San Francisco de Sales

Introducción a la vida devota

(Tercera parte)

CAPÍTULO XXXI

DE LOS PASATIEMPOS Y RECREACIONES, Y, EN PRIMER LUGAR, DE LAS QUE SON LÍCITAS Y LAUDABLES

Es necesario dar, de vez en cuando, cierta expansión a nuestro espíritu y también a nuestro cuerpo, con alguna clase de recreación. Como dice Casiano, un día un cazador encontró a San Juan Evangelista, el cual llevaba una perdiz en la mano y la acariciaba por pura recreación. Preguntóle el cazador por qué, siendo un hombre tan calificado, empleaba el tiempo en una cosa tan baja y despreciable, y San Juan le respondió: «¿Por qué no llevas siempre el arco en tensión?» -«Por temor, replicó el cazador, de que, si permanece siempre encorvado, no pierda la fuerza cuando tenga que hacer uso de él».«No te maravilles, pues, dijo el Apóstol, si, alguna vez, aflojo en el rigor y en la tentación de mi espíritu para recrearme un poco y entregarme luego, más vivamente, a la contemplación». Es, indudablemente, un vicio el ser tan riguroso, huraño y salvaje, que no se quiera tomar para sí, ni permitir a los demás, ninguna clase de recreación.

Tomar el aire, pasear, entretenerse en alegres y amigables conversaciones, tocar el laúd o algún otro instrumento, cantar, ir de caza, son pasatiempos tan honestos, que, para usar bien de ellos, no se requiere otra prudencia que la ordinaria, la cual da a todas las cosas la importancia, el tiempo, el lugar y la medida.

Los juegos en los cuales la ganancia sirve de premio y de recompensa a la habilidad y a la industria del cuerpo o del espíritu, como ocurre en el juego de pelota, balón, el mallo, el juego de la sortija, el ajedrez, las damas, son recreaciones de suyo buenas y lícitas. Conviene tan sólo guardarse del exceso, ya en el tiempo que en ellos se emplea, ya en las apuestas que se hacen; porque, si se emplea en ello demasiado tiempo, ya no es recreación, sino ocupación, y entonces no se da esparcimiento al ánimo ni al cuerpo, sino que se le aturde y agota. Después de seis horas de jugar al ajedrez, se siente gran pesadez de cuerpo y fatiga de espíritu; jugar mucho tiempo a la pelota no es recrear el cuerpo, sino cansarlo. Ahora bien, si la apuesta, es decir, lo que se juega, es demasiado crecida, los afectos de los jugadores se desordenan, aparte de que es injusto exponer grandes cantidades a la habilidad y al ingenio tan poco importantes y tan inútiles como lo son las habilidades del juego.

Pero sobre todo, Filotea, procura no aficionarte a todas estas cosas; porque, por honesta que sea una recreación, es vicio el poner en ella el corazón y el afecto. No niego que se haya de jugar con gusto mientras se juega, porque lo contrario ya no sería recreación; lo que sí digo es que no hemos de poner el afecto en el juego, de tal manera que lo deseemos, nos dejemos dominar por él y lo esperemos con excesivas ansias.

 

CAPÍTULO XXXII

DE LOS JUEGOS PROHIBIDOS

Los juegos de los dados, de los naipes y otros semejantes, en los cuales la ganancia depende únicamente del azar, no sólo son recreaciones peligrosas, como los bailes, sino también sencillamente y naturalmente malas y vituperables; por esto están prohibidos por las leyes, así civiles como eclesiásticas. Pero dirás: «¿Qué mal hay en ellos?» En estos juegos la ganancia no es fruto de la inteligencia, sino de la suerte, que muchas veces favorece al que no lo merece ni por su habilidad ni por su ingenio: en esto, pues, la razón sale ofendida. «Pero nosotros ya hemos convenido en ello>>, replicarás. Esto sirve para demostrar que el que gana no hace injuria a los demás, pero de aquí no se sigue que el pacto no esté fuera de razón, y también el juego; porque el lucro, que ha de ser el precio de la habilidad, se convierte en el precio de la suerte, la cual no vale nada, pues, de ninguna manera, depende de nosotros.

Además, estos juegos llevan el nombre de recreación, y para esto se han inventado; sin embargo, no lo son, sino más bien ocupaciones violentas. Porque, ¿no es, acaso, ocupación, tener el espíritu oprimido y tenso por una continua atención, y agitado por constantes inquietudes, aprensiones y zozobras? ¿Existe una atención más triste, más sombría y más melancólica que la de los jugadores? Por esto, durante el juego, no se puede hablar, ni reír, ni toser, pues enseguida se encolerizan.

Finalmente, en el juego, no hay más goce que el del lucro, y ¿no es inicuo un goce que no se puede lograr de otra manera, sino a costa de la pérdida y del disgusto del compañero? Esta alegría es, en verdad, infame. Por estos tres motivos están prohibidos estos juegos. El gran rey San Luis, al enterarse de que su hermano el conde de Anjou y Don Gautier de Nemours estaban jugando, se levantó de la cama a pesar de que estaba enfermo, y, con paso vacilante, se dirigió a su estancia, y cogió las mesas, los dados y parte del dinero, y lo arrojó al mar por la ventana mostrándose muy enojado. La santa y casta doncella Sara, hablando a Dios de su inocencia, le dijo: «Tú sabes, ¡oh Señor!, que nunca he tenido trato con jugadores».

 

CAPÍTULO XXXIII

DE LOS BAILES Y PASATIEMPOS QUE SON PELIGROSOS

Las danzas y los bailes son cosas, de suyo, indiferentes, pero, atendiendo a la manera ordinaria de practicar este ejercicio, resulta muy resbaladizo e inclinado hacia el lado del mal, y por consiguiente, está lleno de daño y de peligro. Se baila de noche, y es muy fácil que, en medio de la oscuridad y de las tinieblas, una cosa por sí misma susceptible de mal, resbale en accidentes tenebrosos y viciosos. Se vela mucho, y después se pierde la madrugada del día siguiente, y, por lo mismo, la oportunidad de servir a Dios; en una palabra, siempre es una locura cambiar el día por la noche, la luz por las tinieblas, las buenas obras por las liviandades. Al baile todos llevan, a porfía, vanidad, y la vanidad es una gran disposición para los afectos malos y para los amores peligrosos y vituperables pues todas estas cosas suelen ser fruto de las danzas.

Filotea, te digo de los bailes lo que los médicos dicen de los hongos: los mejores no valen nada; y yo te digo que los mejores bailes nada tienen de buenos. Si, no obstante, has de comer hongos, mira que estén bien condimentados; si, en alguna ocasión, de la cual no puedas excusarte, te ves obligada a ir al baile, procura, en tu danza, la mayor decencia. Mas, ¿cómo lograrla? Con modestia, con dignidad y con buena intención. Come pocos y no con mucha frecuencia, dicen los médicos, hablando de los hongos, porque, por bien preparados que estén, la cantidad los hace venenosos; baila poco y con poca frecuencia, Filotea, porque, de lo contrario, caerás en el peligro de aficionarte.

