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San
Francisco de Sales
Introducción
a la vida devota
(Cuarta
parte)
CAPÍTULO
I
QUE NO HAY
QUE HACER CASO DE LAS PALABRAS DE LOS HIJOS DEL
MUNDO
En
cuanto los mundanos se den cuenta de que quieres emprender
la vida devota, dispararán contra ti mil tiros de
habladurías y maledicencia; los más malos
calificarán maliciosamente tu mudanza,
llamándola hipocresía, fanatismo y artificio:
dirán que el mundo te ha puesto mala cara y que, a
causa de su desprecio, has acudido a Dios. Tus amigos se
apresurarán a hacerte un mundo de reflexiones, muy
prudentes y muy caritativas por, cierto, según su
parecer: «Acabarás -te dirán-, en
algún humor melancólico, perderás
prestigio en el mundo, te harás insoportable,
envejecerás antes de tiempo, se resentirán de
ello tus quehaceres; es menester vivir en el mundo como en
el mundo; nos podemos también salvar sin tantas
cosas»; y otras mil bagatelas como éstas.
Filotea,
todo lo dicho no es más que un hablar necio y vano;
estas personas no tienen interés ni por tu
salvación ni por tus negocios. «Si fueseis del
mundo -dice el Salvador- el mundo amaría lo que es
suyo; mas, porque vosotros no sois del mundo, por esto os
aborrece.» Hemos visto a caballeros y señoras
pasar toda la noche, y noches seguidas, jugando al ajedrez y
a los naipes. ¿Existe alguna clase de atención
más expuesta al malhumor y a la melancolía y
más sombría que aquella? Sin embargo, los
mundanos nada dicen acerca de ello, y a los amigos no les
causa la menor preocupación; en cambio, por la
meditación de una hora, o porque ven que nos
levantamos un poco más temprano de lo que se
acostumbra, todos corren al médico para que nos cure
del humor hipocondriaco y de la ictericia. Pueden pasar
treinta días bailando; nadie se queja de ello, y, por
la sola vela de la noche de Navidad, todo el mundo tose y se
encuentra mal al día siguiente. ¿ Quién
no ve que el mundo es un juez perverso, benévolo y
condescendiente con sus hijos, pero duro y riguroso con los
hijos de Dios?
No
es posible que estemos bien con el mundo, si no es
perdiéndonos con él. Es imposible tenerle
contento, porque es demasiado extravagante. «Juan ha
venido -dice el Salvador- no comiendo ni bebiendo, y
vosotros decís que está endemoniado; el Hijo
del hombre come y bebe, y decís que es un samaritano.»
Es cierto, Filotea: si por condescendencia reímos,
jugamos y danzamos con el mundo, éste se
escandalizará; si no lo hacemos, nos acusará
de hipocresía o de melancolía; si nos
adornamos, dirá que llevamos segundas intenciones; si
vestimos humildemente, lo achacará a vileza de
corazón; llamará disolución a nuestro
buen humor, y tristeza a nuestras mortificaciones; siempre
nos mirará de reojo y nunca podremos serle
agradables. Exagera nuestras imperfecciones y dice que son
pecados veniales y convierte en pecados de malicia nuestros
pecados de fragilidad. Al contrario de lo que dice San Pablo
«la caridad es benigna», el mundo es maligno: si
«la caridad nunca piensa mal», el mundo piensa mal
siempre, y, cuando no puede acusar nuestras acciones, acusa
nuestras intenciones. Ya tengan cuernos los corderos, ya no
los tengan, ya sean blancos, ya sean negros, no
dejará el lobo de devorarlos, si puede.
Hagamos
lo que hagamos, siempre el mundo nos hará la guerra:
si permanecemos mucho rato en el confesionario, se
extrañará de que tengamos tantas cosas que
decir; si estamos poco, dirá que no lo confesamos
todo. Espiará nuestros movimientos, y, por una sola
palabra insignificante de cólera, hará saber
que somos insoportables; el cuidado de nuestros negocios le
parecerá avaricia, y nuestra dulzura, apocamiento. En
cuanto a los hijos del mundo, sus cóleras son
generosidades; sus avaricias, ahorros; sus libertades,
pasatiempos honestos. Las arañas siempre echan a
perder la obra de las abejas.
