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San
Francisco de Sales
Introducción
a la vida devota
(Tercera
parte)
CAPÍTULO
XXXI
DE LOS
PASATIEMPOS Y RECREACIONES, Y, EN PRIMER LUGAR, DE LAS QUE
SON LÍCITAS Y LAUDABLES
Es
necesario dar, de vez en cuando, cierta expansión a
nuestro espíritu y también a nuestro cuerpo,
con alguna clase de recreación. Como dice Casiano, un
día un cazador encontró a San Juan
Evangelista, el cual llevaba una perdiz en la mano y la
acariciaba por pura recreación. Preguntóle el
cazador por qué, siendo un hombre tan calificado,
empleaba el tiempo en una cosa tan baja y despreciable, y
San Juan le respondió: «¿Por qué no
llevas siempre el arco en tensión?» -«Por
temor, replicó el cazador, de que, si permanece
siempre encorvado, no pierda la fuerza cuando tenga que
hacer uso de él».«No te maravilles, pues,
dijo el Apóstol, si, alguna vez, aflojo en el rigor y
en la tentación de mi espíritu para recrearme
un poco y entregarme luego, más vivamente, a la
contemplación». Es, indudablemente, un vicio el
ser tan riguroso, huraño y salvaje, que no se quiera
tomar para sí, ni permitir a los demás,
ninguna clase de recreación.
Tomar
el aire, pasear, entretenerse en alegres y amigables
conversaciones, tocar el laúd o algún otro
instrumento, cantar, ir de caza, son pasatiempos tan
honestos, que, para usar bien de ellos, no se requiere otra
prudencia que la ordinaria, la cual da a todas las cosas la
importancia, el tiempo, el lugar y la medida.
Los
juegos en los cuales la ganancia sirve de premio y de
recompensa a la habilidad y a la industria del cuerpo o del
espíritu, como ocurre en el juego de pelota,
balón, el mallo, el juego de la sortija, el ajedrez,
las damas, son recreaciones de suyo buenas y lícitas.
Conviene tan sólo guardarse del exceso, ya en el
tiempo que en ellos se emplea, ya en las apuestas que se
hacen; porque, si se emplea en ello demasiado tiempo, ya no
es recreación, sino ocupación, y entonces no
se da esparcimiento al ánimo ni al cuerpo, sino que
se le aturde y agota. Después de seis horas de jugar
al ajedrez, se siente gran pesadez de cuerpo y fatiga de
espíritu; jugar mucho tiempo a la pelota no es
recrear el cuerpo, sino cansarlo. Ahora bien, si la apuesta,
es decir, lo que se juega, es demasiado crecida, los afectos
de los jugadores se desordenan, aparte de que es injusto
exponer grandes cantidades a la habilidad y al ingenio tan
poco importantes y tan inútiles como lo son las
habilidades del juego.
Pero
sobre todo, Filotea, procura no aficionarte a todas estas
cosas; porque, por honesta que sea una recreación, es
vicio el poner en ella el corazón y el afecto. No
niego que se haya de jugar con gusto mientras se juega,
porque lo contrario ya no sería recreación; lo
que sí digo es que no hemos de poner el afecto en el
juego, de tal manera que lo deseemos, nos dejemos dominar
por él y lo esperemos con excesivas ansias.
CAPÍTULO
XXXII
DE LOS
JUEGOS PROHIBIDOS
Los
juegos de los dados, de los naipes y otros semejantes, en
los cuales la ganancia depende únicamente del azar,
no sólo son recreaciones peligrosas, como los bailes,
sino también sencillamente y naturalmente malas y
vituperables; por esto están prohibidos por las
leyes, así civiles como eclesiásticas. Pero
dirás: «¿Qué mal hay en ellos?»
En estos juegos la ganancia no es fruto de la inteligencia,
sino de la suerte, que muchas veces favorece al que no lo
merece ni por su habilidad ni por su ingenio: en esto, pues,
la razón sale ofendida. «Pero nosotros ya hemos
convenido en ello>>, replicarás. Esto sirve
para demostrar que el que gana no hace injuria a los
demás, pero de aquí no se sigue que el pacto
no esté fuera de razón, y también el
juego; porque el lucro, que ha de ser el precio de la
habilidad, se convierte en el precio de la suerte, la cual
no vale nada, pues, de ninguna manera, depende de nosotros.
Además,
estos juegos llevan el nombre de recreación, y para
esto se han inventado; sin embargo, no lo son, sino
más bien ocupaciones violentas. Porque, ¿no es,
acaso, ocupación, tener el espíritu oprimido y
tenso por una continua atención, y agitado por
constantes inquietudes, aprensiones y zozobras? ¿Existe
una atención más triste, más
sombría y más melancólica que la de los
jugadores? Por esto, durante el juego, no se puede hablar,
ni reír, ni toser, pues enseguida se encolerizan.
Finalmente,
en el juego, no hay más goce que el del lucro, y
¿no es inicuo un goce que no se puede lograr de otra
manera, sino a costa de la pérdida y del disgusto del
compañero? Esta alegría es, en verdad, infame.
Por estos tres motivos están prohibidos estos juegos.
El gran rey San Luis, al enterarse de que su hermano el
conde de Anjou y Don Gautier de Nemours estaban jugando, se
levantó de la cama a pesar de que estaba enfermo, y,
con paso vacilante, se dirigió a su estancia, y
cogió las mesas, los dados y parte del dinero, y lo
arrojó al mar por la ventana mostrándose muy
enojado. La santa y casta doncella Sara, hablando a Dios de
su inocencia, le dijo: «Tú sabes, ¡oh
Señor!, que nunca he tenido trato con
jugadores».
CAPÍTULO
XXXIII
DE LOS
BAILES Y PASATIEMPOS QUE SON
PELIGROSOS
Las
danzas y los bailes son cosas, de suyo, indiferentes, pero,
atendiendo a la manera ordinaria de practicar este
ejercicio, resulta muy resbaladizo e inclinado hacia el lado
del mal, y por consiguiente, está lleno de
daño y de peligro. Se baila de noche, y es muy
fácil que, en medio de la oscuridad y de las
tinieblas, una cosa por sí misma susceptible de mal,
resbale en accidentes tenebrosos y viciosos. Se vela mucho,
y después se pierde la madrugada del día
siguiente, y, por lo mismo, la oportunidad de servir a Dios;
en una palabra, siempre es una locura cambiar el día
por la noche, la luz por las tinieblas, las buenas obras por
las liviandades. Al baile todos llevan, a porfía,
vanidad, y la vanidad es una gran disposición para
los afectos malos y para los amores peligrosos y
vituperables pues todas estas cosas suelen ser fruto de las
danzas.
Filotea,
te digo de los bailes lo que los médicos dicen de los
hongos: los mejores no valen nada; y yo te digo que los
mejores bailes nada tienen de buenos. Si, no obstante, has
de comer hongos, mira que estén bien condimentados;
si, en alguna ocasión, de la cual no puedas
excusarte, te ves obligada a ir al baile, procura, en tu
danza, la mayor decencia. Mas, ¿cómo lograrla?
Con modestia, con dignidad y con buena intención.
Come pocos y no con mucha frecuencia, dicen los
médicos, hablando de los hongos, porque, por bien
preparados que estén, la cantidad los hace venenosos;
baila poco y con poca frecuencia, Filotea, porque, de lo
contrario, caerás en el peligro de aficionarte.
