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Jean
Laplace - Los ejercicios espirituales de diez d�as
(�ndice)
Guía
espiritual
¿Cómo reflejar en el papel la
evolución de una vida», la de los ejercitantes y
la de aquel que les acompaña? Esta era la pregunta
que yo me hacía cuando, hace ahora unos diez
años, publicaba este libro que ahora se me pide
reeditar.
¿De qué se trata, en realidad? De ayudar a
los demás a evolucionar, a vivir, a amar, a crecer en
libertad para mejor entregarse a la gracia del
Espíritu y, de ese modo, cumplir su misión en
la Iglesia y entre los hombres.
Este libro es de un carácter muy particular. No
está destinado tanto a ser leído cuanto a ser
practicado. Y practicado con la ayuda de una persona
experimentada, a fin de evitar errores metodológicos.
Es el itinerario de una experiencia; es una guía
espiritual.
No conviene buscar en él un desarrollo
lógico, como si debiera ser leído de principio
a fin. Hay que abrirlo según la necesidad del
momento, para encontrar en él la animación del
espíritu y algunos consejos apropiados. Su estilo
pretende ser el de los «apotegmas» de los Padres
del desierto: una serie de pensamientos, ya de por si
condensados, que condensan a su vez una experiencia vital e
invitan a acceder a una realidad siempre presente, pero de
la que no solemos preocuparnos de ordinario. Una vez
despertado tu espíritu, una vez recibido el consejo,
cierra el libro, olvida lo que has leído y deja que
la oración brote en tu corazón.
El conjunto constituye un «retiro», como
solemos denominar a esos días que nos tomamos de vez
en cuando para recobrar el sentido de lo esencial. Pero,
¡cuidado!, no estereotipemos la experiencia. Si me
preguntas: ¿«Qué tengo que hacer»?, me
veo obligado a responderte: Descúbrelo tú
mismo... Este libro puede ayudarte a ello». Un
«retiro» no es una serie de ejercicios, fijados de
antemano y de una vez por todas, que bastara con seguir
fielmente para sacar de ellos el fruto esperado. Aun cuando
se haga en grupo, requiere una creación personal: la
de un ser que vive y que busca la voluntad del
Espíritu. Quien se sirva de este libro
aprenderá a presentarse por sí mismo delante
de Dios, ya sea que haga el retiro con otros o lo haga solo
y «en la vida corriente», como afortunadamente va
siendo cada vez más habitual.
El hilo conductor de la experiencia lo constituyen los
Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola. Pero es
preciso aclarar en que espíritu se toman los
mencionados Ejercicios, cuyo fin consiste en conducir a la
libertad espiritual a quien los hace. Los Ejercicios
contienen una serie de consejos y un «itinerario».
Podríamos decir que son unas reglas para hallar la
libertad. Es decir, que quien los considere como una especie
de «grilletes» que impiden la libertad de
movimiento, es que no los ha comprendido. Del mismo modo que
el músico se somete a un método para permitir
que brote la inspiración, así también
quien se somete a la escuela de los Ejercicios recibe una
serie de reglas y de consejos con el único fin de que
pueda descubrir la libertad de servir y amar a Dios en todas
las cosas. Y podré constatar que el camino seguido es
bueno para esa libertad y esa paz que en ellos va
detectando.
Este hilo conductor querría aplicarlo yo
especialmente a la Escritura. Desde que comencé mi
actividad pastoral, siempre tuve presente el consejo que me
dio un profesor de un seminario que hizo los Ejercicios
conmigo. «Debería releer la Biblia con los ojos
de un ejercitador de Treinta Días». y así
lo he hecho. Y me ha servido de inestimable ayuda. He
llegado a redactar un librito de cien páginas, Biblia
y Ejercicios, que nunca he publicado, pero que me inspira
continuamente. De hecho, no veo como podría
encontrarme a gusto en unos Ejercicios sin esta constante
referencia a la Palabra de Dios y sin tener en cuenta la
gran Tradición espiritual de las Iglesias Oriental y
Occidental que la comentan. Entre los frutos que los
ejercitantes que he conocido en tantísimos
años me dicen haber sacado de los Ejercicios,
destacaría estos dos: la libertad para resituarse
ante Dios, suceda lo que suceda, y el gusto de orar con la
Escritura. Nada puede agradarme tanto, porque ello expresa
lo que siempre he intentado al desempeñar mi
ministerio.
Llegará el día en que, tras haberse servido
de estas páginas, el ejercitante ya no sienta la
necesidad de recurrir a ellas. Le bastará con el
libro de la Palabra de Dios, del que ya no podrá
prescindir y en el que no dejará de descubrir el
camino que le conduce a Dios. A los catorce años de
haberlo escrito, he releído este libro en orden a su
reedición. Y he descubierto que conserva su valor tal
como está. Lo único que he hecho ha sido
rehacer las primeras páginas de consejos previos. Por
lo que se refiere al resto, he mantenido la
presentación en días o jornadas, con sus
respectivas notas de orientación general, sus
advertencias acerca de la oración, sus textos
bíblicos para ayudar a la misma y, por ultimo, sus
consejos referidos al discernimiento.
Cuando publiqué estos «Diez Días»
por primera vez, me preguntaba si no seria conveniente
facilitar también las notas de las que me sirvo para
dar los Ejercicios de Treinta Días. Hoy ya no me hago
esta pregunta, porque la presente «Guía
espiritual. puede servir perfectamente para ese fin. La
materia es la misma. Lo único que difiere es el
ritmo, que ha de ser ralentizado en orden a una
asimilación más profunda.
Para acabar, quisiera repetir lo que dice Ignacio al
presentar su libro de los Ejercicios: todo esto no son
más que ejercicios, ensayos, sugerencias,
invitaciones a caminar y maneras diversas de disponerse a la
acción del Espíritu «para buscar y hallar
la voluntad divina en la disposición de la propia
vida» [EE, 1] (En
adelante, todas las citas que aparezcan entre [...]
se referirán a la numeración del texto de los
Ejercicios Espirituales de san Ignacio.)
Consejos
previos
En estas primeras páginas nos limitaremos a dar
una serie de consejos previos que retornaremos y
desarrollaremos a lo largo del libro. Pero conviene tener
desde el principio una visión de conjunto de los
mismos, porque constituyen el fundamento pedagógico
de los Ejercicios. Tales consejos se refieren, a la vez, a
la oración, a la ayuda que debe esperarse del
ejercitador, al esfuerzo exigible al ejercitante y al
itinerario que se propone.
