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San
Francisco de Sales
Introducción
a la vida devota
(Cuarta
parte)
CAPÍTULO
XI
DE LA
INQUIETUD
La
inquietud no es una simple tentación, sino una fuente
de la cual y por la cual vienen muchas tentaciones: diremos,
pues, algo acerca de ella. La tristeza no es otra cosa que
el dolor del espíritu a causa del mal que se
encuentra en nosotros contra nuestra voluntad; ya sea
exterior, como pobreza, enfermedad, desprecio, ya interior,
como ignorancia, sequedad, repugnancia, tentación.
Luego, cuando el alma siente que padece algún mal, se
disgusta de tenerlo, y he aquí la tristeza, y,
enseguida desea verse libre de él y poseer los medios
para echarlo de sí. Hasta este momento tiene
razón, porque todos, naturalmente, deseamos el bien y
huimos de lo que creemos que es un mal.
Si
el alma busca, por amor de Dios, los medios para librarse
del mal, los buscará con paciencia, dulzura, humildad
y tranquilidad, y esperará su liberación
más de la bondad y providencia de Dios que de su
industria y diligencia; si busca su liberación por
amor propio, se inquietará y acalorará en pos
de los medios, como si este bien dependiese más de
ella que de Dios. No digo que así lo piense, sino que
se afanará como si así lo pensase.
Y,
si no encuentra enseguida lo que desea, caerá en
inquietud y en impaciencia, las cuales, lejos de librarla
del mal presente, lo empeorarán, y el alma
quedará sumida en una angustia y una tristeza, y en
una falta de aliento y de fuerzas tal, que le
parecerá que su mal no tiene ya remedio. He
aquí, pues, cómo la tristeza, que al principio
es justa, engendra la inquietud, y ésta le produce un
aumento de tristeza, que es mala sobre toda medida.
La
inquietud es el mayor mal que puede sobrevenir a un alma,
fuera del pecado; porque, así como las sediciones y
revueltas intestinas de una nación la arruinan
enteramente, e impiden que pueda resistir al extranjero, de
la misma manera nuestro corazón, cuando está
interiormente perturbado e inquieto, pierde la fuerza para
conservar las virtudes que había adquirido, y
también la manera de resistir las tentaciones del
enemigo, el cual hace entonces toda clase de esfuerzos para
pescar a río revuelto, como suele decirse.
La
inquietud proviene del deseo desordenado de librarse del mal
que se siente o de adquirir el bien que se espera, y, sin
embargo, nada hay que empeore más el mal y que aleje
tanto el bien como la inquietud y el ansia. Los
pájaros quedan prisioneros en las redes y en las
trampas porque, al verse cogidos en ellas, comienzan a
agitarse y revolverse convulsivamente para poder salir, lo
cual es causa de que, a cada momento, se enreden más.
Luego, cuando te apremie el deseo de verte libre de
algún mal o de poseer algún bien, ante todo es
menester procurar el reposo y la tranquilidad del
espíritu y el sosiego del entendimiento y de la
Voluntad, y después, suave y dulcemente, perseguir el
logro de los deseos, empleando, con orden, los medios
convenientes; y cuando digo suavemente, no quiero decir con
negligencia, sino sin precipitación, turbación
e inquietud; de lo contrario, en lugar de conseguir el
objeto de tus deseos, lo echarás todo a perder y te
enredarás cada vez más.
«Mi
alma-decía David siempre está puesta, ¡oh
Señor!, en mis manos, y no puedo olvidar tu santa
ley.» Examina, pues, una vez al día a lo menos,
o por la noche y por la mañana, si tienes tu alma en
tus manos, o si alguna pasión o inquietud te la ha
robado: considera si tienes tu corazón bajo tu
dominio, o bien si ha huído de tus manos, para
enredarse en alguna pasión des ordenada de amor, de
aborrecimiento, de envidia, de deseo, de temor, de enojo, de
alegría. Y si se ha extraviado, procura, ante todo,
buscarlo y conducirlo a la presencia de Dios, poniendo todos
tus afectos y deseos bajo la obediencia y la
dirección de su divina voluntad. Porque, así
como los que temen perder alguna cosa que les agrada mucho,
la tienen bien cogida de la mano, así también,
a imitación de aquel gran rey, hemos de decir
siempre: «¡Oh Dios mío!, mi alma
está en peligro; por esto la tengo siempre en mis
manos, y, de esta manera, no he olvidado tu santa ley».
No
permitas que tus deseos te inquieten, por pequeños y
por poco importantes que sean; porque, después de los
pequeños, los grandes y los más importantes
encontrarán tu corazón más dispuesto a
la turbación y al desorden. Cuando sientas que llega
la inquietud, encomiéndate a Dios y resuelve no hacer
nada de lo que tu deseo reclama hasta que aquélla
haya totalmente pasado, a no ser que se trate de alguna cosa
que no se pueda diferir; en este caso, es menester refrenar
la corriente del deseo, con un suave y tranquilo esfuerzo,
templándola y moderándola en la medida de lo
posible, y hecho esto, poner manos a la obra, no
según los deseos, sino según razón.
Si
puedes manifestar la inquietud al director de tu alma, o, a
lo menos, a algún confidente y devoto amigo, no dudes
de que enseguida te sentirás sosegada; porque la
comunicación de los dolores del corazón hace
en el alma el mismo efecto que la sangría en el
cuerpo que siempre está calenturiento: es el remedio
de los remedios. Por este motivo, dio San Luis este aviso a
su hijo: «Si sientes en tu corazón algún
malestar, dilo enseguida a tu confesor o a alguna buena
persona, y así podrás sobrellevar suavemente
tu mal, por el consuelo que sentirás.»
