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Jean-Yves
Leloup
El
método de oración hesicasta
Según
la enseñanza del P. Serafín del Monte
Athos

Cuando
XX, un joven filósofo, llegó al Monte Athos,
había leído ya un cierto número de
libros sobre la espiritualidad ortodoxa, particularmente la
pequeña
filocalia
de la oración del corazón en los relatos del
peregrino ruso. Estaba seducido sin estar verdaderamente
convencido. Una liturgia vivida en su ciudad le había
inspirado el deseo de pasar algunos días en el Monte
Athos, con ocasión de sus vacaciones en Grecia, para
saber un poco más sobre el método de la
oración de los hesicastas, esos silenciosos a la
búsqueda de "hesychia", es decir, de paz interior.
Contar
con detalle cómo llegó al padre
Serafín, que vivía en un eremitorio
próximo a San Pantaleón, sería
demasiado largo. Digamos únicamente que el joven
filósofo estaba un poco cansado. No encontraba a los
monjes a la altura de sus libros. Digamos también
que, si bien había leído varios libros sobre
la meditación y la oración, no había
rezado verdaderamente ni practicado una forma particular de
meditación y lo que pedía en el fondo no era
un discurso más sobre la oración o la
meditación sino una "iniciación" que le
permitiera vivirlas y conocerlas desde dentro por
experiencia y no sólo de "oídas".
El
padre Serafín tenía una reputación
ambigua entre los monjes de su entorno. Algunos le acusaban
de levitar, otros de que gritaba y gemía, algunos le
consideraban como un campesino ignorante, otros como un
venerable staretz inspirado por el Espíritu Santo y
capaz de dar profundos consejos así como de leer en
los corazones.
Cuando
se llegaba a la puerta de su eremitorio, el padre
Serafín tenía la costumbre de observar al
recién llegado de la manera más
impertinente: de la cabeza a los pies, durante cinco
largos minutos, sin dirigirle ni una palabra. Aquellos a
quienes ese examen no hacía huir, podían
escuchar el áspero diagnóstico del
monje:
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-
En usted no ha descendido más abajo del
mentón.
-
De usted, no hablemos. Ni siquiera ha
entrado.
-
Usted... no es posible... que maravilla. Ha
bajado hasta sus rodillas...
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Hablaba
del Espíritu Santo y de su descenso más o
menos profundo en el hombre. Algunas veces a la cabeza,
pero no siempre al corazón ni a las
entrañas... Así es como juzgaba la santidad
de alguien, según su grado de encarnación
del espíritu. El hombre perfecto, el hombre
transfigurado era para él, el habitado todo entero
por la presencia del Espíritu Santo de la cabeza a
los pies.
|
-
Esto no lo he visto sino una vez en el staretz
Silvano, decía, era verdaderamente un
hombre de Dios, lleno de humildad y de
majestad.
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El
joven filósofo no estaba aún ahí. El
Espíritu Santo sólo había encontrado
paso en él "hasta el mentón". Cuando
pidió al padre Serafín que le hablase de la
oración del corazón y de la oración
pura según Evagrio Póntico, el padre
Serafín comenzó a gemir. Esto no
desanimó al joven, que insistió. Entonces
el padre Serafín le dijo:
|
-
Antes de hablar de la oración del
corazón, aprende primero a meditar como
la montaña....
|
Y
le mostró una enorme roca:
|
-
Pregúntale cómo hace para rezar.
Después vuelve a verme.
|
Meditar
como una montaña
Así
comenzó para el joven una verdadera iniciación
al método de oración hesicasta. La primera
meditación que le habían propuesto se
refería a la estabilidad, al enraizamiento de un buen
cimiento.