Dejemos
a este ciego, Filotea, que grite cuanto quiera, como la
lechuza para inquietar a las aves diurnas. Seamos firmes en
nuestros propósitos, invariables en nuestras
resoluciones; la perseverancia nos dará a conocer si,
de verdad y enteramente, nos hemos ofrecido a Dios y hemos
entrado en la vida devota. En apariencia, los cometas y los
planetas son casi igualmente luminosos, pero los cometas,
por ser tan sólo unos fuegos pasajeros, desaparecen
al poco tiempo, mas los planetas poseen una claridad
perpetua. De la misma manera, la hipocresía y la
verdadera virtud tienen mucha semejanza externa, pero
fácilmente se distingue la una de la otra, porque la
hipocresía no tiene duración y se disipa como
el humo por el aire, pero la verdadera virtud siempre es
firme y constante. No es pequeña ventaja, para
asegurar bien los comienzos de la devoción, padecer,
por su causa, oprobios y calumnias, porque, por este medio,
evitamos el peligro de la vanidad y del orgullo, que son
como las comadres de Egipto, a las cuales el Faraón
infernal ha ordenado que maten a los hijos varones de Israel
el mismo día de su nacimiento. Nosotros estamos
crucificados al mundo, y el mundo ha de estar crucificado
para nosotros; nos tiene por locos; tengámosle por
insensato.
CAPÍTULO
II
QUE ES
MENESTER TENER BUEN ÁNIMO
La
luz, aunque deseable y hermosa a nuestros ojos, los
deslumbra sin embargo cuando han permanecido mucho tiempo en
las tinieblas, y antes de que una persona se acostumbre al
trato de los habitantes de una región, por corteses y
amables que sean, se encuentra extraño entre ellos.
Podrá ocurrir muy bien, mi querida Filotea, que con
este cambio de vida, se produzcan muchas turbaciones en tu
interior y que este grande y general adiós, que has
dado a las locuras y a las bagatelas del mundo, te cause
algún sentimiento de tristeza y de desaliento. Si
esto ocurre, te ruego que tengas un poco de paciencia, pues
no será nada; no es más que un poco de
extrañeza que te causa la novedad; después
recibirás diez mil consolaciones. Quizás, al
principio, te dolerá dejar la gloria que los locos y
los burlones te daban en tus frivolidades; pero, ¡ah!,
¿quieres perder la gloria eterna que Dios te
dará de verdad? Las vanas diversiones y los vanos
pasatiempos, en los cuales has empleado tus años,
todavía se ofrecerán a tu corazón, para
tentarle e inclinarle a su lado; mas ¿tendrás
valor para renunciar a aquella eternidad bienaventurada por
tan engañadoras ligerezas? Créeme, si
perseveras, no tardarás en recibir en tu
corazón dulzuras tan deliciosas y agradables, que
confesarás que el mundo no tiene sino hiel, en
comparación de esta miel, y que un solo día de
devoción vale más que mil años de vida
mundana.
Pero
tú ves que la montaña de la perfección
cristiana es muy alta. «¡Ah, Dios mío!
-dices para tus adentros ¿cómo podré
subir?» ¡Ánimo, Filoteal Cuando las
abejitas comienzan a tomar forma, se las llama ninfas, y
entonces aun no saben volar por las llores, ni por las
montañas, ni por las colinas cercanas, para recoger
la miel; pero, poco a poco, nutriéndose de la miel
que les han preparado sus madres, estas pequeñas
ninfas toman alas y se robustecen, de suerte que
después vuelan, buscando por toda la comarca. Es
cierto que nosotros somos todavía pequeñas
ninfas de la devoción, y que no podríamos
subir según nuestras aspiraciones, las cuales no son
otras, nada menos, que alcanzar la cima de la
perfección; pero, si comenzarnos a tomar forma con
nuestros deseos y propósitos, comenzarán a
salirnos las alas. Hemos de confiar en que, algún
día, llegaremos a ser abejas espirituales y que
volaremos. Entre tanto, vivamos de la miel de tantas
enseñanzas que nos han dejado los antiguos devotos, y
pidamos a Dios que nos dé alas como de paloma, para
que, no solamente podamos volar durante la vida presente,
sino también descansar en la eternidad de la vida
venidera.
