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P. Bustos ,
S.J. - La Gracia
II. LA VIDA
DEL HOMBRE JUSTIFICADO
-
1. La
inhabitación trinitaria: la gracia
increada:
-
templos del
EspÍritu Santo (1 Cor. 6,19)
-
hijos del
Padre (Gál. 4,68; Rom. 8,1516)
-
miembros del
cuerpo de Cristo (1 Cor. 12,1231a)
-
la
fraternidad: dimensión social de nuestra
incorporación a Cristo
- 2. El hombre
en Cristo: la nueva creatura
- 3. La
experiencia de la gracia
- 4. El
crecimiento de la gracia, los méritos y el
premio
- 5. La vida en
la fe, la esperanza y la caridad
- 6. Caridad,
historia y escatología.
II. LA VIDA DEL HOMBRE
JUSTIFICADO
1. La inhabitación trinitaria: la gracia
increada
Vamos a dedicar esta segunda charla a la vida del hombre
justificado y por tanto trasformado. El concilio de Trento
enseña que el hombre no sólo recibe el
perdón de los pecados, sino que es santificado.
Nosotros, santificados por Dios, hemos sido hechos santos.
En esto consiste la santidad, en la amistad con Dios que se
recibe gratuitamente. Hemos dicho antes que la gracia es
Dios mismo. Por eso podemos hablar de la gracia increada. Es
decir, Dios mismo que se nos da como gracia. La gracia no
es, por supuesto, una cosa ni, primariamente, una cualidad
que Dios nos da, ni siquiera la trasformación que se
opera en nosotros. La gracia es Dios mismo que se comunica a
nosotros. La gracia es la relación de amistad que
tengo con Dios, o mejor dicho, que tiene Dios conmigo y que
yo acojo. El pecado es lo contrario, es la situación
de ruptura, de enemistad con Dios, que ocurre siempre por
parte mía. Porque Dios nunca rompe su amistad
conmigo. Dice el profeta Isaías (49,15): "¿Puede
una mujer olvidarse de su criatura, dejar de querer al hijo
de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidara, Yo no
te olvidaría"
Templos del Espíritu Santo
Esta amistad de Dios, este Dios comunicado a mi mismo es
el Espíritu Santo. El Espíritu Santo es Dios
que se derrama en nuestros corazones. Por eso, una posible
definición del hombre cristiano es que somos "templos
del Espíritu Santo". Templo es el lugar donde habita
la divinidad. Templo del Espíritu Santo quiere decir
que mi propio ser, mi vida, mi existencia, es el lugar donde
el Espíritu Santo habita. El Espíritu Santo es
el don del Resucitado. En todas las apariciones del
Señor Resucitado se repetía "recibid el
Espíritu Santo". En el evangelio de Juan, en el
momento de su muerte, Jesús exhala su
Espíritu. Esto no quiere decir tanto que Jesús
entregue su alma a Dios al morir, como que al morir nos
entrega el Espíritu Santo a nosotros.
Hijos del Padre
Este Espíritu Santo que vive en nosotros, nos
transforma en hijos de Dios Padre. Esto lo dice Pablo dos
veces, en la cartas a los gálatas (4,6-8) y a los
romanos (8,16). Leo el texto de gálatas: "Como prueba
de que sois hijos envió Dios a nuestros corazones el
Espíritu de su Hijo para que grite
'¡Abbá, Padre!'. De manera que ya no eres
esclavo sino hijo y si eres hijo también heredero por
la gracia de Dios".
Es preciso entender el término hijo de Dios en una
doble dimensión. Todos los hombres somos hijos de
Dios en cuanto hemos sido creados por El y en cuanto estamos
llamados por El a participar de su propia vida divina. El
hijo tiene la misma vida que el padre. Los padres comunican
a sus hijos su propia vida. Los hombres estamos llamados a
vivir la propia vida de Dios. Pero hijos de Dios plenamente
son quienes, gracias a la fe, han recibido de Dios su vida
divina. Todos los hombres somos hijos de Dios. Pero ese ser
hijos de Dios lo realizamos plenamente en la medida en que
el Espíritu Santo viene a nuestro corazón, en
la medida en que el Espíritu Santo desde nosotros
dama a Dios llamándole Padre.