CAPÍTULO
XII
DE LA
TRISTEZA
Dice
San Pablo: «La tristeza que es según Dios, obra
la penitencia para la salvación; la tristeza del
mundo obra la muerte». Luego, la tristeza puede ser
buena o mala, según sean los diversos frutos que
causa en nosotros. Es cierto que son más los frutos
malos que los buenos, porque los buenos sólo son dos:
misericordia y penitencia, y los malos, en cambio, son seis:
angustia, pereza, indignación, celos, envidia e
impaciencia; lo cual hace decir al Sabio: «La tristeza
es la muerte de muchos y, en ella, no hay provecho
alguno», porque, por dos buenos riachuelos que manan de
la fuente de la tristeza, hay seis que son muy malos.
El
enemigo se vale de la tristeza para ocasionar tentaciones a
los buenos; porque, así como procura que los malos se
alegren en sus pecados, así también procura
que los buenos se entristezcan en sus buenas obras; y
así como no puede inducir al mal si no es
haciéndolo agradable, de la misma manera no puede
apartar del bien si no es haciéndolo desagradable. El
maligno se complace en la tristeza y en la
melancolía, porque él está triste y
melancólico, y lo estará eternamente; por lo
que quiere que todos estén como él.
La
tristeza mala perturba el alma, la inquieta, infunde temores
excesivos, hace perder el gusto por la oración,
adormece y agota el cerebro, priva al alma del consejo, de
la resolución, del juicio, del valor, y abate las
fuerzas; en una palabra, es como un invierno crudo que priva
a la tierra de toda su belleza y acobarda a los animales,
porque quita toda suavidad al alma y la paraliza y hace
impotente en todas facultades.
Filotea,
si alguna vez te acontece que te sientes atacada de esta
tristeza, practica los siguientes remedios: «Si alguno
está triste -dice Santiago-, que ore»: la
oración es el más excelente remedio, porque
eleva el espíritu a Dios, que es nuestro único
gozo y consuelo. Mas, al orar, hemos de excitar afectos y
pronunciar palabras, ya interiores ya exteriores, que muevan
a la confianza y al amor de Dios, como: « ¡Oh Dios
de misericordia! ¡Dios mío bondadosísimol
¡Salvador de bondad! ¡Dios de mi corazón!
¡Mi gozo, mi esperanza, mi amado esposo, bienamado de
mi alma!» y otras semejantes.
Esfuérzate
en contrariar vivamente las inclinaciones de la tristeza, y,
aunque te parezca que en este estado, todo lo haces con
frialdad, pena y cansancio, no dejes, empero, de hacerlo;
porque el enemigo, que pretende hacernos aflojar en nuestras
buenas obras mediante la tristeza, al ver que, a pesar de
ella, no dejamos de hacerlas, y que, haciéndolas con
resistencia, tienen más valor, cesa entonces de
afligirnos.
Canta
himnos espirituales, porque el maligno ha desistido, a
veces, de sus ataques, merced a este medio, como lo
atestigua el espíritu que asaltaba o se apoderaba de
Saúl, cuya vehemencia cedía ante la salmodia.
Es
muy buena cosa ocuparse en obras exteriores, y variarlas
cuanto sea posible, para distraer el alma del objeto triste,
purificar y enfervorizar el corazón, pues la tristeza
es una pasión de suyo fría y árida.
Haz
actos exteriores de fervor, aunque sea sin gusto, como
abrazar el crucifijo, estrecharlo contra el pecho, besarle
las manos y los pies, levantar los ojos al cielo, elevar la
voz hacía Dios con palabras de amor y de confianza,
como ésta: «Mi amado para mí y yo para
Él. Corno manojito de mirra es mi Amado para
mí. Él reposará sobre mi pecho. Mis
ojos se derriten por Ti, ¡ oh Dios mío!,
diciendo: ¿ Cuándo me consolarás?
¡Oh Jesús!, seas para mí Jesús;
viva Jesús, y vivirá mi alma. ¿
Quién me separará del amor de mi Dios?»,
y otras semejantes.
La
disciplina moderada es buen remedio contra la tristeza,
porque esta voluntaria aflicción exterior impetra el
consuelo interior, y el alma al sentir los dolores de fuera,
se distrae de los de dentro. La frecuencia de la Sagrada
Comunión es excelente, porque este pan celestial
robustece el corazón y regocija el espíritu.
Descubre
todos los sentimientos, afectos y sugestiones que nacen de
la tristeza a tu director y a tu confesor, con humildad y
fidelidad; busca el trato de personas espirituales, y
conversa con ellas, cuanto puedas, durante este tiempo. Y,
principalmente, resígnate en las manos de Dios,
disponiéndote a padecer esta enojosa tristeza con
paciencia, como un justo castigo a tus vanas
alegrías, y no dudes de que Dios, después de
haberte probado, te librará de este mal.
CAPÍTULO
XIII
DE LOS
CONSUELOS ESPIRITUALES Y SENSIBLES Y CÓMO HAY QUE
CONDUCIRSE EN ELLOS
Dios
conserva este gran mundo en una perpetua mudanza, por la
cual el día se cambia en noche, la primavera en
verano, el verano en otoño, el otoño en
invierno y el invierno en primavera, y nunca un día
es igual al anterior, pues los hay nublados, lluviosos,
secos, ventosos, variedad que llena de hermosura el
universo. Lo mismo puede decirse del hombre, el cual,
según el dicho de los antiguos, es un compendio del
mundo; porque nunca se halla en el mismo estado, y su vida
se desliza sobre la tierra como las aguas, flotando y
moviéndose con perpetua variedad de movimientos, que
ora lo elevan hacia la esperanza, ora lo hunden en el temor,
ora lo inclinan hacia la derecha por el consuelo, ora hacia
la izquierda por la aflicción, y jamás uno
solo de sus días, ni siquiera una sola de sus horas,
es igual a la que pasó.