Los hongos, según Plinio, por ser muy esponjosos y estar llenos de poros, absorben fácilmente los gérmenes infectos que están a su alrededor, de manera que, cuando están cerca de las serpientes, reciben su veneno. Los bailes, las danzas y otras parecidas reuniones tenebrosas, atraen, ordinariamente hacia sí, los vicios y los pecados que imperan en un lugar, las disputas, las envidias, las burlas, los amores locos; y así como tales ejercicios abren los poros del cuerpo de los que los practican, también abren los poros del corazón, con lo cual, si alguna serpiente va a silbar al oído alguna palabra lasciva, algún halago, alguna galantería, o bien algún basilisco lanza miradas impúdicas, miradas de amor, los corazones están más preparados para dejarse cautivar y emponzoñar.

¡Ah, Filotea!, estas recreaciones impertinentes son, por lo regular, peligrosas: disipan el espíritu de devoción, debilitan las fuerzas, enfrían la caridad y despiertan en el alma mil clases de malos afectos, por lo cual hay que tomar parte en ellas con suma prudencia.

Pero, de un modo especial, se dice que después de los hongos hay que beber vino generoso; y yo digo que, después de los bailes, hay que echar mano de algunas santas y buenas consideraciones, que contrarresten las impresiones peligrosas que el placer frívolo recibido puede comunicar a nuestros espíritus. Mas ¿qué consideraciones?

1. Mientras tú estás en el baile, muchas almas arden en el fuego del infierno por los pecados cometidos en la danza y por causa de la danza.

2. Muchos religiosos y personas devotas, a la misma hora, están en la presencia de Dios, cantan sus alabanzas y contemplan su belleza. ¡Oh, cómo emplean el tiempo mejor que tú!

3. Mientras tú bailas, muchas almas entran en agonía; millones de hombres y mujeres padecen grandes trabajos en la cama, en los hospitales, por la calle: dolor de gota, mal de piedra, fiebre abrasadora. ¡Ah! ellos no tienen un momento de reposo. ¿No les tendrás compasión? ¿No piensas que, un día, gemirás como ellos, mientras otros bailarán, como tú bailas ahora?

4. Nuestro Señor, la Santísima Virgen, los ángeles y los santos te han visto en el baile. ¡Ah! qué compasión les has causado, cuando han visto que tu corazón se divertía en una tan gran nonada, atento a aquella frivolidad.

5. ¡Ah! mientras estás allí, el tiempo pasa y la muerte se acerca. Mira cómo se burla de ti y te invita a su danza, en la cual los gemidos de tus familiares servirán de violín, y donde sólo darás un paso: de la vida a la muerte. Esta danza es el verdadero pasatiempo de los mortales, pues por ella pasa el hombre, en un instante, del tiempo a una eternidad de goces o de penas.

Pongo estas sencillas consideraciones, pero Dios te inspirará muchas otras, con el mismo fin, si es que sientes su santo amor.

 

CAPÍTULO XXXIV

CUÁNDO SE PUEDE JUGAR Y BAILAR

Para jugar y bailar lícitamente, es menester hacerlo por recreación y no por afición, durante poco tiempo, sin cansarse ni rendirse, y muy de tarde en tarde; porque el que hace de ello una cosa ordinaria, convierte el recreo en ocupación. Mas, ¿en qué ocasiones se puede jugar y bailar? Las ocasiones razonables del baile y del juego indiferente son más frecuentes; las de los juegos prohibidos son más raras, porque tales juegos son más detestables y peligrosos. En una palabra, baila y juega, bajo las condiciones que ya he indicado, cuando la prudencia y la discreción te lo aconsejen, para condescender y dar gusto a la honesta tertulia en que te encuentres; porque la condescendencia, como retoño de la caridad, convierte las cosas indiferentes en buenas, y las peligrosas en permitidas, y aun quita la malicia a las que, en cierto sentido, son malas. Por esta causa, los juegos de azar, que, de otra manera, serían censurables, no lo son cuando, alguna vez, nos obliga a jugar a ellos una condescendencia razonable.

He sentido mucho consuelo al leer, en la vida de San Carlos Borromeo, que condescendía con los suizos en ciertas cosas, en las cuales, por otra parte, era muy severo; y que San Ignacio de Loyola, al ser invitado a jugar, lo aceptó. En cuanto a santa Isabel de Hungría, cuando se encontraba en reuniones de pasatiempo, muchas veces jugaba y bailaba, sin perjuicio de su devoción, la cual estaba tan arraigada en su alma que, así como las rocas que se encuentran alrededor del lago de Riotte crecen cuando son batidas por las olas, de la misma manera crecía su devoción en medio de las pompas y de las vanidades, a las cuales la exponía su condición; los grandes incendios se avivan con el viento, pero los fuegos pequeños se extinguen, si no se les resguarda.

 

CAPÍTULO XXXV

QUE ES NECESARIO SER FIEL EN LAS OCASIONES GRANDES Y EN LAS PEQUEÑAS

El sagrado Esposo del Cantar de los Cantares dice que la Esposa le ha robado el corazón con uno de sus ojos y con uno de sus cabellos. Ahora bien, de todas las partes exteriores del cuerpo humano no hay ninguna tan noble como el ojo, tanto por su estructura como por su actividad, ni ninguna tan vil como el cabello, por lo que no sólo le son agradables las grandes obras de las personas devotas, sino también las más pequeñas y las más insignificantes, y que, para servirle según su agrado, hay que tener cuidado en servirle, así en las cosas grandes y elevadas como en las pequeñas y bajas, pues lo mismo con las unas que con las otras, podemos robarle el corazón por el amor.

Prepárate, pues, Filotea, a sufrir muy grandes aflicciones por Nuestro Señor, y aun el martirio; resuélvete a darle lo- que para ti es más preciado, si a Él le place tomarlo: el padre, la madre, el hermano, el esposo, los hijos, tu misma vida, porque para todo esto has de tener dispuesto tu corazón, Pero, mientras la divina Providencia no te envíe aflicciones tan sentidas y tan grandes, mientras no te pida tus ojos, dale a lo menos tus cabellos, es decir, soporta con dulzura las pequeñas injurias, las pequeñas incomodidades, las pequeñas pérdidas cotidianas, porque, con estas pequeñas ocasiones, aceptadas con amor y afecto, ganarás enteramente su corazón y lo harás tuyo. Aquellas pequeñas limosnas cotidianas, aquel dolor de cabeza, aquel dolor de muelas, aquel romper un vaso, aquel desprecio o aquella burla, el perder los guantes, el anillo o el pañuelo, o la pequeña incomodidad de acostarse pronto y levantarse temprano para ir a comulgar y a rezar, aquel poco de vergüenza que se siente al hacer públicamente ciertos actos de devoción: en una palabra, todos los pequeños sufrimientos, aceptados y abrazados con amor, complacen en gran manera a la Bondad divina, la cual por un solo vaso de agua ha prometido a sus fieles un mar de felicidad, y, como sea que estas ocasiones se ofrecen a cada momento, el aprovecharlas es un gran medio para atesorar muchas riquezas espirituales.