Es importante tomarlos como lo que realmente son: un
simple medio para disponer el corazón. Lo esencial es
la acción del Espíritu Santo, en la que el
hombre no debe tratar de interferirse mediante un esfuerzo
de la voluntad o de la mente. Tampoco bastaría con
una enseñanza meramente externa. Nadie puede hacer
por otro una experiencia del amor. El misterio del encuentro
no deja de ser un secreto de cada uno. «Entra en tu
cámara, dice Cristo, donde el Padre ve en lo
secreto» Es la ley de todo amor, tanto del amor a Dios
como del amor a otra persona. Cuando te dispongas a
acogerlo, cierra tu puerta con llave, ama y haz lo que
quieras.
En suma: se trata de prepararnos a recibir algo que no
procede de nosotros y sin lo cual, no obstante, la vida no
es vida. ¿Quién puede vivir sin amar?
¿Qué cristiano puede vivir sin buscar a Dios y
su voluntad? Y, sin embargo, no puedo proporcionarme a mi
mismo aquello de lo que más imperiosamente tengo
necesidad. Esta constatación es el punto de partida
de toda la experiencia. ¡Ven, Señor, a colmar el
deseo que Tú mismo has despertado en mi!
Esta serie de consejos pretenden ponernos en el camino de
las disposiciones que le abren a uno a la acción del
Espíritu; de un modo particular, pretenden
enseñarnos a aceptarnos a nosotros mismos. Lo cual
dista mucho de la resignación pasiva. La
aceptación de uno mismo se corresponde con la
indiferencia exigida por san Ignacio para entrar en los
Ejercicios. Ya iremos aclarando poco a poco su naturaleza.
De momento, digamos al menos que es, a la vez, apertura al
futuro, confianza en Dios, relativización de todas
las cosas con respecto a lo esencial, y deseo de ser
«campo de experiencia del Espíritu Santo»
(Teilhard). No sé lo que resultará de todo
ello, pero me ofrezco por entero, en la seguridad de que
Dios está siempre conmigo...
1. LA
ORACIÓN
Lo importante en la oración es comenzar como es
debido. «Antes de entrar en la oración, repose
un poco el espíritu, asentándose o
paseándose..., considerando a dónde voy y a
qué» [239]. En estos primeros momentos,
hay que apaciguar el cuerpo, concentrar el espíritu y
abrir el corazón. Hay que hacer realidad el
«Descálzate» dirigido a Moisés (Ex
3,5) y el «cerrar la puerta» del Sermón de
la montaña (Mt 6,6).
Muchos imaginan que el preparar la oración
consiste en fijar un tema y concretar los puntos, como si se
tratara de hacer a continuación una
disertación según el plan previsto. De ese
modo hacen de la oración una operación
intelectual. Lo que conviene es, sencillamente, fijar la
atención del espíritu en tal o cual punto, a
fin de no quedarse en vaguedades. «Por dónde
comenzar», dice con mucha frecuencia san Ignacio. De
este modo el espíritu conserva la paz, sin andar
«mariposeando» aquí y allá. A este
objeto proponemos textos escriturísticos, no para que
se tomen todos ellos, sino para que cada cual escoja el que
más le convenga y no deje a su espíritu errar
sin rumbo.
Hay ejercitadores que quieren decirlo todo, con lo cual
atiborran el espíritu y no dejan sitio al
Espíritu Santo. Y hay ejercitantes que hacen lo
mismo: desean que se les ofrezcan múltiples
explicaciones, al objeto de asegurarse materia abundante o
prevenir el aburrimiento. Unos y otros olvidan el objetivo
de estos preparativos: dejar «que el mismo Criador y
Señor se comunique a la su anima devota,
abrazándola en su amor y alabanza y
disponiéndole por la vía que mejor
podrá servirle adelante» [EE, 15].
El cuerpo desempeña su propio papel en esta
preparación. Su postura no es algo indiferente en
relación a la calidad de la oración. No es
preciso ser un ferviente partidario del «yoga» o
del «zen» para experimentarlo. Basta con que nos
fijemos en nuestro propio trabajo: éste nos resulta
tanto mas fácil cuanto mas distendido está
nuestro cuerpo. Por eso aconseja Ignacio «entrar en la
oración, cuándo de rodillas, cuándo
postrado en tierra, cuándo supino rostro arriba,
cuándo asentado, cuándo en pie, andando
siempre a buscar lo que quiero» [EE, 76]. Si
una determinada postura me va bien, ¿por qué
cambiarla?
Una vez apaciguados el espíritu y el cuerpo,
resulta posible la verdadera atención, la que puede
ser duradera porque no fatiga. Hay motivos para preguntarse
si todo marcha como es debido cuando entramos en la
oración tensos y nerviosos. La tensión es
señal, muchas veces, de que nos fiamos
únicamente de nuestro propio esfuerzo y no sabemos de
veras lo importante que es estar distendido para conseguir
hallarse más presente. Es el momento de cambiar
nuestro proceder.
Cuando hemos conseguido serenar todo nuestro ser,
conviene pedir a Dios lo que deseamos: el don de entender
las cosas y el gusto interior que nos permite penetrar en
ellas con el corazón. «¡Ojalá
descendieras, Señor! ¡Ven, Señor, ven a
visitarnos!»: esto es lo que, bajo diversas
fórmulas, piden los orantes en la Biblia. En este
sentido, las oraciones litúrgicas nos sirven de
estupendo modelo. ¿Por qué no servirnos de ellas
al principio de la oración? Esas oraciones despiertan
y educan el deseo, y responden perfectamente a lo que
observa Pablo: «El Espíritu viene en ayuda de
nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos pedir como
conviene, mas el Espíritu mismo intercede por
nosotros con gemidos inefables» (Rm 8,26). Muchos de
nuestros intentos de orar resultan vanos porque no dejamos
que se exprese así el deseo en nuestros corazones.
«Pedid y recibiréis», dice el Señor;
pero inmediatamente antes había dicho: «Hasta
ahora nada le habéis pedido en mi nombre» (Jn
16,24).
Son muchos los que se sienten paralizados ante la idea de
permanecer una hora en oración durante tres o cuatro
veces al día. Por supuesto que es importante no
lanzarse a la aventura sin haber caído en la cuenta
de qué es lo que nos hace capaces de perseverar en la
misma. Unos se imaginan la oración como un encuentro
silencioso con Dios, y por ello desprecian los libros o las
ideas que se les proponen; a otros les da miedo
«abandonarse» y necesitan tener un libro a su
alcance. Pero, en realidad, la oración es fruto de
una tensión entre dos elementos opuestos que, poco a
poco, van armonizándose: la lectura y la plegaria.