En
efecto, el primer consejo que se puede dar al que quiere
meditar no es de orden espiritual sino físico:
siéntate. Sentarse como una montaña quiere
decir tomar peso, estar grávido de presencia. Los
primeros días al joven le costaba mucho quedarse
inmóvil, con las piernas cruzadas, con la pelvis
ligeramente más alta que las rodillas. Una
mañana sintió realmente lo que quería
decir meditar como una montaña. Estaba allí
con todo su peso, inmóvil. Formaba una sola cosa con
ella, silencioso bajo el sol. Su noción del tiempo
había cambiado ligeramente. Las montañas
tienen un tiempo distinto, otro ritmo. Estar sentado como
una montaña es tener la eternidad delante, es la
actitud justa para el que quiere entrar en la
meditación: saber que está la eternidad
detrás, adentro y delante de sí.
Antes
de construir una iglesia es necesario ser piedra y sobre
esta piedra (esta solidez imperturbable de la roca) Dios
podría construir su Iglesia y hacer del cuerpo del
hombre su templo. Así comprendía el sentido de
la palabra evangélica: "Tú eres piedra y
sobre esta piedra edificaré mi
Iglesia".
Se
quedó así varias semanas. Lo más duro
era pasar varias horas "sin hacer nada". Era menester volver
a aprender a estar, simplemente estar, sin objeto ni motivo.
Meditar como una montaña era la meditación
misma del Ser, "del simple hecho de Ser", antes de cualquier
pensamiento, cualquier placer o dolor.
El
padre Serafín le visitaba cada día,
compartía con él sus tomates y algunas
aceitunas. A pesar de este régimen tan frugal, el
joven parecía haber ganado peso. Su paso era
más tranquilo. La montaña parecía
haberle entrado en la piel. Sabía acoger su tiempo,
acoger las estaciones, estar silencioso y tranquilo, a veces
como la tierra árida y dura, otras veces como el
flanco de una colina que espera la cosecha.
Meditar
como una montaña había modificado igualmente
el ritmo de sus pensamientos. Había aprendido a "ver"
sin juzgar, como si diese a todo lo que crece en la
montaña "el derecho de existir".
Un
día, unos peregrinos, impresionados por la calidad
de su presencia, le tomaron por un monje y le pidieron la
bendición. Al enterarse de esto, el padre
Serafín comenzó a molerle a golpes... El
joven empezó a gemir.
|
-
Menos mal, creía que te habías
hecho tan estúpido como los guijarros del
camino... La meditación hesicasta tiene
el enraizamiento, la estabilidad de las
montañas, pero su objetivo no es hacer de
ti un tocho muerto sino un hombre
vivo.
|
Tomó
al joven del brazo y le condujo hasta el fondo del
jardín donde, entre las hierbas salvajes, se
podían ver algunas flores.
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-
Ahora ya no se trata de meditar como una
montaña estéril. Aprende a meditar
como una amapola, aunque no olvides por eso la
montaña.
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Meditar
como una amapola
Así
fue como el joven aprendió a florecer.
La
meditación es ante todo un cimiento y eso es lo que
le había enseñado la montaña. Pero la
meditación es también una "orientación"
y es lo que ahora le enseñaba la amapola: volverse
hacia el sol, volverse desde lo más profundo de
sí mismo hacia la luz. Hacer de ello la
aspiración de toda su sangre, de toda su
savia.
Esta
orientación hacia lo bello, hacia la luz, le
hacía a veces enrojecer como una amapola.
Aprendió también que para permanecer bien
orientada, la flor debía tener el tallo erguido.
Comenzó, pues, a enderezar su columna
vertebral.
Esto
le planteaba algunas dificultades porque había
leído en ciertos textos de la filocalia que el monje
debía estar ligeramente curvado, con la mirada vuelta
al corazón y las entrañas.
Cuando
pidió una explicación al padre
Serafín, los ojos del staretz le miraron con
malicia.
|
-
Eso era para los forzudos de otros tiempos.
Estaban llenos de energía y había
que recordarles la humildad de la
condición humana. Doblarse un poco el
tiempo de la meditación no les
hacía ningún daño... pero
tú más bien tienes necesidad de
energía y, por tanto, en el tiempo de la
meditación, enderézate,
estáte vigilante, ponte derecho vuelto
hacia la luz, pero sin orgullo... Por otro lado,
si observas bien la amapola, te
enseñará no sólo el
enderezamiento del tallo sino además una
cierta flexibilidad bajo las inspiraciones del
viento y también una gran
humildad.