Cuando, en la vida de Santa Catalina de Sena, veo tantos raptos y elevaciones de espíritu, tantas palabras llenas de sabiduría, y aun predicciones hechas por ella, no dudo de que todas estas contemplaciones cautivaron el corazón de su celestial Esposo; pero el mismo consuelo siento cuando la veo en la cocina de su padre, dando vueltas a la parrilla, avivando el fuego, preparando la comida, amasando el pan y desempeñando todos los quehaceres más humildes de la casa, con esfuerzo lleno de amor y de ternura para con Dios. Y no aprecio menos la insignificante y sencilla meditación que ella hacía, en medio de estas ocasiones viles y abyectas, que los éxtasis y arrobamientos que con tanta frecuencia tenía, en recompensa, tal vez, de aquella humildad y abyección. Su meditación era ésta: Se imaginaba que, cuando servía a su padre, servía a Nuestro Señor, como otra santa Marta; que su madre ocupaba el lugar de la Madre de Dios y sus hermanos el lugar de los apóstoles, y, de esta manera, se excitaba a servir en espíritu a toda la corte celestial, y se empleaba en aquellos oficios humildes con gran suavidad, porque sabía que era aquella la voluntad de Dios. Te he propuesto este ejemplo, Filotea, para que sepas lo mucho que importa el dirigir todos nuestros actos, por sencillos que sean, al servicio de su divina Majestad.

Por esto te consejo, cuanto me es posible, que imites a aquella mujer fuerte tan alabada de Salomón, la cual, como él dice, emprendía cosas fuertes, generosas y elevadas, y, a pesar de ello, no dejaba de hilar ni de hacer rodar el huso. «Ha puesto la mano en cosas atrevidas y sus dedos han cogido el huso». Pon la mano en cosas de vuelo, ejercitándote en la oración y meditación, en recibir los sacramentos, en comunicar el amor de Dios a las almas, en derramar buenas inspiraciones sobre los corazones, y, finalmente, en hacer obras grandes y de envergadura, según tu vocación; pero no olvides tu huso ni el cáñamo, es decir, practica las virtudes pequeñas y humildes, que son como flores que crecen al pie de la cruz: servir a los pobres, visitar a los enfermos, sostener a la familia, con los trabajos que esto acarrea, y una actividad útil, que no te deje estar ociosa; y, en medio de estas ocupaciones, haz consideraciones parecidas a las de Santa Catalina de Sena, que acabo de mencionar.

Las ocasiones de servir a Dios en cosas grandes, raras veces se ofrecen, pero las pequeñas ocurren a diario; ahora bien, «el que es fiel en lo poco -dice el mismo Salvador-, le constituiré sobre lo mucho». Haz, pues, todas las cosas en nombre de Dios, y todas serán bien hechas. Ya comas, ya bebas, ya duermas, ya te recrees, ya des vueltas al asador, mientras sepas enderezar bien tus quehaceres, aprovecharás mucho en la presencia de Dios, sí haces todas las cosas porque Dios quiere que las hagas.

 

CAPÍTULO XXXVI

QUE ES MENESTER TENER EL CRITERIO JUSTO Y RAZONABLE

Si nosotros somos hombres, es debido a la razón, y, a pesar de ello, es cosa rara encontrar hombres verdaderamente razonables, pues el amor propio nos aparta ordinariamente de la razón y nos conduce, de una manera insensible, a mil clases de pequeñas, pero perversas injusticias e iniquidades, las cuales, como las raposillas de que nos habla el Cantar de los Cantares, devastan las villas; porque, por lo mismo que son pequeñas, nadie las vigila, y porque son muchas, causan mucho daño. ¿ Acaso las que te voy a enumerar no son iniquidades y sinrazones?

Acusamos por una nonada al prójimo, y nos excusamos de cosas muy graves; queremos vender muy caro y comprar muy barato; queremos para nuestra casa misericordia y tolerancia; queremos que se echen a buena parte nuestras palabras, y somos susceptibles y nos dolemos de lo que dicen los demás. Quisiéramos que el prójimo nos dejara tomar lo que es suyo, mediante indemnización; pero, ¿no es más justo que él conserve sus bienes y que nos deje a nosotros con nuestro dinero? Nos enojamos cuando no quiere acomodarse a nosotros, pero ¿no tiene él mayor motivo de queja de que queramos nosotros incomodarle? Si tenemos afición a un ejercicio, despreciamos todos los demás y miramos, con desdén, todo lo que no es conforme a nuestro gusto. Si alguno de nuestros inferiores nos es antipático o le tenemos entre dientes, todo lo suyo nos parece mal, haga lo que haga; no cesamos de contristarle, y siempre tenemos el ojo puesto sobre él; al contrario, si alguno nos es simpático con simpatía sensual, excusamos todo cuanto hace. Hay hijos virtuosos, a quienes los padres o las madres aborrecen por algún defecto corporal; y los hay viciosos, que son sus favoritos, únicamente por alguna gracia externa.

En todo, preferimos los ricos a los pobres, aunque no sean de mejor condición ni más virtuosos; más aún preferimos a los que andan mejor vestidos. Exigimos nuestros derechos con todo rigor, y queremos que los demás se queden cortos en la exigencia de los suyos; nos mantenemos inflexiblemente altivos, y queremos que los demás se humillen y se rebajen; fácilmente nos quejamos del prójimo, y no queremos que nadie se queje de nosotros; siempre nos parece mucho lo que hacemos por los demás, y nos parece que es nada lo que ellos hacen por nosotros. En una palabra, somos como las perdices de Pafiagonia, que tienen dos corazones, porque tenemos un corazón dulce, benévolo y delicado para con nosotros, y un corazón duro, severo y riguroso para con el prójimo. Tenemos dos pesas: una para pesar nuestras comodidades, con las mayores ventajas, y otra para pesar las del prójimo, con las mayores desventajas; ahora bien, como dice la Escritura: «por sus labios engañosos habla un corazón doblado», es decir, tienen dos corazones; y el tener dos pesas: una maciza, para recibir y otra ligera, para dar, es una cosa abominable delante de Dios.

Filotea, seas equitativa y justa en tus acciones: ponte siempre en el lugar del prójimo y pon al prójimo en el tuyo, y así juzgarás bien; hazte vendedora cuando compres, y compradora cuando vendas, y venderás y comprarás según justicia. Es verdad que todas estas injusticias son leves, pues no obligan a la restitución, y sólo consisten en que procedernos con todo el rigor de la justicia únicamente en lo que nos favorece; pero no por ello dejan de obligarnos a que procuremos la enmienda, ya que son graves defectos contrarios a la razón y a la caridad; y, al fin, no son más que engaños, pues nada perdemos en vivir con generosidad, nobleza y cortesía y con un corazón regio, igual y razonable. Acuérdate, pues, amada Filotea, de examinar con frecuencia tu corazón, para ver si, con respecto al prójimo, es tal como tú quisieras que el suyo fuese para contigo, si te encontrases en su lugar, pues este es el verdadero punto de vista de la razón. Trajano, al ser censurado por sus confidentes, porque, según su parecer, hacía demasiado accesible la majestad imperial, replicó: «Bien, ¿no he de ser con respecto a los particulares el emperador que yo quisiera encontrar, si fuese yo un particular?»