CAPÍTULO
III
DE LA
NATURALEZA DE LAS TENTACIONES Y DE LA DIFERENCIA QUE HAY
ENTRE EL SENTIR LA TENTACIÓN Y EL CONSENTIR EN
ELLA
Imagínate,
Filotea, una joven princesa muy querida de su esposo. Un
malvado, para seducirla y mancillar su tálamo
nupcial, le envía un infame mensajero de amor, para
tratar con ella de su desgraciado propósito. En
primer lugar, este mensajero expone a la princesa la
intención del que lo envía; en segundo lugar,
la princesa se siente complacida o disgustada de la
proposición; en tercer lugar, o consiente en ella o
la rechaza. Asimismo Satanás, el mundo o la carne, al
ver a una alma desposada con el Hijo de Dios, le
envía tentaciones y sugestiones por las cuales: 1, le
propone el pecado; 2, en las cuales siente complacencia o
displicencia; 3, en las cuales, finalmente, consiente o bien
rechaza; que son, en resumen, supuesto a que consienta, los
tres grados por los cuales se desciende hasta la iniquidad;
la tentación, la delectación y el
consentimiento; y, aunque estos tres grados no queden, a
veces, del todo deslindados en toda clase de pecados, se
distinguen, empero, de una manera muy palpable, en los
pecados grandes y enormes.
Aunque
la tentación dure toda la vida, no nos hace
desagradables a la divina Majestad, mientras no nos
complazcamos ni consintamos en ella; la razón es
porque en la tentación no obramos, sino que sufrimos,
y cuando no nos complacemos en ella, tampoco tenemos ninguna
clase de culpa. San Pablo padeció durante mucho
tiempo las tentaciones de la carne, y, lejos de ser por esto
desagradable a Dios, al contrario, era Dios, en ello,
glorificado; la bienaventurada Angela de Foliño
sentía tentaciones carnales tan crueles, que da
lástima cuando las refiere; grandes fueron
también las tentaciones que sufrieron San Francisco y
San Benito, cuando, para mitigarlas, el uno se
revolcó sobre los zarzales, y el otro sobre la nieve,
y, no obstante, nada perdieron de la gracia de Dios, sino
que recibieron un gran aumento de ella.
Conviene
pues, Filotea, que seas esforzada, en medio de las
tentaciones y que no te consideres jamás vencida
mientras te desagraden, teniendo muy en cuenta la diferencia
que hay entre el sentir y el consentir, diferencia que
estriba en que podemos sentirlas, aunque nos desagraden, mas
no podemos consentir sin que nos agraden, pues la
complacencia sirve, ordinariamente, de paso para llegar al
consentimiento. Que los enemigos de nuestra salvación
se presenten tan atractivos y seductores como quieran; que
permanezcan siempre en la puerta de nuestro corazón,
a punto de entrar; que nos hagan las proposiciones que
quieran; mientras tengamos la firme resolución de no
entregarnos a ellos, no es posible que ofendamos a Dios; de
la misma manera que el príncipe, esposo de la
princesa que hemos imaginado, no puede ofenderse del mensaje
que le ha sido enviado si ella no se complace en recibirlo.
Hay, empero, una diferencia entre el alma y la princesa,
porque ésta de haber escuchado la proposición
deshonesta, puede, si le place, despedir al mensajero y no
escucharle más; en cambio, no siempre depende del
alma el no sentir la tentación, aunque esté en
su poder el no consentir en ella; por esto, aunque la
tentación dure y persevere mucho tiempo, no puede
perjudicarnos, mientras no nos sea agradable.
En
cuanto a la delectación que puede seguir a la
tentación, como que nosotros tenemos, en nuestra
alma, dos partes, una inferior y otra superior, y la
inferior no siempre obedece a la superior, sino que anda a
su arbitrio, ocurre que, algunas veces, la parte inferior se
deleita en la tentación, sin el consentimiento y aun
contra la voluntad de la superior; es la discordia y la
guerra que describe el apóstol San Pablo, cuando dice
que «su carne hostiliza a su espíritu» y
que «una es la ley de los miembros y otra la ley del
espíritu», y otras cosas parecidas.
¿Has
visto, alguna vez, Filotea, un gran brasero de fuego
cubierto de ceniza? Cuando, diez o doce horas más
tarde, queremos sacar fuego de él, solamente, y aun a
duras penas, encontramos muy poco, oculto entre el rescoldo;
y, sin embargo, hay fuego, pues lo encontramos y con
él se puede encender de nuevo todo el carbón
apagado. Lo mismo ocurre con la caridad, que es nuestra vida
espiritual en medio de las grandes y violentas tentaciones;
porque la tentación, cuando existe la
delectación de la parte inferior, parece que cubre
toda el alma de ceniza y esconde el amor de Dios en el
fondo, amor que ya no aparece en ninguna otra parte, si no
es un medio del corazón, en lo más hondo del
espíritu; y parece que no existe, pues cuesta trabajo
encontrarlo. Está, empero, en realidad, pues, aunque
todo ande revuelto en nuestra alma y en nuestro cuerpo,
tenemos el propósito de no consentir ni en el pecado
ni en la tentación, y la delectación, que, en
nosotros, agrada al hombre exterior, desagrada al hombre
interior, y, aunque ande dando vueltas en torno de nuestra
voluntad, no esta, empero, dentro de ella; y en esto se ve
que esta delectación es involuntaria, y, por lo
tanto, es imposible que sea pecado.