Lectio et oratio, ha dicho siempre la Tradición.
La lectura es necesaria; pero no cualquier lectura. Se
nos ofrecen muchos libros que, según me temo, nos
alejan de la oración o nos quitan las ganas de orar.
De hecho, no conozco más que un libro plenamente
apropiado: el de la Palabra de Dios. Y ello con tal de que
no lo convirtamos en un objeto de estudio. La
exégesis y la teología son útiles, pero
únicamente para preparar el camino. Llegado el
momento de orar, el libro ha de ser tomado como si de un
sacramento se tratara. A través de las
múltiples palabras y los diversos relatos, que son
otros tantos signos sensibles de una realidad invisible,
intento escuchar la única Palabra, la del Verbo, que,
a través de su carne, me conduce a la Divinidad. No
me detengo en el detalle más o menos curioso, sino
que prescindo de esas cuestiones que excitan mi curiosidad.
En la fe de mi corazón que desea y en la presencia
del Dios a quien busco, recibo la palabra que debe alimentar
mi oración. Leo, naturalmente; pero lo hago en la
tranquilidad propia de un espíritu que está
seguro de que Dios desea encontrarse con él. Leo el
tiempo necesario para que mi ser quede penetrado de lo que
leo y para poder repetírmelo a mi mismo sin
esfuerzo.
Cuando la palabra me ha agarrado suficientemente,
entonces la oración sucede a la lectura. Al igual que
esa joven que, en el pórtico norte de la catedral de
Chartres, representa la vida contemplativa, también
yo experimento la necesidad de cerrar el libro y
«rumiar» a lo que he leído o, mejor, a
imitación de María, meditar las cosas en mi
corazón. Porque, como dice Ignacio, «no el mucho
saber harta y satisface al ánima, mas el sentir y
gustar de las cosas internamente» [EE, 2]. El
salmista evoca frecuentemente ese momento en el que el
orante, a lo largo de sus noches en vela, repite con deleite
el nombre de Dios o un determinado pasaje de su Ley (Ps 62;
118; etcétera). Poco importa el nombre que haya que
dar a esta oración: meditación,
contemplación, aplicación de sentidos, modos
de orar... Nos hallamos bajo la acción del
Espíritu, que nos hace gustar la palabra para que se
convierta en nuestra luz y nuestra fuerza. Verificamos lo
que, en su Primera Carta, llama Juan «la unción
del Santo» (1 Jn 2,20), por la que la palabra proferida
en el exterior y recibida en la fe se nos transforma en
interior, haciendo inútil toda enseñanza. Algo
así es lo que acontece en ese paso de la lectura a la
oración.
Al mismo tiempo, la tensión entre ambos actos-la
lectura y la oración-es lo que hace verdadero o no
aquello que acontece. La Palabra es recibida como una norma
objetiva, una regla de fe. La oración nos permite
penetrar en ella de tal manera que se nos convierta en
personal. Pasando sin cesar de una a otra, voy
progresivamente descubriendo lo que el Espíritu
realiza en mí, sin necesidad de correr el riesgo de
fiarme de mis sentimientos o de mis interpretaciones
subjetivas. Llegado el momento, ese sentido interior que el
Espíritu forma en mi me permitirá conocer con
certeza, gracias al «olfato» que en mi va
desarrollando, hacia dónde me inclina la voluntad de
Dios.
De este modo, al despertar el sentimiento, la
oración no me hace replegarme en mis estados
anímicos. Si así lo hiciera, es señal
de que no es una búsqueda de Dios. Gracias a esa
constante transición de la lectura a la
oración y de la oración a la palabra, hay en
la verdadera oración algo denso, compacto,
sólido, que permite acceder a la vida de fe y
habitúa al ser humano a dejar de considerarse el
centro y a juzgarlo todo según el superior criterio
de la voluntad de Dios.
Y del mismo modo que hay que comenzar como es debido,
también hay que acabar debidamente, llegado el
momento. San Ignacio habla, a este propósito, del
«coloquio., que «se hace, propiamente hablando,
así como un amigo habla a otro, o un siervo a su
señora [EE, 54]. E! prototipo podría
serlo la conversación de Moisés con Dios, a
propósito de la cual se nos dice que «el
Señor hablaba con Moisés cara a cara, como
habla un hombre con su amigo. (Ex 33,11). O mejor
aún, la conversación de Jesús con su
Padre, cuando se retiraba a orar al desierto. Es la
oración del corazón. Al principio se invitaba
al espíritu a apaciguarse, para que el corazón
pudiera abrirse a la palabra y gustar a Dios; al final, se
invita al corazón a apaciguarse igualmente en el
sentimiento que Dios haya despertado en él. Es una
conversación en la que cada cual habla o se calla,
según prefiera, pero siempre desde un inmenso respeto
por el amor. En este momento no hay reglas que valgan. Cada
cual es para si mismo su propia ley; cada cual descubre el
modo concreto en que Dios se le comunica. El lenguaje de la
oración se convierte en el lenguaje de la libertad,
del amor y de la relación. Y al final, viene el
silencio en la oración, la admiración y el
agradecimiento.
Hay una ley elemental en el arte de orar: la de la
perseverancia. Dudo de que alguna vez lleguemos a saber lo
que es la oración si no nos hemos decidido a pagar el
precio exigido: perseverar en ella y volver sobre ella una y
otra vez, sean cuales sean las dificultades que se
encuentren en el camino.
Y las dificultades las hay de todo tipo, y hasta pueden
ser contrapuestas. Unas veces es el entusiasmo, que nos hace
concebir proyectos ilusorios; otras veces, el aburrimiento y
hasta la repugnancia, que nos impulsa a abandonar. Hay que
pasar por toda esta serie de oscilaciones para llegar a
establecerse en la solidez de la fe, que no se da a la
oración por el dulzor que en ella pueda encontrar,
sino porque Dios es Dios y uno desea encontrarlo.
Lo esencial consiste en llegar a esta profundidad de fe.
Todo lo demás-lecturas, proyectos de vida,
discusiones, observaciones y notas-podrá ser
útil, pero no deja de ser secundario. Yo me ofrezco a
Dios «con grande ánimo y liberalidad, ...con
todo mi querer y libertad» [EE, 5]. Me entrego
a él «con todo mi corazón, con toda mi
alma, con toda mi mente y con todas mis fuerzas. (Mc 12,30)
y acepto estar ante El desarmado e indefenso, sin otra cosa
que mi vida tal como es. Esta fidelidad es la
traducción concreta de la certeza de que, si se lo
pedimos, Dios puede transformar el pobre ser que somos cada
uno de nosotros.