 

CAPÍTULO XXXVII

LOS DESEOS

Todos saben que se han de guardar de los deseos de cosas viciosas, porque el deseo del mal nos hace malos. Pero digo irás, Filotea: no desees en manera alguna las cosas peligrosas para el alma, como los bailes, los juegos y ciertos pasatiempos; ni los honores y cargos, ni las visiones y éxtasis, porque hay mucho peligro, vanidad y engaño. No desees las cosas demasiado lejanas, es decir, las que no pueden conseguirse sino después de mucho tiempo, cosa en que caen muchos, los cuales, con este proceder, cansan y disipan inútilmente sus corazones y se ponen en peligro de grandes inquietudes. Si un joven desea mucho obtener un cargo antes de tener la edad para ello, ¿de qué le sirve este deseo? Si una mujer casada desea ser religiosa, ¿a qué propósito viene esto? Si deseo comprar la finca de mi vecino antes de que él desee venderla, ¿no pierdo el tiempo con este deseo? Si, cuando estoy enfermo, deseo predicar, celebrar la santa Misa, visitar a los enfermos y hacer otras cosas propias de los que gozan de salud, ¿no son estos deseos inútiles, pues no está en mi mano el realizarlos? Entretanto, estos deseos inútiles ocupan el lugar de otros que debería tener: de ser paciente, resignado, mortificado, obediente, amable, en medio de mis sufrimientos, que es lo que Dios quiere que practique. Pero nosotros deseamos cerezas frescas en otoño y racimos maduros en primavera.

No apruebo, en manera alguna, el que una persona vinculada a un cargo o profesión, se entretenga en desear otro género de vida que el que cuadra con el lugar que ocupa, ni ejercicios incompatibles con su actual condición, porque esto disipa el ánimo y es causa de que se hagan con flojedad las cosas necesarias. Si deseo la soledad de los cartujos, pierdo el tiempo, y este deseo ocupa el lugar del que debiera tener, a saber, de desempeñar bien mi oficio presente. No quisiera que nadie sintiese ni siquiera el deseo de tener mejor espíritu o un criterio más recto, porque este deseo desplaza el que todos han de tener: cultivar el espíritu propio tal cual es; ni que se deseen los medios de servir a Dios que no poseen, sino que se empleen fielmente los que cada uno tiene. Ahora bien, lo dicho se entiende de los deseos que distraen el corazón, porque, en cuanto a las simples aspiraciones, no causan ningún daño, con tal que no sean frecuentes.

No desees las cruces, sino en la medida en que hubieres soportado las que ya se te han ofrecido, porque es un abuso desear el martirio y no tener la fuerza necesaria para soportar una injuria. El enemigo excita en nosotros grandes deseos de cosas remotas, que nunca ocurrirán, para distraer nuestro espíritu de las cosas presentes, de las cuales, por pequeñas que sean, podríamos sacar mucho provecho. Combatimos los monstruos de África con la imaginación, y, de hecho, nos dejamos matar por las pequeñas serpientes que encontramos en nuestro camino, por falta de atención. No desees las tentaciones, porque sería una temeridad; antes bien ejercita tu corazón en esperarlas valerosamente y en defenderte de ellas cuando lleguen.

La variedad de manjares, sobre todo si se toman en gran cantidad, siempre carga el estómago, y, si éste es débil, lo echan a perder: no llenes tu alma de muchos deseos, ni mundanos, porque te estorbarían. Cuando nuestra alma se ha purificado, al sentirse descargada de los malos humores, siente unas ansias muy grandes de cosas espirituales, y, como si estuviese hambrienta, comienza a desear mil maneras de devoción, de mortificación, de penitencia, de humildad, de caridad, de oración. Es buen indicio, amada Filotea, sentir semejante apetito; pero has de ver si puedes digerir bien todo lo que quieras comer. Entre tantos deseos, escoge, por consejo de tu padre espiritual, los que puedas practicar y ejecutar enseguida, y, en cuanto a éstos, esfuérzate de veras en realizarlos. Hecho esto, Dios te enviará otros, que procurarás llevar a la práctica, y, de esta manera, no perderás el tiempo en deseos inútiles. No digo que se haya de dejar perder ninguna clase de buenos deseos; lo que digo es que se han de realizar ordenadamente, y los que no se pueden practicar enseguida, se han de encerrar en algún rincón del corazón, hasta que les llegue el tiempo, y, entretanto, hay que realizar los que ya están sazonados y maduros; y no digo esto solamente con respecto a los deseos espirituales, sino también con respecto a los mundanos: si no lo hacemos así, no viviremos sino con inquietud y desazón.

 

CAPÍTULO XXXVIII

AVISO A LAS PERSONAS CASADAS

«El matrimonio es un gran sacramento, lo digo en Jesucristo y en su Iglesia»; «es honorable para todos», en todos y en todo, es decir, en todas sus partes: para todos, porque aun las mismas vírgenes han de honrarlo con humildad; en todos, porque es igualmente santo entre los pobres y entre los ricos; en todo, porque su origen, su fin, sus utilidades, su forma y su materia son santas. Es el plantel del cristianismo, que llena la tierra de fieles, para completar, en el cielo, el número de los elegidos; de manera que la conservación del bien del matrimonio es en extremo importante para la república, porque es la raíz y el manantial de todos los arroyos.

Plugiera a Dios que su Hijo muy amado fuese llamado a todas las bodas, como lo fue a las de Caná, pues no faltaría en ellas el vino de los consuelos y de las bendiciones; porque, si, ordinariamente, sólo hay un poco en los comienzos, ello es debido a que, en lugar de Nuestro Señor invitan a Adonis, y a Venus en lugar de la Virgen.

El que quiere tener corderitos hermosos y pintados, como Jacob, ha de mostrar a las ovejas, cuando se aparejan, varillas de diversos colores; y el que quiere tener un feliz éxito en el matrimonio, debería, en sus bodas, representarse la santidad y la, dignidad de este sacramento; pero, en lugar de esto, todo se acaba en desórdenes, pasatiempos, banquetes, palabras; no es, pues, de extrañar si los efectos son desastrosos.

Sobre todo exhorto a los casados al amor mutuo, que tanto les recomienda el Espíritu Santo en la Sagrada Escritura. ¡Oh casados!, nada es decir: «Amaos los unos a los otros con amor natural», porque las parejas de tórtolas también lo hacen; ni decir: «Amaos con un amor humano», porque los paganos también han practicado este amor; mas yo os digo con el gran Apóstol: «Maridos, amad a vuestras esposas como Jesucristo ama a su Iglesia; esposas, amad a vuestros maridos, como la Iglesia ama a su Salvador». Fue Dios que llevó a Eva a nuestro primer padre Adán y se la dio por esposa; es también Dios, amigos míos, quien, con su mano invisible, ha hecho el nudo del sagrado lazo de vuestro matrimonio, y quien ha dado los unos a los otros. ¿ Por qué, pues, no os amáis con un amor enteramente santo, sagrado y divino?

El primer efecto de este amor es la unión indisoluble de vuestros corazones. Cuando se pegan con cola dos piezas de abeto y se juntan, si la cola es fina, la unión será tan fuerte que antes romperán por cualquier otro lugar que por el de la juntura. Ahora bien, es Dios quien une el marido con la esposa con su propia sangre; por esto esta unión es tan fuerte, que antes el alma se se parará del cuerpo de uno o del otro, que el marido de la mujer. Pero esta unión no se entiende principalmente del cuerpo, sino del corazón, del afecto y del amor.

El segundo efecto de este amor es la fidelidad inviolable y mutua. Antiguamente los sellos estaban grabados en los anillos que se llevaban en los dedos, como lo da a entender la misma Sagrada Escritura; he aquí, pues, el secreto de la ceremonia que se hace en el sacramento; la Iglesia, por mano del sacerdote, bendice el anillo, y al darlo primeramente al hombre, significa que se sella y cierra su corazón por este sacramento, para que jamás ni el nombre ni el amor de otra mujer alguna pueda entrar en él, mientras viva la que le ha sido dada; después el esposo pone el anillo en la mano de la esposa, para que, a su vez, sepa que nunca su corazón ha de sentir afecto a ningún otro hombre, mientras viva sobre la tierra el que Nuestro Señor acaba de darle.