CAPÍTULO
IV
EL SENTIR Y
EL CONSENTIR DOS BELLOS EJEMPLOS ACERCA DE ESTE
PUNTO
Es
tan importante entender esto, que no tengo inconveniente en
insistir en ello para explicarlo mejor. El joven de quien
nos habla San Jerónimo, que, tendido y atado con
cintas de seda y con toda delicadeza en un lecho bien
mullido, era provocado por una mujer impúdica, que,
en el mismo lecho, se esforzaba en hacer vacilar su
constancia, ¿no debía sentir emociones
eróticas? Sus sentidos, ¿no debían estar
invadidos por la delectación, y su imaginación
llena y saturada de voluptuosidad? Indudablemente así
debía ser, y, no obstante, en medio de tantas
turbaciones, en medio de un combate tan horrible de
tentaciones y entre tantos placeres que le envolvían,
dio pruebas de que su corazón no estaba vencido y de
que su voluntad no consentía, pues su
espíritu, al verlo todo conjurado contra él y
no pudiendo disponer de ninguna de las partes de su cuerpo,
excepción hecha de la lengua, cortóla con los
dientes y la escupió al rostro de aquélla alma
envilecida, que le atormentaba más cruelmente con los
placeres, que jamás lo hubieran hecho los verdugos
con sus torturas; el tirano, que desconfiaba vencerlo con el
dolor, esperaba rendirle con el placer.
Es
muy admirable la historia de santa Catalina de Sena en
ocasión parecida. El espíritu maligno obtuvo
de Dios el poder de combatir la pureza de esta santa virgen
con todo su furor, pero sin que pudiese tocarla.
Sugirió, pues, toda clase de deshonestidades a su
corazón, y, para excitarla más, se le
apareció con otros diablos, en forma de hombres y
mujeres, y comenzó a cometer en su presencia mil y
mil clases de deshonestidades y acciones lúbricas,
añadiendo palabras y conversaciones muy
desvergonzadas; y, aunque todas estas cosas eran exteriores,
entraban, por los sentidos, muy adentro del corazón
de la virgen, que, como ella misma confesaba, se veía
llena de estas imágenes, y únicamente su
voluntad superior quedaba libre de aquella tempestad de
vileza y delectación carnal. Esto duró mucho
tiempo, hasta que un día Nuestro Señor se le
apareció, y ella le dijo: «¿Dónde
estabas, mi amado Señor, cuando mi corazón
estaba tan lleno de tinieblas y de inmundicias?» El
Señor le respondió: «Estaba dentro de tu
corazón, hija mía». «¿Y
cómo -replicó ella- habitabas en mi
corazón, lleno de tantas vilezas? ¿Cómo
estabas en un lugar tan deshonesto?» Y Nuestro
Señor le dijo: «Dime: estos feos pensamientos de
tu corazón, ¿te causaban placer o tristeza,
amargura o deleite?» Y ella le dijo: «Muy grande
amargura y tristeza». Replicó el Señor:
«¿Y quién infundía esta amargura y
esta tristeza en tu corazón, sino yo, que
permanecía escondido en medio de tu alma? Cree, hija
mía, que si yo no hubiese estado presente, aquellos
pensamientos que sitiaban tu voluntad, sin poderla asaltar,
la habrían vencido, habrían penetrado en ella
y habrían sido recibidos con complacencia por tu
libre albedrío y, así, habrían dado
muerte a tu alma; mas, porque yo estaba dentro,
infundía aquella resistencia y aquel disgusto en tu
corazón, merced a lo cual alejabas cuanto
podías la tentación, y, no pudiendo rechazarla
tanto como deseabas, sentías el mayor disgusto y el
mayor aborrecimiento contra ella y contra ti misma; y,
así, estas penas eran para ti un gran mérito,
una gran ganancia y un gran aumento de tu virtud y de tu
fortaleza.» Repara, pues, Filotea, cómo este
fuego estaba cubierto de ceniza, y cómo la
tentación y la delectación habían
entrado dentro del corazón y habían sitiado la
voluntad, y cómo ésta, sola, pero asistida del
Salvador, había resistido con amargura, disgusto y
detestación al mal que le había sido sugerido,
negando con constancia el consentimiento al pecado que le
cercaba.
