San Francisco de Sales

Introducción a la vida devota

(Cuarta parte)

CAPÍTULO XI

DE LA INQUIETUD

La inquietud no es una simple tentación, sino una fuente de la cual y por la cual vienen muchas tentaciones: diremos, pues, algo acerca de ella. La tristeza no es otra cosa que el dolor del espíritu a causa del mal que se encuentra en nosotros contra nuestra voluntad; ya sea exterior, como pobreza, enfermedad, desprecio, ya interior, como ignorancia, sequedad, repugnancia, tentación. Luego, cuando el alma siente que padece algún mal, se disgusta de tenerlo, y he aquí la tristeza, y, enseguida desea verse libre de él y poseer los medios para echarlo de sí. Hasta este momento tiene razón, porque todos, naturalmente, deseamos el bien y huimos de lo que creemos que es un mal.

Si el alma busca, por amor de Dios, los medios para librarse del mal, los buscará con paciencia, dulzura, humildad y tranquilidad, y esperará su liberación más de la bondad y providencia de Dios que de su industria y diligencia; si busca su liberación por amor propio, se inquietará y acalorará en pos de los medios, como si este bien dependiese más de ella que de Dios. No digo que así lo piense, sino que se afanará como si así lo pensase.

Y, si no encuentra enseguida lo que desea, caerá en inquietud y en impaciencia, las cuales, lejos de librarla del mal presente, lo empeorarán, y el alma quedará sumida en una angustia y una tristeza, y en una falta de aliento y de fuerzas tal, que le parecerá que su mal no tiene ya remedio. He aquí, pues, cómo la tristeza, que al principio es justa, engendra la inquietud, y ésta le produce un aumento de tristeza, que es mala sobre toda medida.

La inquietud es el mayor mal que puede sobrevenir a un alma, fuera del pecado; porque, así como las sediciones y revueltas intestinas de una nación la arruinan enteramente, e impiden que pueda resistir al extranjero, de la misma manera nuestro corazón, cuando está interiormente perturbado e inquieto, pierde la fuerza para conservar las virtudes que había adquirido, y también la manera de resistir las tentaciones del enemigo, el cual hace entonces toda clase de esfuerzos para pescar a río revuelto, como suele decirse.

La inquietud proviene del deseo desordenado de librarse del mal que se siente o de adquirir el bien que se espera, y, sin embargo, nada hay que empeore más el mal y que aleje tanto el bien como la inquietud y el ansia. Los pájaros quedan prisioneros en las redes y en las trampas porque, al verse cogidos en ellas, comienzan a agitarse y revolverse convulsivamente para poder salir, lo cual es causa de que, a cada momento, se enreden más. Luego, cuando te apremie el deseo de verte libre de algún mal o de poseer algún bien, ante todo es menester procurar el reposo y la tranquilidad del espíritu y el sosiego del entendimiento y de la Voluntad, y después, suave y dulcemente, perseguir el logro de los deseos, empleando, con orden, los medios convenientes; y cuando digo suavemente, no quiero decir con negligencia, sino sin precipitación, turbación e inquietud; de lo contrario, en lugar de conseguir el objeto de tus deseos, lo echarás todo a perder y te enredarás cada vez más.

«Mi alma-decía David siempre está puesta, ¡oh Señor!, en mis manos, y no puedo olvidar tu santa ley.» Examina, pues, una vez al día a lo menos, o por la noche y por la mañana, si tienes tu alma en tus manos, o si alguna pasión o inquietud te la ha robado: considera si tienes tu corazón bajo tu dominio, o bien si ha huído de tus manos, para enredarse en alguna pasión des ordenada de amor, de aborrecimiento, de envidia, de deseo, de temor, de enojo, de alegría. Y si se ha extraviado, procura, ante todo, buscarlo y conducirlo a la presencia de Dios, poniendo todos tus afectos y deseos bajo la obediencia y la dirección de su divina voluntad. Porque, así como los que temen perder alguna cosa que les agrada mucho, la tienen bien cogida de la mano, así también, a imitación de aquel gran rey, hemos de decir siempre: «¡Oh Dios mío!, mi alma está en peligro; por esto la tengo siempre en mis manos, y, de esta manera, no he olvidado tu santa ley».

No permitas que tus deseos te inquieten, por pequeños y por poco importantes que sean; porque, después de los pequeños, los grandes y los más importantes encontrarán tu corazón más dispuesto a la turbación y al desorden. Cuando sientas que llega la inquietud, encomiéndate a Dios y resuelve no hacer nada de lo que tu deseo reclama hasta que aquélla haya totalmente pasado, a no ser que se trate de alguna cosa que no se pueda diferir; en este caso, es menester refrenar la corriente del deseo, con un suave y tranquilo esfuerzo, templándola y moderándola en la medida de lo posible, y hecho esto, poner manos a la obra, no según los deseos, sino según razón.

Si puedes manifestar la inquietud al director de tu alma, o, a lo menos, a algún confidente y devoto amigo, no dudes de que enseguida te sentirás sosegada; porque la comunicación de los dolores del corazón hace en el alma el mismo efecto que la sangría en el cuerpo que siempre está calenturiento: es el remedio de los remedios. Por este motivo, dio San Luis este aviso a su hijo: «Si sientes en tu corazón algún malestar, dilo enseguida a tu confesor o a alguna buena persona, y así podrás sobrellevar suavemente tu mal, por el consuelo que sentirás.»