He
aquí una importante advertencia: hemos de procurar
conservar una continua e inalterable igualdad de
corazón, en medio de una desigualdad tan grande de
acontecimientos, y, aunque todas las cosas den vueltas y
cambien continuamente en torno nuestro, nosotros hemos de
permanecer constantemente inmóviles, mirando,
caminando y aspirando hacia nuestro Dios. Que la nave tome
este o aquel rumbo, que navegue hacia levante o hacia
poniente, hacia el septentrión o hacia el
mediodía, sea cual fuere el viento que la mueva,
siempre su brújula mirará hacia su estrella
favorita y hacia el polo. Que todo ande revuelto, no ya tan
sólo en torno nuestro, sino aun dentro de nosotros
mismos, es decir, que nuestra alma esté triste,
alegre, en suavidad, en amargura, en luz y en tinieblas, en
tentación, en reposo, en placer, en displicencia, en
sequedad, en ternura; que el sol la abrase o el rocío
la refresque.... es menester que siempre y constantemente la
punta de nuestro corazón, nuestro espíritu,
nuestra voluntad superior, que es nuestra brújula,
mire incesantemente y aspire perpetuamente al amor de Dios,
a su Creador, a su Salvador, a su único y soberano
bien. «Ya vivamos, ya muramos, dice el Apóstol,
si permanecemos en Dios... ¿Quién nos
separará del amor y caridad de Dios?» No,
jamás cosa alguna nos separará de este amor:
ni la tribulación, ni la angustia, ni la muerte, ni
la vida, ni el dolor presente, ni el temor de los accidentes
futuros, ni los artificios del maligno espíritu, ni
la elevación de las consolaciones, ni el abismo de
las aflicciones, ni la ternura, ni la sequedad, han de
separarnos jamás de esta santa caridad, que
está fundada en Jesucristo.
Esta
resolución tan absoluta de jamás abandonar a
Dios ni dejar su dulce amor, sirve de contrapeso a nuestras
almas para mantenerlas en una santa igualdad, en medio de la
desigual diversidad de movimientos que la condición
de esta vida le acarrea. Porque, así como las abejas,
al sentirse sorprendidas por el viento en medio del campo,
se cogen de las piedras para poderse balancear en el aire y
no ser tan fácilmente arrastradas a merced de la
tempestad, de la misma manera nuestra alma, después
de haber abrazado con su resolución el precioso amor
de Dios, permanece constante en medio de la inconstancia y
de las vicisitudes de los consuelos y aflicciones
espirituales y temporales, exteriores e interiores.
Mas,
aparte de esta doctrina general, necesitamos algunos
principios particulares, exteriores e interiores.
1.
Afirmo, pues, que la devoción no consiste en la
dulzura, suavidad, consolación y ternura sensible al
corazón, que provoca en nosotros lágrimas y
suspiros y nos causa una cierta satisfacción,
agradable y sabrosa, en algunos ejercicios espirituales. No,
Filotea, la devoción y esto no son, en manera alguna,
una misma cosa, porque hay muchas almas que gozan de estas
ternuras y consolaciones, y, a pesar de ello, no dejan de
ser muy viciosas, y, por consiguiente, no tienen un
verdadero amor de Dios ni, mucho menos, una verdadera
devoción. Cuando Saúl perseguía a
muerte a David, que huía delante de él hacia
los desiertos de Engaddi, entró solo en una caverna,
donde David se había ocultado, hubiera podido mil
veces darle muerte, le perdonó la vida, y, no
sólo no quiso infundirle temor, sino que,
después de haberle dejado salir libremente, le
llamó para probarle su inocencia y hacerle saber que
lo había tenido a su arbitrio. Ahora bien, por este
motivo, ¿qué cosas no hizo Saúl, para
demostrar que su corazón se había ablandado
con respecto a David? Llamóle hijo suyo, se
echó a llorar en voz alta, comenzó a alabarle,
a reconocer su bondad, a rogar- a Dios por él, a
presagiar su grandeza, a encomendarle su posteridad para
después de su muerte. ¿ Qué mayor dulzura
y ternura de corazón podía manifestarle? Y no
obstante, a pesar de esto, su alma no había cambiado
y continuó persiguiendo a David tan cruelmente como
antes.
También
se encuentran personas que, al considerar la bondad de Dios
y la Pasión del Salvador, sienten gran ternura en su
corazón, que les hace prorrumpir en suspiros,
lágrimas, oraciones y acciones de gracias muy
sensibles, de tal manera que podría decirse que son
presa de una gran devoción. Mas, cuando se llega a la
práctica, aparece que, como la lluvia pasajera de un
verano caluroso, que, al caer a grandes chorros sobre la
tierra, no la penetra y sólo sirve para provocar la
salida de las setas, de la misma manera estas
lágrimas y estas ternuras, al caer sobre un
corazón vicioso, no lo penetran, y son para él
completamente inútiles, porque, a pesar de ello,
estos infelices no se desprenden ni de un céntimo de
los bienes mal adquiridos, ni renuncian a uno solo de sus
perversos afectos, ni quieren aceptar la menos incomodidad
del mundo en el servicio de aquel Señor sobre el cual
tanto han llorado; de suerte que los buenos movimientos que
han sentido no son otra cosa que ciertos hongos
espirituales, que, no sólo no constituyen la
verdadera devoción, sino que, con frecuencia, son
grandes artimañas del enemigo, el cual, mientras
entretiene a las almas con estas pequeñas
consolaciones, hace que queden contentas y satisfechas con
esto y que no busquen la verdadera y sólida
devoción, la cual consiste en una voluntad constante,
resuelta, pronta y activa en ejecutar lo que es agradable a
Dios.
