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Higumeno
Sime�n
La
búsqueda de Dios
en
la tradición hesicasta

Antes que nada les
agradezco el haberme acogido en este coloquio. Es
verdaderamente una muy gran alegría para mi el estar
en medio de ustedes, y particularmente con nuestros hermanos
musulmanes. Siendo ya monje, permanecí en
París durante más de quince años y
trabajaba para ganarme la vida. En esta ocasión,
colegas de trabajo musulmanes me habían dado un
nombre lo cual era para mí extremadamente
emocionante, puesto que me llamaban Abd-ar-Rahmân. Y
yo encontré que, por su parte, era un acto de amor, y
ese acto de amor me había tocado profundamente. He
aquí como he comenzado a conocer el mundo
musulmán, por amor, la mejor forma de conocer
verdaderamente...
Me parece tan importante
que aprendamos, para amarnos, a conocernos. Nosotros no somos -a
pesar de la tendencia de la sociedad actual- individuos aislados, somos personas,
seres profundamente en relación. El individualismo
contemporáneo es peligroso. Es necesario que cada uno
de nosotros tenga consciencia, consciencia activa
diría yo, de que somos seres personales, en
relación. Lo que hacemos hoy, el encuentro que
tenemos, no es otra cosa que una concretización de
esta posibilidad de relación que debe conducirnos al
amor. Por lo tanto gracias, otra vez más, por
recibirme.
No siendo un
conferenciante profesional, les pido disculpas de antemano.
Yo quisiera abordar de una manera simple el tema de la
Hesiquia, la búsqueda de Dios. Puede ser importante
para comenzar, intentar dar una traducción, una
definición de la palabra Hesiquia. Es una palabra de
origen griego que se podría traducir por paz,
silencio, quizás también por
«tranquilidad del corazón». Ustedes saben
que difícil es, a partir de una palabra extranjera,
dar una traducción justa y es por esta razón
por la que yo evoco varios significados. En todo caso, en
este término que significa paz, silencio, reposo, hay
que poner atención en no deformar el sentido de la
traducción. Por ejemplo, si nos referimos a la
palabra reposo, no se trata de un reposo que evocaría
el sueño. En la tradición hesicasta no se
trata en absoluto de dormitar, lo veremos un poco más
tarde, es por el contrario una tradición de
acción y de vigilancia.
No quiero darles
una clase de historia sobre los orígenes del
hesicasmo, pero quisiera simplemente recordar
rápidamente como se ha desarrollado la hesiquia.
¿Cómo ha nacido? Pues bien, yo diría que
nosotros la hemos recibido como hemos recibido muchas otras
cosas; es la actitud del Cristo en el Nuevo Testamento. He
aquí un corto pasaje del Evangelio que muestra la
actitud del Cristo y que les hará comprender lo que
es la hesíquia.
En este episodio,
es la entrada de Jesús en la sinagoga de Nazaret, su
país de origen, lo que se evoca. El habla y es mal
recibido, mal entendido. El final del relato nos dice
así: «Todos en la sinagoga se llenaron de
cólera oyendo esto. Se levantaron, le echaron fuera
de la ciudad y le llevaron hasta la cumbre del monte sobre
el cual estaba edificada su ciudad para despeñarle.
Pero él, pasando por en medio de ellos, se
retiró» (Luc 4, 28-30). La última frase
de este texto es significativa. El hesicasta, aquel que va a
buscar vivir en la Paz del corazón, en la quietud,
encuentra su modelo en la actitud del Cristo. El que,
agredido, contestado, violentado, ha podido pasar a
través de ese gentío, sin decir nada, sin
mostrar ninguna agresividad porque tenía,
evidentemente a la perfección, un corazón
colmado de paz. Solo su corazón silencioso,
bañado de hesiquia, era la respuesta a la agresividad
del entorno.
A partir del
estudio y de la meditación de la manera de ser de
Cristo durante su vida, los cristianos, y sobre todo los
primeros monjes, han buscado la adquisición de esta
hesiquia, esta paz silenciosa, esta tranquilidad del
corazón. Y se puede decir que el ideal
monástico está totalmente ligado a la
tradición hesicasta. Puede que escuchemos decir,
entre los cristianos ortodoxos, que hay monjes hesicastas y
monjes no hesicastas. A mi no me gusta demasiado hacer esta
diferencia. El monje, que es fundamentalmente un buscador de
Dios, como otros buscan oro, debe obligatoriamente pasar por
esta búsqueda de paz, de silencio, de abandono, que
entraña otras virtudes, lo veremos más tarde.