 

CAPÍTULO XII

DE LA TRISTEZA

Dice San Pablo: «La tristeza que es según Dios, obra la penitencia para la salvación; la tristeza del mundo obra la muerte». Luego, la tristeza puede ser buena o mala, según sean los diversos frutos que causa en nosotros. Es cierto que son más los frutos malos que los buenos, porque los buenos sólo son dos: misericordia y penitencia, y los malos, en cambio, son seis: angustia, pereza, indignación, celos, envidia e impaciencia; lo cual hace decir al Sabio: «La tristeza es la muerte de muchos y, en ella, no hay provecho alguno», porque, por dos buenos riachuelos que manan de la fuente de la tristeza, hay seis que son muy malos.

El enemigo se vale de la tristeza para ocasionar tentaciones a los buenos; porque, así como procura que los malos se alegren en sus pecados, así también procura que los buenos se entristezcan en sus buenas obras; y así como no puede inducir al mal si no es haciéndolo agradable, de la misma manera no puede apartar del bien si no es haciéndolo desagradable. El maligno se complace en la tristeza y en la melancolía, porque él está triste y melancólico, y lo estará eternamente; por lo que quiere que todos estén como él.

La tristeza mala perturba el alma, la inquieta, infunde temores excesivos, hace perder el gusto por la oración, adormece y agota el cerebro, priva al alma del consejo, de la resolución, del juicio, del valor, y abate las fuerzas; en una palabra, es como un invierno crudo que priva a la tierra de toda su belleza y acobarda a los animales, porque quita toda suavidad al alma y la paraliza y hace impotente en todas facultades.

Filotea, si alguna vez te acontece que te sientes atacada de esta tristeza, practica los siguientes remedios: «Si alguno está triste -dice Santiago-, que ore»: la oración es el más excelente remedio, porque eleva el espíritu a Dios, que es nuestro único gozo y consuelo. Mas, al orar, hemos de excitar afectos y pronunciar palabras, ya interiores ya exteriores, que muevan a la confianza y al amor de Dios, como: « ¡Oh Dios de misericordia! ¡Dios mío bondadosísimol ¡Salvador de bondad! ¡Dios de mi corazón! ¡Mi gozo, mi esperanza, mi amado esposo, bienamado de mi alma!» y otras semejantes.

Esfuérzate en contrariar vivamente las inclinaciones de la tristeza, y, aunque te parezca que en este estado, todo lo haces con frialdad, pena y cansancio, no dejes, empero, de hacerlo; porque el enemigo, que pretende hacernos aflojar en nuestras buenas obras mediante la tristeza, al ver que, a pesar de ella, no dejamos de hacerlas, y que, haciéndolas con resistencia, tienen más valor, cesa entonces de afligirnos.

Canta himnos espirituales, porque el maligno ha desistido, a veces, de sus ataques, merced a este medio, como lo atestigua el espíritu que asaltaba o se apoderaba de Saúl, cuya vehemencia cedía ante la salmodia.

Es muy buena cosa ocuparse en obras exteriores, y variarlas cuanto sea posible, para distraer el alma del objeto triste, purificar y enfervorizar el corazón, pues la tristeza es una pasión de suyo fría y árida.

Haz actos exteriores de fervor, aunque sea sin gusto, como abrazar el crucifijo, estrecharlo contra el pecho, besarle las manos y los pies, levantar los ojos al cielo, elevar la voz hacía Dios con palabras de amor y de confianza, como ésta: «Mi amado para mí y yo para Él. Corno manojito de mirra es mi Amado para mí. Él reposará sobre mi pecho. Mis ojos se derriten por Ti, ¡ oh Dios mío!, diciendo: ¿ Cuándo me consolarás? ¡Oh Jesús!, seas para mí Jesús; viva Jesús, y vivirá mi alma. ¿ Quién me separará del amor de mi Dios?», y otras semejantes.

La disciplina moderada es buen remedio contra la tristeza, porque esta voluntaria aflicción exterior impetra el consuelo interior, y el alma al sentir los dolores de fuera, se distrae de los de dentro. La frecuencia de la Sagrada Comunión es excelente, porque este pan celestial robustece el corazón y regocija el espíritu.

Descubre todos los sentimientos, afectos y sugestiones que nacen de la tristeza a tu director y a tu confesor, con humildad y fidelidad; busca el trato de personas espirituales, y conversa con ellas, cuanto puedas, durante este tiempo. Y, principalmente, resígnate en las manos de Dios, disponiéndote a padecer esta enojosa tristeza con paciencia, como un justo castigo a tus vanas alegrías, y no dudes de que Dios, después de haberte probado, te librará de este mal.

 

CAPÍTULO XIII

DE LOS CONSUELOS ESPIRITUALES Y SENSIBLES Y CÓMO HAY QUE CONDUCIRSE EN ELLOS

Dios conserva este gran mundo en una perpetua mudanza, por la cual el día se cambia en noche, la primavera en verano, el verano en otoño, el otoño en invierno y el invierno en primavera, y nunca un día es igual al anterior, pues los hay nublados, lluviosos, secos, ventosos, variedad que llena de hermosura el universo. Lo mismo puede decirse del hombre, el cual, según el dicho de los antiguos, es un compendio del mundo; porque nunca se halla en el mismo estado, y su vida se desliza sobre la tierra como las aguas, flotando y moviéndose con perpetua variedad de movimientos, que ora lo elevan hacia la esperanza, ora lo hunden en el temor, ora lo inclinan hacia la derecha por el consuelo, ora hacia la izquierda por la aflicción, y jamás uno solo de sus días, ni siquiera una sola de sus horas, es igual a la que pasó.