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En
efecto la enseñanza de la amapola consistía
también en su fugacidad, en su fragilidad.
Había que aprender a florecer pero también
a marchitarse. El joven comprendía mejor las
palabras del profeta: "Toda carne es como la hierba y
su delicadeza es la de la flor de los campos. La hierba
se seca, la flor se marchita... Las naciones son como una
gota de agua de rocío en el borde de un cubo...
Los jueces de la tierra apenas plantados, apenas
arraigados..., se secan y la tempestad se los lleva como
paja" (Is 40).
La
montaña le había enseñado el sentido de
la eternidad, la amapola le enseñaba la fragilidad
del tiempo: meditar es conocer lo Eterno en la fragilidad
del instante, un instante recto, bien orientado. Es florecer
el tiempo en que se nos ha dado florecer, amar en el tiempo
en que se nos ha dado amar, gratuitamente, sin por
qué; puesto que ¿por qué florecen las
amapolas?
Aprendía
así a meditar "sin objeto ni beneficio", por el
placer de ser y de amar la luz. "El amor tiene en
sí mismo su propia recompensa", decía San
Bernardo. "La rosa florece porque florece, sin por
qué", decía también Angelus
Silesius.
|
-
La montaña florece en la amapola, pensaba
el joven, todo el universo medita en mí.
Ojalá pueda enrojecer de alegría
todo el tiempo que dure mi vida.
|
Este
pensamiento era sin duda excesivo. El padre
Serafín comenzó a sacudir a nuestro
filósofo y de nuevo le cogió por el
brazo.
Lo
llevó por un camino abrupto hasta el borde del
mar, a una pequeña cala desierta.
|
-
Deja ya de rumiar como una vaca el sentido de
las amapolas. Adquiere también el
corazón marino. Aprende a meditar como el
océano.
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Meditar
como el océano
El
joven se acercó al mar. Había adquirido un
buen cimiento y una orientación recta; estaba en
buena postura. ¿Qué le faltaba? ¿Qué
podía enseñarle el chapoteo de las olas?. El
viento se levantó. El flujo y reflujo del mar se hizo
más profundo y eso despertó en él el
recuerdo del océano. En efecto, el viejo monje le
había aconsejado meditar "como el océano" y no
como el mar. Cómo había adivinado que el joven
había pasado largas horas al borde del
Atlántico, sobre todo de noche, y que conocía
ya el arte de poner de acuerdo su respiración con la
gran respiración de las olas. Inspiro, expiro... y
luego soy inspirado, soy expirado. Me dejo llevar por el
soplo como alguien que se deja llevar por las olas.
Hacía el muerto, llevado por el ritmo de las
respiraciones del océano. Eso le había
conducido a veces al borde de extraños
desvanecimientos.
Pero
la gota de agua, que en otro tiempo "se desvanecía en
el mar" guardaba hoy su forma, su consciencia. ¿Era
efecto de su postura?, ¿de su enraizamiento en la
tierra?. Ya no era el ritmo profundizado de su
respiración quien le llevaba. La gota de agua
conservaba su identidad y sin embargo sabía "ser una"
con el océano. De este modo el joven aprendió
que meditar es respirar profundamente, dejar ir el flujo y
reflujo del aliento.
Aprendió
igualmente que aunque hubiese olas en la superficie, el
fondo del océano seguía estando tranquilo. Los
pensamientos van y vienen, nos llenan de espuma, pero el
fondo del ser permanece inmóvil. Meditar a partir de
las olas que somos para perder pie y echar raíces en
el fondo del océano. Todo esto se hacía cada
día un poco más vivo en él y se
acordaba de las palabras de un poeta que le habían
impresionado en su adolescencia: "La existencia es un mar
lleno de olas que no cesan. De este mar la gente normal
sólo percibe las olas. Mira cómo de las
profundidades del mar aparecen en la superficie innumerables
olas mientras que el mar queda oculto en
ellas".