¡
Dios mío, qué angustia para una alma que ama a
Dios no saber si Él está en ella o no, si el
amor divino, por el cual combate, está o no
está del todo apagado en ella! Mas esto es la
delicada flor de la perfección del amor celestial:
hacer que el amador sufra y combata por el amor, sin que
sepa si posee el amor por el cual combate.
CAPÍTULO
V
ALIENTO
PARA EL ALMA QUE SE ENCUENTRA
TENTADA
Filotea,
estos grandes asaltos y estas tremendas tentaciones nunca
son permitidas por Dios, si no es en las almas que quiere
elevar a su puro y excelente amor. Sin embargo, no se deduce
de aquí que, después de ello, puedan tener la
certeza de haber llegado a este amor, porque ha ocurrido
varias veces que los que habían sido constantes en
tan violentas acometidas, después, por no haber
correspondido con fidelidad a la gracia divina, se han visto
vencidos por tentaciones muy pequeñas. Lo digo
porque, si alguna vez acontece que te sientas afligida por
alguna violenta tentación, sepas que Dios te favorece
con una merced extraordinaria, con la cual te da a entender
que quiere engrandecerte delante de su divino acatamiento;
pero, a pesar de esto, seas siempre humilde y temerosa, y no
creas que vencerás las tentaciones pequeñas
por el hecho de haber vencido las grandes, si no es por una
continua fidelidad a la Majestad divina.
Por
cualquiera tentación que te acometa y por cualquiera
delectación que de ella se derive, mientras tu
voluntad se niegue a consentir, no sólo en la
tentación sino también en la
delectación, no te turbes, porque Dios no recibe
ofensa alguna.
Cuando
un hombre se desmaya y no da señales de vida, ponen
la mano sobre el corazón, y, por poco movimiento que
en él adviertan, creen que todavía vive y que,
con algún medicamento especial o algún
reconfortante, podrá recuperar la fuerza y los
sentidos. De la misma manera suele ocurrir que, por la
violencia de las tentaciones, parece que el alma cae en un
total desfallecimiento de sus fuerzas y que, como desmayada,
no tiene ya vida espiritual ni movimiento. Veamos si el
corazón y la voluntad tienen todavía
movimiento espiritual, es decir, si se niegan a consentir y
a seguir la tentación y la delectación;
porque, mientras el corazón ofrezca resistencia,
podemos estar seguros de que la caridad, vida de nuestra
alma, está en nosotros, y de que Jesucristo, nuestro
Salvador, permanece en nuestra alma, aunque esté en
ella oculto y embozado. De manera que, mediante el constante
ejercicio de la oración, de los sacramentos y de la
confianza en Dios, recuperaremos nuestras fuerzas y
viviremos una vida llana y agradable.
CAPÍTULO
VI
DE
QUÉ MANERA LA TENTACIÓN Y LA
DELECTACIÓN PUEDEN SER PECADO
La
princesa de la cual hemos hablado, no es responsable de la
propuesta deshonesta que le ha sido hecha, porque, como
hemos supuesto, todo ha ocurrido contra su voluntad; mas,
si, por el contrario, hubiese dado motivo a la propuesta con
algún halago, ofreciendo amor a quien le hubiese
festejado, indudablemente hubiera sido culpable de la misma
propuesta, y, aunque después se hubiese hecho la
desentendida, no hubiera dejado de merecer reprensión
y castigo. Así ocurre, a veces, que la sola
tentación es pecado, porque somos causa de ella. Por
ejemplo, sé que si juego, monto fácilmente en
cólera y profiero blasfemias, y, por consiguiente,
sé que el juego es para mí una
tentación: peco, pues, cada vez que juego, y soy
responsable de todas las tentaciones que, durante el mismo,
me acometen. Asimismo, si sé que alguna
conversación me arrastra a la tentación y me
hace caer, y, a pesar de ello, tomo parte voluntariamente en
ella, soy culpable de todas las tentaciones que puedan
sobrevenirme.
Cuando
la delectación que se deriva de la tentación
puede ser evitada, siempre es pecado admitirla, según
que el placer que se siente en ella y el consentimiento que
se da, sea de larga o corta duración. Siempre es
censurable la joven princesa, de quien hemos hablado, si no
sólo escucha la proposición baja y deshonesta
que se la hace, sino que, además, después de
conocerla, se complace en ella y entretiene con placer su
corazón en estas cosas; porque, aunque no quiera
consentir en la ejecución real de lo que le ha sido
ofrecido, consiente, no obstante, en la aplicación
espiritual de su corazón, por el gozo que en ello se
da, y siempre es cosa deshonesta aplicar el corazón o
el cuerpo a una deshonestidad; pero ésta de tal
manera consiste en la aplicación del corazón,
que, sin esta aplicación, no puede haber pecado.