Es lo mismo que decíamos el año pasado en
La Coruña sobre el hombre como imagen de Dios. El
hombre ha sido creado a imagen de Dios, es ya imagen de
Dios, pero tiene que realizarse como imagen de Dios. Los
Santos Padres, en la exégesis de Gén 1,26,
distinguían entre el hombre ya creado a imagen de
Dios y la semejanza de Dios, que el hombre ha de realizar en
su existencia. Somos ya imagen de Dios, porque así
hemos sido creados, pero hemos de dejar al Espíritu
de Dios trasformar esa imagen en una imagen semejante.
Porque podemos ser una imagen de Dios mala, que se parezca
poco, no semejante sino desemejante. Todos los hombres somos
hijos de Dios pero somos más o menos hijos de Dios,
más plenamente hijos de Dios en la medida en que el
Espíritu Santo actúa en nosotros y vive en
nosotros.
Miembros del cuerpo de Cristo
Hijos de Dios, templos del Espíritu, hermanos de
Cristo, o si lo prefieren miembros del Cuerpo de Cristo. Es
otra imagen, desarrollada por Pablo en la primera carta a
los corintios (1 Cor. 12,12-31). El Espíritu Santo
nos hace miembros del Cuerpo de Cristo. En potencia, toda la
humanidad somos miembros de ese cuerpo del cual Cristo es la
cabeza. Ahora bien, el Espíritu Santo, dentro de
nosotros nos va convirtiendo en miembros vivos de ese cuerpo
de Cristo: "Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y sus
miembros tomados individualmente" (1 Cor. 12,27).
Esta es la participación en la vida trinitaria.
Nuestra relación con las personas de la Trinidad es
distinta, según las personas son distintas. Somos
hijos del Padre, hermanos menores de Jesús o miembros
de su Cuerpo, templos del Espíritu Santo. En el fondo
todo esto son metáforas, formas de expresión,
para que podamos hablar y comprender la realidad de la vida
trinitaria comunicada a nosotros en Cristo.
La fraternidad: dimensión social de nuestra
incorporación a Cristo
Desde el punto de vista cristiano, lo que hemos dicho es
lo que más radicalmente constituye al hombre en su
ser. Y ello es la realidad de ser hijos de Dios, hermanos de
Cristo, miembros de su Cuerpo, templos del Espíritu.
En consecuencia toda otra realidad y, por supuesto, todas
las otras diferencias entre los hombres no son constitutivas
de nada importante. Lo dice Pablo en un texto importante,
del que, quizá, los cristianos no hemos sacado todas
las consecuencias (Gal. 3,26-28): "Mediante la fe todos sois
hijos de Dios en Cristo Jesús; pues los que os
bautizasteis en Cristo os vestisteis de Cristo; no existe
judío, ni griego, no existe esclavo ni libre, no
existe varón y hembra, pues todos vosotros sois uno
en Cristo Jesús".
Pablo señala aquí las tres grandes
diferencias existentes en la sociedad de su tiempo, tal como
son percibidas desde la perspectiva judía para negar
su relevancia en comparación con la verdadera
realidad que constituye a los hombres: la de ser hijos de
Dios. Hoy podríamos decir que ser negro o blanco, ser
varón o ser mujer, vivir en las naciones opulentas
del norte o en el tercer mundo, no son, en el fondo,
diferencias significativas, porque lo que define al hombre
no es si es varón o mujer, si es blanco o negro, si
vive en la opulencia o la miseria, sino su cualidad de haber
recibido el Espíritu de Dios que le ha trasformado en
hijo del Padre y en hermano de Cristo. Evidentemente esta
verdad cristiana no justifica ninguna manipulación
ideológica de los débiles y de los pobres. Al
contrario, creer que esas diferencias no son
últimamente significativas exige hacer realidad que
no sean significativas.