Un
niño llorará amargamente si ve que sangran a
su madre con una lanceta; pero si, al mismo tiempo, su madre
le pide una manzana o un paquete de confites que tiene en la
mano, no querrá, en manera alguna, soltarlo. Tales
son, en su mayor parte, nuestras tiernas devociones: cuando
vemos la lanzada que traspasa el corazón de
Jesucristo crucificado, lloramos de ternura, ¡Ah!
Filotea, está bien llorar la pasión dolorosa y
la muerte de nuestro Padre y Redentor; mas, ¿por
qué no le damos de buen grado la manzana que tenemos
en nuestras manos, y que Él nos pide constantemente,
a saber, nuestro corazón, la única manzana de
amor que este Salvador desea de nosotros? ¿Por
qué, no le ofrecemos tantos pequeños afectos,
goces, complacencias, que Él quiere arrebatarnos de
las manos y no puede, porque son nuestras golosinas y las
preferimos a la gracia celestial? ¡Ah! son amistades de
niños pequeños, tiernas, sí, pero
débiles, ilusorias, y sin efecto. La devoción
no consiste en estas ternezas y afectos sensibles, que unas
veces proceden del propio natural que es también
blando y susceptible de la impresión que se le quiera
dar, y otras veces del enemigo, que, para distraernos con
esto, excita nuestra imaginación con ideas que
producen estos efectos.
2.
Estas ternezas y afectuosas dulzuras son, empero, a veces,
muy buenas y muy útiles, porque abren el apetito del
alma, confortan el espíritu, y juntan a la prontitud
de la devoción una santa alegría, la cual hace
que nuestros actos, aun exteriormente, sean bellos y
simpáticos. Es el gusto que se siente por las cosas
divinas, el cual hacia exclamar a David: «¡Oh,
Señor, qué dulces son a mi paladar tus
palabras; más dulces que la miel en mi boca! »
Y, ciertamente, el más insignificante consuelo de la
devoción que sentimos vale más, bajo todos los
conceptos, que las más excelentes virtudes del mundo.
La leche que chupan los niños, es decir, las mercedes
del divino Esposo, sabe mejor al alma que el vino sabroso de
los placeres de la tierra; el que las ha gustado tiene todas
las demás cosas de la tierra por hiel y ajenjo. Y
así como los que tienen regaliz en la boca reciben de
ella una dulzura tan grande, que no sienten ni hambre ni
sed, así también aquellos a quienes Dios ha
dado este maná celestial de las suavidades y de las
consolaciones exteriores, no pueden desear ni recibir los
consuelos del mundo, a lo menos para entretenerse y
complacerse en ellos. Estas suavidades son un pequeño
anticipo de las suavidades inmortales, que Dios da a las
almas que le buscan; son los confites que da a sus hijitos
para atraérselos; son aguas cordiales que les ofrece
para confortarlos; y son también como ciertas arras
de las recompensas eternas. Se dice que Alejandro Magno,
navegando en alta mar, descubrió antes que nadie la
Arabia Feliz, por la suavidad de los aromas que el viento le
llevaba, con lo que se animaron él y sus
compañeros. De la misma manera nosotros recibimos,
con frecuencia, en este mar de la vida mortal, dulzuras y
suavidades que, sin duda, nos hacen presentir las delicias
de la patria celestial, a la cual tendemos y aspiramos.
3.
Pero me dirás: puesto que hay consuelos sensibles que
son buenos y vienen de Dios, y también los hay
inútiles, peligrosos y aun perniciosos, que provienen
de la naturaleza o del enemigo, ¿cómo
podré discernir los unos de los otros y conocer los
malos y los inútiles entre los que son buenos? Es
doctrina general, amada Filotea, que, en cuanto a los
afectos y pasiones, los hemos de conocer por los frutos.
Nuestros corazones son los árboles; los afectos y las
pasiones son sus ramas, y sus obras y acciones son sus
frutos. Es bueno el corazón que tiene buenos afectos,
y son los afectos y las pasiones los que producen en
nosotros buenas obras y santas acciones. Si las dulzuras,
ternezas y consolaciones nos hacen más humildes,
pacientes, tratables, caritativos y compasivos con el
prójimo, más fervorosos en mortificar nuestras
concupiscencias y nuestras inclinaciones, más
constantes en nuestros ejercicios, más dóciles
y flexibles con respecto a aquellos a quienes debemos
obedecer, más sencillos en nuestra manera de vivir,
es indudable, Filotea, que son de Dios; mas, si estas
dulzuras sólo son dulces para nosotros, y nos hacen
curiosos, ásperos, puntillosos, impacientes, tercos,
orgullosos, presuntuosos, duros para con el prójimo,
y por creer que ya somos santos no queremos sujetarnos
más a la dirección y a la corrección,
es seguro que estos consuelos son falsos y perniciosos.
«El buen árbol solamente produce buenos
frutos».
4.