He aquí una importante advertencia: hemos de procurar conservar una continua e inalterable igualdad de corazón, en medio de una desigualdad tan grande de acontecimientos, y, aunque todas las cosas den vueltas y cambien continuamente en torno nuestro, nosotros hemos de permanecer constantemente inmóviles, mirando, caminando y aspirando hacia nuestro Dios. Que la nave tome este o aquel rumbo, que navegue hacia levante o hacia poniente, hacia el septentrión o hacia el mediodía, sea cual fuere el viento que la mueva, siempre su brújula mirará hacia su estrella favorita y hacia el polo. Que todo ande revuelto, no ya tan sólo en torno nuestro, sino aun dentro de nosotros mismos, es decir, que nuestra alma esté triste, alegre, en suavidad, en amargura, en luz y en tinieblas, en tentación, en reposo, en placer, en displicencia, en sequedad, en ternura; que el sol la abrase o el rocío la refresque.... es menester que siempre y constantemente la punta de nuestro corazón, nuestro espíritu, nuestra voluntad superior, que es nuestra brújula, mire incesantemente y aspire perpetuamente al amor de Dios, a su Creador, a su Salvador, a su único y soberano bien. «Ya vivamos, ya muramos, dice el Apóstol, si permanecemos en Dios... ¿Quién nos separará del amor y caridad de Dios?» No, jamás cosa alguna nos separará de este amor: ni la tribulación, ni la angustia, ni la muerte, ni la vida, ni el dolor presente, ni el temor de los accidentes futuros, ni los artificios del maligno espíritu, ni la elevación de las consolaciones, ni el abismo de las aflicciones, ni la ternura, ni la sequedad, han de separarnos jamás de esta santa caridad, que está fundada en Jesucristo.

Esta resolución tan absoluta de jamás abandonar a Dios ni dejar su dulce amor, sirve de contrapeso a nuestras almas para mantenerlas en una santa igualdad, en medio de la desigual diversidad de movimientos que la condición de esta vida le acarrea. Porque, así como las abejas, al sentirse sorprendidas por el viento en medio del campo, se cogen de las piedras para poderse balancear en el aire y no ser tan fácilmente arrastradas a merced de la tempestad, de la misma manera nuestra alma, después de haber abrazado con su resolución el precioso amor de Dios, permanece constante en medio de la inconstancia y de las vicisitudes de los consuelos y aflicciones espirituales y temporales, exteriores e interiores.

Mas, aparte de esta doctrina general, necesitamos algunos principios particulares, exteriores e interiores.

1. Afirmo, pues, que la devoción no consiste en la dulzura, suavidad, consolación y ternura sensible al corazón, que provoca en nosotros lágrimas y suspiros y nos causa una cierta satisfacción, agradable y sabrosa, en algunos ejercicios espirituales. No, Filotea, la devoción y esto no son, en manera alguna, una misma cosa, porque hay muchas almas que gozan de estas ternuras y consolaciones, y, a pesar de ello, no dejan de ser muy viciosas, y, por consiguiente, no tienen un verdadero amor de Dios ni, mucho menos, una verdadera devoción. Cuando Saúl perseguía a muerte a David, que huía delante de él hacia los desiertos de Engaddi, entró solo en una caverna, donde David se había ocultado, hubiera podido mil veces darle muerte, le perdonó la vida, y, no sólo no quiso infundirle temor, sino que, después de haberle dejado salir libremente, le llamó para probarle su inocencia y hacerle saber que lo había tenido a su arbitrio. Ahora bien, por este motivo, ¿qué cosas no hizo Saúl, para demostrar que su corazón se había ablandado con respecto a David? Llamóle hijo suyo, se echó a llorar en voz alta, comenzó a alabarle, a reconocer su bondad, a rogar- a Dios por él, a presagiar su grandeza, a encomendarle su posteridad para después de su muerte. ¿ Qué mayor dulzura y ternura de corazón podía manifestarle? Y no obstante, a pesar de esto, su alma no había cambiado y continuó persiguiendo a David tan cruelmente como antes.

También se encuentran personas que, al considerar la bondad de Dios y la Pasión del Salvador, sienten gran ternura en su corazón, que les hace prorrumpir en suspiros, lágrimas, oraciones y acciones de gracias muy sensibles, de tal manera que podría decirse que son presa de una gran devoción. Mas, cuando se llega a la práctica, aparece que, como la lluvia pasajera de un verano caluroso, que, al caer a grandes chorros sobre la tierra, no la penetra y sólo sirve para provocar la salida de las setas, de la misma manera estas lágrimas y estas ternuras, al caer sobre un corazón vicioso, no lo penetran, y son para él completamente inútiles, porque, a pesar de ello, estos infelices no se desprenden ni de un céntimo de los bienes mal adquiridos, ni renuncian a uno solo de sus perversos afectos, ni quieren aceptar la menos incomodidad del mundo en el servicio de aquel Señor sobre el cual tanto han llorado; de suerte que los buenos movimientos que han sentido no son otra cosa que ciertos hongos espirituales, que, no sólo no constituyen la verdadera devoción, sino que, con frecuencia, son grandes artimañas del enemigo, el cual, mientras entretiene a las almas con estas pequeñas consolaciones, hace que queden contentas y satisfechas con esto y que no busquen la verdadera y sólida devoción, la cual consiste en una voluntad constante, resuelta, pronta y activa en ejecutar lo que es agradable a Dios.