Nuestra incorporación a Cristo como miembros de su
cuerpo o hermanos suyos nos convierte obviamente en hermanos
de todos los hombres. La fraternidad es correlativa a la
filiación, al hecho de ser hijos de Dios. Llamar a
Dios Padre, cada vez que rezamos el Padre Nuestro, equivale
a llamar hermanos a todos los hombres. Ser hijos de Dios y
hermanos de todos los hombres son términos
correlativos. En Vigo hablamos de la dimensión social
de todo lo humano y subrayamos la dimensión social y
solidaria o mejor, quizá de insolidaridad del pecado.
Es claro que la gracia tiene también su
dimensión social. Esa dimensión social es la
fraternidad. La gracia nos trasforma en hermanos de todos
los hombres.
2. El hombre en Cristo: la nueva creatura
El primer punto con que he empezado esta segunda charla
se puede resumir con una frase que tiene San Atanasio en su
sermón sobre la Encarnación: "Dios se ha hecho
hombre para que nosotros nos hagamos divinos". La gracia es,
pues, Dios comunicado en nosotros que nos transforma en
hijos suyos y hermanos de todos los hombres. Subrayo ahora
eso que hemos dicho: la gracia de Dios, el Espíritu
Santo derramado en nuestros corazones nos transforma, hace
algo en nosotros. Para los teólogos
escolásticos, los más viejos del lugar seguro
que lo recuerdan, sobre todo los jesuitas que me escuchan
que lo habrán estudiado así , la gracia era
una cualidad que Dios colocaba en el hombre y por eso El
podía habitar en nuestro espíritu. Desde
Ranher la cuestión se ve al revés: Dios viene
a nosotros y esa su presencia en nuestra alma es lo que nos
transforma. Vamos a explicitar un poco en qué
consiste esa transformación.
La gracia hace libre nuestra libertad
(1) . A lo largo de la historia
se ha dado una polémica tremenda en torno a la
relación entre gracia y libertad. No me
referiré a esa polémica porque me parece que
hoy es sólo de interés arqueológico; es
decir, que ha perdido todo interés vital.
La cuestión sobre la relación entre gracia
y libertad se ha planteado recurrentemente en la historia
estos términos: ¿la actuación cristiana,
santa, del hombre es un don que Dios concede o es fruto de
la libertad humana? Pues bien, el planteamiento es
incorrecto si la actuación de Dios en el hombre, es
decir, su gracia y las decisiones del hombre personalmente
asumidas, o sea, su libertad se ven en oposición o
como causas concurrentes en un mismo nivel. Al contrario, el
plano de actuación de Dios y el plano de
actuación del hombre son planos que no compiten. En
este punto estamos en el centro de la fe cristina, que
confiesa a Jesucristo como verdadero Dios y verdadero
hombre. No podemos pensar que Jesucristo es un hombre
imperfecto porque es Dios ni que es un Dios de segunda
categoría porque es hombre. Al revés: cuanto
más verdaderamente humano, más divino, y
cuanto más divino, más radicalmente humano.
Por tanto nuestra actuación como hijos de Dios es al
cien por cien obra de nuestra libertad y gracia Dios
también. Claro que esta afirmación se puede
hacer respecto a Cristo con absoluta verdad, porque Cristo
no conoció pecado, y respecto a nosotros sólo
se puede hacer imperfectamente porque sólo
imperfectamente correspondemos a la gracia de Dios.
En La Coruña, el año pasado,
hablábamos de que Jesús, por el hecho de no
pecar, no era menos humano que nosotros, al faltarle algo
que a primera vista nos parece tan radicalmente humano y tan
nuestro como el pecado. Si nosotros no estuviéramos
afectados por el pecado seriamos enormemente distintos de lo
que somos. ¡Hasta tal punto el ser hombre está
marcado por el pecado! Allí refutábamos esa
objeción diciendo que precisamente el ser hombre es
ser imagen de Dios y en la medida en que Jesús
reproduce mejor la imagen de Dios que nosotros es, por ello,
hombre más perfecto que nosotros. O sea que el pecado
es lo que nos hace ser menos perfectamente hombres.