Cuando,
pues, te sientas tentada de cometer algún pecado,
considera si has dado voluntariamente motivo para ser
tentada, pues entonces la misma tentación te pone en
estado de pecado, por el peligro a que te has expuesto. Esto
se entiende del caso en que hayas podido evitar
cómodamente la ocasión, y en que hayas
previsto o hayas tenido ocasión de prever el hecho de
la tentación; pero, si no has dado motivo alguno a la
tentación, de ninguna manera te puede ser imputada a
pecado.
Cuando
la delectación que sigue a la tentación ha
podido ser evitada y, no obstante, no lo ha sido, siempre
hay alguna clase de pecado, según sea la
detención hecha en ella, y también
según sea la naturaleza de la causa del placer
sentido. Una mujer que, sin haber dado motivo para ser
festejada, se complace, no obstante, en serlo, no deja de
ser digna de reprensión, si el placer que en ello
encuentra no tiene otra causa que la galantería. Por
ejemplo, si el que quiere hacerle el amor toca
exquisitamente el laúd, y a ella le gusta, no el ser
requerida de amores, sino la armonía y dulzura del
sonido, no hay pecado, aunque no debe detenerse mucho en
este placer, por el peligro de pasar del mismo a la
delectación de aquel requerimiento; igualmente, pues,
si alguien me propone alguna estratagema llena de sutileza y
artificio para vengarme de mi enemigo, y yo no me complazco
ni consiento en la venganza que se me propone, sino que me
deleito únicamente en la sutileza de la
invención y del artificio, indudablemente no peco,
aunque no es conveniente que me entretenga en este placer,
porque, poco a poco, puede arrastrarme a que me deleite en
la misma venganza.
A
veces, son algunos sorprendidos por cierto cosquilleo de
delectación, que sigue inmediatamente a la
tentación, antes de que puedan buenamente echarlo de
ver. Esto, a lo más puede ser un pecado muy leve, el
cual, empero, se hace mayor, si, después que se han
dado cuenta del mal, se entretienen, por negligencia, por
espacio de algún tiempo, discutiendo con la
delectación, acerca de si han de admitirla o no, y
mayor todavía si, al darse cuenta de ella, se
detienen, con verdadero descuido, sin ningún
propósito de rechazarla. Mas, cuando voluntariamente
estamos resueltos a complacernos en tales goces, este mismo
propósito deliberado es un gran pecado, si el objeto
en el cual nos recreamos es notablemente malo. Es un gran
vicio para una mujer fomentar amores malos, aunque, en
realidad, no quiera entregarse jamás al amante.
CAPÍTULO
VII
REMEDIO
CONTRA LAS GRANDES TENTACIONES
Enseguida
que sientas en ti alguna tentación, haz como los
niños, cuando en el campo ven algún lobo o
algún oso; al instante corren a los brazos de su
padre y de su madre, o, a lo menos, les llaman y les piden
auxilio y socorro. Acude de la misma manera a Dios,
reclamando su auxilio y misericordia; es el remedio que
enseña Nuestro Señor: «Orad para no caer
en la tentación».
Si
ves que la tentación persevera o aumenta, corre, en
espíritu, a abrazar la santa Cruz, como si vieses
delante de ti a Cristo crucificado, protesta que no
consentirás en la tentación, y pídele
socorro contra ella y, mientras dure la tentación, no
ceses de afirmar que no quieres consentir.
Pero,
cuando hagas tales protestas y deseches el consentimiento,
no mires de frente a la tentación, sino solamente a
Nuestro Señor, porque, si miras la tentación,
podrá hacer vacilar tu valor, sobre todo si es muy
violenta.
Distrae
tu espíritu con algunas buenas y laudables
ocupaciones, porque estas ocupaciones al entrar en tu
corazón y al establecerse en él,
ahuyentarán las tentaciones y sugestiones malignas.
El
gran remedio contra todas las tentaciones, grandes y
pequeñas, es desahogar el corazón y comunicar
a nuestro director todas las sugestiones, sentimientos y
afectos que nos agitan. Fíjate en que la primera
condición que el maligno pone al alma que quiere
seducir, es el silencio, como lo hacen los que quieren
seducir a las esposas y a las hijas, que, ante todo, les
prohíben comunicar a los maridos y a los padres sus
proposiciones, siendo así que Dios quiere que demos a
conocer enseguida sus inspiraciones a nuestros superiores y
directores.