Perseverar durante unos Ejercicios viene a significar, en
la práctica, cuatro horas de oración diarias,
e incluso cinco, si -conforme a una sugerencia de san
Ignacio-el ejercitante experimenta el deseo de levantarse
por la noche para orar. Semejante exigencia solo puede
cumplirse si, además de lo ya dicho, añadimos
que cada cual debe tener en cuenta sus posibilidades. Quien
desee realizar inmediatamente este ideal corre el riesgo, si
cuenta únicamente con sus propias fuerzas, de
abandonar muy pronto el empeño, lleno de desanimo o
de crispación. A lo que hay que aferrarse es a la
dulzura del Espíritu. De ahí la flexibilidad
del horario. Según Ignacio, es al objeto de que
«el ánimo quede harto» por lo que hay que
tratar de permanecer una hora entera en el ejercicio,
«y antes más que menos» [EE, 12].
Ya se hagan los Ejercicios en grupo o individualmente, cada
cual deberá ir descubriendo su propio ritmo. Y en
este sentido, Dios, que «conoce mejor nuestra natura,
...da a sentir a cada uno lo que le conviene» [EE,
89].
La aceptación de la perseverancia le permite a uno
pasar del plano intelectual al espiritual, de la
enseñanza recibida a la experiencia realizada. Quien
se contenta con escuchar una conferencia y reflexionar
después sobre ella, se verá tentado a discutir
mentalmente las ideas recibidas. De este modo, el provecho
será indudablemente aparente o pasajero, porque lo
que se hace es sacar adelante la propia verdad, en lugar de
dejarse atraer por la verdad misma. Si nos tomamos el debido
tiempo, no podremos quedarnos en esa fase, sino que
será obligado que pasemos a Dios y nos remitamos a
El. No nos dejemos acuciar por el deseo de saberlo todo de
antemano, como si quisiéramos asegurarnos a todo
riesgo. Nos basta con vivir plenamente el momento presente.
Y es que sucede con la oración lo mismo que ocurre
con la libertad: sólo conoceremos su naturaleza si
nos ejercitamos en ella día tras día.
2. EL
ACOMPAÑAMIENTO
Para que pueda proseguirse, semejante experiencia
requiere el acompañamiento de otra persona, porque
tal experiencia despierta necesariamente, en quien la
emprende, una serie de diversos movimientos o
«emociones» en los que, sobre todo al principio,
resulta difícil reconocerse a sí mismo y se
corre el riesgo, debido al efecto de sentimientos opuestos o
a la ausencia de todo tipo de sentimientos, de incurrir en
el desánimo o en la exaltación inconsiderada.
Hay que perseverar, pero no de cualquier manera. Un
«consejero» resulta de inestimable ayuda para
aprender, en los hechos mismos que se producen, la manera de
actuar del Espíritu, que une suavidad y fuerza y que,
deseoso de que alcancemos nuestro punto exacto de
sazón, nos permite afincarnos en la paz y esperar de
Dios el resultado de nuestros esfuerzos.
Digamos, ante todo, con qué espíritu hay
que aceptar dicho acompañamiento, aunque mejor seria
llamarlo «diálogo espiritual», dado que
supone una confianza recíproca. El
acompañamiento responde a la necesidad de que tanto
el ejercitados como el ejercitante «más se
ayuden y se aprovechen» [EE, 22]. No hay uno
que dirige y otro que se somete. Ambos, aunque desde
diferentes puntos de vista, tratan de descubrir juntos la
acción del Espíritu Santo.
Y ello aun cuando los Ejercicios se hagan en grupo. El
objetivo de los «puntos» no consiste en hacer una
exposición doctrinal, aunque es verdad que hay una
doctrina que subyace a todo el conjunto. Lo que pretenden
los «puntos» es, a partir de la enseñanza
impartida, embarcar al ejercitante en una experiencia e
indicarle, en la medida de lo posible, los medios para
llevarla a término.
De una parte y de otra se requiere una determinada
actitud. Jesús, que alertó acerca de la manera
de escuchar, bien podría haberle dicho al
ejercitador: «¡Cuidado con tu manera de
hablar!» No hay que intentar decirlo todo, sino, a
partir del texto en cuestión, insinuar una serie de
sugerencias, de «puntos», de entre los que el
ejercitante escogerá los que más le convengan.
Se trata de decir pocas cosas, pero que sean sugerentes; y,
sobre todo, se trata de respetar la objetividad de la
Palabra de Dios. Lo cual no significa que el ejercitador
deba adoptar una actitud fría e impersonal. Debe
haber saboreado él mismo, personalmente, la palabra
que propone. Creyendo firmemente que el Espíritu
habita el corazón de los bautizados, deberá
permitir que se transparente su vida más profunda, a
fin de que, al contacto con ella, puedan otros despertarse.
Pero no deberá extenderse en
«elucubraciones», por muy brillantes que puedan
ser, sino que habrá de remitirse al Espíritu,
capaz de hacer que cada cual escuche la palabra apropiada. Y
al mismo tiempo, aprovechando su experiencia, dará
los consejos que considere útiles a medida que vayan
avanzando los Ejercicios. Consejos que no dispensan del
contacto personal, sino que permiten que éste sea
más ágil y mas preciso. Esta enseñanza
impartida en común tiene la ventaja no sólo de
ahorrar tiempo, sino también de propiciar el que
todos tengan acceso a unos puntos de vista que una
conversación privada tal vez no permitiría
abordar.
Pero, por otra parte, hay que hacerle ver al ejercitante
que hay una buena y una mala manera de escuchar. La buena
manera es la de la cuarta clase de terreno de la
parábola del sembrador: un corazón despejado
de obstáculos, abierto y sosegado, en el que las
palabras escuchadas despierten una verdad ya poseída,
pero que se hallaba como dormida. Mientras se escucha, no
hay que empeñarse en retenerlo todo ni en tomar unos
apuntes exhaustivos, sino en mantener el corazón
dispuesto de tal manera que sea capaz de atrapar al vuelo lo
que el Espíritu quiere hacerle oír. Se trata
de una escucha silenciosa, distendida y sosegada, que se
verá tanto más favorecida cuanto más
distendida y fraterna sea la atmósfera del grupo. En
suma, se trata de que cada uno de los que escuchan se
establezca en un profundísimo silencio, a fin de que
el corazón pueda dirigirse al corazón.