Algo semejante ocurre con la gracia. En la medida en que
nosotros recibimos la gracia, en esa misma medida somos
más libres, porque libertad no es la capacidad de
elegir entre el mal y el bien, sino que libertad es la
capacidad de elegir el bien. Suponer que la libertad
consiste en elegir entre lo bueno y lo malo es una
corrupción de nuestra percepción de lo que es
libertad, producida precisamente por el pecado. Así
pues, elegir el mal no es propiamente libertad, sino
esclavitud del pecado. Cuanto más
gracia, más libertad y cuanto más libertad,
más elegimos el bien. Cito a San Agustín:
"¿Anulamos la libertad con la gracia? Ni hablar, Sino
que más bien la establecemos. Pues lo que hace la
gracia es dar salud a la voluntad para amar libremente la
justicia (2).
Si la gracia libera nuestra libertad, la forma de vivir
propia del cristiano es lo que, de nuevo con palabras de
Pablo, se ha llamado la libertad de los hijos de Dios. Una
vez que la gracia ha liberado, está liberando nuestra
libertad, somos libres, cada vez más libres. El
cristiano no esta esclavizado ni mal y ni a la ley: "Ama y
haz lo que quieras" fue el resumen de S. Agustín.
Pablo en la carta a los gálatas (5,1) dice que "para
la libertad os liberó Cristo". Así pues, la
libertad de los hijos de Dios, el vivir siendo capaces de
elegir el bien, en esto consiste la libertad , es la obra de
Cristo. La libertad para el cristiano es un valor absoluto.
No un valor al servicio de otro valor de mayor rango, porque
la libertad en la concepción cristiana se identifica
con el amor. Ser libre es tener a pleno rendimiento la
capacidad de amar desinteresadamente. Por eso Pablo
añade a continuación (Gál. 5,3):
"Haceos esclavos unos de otros por el amor". En el fondo,
ser libres para amar a los otros y esclavos de los otros por
la caridad es lo mismo.
En la tradición mística la gracia es tan
importante, de tal manera toca lo nuclear de nuestro ser
hombres y de nuestra existencia que con ella nos sobran
todas las demás cosas. Aduzco tres testigos de esta
experiencia.
Primero, el mismo Pablo cuando en 2 Corintios (12,7-9) se
refiere a la espina de Satanás de la que quiere verse
libre. Una espina de Satanás sólo puede ser o
un defecto o una enfermedad. Pablo se refiere probablemente
a una enfermedad, según podemos deducir de otras
cartas suyas. Así pues, con toda probabilidad la
espina de Satanás es una enfermedad de la cual quiere
verse libre. La respuesta del Señor a Pablo ha sido:
"Te basta mi gracia. Pues la fuerza se realiza en la
debilidad".
San Ignacio de Loyola en la oración que pone al
final del libro de los Ejercicios, "Tomad Señor y
recibid...", acaba pidiendo "dadme vuestro amor y gracia que
esta me basta". Por fin, Santa Teresa de Jesús en la
letrilla, "nada te turbe, nada te espante, sólo Dios
basta", nos testimonia la misma experiencia. Que la
realización del hombre se identifica con la
recepción de la gracia de Dios. La realización
del hombre es, pues, esta vida divina que nos libera para el
amor y la libertad.
3. La experiencia de la gracia
Quizá a alguien le esté viniendo a la mente
una cuestión importante. Esto de ser templo del
Espíritu Santo, eso de que Dios está en mi
corazón... ¿es de algún modo comprobable?
¿podemos tener de ello alguna percepción, alguna
experiencia? Si hay corriente eléctrica se puede
comprobar. Basta enchufar o dar al interruptor y se enciende
la bombilla. Sin embargo, en esto de la gracia,
¿podemos temer alguna percepción? ¿La
gracia de Dios comunicada a nuestro corazón es
experimentable de alguna manera?.
En este aspecto el pensamiento de Lutero influyó
en la teología católica de forma negativa.
Lutero mantenía que con tal de confiar en que Dios
nos otorgaba la salvación, el hombre ya estaba
salvado. Entonces, como yo sé que confío en
Dios, es decir, que tengo fe, ya sé que tengo la
gracia de Dios, por lo tanto, ya tengo mi salvación
segura. Esto lo criticó el concilio de Trento
afirmando que nadie podía estar absolutamente seguro
de que Dios se le había comunicado. En el pensamiento
católico, se unió el tema de la experiencia de
la gracia con la certeza de la salvación y por tanto
con la sospecha de luteranismo. De ahí se
acabó por pensar que la gracia era
inexperimentable.