Y
si, después de lo dicho, la tentación se
empeña en importunarnos y en perseguirnos, no hemos
de hacer otra cosa sino insistir por nuestra parte, en la
protesta de que no queremos consentir; porque, así
como las mujeres no pueden quedar casadas mientras dicen que
no, de la misma manera no puede el alma, aunque muy agitada,
ser jamás vencida si se niega a serlo.
No
concedas beligerancia a tu enemigo, y no le contestes
palabra, si no es aquella con que Nuestro Señor le
respondió, y con la cual le confundió: «
¡Vete, Satanás! Adorarás al Señor
tu Dios y a Él sólo servirás». Y
así como la mujer casta no ha de responder una sola
palabra al hombre envilecido que le sigue haciéndole
proposiciones deshonestas, sino que, dejándole al
punto, ha de inclinar, al instante, su corazón del
lado de su esposo, y ha de renovar el juramento de fidelidad
que le prometió, sin entretenerse en dudar,
así el alma devota, al verse acometida de alguna
tentación, no ha de pararse en disputar y en
responder, sino que, sencillamente, ha de volverse hacia el
lado de Jesucristo, su esposo, y prometerle de nuevo que le
será fiel, y que sólo quiere ser toda de
Él, por siempre jamás.
CAPITULO
VIII
QUE ES
MENESTER RESISTIR A LAS TENTACIONES
PEQUEÑAS
Aunque
es cierto que hemos de combatir las grandes tentaciones con
un valor invencible, y que la victoria que, sobre ellas,
reportemos será para nosotros de mucha utilidad, con
todo no es aventurado afirmar que sacamos más
provecho de combatir bien contra las tentaciones leves;
porque así como las grandes exceden en calidad, las
pequeñas exceden desmesuradamente en número,
de tal forma que el triunfo sobre ellas puede compararse con
la victoria sobre las mayores. Los lobos y los osos son, sin
duda, más peligrosos que las moscas, pero no son tan
impertinentes ni enojosos, ni ejercitan tanto nuestra
paciencia. Es una cosa muy fácil no cometer
ningún homicidio, pero es muy difícil evitar
los pequeños enfados, de los cuales se nos presentan
ocasiones a cada momento. Es muy fácil a un hombre o
a una mujer no cometer adulterio, pero ya no lo es tanto
abstenerse de ciertas miradas, de dar o recibir amor, de
procurar gracias o pequeños favores, de decir o
aceptar piropos. Es muy fácil no ser rival del marido
o de la mujer, en cuanto al cuerpo, pero no es tan
fácil no serlo en cuanto al corazón; cosa
fácil es no mancillar el lecho nupcial, pero es muy
difícil no lesionar el amor de los casados; cosa
fácil es no hurtar los bienes ajenos, es, empero,
difícil no desearlos ni envidiarlos; es muy
fácil no levantar falso testimonio en juicio, pero es
muy difícil no mentir en una conversación; es
muy fácil no embriagarse, pero es muy difícil
ser sobrio; es muy fácil no desear la muerte del
prójimo, pero es difícil no desearle
algún malestar; es muy fácil no difamarle,
pero es difícil no despreciarle.
En
una palabra, estas pequeñas tentaciones de ira, de
sospechas, de celos, de envidia, de amoríos, de
frivolidad, de vanidad, de doblez, de afectación, de
artificio, de pensamientos deshonestos, son los cotidianos
ejercicios, aun de las personas más devotas y
decididas; por esta causa, amada Filotea, conviene que, con
mucho cuidado y diligencia, nos preparemos para este
combate, y ten la seguridad de que cuantas fueren las
victorias logradas contra estos pequeños enemigos,
otras tantas serán las piedras preciosas engarzadas
en la corona de gloria que Dios nos prepara en su
paraíso. Por esto digo que, mientras esperamos la
ocasión de combatir bien y valientemente las grandes
tentaciones, si llegan, es menester que nos defendamos bien
y dignamente de los pequeños y débiles
ataques.
CAPÍTULO
IX
CÓMO
SE HAN DE REMEDIAR LAS PEQUEÑAS
TENTACIONES
Ahora
bien, en cuanto a estas pequeñas tentaciones de
vanidad, de sospecha, de melancolía, de celos, de
envidia, de amores, y otras semejantes impertinencias, que,
como moscas, pasan por delante de los ojos, y ora nos pican
en las mejillas, ora en la nariz; como sea que no es
imposible librarnos completamente de su importunidad, la
mejor resistencia que les podemos hacer es no inquietarnos,
porque nada de esto puede dañar, aunque sí
causar molestias, mientras permanezca firme la
resolución de servir a Dios.