Un niño llorará amargamente si ve que sangran a su madre con una lanceta; pero si, al mismo tiempo, su madre le pide una manzana o un paquete de confites que tiene en la mano, no querrá, en manera alguna, soltarlo. Tales son, en su mayor parte, nuestras tiernas devociones: cuando vemos la lanzada que traspasa el corazón de Jesucristo crucificado, lloramos de ternura, ¡Ah! Filotea, está bien llorar la pasión dolorosa y la muerte de nuestro Padre y Redentor; mas, ¿por qué no le damos de buen grado la manzana que tenemos en nuestras manos, y que Él nos pide constantemente, a saber, nuestro corazón, la única manzana de amor que este Salvador desea de nosotros? ¿Por qué, no le ofrecemos tantos pequeños afectos, goces, complacencias, que Él quiere arrebatarnos de las manos y no puede, porque son nuestras golosinas y las preferimos a la gracia celestial? ¡Ah! son amistades de niños pequeños, tiernas, sí, pero débiles, ilusorias, y sin efecto. La devoción no consiste en estas ternezas y afectos sensibles, que unas veces proceden del propio natural que es también blando y susceptible de la impresión que se le quiera dar, y otras veces del enemigo, que, para distraernos con esto, excita nuestra imaginación con ideas que producen estos efectos.

2. Estas ternezas y afectuosas dulzuras son, empero, a veces, muy buenas y muy útiles, porque abren el apetito del alma, confortan el espíritu, y juntan a la prontitud de la devoción una santa alegría, la cual hace que nuestros actos, aun exteriormente, sean bellos y simpáticos. Es el gusto que se siente por las cosas divinas, el cual hacia exclamar a David: «¡Oh, Señor, qué dulces son a mi paladar tus palabras; más dulces que la miel en mi boca! » Y, ciertamente, el más insignificante consuelo de la devoción que sentimos vale más, bajo todos los conceptos, que las más excelentes virtudes del mundo. La leche que chupan los niños, es decir, las mercedes del divino Esposo, sabe mejor al alma que el vino sabroso de los placeres de la tierra; el que las ha gustado tiene todas las demás cosas de la tierra por hiel y ajenjo. Y así como los que tienen regaliz en la boca reciben de ella una dulzura tan grande, que no sienten ni hambre ni sed, así también aquellos a quienes Dios ha dado este maná celestial de las suavidades y de las consolaciones exteriores, no pueden desear ni recibir los consuelos del mundo, a lo menos para entretenerse y complacerse en ellos. Estas suavidades son un pequeño anticipo de las suavidades inmortales, que Dios da a las almas que le buscan; son los confites que da a sus hijitos para atraérselos; son aguas cordiales que les ofrece para confortarlos; y son también como ciertas arras de las recompensas eternas. Se dice que Alejandro Magno, navegando en alta mar, descubrió antes que nadie la Arabia Feliz, por la suavidad de los aromas que el viento le llevaba, con lo que se animaron él y sus compañeros. De la misma manera nosotros recibimos, con frecuencia, en este mar de la vida mortal, dulzuras y suavidades que, sin duda, nos hacen presentir las delicias de la patria celestial, a la cual tendemos y aspiramos.

3. Pero me dirás: puesto que hay consuelos sensibles que son buenos y vienen de Dios, y también los hay inútiles, peligrosos y aun perniciosos, que provienen de la naturaleza o del enemigo, ¿cómo podré discernir los unos de los otros y conocer los malos y los inútiles entre los que son buenos? Es doctrina general, amada Filotea, que, en cuanto a los afectos y pasiones, los hemos de conocer por los frutos. Nuestros corazones son los árboles; los afectos y las pasiones son sus ramas, y sus obras y acciones son sus frutos. Es bueno el corazón que tiene buenos afectos, y son los afectos y las pasiones los que producen en nosotros buenas obras y santas acciones. Si las dulzuras, ternezas y consolaciones nos hacen más humildes, pacientes, tratables, caritativos y compasivos con el prójimo, más fervorosos en mortificar nuestras concupiscencias y nuestras inclinaciones, más constantes en nuestros ejercicios, más dóciles y flexibles con respecto a aquellos a quienes debemos obedecer, más sencillos en nuestra manera de vivir, es indudable, Filotea, que son de Dios; mas, si estas dulzuras sólo son dulces para nosotros, y nos hacen curiosos, ásperos, puntillosos, impacientes, tercos, orgullosos, presuntuosos, duros para con el prójimo, y por creer que ya somos santos no queremos sujetarnos más a la dirección y a la corrección, es seguro que estos consuelos son falsos y perniciosos. «El buen árbol solamente produce buenos frutos».