El tercer fruto del matrimonio es la procreación y crianza de los hijos. Es un gran honor para vosotros los casados, el que Dios, al querer multiplicar las almas que puedan bendecirle y alabarle eternamente, os haga cooperadores de una labor tan digna, mediante la producción de los cuerpos, sobre los cuales, como gotas celestiales, hace llover las almas, creándolas, como las crea, al infundirlas en aquellos.

Conservad, pues, esposos, un tierno, constante y cordial amor a vuestras esposas. Por esto la mujer fue sacada del costado más cercano al corazón del primer hombre, para que fuese de él tierna y cordialmente amada. Las debilidades y las fallas, ya corporales ya espirituales de vuestras esposas, no han de provocar en vosotros ninguna clase de desdén, sino más bien una dulce y amorosa compasión, pues Dios las ha creado así, para que, dependiendo de vosotros, recibáis de ellas más honor y respeto, y las tengáis por compañeras, siendo, empero, vosotros, los jefes y los superiores. Y vosotras, esposas, amad, tierna y cordialmente, pero con un amor respetuoso y lleno de reverencia, a los maridos que Dios os ha dado, ya que, para esto, los ha hecho Dios de un sexo más vigoroso y dominador, y ha querido que la mujer sea como algo que procede del hombre, un hueso de sus huesos, carne de su carne, y formada de una de sus costillas, sacada de debajo de su brazo, para significar que ha de estar bajo la mano y guía de su marido. En toda la Sagrada Escritura se recomienda, con mucho encarecimiento, esta sujeción, la cual, empero, la misma Escritura hace suave, pues no sólo quiere que os sometáis con amor, sino que manda a vuestros maridos que ejerzan su autoridad con suavidad, afecto y ternura: «Maridos -dice San Pedro, portaos discretamente con vuestras esposas, como un vaso más frágil, rindiéndoles honor».

Pero, mientras os exhorto a que hagáis crecer siempre este amor recíproco que os debéis, tened cuidado en que no se convierta en alguna especie de celos; porque ocurre, con frecuencia, que, así como el gusano se engendra de la manzana más delicada y más madura, así, también los celos nacen casados, del cual, empero, echa a perder y corrompe la substancia, porque, poco a poco, engendra disgustos, disensiones y divorcios. Es cierto que los celos nunca sobrevienen cuando la amistad se funda recíprocamente en la verdadera virtud. Por esta causa los celos son una señal indudable de que el amor tiene algo de sensual y grosero, y que ha dado con una virtud flaca, inconstante y expuesta a la desconfianza. Es un necio alarde de amistad, querer ensalzarla con los celos, porque los celos son, ciertamente, un indicio de materialidad y grosería de la amistad, y no de su bondad, pureza y perfección, pues la perfección de la amistad presupone la certeza de la virtud de la cosa amada, y los celos presuponen su incertidumbre.

Maridos, si queréis que vuestras esposas sean fieles, que vaya por delante la lección de vuestro ejemplo. «¿Con qué cara -dice San Gregorio Nacianceno-, queréis exigir la honestidad en vuestras mujeres, si vosotros vivís en la deshonestidad? ¿Cómo podéis reclamarles lo que vosotros no les dais?» ¿Queréis que sean castas? Portaos castamente con ellas, y, como dice San Pablo, «que cada uno sepa poseer su vaso en santidad». Pues si, por el contrario, vosotros sois los primeros en enseñarles las infidelidades, no es maravilla que vosotros padezcáis la deshonra que acarrea su pérdida. Mas vosotras, esposas, cuyo honor va inseparablemente unido a la decencia y a la honestidad, conservad cuidadosamente vuestra gloria, y no permitáis que la menor sombra de disolución empañe vuestra honra. Temed todos los ataques, por pequeños que sean; nunca permitáis ninguna galantería en torno vuestro; quienquiera que alabe vuestra belleza y vuestra gracia os ha de ser sospechoso, porque el que alaba una mercancía que no puede comprar, suele sentir graves tentaciones de robarla. Pero, si a tu alabanza añade alguien el desprecio de tu marido, te ofende en gran manera, pues claramente da a entender que, no sólo quiere perderte, sino que te considera ya medio perdida, puesto que puede afirmarse que ya está casi hecho el trato con el segundo comprador, cuando se está disgustado del primero. Siempre las señoras, así en los tiempos antiguos como ahora, han tenido la costumbre de colgar perlas en sus orejas, por el placer, dice Plinio, de oír el ruido que hacen al chocar unas contra otras. Mas yo que sé que el gran amigo de Dios, Isaac, envió unos pendientes, como primeras arras de su amor, a Rebeca, creo que este adorno místico significa que la primera cosa que un marido ha de poseer de su esposa y que ésta ha de guardar fielmente, es el oído, para que no pueda entrar por él otro lenguaje ni ruido alguno que el dulce y amigable rumor de las palabras honestas y castas, que son las perlas orientales del Evangelio, pues nunca hemos de olvidar que las almas reciben el veneno por el oído, como el cuerpo lo recibe por la boca.

El amor y la fidelidad hermanados producen siempre la intimidad y la confianza; por esta causa los santos y las santas han empleado muchas caricias en el matrimonio, caricias verdaderamente afectuosas pero castas, tiernas pero sinceras. Así Isaac y Rebeca, la pareja más casta entre los casados del tiempo antiguo, fueron vistos, desde una ventana, mientras se acariciaban de tal manera que, a pesar de que no mediaba entre ambos cosa alguna deshonesta, entendió muy bien Abimelec que no podían ser sino marido y mujer. El gran San Luis, tan austero en su carne como tierno en el amar a su esposa, fue casi recriminado por ser pródigo en sus caricias, aunque, en realidad, merecía ser alabado, pues sabía dejar de un lado su espíritu marcial y valiente, por estas pequeñeces, exigidas por la conservación del amor conyugal; ya que, por más que estas pequeñas demostraciones de pura y franca amistad no atan los corazones, no obstante los acercan y los disponen a la mutua convivencia.

Santa Mónica, estando encinta del gran San Agustín, lo consagró muchas veces a la religión cristiana y al servicio de la gloria de Dios como él mismo nos lo da a entender, cuando nos dice que había gustado «la sal de Dios en las entrañas de su madre». Es una gran lección para las mujeres cristianas la de ofrecer a la divina Majestad el fruto de su vientre, ya antes de haber nacido, pues Dios, que acepta las ofrendas de un corazón humilde y generoso, favorece, ordinariamente, los deseos de las madres en estas ocasiones. Testigos de ello son Samuel, Santo Tomás de Aquino, San Andrés de Fiésole y muchos otros. La madre de San Bernardo, digna madre de tal hijo, tomando en sus brazos a sus hijos, al instante de haber nacido, los ofrecía a Jesucristo, y, desde entonces, les amaba con respeto, como una cosa sagrada que Dios le había confiado, y fue tan feliz el éxito de esta práctica, que los siete fueron muy santos.

