella región,
hubiera pensado mal de aquellos dos modelos de castidad,
pero sin razón ni fundamento; porque, cuando una
acción es de suyo indiferente en sí misma, es
una sospecha temeraria sacar de ella malas consecuencias, a
no ser que sean muchas las circunstancias que den fuerza al
argumento. También es un juicio temerario sacar
consecuencias de un solo acto para desacreditar a una
persona; mas esto lo explicaré después con
más claridad.
Finalmente,
los que andan con mucho tiento en las cosas que
atañen a la conciencia no suelen ser esclavos del
juicio temerario; porque, así como las abejas, al ver
la niebla o el cielo cubierto, se retiran a sus colmenas
para fabricar la miel, de la misma manera los pensamientos
de las almas buenas no se paran en los objetos embrollados
ni en las acciones nebulosas de los prójimos, sino
que, para evitar el dar con ellas, se recogen dentro de su
corazón, para formar en él los buenos
propósitos de su propia enmienda. Es propio de las
almas inútiles el ocuparse en el examen de las vidas
ajenas.
Exceptúo
a los que tienen cargo de los demás, así en la
familia como en el Estado; porque una buena parte de los
deberes de su conciencia consiste en mirar y en velar por
los demás. Cumplan, pues, con su cometido
amorosamente, y, hecho esto, velen por sí mismos en
esta materia.
CAPÍTULO
XXIX
DE LA
MALEDICENCIA
El
juicio temerario produce inquietud, desprecio del
prójimo, orgullo y complacencia en sí mismo y
cien otros efectos por demás perniciosos, entre los
cuales ocupa el primer lugar la maledicencia, como la peste
de las conversaciones. ¡ Ah! ¡Que no tenga yo uno
de los carbones del altar santo para tocar con él los
labios de los hombres, a fin de borrar su iniquidad y
purificarlos de su pecado, a imitación del
serafín que purificó la boca de Isaías!
El que lograse quitar la maledicencia del mundo,
quitaría de él una gran parte de los pecados y
de la iniquidad.
El
que arrebata injustamente la buena fama a su prójimo,
además de cometer un pecado, está obligado a
la debida reparación, aunque de diversa manera,
según la diversidad de la maledicencia; porque nadie
puede entrar en el cielo con los bienes ajenos, y, entre
todos los bienes exteriores, la buena fama es el mejor. La
maledicencia es una especie de homicidio, porque tenemos
tres vidas: la espiritual, que estriba en la gracia de Dios;
la corporal, que radica en el alma, y la civil, que consiste
en la buena fama. El pecado nos quita la primera; la muerte,
la segunda, y la maledicencia, la tercera. Pero el
maldiciente, con un solo golpe de su lengua, comete,
ordinariamente, tres homicidios: mata su alma y la del que
le escucha, con muerte espiritual, y de muerte civil a aquel
de quien murmura; porque, como dice San Bernardo, el que
murmura y el que escucha al murmurador, tienen en sí
mismos al demonio: el uno en su lengua, y el otro en sus
oídos. David, hablando de los maldicientes, dice que
«tienen la lengua afilada como las serpientes».
Ahora bien, la serpiente, como dice Aristóteles,
tiene la lengua dividida en dos, y con dos puntas. Tal es la
lengua del maldiciente, que, de un solo golpe, pincha y
emponzoña el oído del que la escucha y la
buena fama de aquel de quien se ocupa.
Te
conjuro, pues, amada Filotea, que no hables nunca mal de
nadie, ni directa ni indirectamente: guárdate de
atribuir falsos crímenes y pecados al prójimo,
de descubrir los que son secretos, de exagerar los ya
conocidos, de interpretar mal una buena obra, de negar el
bien que tú sabes que existe en alguno, de
disimularlo maliciosamente, de disminuirlo con tus palabras;
porque, de cualquiera de estas maneras, ofenderías
mucho a Dios, sobre todo acusando falsamente o negando la
verdad, en perjuicio del prójimo, ya que entonces
sería doble el pecado: mentir y dañar, a la
vez, al prójimo.