4. Cuando sintamos estas dulzuras y estos consuelos: a) Humillémonos mucho delante de Dios, y guardémonos bien de decir a causa de estas suavidades: « ¡ Ah, qué bueno soy ! » No, Filotea, estos bienes no nos hacen mejores, porque, como he dicho, la devoción no consiste en esto. Digamos más bien: « ¡ Oh! ¡qué bueno es Dios para los que esperan en Él, para el alma que le busca! » El que tiene azúcar en la boca no puede decir que su boca es dulce, sino que es dulce el azúcar. De la misma manera, aunque esta dulzura espiritual es muy buena, y muy bueno el Dios que nos la da, no se sigue de aquí que sea bueno el que la recibe. b) Reconozcamos que todavía somos niños pequeños, que necesitamos aún del pecho, y que estos confites se nos dan porque tenemos el espíritu tierno y delicado, el cual necesita cebos y golosinas para ser atraído al amor de Dios. c) Mas, después de esto, hablando en general y de ordinario, recibamos humildemente estas gracias y favores, y tengámoslos por muy grandes, no por lo que son en sí, sino porque es la mano de Dios la que los pone en nuestro corazón, como le ocurriría a una madre, que para acariciar a su hijo, le pusiere ella misma los confites en la boca uno tras otro, pues, si el hijo fuese capaz de entenderlo, apreciaría más la dulzura de los halagos y de las caricias de su madre, que la dulzura de las mismas golosinas. Así también, Filotea, mucho es sentir estas dulzuras, pero la dulzura de las dulzuras está en considerar que Dios, con su mano amorosa y maternal, nos las pone en la boca, en el corazón, en el alma y en el espíritu. d) Una vez las hayamos recibido con humildad, empleémoslas con mucho cuidado, según las intenciones de Aquel que nos las da. ¿ Con qué fin creemos que Dios nos da estas dulzuras? Para hacernos suaves con todos y amorosos con Él. La madre da el confite a su hijo para que la bese; besemos, pues, a este Salvador, que nos da tantas dulzuras. Ahora bien, besar al Salvador, es obedecerle, guardar sus mandamientos, hacer su voluntad, cumplir sus deseos: en una palabra, abrazarle tiernamente con obediencia y fidelidad. Por lo tanto, cuando recibimos alguna consolación espiritual, es menester que, aquel día, seamos más diligentes en el bien obrar, y que nos humillemos. e) Además de eso, es necesario que, de vez en cuando, renunciemos a estas dulzuras, ternezas y consolaciones, que despeguemos nuestro corazón de ellas y que hagamos protestas de que, si bien las aceptamos humildemente y las amamos, porque Dios nos las envía y nos mueven a su amor, no son, empero, ellas lo que buscamos, sino Dios y su santo amor; no la consolación, sino el Consolador; no la dulzura, sino el dulce Salvador; no la ternura, sino la suavidad del cielo y de la tierra, y, con estos afectos, nos hemos de disponer a perseverar firmes en el santo amor de Dios, aunque, durante toda nuestra vida, jamás hubiésemos de sentir ningún consuelo, diciéndole lo mismo en el monte Calvario y en el Tabor: « ¡ Oh Señor!, bueno es permanecer aquí », ya estemos en la cruz, ya en la gloria. f) Finalmente, te advierto que si recibes en notable abundancia estas consolaciones, ternuras, lágrimas y dulzuras, o te acontece en ellas alguna cosa extraordinaria, hables de ello sinceramente con tu director, para aprender la manera de moderarte y conducirte, pues está escrito: «¿Has hallado la miel? Pues come la que es suficiente».

 

CAPÍTULO XIV

DE LAS SEQUEDADES Y ESTERILIDADES ESPIRITUALES

Muy amada Filotea, cuando sientas consolaciones te conducirás de la manera que acabo de decirte; pero este tiempo tan agradable no durará siempre, sino que más bien te ocurrirá que, alguna vez, de tal manera te verás privada y desposeída del sentimiento de la devoción, que tu alma te parecerá una tierra desierta, infructuosa y estéril, sin un solo sendero ni camino para llegar a Dios, y sin una gota de agua de gracia que pueda regarla, a causa de las sequedades, que, según te parecerá, la convertirán en un desierto. ¡Ah, que digna de compasión es el alma que se encuentra en este estado, sobre todo cuando este mal es vehemente! Porque entonces, a imitación de David, se derrite en lágrimas, día y noche, mientras que, con mil sugestiones para hacerla desesperar, el enemigo se burla de ella y le dice: « ¡ Pobrecita! ¿Dónde está tu Dios? ¿Por qué camino le podrás encontrar? ¿Quién podrá jamás devolverte el gozo de su santa gracia?» ¿Qué harás, pues, Filotea, en este estado? Examina de donde procede el mal: con frecuencia somos nosotros mismos la causa de nuestras esterilidades y sequedades.

1. Así como una madre no quiere dar azúcar a su hijito que padece de lombrices, así Dios nos quita los consuelos cuando, entregándonos a ellos con vana complacencia, somos propensos a las lombrices de la vanagloria. «Bien está, joh Dios mío!, que me humilles, porque, antes de que fuese humillada, te había ofendido».

2. Cuando no tenemos cuidado de recoger las suavidades y las delicias del amor de Dios a su debido tiempo, las aparta de nosotros, en castigo de nuestra pereza. El israelita que no cogía el maná muy de mañana, no podía hacerlo después de la salida del sol, porque lo encontraba derretido.

