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Jean
Laplace - Los ejercicios espirituales de diez d�as
(�ndice)
Día
1º
Designio de Dios y
respuesta del hombre
(Principio y
fundamento)
PLAN DEL DÍA:
¿POR DONDE COMENZAR?
¿Por dónde comenzar? Es imprescindible
comenzar por algo. En nuestros días, toda
elección puede parecer arbitraria. Todo está
sometido a critica. Todo el mundo discute sobre la actitud
de arranque para llegar a Dios: desde Dios hacia el mundo,
desde el mundo hacia Dios... Existe el peligro de que, con
el deseo de respetar las orientaciones de los demás,
perdamos nosotros el tiempo en discutir. Pero no se debe
perder el tiempo (Rm 13, 11-12). Es preciso ir a lo
esencial.
Hay una actitud fundamental, sin la que nada es
auténtico en mis deseos, mis proyectos, mi
acción. Esta actitud se sitúa más
acá y más allá de nuestras habituales
contraposiciones: oración y acción,
interioridad y exterioridad; más allá
también de las discrepancias que la existencia
establece entre nosotros: las de la profesión, del
medio, de la cultura...
Esta actitud es la de la libertad que acepta la
existencia. No una libertad que elige las cosas según
su fantasía, sino la que, consciente de sus
determinismos y sus limitaciones, se acepta a si misma,
juntamente con todo el universo, con el amor que le ha dado
la existencia, sin el cual ninguna libertad puede
desarrollarse.
En esta aceptación hay algo verdaderamente
único, como el sí del amor que se dan dos
personas. Nadie, sino yo mismo, lo puede dar en mi lugar. Ni
yo puedo darlo si no es bajando a las profundidades de mi
ser, allá donde me encuentro solo delante de Dios,
«allá donde el Padre ve en lo secreto». En
ese fondo secreto es donde mi existencia recibe su unidad,
al mismo tiempo que coincido con todos los hombres.
Allá no puedo excluir nada ni a nadie.
En esta aceptación comienzo a relativizar las
cosas, es decir, a no cerrarlas sobre sí mismas como
si fuesen absolutas, sino a mirarlas en relación con
todo lo demás que ha hecho posible su existencia, de
modo que me es posible recibirlas libremente y servirme de
ellas con amor. Así llego a descubrir la ley de toda
la vida, que es el desarrollo de sí misma en
intercambio con los demás. Nadie tiene en sí
su centro ni su fin, ni la humanidad ni el individuo. El
hombre no se logra sino en relación a los
demás. Ser es darse, es comunicación.
La regeneración y consumación del mundo no
puede realizarse si no es dentro de la fidelidad a este
principio: aceptar, a medida que voy viviendo, el descender
a las profundidades y a la soledad del ser y descubrir desde
allí que soy solidario de todos y que he sido
entregado a mi mismo por Dios. Esto es lo que constituye el
valor de la vida humana, no la realización de grandes
acciones, ni la reputación que me rodea, ni la salud,
las riquezas, la larga vida, sino, en la situación en
que me encuentro, en el día de hoy, al que no
sé si seguirá un mañana, la libertad
que se recibe de Dios en el instante en que uno se abre al
amor. Ahí es donde comienza la plenitud de la
vida.
¿Este planteamiento es un sueño? Para dejar
de lado la teoría, será preciso que deje de
centrarme en mi mismo y busque fuera de mí la norma
para mi vida y mis decisiones. Se hace imprescindible una
ruptura liberadora que me dé la evidencia vital de la
ley evangélica: el que pierde su alma, la gana. La
ley del amor es la aceptación de la muerte. En ese
punto todo será sencillo. Pero, al mismo tiempo, esto
es lo difícil, lo imposible.
En realidad, este plan sólo Cristo lo ha realizado
entre nosotros. Por eso es él quien ha operado la
transfiguración del mundo y la hace posible. El ha
vivido su humanidad en la libertad del amor. Todo el anhelo
de su corazón clama por el cumplimiento de la
voluntad del Padre. Este deseo le apremia: en él vive
y con él muere a su existencia humana, que no puede
por menos de ser breve por el ansia que tenía de que
todo se consumase. Pero nos ha dejado su Espíritu a
fin de que esta obra tan ansiosamente comenzada por
él, se continúe entre nosotros lentamente a
través de los siglos. Toda la vida espiritual
consiste en lograr que nuestra diminuta vida humana tenga
esta orientación profunda del corazón de
Cristo. Entonces en mi, como en él, se
continuará la transfiguración de mi ser y del
mundo.