Los
hongos, según Plinio, por ser muy esponjosos y estar
llenos de poros, absorben fácilmente los
gérmenes infectos que están a su alrededor, de
manera que, cuando están cerca de las serpientes,
reciben su veneno. Los bailes, las danzas y otras parecidas
reuniones tenebrosas, atraen, ordinariamente hacia
sí, los vicios y los pecados que imperan en un lugar,
las disputas, las envidias, las burlas, los amores locos; y
así como tales ejercicios abren los poros del cuerpo
de los que los practican, también abren los poros del
corazón, con lo cual, si alguna serpiente va a silbar
al oído alguna palabra lasciva, algún halago,
alguna galantería, o bien algún basilisco
lanza miradas impúdicas, miradas de amor, los
corazones están más preparados para dejarse
cautivar y emponzoñar.
¡Ah,
Filotea!, estas recreaciones impertinentes son, por lo
regular, peligrosas: disipan el espíritu de
devoción, debilitan las fuerzas, enfrían la
caridad y despiertan en el alma mil clases de malos afectos,
por lo cual hay que tomar parte en ellas con suma prudencia.
Pero,
de un modo especial, se dice que después de los
hongos hay que beber vino generoso; y yo digo que,
después de los bailes, hay que echar mano de algunas
santas y buenas consideraciones, que contrarresten las
impresiones peligrosas que el placer frívolo recibido
puede comunicar a nuestros espíritus. Mas
¿qué consideraciones?
1.
Mientras tú estás en el baile, muchas almas
arden en el fuego del infierno por los pecados cometidos en
la danza y por causa de la danza.
2.
Muchos religiosos y personas devotas, a la misma hora,
están en la presencia de Dios, cantan sus alabanzas y
contemplan su belleza. ¡Oh, cómo emplean el
tiempo mejor que tú!
3.
Mientras tú bailas, muchas almas entran en
agonía; millones de hombres y mujeres padecen grandes
trabajos en la cama, en los hospitales, por la calle: dolor
de gota, mal de piedra, fiebre abrasadora. ¡Ah! ellos
no tienen un momento de reposo. ¿No les tendrás
compasión? ¿No piensas que, un día,
gemirás como ellos, mientras otros bailarán,
como tú bailas ahora?
4.
Nuestro Señor, la Santísima Virgen, los
ángeles y los santos te han visto en el baile.
¡Ah! qué compasión les has causado,
cuando han visto que tu corazón se divertía en
una tan gran nonada, atento a aquella frivolidad.
5.
¡Ah! mientras estás allí, el tiempo pasa
y la muerte se acerca. Mira cómo se burla de ti y te
invita a su danza, en la cual los gemidos de tus familiares
servirán de violín, y donde sólo
darás un paso: de la vida a la muerte. Esta danza es
el verdadero pasatiempo de los mortales, pues por ella pasa
el hombre, en un instante, del tiempo a una eternidad de
goces o de penas.
Pongo
estas sencillas consideraciones, pero Dios te
inspirará muchas otras, con el mismo fin, si es que
sientes su santo amor.
CAPÍTULO
XXXIV
CUÁNDO
SE PUEDE JUGAR Y BAILAR
Para
jugar y bailar lícitamente, es menester hacerlo por
recreación y no por afición, durante poco
tiempo, sin cansarse ni rendirse, y muy de tarde en tarde;
porque el que hace de ello una cosa ordinaria, convierte el
recreo en ocupación. Mas, ¿en qué
ocasiones se puede jugar y bailar? Las ocasiones razonables
del baile y del juego indiferente son más frecuentes;
las de los juegos prohibidos son más raras, porque
tales juegos son más detestables y peligrosos. En una
palabra, baila y juega, bajo las condiciones que ya he
indicado, cuando la prudencia y la discreción te lo
aconsejen, para condescender y dar gusto a la honesta
tertulia en que te encuentres; porque la condescendencia,
como retoño de la caridad, convierte las cosas
indiferentes en buenas, y las peligrosas en permitidas, y
aun quita la malicia a las que, en cierto sentido, son
malas. Por esta causa, los juegos de azar, que, de otra
manera, serían censurables, no lo son cuando, alguna
vez, nos obliga a jugar a ellos una condescendencia
razonable.
He
sentido mucho consuelo al leer, en la vida de San Carlos
Borromeo, que condescendía con los suizos en ciertas
cosas, en las cuales, por otra parte, era muy severo; y que
San Ignacio de Loyola, al ser invitado a jugar, lo
aceptó. En cuanto a santa Isabel de Hungría,
cuando se encontraba en reuniones de pasatiempo, muchas
veces jugaba y bailaba, sin perjuicio de su devoción,
la cual estaba tan arraigada en su alma que, así como
las rocas que se encuentran alrededor del lago de Riotte
crecen cuando son batidas por las olas, de la misma manera
crecía su devoción en medio de las pompas y de
las vanidades, a las cuales la exponía su
condición; los grandes incendios se avivan con el
viento, pero los fuegos pequeños se extinguen, si no
se les resguarda.
CAPÍTULO
XXXV
QUE ES
NECESARIO SER FIEL EN LAS OCASIONES GRANDES Y EN LAS
PEQUEÑAS
El
sagrado Esposo del Cantar de los Cantares dice que la Esposa
le ha robado el corazón con uno de sus ojos y con uno
de sus cabellos. Ahora bien, de todas las partes exteriores
del cuerpo humano no hay ninguna tan noble como el ojo,
tanto por su estructura como por su actividad, ni ninguna
tan vil como el cabello, por lo que no sólo le son
agradables las grandes obras de las personas devotas, sino
también las más pequeñas y las
más insignificantes, y que, para servirle
según su agrado, hay que tener cuidado en servirle,
así en las cosas grandes y elevadas como en las
pequeñas y bajas, pues lo mismo con las unas que con
las otras, podemos robarle el corazón por el amor.
Prepárate,
pues, Filotea, a sufrir muy grandes aflicciones por Nuestro
Señor, y aun el martirio; resuélvete a darle
lo- que para ti es más preciado, si a Él le
place tomarlo: el padre, la madre, el hermano, el esposo,
los hijos, tu misma vida, porque para todo esto has de tener
dispuesto tu corazón, Pero, mientras la divina
Providencia no te envíe aflicciones tan sentidas y
tan grandes, mientras no te pida tus ojos, dale a lo menos
tus cabellos, es decir, soporta con dulzura las
pequeñas injurias, las pequeñas incomodidades,
las pequeñas pérdidas cotidianas, porque, con
estas pequeñas ocasiones, aceptadas con amor y
afecto, ganarás enteramente su corazón y lo
harás tuyo. Aquellas pequeñas limosnas
cotidianas, aquel dolor de cabeza, aquel dolor de muelas,
aquel romper un vaso, aquel desprecio o aquella burla, el
perder los guantes, el anillo o el pañuelo, o la
pequeña incomodidad de acostarse pronto y levantarse
temprano para ir a comulgar y a rezar, aquel poco de
vergüenza que se siente al hacer públicamente
ciertos actos de devoción: en una palabra, todos los
pequeños sufrimientos, aceptados y abrazados con
amor, complacen en gran manera a la Bondad divina, la cual
por un solo vaso de agua ha prometido a sus fieles un mar de
felicidad, y, como sea que estas ocasiones se ofrecen a cada
momento, el aprovecharlas es un gran medio para atesorar
muchas riquezas espirituales.