Cuando sintamos estas dulzuras y estos consuelos: a)
Humillémonos mucho delante de Dios, y
guardémonos bien de decir a causa de estas
suavidades: « ¡ Ah, qué bueno soy ! »
No, Filotea, estos bienes no nos hacen mejores, porque, como
he dicho, la devoción no consiste en esto. Digamos
más bien: « ¡ Oh! ¡qué bueno es
Dios para los que esperan en Él, para el alma que le
busca! » El que tiene azúcar en la boca no puede
decir que su boca es dulce, sino que es dulce el
azúcar. De la misma manera, aunque esta dulzura
espiritual es muy buena, y muy bueno el Dios que nos la da,
no se sigue de aquí que sea bueno el que la recibe.
b) Reconozcamos que todavía somos niños
pequeños, que necesitamos aún del pecho, y que
estos confites se nos dan porque tenemos el espíritu
tierno y delicado, el cual necesita cebos y golosinas para
ser atraído al amor de Dios. c) Mas, después
de esto, hablando en general y de ordinario, recibamos
humildemente estas gracias y favores, y tengámoslos
por muy grandes, no por lo que son en sí, sino porque
es la mano de Dios la que los pone en nuestro
corazón, como le ocurriría a una madre, que
para acariciar a su hijo, le pusiere ella misma los confites
en la boca uno tras otro, pues, si el hijo fuese capaz de
entenderlo, apreciaría más la dulzura de los
halagos y de las caricias de su madre, que la dulzura de las
mismas golosinas. Así también, Filotea, mucho
es sentir estas dulzuras, pero la dulzura de las dulzuras
está en considerar que Dios, con su mano amorosa y
maternal, nos las pone en la boca, en el corazón, en
el alma y en el espíritu. d) Una vez las hayamos
recibido con humildad, empleémoslas con mucho
cuidado, según las intenciones de Aquel que nos las
da. ¿ Con qué fin creemos que Dios nos da estas
dulzuras? Para hacernos suaves con todos y amorosos con
Él. La madre da el confite a su hijo para que la
bese; besemos, pues, a este Salvador, que nos da tantas
dulzuras. Ahora bien, besar al Salvador, es obedecerle,
guardar sus mandamientos, hacer su voluntad, cumplir sus
deseos: en una palabra, abrazarle tiernamente con obediencia
y fidelidad. Por lo tanto, cuando recibimos alguna
consolación espiritual, es menester que, aquel
día, seamos más diligentes en el bien obrar, y
que nos humillemos. e) Además de eso, es necesario
que, de vez en cuando, renunciemos a estas dulzuras,
ternezas y consolaciones, que despeguemos nuestro
corazón de ellas y que hagamos protestas de que, si
bien las aceptamos humildemente y las amamos, porque Dios
nos las envía y nos mueven a su amor, no son, empero,
ellas lo que buscamos, sino Dios y su santo amor; no la
consolación, sino el Consolador; no la dulzura, sino
el dulce Salvador; no la ternura, sino la suavidad del cielo
y de la tierra, y, con estos afectos, nos hemos de disponer
a perseverar firmes en el santo amor de Dios, aunque,
durante toda nuestra vida, jamás hubiésemos de
sentir ningún consuelo, diciéndole lo mismo en
el monte Calvario y en el Tabor: « ¡ Oh
Señor!, bueno es permanecer aquí », ya
estemos en la cruz, ya en la gloria. f) Finalmente, te
advierto que si recibes en notable abundancia estas
consolaciones, ternuras, lágrimas y dulzuras, o te
acontece en ellas alguna cosa extraordinaria, hables de ello
sinceramente con tu director, para aprender la manera de
moderarte y conducirte, pues está escrito:
«¿Has hallado la miel? Pues come la que es
suficiente».
CAPÍTULO
XIV
DE LAS
SEQUEDADES Y ESTERILIDADES
ESPIRITUALES
Muy
amada Filotea, cuando sientas consolaciones te
conducirás de la manera que acabo de decirte; pero
este tiempo tan agradable no durará siempre, sino que
más bien te ocurrirá que, alguna vez, de tal
manera te verás privada y desposeída del
sentimiento de la devoción, que tu alma te
parecerá una tierra desierta, infructuosa y
estéril, sin un solo sendero ni camino para llegar a
Dios, y sin una gota de agua de gracia que pueda regarla, a
causa de las sequedades, que, según te
parecerá, la convertirán en un desierto.
¡Ah, que digna de compasión es el alma que se
encuentra en este estado, sobre todo cuando este mal es
vehemente! Porque entonces, a imitación de David, se
derrite en lágrimas, día y noche, mientras
que, con mil sugestiones para hacerla desesperar, el enemigo
se burla de ella y le dice: « ¡ Pobrecita!
¿Dónde está tu Dios? ¿Por qué
camino le podrás encontrar? ¿Quién
podrá jamás devolverte el gozo de su santa
gracia?» ¿Qué harás, pues, Filotea,
en este estado? Examina de donde procede el mal: con
frecuencia somos nosotros mismos la causa de nuestras
esterilidades y sequedades.
1.
Así como una madre no quiere dar azúcar a su
hijito que padece de lombrices, así Dios nos quita
los consuelos cuando, entregándonos a ellos con vana
complacencia, somos propensos a las lombrices de la
vanagloria. «Bien está, joh Dios mío!,
que me humilles, porque, antes de que fuese humillada, te
había ofendido».
2.
Cuando no tenemos cuidado de recoger las suavidades y las
delicias del amor de Dios a su debido tiempo, las aparta de
nosotros, en castigo de nuestra pereza. El israelita que no
cogía el maná muy de mañana, no
podía hacerlo después de la salida del sol,
porque lo encontraba derretido.
3. A
veces, estarnos tendidos en un lecho de complacencias
sensuales y de consuelos perecederos, como la Esposa sagrada
de los Cantares: el Esposo de nuestras almas llama a la
puerta de nuestro corazón, nos inspira que
practiquemos nuestros ejercicios espirituales; pero nosotros
se los regateamos, porque nos duele dejar los vanos
pasatiempos y separarnos de aquellas vanas complacencias.