Esta manera de actuar presupone el que, de una parte y de
otra, se dé el convencimiento de que el verdadero
maestro es el que habla al corazón, no a los
oídos. Si no buscamos más que discutir o si
nos mantenemos a la defensiva, como desconfiando el uno del
otro, «¡cuántos se irán sin haber
aprendido nada!» (san Agustín). En resumidas
cuentas: aunque no haya diálogo verbal durante la
exposición de los puntos., no por ello dejan de ser
éstos el compartir mutuo de una verdad de la que
todos somos discípulos. Yo, que hablo, te doy a ti lo
que tengo y lo que soy. ¿Qué harás con
ello? No lo sé. Me entrego a ti incondicionalmente,
diciéndote lo que me ha sido inspirado. Por tu parte,
ábrete sin reservas. A nadie le mueve la curiosidad.
Mantente humilde en tu esfuerzo de atención, evitando
que la oscuridad te produzca crispación. El
Señor suprimirá esa oscuridad a su debido
tiempo, si se lo pides.
Por lo general, parece que es suficiente con una sola
exposición de «puntos» por día. Tal
vez, el mejor momento es por la mañana, cuando el
espíritu está fresco y dispuesto y la palabra
escuchada tiene menos peligro de interferir el movimiento de
la oración personal ya iniciada. Si se ve
conveniente, unos cuantos minutos por la tarde
permitirán reavivar la atención o anunciar el
tema del día siguiente. Sea como sea, la
distensión y el buen humor deberán marcar esos
momentos.
Además de los «puntos», está el
contacto personal, el cual es obligado, como es obvio,
cuando los Ejercicios se hacen individualmente, pero que es
preciso propiciar también cuando se hacen en grupo.
Podría discutirse interminablemente acerca de cual de
las dos formas de hacer los Ejercicios (individualmente o en
grupo) es preferible. La verdad es que una y otra forma
tienen sus ventajas y sus inconvenientes. Cada cual
tendrá que ver lo que prefiere y optar en
consecuencia, sin dejarse llevar por la «moda» del
momento.
¿Cual es el objeto de este contacto personal? El
mismo que el del «examen», del que hablaremos
enseguida. ¿Por qué hablar de todo? Porque es
sumamente importante que caigamos en la cuenta de la manera
en que nos comportamos o, como dice Ignacio, «de las
varias agitaciones y pensamientos que los varios
espíritus le traen» [EE, 17], de las
luces que se van recibiendo, de los obstáculos que se
vea que alienan nuestra libertad. De cualquier modo, cada
cual deberá saber sobre qué quiere hablar. El
ejercitador debe mantenerse más bien a la
expectativa; su papel consiste en «recibir»
aquello que le es confiado y, si puede, reaccionar en
consecuencia. Existe el riesgo de que algunos se sientan
desconcertados por este silencio y preferirían que el
ejercitador les preguntara cosas concretas. Semejante
actitud debe ser reconocida como una señal de que
existe algún obstáculo interior que
convendría esclarecer, lo cual no hará sino
que uno y otro (ejercitador y ejercitante) sean en lo
sucesivo más libres.
Esta manifestación de los pensamientos pertenece a
una larga tradición que desborda los limites del
cristianismo: la del «maestro espiritual». Una
tradición que se funda en la ley de toda
educación verdaderamente profunda: nadie se forma por
sí solo.
¿Existe alguna norma acerca de la frecuencia de
estos contactos? En algunos casos lo más conveniente
será tener una serie de breves entrevistas, tal vez
una cada día o, en todo caso, tanto más
frecuentes cuanto menos experiencia tenga el ejercitante de
este tipo de «acompañamiento». A otras
personas, mas habituadas a ello, les resulta suficiente una
conversación de vez en cuando. Lo que es cierto es
que, si se celebran en el momento adecuado, estos encuentros
sirven para evitar muchos errores, desalientos, pasos en
falso y pérdida de tiempo. Y conviene añadir
que es muy útil atenerse a la norma que uno se haya
fijado al comienzo. A algunos puede resultarles fastidioso
tener que mantener cotidianamente este diálogo que,
en determinados días, les parece que no les supone
provecho alguno. Pero, al igual que en la oración,
también en este punto es preciso perseverar en la
fe.
Hay ejercitantes que se preguntan si, cuando se hacen los
Ejercicios en grupo, no resultarle útil mantener
reuniones en las que se comparta y se dialogue en un clima
de fraternidad. Por la experiencia personal que yo tengo al
respecto, soy más bien contrario a este modo de
proceder, sobre todo si los Ejercicios buscan un objetivo
concreto, como es, por ejemplo, }a elección de
«estado de vida». Por lo demás, tanto en
este caso como en otros muchos, la experiencia comunicada
por otros tiene el peligro de interferir y obstaculizar la
propia dinámica personal, sobre todo cuando uno no
está aun muy seguro de si mismo.
De todos modos, ya sea que este diálogo se haga
durante los Ejercicios-lo cual es preferible-o
después de éstos, con los amigos o con la
propia comunidad, parece conveniente hacer algunas
observaciones al respecto.
En primer lugar, es preciso que cuantos participen en el
dialogo lo hagan espontáneamente; pero no conviene
que haya «oyentes por libre» u observadores
únicamente interesados en ver qué es lo que
ocurre. Este dialogo ha de ser un ejercicio espiritual en el
que, como en la oración, cada cual se compromete tal
como es.
Para «recibir» lo que dice el otro y comunicar
los propios pensamientos, no estará de más
que, antes de comenzar, se centre uno en el silencio de la
oración. Un silencio fecundo, lleno de esa fe que
tenemos en el Espíritu que inspira a unos y a otros.
Esto es una condición ineludible para un buen
dialogo.
En segundo lugar, si a lo largo del diálogo siente
alguien la necesidad de hacer una observación o una
pregunta, deberá hacerla a partir del mencionado
silencio, y no para oponerse o para discutir, sino para
«recibir» mejor lo que dice el otro o para
permitirle que se exprese mejor.
Este tipo de dialogo no es para sacar conclusiones ni
para hacer ningún balance. No se trata de juzgarse a
si mismo ni a los demás, sino de aceptarse
mutuamente, con la dinámica que el Espíritu
suscita en cada cual. La finalidad de este dialogo no
consiste en hacerse con un «capital» espiritual
del que poder hacer uso en lo sucesivo, sino en aceptarnos
tal como somos. Esta experiencia, que se hace por sí
misma y que es incomunicable en el fondo, cambia nuestro
modo de vivir nuestras relaciones ordinarias y nos
sitúa en el plano de la fe. Al igual que ocurre tras
la participación eucarística, la vida sigue
siendo la misma, pero ya no se ven las cosas de la misma
manera. Y añadamos un ultimo consejo: conviene que el
grupo no exceda de siete u ocho personas. Un grupo
más numeroso tiene el peligro de no permitir que todo
el mundo se exprese cómoda y libremente.