3. A veces, estarnos tendidos en un lecho de complacencias sensuales y de consuelos perecederos, como la Esposa sagrada de los Cantares: el Esposo de nuestras almas llama a la puerta de nuestro corazón, nos inspira que practiquemos nuestros ejercicios espirituales; pero nosotros se los regateamos, porque nos duele dejar los vanos pasatiempos y separarnos de aquellas vanas complacencias. Por esto pasa de largo, y deja que nos emperecemos, y después, cuando queremos buscarle tenemos gran trabajo para encontrarle. Bien merecido lo tenemos, porque hemos sido tan infieles y desleales a su amor, que nos hemos negado a su ejercicio para seguir el de las cosas del mundo. ¡Ah! ya tienes la harina de Egipto; no recibirás el maná del cielo. Las abejas aborrecen todos los olores artificiales, y las suavidades del Espíritu Santo son incompatibles con las delicias artificiosas de este mundo.

4. La doblez y la afectación en las confesiones y en el trato espiritual con el director, atraen las sequedades y la esterilidad; porque, puesto que mientes al Espíritu Santo, no se maravilla si te niega su consuelo; no quieres ser sencilla y simple como un niño pequeño, luego tampoco tendrás las golosinas de los niños.

5. Estás saciada de goces mundanos: no es, pues, extraño, si no hallas gusto en las delicias espirituales. Dice el antiguo proverbio que a las palomas, cuando están hartas, les parecen amargas las cerezas. «Has llenado de bienes -dice la Madre de Dios- a los hambrientos y has dejado vacíos a los ricos». Los ricos de placeres mundanos no están dispuestos para los goces espirituales.

6. ¿Has conservado bien el fruto de los consuelos recibidos? Pues recibirás otros, porque «al que tiene se le dará más, y al que no tiene lo que le han dado, porque lo ha perdido por su culpa, aun esto le será arrebatado», es decir, le privarán de las gracias que le tenían preparadas. Es muy cierto que la lluvia vivifica las plantas que están verdes; pero a las que no lo están, les quita aun la vida que no tienen, pues enseguida las pudre.

Por estas diversas causas perdemos las devotas consolaciones y caemos en la sequedad y esterilidad de espíritu: examinemos, pues nuestra conciencia, para ver si descubrimos en nosotros alguno de estos defectos. Pero ten en cuenta, Filotea, que este examen no ha de hacerse con inquietud ni excesiva curiosidad, sino que, si después de haber considerado fielmente nuestro comportamiento en este punto, encontramos la causa del mal, hemos de dar las gracias a Dios, porque el mal está ya en parte curado cuando se ha descubierto su causa. Si, al contrarío, nada ves de particular que te parezca que haya podido dar ocasión a esta sequedad, no pierdas el tiempo en un más detenido examen, sino que, con toda simplicidad, sin examinar ninguna otra particularidad, haz lo que te diré:

1. «Humíllate mucho delante de Dios, con el conocimiento de tu nada y de tu miseria. ¡Ah!, ¿qué soy, pobre de mí, cuando estoy dejada a mi arbitrio? Nada más, Dios mío, que una tierra seca, la cual agrietada por todas partes, muestra la sed que tiene de la lluvia del cielo, y, entretanto, el viento la disipa y la convierte en polvo».

2. Invoca a Dios, y pídele su alegría: «Devuélveme, ¡oh Señor!, la alegría de tu salud. Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Huye de aquí, viento infructuoso, que secas mi alma, y ven, agradable brisa de las consolaciones, sopla en mi jardín, y tus buenos efectos derramarán el olor de suavidad».

3. Acude al confesor; ábrele bien tu corazón; muéstrale todos los repliegues de tu alma; sírvete de los consejos que te dará, con gran simplicidad y humildad, porque Dios, que gusta infinitamente de la obediencia, hace que sean útiles los consejos que recibimos de otros, sobre todo de los directores de almas, aunque por otra parte, estos consejos sean de poca apariencia, como hizo provechosas a Naamán las aguas del Jordán, cuyo uso le había ordenado Elíseo, sin ninguna apariencia de razón humana.

4. Pero, después de lo dicho, nada hay tan provechoso en las sequedades y esterilidades como el no ansiar ni dejarse dominar por el deseo de ser liberada. No digo que no se puedan tener simples deseos de verse libre de ellas; lo que digo es que no hemos de poner en ello el corazón, sino, antes bien, abandonarnos a la pura merced de la especial providencia de Dios, a fin de que se sirva de nosotros, según le plazca, en medio de estas espinas y de estos desiertos. En tal estado, pues, digamos a Dios: « ¡Oh Padre!, si es posible, que pase de mí este cáliz»; pero añadamos con valor: «mas no se haga mi voluntad sino la tuya»; y detengámonos en esto con toda la calma que nos sea posible, ya que Dios, al vernos en esta santa indiferencia, nos consolará con gracias y favores, así como al ver a Abrahán resuelto a privarse de su hijo Isaac, se contentó con verle indiferente y con aquella pura resignación, y le consoló con una visión muy agradable y con dulcísimas bendiciones. Luego, en toda clase de aflicciones, así corporales como espirituales, y en las distracciones y privaciones de la devoción sensible, hemos de decir, con todo nuestro corazón y con una profunda sumisión: «El Señor me ha dado los consuelos, el Señor me los ha quitado; sea bendito su santo Nombre», pues, perseverando en esta humildad, nos devolverá sus deliciosos favores, como hizo con Job, el cual se sirvió constantemente de parecidas palabras en todas sus desolaciones.