Por esto pasa de largo, y deja que nos emperecemos, y
después, cuando queremos buscarle tenemos gran
trabajo para encontrarle. Bien merecido lo tenemos, porque
hemos sido tan infieles y desleales a su amor, que nos hemos
negado a su ejercicio para seguir el de las cosas del mundo.
¡Ah! ya tienes la harina de Egipto; no recibirás
el maná del cielo. Las abejas aborrecen todos los
olores artificiales, y las suavidades del Espíritu
Santo son incompatibles con las delicias artificiosas de
este mundo.
4.
La doblez y la afectación en las confesiones y en el
trato espiritual con el director, atraen las sequedades y la
esterilidad; porque, puesto que mientes al Espíritu
Santo, no se maravilla si te niega su consuelo; no quieres
ser sencilla y simple como un niño pequeño,
luego tampoco tendrás las golosinas de los
niños.
5.
Estás saciada de goces mundanos: no es, pues,
extraño, si no hallas gusto en las delicias
espirituales. Dice el antiguo proverbio que a las palomas,
cuando están hartas, les parecen amargas las cerezas.
«Has llenado de bienes -dice la Madre de Dios- a los
hambrientos y has dejado vacíos a los ricos».
Los ricos de placeres mundanos no están dispuestos
para los goces espirituales.
6.
¿Has conservado bien el fruto de los consuelos
recibidos? Pues recibirás otros, porque «al que
tiene se le dará más, y al que no tiene lo que
le han dado, porque lo ha perdido por su culpa, aun esto le
será arrebatado», es decir, le privarán
de las gracias que le tenían preparadas. Es muy
cierto que la lluvia vivifica las plantas que están
verdes; pero a las que no lo están, les quita aun la
vida que no tienen, pues enseguida las pudre.
Por
estas diversas causas perdemos las devotas consolaciones y
caemos en la sequedad y esterilidad de espíritu:
examinemos, pues nuestra conciencia, para ver si descubrimos
en nosotros alguno de estos defectos. Pero ten en cuenta,
Filotea, que este examen no ha de hacerse con inquietud ni
excesiva curiosidad, sino que, si después de haber
considerado fielmente nuestro comportamiento en este punto,
encontramos la causa del mal, hemos de dar las gracias a
Dios, porque el mal está ya en parte curado cuando se
ha descubierto su causa. Si, al contrarío, nada ves
de particular que te parezca que haya podido dar
ocasión a esta sequedad, no pierdas el tiempo en un
más detenido examen, sino que, con toda simplicidad,
sin examinar ninguna otra particularidad, haz lo que te
diré:
1.
«Humíllate mucho delante de Dios, con el
conocimiento de tu nada y de tu miseria. ¡Ah!,
¿qué soy, pobre de mí, cuando estoy
dejada a mi arbitrio? Nada más, Dios mío, que
una tierra seca, la cual agrietada por todas partes, muestra
la sed que tiene de la lluvia del cielo, y, entretanto, el
viento la disipa y la convierte en polvo».
2.
Invoca a Dios, y pídele su alegría:
«Devuélveme, ¡oh Señor!, la
alegría de tu salud. Padre mío, si es posible,
que pase de mí este cáliz. Huye de
aquí, viento infructuoso, que secas mi alma, y ven,
agradable brisa de las consolaciones, sopla en mi
jardín, y tus buenos efectos derramarán el
olor de suavidad».
3.
Acude al confesor; ábrele bien tu corazón;
muéstrale todos los repliegues de tu alma;
sírvete de los consejos que te dará, con gran
simplicidad y humildad, porque Dios, que gusta infinitamente
de la obediencia, hace que sean útiles los consejos
que recibimos de otros, sobre todo de los directores de
almas, aunque por otra parte, estos consejos sean de poca
apariencia, como hizo provechosas a Naamán las aguas
del Jordán, cuyo uso le había ordenado
Elíseo, sin ninguna apariencia de razón
humana.
4.
Pero, después de lo dicho, nada hay tan provechoso en
las sequedades y esterilidades como el no ansiar ni dejarse
dominar por el deseo de ser liberada. No digo que no se
puedan tener simples deseos de verse libre de ellas; lo que
digo es que no hemos de poner en ello el corazón,
sino, antes bien, abandonarnos a la pura merced de la
especial providencia de Dios, a fin de que se sirva de
nosotros, según le plazca, en medio de estas espinas
y de estos desiertos. En tal estado, pues, digamos a Dios:
« ¡Oh Padre!, si es posible, que pase de mí
este cáliz»; pero añadamos con valor:
«mas no se haga mi voluntad sino la tuya»; y
detengámonos en esto con toda la calma que nos sea
posible, ya que Dios, al vernos en esta santa indiferencia,
nos consolará con gracias y favores, así como
al ver a Abrahán resuelto a privarse de su hijo
Isaac, se contentó con verle indiferente y con
aquella pura resignación, y le consoló con una
visión muy agradable y con dulcísimas
bendiciones. Luego, en toda clase de aflicciones, así
corporales como espirituales, y en las distracciones y
privaciones de la devoción sensible, hemos de decir,
con todo nuestro corazón y con una profunda
sumisión: «El Señor me ha dado los
consuelos, el Señor me los ha quitado; sea bendito su
santo Nombre», pues, perseverando en esta humildad, nos
devolverá sus deliciosos favores, como hizo con Job,
el cual se sirvió constantemente de parecidas
palabras en todas sus desolaciones.
5.