También puede suceder que los mas habituados a hablar
monopolicen el uso de la palabra y que el diálogo, en
lugar de ser una puesta en común, se convierta en una
discusión ideológica. Si se hace, todo el
mundo debe estar en situación de igualdad.
Al concluir este apartado sobre el
«acompañamiento», no estará de
más subrayar la ayuda que este libro puede aportar a
quien se vea inclinado a hacer sus Ejercicios totalmente a
solas; sin nadie que le acompañe. Como es de suponer
que tenga una suficiente experiencia de la vida espiritual,
deberá conservar su libertad respecto de los consejos
y, sobre todo, los textos que en este libro se proponen.
Tiene una inmejorable oportunidad de escoger los que mas le
atraigan. Personalmente, cuando yo he hecho los Ejercicios a
solas, he recurrido al Éxodo, a los Salmos, a ciertos
textos litúrgicos, a San Juan, al Cantar de los
Cantares y a otros libros de la Escritura. En estos casos,
el presente libro sirve únicamente de instrumento de
verificación de la experiencia.
La regla consiste en no ser esclavo de ninguna
fórmula. «He dado unos Ejercicios del mismo modo
que los da usted», me ha dicho más de uno,
«y la cosa no ha funcionado...» «No me
extraña nada», he respondido. «Es
señal de que lo que yo le he dicho, y usted ha
recibido de mi, no le ha servido para ser más usted
mismo»
3. EL ESFUERZO
ESPIRITUAL
Si hay una razón que justifique el
«acompañamiento», es que la
«aventura» que se propone en los Ejercicios no
puede vivirse sin realizar un esfuerzo. Eso sí, no se
trata de cualquier esfuerzo. Son muchos los que se dejan
engañar por su misma generosidad. Imaginan que todo
puede lograrse a base de voluntad y se lanzan a tumba
abierta a la oración, pero sin haber sopesado
previamente sus posibilidades y sin el más
mínimo sentido del discernimiento.
Ahora bien, precisamente las largas horas de
oración y el absoluto silencio en que nos sumergimos
hacen que en el espíritu surjan pensamientos o
«mociones» de los que anteriormente no
teníamos ni idea. La soledad desempeña
aquí el papel de «reveladora». A partir de
ella, toda nuestra «madeja» interior se
desembrolla y se vuelve a embrollar. En nuestras confusiones
y distracciones, en el despertar de nuestros deseos,
¿qué cosas son reacciones psicológicas y
qué cosas son el inicio de una moción
espiritual? Todo se da al mismo tiempo. Cada cual revela lo
mas profundo de su propio ser, de lo cual no tenia la menor
idea en su vida ordinaria.
Muchos dicen: «hay que orar la propia vida»
¿Y qué es esa vida de la que pretenden hacer
oración? ¿Significa ir a Dios el llevar a la
oración las propias decepciones, las propias
amarguras, las propias críticas y los propios juicios
sobre los demás? Por alguna parte hay que empezar.
Digamos, al menos, que orar la propia vida es ofrecerse, con
toda la propia complejidad humana, para que Dios la
purifique y la ilumine. O digamos, con san Ignacio, que es
«pedir gracia a Dios nuestro Señor para que
todas mis intenciones, acciones y operaciones sean puramente
ordenadas en servicio y alabanza de su divina Majestad»
[EE, 46]. Entonces comienza el verdadero esfuerzo
espiritual.
No basta con quedarse al nivel del acontecimiento o de la
reacción provocada por éste. He de descender a
lo más profundo de mí para captarme en mi
capacidad de ser y de amar y, al mismo tiempo, he de pedir
al Espíritu que penetre en esa mi profundidad y cree
en ella una mirada y un corazón nuevos. Lo que de
mí depende no es cambiar a voluntad, sino suplicar:
«¡Crea en mi, oh Dios, un corazón
puro!» La vida a la que yo aspiro es creación
del Espíritu. Por eso, mediante un acto de verdadera
libertad, debo entrar en ese lugar secreto del
corazón en el que soy yo mismo, sin preocuparme de
las miradas de los demás ni de las fórmulas
que deba emplear, con la seguridad de que Dios ve en lo
secreto y ha de darme el don del Espíritu.
La generosidad-una de las palabras más equivocas
del lenguaje espiritual-no consiste en provocar en uno mismo
grandes sentimientos, aunque sea al servicio de las
más nobles causas, sino en aceptar descender a lo
más hondo de uno mismo para verse tal como uno es y
presentarse al Señor, a fin de que El realice en uno
su obra. Mi libertad, reconocida como el primer don que Dios
me ha otorgado para permitirme ir a El, se ofrece a la
gracia para quedar un poco más liberada gracias a
ésta y, de ese modo, poder ofrecerse sucesivamente a
nuevos progresos.
Hay personas a las que este lenguaje les resulta un tanto
curioso y extraño, y querrían que se les
indicaran unos objetivos concretos y unas determinadas
prácticas que realizar. Están esas personas
habituadas a vivir según el pensamiento de otras, e
ignoran este lenguaje de la libertad y la aceptación
de sí. Sin embargo, únicamente en la medida en
que una persona desarrolle su propia personalidad, sobre
todo en el terreno de la relación y del amor,
podrá ofrecer asidero a la gracia. Todo está
enlazado: la presencia a uno mismo es condición para
la presencia ante Dios, ante los demás y ante la
vida. La preocupación por la vida espiritual no debe
llevar a la huida o al desconocimiento de la naturaleza, so
pena de originar los más graves desastres y
desengaños.
Esto es particularmente cierto respecto de la
afectividad. El esfuerzo realizado en la oración
supone y pone en movimiento dicha afectividad. Pero al amor
no se accede del mismo modo que se accede al objeto de la
ciencia, porque se dirige a una persona viva, a la que se
conoce gracias a sucesivos acercamientos del corazón.
Desde este punto de vista, es correcto afirmar que quien no
entiende el lenguaje del amor humano difícilmente
entenderá el lenguaje del amor de Dios. Las crisis de
la vida religiosa tienen muchas veces su origen en el
desequilibrio de una afectividad retardada o mal
desarrollada.