Mas, cuando los hijos ya han venido al mundo y comienza en ellos el uso de la razón, han de tener los padres mucho cuidado en grabar el temor de Dios en sus corazones. La buena reina Blanca cumplió fervorosamente este deber con su hijo, el rey San Luis, pues le decía con frecuencia: «Preferiría, hijo mío muy amado, verte morir delante de mis ojos, que verte cometer un solo pecado mortal»; lo cual quedó tan impreso en el alma de aquel santo hijo, que, como él mismo decía, no pasó un solo día de su vida sin que se acordara de ello, y se esforzó, cuanto pudo, en guardar esta doctrina divina. En nuestro idioma llamamos casas a los linajes y a las generaciones, y los mismos hebreos llamaban edificación de la casa a la generación de los hijos, pues fue en este sentido que se dijo que Dios edificó casas a las comadres de Egipto. Esto demuestra que no se hace buena casa enriqueciéndola con bienes materiales, sino educando bien a los hijos en el temor de Dios y en la virtud; en esto no hay que perdonar trabajo ni. sacrificio alguno, pues los hijos son la corona de los padres. Así Santa Mónica combatió con tanta firmeza y constancia las malas inclinaciones de San Agustín, que, después de seguir sus pasos por mar y por tierra, logró hacerlo más felizmente hijo de sus lágrimas por la conversión de su alma, que no lo había hecho hijo de su sangre por la generación de su cuerpo.

San Pablo señala a las esposas el cuidado de la casa, por lo cual creen muchos, con acierto, que su devoción es más provechosa a la familia que la de los maridos, los cuales, por no permanecer tan asiduamente en el hogar, no pueden, por lo mismo, encaminar tan fácilmente a la familia hacia la virtud. Por este motivo, Salomón, en los Proverbios, vincula la felicidad del hogar al cuidado y diligencia de aquella mujer fuerte que, en ellos, nos describe.

Dice el Génesis que Isaac, al ver estéril a su mujer Rebeca, rogó por ella al Señor, o, según los Hebreos, rogó en presencia de ella, pues mientras el uno oraba a un lado del oratorio, el otro lo hacía al lado opuesto; de esta manera, la oración del marido, hecha en esta forma, fue escuchada. La más grande y la más provechosa unión del marido y de la mujer es la que estriba en la devoción, a la cual se han de excitar mutuamente y a porfía. Frutos hay, como el membrillo, que, a causa de la aspereza de su jugo, sólo son buenos confitados; hay otros que, por ser muy tiernos y delicados, tampoco pueden durar, si no se les confita: tales son las cerezas y los albaricoques. De la misma manera, las esposas han de desear que sus maridos estén confitados con el azúcar de la devoción, porque el hombre sin devoción es un animal severo, áspero y rudo; y los maridos han de desear que sus esposas sean devotas, porque la mujer sin devoción es muy frágil, y está expuesta a decaer o a mancillarse en su virtud. Dice San Pablo que «el hombre infiel es santificado por la esposa fiel, y que la esposa infiel es santificada por el esposo fiel», como sea que, en esta estrecha alianza del matrimonio, puede una de las partes atraer fácilmente a la otra a la virtud. Mas, ¡qué bendición, cuando el hombre y la mujer fieles se santifican mutuamente en un verdadero temor del Señor!

Por lo demás, la mutua condescendencia ha de ser tan grande, que jamás se enojen ambos a la vez, para que no asome entre ellos la disensión y la discordia. Las abejas no pueden permanecer allí donde se producen ecos, resonancias y retumbos de voces, ni el Espíritu Santo en una casa donde haya disputas, réplicas, gritos y altercados.

Dice San Gregorio Nacianceno que, en su tiempo, los casados festejaban el aniversario de sus bodas. Ciertamente aprobaría que se introdujese esta costumbre, con tal que no se hiciese con ostentación de fiestas mundanas y sensuales, sino confesando y comulgando los esposos, encomendando a Dios, con mayor fervor que el de costumbre, el feliz éxito de su matrimonio, renovando los buenos propósitos de santificarlo cada día más con una amistad y fidelidad recíprocas, y adelantándose, en el Señor, para soportar las cargas de su estado.

 

CAPÍTULO XXXIX

DE LA HONESTIDAD DEL TÁLAMO NUPCIAL

El tálamo nupcial, como dice el Apóstol, ha de ser inmaculado, es decir, ha de estar libre de impureza y de otras fealdades profanas. De esta manera fue instituido, al principio, el matrimonio en el paraíso terrenal, donde jamás, en todo aquel tiempo, hubo el menor desorden de la concupiscencia ni cosa alguna deshonesta.

Existe cierta semejanza entre los placeres vergonzosos y los del comer, pues todos ellos pertenecen a la carne, aunque los primeros, por razón de su brutal vehemencia, se llaman simplemente carnales. Explicaré, pues, lo que no puedo decir de unos, por lo que diré de los otros.

1. El comer está ordenado a la conservación de la vida. Ahora bien, así como comer simplemente para nutrirse y conservar la persona es una cosa buena, santa y mandada, así también, en el matrimonio, lo que es necesario para la generación de los hijos y la multiplicación de las personas, es una cosa buena y muy santa, porque es el fin principal de las nupcias.

2. Comer, no para conservar la vida, sino para mantener la mutua relación y condescendencia que nos debemos los unos a los otros, es una cosa muy justa y honesta. Igualmente, la recíproca y legítima satisfacción de los esposos, en el santo matrimonio, es llamada por San Pablo débito; mas débito tan grave, que no quiere que ninguna de las partes se exima de él sin el libre y voluntario consentimiento de la otra, ni siquiera por motivos de prácticas devotas, lo cual me ha obligado a hablar en la forma que lo he hecho, sobre este punto, en el capítulo de la Sagrada Comunión. Mucho menos pues, es lícito eximirse de este deber, por caprichosas pretensiones de virtud o por disgusto o desdén.

3. Así como los que comen por el deber de mutua condescendencia, han de comer con libertad y no como forzados a ello, y, además, han de procurar dar a entender aue comen con apetito, de la misma manera el débito nupcial se ha de satisfacer fiel y francamente, como si se tuviese la esperanza de tener hijos, aunque, por alguna causa, esta esperanza hubiese desaparecido.

4. Comer, no por los dos primeros motivos, sino, simplemente, para complacer el apetito es cosa tolerable, pero no laudable, ya que el simple placer del apetito sensitivo no puede ser un fin suficiente para hacer que sea laudable un acto; basta con que sea tolerable.

5. Comer, no por simple apetito, sino por exceso y desorden, es cosa más o menos vituperable, según que el exceso sea grande o pequeño.

6. Ahora bien, el exceso en el comer no sólo consiste en la cantidad, sino también en la forma y manera cómo se come. Es notable, amada Filotea, que la miel, tan apropiada y tan saludable para las abejas, pueda de todas maneras, perjudicarlas tanto, que llegue a ponerlas enfermas, como ocurre cuando comen demasiado, sobre todo en primavera, porque les produce como cierta disentería, y, a veces, las mata inevitablemente, como cuando quedan cubiertas de miel por delante de su cabeza y en sus aletas.