Los
que, para murmurar, empiezan con preámbulos honrosos
o echan mano de cumplidos e ironías, son los
más finos y los más virulentos de los
detractores. Conste, dicen, que le aprecio, y que, por lo
demás, es un perfecto caballero; pero en honor de la
verdad, es menester decir que ha obrado mal al cometer tal
perfidia. Es una muchacha muy virtuosa, pero se ha dejado
sorprender; y otras semejantes maneras de hablar. ¿No
ves aquí el artificio? El que quiere disparar el
arco, acerca la flecha hacia sí tanto cuanto puede,
pero lo hace únicamente para dispararla con
más fuerza. De la misma manera, parece que estos
murmuradores atraen hacia sí la maledicencia, para
dispararla más velozmente y para que así
penetre más en los corazones de los oyentes. La
detracción hecha en forma de ironía es la
más cruel de todas; porque, así como la cicuta
no es, de suyo, un veneno muy activo, sino bastante lento y
que fácilmente se puede contrarrestar, pero mezclada
con vino no es ya remediable, así también la
murmuración, que de suyo, entraría por una
oreja y saldría por la otra, como suele decirse,
queda impresa en la mente de los que la escuchan, cuando se
presenta envuelta en un dicho agudo y chistoso.
«Tienen, dice David, el veneno del áspid en sus
labios»; porque el áspid pica de una manera casi
imperceptible, y su veneno causa, al principio, una
comezón agradable, con la que se dilatan el
corazón y las entrañas, y reciben el veneno,
contra el cual ya no es posible, entonces, combatir.
No
digas: «Fulano es un borracho», aunque le hayas
visto embriagado: ni «es un adúltero», por
haberle sorprendido en este pecado; ni: «es un
incestuoso», porque haya caído en esta
desgracia; ya que un solo acto no basta para calificar una
cosa. El sol se detuvo una vez en favor de la victoria de
Josué, y se obscureció, en otra
ocasión, en favor de la del Salvador; nadie, empero,
dirá que el sol esté inmóvil ni que es
oscuro. Noé se embriagó una vez y otra Lot;
éste, además, cometió un grave incesto.
Sin embargo, ni ambos fueron bebedores ni el último
fue incestuoso. No fue San Pedro sanguinario, porque una vez
derramó sangre, ni blasfemó por haber, en una
ocasión, blasfemado. Para recibir un calificativo
basado en un vicio o en una virtud, se requiere cierta
continuación y hábito, por lo que es una
falsedad llamar a un hombre colérico o ladrón,
por haberle visto encolerizado o hurtando una sola vez.
Aunque
un hombre haya sido vicioso durante mucho tiempo, se corre
el riesgo de mentir cuando se le llama tal. Simón el
leproso llamaba pecadora a Magdalena, porque lo había
sido antes; sin embargo, mentía, porque ya no lo era,
sino una muy santa penitente; por esto Nuestro Señor
salió en su defensa. Aquel necio fariseo tenía
al publicano por gran pecador, tal vez por injusto,
adúltero o ladrón; pero se equivocaba
totalmente, porque, en aquel mismo momento, quedaba
justificado. ¡Ah! puesto que la bondad de Dios es tan
grande, que basta un momento para pedir y recibir la gracia,
¿qué certeza podemos tener de que un hombre que
ayer era pecador, todavía lo sea hoy? El día
precedente no ha de juzgar al día presente, ni el
día presente al precedente; sólo el
último es el que a todos juzga. Nunca, pues, podemos
decir que un hombre es malo, sin riesgo de mentir, y,
supuesto que falte, lo único que podemos decir es que
ha cometido una mala acción; que ha vivido mal en tal
época; que obra mal ahora; pero del día de
ayer no se puede deducir ninguna consecuencia para el
día de hoy, y mucho menos aún para el
día de mañana.