Por último, Filotea, en medio de todas nuestras
inquietudes y esterilidades, no perdamos el ánimo,
sino que, esperando pacientemente la vuelta de los
consuelos, sigamos siempre nuestro camino; no dejemos, por
ello, ninguno de los ejercicios de devoción, antes
bien, si es posible multipliquemos nuestras buenas obras, y,
si no podemos presentar a nuestro amado Esposo confituras
tiernas, ofrezcámoselas secas, pues le da lo mismo,
con tal que el corazón que se las presente
esté absolutamente resuelto a quererle amar. Cuando
la primavera es buena, las abejas fabrican más miel y
producen menos abejorros, porque, siendo favorable el buen
tiempo, se esmeran en hacer tanta cosecha entre las flores,
que olvidan la cría de sus ninfas; pero, cuando la
primavera es desapacible y nublada, producen más
ninfas y no tanta miel, porque, no pudiendo salir para la
cosecha, se ocupan en poblarse y en multiplicar la raza.
Filotea, ocurre algunas veces que el alma, al verse en la
hermosa primavera de las consolaciones espirituales, se
entretiene tanto en amontonarlas y en chupar de ellas, que,
en medio de la abundancia de tan suaves delicias, hace
muchas menos buenas obras, y, al contrario, en medio de las
asperezas y esterilidades espirituales, según se ve
privada de los agradables sentimientos de la
devoción, multiplica mucho más las obras
sólidas y abunda en la producción interior de
las verdaderas virtudes de la paciencia, humildad, propia
abyección, resignación y abnegación de
su amor propio.
Es,
pues, un gran abuso en muchos, particularmente en las
mujeres, creer que el servicio que hacemos a Dios sin gusto,
sin ternura de corazón y sin sentimiento, es menos
agradable a la divina Majestad; al contrario, nuestros actos
son como las rosas, las cuales cuando están frescas
son más bellas, pero, en cambio, cuando están
secas despiden más olor y es mayor su fortaleza. Lo
mismo ocurre en nuestro caso: aunque nuestras buenas obras,
hechas con ternura de corazón, sean más
agradables a nosotros, porque no miramos más que
nuestro propio deleite, hechas con sequedad y esterilidad
son más olorosas, y tienen más valor delante
de Dios. Sí, amada Filotea, en tiempo de sequedad,
nuestra voluntad nos lleva al servicio de Dios como por la
fuerza, por lo que entonces es menester que esta voluntad
sea más vigorosa y constante que en tiempo de
ternura. No es gran cosa servir a un príncipe en
medio de las delicias de la corte; servirle, empero, en la
dureza de la guerra, en medio de la incertidumbre y de las
persecuciones, es una verdadera señal de constancia y
de fidelidad. La bienaventurada Angela de Foliño dice
que la oración más grata a Dios es la que se
hace por fuerza y con tedio, es decir, aquella a la cual
somos llevados, no por el gusto que en ella sentimos, ni por
la propia inclinación, sino únicamente por el
deseo de agradar a Dios, de manera que nuestra voluntad vaya
a regañadientes, forzando y violentando las
sequedades que a ello se oponen. Lo mismo digo de toda clase
de buenas obras, pues cuantas más contradicciones, ya
exteriores ya interiores, nos salen al paso al hacerlas,
más apreciadas y más agradables son delante de
Dios. Cuanto menos hay de nuestro interés particular
en la práctica de las virtudes, tanto más
resplandece en ellas la pureza del amor: el niño besa
de buen grado a su madre cuando le da azúcar, pero si
la besa después de haberle dado ajenjo o
acíbar, señal es de que la ama en gran manera.
CAPÍTULO
XV
CONFIRMACIÓN
Y ACLARACIÓN DE LO QUE HEMOS DICHO, CON UN EJEMPLO
NOTABLE
Mas,
para hacer más evidente esta instrucción,
quiero poner aquí un caso de la historia de San
Bernardo, tal como lo he encontrado en un docto y prudente
escritor. Dice así:
A
casi todos los que comienzan a servir a Dios y no son
todavía experimentados en las privaciones de la
gracia ni en las vicisitudes de la vida espiritual, les
ocurre que, al faltarles el gusto de la devoción
sensible y la agradable luz que les invita a correr por el
camino de Dios, pierden enseguida el aliento y caen en la
pusilanimidad y tristeza de corazón. Los doctos dan
esta razón, a saber, que la naturaleza racional no
puede estar mucho tiempo hambrienta y sin ningún
deleite celestial o terreno. Ahora bien, así como las
almas elevadas sobre sí mismas por el gusto de los
placeres superiores, fácilmente renuncian a las cosas
visibles, así también, cuando por
disposición divina se ven privadas del goce
espiritual, al verse también faltas de los consuelos
materiales y no estando todavía acostumbradas a
esperar el retorno del verdadero Sol, les parece que no
están ni en el cielo ni en la tierra, y que
vivirán sumidas en una noche perpetua; así
como los niños pequeños cuando les destetan
echan de menos la leche materna, de la misma manera estas
almas languidecen y gimen y se vuelven displicentes e
impertinentes, principalmente consigo mismas.