Cuando,
en la vida de Santa Catalina de Sena, veo tantos raptos y
elevaciones de espíritu, tantas palabras llenas de
sabiduría, y aun predicciones hechas por ella, no
dudo de que todas estas contemplaciones cautivaron el
corazón de su celestial Esposo; pero el mismo
consuelo siento cuando la veo en la cocina de su padre,
dando vueltas a la parrilla, avivando el fuego, preparando
la comida, amasando el pan y desempeñando todos los
quehaceres más humildes de la casa, con esfuerzo
lleno de amor y de ternura para con Dios. Y no aprecio menos
la insignificante y sencilla meditación que ella
hacía, en medio de estas ocasiones viles y abyectas,
que los éxtasis y arrobamientos que con tanta
frecuencia tenía, en recompensa, tal vez, de aquella
humildad y abyección. Su meditación era
ésta: Se imaginaba que, cuando servía a su
padre, servía a Nuestro Señor, como otra santa
Marta; que su madre ocupaba el lugar de la Madre de Dios y
sus hermanos el lugar de los apóstoles, y, de esta
manera, se excitaba a servir en espíritu a toda la
corte celestial, y se empleaba en aquellos oficios humildes
con gran suavidad, porque sabía que era aquella la
voluntad de Dios. Te he propuesto este ejemplo, Filotea,
para que sepas lo mucho que importa el dirigir todos
nuestros actos, por sencillos que sean, al servicio de su
divina Majestad.
Por
esto te consejo, cuanto me es posible, que imites a aquella
mujer fuerte tan alabada de Salomón, la cual, como
él dice, emprendía cosas fuertes, generosas y
elevadas, y, a pesar de ello, no dejaba de hilar ni de hacer
rodar el huso. «Ha puesto la mano en cosas atrevidas y
sus dedos han cogido el huso». Pon la mano en cosas de
vuelo, ejercitándote en la oración y
meditación, en recibir los sacramentos, en comunicar
el amor de Dios a las almas, en derramar buenas
inspiraciones sobre los corazones, y, finalmente, en hacer
obras grandes y de envergadura, según tu
vocación; pero no olvides tu huso ni el
cáñamo, es decir, practica las virtudes
pequeñas y humildes, que son como flores que crecen
al pie de la cruz: servir a los pobres, visitar a los
enfermos, sostener a la familia, con los trabajos que esto
acarrea, y una actividad útil, que no te deje estar
ociosa; y, en medio de estas ocupaciones, haz
consideraciones parecidas a las de Santa Catalina de Sena,
que acabo de mencionar.
Las
ocasiones de servir a Dios en cosas grandes, raras veces se
ofrecen, pero las pequeñas ocurren a diario; ahora
bien, «el que es fiel en lo poco -dice el mismo
Salvador-, le constituiré sobre lo mucho». Haz,
pues, todas las cosas en nombre de Dios, y todas
serán bien hechas. Ya comas, ya bebas, ya duermas, ya
te recrees, ya des vueltas al asador, mientras sepas
enderezar bien tus quehaceres, aprovecharás mucho en
la presencia de Dios, sí haces todas las cosas porque
Dios quiere que las hagas.
CAPÍTULO
XXXVI
QUE ES
MENESTER TENER EL CRITERIO JUSTO Y
RAZONABLE
Si
nosotros somos hombres, es debido a la razón, y, a
pesar de ello, es cosa rara encontrar hombres verdaderamente
razonables, pues el amor propio nos aparta ordinariamente de
la razón y nos conduce, de una manera insensible, a
mil clases de pequeñas, pero perversas injusticias e
iniquidades, las cuales, como las raposillas de que nos
habla el Cantar de los Cantares, devastan las villas;
porque, por lo mismo que son pequeñas, nadie las
vigila, y porque son muchas, causan mucho daño.
¿ Acaso las que te voy a enumerar no son iniquidades y
sinrazones?
Acusamos
por una nonada al prójimo, y nos excusamos de cosas
muy graves; queremos vender muy caro y comprar muy barato;
queremos para nuestra casa misericordia y tolerancia;
queremos que se echen a buena parte nuestras palabras, y
somos susceptibles y nos dolemos de lo que dicen los
demás. Quisiéramos que el prójimo nos
dejara tomar lo que es suyo, mediante indemnización;
pero, ¿no es más justo que él conserve
sus bienes y que nos deje a nosotros con nuestro dinero? Nos
enojamos cuando no quiere acomodarse a nosotros, pero
¿no tiene él mayor motivo de queja de que
queramos nosotros incomodarle? Si tenemos afición a
un ejercicio, despreciamos todos los demás y miramos,
con desdén, todo lo que no es conforme a nuestro
gusto. Si alguno de nuestros inferiores nos es
antipático o le tenemos entre dientes, todo lo suyo
nos parece mal, haga lo que haga; no cesamos de
contristarle, y siempre tenemos el ojo puesto sobre
él; al contrario, si alguno nos es simpático
con simpatía sensual, excusamos todo cuanto hace. Hay
hijos virtuosos, a quienes los padres o las madres aborrecen
por algún defecto corporal; y los hay viciosos, que
son sus favoritos, únicamente por alguna gracia
externa.
En
todo, preferimos los ricos a los pobres, aunque no sean de
mejor condición ni más virtuosos; más
aún preferimos a los que andan mejor vestidos.
Exigimos nuestros derechos con todo rigor, y queremos que
los demás se queden cortos en la exigencia de los
suyos; nos mantenemos inflexiblemente altivos, y queremos
que los demás se humillen y se rebajen;
fácilmente nos quejamos del prójimo, y no
queremos que nadie se queje de nosotros; siempre nos parece
mucho lo que hacemos por los demás, y nos parece que
es nada lo que ellos hacen por nosotros. En una palabra,
somos como las perdices de Pafiagonia, que tienen dos
corazones, porque tenemos un corazón dulce,
benévolo y delicado para con nosotros, y un
corazón duro, severo y riguroso para con el
prójimo. Tenemos dos pesas: una para pesar nuestras
comodidades, con las mayores ventajas, y otra para pesar las
del prójimo, con las mayores desventajas; ahora bien,
como dice la Escritura: «por sus labios
engañosos habla un corazón doblado», es
decir, tienen dos corazones; y el tener dos pesas: una
maciza, para recibir y otra ligera, para dar, es una cosa
abominable delante de Dios.
Filotea,
seas equitativa y justa en tus acciones: ponte siempre en el
lugar del prójimo y pon al prójimo en el tuyo,
y así juzgarás bien; hazte vendedora cuando
compres, y compradora cuando vendas, y venderás y
comprarás según justicia. Es verdad que todas
estas injusticias son leves, pues no obligan a la
restitución, y sólo consisten en que
procedernos con todo el rigor de la justicia
únicamente en lo que nos favorece; pero no por ello
dejan de obligarnos a que procuremos la enmienda, ya que son
graves defectos contrarios a la razón y a la caridad;
y, al fin, no son más que engaños, pues nada
perdemos en vivir con generosidad, nobleza y cortesía
y con un corazón regio, igual y razonable.
Acuérdate, pues, amada Filotea, de examinar con
frecuencia tu corazón, para ver si, con respecto al
prójimo, es tal como tú quisieras que el suyo
fuese para contigo, si te encontrases en su lugar, pues este
es el verdadero punto de vista de la razón. Trajano,
al ser censurado por sus confidentes, porque, según
su parecer, hacía demasiado accesible la majestad
imperial, replicó: «Bien, ¿no he de ser con
respecto a los particulares el emperador que yo quisiera
encontrar, si fuese yo un particular?»