Aunque
es necesario ser extremadamente delicado en no murmurar del
prójimo, es menester, empero, guardarse del extremo
en que caen algunos, los cuales, para evitar la
maledicencia, alaban y hablan bien del vicio. Si se trata de
una persona verdaderamente murmuradora, no digas, por
disculparla, que es abierta y franca; de una persona
manifiestamente vana, no digas que es generosa y correcta; a
las familiaridades peligrosas, no las llames simplicidades o
ingenuidades; no disimules la desobediencia con el nombre de
celo, ni la arrogancia con el nombre de franqueza, ni la
lascivia con el nombre de amistad. No, amada Filotea; por el
deseo de huir del vicio de la maledicencia, no se han de
favorecer, adular, ni fomentar los otros vicios, sino que
hay que llamar sinceramente mal al mal, y condenar las cosas
que son dignas de reprobación. Haciéndolo
así, glorificaremos a Dios, con tal que lo hagamos
bajo las siguientes condiciones:
Para
condenar loablemente los vicios de los demás, ha de
exigirlo la utilidad de aquel de quien se habla, o de
aquellos a los cuales se habla. Se cuentan, por ejemplo, en
presencia de las jóvenes, las familiaridades
indiscretas de aquellos y de aquéllas, que son
evidentemente peligrosas; de la disolución de uno o
de una en las palabras y ademanes, que son manifiestamente
contrarios a la honestidad: si no condeno francamente este
mal, más aún: si quiero excusarlo, esas
tiernas almas que escuchan tomarán de ello
ocasión para relajarse en alguna cosa semejante; su
utilidad, pues, exige que, con toda libertad, recrimine
estas cosas al instante, a no ser que pueda esperar otra
ocasión, para cumplir este deber con menos
daño de aquellos de quienes se habla.
Además
de lo dicho, es menester que me corresponda a mí
hablar acerca de aquel punto, por ejemplo, si soy uno de los
principales de la reunión, de manera que, si no
hablo, parecerá que apruebo el vicio; pues, si soy de
los últimos, no me corresponde a mí iniciar la
censura. Pero, ante todo, es necesario que sea absolutamente
exacto en las palabras, de manera que no diga una palabra de
más. Por ejemplo, si recrimino, por demasiado
indiscreta y peligrosa, la amistad de aquel joven con
aquella muchacha, por Dios, Filotea, conviene que sostenga
la balanza en el punto medio para no aumentar un solo
ápice la cosa. Si sólo hay una débil
apariencia, no diré nada; si tan sólo una
simple imprudencia, nada añadiré; si no hay ni
imprudencia ni verdadera apariencia de mal, sino
únicamente un simple pretexto para murmurar, efecto
tan sólo de la malicia, o bien no diré nada, o
diré esto mismo. Mi lengua, mientras habla del
prójimo, es en mi boca lo que el bisturí en
manos del cirujano, que quiere cortar entre los nervios y
los tendones: es menester que el golpe que yo dé sea
tan exacto, que no diga ni más ni menos de lo que es.
Sobre todo es menester que, mientras recriminas el vicio,
procures la mayor benignidad con la persona en el cual
existe.
Es
verdad que de los pecadores infames, públicos y
notorios, se puede hablar libremente, con tal que se haga
con espíritu de caridad y de compasión y no
con arrogancia y presunción, ni para complacerse en
el mal ajeno, porque esto sería propio de un
corazón abyecto y vil. Exceptúo, entre todos,
a los enemigos declarados de Dios y de la Iglesia, porque a
éstos es menester desacreditarlos cuanto se pueda;
tales son las sectas heréticas y cismáticas y
sus jefes; es un acto de caridad gritar contra el lobo,
dondequiera que sea, cuando se encuentra entre las ovejas.
Todos
se toman la libertad de juzgar libremente y de censurar a
los príncipes, y de hablar mal de naciones enteras,
según la diversidad de afectos que cada uno siente
por ellas. Filotea, no cometas esta falta, que,
además de la ofensa de Dios, podría dar lugar
a mil clases de disputas.
Cuando
oyes que se habla mal de alguno, duda de la
acusación, si buenamente puedes; si no puedes dudar,
excusa, a lo menos, la intención del acusado, y, si
tampoco es esto posible, da muestras de compasión por
él, desvía la conversación, y los que
no caen en pecado, lo deben todo a la gracia de Dios.