Hoy
el mar le parecía menos "oculto en la olas", la
unidad de las cosas parecía más evidente sin
que esto aboliera la multiplicidad. Tenía menos
necesidad de oponer el fondo y la forma, lo visible y lo
invisible. Todo constituía el océano
único de su vida.
En
el fondo de su alma, ¿no estaba el ruah, el
pneuma , el gran soplo de Dios?
|
-
El que escucha atentamente su
respiración, le dijo entonces el
monje Serafín, no está lejos de
Dios. Escucha quién es, ahí, al
final de tu expiración, quién
está en el origen de tu
inspiración.
|
En
efecto, había momentos de silencio más
profundos entre el flujo y reflujo de las olas,
había allí algo que parecía llevar
en sí el océano.
Meditar
como un pájaro
- -
Estar sobre un buen cimiento, estar orientado
hacia la luz, respirar como un océano
no es todavía la meditación
hesicasta, le dijo el padre
Serafín; ahora debes aprender a
meditar como un
pájaro.
|
Y
le llevó a una pequeña celda cercana a su
eremitorio donde vivían dos tórtolas. El
arrullo de los dos animalitos le pareció de
momento encantador pero no tardó en ponerle
nervioso. Parece que escogían el momento en que
caía dormido para arrullarse con las palabras
más tiernas. Preguntó al viejo monje
qué significaba todo aquello y si esa comedia iba
a durar mucho. La montaña, la amapola, el
océano, podían pasar (aunque uno pueda
preguntarse qué hay de cristiano en todo ello),
pero proponerle ahora este pájaro lánguido
como maestro de meditación era
demasiado.
El
padre Serafín le explicó que en el Antiguo
Testamento la meditación se expresa con la
raíz traducida en general al griego por
mlt - meletan - y en
latín por meditari-meditatio. En su forma
primitiva la raíz significa "murmurar a media
voz". Igualmente se emplea para designar gritos de
animales, por ejemplo el rugido del león (Is
31,4), el piar de la golondrina y el canto de la paloma
(Is 38,14), pero también el gruñido del
oso.
- -
En el monte Athos no hay osos. Por eso te he
traído junto a una tórtola,
pero la enseñanza es la misma. Hay que
meditar con la garganta, no sólo para
acoger el aliento, sino para murmurar el
nombre de Dios día y noche... Cuando
eres feliz, casi sin darte cuenta canturreas,
murmuras a veces palabras sin significado y
ese murmullo hace vibrar todo tu cuerpo con
una alegría sencilla y serena. Meditar
es murmurar como una tórtola, dejar
subir ese canto que viene del corazón,
como tú has aprendido a dejar que suba
a ti el perfume de la flor... Meditar es
respirar cantando. Sin quedarnos mucho en su
significado, te propongo que repitas,
murmures, canturrees lo que está en el
corazón de todos los monjes del monte
Athos: "Kyrie eleison, Kyrie eleison...
"
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Esto
no le gustaba mucho al joven filósofo. En algunas
bodas o entierros lo había oído traducido
por: "Señor, ten piedad".
El
monje se puso a sonreír:
- -
Sí, es uno de los significados de esta
invocación, pero hay otros muchos.
Quiere decir también "Señor,
envía tu Espíritu", "que tu
ternura esté sobre mi y sobre todos",
"que tu nombre sea bendito", etc, pero no
busques demasiado el sentido de la
invocación. Ella se te revelará
por sí misma. De momento sé
sensible y estate atento a la
vibración que despierta en tu cuerpo y
en tu corazón. Procura armonizarla
apaciblemente con el ritmo de tu
respiración. Cuando te atormenten tus
pensamientos recurre suavemente a esta
invocación, respira más
profundamente, mantente erguido y
conocerás el comienzo de la hesiquia,
la paz que da Dios sin engaño a los
que le aman.