CAPÍTULO
XXXVII
LOS
DESEOS
Todos
saben que se han de guardar de los deseos de cosas viciosas,
porque el deseo del mal nos hace malos. Pero digo
irás, Filotea: no desees en manera alguna las cosas
peligrosas para el alma, como los bailes, los juegos y
ciertos pasatiempos; ni los honores y cargos, ni las
visiones y éxtasis, porque hay mucho peligro, vanidad
y engaño. No desees las cosas demasiado lejanas, es
decir, las que no pueden conseguirse sino después de
mucho tiempo, cosa en que caen muchos, los cuales, con este
proceder, cansan y disipan inútilmente sus corazones
y se ponen en peligro de grandes inquietudes. Si un joven
desea mucho obtener un cargo antes de tener la edad para
ello, ¿de qué le sirve este deseo? Si una mujer
casada desea ser religiosa, ¿a qué
propósito viene esto? Si deseo comprar la finca de mi
vecino antes de que él desee venderla, ¿no
pierdo el tiempo con este deseo? Si, cuando estoy enfermo,
deseo predicar, celebrar la santa Misa, visitar a los
enfermos y hacer otras cosas propias de los que gozan de
salud, ¿no son estos deseos inútiles, pues no
está en mi mano el realizarlos? Entretanto, estos
deseos inútiles ocupan el lugar de otros que
debería tener: de ser paciente, resignado,
mortificado, obediente, amable, en medio de mis
sufrimientos, que es lo que Dios quiere que practique. Pero
nosotros deseamos cerezas frescas en otoño y racimos
maduros en primavera.
No
apruebo, en manera alguna, el que una persona vinculada a un
cargo o profesión, se entretenga en desear otro
género de vida que el que cuadra con el lugar que
ocupa, ni ejercicios incompatibles con su actual
condición, porque esto disipa el ánimo y es
causa de que se hagan con flojedad las cosas necesarias. Si
deseo la soledad de los cartujos, pierdo el tiempo, y este
deseo ocupa el lugar del que debiera tener, a saber, de
desempeñar bien mi oficio presente. No quisiera que
nadie sintiese ni siquiera el deseo de tener mejor
espíritu o un criterio más recto, porque este
deseo desplaza el que todos han de tener: cultivar el
espíritu propio tal cual es; ni que se deseen los
medios de servir a Dios que no poseen, sino que se empleen
fielmente los que cada uno tiene. Ahora bien, lo dicho se
entiende de los deseos que distraen el corazón,
porque, en cuanto a las simples aspiraciones, no causan
ningún daño, con tal que no sean frecuentes.
No
desees las cruces, sino en la medida en que hubieres
soportado las que ya se te han ofrecido, porque es un abuso
desear el martirio y no tener la fuerza necesaria para
soportar una injuria. El enemigo excita en nosotros grandes
deseos de cosas remotas, que nunca ocurrirán, para
distraer nuestro espíritu de las cosas presentes, de
las cuales, por pequeñas que sean, podríamos
sacar mucho provecho. Combatimos los monstruos de
África con la imaginación, y, de hecho, nos
dejamos matar por las pequeñas serpientes que
encontramos en nuestro camino, por falta de atención.
No desees las tentaciones, porque sería una
temeridad; antes bien ejercita tu corazón en
esperarlas valerosamente y en defenderte de ellas cuando
lleguen.
La
variedad de manjares, sobre todo si se toman en gran
cantidad, siempre carga el estómago, y, si
éste es débil, lo echan a perder: no llenes tu
alma de muchos deseos, ni mundanos, porque te
estorbarían. Cuando nuestra alma se ha purificado, al
sentirse descargada de los malos humores, siente unas ansias
muy grandes de cosas espirituales, y, como si estuviese
hambrienta, comienza a desear mil maneras de
devoción, de mortificación, de penitencia, de
humildad, de caridad, de oración. Es buen indicio,
amada Filotea, sentir semejante apetito; pero has de ver si
puedes digerir bien todo lo que quieras comer. Entre tantos
deseos, escoge, por consejo de tu padre espiritual, los que
puedas practicar y ejecutar enseguida, y, en cuanto a
éstos, esfuérzate de veras en realizarlos.
Hecho esto, Dios te enviará otros, que
procurarás llevar a la práctica, y, de esta
manera, no perderás el tiempo en deseos
inútiles. No digo que se haya de dejar perder ninguna
clase de buenos deseos; lo que digo es que se han de
realizar ordenadamente, y los que no se pueden practicar
enseguida, se han de encerrar en algún rincón
del corazón, hasta que les llegue el tiempo, y,
entretanto, hay que realizar los que ya están
sazonados y maduros; y no digo esto solamente con respecto a
los deseos espirituales, sino también con respecto a
los mundanos: si no lo hacemos así, no viviremos sino
con inquietud y desazón.
CAPÍTULO
XXXVIII
AVISO A LAS
PERSONAS CASADAS
«El
matrimonio es un gran sacramento, lo digo en Jesucristo y en
su Iglesia»; «es honorable para todos», en
todos y en todo, es decir, en todas sus partes: para todos,
porque aun las mismas vírgenes han de honrarlo con
humildad; en todos, porque es igualmente santo entre los
pobres y entre los ricos; en todo, porque su origen, su fin,
sus utilidades, su forma y su materia son santas. Es el
plantel del cristianismo, que llena la tierra de fieles,
para completar, en el cielo, el número de los
elegidos; de manera que la conservación del bien del
matrimonio es en extremo importante para la
república, porque es la raíz y el manantial de
todos los arroyos.
Plugiera
a Dios que su Hijo muy amado fuese llamado a todas las
bodas, como lo fue a las de Caná, pues no
faltaría en ellas el vino de los consuelos y de las
bendiciones; porque, si, ordinariamente, sólo hay un
poco en los comienzos, ello es debido a que, en lugar de
Nuestro Señor invitan a Adonis, y a Venus en lugar de
la Virgen.
El
que quiere tener corderitos hermosos y pintados, como Jacob,
ha de mostrar a las ovejas, cuando se aparejan, varillas de
diversos colores; y el que quiere tener un feliz
éxito en el matrimonio, debería, en sus bodas,
representarse la santidad y la, dignidad de este sacramento;
pero, en lugar de esto, todo se acaba en desórdenes,
pasatiempos, banquetes, palabras; no es, pues, de
extrañar si los efectos son desastrosos.
Sobre
todo exhorto a los casados al amor mutuo, que tanto les
recomienda el Espíritu Santo en la Sagrada Escritura.
¡Oh casados!, nada es decir: «Amaos los unos a los
otros con amor natural», porque las parejas de
tórtolas también lo hacen; ni decir:
«Amaos con un amor humano», porque los paganos
también han practicado este amor; mas yo os digo con
el gran Apóstol: «Maridos, amad a vuestras
esposas como Jesucristo ama a su Iglesia; esposas, amad a
vuestros maridos, como la Iglesia ama a su Salvador».
Fue Dios que llevó a Eva a nuestro primer padre
Adán y se la dio por esposa; es también Dios,
amigos míos, quien, con su mano invisible, ha hecho
el nudo del sagrado lazo de vuestro matrimonio, y quien ha
dado los unos a los otros. ¿ Por qué, pues, no
os amáis con un amor enteramente santo, sagrado y
divino?
El
primer efecto de este amor es la unión indisoluble de
vuestros corazones. Cuando se pegan con cola dos piezas de
abeto y se juntan, si la cola es fina, la unión
será tan fuerte que antes romperán por
cualquier otro lugar que por el de la juntura. Ahora bien,
es Dios quien une el marido con la esposa con su propia
sangre; por esto esta unión es tan fuerte, que antes
el alma se se parará del cuerpo de uno o del otro,
que el marido de la mujer. Pero esta unión no se
entiende principalmente del cuerpo, sino del corazón,
del afecto y del amor.
El
segundo efecto de este amor es la fidelidad inviolable y
mutua. Antiguamente los sellos estaban grabados en los
anillos que se llevaban en los dedos, como lo da a entender
la misma Sagrada Escritura; he aquí, pues, el secreto
de la ceremonia que se hace en el sacramento; la Iglesia,
por mano del sacerdote, bendice el anillo, y al darlo
primeramente al hombre, significa que se sella y cierra su
corazón por este sacramento, para que jamás ni
el nombre ni el amor de otra mujer alguna pueda entrar en
él, mientras viva la que le ha sido dada;
después el esposo pone el anillo en la mano de la
esposa, para que, a su vez, sepa que nunca su corazón
ha de sentir afecto a ningún otro hombre, mientras
viva sobre la tierra el que Nuestro Señor acaba de
darle.