Por lo tanto yo no hago diferencia entre monjes hesicastas y
monjes no hesicastas. Pienso que todos son fundamentalmente
hesicastas.
Los primeros monjes, los
primeros ermita�os -puesto, como
probablemente saben, el monaquismo nació en el siglo
IV con hombres y mujeres de los que San Antonio es el m�s c�lebre- partieron al desierto para
buscar a Dios. Y vemos enseguida, llamo aquí su
atención, de que hay un objetivo en la hesiquia. Ese
objetivo es el descubrimiento de Dios. Yo diría
incluso, es el deseo de encontrar a Dios. El hesicasta es un
hombre de deseo, su corazón está lleno de
deseo de Dios, y, a causa de eso, va a buscar como poder
liberar su corazón de sus pasiones para encontrar su
Dios. Los primeros monjes parten hacia el desierto, y esto
es significativo. El desierto, como sabemos, es el lugar de
retiro, el lugar de silencio. Se opone, en cierta manera, a
la ciudad turbulenta. Esta soledad, este aislamiento son
deseados y van a ser uno de los terrenos del hesicasta, del
monje, para encontrar a Dios. Nosotros no podemos encontrar
a Dios en la agitación. Dios mismo, en ciertos textos
del Antiguo Testamento, nos lo dice. El explica al profeta
Elías: «Yo no estoy en la tempestad, Yo no estoy
en los relámpagos, Yo no estoy en los torbellinos del
viento violento, sino que estoy en esa brisa ligera que
escuchas» (cf. 1 Reyes 19, 11-13). Dios no puede ser
encontrado más que en el silencio, y es necesario que
el monje hesicasta parta hacia el desierto o que busque la
soledad interior. Si hablo del monje, es porque todo esto ha
venido de la tradición monástica, pero es
evidente que cada uno puede vivir esta tradición
hesicasta, si desea encontrar a Dios. Un laico puede ser un
hesicasta y algunos de ellos han sido canonizados y
reconocidos santos por la Iglesia.
En sus comienzos,
el movimiento monástico ha sido esencialmente
eremítico y los primeros monjes eran sobre todo
solitarios. Ha habido a continuación una
evolución que se ha hecho bastante
rápidamente, privilegiando la vida en comunidad. Esto
se ha concretado sobre todo alrededor de san Basilio, en el
siglo IV, San Teodoro Estudia en el siglo X y otros
más. Ellos han organizado el monaquismo y propuesto
reglas de conducta relativas a la manera de vivir juntos en
esta búsqueda de Dios. Esto a dado los monasterios
que nosotros conocemos y que continúan esta
tradición hoy en día. Por lo tanto dos
corrientes: los eremitas que ser retiran verdaderamente a un
lado y en la soledad total o casi total, y los que viven en
comunidad. Los dos tienen una búsqueda
idéntica y los dos pasan por la tradición de
la hesiquia, y no solamente por el método. Yo soy
reticente a utilizar el término de método
porque hay que poner atención en ello. La hesiquia no puede ser
un m�todo, en el sentido �t�cnico� en el que corremos el riesgo de
comprenderlo hoy en d�a, y que es ambiguo. El hombre de hoy est�
como perdido. El busca -pero todos buscamos desde que estamos en
esta tierra- busca como
encontrarse a si mismo. Olvida que es volviéndose
hacia Aquel que le ha hecho, Dios, su Creador, como
podrá encontrase a si mismo. Pero vive esta
búsqueda en una tal agitación que quiere
experimentar no importa que medio par llegar a
encontrarse.
La hesiquia no es
un método como hay un método para aprender el
inglés, y como existen todos estos métodos que
conducen necesariamente a un resultado si son bien
aplicados. No, la hesiquia no es para nada de esta clase de
cosas. La hesiquia es una actitud, y no es por que el monje
se vaya a retirar al desierto, huir del mundo, y buscar el
silencio, por lo que va a encontrar a Dios. El método
no es mágico. El método es un soporte, pero
necesita, como lo he dicho hace poco, una tensión de
amor, un deseo profundo del encuentro con Dios. Entonces el
método se pondrá en su lugar en el momento que
conviene y el monje buscará vivir de esta hesiquia.
Va a vivir en el silencio, en un cierto retiro, y va a orar.
Va a utilizar lo que nosotros llamamos la
«oración del corazón» o
también «oración de Jesús».