5. Por último, Filotea, en medio de todas nuestras inquietudes y esterilidades, no perdamos el ánimo, sino que, esperando pacientemente la vuelta de los consuelos, sigamos siempre nuestro camino; no dejemos, por ello, ninguno de los ejercicios de devoción, antes bien, si es posible multipliquemos nuestras buenas obras, y, si no podemos presentar a nuestro amado Esposo confituras tiernas, ofrezcámoselas secas, pues le da lo mismo, con tal que el corazón que se las presente esté absolutamente resuelto a quererle amar. Cuando la primavera es buena, las abejas fabrican más miel y producen menos abejorros, porque, siendo favorable el buen tiempo, se esmeran en hacer tanta cosecha entre las flores, que olvidan la cría de sus ninfas; pero, cuando la primavera es desapacible y nublada, producen más ninfas y no tanta miel, porque, no pudiendo salir para la cosecha, se ocupan en poblarse y en multiplicar la raza. Filotea, ocurre algunas veces que el alma, al verse en la hermosa primavera de las consolaciones espirituales, se entretiene tanto en amontonarlas y en chupar de ellas, que, en medio de la abundancia de tan suaves delicias, hace muchas menos buenas obras, y, al contrario, en medio de las asperezas y esterilidades espirituales, según se ve privada de los agradables sentimientos de la devoción, multiplica mucho más las obras sólidas y abunda en la producción interior de las verdaderas virtudes de la paciencia, humildad, propia abyección, resignación y abnegación de su amor propio.

Es, pues, un gran abuso en muchos, particularmente en las mujeres, creer que el servicio que hacemos a Dios sin gusto, sin ternura de corazón y sin sentimiento, es menos agradable a la divina Majestad; al contrario, nuestros actos son como las rosas, las cuales cuando están frescas son más bellas, pero, en cambio, cuando están secas despiden más olor y es mayor su fortaleza. Lo mismo ocurre en nuestro caso: aunque nuestras buenas obras, hechas con ternura de corazón, sean más agradables a nosotros, porque no miramos más que nuestro propio deleite, hechas con sequedad y esterilidad son más olorosas, y tienen más valor delante de Dios. Sí, amada Filotea, en tiempo de sequedad, nuestra voluntad nos lleva al servicio de Dios como por la fuerza, por lo que entonces es menester que esta voluntad sea más vigorosa y constante que en tiempo de ternura. No es gran cosa servir a un príncipe en medio de las delicias de la corte; servirle, empero, en la dureza de la guerra, en medio de la incertidumbre y de las persecuciones, es una verdadera señal de constancia y de fidelidad. La bienaventurada Angela de Foliño dice que la oración más grata a Dios es la que se hace por fuerza y con tedio, es decir, aquella a la cual somos llevados, no por el gusto que en ella sentimos, ni por la propia inclinación, sino únicamente por el deseo de agradar a Dios, de manera que nuestra voluntad vaya a regañadientes, forzando y violentando las sequedades que a ello se oponen. Lo mismo digo de toda clase de buenas obras, pues cuantas más contradicciones, ya exteriores ya interiores, nos salen al paso al hacerlas, más apreciadas y más agradables son delante de Dios. Cuanto menos hay de nuestro interés particular en la práctica de las virtudes, tanto más resplandece en ellas la pureza del amor: el niño besa de buen grado a su madre cuando le da azúcar, pero si la besa después de haberle dado ajenjo o acíbar, señal es de que la ama en gran manera.

 

CAPÍTULO XV

CONFIRMACIÓN Y ACLARACIÓN DE LO QUE HEMOS DICHO, CON UN EJEMPLO NOTABLE

Mas, para hacer más evidente esta instrucción, quiero poner aquí un caso de la historia de San Bernardo, tal como lo he encontrado en un docto y prudente escritor. Dice así:

A casi todos los que comienzan a servir a Dios y no son todavía experimentados en las privaciones de la gracia ni en las vicisitudes de la vida espiritual, les ocurre que, al faltarles el gusto de la devoción sensible y la agradable luz que les invita a correr por el camino de Dios, pierden enseguida el aliento y caen en la pusilanimidad y tristeza de corazón. Los doctos dan esta razón, a saber, que la naturaleza racional no puede estar mucho tiempo hambrienta y sin ningún deleite celestial o terreno. Ahora bien, así como las almas elevadas sobre sí mismas por el gusto de los placeres superiores, fácilmente renuncian a las cosas visibles, así también, cuando por disposición divina se ven privadas del goce espiritual, al verse también faltas de los consuelos materiales y no estando todavía acostumbradas a esperar el retorno del verdadero Sol, les parece que no están ni en el cielo ni en la tierra, y que vivirán sumidas en una noche perpetua; así como los niños pequeños cuando les destetan echan de menos la leche materna, de la misma manera estas almas languidecen y gimen y se vuelven displicentes e impertinentes, principalmente consigo mismas.