En suma, ¿cómo concebir el esfuerzo
espiritual? Como huida de la autocomplacencia y del
repliegue en uno mismo. El verdadero esfuerzo espiritual es
aquel por el que una persona intenta salir de si para
apegarse a otra. El placer que entonces acompaña al
don de si o al encuentro con el otro es un placer bueno y
querido por Dios. Pero, si trato de hacer renacer ese placer
sin que haya ningún objeto que lo suscite,
estaré cometiendo una impureza. Mi esfuerzo
consistirá en aceptar las necesarias purificaciones
que la vida o las dificultades de ésta le imponen a
una afectividad aún vacilante. Y no trataré de
eludirlas, porque a través de ellas voy llegando
progresivamente a amar a Dios y al otro por si mismos. Al
igual que sucede con el crecimiento en el amor, este
esfuerzo nunca tiene término.
EXAMEN-DE-CONCIENCIA:
Para favorecer diariamente este esfuerzo y ayudar
al dialogo espiritual que le sirve de garantía, nada
más útil que esa experiencia que la
tradición denomina examen de conciencia, cuya
naturaleza hemos deformado o hemos malinterpretado con
demasiada frecuencia. Por supuesto que para corregirse de un
defecto o adquirir un habito, o simplemente para desarrollar
la capacidad de atención, es bueno reservar, a lo
largo del día, unos momentos para detenernos,
serenarnos y tomar nota de nuestros avances y retrocesos. De
este modo aprende la mente a concentrarse en un objeto y a
garantizar la continuidad en medio de la dispersión
de la vida. Pero no es preciso ser cristiano para actuar
así. También ha habido paganos y sabios en la
antigüedad que hicieron este tipo de examen de
conciencia. Tal vez tengamos hoy una excesiva tendencia a
desdeñar esta ascesis, porque pensamos que no es
posible buscar a Dios desde una existencia disgregada y
carente de consistencia.
Dicho esto, el ejercicio en el que estamos pensando es
otra cosa. Es un medio para mantenerse a disposición
del Espíritu Santo a partir de lo que uno vive. Es
algo relacionado con lo que más arriba
llamábamos la «manifestación de los
pensamientos en el dialogo espiritual». No se trata de
analizar ni de replegarse sobre uno mismo-una especie de
narcisismo espiritual-; tampoco se trata de un esfuerzo
voluntarista de que no se nos pase nada por alto, debido al
deseo de una perfección que nadie nos exige,
más que nosotros mismos; se trata de una apertura de
todo el ser al soplo de Dios, desde la certeza de que el
Espíritu de Dios no deja de actuar en nosotros, como
no dejó de actuar en Jesús, si nos esforzamos
en prestarle atención. Se trata, pues, ante todo, de
un reconocimiento cotidiano de la presencia de Dios en
nosotros mediante su acción. Hablando del examen,
Ignacio lo describe, en primer lugar, como una acción
de gracias. Sólo después podré
descubrir mis errores o mis defectos. Y este descubrimiento
se convertirá en una ocasión de contar con la
misericordia de Jesucristo, que es justicia de Dios para mis
pecados y para los del mundo entero (1 Jn 2,2). Nos
hallamos, pues, en las antípodas de lo que
podría ser un ejercicio que condujera a la falta de
confianza en uno mismo o al miedo de obrar. Lo que hace es
situarnos en el centro mismo de una libertad que no deja de
crecer delante de Dios. Aun en medio de la banalidad de lo
cotidiano, experimentamos que «en todas las cosas
interviene Dios para bien de los que le aman. (Rm 8,28). La
múltiple realidad en la que nos vemos sumergidos con
el correr de los días se unifica cada vez más
gracias a la intención de nuestro corazón, que
se renueva y se purifica en el examen.
Si en esta forma de oración que es el examen
presto atención a mi vida concreta, no es sólo
para descubrir los obstáculos que hay en ésta,
sino también para determinar, de entre el abigarrado
conjunto de mis pensamientos, cuáles provienen de mi
y cuáles son inspirados por el buen o el mal
espíritu. Concebido de este modo, el examen forma
parte de esa obra de discernimiento que, como dice Pablo,
«nos permite discernir, con un amor cada vez más
abundante en conocimiento perfecto, lo que resulta
más conveniente para ser puros y sin tacha para el
Día de Cristo» (cfr. Flp 1,9-10). Como veremos
al final de este libro, este ejercicio cotidiano del examen
conviene vincularlo estrechamente con la
«contemplación para alcanzar amor», al
objeto de que, «enteramente reconociendo, pueda en todo
amar y servir a su divina majestad» [EE, 233].
Ya no se trata únicamente de una contemplación
global de las obras de Dios en el universo, en Jesucristo y
en la Iglesia, sino de la aplicación de esta
contemplación a la obra que realiza en mí para
hacerme acceder a la dinámica del amor.
Es en esta amplia perspectiva como conviene tomar buena
nota, y de una manera muy precisa, de las luces recibidas y
las mociones interiores que las acompañan ¿Por
qué no adoptar, ya desde el comienzo de los
Ejercicios, esta perspectiva interior respecto de las
motivaciones profundas que me han movido a hacerlos?
¿Qué era lo que yo buscaba? Saber lo que quiero,
y saber expresármelo a mí mismo y a un
«testigo», puede ser objeto tanto de un examen
inicial como de la primera entrevista con el ejercitador. De
este modo adquiriré, para lo sucesivo, el
hábito de hacerme consciente de cuanto acontece en mi
oración y de cuanto la favorece: horario, fidelidad,
atmósfera del día, etcétera. Todo se
tiene en cuenta y nada queda excluido: nerviosismo,
inquietudes, distracciones, gozo y paz, así como el
estado de salud física. E igualmente deberé
considerar los problemas que me preocupan, porque hay
quienes los descartan a priori como un obstáculo,
mientras que otros desean integrarlos en su oración.
De hecho, el discernimiento se hace a partir de ellos, tras
haberlos objetivado; y se refiere más a mi manera de
reaccionar ante ellos que a la solución de los
mismos. Al cabo de algunos días, si se releen las
notas tomadas, se percibirá una dominante. Y si hay
que tomar alguna decisión, el discernimiento ayuda a
prepararla serenamente.
La naturaleza de este examen, como la de la
oración y la de todo cuanto se refiere a la vida
espiritual, sólo se descubre gradualmente. Quien se
apresura en exceso y cree haber comprendido inmediatamente
de lo que se trata, corre el peligro de hallarse enseguida
en un callejón sin salida o de incurrir en esos
excesos de los que tan frecuentemente se acusa al examen:
escrúpulos, narcisismo, intelectualización,
mecanización de la vida espiritual... Nada de esto
deberá temer quien no vea en el examen más que
un medio para crecer en la libertad, en la autoconciencia y
en la disponibilidad interior. Quien así lo vea
podrá incluso, con absoluta confianza, aprovecharse
de sus errores o de sus pasos en falso, llegará a
descubrir progresivamente su propio método y se
mantendrá espontáneamente fiel al mismo,
porque se encontrará a sus anchas en él. Su
misma acción se convertirá en una incesante y
simple unión con Dios.