Esta forma de plegaria está totalmente ligada a la
tradición hesicasta. ¿Cómo es esta
oración? Nosotros repetimos con un rosario, que
siempre llevamos a mano: «Señor Jesucristo, Hijo
de Dios, ten piedad de nosotros pecadores». Esa es la
fórmula más completa. Puede simplificarse
diciendo simplemente: «Señor» o
«Jesús».
Los griegos dicen
«Kyie eleison», «Señor ten
piedad». Es la misma fórmula, más o menos
desarrollada. Esta plegaria repetitiva que el monje utiliza
no es un medio que, al cabo de doscientas o trescientas
repeticiones, le permitan encontrar a Dios. Es simplemente
un grito de amor, porque cuando se ama, los amantes gustan
de nombrarse. El amor, nosotros lo sabemos bien, pasa por la
palabra, pero la palabra más limpia. Cuando una
pareja se encuentra y decide casarse, sabemos bien que el
efecto amoroso les da una posibilidad de encuentro que pasa
por las palabras. Cada uno querría decir sin cesan al
otro que le ama, pero cuando volvemos a encontrar a esa
pareja hacia el final de su vida, ellos no se dicen ya nada,
ellos se miran el uno al otro. La simple mirada es
suficiente para manifestar este amor, que se vive en el
silencio, en la paz, en el corazón totalmente
despojado de aquello que le estorbaba al principio,
probablemente a causa de la pasión. Y bien, el monje
vive esto, a su manera desde luego, transponiendo esta
experiencia. Es necesario que él se calle; es
necesario que vaya hacia el silencio y que repita este
nombre de amor: Jesús. «Señor Jesucristo,
Hijo de Dios, ten piedad de nosotros»: se trata de una
declaración de amor. Reconocemos nuestro Dios, y
nosotros Le decimos: «Ten piedad de mi», no en una
actitud miserablista en la que estaríamos como
"pisoteados" por nuestro Dios, no se trata de eso de ninguna
manera. Simplemente, reconocemos, en la humildad, que
nosotros no sabemos amar. Nosotros no sabemos amar, pero
queremos amar. A causa de esto, decimos: «Ten piedad de
nosotros. Ayúdanos a amar». Ya que si queremos
ser amantes de Dios, pues bien, es necesario que El, que nos
a creado y que es Amor, nos muestre este Amor, no haga
participes de él, nos acoja en El. No hay otra
fuente. Entonces el monje hesicasta va a esforzarse todo a
lo largo de su vida en orar al Cristo, Cristo que ha dicho:
«Orar sin cesar» (Cf. Luc 18,1). Podríamos
responderle: «¿Pero cómo, Señor, se
ora sin pausa? ¿Qué significa esta
invitación perpetua?»
No se trata para el
Cristo de decirnos sin pausa: «Hablarme», ya que
él nos ha advertido: «En vuestras oraciones, no
machaquéis como los paganos: ellos se imaginan que
hablando mucho se harán escuchar mejor» (Mt
6,7). Ya sabemos, nosotros le hablamos demasiado a menudo
para pedirle, pedirle y más pedirle. En ciertos
momentos debe ponerse algodones en las orejas diciendo:
«¡Que paren, que paren de pedir siempre
algo!». Me parece que nuestro Dios, cuando nos dice que
oremos sin cesar, nos invita a contemplarle, a desearle. Es
eso la oración. No es forzosamente una
formulación exterior, sino que es sobre todo una
actitud del corazón. Es necesario desear al
Señor. Es en este deseo donde se instala esta
oración perpetua. La oración de Jesús,
la oración del corazón que nosotros
utilizamos, nos ayuda a esto ya que ella está muy
limpia. Se vuelve, es verdad, un hábito, una llamada
interior a la que nos es necesario responder.
Muy a menudo,
cuando monjes jóvenes vienen a mi monasterio ellos me
dicen: «Bueno, enséñeme a orar». No
saben orar bien. Entonces les doy un rosario de
oración. Además ellos lo reciben
litúrgicamente con la toma de hábito. Yo les
digo: «¡Ahora comienza esta oración!».
Como son jóvenes monjes llenos de deseo, de
energía y de brío, quieren una regla de
oración fuerte, densa, lo más llena posible.
Entonces les dejo hacer y les digo si. Y después,
quince días o tres semanas mas tarde, vienen y llaman
a la puerta de mi celda diciendo: «¡No lo
consigo!». No han comprendido que no es un
método. Se cansan, y eso puede ser incluso peligroso,
de repetir esta invocación obstinadamente. Esto no
tiene ningún interés en el plano espiritual y
puede presentar un peligro, incluso en el plano
físico. No comprenden que hay que comenzar muy
suavemente, pero teniendo una actitud de deseo de
Dios.