El
tercer fruto del matrimonio es la procreación y
crianza de los hijos. Es un gran honor para vosotros los
casados, el que Dios, al querer multiplicar las almas que
puedan bendecirle y alabarle eternamente, os haga
cooperadores de una labor tan digna, mediante la
producción de los cuerpos, sobre los cuales, como
gotas celestiales, hace llover las almas, creándolas,
como las crea, al infundirlas en aquellos.
Conservad,
pues, esposos, un tierno, constante y cordial amor a
vuestras esposas. Por esto la mujer fue sacada del costado
más cercano al corazón del primer hombre, para
que fuese de él tierna y cordialmente amada. Las
debilidades y las fallas, ya corporales ya espirituales de
vuestras esposas, no han de provocar en vosotros ninguna
clase de desdén, sino más bien una dulce y
amorosa compasión, pues Dios las ha creado
así, para que, dependiendo de vosotros,
recibáis de ellas más honor y respeto, y las
tengáis por compañeras, siendo, empero,
vosotros, los jefes y los superiores. Y vosotras, esposas,
amad, tierna y cordialmente, pero con un amor respetuoso y
lleno de reverencia, a los maridos que Dios os ha dado, ya
que, para esto, los ha hecho Dios de un sexo más
vigoroso y dominador, y ha querido que la mujer sea como
algo que procede del hombre, un hueso de sus huesos, carne
de su carne, y formada de una de sus costillas, sacada de
debajo de su brazo, para significar que ha de estar bajo la
mano y guía de su marido. En toda la Sagrada
Escritura se recomienda, con mucho encarecimiento, esta
sujeción, la cual, empero, la misma Escritura hace
suave, pues no sólo quiere que os sometáis con
amor, sino que manda a vuestros maridos que ejerzan su
autoridad con suavidad, afecto y ternura: «Maridos
-dice San Pedro, portaos discretamente con vuestras esposas,
como un vaso más frágil, rindiéndoles
honor».
Pero,
mientras os exhorto a que hagáis crecer siempre este
amor recíproco que os debéis, tened cuidado en
que no se convierta en alguna especie de celos; porque
ocurre, con frecuencia, que, así como el gusano se
engendra de la manzana más delicada y más
madura, así, también los celos nacen casados,
del cual, empero, echa a perder y corrompe la substancia,
porque, poco a poco, engendra disgustos, disensiones y
divorcios. Es cierto que los celos nunca sobrevienen cuando
la amistad se funda recíprocamente en la verdadera
virtud. Por esta causa los celos son una señal
indudable de que el amor tiene algo de sensual y grosero, y
que ha dado con una virtud flaca, inconstante y expuesta a
la desconfianza. Es un necio alarde de amistad, querer
ensalzarla con los celos, porque los celos son, ciertamente,
un indicio de materialidad y grosería de la amistad,
y no de su bondad, pureza y perfección, pues la
perfección de la amistad presupone la certeza de la
virtud de la cosa amada, y los celos presuponen su
incertidumbre.
Maridos,
si queréis que vuestras esposas sean fieles, que vaya
por delante la lección de vuestro ejemplo.
«¿Con qué cara -dice San Gregorio
Nacianceno-, queréis exigir la honestidad en vuestras
mujeres, si vosotros vivís en la deshonestidad?
¿Cómo podéis reclamarles lo que vosotros
no les dais?» ¿Queréis que sean castas?
Portaos castamente con ellas, y, como dice San Pablo,
«que cada uno sepa poseer su vaso en santidad».
Pues si, por el contrario, vosotros sois los primeros en
enseñarles las infidelidades, no es maravilla que
vosotros padezcáis la deshonra que acarrea su
pérdida. Mas vosotras, esposas, cuyo honor va
inseparablemente unido a la decencia y a la honestidad,
conservad cuidadosamente vuestra gloria, y no
permitáis que la menor sombra de disolución
empañe vuestra honra. Temed todos los ataques, por
pequeños que sean; nunca permitáis ninguna
galantería en torno vuestro; quienquiera que alabe
vuestra belleza y vuestra gracia os ha de ser sospechoso,
porque el que alaba una mercancía que no puede
comprar, suele sentir graves tentaciones de robarla. Pero,
si a tu alabanza añade alguien el desprecio de tu
marido, te ofende en gran manera, pues claramente da a
entender que, no sólo quiere perderte, sino que te
considera ya medio perdida, puesto que puede afirmarse que
ya está casi hecho el trato con el segundo comprador,
cuando se está disgustado del primero. Siempre las
señoras, así en los tiempos antiguos como
ahora, han tenido la costumbre de colgar perlas en sus
orejas, por el placer, dice Plinio, de oír el ruido
que hacen al chocar unas contra otras. Mas yo que sé
que el gran amigo de Dios, Isaac, envió unos
pendientes, como primeras arras de su amor, a Rebeca, creo
que este adorno místico significa que la primera cosa
que un marido ha de poseer de su esposa y que ésta ha
de guardar fielmente, es el oído, para que no pueda
entrar por él otro lenguaje ni ruido alguno que el
dulce y amigable rumor de las palabras honestas y castas,
que son las perlas orientales del Evangelio, pues nunca
hemos de olvidar que las almas reciben el veneno por el
oído, como el cuerpo lo recibe por la boca.
El
amor y la fidelidad hermanados producen siempre la intimidad
y la confianza; por esta causa los santos y las santas han
empleado muchas caricias en el matrimonio, caricias
verdaderamente afectuosas pero castas, tiernas pero
sinceras. Así Isaac y Rebeca, la pareja más
casta entre los casados del tiempo antiguo, fueron vistos,
desde una ventana, mientras se acariciaban de tal manera
que, a pesar de que no mediaba entre ambos cosa alguna
deshonesta, entendió muy bien Abimelec que no
podían ser sino marido y mujer. El gran San Luis, tan
austero en su carne como tierno en el amar a su esposa, fue
casi recriminado por ser pródigo en sus caricias,
aunque, en realidad, merecía ser alabado, pues
sabía dejar de un lado su espíritu marcial y
valiente, por estas pequeñeces, exigidas por la
conservación del amor conyugal; ya que, por
más que estas pequeñas demostraciones de pura
y franca amistad no atan los corazones, no obstante los
acercan y los disponen a la mutua convivencia.
Santa
Mónica, estando encinta del gran San Agustín,
lo consagró muchas veces a la religión
cristiana y al servicio de la gloria de Dios como él
mismo nos lo da a entender, cuando nos dice que había
gustado «la sal de Dios en las entrañas de su
madre». Es una gran lección para las mujeres
cristianas la de ofrecer a la divina Majestad el fruto de su
vientre, ya antes de haber nacido, pues Dios, que acepta las
ofrendas de un corazón humilde y generoso, favorece,
ordinariamente, los deseos de las madres en estas ocasiones.
Testigos de ello son Samuel, Santo Tomás de Aquino,
San Andrés de Fiésole y muchos otros. La madre
de San Bernardo, digna madre de tal hijo, tomando en sus
brazos a sus hijos, al instante de haber nacido, los
ofrecía a Jesucristo, y, desde entonces, les amaba
con respeto, como una cosa sagrada que Dios le había
confiado, y fue tan feliz el éxito de esta
práctica, que los siete fueron muy santos.