También en este tema ha sido Ranher el que ha dado
la vuelta a la cuestión. Se puede experimentar la
gracia. Experimentar la gracia es experimentar la presencia
de Dios. De alguna manera experimentar a Dios mismo. Pero
Dios no es ningún objeto ni la experiencia de Dios es
algo del mismo nivel que la experiencia de cualquier
realidad creada, aunque tal realidad sea personal. Por tanto
la experiencia de la gracia, en cuanto experiencia que tiene
algo que ver con Dios y que es la experiencia de Dios en mi
corazón, es una experiencia tan peculiar, que es en
cierto sentido "inexperimentable". Valga la paradoja. Pero
como dijo en alguna ocasión el papa Pablo VI, cuando
el hombre se encuentra con Dios, cuando el hombre
experimenta a Dios, esa experiencia es inconfundible con
cualquiera otra.
Voy a copiar un texto de Ranher sobre la experiencia de
la gracia. El texto nos da testimonio no sólo de la
mente de teólogo del autor sino, más si cabe,
de su corazón de creyente y de cristiano. Creo que
este texto resume perfectamente lo que se puede decir sobre
la experiencia de la gracia. Como Rahner sugiere, la gracia
se experimenta cuando nosotros somos "graciosos". Es decir,
cuando nuestras relaciones con los demás y con Dios
son relaciones de gratuidad. Son relaciones en las que prima
el don, la autodonación, la entrega, el
perdón. Es decir, cuando nuestras relaciones con los
demás no son relaciones comerciales, que son las que
habitualmente tenemos. A lo largo del día la mayor
parte de nuestras relaciones son comerciales. Trabajamos y
nos pagan. Compramos y vendemos. Hasta desplazarnos en
autobús implica una relación comercial.
Entonces, lo comercial tiende a llenar nuestra vida y
tenemos peligro de que también las relaciones humanas
y con Dios las vivamos como relaciones comerciales. Llamo
relaciones comerciales a todas aquellas en las que funciona
el "te doy para que me des" de una u otra manera. Pues bien,
hay experiencia de la gracia cuando nuestras relaciones con
Dios y con los demás no son de este tipo.
Dice Ranher (3):
- "¿Nos hemos callado alguna vez, a pesar de
las ganas de defendernos, aunque se nos haya tratado
injustamente? ¿Hemos perdonado alguna vez, a
pesar de no tener por ello ninguna recompensa, y
cuando el silencioso perdón era aceptado como
evidente? ¿Hemos obedecido alguna vez no por
necesidad o porque de no obedecer hubiéramos
tenido disgustos, sino sólo por esa realidad
misteriosa, callada, inefable que llamamos Dios y su
voluntad? ¿Hemos hecho algún sacrificio
sin agradecimiento ni reconocimiento, hasta sin sentir
ninguna satisfacción interior? ¿Hemos
estado alguna vez totalmente solos? ¿Nos hemos
decidido alguna vez sólo por el dictado
más íntimo de nuestra conciencia, cuando
no se lo podemos decir ni aclarar a nadie, cuando se
está totalmente sólo y se sabe que se
toma una decisión que nadie le quitará a
uno, de la que habrá que responder para siempre
y eternamente? ¿Hemos intentado alguna vez amar a
Dios cuando no nos empujaba una ola de entusiasmo
sentimental, cuando uno no puede confundirse con Dios
ni confundir con Dios el propio empuje vital, cuando
parece que uno va a morir de ese amor, cuando ese amor
parece como la muerte y la absoluta negación,
cuando parece que se grita en el vacío y en lo
totalmente inaudito, como un salto terrible hacia lo
sin fondo, cuando todo parece convertirse en inasible
y aparentemente absurdo? ¿Hemos cumplido un deber
alguna vez, cuando aparentemente sólo se
podía cumplir con el sentimiento abrasador de
negarse y aniquilarse a sí mismo, cuando
aparentemente sólo se podía cumplir
haciendo una tontería que nadie le agradece a
uno? ¿Hemos sido alguna vez buenos para con un
hombre cuando no respondía ningún eco de
agradecimiento ni de comprensión, y sin que
fuéramos recompensados tampoco con el
sentimiento de haber sido "desinteresados", decentes,
etc?