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Al
cabo de algunos días el "Kyrie eleison" se le hizo
más familiar. Le acompañaba como el zumbido
acompaña a la abeja cuando hace la miel. No lo
repetía siempre con los labios. El zumbido se
hacía entonces más interior y su
vibración más profunda.
El
"Kyrie eleison", cuyo sentido había renunciado a
"pensar", le conducía a veces al silencio desconocido
y se encontraba en la actitud del apóstol
Tomás cuando descubrió a Cristo resucitado:
"Kyrie eleison", mi Señor es mi Dios.
La
invocación le llevaba poco a poco a un clima de
intenso respeto por todo lo que existe. Pero también
de adoración por lo que está oculto en la
raíz de toda existencia.
El
padre Serafín le dijo entonces:
- -
Ya no estás lejos de meditar como un
hombre. Tengo que enseñarte la
meditación de Abraham.
|
Meditar
como Abraham
Hasta
aquí la enseñanza del staretz era de orden
natural y terapéutico. Según el testimonio de
Filón de Alejandría, los antiguos monjes eran
"terapeutas". Más que conducir a la
iluminación, su papel consistía en curar la
naturaleza; ponerla en las mejores condiciones para que
pudiera recibir la gracia, que no contradecía la
naturaleza sino que la restauraba y cumplía. Es lo
que hacía el monje con el joven filósofo
enseñándole un método de
meditación que algunos podrían llamar
"puramente natural". La montaña, la amapola, el
océano, el pájaro, eran otros tantos elementos
de la naturaleza que recuerdan al hombre que debe ir
más lejos, recapitular los diferentes niveles del ser
o incluso los diferentes reinos que componen el macrocosmos:
el reino mineral, el reino vegetal, el reino
animal...
A
menudo el hombre ha perdido el contacto con el cosmos, con
la roca, con los animales y esto ha provocado en él
desazones, enfermedades, inseguridades, ansiedad. La persona
humana se siente "de más", extranjera en el mundo.
Meditar era comenzar a entrar en la meditación y la
alabanza del universo porque, como dicen los Padres, "todas
las cosas saben rezar entes que nosotros". El hombre es el
lugar en que la oración del mundo toma consciencia de
ella misma; está para nombrar lo que balbucean las
criaturas. Con la meditación de Abraham entramos en
una consciencia nueva y más alta que se llama fe, es
decir, la adhesión de la inteligencia y del
corazón en ese "tú" que se transparenta en el
tuteo múltiple de todos los seres.
Esa
es la experiencia de Abraham: detrás del titilar de
las estrellas hay algo más que estrellas, una
presencia difícil de nombrar, que nada puede nombrar
y que sin embargo posee todos los nombres.
Es
algo más que el universo y que sin embargo no puede
ser aprehendido fuera del universo. La diferencia que hay
entre el azul del cielo y el azul de una mirada, más
allá de todos los azules. Abraham iba a la
búsqueda de esa mirada.
Después
de haber aprendido el cimiento, el enraizamiento, la
orientación positiva hacia la luz, la
respiración apacible de los océanos, el canto
interior, el joven estaba invitado a despertar el
corazón. "He aquí que de repente tú
eres alguien".
Lo
propio del corazón es, en efecto, personalizarlo todo
y en este caso, personalizar al Absoluto, la fuente de todo
lo que es y respira, nombrarlo, llamarle "mi Dios, mi
Creador" e ir en su Presencia. Para Abraham meditar es
mantener bajo las apariencias más variadas el
contacto con esta Presencia. Esta forma de meditación
entra en los detalles concretos de la vida cotidiana. El
episodio de la encina de Mambré nos muestra a Abraham
"sentado a la entrada de la tienda, en lo más
cálido del día"; allí
acogerá a tres extranjeros que van a revelarse como
enviados de Dios. Meditar como Abraham, decía el
padre Serafín, es "practicar la hospitalidad: el
vaso de agua que das al que tiene sed, no te aleja del
silencio con que te acerca a la fuente. Meditar como
Abraham, ya lo entiendes, no sólo despierta en ti paz
y luz sino también el amor por todos los
hombres". El padre Serafín leyó al joven
el famoso pasaje del libro del Génesis en que se
trata de la intercesión de Abraham.