Mas,
cuando los hijos ya han venido al mundo y comienza en ellos
el uso de la razón, han de tener los padres mucho
cuidado en grabar el temor de Dios en sus corazones. La
buena reina Blanca cumplió fervorosamente este deber
con su hijo, el rey San Luis, pues le decía con
frecuencia: «Preferiría, hijo mío muy
amado, verte morir delante de mis ojos, que verte cometer un
solo pecado mortal»; lo cual quedó tan impreso
en el alma de aquel santo hijo, que, como él mismo
decía, no pasó un solo día de su vida
sin que se acordara de ello, y se esforzó, cuanto
pudo, en guardar esta doctrina divina. En nuestro idioma
llamamos casas a los linajes y a las generaciones, y los
mismos hebreos llamaban edificación de la casa a la
generación de los hijos, pues fue en este sentido que
se dijo que Dios edificó casas a las comadres de
Egipto. Esto demuestra que no se hace buena casa
enriqueciéndola con bienes materiales, sino educando
bien a los hijos en el temor de Dios y en la virtud; en esto
no hay que perdonar trabajo ni. sacrificio alguno, pues los
hijos son la corona de los padres. Así Santa
Mónica combatió con tanta firmeza y constancia
las malas inclinaciones de San Agustín, que,
después de seguir sus pasos por mar y por tierra,
logró hacerlo más felizmente hijo de sus
lágrimas por la conversión de su alma, que no
lo había hecho hijo de su sangre por la
generación de su cuerpo.
San
Pablo señala a las esposas el cuidado de la casa, por
lo cual creen muchos, con acierto, que su devoción es
más provechosa a la familia que la de los maridos,
los cuales, por no permanecer tan asiduamente en el hogar,
no pueden, por lo mismo, encaminar tan fácilmente a
la familia hacia la virtud. Por este motivo, Salomón,
en los Proverbios, vincula la felicidad del hogar al cuidado
y diligencia de aquella mujer fuerte que, en ellos, nos
describe.
Dice
el Génesis que Isaac, al ver estéril a su
mujer Rebeca, rogó por ella al Señor, o,
según los Hebreos, rogó en presencia de ella,
pues mientras el uno oraba a un lado del oratorio, el otro
lo hacía al lado opuesto; de esta manera, la
oración del marido, hecha en esta forma, fue
escuchada. La más grande y la más provechosa
unión del marido y de la mujer es la que estriba en
la devoción, a la cual se han de excitar mutuamente y
a porfía. Frutos hay, como el membrillo, que, a causa
de la aspereza de su jugo, sólo son buenos
confitados; hay otros que, por ser muy tiernos y delicados,
tampoco pueden durar, si no se les confita: tales son las
cerezas y los albaricoques. De la misma manera, las esposas
han de desear que sus maridos estén confitados con el
azúcar de la devoción, porque el hombre sin
devoción es un animal severo, áspero y rudo; y
los maridos han de desear que sus esposas sean devotas,
porque la mujer sin devoción es muy frágil, y
está expuesta a decaer o a mancillarse en su virtud.
Dice San Pablo que «el hombre infiel es santificado por
la esposa fiel, y que la esposa infiel es santificada por el
esposo fiel», como sea que, en esta estrecha alianza
del matrimonio, puede una de las partes atraer
fácilmente a la otra a la virtud. Mas,
¡qué bendición, cuando el hombre y la
mujer fieles se santifican mutuamente en un verdadero temor
del Señor!
Por
lo demás, la mutua condescendencia ha de ser tan
grande, que jamás se enojen ambos a la vez, para que
no asome entre ellos la disensión y la discordia. Las
abejas no pueden permanecer allí donde se producen
ecos, resonancias y retumbos de voces, ni el Espíritu
Santo en una casa donde haya disputas, réplicas,
gritos y altercados.
Dice
San Gregorio Nacianceno que, en su tiempo, los casados
festejaban el aniversario de sus bodas. Ciertamente
aprobaría que se introdujese esta costumbre, con tal
que no se hiciese con ostentación de fiestas mundanas
y sensuales, sino confesando y comulgando los esposos,
encomendando a Dios, con mayor fervor que el de costumbre,
el feliz éxito de su matrimonio, renovando los buenos
propósitos de santificarlo cada día más
con una amistad y fidelidad recíprocas, y
adelantándose, en el Señor, para soportar las
cargas de su estado.
CAPÍTULO
XXXIX
DE LA
HONESTIDAD DEL TÁLAMO NUPCIAL
El
tálamo nupcial, como dice el Apóstol, ha de
ser inmaculado, es decir, ha de estar libre de impureza y de
otras fealdades profanas. De esta manera fue instituido, al
principio, el matrimonio en el paraíso terrenal,
donde jamás, en todo aquel tiempo, hubo el menor
desorden de la concupiscencia ni cosa alguna deshonesta.
Existe
cierta semejanza entre los placeres vergonzosos y los del
comer, pues todos ellos pertenecen a la carne, aunque los
primeros, por razón de su brutal vehemencia, se
llaman simplemente carnales. Explicaré, pues, lo que
no puedo decir de unos, por lo que diré de los otros.
1.
El comer está ordenado a la conservación de la
vida. Ahora bien, así como comer simplemente para
nutrirse y conservar la persona es una cosa buena, santa y
mandada, así también, en el matrimonio, lo que
es necesario para la generación de los hijos y la
multiplicación de las personas, es una cosa buena y
muy santa, porque es el fin principal de las nupcias.
2.
Comer, no para conservar la vida, sino para mantener la
mutua relación y condescendencia que nos debemos los
unos a los otros, es una cosa muy justa y honesta.
Igualmente, la recíproca y legítima
satisfacción de los esposos, en el santo matrimonio,
es llamada por San Pablo débito; mas débito
tan grave, que no quiere que ninguna de las partes se exima
de él sin el libre y voluntario consentimiento de la
otra, ni siquiera por motivos de prácticas devotas,
lo cual me ha obligado a hablar en la forma que lo he hecho,
sobre este punto, en el capítulo de la Sagrada
Comunión. Mucho menos pues, es lícito eximirse
de este deber, por caprichosas pretensiones de virtud o por
disgusto o desdén.
3.
Así como los que comen por el deber de mutua
condescendencia, han de comer con libertad y no como
forzados a ello, y, además, han de procurar dar a
entender aue comen con apetito, de la misma manera el
débito nupcial se ha de satisfacer fiel y
francamente, como si se tuviese la esperanza de tener hijos,
aunque, por alguna causa, esta esperanza hubiese
desaparecido.
4.
Comer, no por los dos primeros motivos, sino, simplemente,
para complacer el apetito es cosa tolerable, pero no
laudable, ya que el simple placer del apetito sensitivo no
puede ser un fin suficiente para hacer que sea laudable un
acto; basta con que sea tolerable.
5.
Comer, no por simple apetito, sino por exceso y desorden, es
cosa más o menos vituperable, según que el
exceso sea grande o pequeño.
6.
Ahora bien, el exceso en el comer no sólo consiste en
la cantidad, sino también en la forma y manera
cómo se come. Es notable, amada Filotea, que la miel,
tan apropiada y tan saludable para las abejas, pueda de
todas maneras, perjudicarlas tanto, que llegue a ponerlas
enfermas, como ocurre cuando comen demasiado, sobre todo en
primavera, porque les produce como cierta disentería,
y, a veces, las mata inevitablemente, como cuando quedan
cubiertas de miel por delante de su cabeza y en sus aletas.