Busquemos nosotros mismos en esas experiencias de nuestra
vida, indaguemos las propias experiencias en que nos ha
ocurrido algo así. Si las encontramos, es que hemos
tenido la experiencia del espíritu a que nos
referimos."
Ahí tenemos la gracia de Dios actuando en
nosotros. Podemos experimentar la gracia en nuestra propia
donación. Cuando nuestra forma de vivir, de actuar,
de ser, es análoga a la de Dios manifestada en
Jesús. En el fondo, la experiencia de la gracia es la
experiencia del amor desinteresado.
A mi me gusta decir que el Espíritu Santo
está presente allá donde se dan tres cosas:
alegría, comunicación entre distintos y
servicio. Allá donde se den estas cosas el
Espíritu Santo, o la gracia de Dios, como prefieran,
está presente. Y, al revés, si falla alguna de
las tres es difícil pensar que se encuentra
allí el Espíritu de Dios. Esa es una de las
dimensiones del mensaje de Pentecostés: "Partos,
medos, y elamitas, habitantes de Mesopotamia, Judea y
Capadocia, del Ponto y Asía, Frigia y Panfilia,
Egipto y los distritos de Libia junto a Cirene, romanos,
judíos y prosélitos, cretenses y
árabes, les oímos hablar en nuestra propia
lengua las grandes obras de Dios" (Hech. 2,9-11). Gentes
distintas, de mentalidades, opiniones e ideologías
distintas se entienden. Donde hay comunicación entre
distintos, no sólo entre los del mismo partido o de
la misma facción, sino entre los de partidos
distintos, servicio desinteresado, y todo ello vivido con
gozo, allí está sin duda el Espíritu
Santo.
La gracia es, pues, experimentable. No se puede
experimentar como se experimenta un objeto, no se puede
medir, contar, o pesar, porque no es una cosa sino la vida
de Dios dentro de nosotros. Esa vida es comunicación
y donación. La gracia se puede experimentar, pues,
donde hay comunicación y donación. La gracia
es la amistad con Dios. Por eso se puede experimentar, pero
como se experimenta la amistad.
4. El crecimiento de la gracia, los méritos y
el premio
Ahora bien, ¿podernos hablar de méritos y de
premio, como con frecuencia ha hecho la tradición?
Creo que podemos hablar de méritos y de premio con
tal de que lo entendamos bien. Aunque el concepto de premio
me parece que casi siempre nos traiciona. Desde luego en
muchos textos bíblicos se habla de méritos: Mt
16,27; Rom. 2,6; 14,10-12; 1Cor 3,8; 2Cor 5,10...
Los méritos deben ser entendidos siempre como la
obra de la gracia de Dios en nosotros y el premio no puede
ser entendido extrínsecamente a la actuación.
Me explico.
Nuestros méritos no son ni más ni menos que
lo que la gracia de Dios ha conseguido hacer en nosotros.
Hemos dicho que la gracia es la comunicación de Dios,
la gracia es la amistad. Esto significa que en la gracia se
puede crecer, como puede crecer la comunicación y la
amistad. Se puede estar cada vez más unido a Dios, la
comunicación de Dios a nosotros puede ser recibida
por nosotros de una manera cada vez más plena. La
gracia no es una cosa, sino que es algo que se vive como se
vive la amistad: puede ir a más y puede ir a menos;
incluso puede perderse como se puede perder la amistad.
Entonces nuestros méritos son las buenas obras que
hacemos. Pero esas buenas obras son la actuación de
la gracia en nosotros, gracia que previamente hemos acogido.
Así pues, hacer más méritos es acoger
más la gracia y dejarla actuar más libremente
en nosotros.