"Abraham
estaba delante de Yahvé... se acercó y le
dijo: ¿Vas a suprimir al justo con el pecador?
¿Acaso hay cincuenta justos en la ciudad y no
perdonarás a la ciudad por los cincuenta justos que
hay en su seno...?" Poco a poco Abraham fue reduciendo el
número de los justos para que Gomorra no fuera
destruida. "Que mi Señor no se irrite y
hablaré una vez más: ¿Acaso se
encontrarán Diez?" (Gen 18,16)
Meditar
como Abraham es interceder por la vida de los hombres, no
ignorar su corrupción pero sin embargo no desesperar
jamás de la misericordia de Dios.
Este
estilo de meditación libera el corazón de
cualquier juicio y condena, en todo tiempo y lugar. Aunque
sean muchos los horrores que pueda contemplar, llama al
perdón y a la bendición.
Meditar
como Abraham lleva aún más lejos. Las
palabras pugnaban por salir de la garganta del padre
Serafín, como si quisiera ahorrar al joven una
experiencia por la que él mismo había
debido pasar y que despertaba en su memoria un temblor
casi sutil... esto puede llevar hasta el sacrificio... y
le citó el pasaje del Génesis en que
Abraham se muestra dispuesto a sacrificar a su propio
hijo Isaac:
|
-
Todo es de Dios, murmuró el padre
Serafín, Todo es de El, por El y para
El. Meditar como Abraham te lleva a una total
desposesión de ti mismo y de lo que te es
más querido... Busca lo que valoras
más, lo que identifica tu yo... Para
Abraham era su hijo único. Si eres capaz
de esta donación, de ese abandono moral,
de esa confianza infinita en lo que trasciende
toda razón y todo sentido común,
todo te será devuelto centuplicado. "Dios
proveerá".
- Meditar
como Abraham es adherirse por la fe a lo que
trasciende el universo, es practicar la
hospitalidad, interceder por la
salvación de todos los hombres. Es
olvidarse de uno mismo y romper los lazos
más legítimos para descubrirnos
a nosotros mismos, a nuestros prójimos
y al universo habitado por la infinita
presencia del "Único que
es".
|
Meditar
como Jesús
El
padre Serafín se mostraba cada vez más
discreto. Notaba los progresos que hacía el joven
en su meditación y oración. Varias veces le
había sorprendido con el rostro bañado en
lágrimas, meditando como Abraham e intercediendo
por los hombres:
- -
Dios mío, misericordia. ¿Que
será de los
pecadores?.
|
Un
día, el joven fue hacia él y le
preguntó:
- -
Padre ¿por qué no me hablas nunca
de Jesús? ¿Cómo era su
oración, su forma de meditar?. En la
liturgia y en los sermones sólo se
habla de él. En la oración del
corazón, tal como se describe en la
filocalia, hay que invocar su nombre.
¿Por qué no me dices nada de
eso?.
|
El
padre Serafín pareció turbarse, como si el
joven le preguntara algo indecente, como si tuviera que
revelar su propio secreto. Cuanto más grande es la
revelación recibida, más grande debe ser
nuestra humildad para transmitirla. Sin duda no se
sentía tan humilde:
- -
Eso sólo el Espíritu Santo te
lo puede enseñar. «Quién
es el Hijo lo sabe sólo el Padre;
quién es el Padre, lo sabe sólo
el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo
quiera revelar» (Lc 10, 22). Tienes que
hacerte hijo para rezar como el Hijo y tener,
con quien él llama su Padre, las
mismas relaciones de intimidad que él,
y esto es obra del Espíritu Santo. El
te recordará todo lo que Jesús
ha dicho. El evangelio se hará vivo en
ti y te enseñará a rezar como
hay que hacerlo.
|
El
joven insistió:
El
viejo sonrió:
- -
Ahora, lo que mejor podría hacer
sería gemir, pero tú lo
tomarías como un signo de santidad;
por lo tanto mejor será decirte las
cosas con sencillez. Meditar como
Jesús recapitula todas las formas de
meditación que te he transmitido hasta
ahora.