Desprecia,
pues, estos pequeños ataques, y no te dignes pensar
en lo que significan, sino déjalos que zumben cuanto
quieran alrededor de tus oídos, y que corran de
acá para allá en torno de ti; y cuando te
piquen, y veas que, poco o mucho, se detienen en tu
corazón, no hagas otra cosa que alejarlos
sencillamente, sin combatirles ni responderles de otra
manera que con actos de amor de Dios. Porque, si quieres
creerme, no te esfuerces demasiado en querer oponer la
virtud contraria a la tentación que sientes, porque
eso casi equivaldría a querer disputar con ella; sino
que después de haber hecho un acto de virtud
directamente contrario, si es que has conocido la calidad de
la tentación, inclina simplemente tu corazón
hacia Jesucristo crucificado y, con un acto de amor a
Él, besa sus sagrados pies. Este es el mejor recurso
para vencer al enemigo, así en las grandes como en
las pequeñas tentaciones, ya que el amor de Dios, por
contener en sí todas las perfecciones de todas las
virtudes, y de una manera más excelente que las
mismas virtudes, es también un remedio más
eficaz contra todos los vicios; además, si tu
espíritu se acostumbra a recurrir, en todas las
tentaciones, a esta consigna general, no se verá
obligado a mirar y examinar qué clase de tentaciones
tiene, sino que, simplemente, al sentirse turbada, se
pacificará con este gran remedio, el cual, aparte de
lo dicho, espanta tanto al espíritu maligno, que,
cuando ve que sus tentaciones despiertan en nosotros este
divino amor, ya no nos tienta más. Aquí tienes
todo lo que atañe a las pequeñas y frecuentes
tentaciones, en medio de las cuales el que quiera detenerse
en menudencias, perderá la paciencia y no hará
nada bueno.
CAPÍTULO
X
CÓMO
SE HA DE ROBUSTECER EL CORAZÓN CONTRA LAS
TENTACIONES
De
vez en cuando, considera qué pasiones son más
dominantes en tu alma, y, una vez descubiertas, emprende una
manera de vivir que les sea totalmente contraria, en
pensamientos, palabras y obras. Por ejemplo, si te sientes
inclinada a la pasión de la vanidad, piensa, con
frecuencia, en las miserias de esta vida humana, en lo muy
enojosas que estas vanidades serán para tu conciencia
el día de tu muerte; en lo indigno que son de un
espíritu generoso; en que no son más que
juegos y diversiones de niños, y en otras cosas
parecidas. Habla muchas veces contra la vanidad y, aunque te
parezca que no lo sientes, no dejes de despreciarla, porque,
por este medio, ganarás fama de lo contrario, porque,
a fuerza de hablar contra alguna cosa, nos sentimos movidos
a aborrecerla, aunque, al principio, le sintamos
afición. Haz actos de abyección y de humildad
siempre que puedas, aunque te parezca que los haces con
repugnancia, porque, por este medio, te acostumbrarás
a la humildad y debilitarás tu vanidad, de suerte
que, al sobrevenir la tentación, tu
inclinación no podrá favorecerla, y
tendrás más fuerza para combatirla.
Si
te sientes inclinada a la avaricia, piensa, con frecuencia,
en la locura de este pecado que nos hace esclavos de lo que
sólo ha sido creado para servirnos; que cuando llegue
la muerte también tendrás que dejarlo, y
dejarlo en manos de quienes lo disiparán y a quienes
acarreará la ruina y la condenación, y fomenta
otros pensamientos por el estilo. Habla fuerte contra la
avaricia, alaba mucho el desprecio del mundo, hazte
violencia y da muchas limosnas, y no te detengas en las
oportunidades de amontonar.
Si
te domina el deseo de dar y recibir amor, piensa
frecuentemente cuán peligroso es este
entretenimiento, tanto para ti como para los demás;
cuán indigno es profanar y emplear en pasatiempos el
afecto más noble de nuestra alma; cuánto
merece ser recriminado como una extremada ligereza de
espíritu. Habla con frecuencia en favor de la pureza
y sencillez de corazón y, en cuanto te sea posible,
haz actos que anden de acuerdo con ella, y evita toda
afectación y galantería.
Finalmente,
en tiempo de paz, es decir, cuando las tentaciones del
pecado, al cual te sientes más inclinada, no te
acometen, practica muchos actos de la virtud contraria, y,
si las ocasiones no se presentan, adelántate a ellas
para practicarlos, pues, por este medio robustecerás
tu corazón contra la tentación futura.
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