A la verdad, el comercio nupcial, que es tan santo, tan justo, tan recomendable, tan útil a la sociedad, puede empero en algunos casos ser dañoso a los que lo practican; pues, a veces, pone enfermas de pecado venial a las almas, como ocurre con simples excesos, y, en algunas ocasiones, las mata con el pecado mortal, como ocurre cuando es violado y pervertido el orden establecido para la generación de los hijos; y, en este caso, según que alguno se aparte más o menos de este orden, son los pecados más o menos execrables, pero siempre mortales. Porque como quiera que la procreación de los hijos es el fin primario y principal del matrimonio, jamás es lícito apartarse del orden que exige, aunque, por algún motivo, tal procreación no pueda entonces seguirse, como acontece cuando la esterilidad o el embarazo impiden la generación, pues, en estas circunstancias, el comercio corporal no deja de poder ser justo y santo, con tal que sean cumplidas las leyes de la generación, puesto que nunca está permitido que cosa alguna accidental contravenga la ley impuesta por el fin principal del matrimonio. Es cierto que la infame y execrable acción que Onán cometió, en su matrimonio, fue detestable delante de Dios, como lo dice el Sagrado Texto, en el capítulo treinta y ocho del Génesis. Y aunque algunos herejes de nuestros tiempos, cien veces más condenables que los Cínicos, de que nos habla San Jerónimo en la epístola a los Efesios, han pretendido que fue la perversa intención de este malvado la que desagradó a Dios, es manifiesto que no habla así la Escritura, sino que concretamente asegura que fue la misma cosa cometida la que pareció detestable y abominable a los ojos de Dios.

7. Es una señal indudable de un espíritu perverso, vil, abyecto e innoble, pensar en los manjares y en la comida antes de la hora, y todavía más deleitarse, después de comer, con el placer que se ha sentido durante la comida, entreteniéndose en ello con palabras y pensamientos, y revolcando el espíritu en el recuerdo del placer experimentado al tragar los manjares, como lo hacen aquellos que, antes de comer, tienen el ánimo en el asador y, después de comer, en los platos; personas dignas de ser galopines de cocina, que, como dice San Pablo, hacen de su vientre un Dios. Las personas honorables sólo piensan en la mesa cuando se sientan a ella, y, una vez han comido, se lavan las manos y la boca para no sentir más ni el sabor ni el olor de lo que han comido. El elefante no es sino una bestia enorme, pero es la más digna de cuantas viven en la tierra y la que tiene más juicio. Quiero referir un rasgo de su honestidad: nunca cambia de compañera, y ama tiernamente a la que ha escogido, con la cual, empero, no se junta más que de tres en tres años, por espacio de cinco días, y con tanto secreto que jamás nadie le ha visto en este acto; pero harto se conoce el sexto día, cuando, antes de hacer cualquier otra cosa, se va derechamente al río, donde lava todo su cuerpo, y no quiere volver a su grupo antes de haberse purificado. ¿No son estas cosas hermosos y honestos instintos de este animal, con los cuales invita a los casados a no permanecer encenagados en la sensualidad y en los placeres experimentados por razón de su estado, sino a lavar el corazón y el afecto, una vez pasados; y a purificarse lo antes posible, para practicar después otros actos más puros y elevados, con toda la libertad del espíritu?

En esta advertencia consiste la práctica perfecta de la excelente doctrina que San Pablo da a los corintios: «El tiempo es breve; por lo tanto los que tienen esposa vivan como si no la tuviesen». Ya que, según San Gregorio, tiene esposa como si no la, tuviese, aquel que, de tal manera recibe los deleites corporales, que no impide con ellos las aspiraciones espirituales: ahora bien, lo que se dice del marido se entiende recíprocamente de la esposa. «Los que usan del mundo -dice el mismo Apóstol- sean como si no usasen de él». Que todos, pues, usen del mundo, cada uno según su vocación, pero de manera que, no esclavizando sus afectos, queden libres y estén prontos para el servicio de Dios, como si no usasen de él. «Este es el gran mal del hombre -dice San Agustín-, querer gozar de las cosas de las cuales solamente ha de usar, y querer usar de aquellas de las cuales solamente ha de gozar». Nosotros hemos de gozar de las cosas espirituales y solamente usar de las corporales, de las cuales, cuando el uso se convierte en gozo, nuestra alma racional se convierte también en alma brutal y bestial.

Creo que he dicho todo lo que era menester decir, y que he dado a entender, sin decirlo, lo que no quería decir.

 

CAPÍTULO XL

AVISO A LAS VIUDAS

San Pablo instruye a todos los prelados, en la persona de Timoteo, y le dice: «Honra a las viudas que de verdad son viudas». Ahora bien, para que una viuda lo sea de verdad, se requieren tres cosas:

1. Que la viuda sea viuda no sólo en cuanto al cuerpo, sino en cuanto al corazón, es decir, que esté resuelta, con un propósito inviolable, a conservarse en el estado de una casta viudez; porque las viudas que sólo lo son en espera de volverse a casar, solamente están separadas de los hombres según los placeres del cuerpo, pero están unidas a ellos por el deseo del corazón. Y, si la verdadera viuda quiere ofrecer a Dios su cuerpo y su castidad con voto, añadirá a su viudez un gran adorno y asegurará mucho su propósito; porque, al ver que, después del voto, ya no es libre de perder su castidad sin perder el cielo, estará tan celosa de su designio, que ni siquiera permitirá que, por un solo momento, se detengan en su corazón los más leves pensamientos de casarse, ya que este voto sagrado pondrá una recia barrera entre su alma y toda la clase de proyectos contrarios a su propósito.

San Agustín aconseja muy encarecidamente este voto a la viuda cristiana, y el antiguo y docto Orígenes va más allá, pues exhorta a las mujeres casadas a que se consagren y obliguen a la castidad para cuando sean viudas, en el caso en que sus maridos mueran antes que ellas, a fin de que, en medio de los placeres sensuales propios del matrimonio, puedan no obstante, gozar del mérito de una casta viudez, mediante esta promesa anticipada. El voto hace que las obras que le siguen sean más agradables a Dios, robustece el ánimo para hacerlas, y no sólo da a Dios las obras que son como los frutos de nuestra buena voluntad, sino también le consagra la misma voluntad, que es como el árbol de nuestros actos. Por la simple castidad damos a Dios nuestro cuerpo, pero reteniendo la libertad de someterlo nuevamente a los placeres sensuales; mas por el voto de castidad, le hacemos donación absoluta e irrevocable, sin reservarnos ninguna potestad de desdecirnos, haciéndonos así dichosamente esclavos de Aquel, cuya servidumbre es mejor que todas las realezas. Ahora bien, como que yo apruebo infinitamente los consejos de estos dos grandes personajes, asimismo quisiera que las almas que, por dicha suya, desean seguirlos, lo hiciesen con prudencia, santa y sólidamente, después de haber medido su valor, invocado la inspiración del cielo, y haber pedido el parecer a algún docto y devoto director, ya que, de esta manera, todo se hará con más fruto.

2. Además de esto, es menester que esta renuncia de las segundas nupcias se haga única y simplemente para poner con más pureza todos los afectos en Dios y unir del todo el propio corazón con el de la divina Majestad; porque si el deseo de dejar ricos a los hijos, o cualquiera otra pretensión mundana, es la que retiene a la viuda en su viudez, quizá recibirá por ello alabanza, pero no delante de Dios, pues, delante de Dios, únicamente puede ser alabado lo que se hace para agradarle.