El concilio de Orange (año 529) dice en su canon
9, contra los semipelagianos, citando a San Agustín:
"Es gracia divina que pensemos rectamente y que contengamos
nuestros pies de la falsedad y de la injusticia, porque
cuantas veces bien obramos, Dios para que obremos obra en
nosotros y con nosotros". El mismo San
Agustín dice en una de sus cartas: "Dios actúa
de tal manera que hace que sea obra nuestra lo que es don
suyo"(4). Es decir que nuestras
buenas obras son la actuación de la gracia de Dios en
nosotros.
La gracia puede crecer en nosotros, porque puede crecer
nuestra relación con Dios. Entonces crece
también nuestra libertad y crece también
nuestro amor. Crecen, pues, nuestros méritos y, en
consecuencia, crece el cielo. El cielo será tanto
más grande, vamos a hablar así , cuanto mayor
sea nuestro amor. En este sentido crece también
nuestro premio. El premio no es, pues, algo
extrínseco a nuestra actuación. El cielo,
nuestro premio, es la floración de la gracia
santificante.
Pero no podemos entender los méritos de forma
comercial. Como si consiguiendo méritos
pudiéramos pasar factura a Dios para obtener un
premio mayor, más cielo. Ya hemos dicho antes que no
da lo mismo cuál sea nuestra actuación.
Nuestra actuación en este mundo será
eternamente distinta. Lo que yo hago hoy y mañana y
pasado mañana es eterno. Una clase bien dada por mi
será una clase bien dada eternamente y una clase mal
dada será una clase mal dada eternamente. Una
actuación de amor y de entrega lo será para
siempre y una actuación de egoísmo
dejará en el cielo un agujero eterno.
El cielo no es un lugar a donde vamos, es la
manifestación de la gracia santificante. El cielo es
la floración de lo que Dios mismo ha operado en
nosotros. El cielo, por tanto, será distinto
según lo que hayamos dejado actuar a la gracia en
nosotros; o sea, según lo que hayamos hecho. El cielo
puede convertirse en un queso de Gruyére si
está lleno de los agujeros de nuestro amor en nuestra
vida o puede ser un queso tipo manchego, si la
actuación de la gracia en nosotros ha conseguido algo
más compacto. No es que nuestra actuación sea
indiferente porque ya tenemos la amistad con Dios, sino
exactamente lo contrario. Nuestra actuación es
enormemente importante y de ella deriva lo que va ser
nuestra vida definitiva junto a Dios. Ahora bien, todo ello
es precisamente lo que hayamos dejado actuar a la
gracia.
Con frecuencia tenemos la sensación de que la
buena acción merece un premio extrínseco a la
actuación. Esto es falso. La acción buena ya
es buena y ese es su mayor premio. La acción buena no
necesita ser premiada con otra cosa. Muchos de ustedes
conocerán el soneto a Jesús Crucificado de
nuestros clásicos. Es un soneto anónimo que se
ha atribuido muchas veces a todos nuestros místicos.
Pues bien en él se da una percepción
verdaderamente cristiana de lo que es la gracia, la
correspondencia a la gracia, el mérito y el premio.
¡El autor había renunciado a las relaciones
comerciales con Dios! En el fondo sólo quien pueda
rezar este soneto con verdad es cristiano.
- "No me mueve, mi Dios, para quererte
- el cielo que me tienes prometido,
- ni me mueve el infierno, tan temido,
- para dejar por eso de ofenderte.
-
- Tú me mueves, Señor;
muéveme el verte
- clavado en una cruz y escarnecido;
- muéveme ver tu cuerpo tan herido;
- muévenme tus afrentas y tu muerte.
-
- Muéveme, en fin, tu amor, y en tal
manera,
- que aunque no hubiera cielo yo te amara,
- y aunque no hubiera infierno te temiera.
-
- No me tienes que dar porque te quiera
- pues, aunque lo que espero no esperara,
- lo mismo que te quiero te quisiera".
El hombre que actúa bien por conseguir el cielo o
no actúa mal por temor del infierno está
planteando sus relaciones con Dios de esa manera que hemos
llamado: comercial. La forma correcta de plantear las
relaciones con Dios es lo que dice el soneto. "No me tienes
que dar porque te quiera, pues aunque lo que espero no
esperara, lo mismo que te quiero te quisiera". Nuestra buena
actuación es buena incluso aunque no haya cielo.