Esto, pues, aconteció, en el viaje de que tratamos, a uno de la comunidad, llamado Godofredo de Perona, consagrado, hacía poco, al servicio de Dios. Invadido súbitamente por la sequedad, privado de consuelo y lleno de tinieblas interiores, comenzó por acordarse de sus amigos del mundo, de sus parientes, de las riquezas que acababa de dejar, y fue acometido por una fuerte tentación, de la cual, por no haberla podido ocultar en su interior, se dio cuenta uno de sus amigos íntimos, quien, después de habérselo ganado con dulces palabras, le dijo confidencialmente: «¿Qué te ocurre? ¿Qué pasa, que, contra tu carácter, te vuelves pensativo y triste?» Entonces, Godofredo, suspirando profundamente, respondió: « ¡Ay, hermano! jamás en toda mi vida, estaré alegre». El compañero, movido a compasión por estas palabras, corrió, con celo fraternal, a contarlo al padre común, San Bernardo, el cual, al ver el peligro, entró en una iglesia cercana, para rogar a Dios por él. Godofredo, entretanto, agotado por la tristeza, puso la cabeza sobre una piedra y se durmió. Al poco rato, ambos se levantaron: el uno de la oración con la gracia alcanzada, y el otro del sueño, con el rostro tan sonriente y sereno, que su querido amigo, maravillado de un cambio tan grande y tan repentino, no pudo contenerse de recordarle amigablemente lo que antes le había respondido; entonces Godofredo le replicó: «Sí antes te dije que nunca estaría alegre, ahora te aseguro que jamás estaré triste».

Así terminó la tentación de aquel devoto personaje. Pero en esta historia, repara, amada Filotea: 1. Que Dios, ordinariamente, da a gustar algún anticipo de las delicias celestiales a los que comienzan a servirle, para apartarlos de los placeres terrenos y alentarles en la prosecución del divino amor, como la madre que, para atraer a su seno a su hijo, se pone miel en los pechos. 2. Que, no obstante, es este mismo Dios bueno, quien, a veces, según sus sapientísimos consejos, nos quita la leche y la miel de los con suelos, para que destetados de esta manera, aprendamos a comer el pan seco y más sólido de una devoción vigorosa, purificada con la prueba de la aridez y de las tentaciones. 3. Que, a veces, en medio de las arideces y de las sequedades, estallan grandes tormentas, y, entonces, es menester combatir con constancia las tentaciones, porque no vienen de Dios; es, empero, necesario sufrir con paciencia las sequedades, pues Dios las ha ordenado para nuestro ejercicio.4. Que nunca hemos de perder el ánimo en medio de los enojos interiores, ni decir como el buen Godofredo: «Jamás estaré alegre», pues en medio de la noche hemos de esperar la luz; y, recíprocamente, durante la mayor bonanza espiritual de que podamos gozar, nunca hemos de decir: «Jamás estaré triste»; no, porque, como dice el Sabio, «en los días de la prosperidad nos hemos de acordar de la adversidad». Hemos de esperar en medio de las penas, y hemos de temer en medio de las prosperidades, y, en ambos casos, siempre nos hemos de humillar. 5. Que es un excelente remedio el descubrir nuestro mal a algún amigo espiritual que pueda consolarnos.

Finalmente, para poner fin a esta advertencia, que es tan necesaria, hago notar que, como en todas las cosas, también en éstas, nuestro buen Dios y nuestro enemigo, tienen designios opuestos, ya que, por estas tribulaciones, quiere Dios conducirnos a una gran pureza de corazón, a una completa renuncia de nuestro propio interés en las cosas que son de su servicio, y a un perfecto desasimiento de nosotros mismos; y el maligno al contrario, procura, echar mano de estas penas para desalentarnos, para hacer que nos inclinemos de nuevo del lado de los placeres sensuales, y, finalmente, para lograr que nos hagamos enojosos a nosotros mismos y a los demás, para desacreditar y difamar la devoción. Pero, si observas las enseñanzas que te he dado, harás grandes progresos en la perfección, merced al ejercicio que harás en medio de estas aflicciones interiores, acerca de las cuales no quiero acabar de hablar sin decirte todavía una palabra.

A veces la apatía, las arideces y las sequedades provienen de la mala disposición del cuerpo, como acaece cuando por el exceso de vigilias, de trabajo, de ayunos, se siente agobiado de cansancio, de modorra, de pesadez y de otras parecidas debilidades, las cuales aunque sólo afectan a él, no dejan, empero, de incomodar al espíritu, por la estrecha relación que, entre ambos, existe. Por lo mismo, en tales ocasiones, es menester acordarse siempre de hacer muchos actos de virtud con la punta de nuestro espíritu y voluntad superior, porque, si bien parece que nuestra alma duerme y está invadida de sopor y dejadez, con todo, los actos de nuestro espíritu no dejan de ser muy agradables a Dios, y, en este estado, podemos muy bien decir con la sagrada Esposa: «Yo duermo, pero mi corazón está en vela»; y, como he dicho más arriba, si sentimos menos gusto en trabajar de esta manera, hay, empero, más mérito y virtud. Pero, en este caso, el remedio está en vigorizar el cuerpo con algún legítimo alivio y recreación. Así San Francisco mandaba a sus religiosos que fuesen tan moderados en sus trabajos, que no quedase ahogado el fervor del espíritu.

Y, a propósito de este glorioso Padre, una vez fue combatido y dominado por una tan profunda melancolía de espíritu, que no podía disimularla en su semblante. Si quería estar con sus religiosos, no podía; si se separaba de ellos, era peor; la abstinencia y la maceración de la carne le agotaban, y la oración no le producía ningún alivio. Dos años estuvo así, de tal manera, que parecía completamente abandonado de Dios; pero, al fin, después de haber sufrido humildemente fuerte tempestad, el Salvador, en un momento, le devolvió la bienaventurada paz. Esto quiere decir que los más grandes siervos de Dios están sujetos a estas sacudidas, por lo que los más pequeños no han de maravillarse si les alcanza alguna de ellas.