4. EL
ITINERARIO
Antes de emprender la experiencia, digamos unas palabras
acerca del «itinerario», que presentamos como un
recorrido de sucesivas fases. Con ello no pretendemos hacer
otra cosa que descubrir la manera en que Dios se da a
conocer a su criatura. La Biblia no es sino la
descripción de esa larga aventura a lo largo de la
cual la humanidad es introducida en el conocimiento de Dios.
Y el Éxodo es el ejemplo más llamativo. En el
han descubierto los hombres de espíritu de todos los
tiempos-judíos y cristianos-la andadura del alma y de
la humanidad hacia la Tierra Prometida.
En la práctica, lo que descubrimos son los
progresivos avances del bautizado en su crecimiento de fe en
Jesucristo: purificación, iluminación y
unión con Dios y con sus hermanos. Son las etapas que
la liturgia de la Iglesia hace seguir al catecúmeno
para iniciarlo en el misterio cristiano. Y no puede haber
para nosotros otra andadura distinta de ésta, que es
la que reemprendemos cada año a lo largo de la
Cuaresma, en la que la Iglesia propone a sus fieles unos
verdaderos Ejercicios Espirituales que les renueven en el
espíritu del Bautismo y de Pascua.
Los Ejercicios que proponemos no hacen sino condensar
esta andadura en un tiempo más o menos limitado. Son
cuatro semanas, cada una de las cuales, dice Ignacio, no ha
de entenderse que «tenga de necesidad siete u ocho
días en si». [EE, 4]. La duración
de cada una queda a la discreción de los ejercitantes
y del ejercitador, según los frutos que se vea que se
recogen.
Ninguna norma es absoluta a priori. La libertad del
Espíritu-¡no la fantasía!-es la ley que
rige el empleo del tiempo de que se dispone, tanto respecto
de la materia propuesta como respecto de la manera de
proceder. «Usted, que da tantos Ejercicios a lo largo
del año, ¿cómo hace sus propios
Ejercicios?., me preguntaron un día unos seminaristas
africanos. Y mi respuesta fue: «De un modo muy distinto
de como digo a los demás que los hagan. Con esta
«salida de tono. pretendía dar a entender que la
fidelidad inicial a la normativa proporcionada por los
Ejercicios le permite a uno estructurarse espiritualmente y
hacerse libre respecto del modo de llevar su vida, sin por
ello temer incurrir en una falsa libertad. Quien se somete a
su disciplina puede dejarse guiar por el
Espíritu.
Lo que es propio de los Ejercicios, e indudablemente
marca la vida de quien los adopta como guía es el
lenguaje de la elección, de la decisión y de
la libertad. La siguiente nota de los Ejercicios revela el
espíritu de su autor: «No... se engendre veneno
para quitar la libertad... de manera que... las obras y
libero arbitrio reciban detrimento alguno, o por nihilo se
tengan» [EE, 369]. Lo que pretenden los
Ejercicios es formar una libertad que se recibe de Dios, se
desarrolla, se entrega y se elige para hacerse dócil
al Espíritu Santo. Una libertad que se ejerce en la
gracia, según la sinergia, que dirían los
griegos: acción común de Dios y del hombre. He
ahí su más valioso beneficio, que volveremos a
encontrar, a lo largo de nuestra vida, en los diversos
Ejercicios que podamos hacer. Sin pretender jamás
haber alcanzado esa meta, sabemos que el Espíritu no
deja de renovar a quienes se confían a él para
crecer, en la comunidad de toda la Iglesia, en Cristo
Jesús.
Textos con miras a la
oración de estos días
1. LUGAR DE LA ORACIÓN:
EL CORAZÓN (Mateo 6, 5-15)
Retírate a un lugar escondido, solo conocido por
ti. No pretendas hacer que te vean y representar un papel o
repetir formulas aprendidas. Siéntate tal cual eres
ante tu Padre, que te ve en el secreto de tu corazón.
La oración es un acto de un ser libre, que sabe
ocupar su sitio ante Dios y ante los demás.
2. ACTITUD DE QUIEN COMIENZA: LA
ZARZA ARDIENDO (Éxodo 3, 1-20)
Ante Dios que se te revela como fuego intocable, no
pretendas darle vueltas, ni comprenderlo por ti mismo.
Descálzate. A Dios no se le sorprende; él se
revela, como dos personas se presentan mutuamente. Entonces
le conocerás en su misterio, mas allá de todo
lo que eres capaz de expresar, y por él serás
revestido de tu misión. Ve a presentarte al
Faraón. Yo seré palabra en tus labios.
3. FE EN LA SUPLICA (Lucas 11,
9-15)
En esta actitud, podrás pedir lo que tu
corazón desea. ¿Como va el Padre a negarte el
Espíritu Bueno si tu se lo pides? Porque en nosotros,
que no sabemos lo que hemos de pedir para orar bien, el
Espíritu vierte gemidos inexpresables (Rm 8,
26-27).
Pide el Espíritu y el creará en ti el
deseo.
4. RUMIAR INTERIORMENTE LA
PALABRA
El creyente recuerda la palabra y se la repite a si
mismo: es la memoria del corazón, «escribe mis
preceptos en las tablillas de tu corazón». (Prov
7, 3).
«Yo no he olvidado tu palabra» (Sal
119-118).
El la rumia dentro de si mismo para aprender la
Sabiduría y hace de ella sus delicias: el
corazón es lugar de inteligencia (todo el Sal
119-118)
Los ejercicios nos invitarán a recordar, a
reflexionar, luego a aplicar la voluntad. Es el ritmo normal
de la oración que se aprende en la escuela de la
Escritura. En ella encontramos el gusto de las cosas.
5. ¿A QUIEN COMUNICA DIOS
LA SABIDURÍA?
A los que reconocen que él es su fuente (Bar 3 a
4, 4).
A los que la piden: oración de Salomón
pidiéndola (Sab 8, 7 a 9).
A los pequeñuelos (Lc 10, 21-22).
A los corazones que se abren: el sembrador (Lc 8,
4-15).
A los que viven en el amor fraterno (Mt 5, 23-24; el
Cenáculo: Hech 1, 12-14).
«Cuidado con vuestra manera de escuchar» (Lc
8,18). Los Ejercicios proponen una manera de disponerse a
los dones de Dios.
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