Procura, con suavidad, que el maldiciente reflexione, y di
alguna cosa buena de la persona ofendida, si la
sabes.
CAPÍTULO
XXX
ALGUNOS
OTROS AVISOS ACERCA DEL HABLAR
Que
tu manera de hablar sea dulce, franca, sincera,
espontánea, ingenua y fiel. Guárdate de la
doblez, del artificio y de la ficción; aunque no
siempre es oportuno decir toda clase de verdades, nunca,
empero, está permitido faltar a la verdad.
Acostúmbrate a no mentir nunca a sabiendas, ni para
excusarte, ni por otro cualquier motivo, y acuérdate
de que Dios es el Dios de la verdad. Si dices mentiras por
descuido, y puedes retractarlas al momento, mediante alguna
explicación o reparación, retráctalas;
una razón verdadera tiene más gracia y fuerza,
para excusar, que una mentira.
Aunque,
en alguna ocasión, se puede, con discreción y
prudencia, disimular y encubrir la verdad con algún
artificio de palabras, únicamente se ha de hacer en
cosas de importancia y cuando claramente lo exigen la gloria
y el servicio de Dios; fuera de este caso, los artificios
son muy peligrosos, porque, como dice la Sagrada Escritura,
el Espíritu Santo no habita en un espíritu
fingido y doble. No existe delicadeza tan buena y tan
deseable como la simplicidad. La prudencia mundana y los
artificios carnales pertenecen a los hijos de este siglo;
pero los hijos de Dios caminan rectamente y tienen el
corazón sin dobleces. «Quien anda con
simplicidad -dice el Sabio- anda seguro». La mentira,
la doblez y el disimulo suponen siempre un espíritu
flaco y envilecido.
San
Agustín había dicho en el libro de sus
Confesiones, que su alma y la de su amigo no eran más
que una sola alma, y que esta vida era para él
horrible después de la muerte de aquél, porque
no quería vivir a medias, pero que, por este motivo
no quería morir, a saber, por temor de que su amigo
muriese del todo. Estas palabras le parecieron
después demasiado artificiosas y afectadas, por lo
que se desdice de ellas en el libro de sus Retractaciones,
llamándolas necedad. ¿No ves, amada Filotea,
cuán delicada es esta hermosa alma, en lo que
atañe a la afectación en las palabras?
Ciertamente, es un gran adorno de la vida cristiana la
fidelidad, la franqueza y la sinceridad en el hablar.
«Yo dije: tendré cuidado en mis caminos, para no
pecar con mi lengua... ¡Ah Señor!, pon guardia
en mi boca, y una puerta que cierre mis labios»,
decía David.
Es
una advertencia del rey San Luis, que a nadie se contradiga,
fuera del caso en que el consentir sea pecado o acarree un
gran mal, con el fin de evitar disputas y discordias. Ahora
bien, cuando conviene contradecir a alguno y oponer la
propia opinión a la de otro, es menester emplear
mucha dulzura y flexibilidad, y no querer violentar el
ánimo del contrario, pues nada se gana tomando las
cosas con aspereza. El hablar poco, tan recomendado por los
sabios antiguos, no significa que se hayan de decir pocas
palabras, sino que no hay que decir muchas inútiles;
porque, en cuanto al hablar, no se mira la cantidad, sino la
calidad. Y me parece que se han de evitar los dos extremos,
ya que el querer sentar plaza de sabio y de severo,
negándose, al efecto a tomar parte en los pasatiempos
familiares, como son las conversaciones, parece que arguye
falta de confianza o desdén; como el hablar y el
bromear continuamente, sin dar a los demás tiempo y
oportunidad de hablar cuando quieren, es propio de personas
livianas y ligeras.
A
San Luis no le parecía bien que, en presencia de los
demás, se hablase secretamente y con misterio,
particularmente en la mesa, para no dar motivo de sospecha
de que se hablaba mal de alguno. «Aquel
-decía--que está en la mesa con buena
compañía, y quiere decir alguna cosa jocosa y
divertida, debe decirla de manera que la oiga todo el mundo,
si es cosa de importancia, debe callarla, sin hablar de
ella».
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