A la
verdad, el comercio nupcial, que es tan santo, tan justo,
tan recomendable, tan útil a la sociedad, puede
empero en algunos casos ser dañoso a los que lo
practican; pues, a veces, pone enfermas de pecado venial a
las almas, como ocurre con simples excesos, y, en algunas
ocasiones, las mata con el pecado mortal, como ocurre cuando
es violado y pervertido el orden establecido para la
generación de los hijos; y, en este caso,
según que alguno se aparte más o menos de este
orden, son los pecados más o menos execrables, pero
siempre mortales. Porque como quiera que la
procreación de los hijos es el fin primario y
principal del matrimonio, jamás es lícito
apartarse del orden que exige, aunque, por algún
motivo, tal procreación no pueda entonces seguirse,
como acontece cuando la esterilidad o el embarazo impiden la
generación, pues, en estas circunstancias, el
comercio corporal no deja de poder ser justo y santo, con
tal que sean cumplidas las leyes de la generación,
puesto que nunca está permitido que cosa alguna
accidental contravenga la ley impuesta por el fin principal
del matrimonio. Es cierto que la infame y execrable
acción que Onán cometió, en su
matrimonio, fue detestable delante de Dios, como lo dice el
Sagrado Texto, en el capítulo treinta y ocho del
Génesis. Y aunque algunos herejes de nuestros
tiempos, cien veces más condenables que los
Cínicos, de que nos habla San Jerónimo en la
epístola a los Efesios, han pretendido que fue la
perversa intención de este malvado la que
desagradó a Dios, es manifiesto que no habla
así la Escritura, sino que concretamente asegura que
fue la misma cosa cometida la que pareció detestable
y abominable a los ojos de Dios.
7.
Es una señal indudable de un espíritu
perverso, vil, abyecto e innoble, pensar en los manjares y
en la comida antes de la hora, y todavía más
deleitarse, después de comer, con el placer que se ha
sentido durante la comida, entreteniéndose en ello
con palabras y pensamientos, y revolcando el espíritu
en el recuerdo del placer experimentado al tragar los
manjares, como lo hacen aquellos que, antes de comer, tienen
el ánimo en el asador y, después de comer, en
los platos; personas dignas de ser galopines de cocina, que,
como dice San Pablo, hacen de su vientre un Dios. Las
personas honorables sólo piensan en la mesa cuando se
sientan a ella, y, una vez han comido, se lavan las manos y
la boca para no sentir más ni el sabor ni el olor de
lo que han comido. El elefante no es sino una bestia enorme,
pero es la más digna de cuantas viven en la tierra y
la que tiene más juicio. Quiero referir un rasgo de
su honestidad: nunca cambia de compañera, y ama
tiernamente a la que ha escogido, con la cual, empero, no se
junta más que de tres en tres años, por
espacio de cinco días, y con tanto secreto que
jamás nadie le ha visto en este acto; pero harto se
conoce el sexto día, cuando, antes de hacer cualquier
otra cosa, se va derechamente al río, donde lava todo
su cuerpo, y no quiere volver a su grupo antes de haberse
purificado. ¿No son estas cosas hermosos y honestos
instintos de este animal, con los cuales invita a los
casados a no permanecer encenagados en la sensualidad y en
los placeres experimentados por razón de su estado,
sino a lavar el corazón y el afecto, una vez pasados;
y a purificarse lo antes posible, para practicar
después otros actos más puros y elevados, con
toda la libertad del espíritu?
En
esta advertencia consiste la práctica perfecta de la
excelente doctrina que San Pablo da a los corintios:
«El tiempo es breve; por lo tanto los que tienen esposa
vivan como si no la tuviesen». Ya que, según San
Gregorio, tiene esposa como si no la, tuviese, aquel que, de
tal manera recibe los deleites corporales, que no impide con
ellos las aspiraciones espirituales: ahora bien, lo que se
dice del marido se entiende recíprocamente de la
esposa. «Los que usan del mundo -dice el mismo
Apóstol- sean como si no usasen de él».
Que todos, pues, usen del mundo, cada uno según su
vocación, pero de manera que, no esclavizando sus
afectos, queden libres y estén prontos para el
servicio de Dios, como si no usasen de él. «Este
es el gran mal del hombre -dice San Agustín-, querer
gozar de las cosas de las cuales solamente ha de usar, y
querer usar de aquellas de las cuales solamente ha de
gozar». Nosotros hemos de gozar de las cosas
espirituales y solamente usar de las corporales, de las
cuales, cuando el uso se convierte en gozo, nuestra alma
racional se convierte también en alma brutal y
bestial.
Creo
que he dicho todo lo que era menester decir, y que he dado a
entender, sin decirlo, lo que no quería decir.
CAPÍTULO
XL
AVISO A LAS
VIUDAS
San
Pablo instruye a todos los prelados, en la persona de
Timoteo, y le dice: «Honra a las viudas que de verdad
son viudas». Ahora bien, para que una viuda lo sea de
verdad, se requieren tres cosas:
1.
Que la viuda sea viuda no sólo en cuanto al cuerpo,
sino en cuanto al corazón, es decir, que esté
resuelta, con un propósito inviolable, a conservarse
en el estado de una casta viudez; porque las viudas que
sólo lo son en espera de volverse a casar, solamente
están separadas de los hombres según los
placeres del cuerpo, pero están unidas a ellos por el
deseo del corazón. Y, si la verdadera viuda quiere
ofrecer a Dios su cuerpo y su castidad con voto,
añadirá a su viudez un gran adorno y
asegurará mucho su propósito; porque, al ver
que, después del voto, ya no es libre de perder su
castidad sin perder el cielo, estará tan celosa de su
designio, que ni siquiera permitirá que, por un solo
momento, se detengan en su corazón los más
leves pensamientos de casarse, ya que este voto sagrado
pondrá una recia barrera entre su alma y toda la
clase de proyectos contrarios a su propósito.
San
Agustín aconseja muy encarecidamente este voto a la
viuda cristiana, y el antiguo y docto Orígenes va
más allá, pues exhorta a las mujeres casadas a
que se consagren y obliguen a la castidad para cuando sean
viudas, en el caso en que sus maridos mueran antes que
ellas, a fin de que, en medio de los placeres sensuales
propios del matrimonio, puedan no obstante, gozar del
mérito de una casta viudez, mediante esta promesa
anticipada. El voto hace que las obras que le siguen sean
más agradables a Dios, robustece el ánimo para
hacerlas, y no sólo da a Dios las obras que son como
los frutos de nuestra buena voluntad, sino también le
consagra la misma voluntad, que es como el árbol de
nuestros actos. Por la simple castidad damos a Dios nuestro
cuerpo, pero reteniendo la libertad de someterlo nuevamente
a los placeres sensuales; mas por el voto de castidad, le
hacemos donación absoluta e irrevocable, sin
reservarnos ninguna potestad de desdecirnos,
haciéndonos así dichosamente esclavos de
Aquel, cuya servidumbre es mejor que todas las realezas.
Ahora bien, como que yo apruebo infinitamente los consejos
de estos dos grandes personajes, asimismo quisiera que las
almas que, por dicha suya, desean seguirlos, lo hiciesen con
prudencia, santa y sólidamente, después de
haber medido su valor, invocado la inspiración del
cielo, y haber pedido el parecer a algún docto y
devoto director, ya que, de esta manera, todo se hará
con más fruto.
2.
Además de esto, es menester que esta renuncia de las
segundas nupcias se haga única y simplemente para
poner con más pureza todos los afectos en Dios y unir
del todo el propio corazón con el de la divina
Majestad; porque si el deseo de dejar ricos a los hijos, o
cualquiera otra pretensión mundana, es la que retiene
a la viuda en su viudez, quizá recibirá por
ello alabanza, pero no delante de Dios, pues, delante de
Dios, únicamente puede ser alabado lo que se hace
para agradarle.
3.