Jesús
es el hombre cósmico... sabía
meditar como la montaña, como la amapola,
como el océano, como la paloma.
Sabía meditar como Abraham. Su
corazón no tenía límites,
amando hasta a sus enemigos, sus verdugos:
"Padre, perdónalos porque no saben lo que
hacen". Practicando la hospitalidad con los que
se llamaban enfermos y pecadores, los
paralíticos, las prostitutas, los
colaboracionistas... Por la noche se retiraba a
orar en secreto y allí murmuraba como un
niño "abba", que quiere decir
"papá"...
- Esto
puede parecer insignificante, llamar
"papá" al Dios trascendente, infinito,
innombrable, más allá de todo.
El cielo y la tierra se acercan
terriblemente. Dios y el hombre se hacen una
sola cosa... quizás hace falta que
alguien te haya llamado "papá" en la
oscuridad para comprenderlo... Pero tal vez
hoy estas relaciones íntimas de un
padre y una madre con su hijo ya no
signifiquen nada. Quizás sea una mala
imagen. Por eso yo prefería no decirte
nada, no usar imágenes y esperar a que
el Espíritu Santo pusiera en ti los
sentimientos y el conocimiento de Jesucristo
para que ese "abba" no saliera de la punta de
los labios sino del fondo de tu
corazón. Ese día
empezarás a comprender lo que es la
oración, la meditación de los
hesicastas.
Ahora
vete.
|
El
joven se quedó algunos días más en el
monte Athos. La oración de Jesús le llevaba a
los abismos, a veces al borde de una cierta "locura". "Ya no
soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí",
podía decir con san Pablo. Delirio de humildad, de
intercesión, de deseo de que "todos los hombres se
salven y lleguen al pleno conocimiento de la verdad". Se
hacía amor, se hacía fuego. La zarza ardiente
ya no era para él una metáfora sino una
realidad: "Ardía pero sin consumirse".
Fenómenos extraños de luz visitaban su cuerpo.
Algunos decía que le había visto andar sobre
el agua o estar inmóvil a treinta centímetros
del suelo...
Esta
vez el padre Serafín se puso a
gemir:
|
-
Ya está bien! Ahora vete.
|
Y
le pidió que dejara Athos, que volviera a su casa
y que viese allí lo que quedaba de esas bellas
meditaciones hesicastas.
El
joven se fue. Volvió a su país. Lo encontraron
más delgado y no vieron nada espiritual en su barba,
más bien sucia, ni en su aspecto más bien
descuidado... Pero la vista de su ciudad no le hizo olvidar
la enseñanza de su staretz.
Cuando
estaba muy agobiado, sin nada de tiempo, se sentaba como una
montaña en la terraza del café.
Cuando
sentía en él orgullo o vanidad, se acordaba de
la amapola ("toda flor se marchita") y de nuevo su
corazón se volvía hacia la luz que no pasa
nunca.
Cuando
la tristeza, la cólera, el disgusto, invadía
su alma, respiraba profundamente, como un océano,
volvía a tomar aliento en el soplo de Dios, invocaba
su nombre y murmuraba: "Kyrie Eleison".
Cuando
veía el sufrimiento de los seres humanos, su maldad y
su impotencia para cambiar nada, se acordaba de la
meditación de Abraham.
Cuando
le calumniaban, cuando decían de él todo tipo
de infamias, era feliz meditando con Cristo...
Exteriormente
era un hombre como los demás. No intentaba tener
"aire de santo"...
Había
olvidado incluso que practicaba el método de
oración hesicasta; simplemente intentaba amar a Dios
cada momento y caminar en su presencia.
Atr�s
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