Esto,
pues, aconteció, en el viaje de que tratamos, a uno
de la comunidad, llamado Godofredo de Perona, consagrado,
hacía poco, al servicio de Dios. Invadido
súbitamente por la sequedad, privado de consuelo y
lleno de tinieblas interiores, comenzó por acordarse
de sus amigos del mundo, de sus parientes, de las riquezas
que acababa de dejar, y fue acometido por una fuerte
tentación, de la cual, por no haberla podido ocultar
en su interior, se dio cuenta uno de sus amigos
íntimos, quien, después de habérselo
ganado con dulces palabras, le dijo confidencialmente:
«¿Qué te ocurre? ¿Qué pasa,
que, contra tu carácter, te vuelves pensativo y
triste?» Entonces, Godofredo, suspirando profundamente,
respondió: « ¡Ay, hermano! jamás en
toda mi vida, estaré alegre». El
compañero, movido a compasión por estas
palabras, corrió, con celo fraternal, a contarlo al
padre común, San Bernardo, el cual, al ver el
peligro, entró en una iglesia cercana, para rogar a
Dios por él. Godofredo, entretanto, agotado por la
tristeza, puso la cabeza sobre una piedra y se
durmió. Al poco rato, ambos se levantaron: el uno de
la oración con la gracia alcanzada, y el otro del
sueño, con el rostro tan sonriente y sereno, que su
querido amigo, maravillado de un cambio tan grande y tan
repentino, no pudo contenerse de recordarle amigablemente lo
que antes le había respondido; entonces Godofredo le
replicó: «Sí antes te dije que nunca
estaría alegre, ahora te aseguro que jamás
estaré triste».
Así
terminó la tentación de aquel devoto
personaje. Pero en esta historia, repara, amada Filotea: 1.
Que Dios, ordinariamente, da a gustar algún anticipo
de las delicias celestiales a los que comienzan a servirle,
para apartarlos de los placeres terrenos y alentarles en la
prosecución del divino amor, como la madre que, para
atraer a su seno a su hijo, se pone miel en los pechos. 2.
Que, no obstante, es este mismo Dios bueno, quien, a veces,
según sus sapientísimos consejos, nos quita la
leche y la miel de los con suelos, para que destetados de
esta manera, aprendamos a comer el pan seco y más
sólido de una devoción vigorosa, purificada
con la prueba de la aridez y de las tentaciones. 3. Que, a
veces, en medio de las arideces y de las sequedades,
estallan grandes tormentas, y, entonces, es menester
combatir con constancia las tentaciones, porque no vienen de
Dios; es, empero, necesario sufrir con paciencia las
sequedades, pues Dios las ha ordenado para nuestro
ejercicio.4. Que nunca hemos de perder el ánimo en
medio de los enojos interiores, ni decir como el buen
Godofredo: «Jamás estaré alegre»,
pues en medio de la noche hemos de esperar la luz; y,
recíprocamente, durante la mayor bonanza espiritual
de que podamos gozar, nunca hemos de decir:
«Jamás estaré triste»; no, porque,
como dice el Sabio, «en los días de la
prosperidad nos hemos de acordar de la adversidad».
Hemos de esperar en medio de las penas, y hemos de temer en
medio de las prosperidades, y, en ambos casos, siempre nos
hemos de humillar. 5. Que es un excelente remedio el
descubrir nuestro mal a algún amigo espiritual que
pueda consolarnos.
Finalmente,
para poner fin a esta advertencia, que es tan necesaria,
hago notar que, como en todas las cosas, también en
éstas, nuestro buen Dios y nuestro enemigo, tienen
designios opuestos, ya que, por estas tribulaciones, quiere
Dios conducirnos a una gran pureza de corazón, a una
completa renuncia de nuestro propio interés en las
cosas que son de su servicio, y a un perfecto desasimiento
de nosotros mismos; y el maligno al contrario, procura,
echar mano de estas penas para desalentarnos, para hacer que
nos inclinemos de nuevo del lado de los placeres sensuales,
y, finalmente, para lograr que nos hagamos enojosos a
nosotros mismos y a los demás, para desacreditar y
difamar la devoción. Pero, si observas las
enseñanzas que te he dado, harás grandes
progresos en la perfección, merced al ejercicio que
harás en medio de estas aflicciones interiores,
acerca de las cuales no quiero acabar de hablar sin decirte
todavía una palabra.
A
veces la apatía, las arideces y las sequedades
provienen de la mala disposición del cuerpo, como
acaece cuando por el exceso de vigilias, de trabajo, de
ayunos, se siente agobiado de cansancio, de modorra, de
pesadez y de otras parecidas debilidades, las cuales aunque
sólo afectan a él, no dejan, empero, de
incomodar al espíritu, por la estrecha
relación que, entre ambos, existe. Por lo mismo, en
tales ocasiones, es menester acordarse siempre de hacer
muchos actos de virtud con la punta de nuestro
espíritu y voluntad superior, porque, si bien parece
que nuestra alma duerme y está invadida de sopor y
dejadez, con todo, los actos de nuestro espíritu no
dejan de ser muy agradables a Dios, y, en este estado,
podemos muy bien decir con la sagrada Esposa: «Yo
duermo, pero mi corazón está en vela»; y,
como he dicho más arriba, si sentimos menos gusto en
trabajar de esta manera, hay, empero, más
mérito y virtud. Pero, en este caso, el remedio
está en vigorizar el cuerpo con algún
legítimo alivio y recreación. Así San
Francisco mandaba a sus religiosos que fuesen tan moderados
en sus trabajos, que no quedase ahogado el fervor del
espíritu.
Y, a
propósito de este glorioso Padre, una vez fue
combatido y dominado por una tan profunda melancolía
de espíritu, que no podía disimularla en su
semblante. Si quería estar con sus religiosos, no
podía; si se separaba de ellos, era peor; la
abstinencia y la maceración de la carne le agotaban,
y la oración no le producía ningún
alivio. Dos años estuvo así, de tal manera,
que parecía completamente abandonado de Dios; pero,
al fin, después de haber sufrido humildemente fuerte
tempestad, el Salvador, en un momento, le devolvió la
bienaventurada paz. Esto quiere decir que los más
grandes siervos de Dios están sujetos a estas
sacudidas, por lo que los más pequeños no han
de maravillarse si les alcanza alguna de ellas.
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