3. Es también necesario que la viuda, para ser verdaderamente tal, viva alejada y privada de los goces profanos. «La viuda que vive en medio de delicias -dice San Pablo-, está muerta en vida». Querer ser viuda, y complacerse, no obstante, en ser halagada, acariciada y festejada; querer tomar parte en los bailes, danzas y festines; querer andar perfumada, adornada y acicalada, esto no es ser viuda; esto es ser viuda en cuanto al cuerpo, pero estar muerta en cuanto al alma. ¿ Qué más da que la enseña del templo de Adonis y del amor profano esté confeccionada con cintas blancas, dispuestas en forma de penachos, o de gasa, a manera de red, colocada alrededor del rostro? Con frecuencia el color negro se presta más que el blanco a la vanidad, porque da más realce al color del rostro. La viuda, conociendo por propia experiencia la manera como las mujeres pueden agradar a los hombres, pone en el alma de éstos, cebos más peligrosos. Luego, la viuda que anda entre estos locos placeres está muerta en vida y no es más que un ídolo de viudez.

« Al llegar el tiempo de la poda, la voz de la tórtola se ha oído en nuestra tierra», dicen los Cantares. La poda de las superfluidades mundanas es necesaria a todos los que quieren vivir piadosamente, pero de un modo especial es necesaria a la verdadera viuda que, como una casta tórtola, todavía no ha acabado de llorar, gemir y lamentar la muerte de su marido. Cuando Noemí, regresó de Moab a Belén, las mujeres del lugar, que la habían conocido recién casada, se preguntaban unas a otras: «¿No es ésta Noemí»? Mas ella respondía: «No me llaméis Noemí» -que quiere decir gentil y hermosa«antes bien llamadme Amarga, ya que el Todopoderoso ha llenado mi alma de amargura», y hablaba así porque había muerto su marido. Tampoco la viuda devota quiere ser tenida por bella y gentil, y se consuela con ser lo que Dios quiere que sea, es decir, humilde y devota.

Las lámparas de aceite aromático, cuando éste se apaga exhalan un olor más suave; así las viudas cuyo matrimonio ha sido puro, exhalan más perfume de virtud y de castidad cuando su llama, es decir su marido, se ha extinguido por la muerte. Amar al marido, mientras vive, es cosa muy corriente entre las mujeres, pero amarle tanto que, después de su muerte, no se desee otro, es una categoría de amor que sólo es propio de las verdaderas viudas. Esperar en Dios mientras se cuenta con el apoyo del marido, no es cosa tan rara; pero esperar en Dios cuando se carece de él, es cosa muy digna de alabanza, por lo que, en la viudez, se conocen más fácilmente las virtudes practicadas durante el matrimonio.

La viuda que tiene hijos que necesitan de su guía y dirección, sobre todo en lo que se refiere a su alma y a su encauzamiento en la vida, no puede, en manera alguna, abandonarlos, pues el apóstol San Pablo dice manifiestamente «que están sujetas a esta obligación, para pagar a sus padres y a sus madres con la misma moneda», y también porque «si alguno no cuida de los suyos, principalmente de los de su familia, es peor que un infiel». Mas, si los hijos se encuentran en tal estado que ya no necesitan la dirección de la madre, entonces la viuda ha de recoger todos sus afectos y todos sus pensamientos para aplicarlos más íntegramente a su progreso en el amor de Dios.

Si alguna fuerza mayor no obliga en conciencia, a la verdadera viuda a ocuparse en los negocios exteriores, como pleitos, le aconsejo que se abstenga completamente de ellos, y que procure conducir sus asuntos de la manera más pacífica y tranquila, aunque no le parezca la más provechosa. Porque sería menester que los beneficios de la actividad fuesen muy grandes, para ser comparables con el bien de una santa tranquilidad; aparte de que tales pleitos y embrollos disipan el corazón y abren, con frecuencia, la puerta a los enemigos de la castidad, pues, para complacer a las personas cuyo favor necesitan, no faltan quienes se ponen en situaciones contrarias a 'a devoción y desagradables a Dios.

Sea la oración el continuo ejercicio de la viuda, pues no debiendo amar a nadie fuera de Dios, sólo ha de tener palabras para Dios. Y, así como el hierro privado de la atracción del imán, por la presencia del diamante, se precipita hacia aquél en cuanto éste es removido, de la misma manera el corazón de la viuda que no podía lanzarse del todo hacia Dios ni seguir los atractivos del divino amor, mientras vivía su marido, después de la muerte de éste ha de correr presta tras el olor de los perfumes celestiales, como si dijera, a imitación de la sagrada Esposa: « ¡ Oh, Señor!, ahora que soy toda mía, recíbeme como toda tuya; atráeme hacia Ti, y correré al olor de tus ungüentos. »

El ejercicio de las virtudes propias de la santa viuda son la perfecta modestia, la renuncia de los honores, de las distinciones, de las reuniones, de los títulos y otras parecidas vanidades: servir a los pobres y a los enfermos, consolar a los afligidos, encaminar a las doncellas hacia la vida devota, y mostrarse ante las jóvenes como un modelo de todas las virtudes. La limpieza y la sencillez han de ser los adornos de sus vestidos; la humildad y la caridad, el adorno de sus actos; la honestidad y la humildad, el de su conversación; la modestia y el recato, el de sus miradas, y Jesucristo crucificado el único amor de su corazón.

En una palabra, la verdadera viuda es en la Iglesia una violeta de marzo, que despide una suavidad incomparable por el olor de su devoción, permanece casi siempre escondida bajo las largas hojas de su propia abyección, y pone de manifiesto su mortificación con su color menos brillante: se encuentra en parajes húmedos e incultos, no quiere ser agitada por las conversaciones mundanas, para defender mejor la frescura de su corazón contra los ardores que los deseos de riquezas, de honores o también de amores podrían encender. «Ella será bienaventurada -dice el santo Apóstol-, si persevera en estas disposiciones.»

Muchas otras cosas tendría que decirte acerca de este punto; mas lo habré dicho todo, con decirte que la viuda celosa del honor de su condición, lee reflexivamente las hermosas cartas que San Jerónimo escribió a Furia y a Salvia y a todas aquellas otras damas que tuvieron la suerte de ser hijas espirituales de tan gran padre, ya que nada se puede añadir a lo que les dijo, si no es esta advertencia, a saber, que la buena viuda nunca ha de hablar ni censurar a los que pasan a segundas, a terceras y aun a cuartas nupcias, porque en ciertos casos, Dios así lo dispone, para su mayor gloria. Y siempre se ha de tener presente esta doctrina de los antiguos: que ni la viudez ni la virginidad no tienen, en el cielo, otra categoría que la señalada por la humildad.

 

CAPÍTULO XLI

UNA PALABRA A LAS VÍRGENES

¡Oh vírgenes!, si aspiráis al matrimonio temporal, guardad celosamente vuestro primer amor para vuestro primer marido. Creo que es un gran engaño presentar, en lugar de un corazón íntegro y sincero, un corazón gastado, marchito y agitado por el amor. Pero, si por dicha vuestra, sois llamadas a las castas y virginales nupcias espirituales, y queréis, para siempre, conservar vuestra virginidad, ¡ah!, entonces guardad vuestro amor tan delicadamente cuanto os sea posible para aquel divino Esposo que, por ser la misma pureza, nada ama tanto como la pureza, y al cual son debidas las primicias de todas las cosas, principalmente las del amor. En las epístolas de San Jerónimo encontraréis todos los avisos necesarios, y puesto que tu condición te obliga a la obediencia, escoge un guía, bajo cuya dirección puedas consagrar más santamente tu corazón y tu cuerpo a la divina Majestad.