Es también necesario que la viuda, para ser
verdaderamente tal, viva alejada y privada de los goces
profanos. «La viuda que vive en medio de delicias -dice
San Pablo-, está muerta en vida». Querer ser
viuda, y complacerse, no obstante, en ser halagada,
acariciada y festejada; querer tomar parte en los bailes,
danzas y festines; querer andar perfumada, adornada y
acicalada, esto no es ser viuda; esto es ser viuda en cuanto
al cuerpo, pero estar muerta en cuanto al alma. ¿
Qué más da que la enseña del templo de
Adonis y del amor profano esté confeccionada con
cintas blancas, dispuestas en forma de penachos, o de gasa,
a manera de red, colocada alrededor del rostro? Con
frecuencia el color negro se presta más que el blanco
a la vanidad, porque da más realce al color del
rostro. La viuda, conociendo por propia experiencia la
manera como las mujeres pueden agradar a los hombres, pone
en el alma de éstos, cebos más peligrosos.
Luego, la viuda que anda entre estos locos placeres
está muerta en vida y no es más que un
ídolo de viudez.
«
Al llegar el tiempo de la poda, la voz de la tórtola
se ha oído en nuestra tierra», dicen los
Cantares. La poda de las superfluidades mundanas es
necesaria a todos los que quieren vivir piadosamente, pero
de un modo especial es necesaria a la verdadera viuda que,
como una casta tórtola, todavía no ha acabado
de llorar, gemir y lamentar la muerte de su marido. Cuando
Noemí, regresó de Moab a Belén, las
mujeres del lugar, que la habían conocido
recién casada, se preguntaban unas a otras:
«¿No es ésta Noemí»? Mas ella
respondía: «No me llaméis
Noemí» -que quiere decir gentil y
hermosa«antes bien llamadme Amarga, ya que el
Todopoderoso ha llenado mi alma de amargura», y hablaba
así porque había muerto su marido. Tampoco la
viuda devota quiere ser tenida por bella y gentil, y se
consuela con ser lo que Dios quiere que sea, es decir,
humilde y devota.
Las
lámparas de aceite aromático, cuando
éste se apaga exhalan un olor más suave;
así las viudas cuyo matrimonio ha sido puro, exhalan
más perfume de virtud y de castidad cuando su llama,
es decir su marido, se ha extinguido por la muerte. Amar al
marido, mientras vive, es cosa muy corriente entre las
mujeres, pero amarle tanto que, después de su muerte,
no se desee otro, es una categoría de amor que
sólo es propio de las verdaderas viudas. Esperar en
Dios mientras se cuenta con el apoyo del marido, no es cosa
tan rara; pero esperar en Dios cuando se carece de
él, es cosa muy digna de alabanza, por lo que, en la
viudez, se conocen más fácilmente las virtudes
practicadas durante el matrimonio.
La
viuda que tiene hijos que necesitan de su guía y
dirección, sobre todo en lo que se refiere a su alma
y a su encauzamiento en la vida, no puede, en manera alguna,
abandonarlos, pues el apóstol San Pablo dice
manifiestamente «que están sujetas a esta
obligación, para pagar a sus padres y a sus madres
con la misma moneda», y también porque «si
alguno no cuida de los suyos, principalmente de los de su
familia, es peor que un infiel». Mas, si los hijos se
encuentran en tal estado que ya no necesitan la
dirección de la madre, entonces la viuda ha de
recoger todos sus afectos y todos sus pensamientos para
aplicarlos más íntegramente a su progreso en
el amor de Dios.
Si
alguna fuerza mayor no obliga en conciencia, a la verdadera
viuda a ocuparse en los negocios exteriores, como pleitos,
le aconsejo que se abstenga completamente de ellos, y que
procure conducir sus asuntos de la manera más
pacífica y tranquila, aunque no le parezca la
más provechosa. Porque sería menester que los
beneficios de la actividad fuesen muy grandes, para ser
comparables con el bien de una santa tranquilidad; aparte de
que tales pleitos y embrollos disipan el corazón y
abren, con frecuencia, la puerta a los enemigos de la
castidad, pues, para complacer a las personas cuyo favor
necesitan, no faltan quienes se ponen en situaciones
contrarias a 'a devoción y desagradables a Dios.
Sea
la oración el continuo ejercicio de la viuda, pues no
debiendo amar a nadie fuera de Dios, sólo ha de tener
palabras para Dios. Y, así como el hierro privado de
la atracción del imán, por la presencia del
diamante, se precipita hacia aquél en cuanto
éste es removido, de la misma manera el
corazón de la viuda que no podía lanzarse del
todo hacia Dios ni seguir los atractivos del divino amor,
mientras vivía su marido, después de la muerte
de éste ha de correr presta tras el olor de los
perfumes celestiales, como si dijera, a imitación de
la sagrada Esposa: « ¡ Oh, Señor!, ahora
que soy toda mía, recíbeme como toda tuya;
atráeme hacia Ti, y correré al olor de tus
ungüentos. »
El
ejercicio de las virtudes propias de la santa viuda son la
perfecta modestia, la renuncia de los honores, de las
distinciones, de las reuniones, de los títulos y
otras parecidas vanidades: servir a los pobres y a los
enfermos, consolar a los afligidos, encaminar a las
doncellas hacia la vida devota, y mostrarse ante las
jóvenes como un modelo de todas las virtudes. La
limpieza y la sencillez han de ser los adornos de sus
vestidos; la humildad y la caridad, el adorno de sus actos;
la honestidad y la humildad, el de su conversación;
la modestia y el recato, el de sus miradas, y Jesucristo
crucificado el único amor de su corazón.
En
una palabra, la verdadera viuda es en la Iglesia una violeta
de marzo, que despide una suavidad incomparable por el olor
de su devoción, permanece casi siempre escondida bajo
las largas hojas de su propia abyección, y pone de
manifiesto su mortificación con su color menos
brillante: se encuentra en parajes húmedos e
incultos, no quiere ser agitada por las conversaciones
mundanas, para defender mejor la frescura de su
corazón contra los ardores que los deseos de
riquezas, de honores o también de amores
podrían encender. «Ella será
bienaventurada -dice el santo Apóstol-, si persevera
en estas disposiciones.»
Muchas
otras cosas tendría que decirte acerca de este punto;
mas lo habré dicho todo, con decirte que la viuda
celosa del honor de su condición, lee reflexivamente
las hermosas cartas que San Jerónimo escribió
a Furia y a Salvia y a todas aquellas otras damas que
tuvieron la suerte de ser hijas espirituales de tan gran
padre, ya que nada se puede añadir a lo que les dijo,
si no es esta advertencia, a saber, que la buena viuda nunca
ha de hablar ni censurar a los que pasan a segundas, a
terceras y aun a cuartas nupcias, porque en ciertos casos,
Dios así lo dispone, para su mayor gloria. Y siempre
se ha de tener presente esta doctrina de los antiguos: que
ni la viudez ni la virginidad no tienen, en el cielo, otra
categoría que la señalada por la humildad.
CAPÍTULO
XLI
UNA PALABRA
A LAS VÍRGENES
¡Oh
vírgenes!, si aspiráis al matrimonio temporal,
guardad celosamente vuestro primer amor para vuestro primer
marido. Creo que es un gran engaño presentar, en
lugar de un corazón íntegro y sincero, un
corazón gastado, marchito y agitado por el amor.
Pero, si por dicha vuestra, sois llamadas a las castas y
virginales nupcias espirituales, y queréis, para
siempre, conservar vuestra virginidad, ¡ah!, entonces
guardad vuestro amor tan delicadamente cuanto os sea posible
para aquel divino Esposo que, por ser la misma pureza, nada
ama tanto como la pureza, y al cual son debidas las
primicias de todas las cosas, principalmente las del amor.
En las epístolas de San Jerónimo
encontraréis todos los avisos necesarios, y puesto
que tu condición te obliga a la obediencia, escoge un
guía, bajo cuya dirección puedas consagrar
más santamente tu corazón y tu cuerpo a la
divina Majestad.
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