De hecho,
quizás simplemente baste con decir el nombre de
Jesús. Ustedes saben cuanta importancia, en nuestras
tradiciones comunes, tiene el nombre. Ahí
está, simplemente hay que decir este nombre y
deslizarse dentro, muy suavemente, sin el deseo de hacer una
proeza. Es necesario que nuestra plegaria sea humilde si
quiere ser verdaderamente hesicasta. La humildad es
absolutamente indispensable. Es muy evidente que ninguno de
nosotros en este mundo es perfectamente humilde. Somos
aprendices del amor y de la humildad. Y hay que aceptar eso,
pero es necesario también luchar por adquirir todo lo
posible esta humildad, que nos permite entonces el verdadero
encuentro con Dios. Buscar la humildad y pedir la humildad a
Dios, son otras actitudes indispensables para los monjes
hesicastas.
Nos gusta mucho un
santo ruso del siglo pasado, san Serafín de Sarov, un
hombre extremadamente humilde. Un día, explicó
a alguien que vino a verle, como vivir la hesíquia,
como vivir esta quietud en Dios. Y le dijo esta frase:
«Si tu tienes la Paz en tu corazón, es decir si
tu eres hesicasta, entonces salvar�s millares de almas a tu alrededor�.
�Qu� significa esta frase? Es necesario comprenderla. Si San Seraf�n
dice: �Si tu tienes la Paz en tu coraz�n, tu salvar�s millares de
almas�, es porque �l ha pasado por todo un camino que es para
nosotros un ejemplo. El nos ha mostrado a trav�s de su vida que es
necesario ser humilde, que hay que aceptar ser peque�o, no saber, no
conocer a Dios, sobre todo no poseerlo, lo cual ser�a un error
fundamental. Hay que pasar por la humildad y el abandono, y San
Seraf�n ha pasado por eso. Que es la humildad sino el descubrimiento
objetivo de lo que nosotros somos: pobres, peque�os, desamparados,
no amantes. Esto puede conducirnos a la desesperaci�n, lo cual no es
el buen camino. Es necesario que este descubrimiento en la humildad
nos conduzca a la paz. Y la �nica v�a posible es el abandono entre
las manos de Dios. Si yo descubro que soy pobre, no debo
desesperarme, ni rebelarme. No es la soluci�n buena. Cuando me
desespero y me rebelo �A qui�n hago referencia? �A m�, pero no a mi
Creador! Pero si yo se ver mi debilidad humildemente, si s� no
rebelarme, si se verdaderamente girarme hacia Dios, en la confianza,
dici�ndole: ��Soy peque�o y pobre, pero Tu, Tu puedes todo, t�mame
en la palma de tu mano y gu�ame!�, entonces este abandono, que es la
segunda etapa -humildad, despu�s abandono- va a conducirme a la quietud, a la paz del
corazón, porque estaré al fin, entre las manos
del Único que puede darme esta paz, Aquel que es el
Amor, nuestro Dios. He aquí entonces, por el ejemplo
de San Serafín de Sarov, como la tradición
hesicasta puede vivirse.
Quisiera terminar
con un ejemplo bíblico, evangélico más
precisamente, que ustedes conocen quizás. Se trata
del episodio en el que Jesús se encuentra en la casa
de sus amigos Lázaro, Marta y María,
judíos que amaban al Señor y que le
acogían frecuentemente. En este episodio, no se habla
mucho de Lázaro, sino sobre todo de sus hermanas,
Marta y María. Una de ellas, Marta, afanada, prepara
la comida, se mueve, pone la mesa, en fin uno puede
imaginarse todo lo que ocurre. La otra, María,
está a los pies del Señor, Le mira simplemente
y Le escucha. Entonces la que pone la mesa va donde
Jesús y le dice: «¡Pero bueno, dile que me
ayude! ¿Qué hace ahí?» Y el
Señor responde: «Tu te mueves mucho, pero ella
ha escogido la mejor parte» (Luc, 10, 38-42)
Dicho de otra
manera, en este pasaje evangélico, en esta
experiencia de Marta y María, el Cristo
enseña: «¡Atención a la
agitación inútil!» No quiere decir que no
fuese acogedora esta agitación, él no censura
a la que prepara la comida, simplemente dice:
«¡Atención, María ha cogido la mejor
parte!»
Todos nosotros
tenemos forzosamente una Marta y una María en el
interior de nosotros mismos. Intentemos escoger nosotros
también la mejor parte. Amen.
Muchas
gracias.
Atr�s
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