5. La vida en la fe, la esperanza y la caridad
El hombre que ha recibido la gracia y la deja operar en
su vida vive una vida virtuosa. Así pues, la vida del
cristiano es vida de fe, en esperanza y en caridad.
La fe es esa apertura al don de Dios. La fe no es ante
todo un "estar de acuerdo" o una ortodoxia. La fe es
depender de Alguien, sabiendo que ese Alguien es Dios. La fe
es depender de El. Acogerse a su amor gratuito y a su
misericordia como el publicano de la parábola. La fe
vuelta a Dios es la oración. Tanto creemos cuanto
rezamos. Hay que sospechar de la fe de quien nunca reza.
Porque la oración es el ejercicio unívoco de
la fe. La oración es ponerse delante de ese Dios en
quien hemos puesto nuestro corazón, saber que
está vivo, que nos escucha, que está
ahí y confiarnos a El. Decía San Bernardo:
"lex orandi, lex creddendi", es decir, crees lo que
rezas.
La esperanza no es más que la fe que mira al
futuro. Sólo se distingue de la fe en cuento que
espera la comunicación total de Dios. En el cielo no
habrá esperanza porque estaremos en la visión
de Dios.
La fe en cuanto en vez de mirar a Dios mira al mundo, a
la historia, a los demás, es la caridad. La caridad,
que, en principio, no son las obras de caridad, aunque a
veces puedan serlo , es la fe cuando se pone a actuar. "La
fe actúa por la caridad" dice 5. Pablo (Gál.
5,6). La caridad es un paso más que la justicia. La
justicia es una actitud honesta en la vida. Es la actitud de
dar a cada cual lo suyo, de dar a cada cual lo que le
corresponde. De respetar los derechos. La caridad, sin
embargo, es dar a cada cual más de lo que le
corresponde. Aquello de mí mismo a lo que no tiene
derecho. Exactamente igual que Dios nos regala su amistad a
la que no tenemos derecho. Si tuviéramos derecho no
sería gracia, seria otra cosa. Dios nos regala con su
amistad a la que no tenemos derecho. Y la caridad es dar a
los demás aquello de mí mismo a lo que el otro
no tiene derecho.
6. Caridad, historia y escatología.
La caridad en este aspecto es lo que construye la
historia definitiva. En el cielo no habrá ya
esperanza, la fe será distinta de nuestra fe en este
mundo en el sentido de que habrá visión, y la
apertura a Dios será perfecta. Ahora bien, en el
cielo lo verdaderamente definitivo y eterno será la
caridad. La obra de Dios en nosotros, lo que Dios haya
conseguido hacer de nosotros, nuestra libertad liberada, el
resultado de nuestro amor. Toda nuestra vida, todas nuestras
actuaciones, todo nuestro ser será eterno o
dejará eternamente un agujero que nadie podrá
llenar. Una vida plena producirá un cielo pleno. Una
vida renqueante, producirá cielo raquítico. La
catequesis tradicional expresaba esto diciendo que en el
cielo habría quien recibiría más gloria
y quien recibiría menos según sus
méritos. Yo he expresado lo mismo de otra manera. El
cielo será distinto en la medida que la gracia de
Dios en nosotros haya conseguido ser más o menos
operativa. Pero al cielo y a la vida futura dedicaremos las
últimas charlas de este curso.
BIBLIOGRAFÍA
J. A. García. Así es Dios, tan bueno.
Parábola al fariseo que habita en nuestro
corazón. Sal Terrae, 78 (1990), 133147.
K. Rahner, Sobre la experiencia de la gracia. en Escritos
de Teología, III, Madrid 1961, 103107.
F. Ladaria, Antropología teológica,
Roma-Madrid 1983
J.I. González Faus, Proyecto de hermano, Santander
1987
(1)
Cf. J.L González Faus, Proyecto de hermano, Santander
1987, p. 597 volver
(2)
De Spiritu et littera, 32 52 volver
(3)
K. Rahner, Sobre ¡a experiencia de la
gracia. en Escritos de Teología, HI, Madrid 1961,
1044. volver
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Epist. 194. CSEL, 57, 190 volver
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