Para la consumación de esta obra, promulga la ley
que él mismo ha seguido, la de la renuncia. No el
renunciamiento ascético que es para privación
o desprecio de las cosas. Si él ha hecho las cosas
¿cómo va luego a exigir su renuncia? Es una
apertura al amor que pasa por encima de todo. Es lo que san
Ignacio, al comienzo de sus Ejercicios, expresa de esta
manera: «solamente deseando y eligiendo lo que
más nos conduce para el fin que somos criados».
Su expresión no hace otra cosa que traducir la
exigencia de la vida y del amor. Ven, soy yo. Si quieres
construir una torre, siéntate primero.
Pregúntate si has puesto bien los cimientos, de modo
que puedas llevar a término tu obra (Lc 14,
25-33).
A estas verdades fundamentales, que son la ley de la
existencia, la fe les da un nuevo significado. Incluso
podemos preguntarnos si al margen de la fe nos
seguirían apareciendo con tanta claridad. En realidad
nos conducen a enfrentarnos con el primer plan de Dios sobre
el hombre: «Dios creo al hombre a su imagen y
semejanza». ¿Cómo podría concebirse
al hombre desconectado de aquel que es la imagen del Padre?
Como hemos sido creados en él, también en
él hemos de comprender lo que somos.
La Revelación nos sitúa ante la ley
universal, la ley del Amor que crea y que se comunica.
Así ocurre en el misterio de Dios, Padre, Hijo y
Espíritu Santo. Así ocurre en Cristo que no
vive mas que para su Padre. Así en la Iglesia, que no
vive sino para Cristo. Así ocurre también
entre el hombre y la mujer. Asimismo en toda la humanidad.
La plenitud de un ser, cualquiera que sea, no es posible
sino en el reconocimiento del otro, en la
renunciación radical de sí. Es la nada que se
abre al todo.
En eso me encuentro embarcado; y la fe me dice cual va a
ser mi aventura. A su luz puedo al menos hacerme algunas
preguntas, para no quedar perdido en el camino. En realidad
me basta con una sola. En todas las circunstancias que me
acontecen ¿permanezco libre para amar? En caso
negativo, esto quiere decir que me puede el temor, la
opresión, la irritación, la pereza. Tomo
experiencia de mis condicionamientos, de mis limitaciones.
¿Acepto al menos concretar las cosas que me esclavizan,
y luego, sin obcecarme, permanecer abierto a la luz?
¿Que saldrá de todo esto? No sé. Pero
acepto el no saberlo y esperar sin defensas ni ideas
preconcebidas.
A partir de eso, todo es posible, porque ya lo esencial
esta sobre el tapete. Hay que procurar no evadirse de la
realidad, ni de la de este mundo, ni de la nuestra.
Quizás queréis que las cosas sean de manera
distinta de como son. Quisierais ser distinto del que sois.
Para cambiaros y para cambiarlas a ellas, empezad por
aceptar lo que es. Esta realidad comenzará por
manifestarse como relativa, es decir, que recibirá
sentido de otra realidad. Entonces comenzaréis a
marchar sin temor, porque habréis comenzado a saber
que sois libres para amar a partir de lo que ahora
existe.
Ya lo ves, no se trata de negar nada, sea lo que sea, de
tu vida ni de tus ordinarias ocupaciones o atenciones, sino
de descender un poco más en esas profundidades, donde
encuentres al amor creador.
- Pero lo que estás proponiendo de entrada
¡es la perfección!
- Ciertamente, pero como en semilla. Todo está
encerrado en este punto de partida, pero es preciso dejar
que sea sembrado en la experiencia, para comprender todo lo
que contiene. Todo queda presentado de golpe, pero todo
queda por hacer.
En todas las edades de la vida, puedo tornar a este
fundamento. Su verdad adquiere cada vez mayor valor por la
experiencia que va creciendo y asimilándose. Yo
retorno cada día a este mismo punto de partida y cada
vez lo redescubro nuevamente.
Cuando haya llegado a esa cumbre de perfección,
aún habré de renunciar a la
satisfacción que eso me produzca, no sea que pierda
el equilibrio a que creo haber llegado. Es un equilibrio que
no se conserva más que avanzando. Quien se para a
contemplarse, cae. No me será posible seguir ganando,
si no es perdiendo aun más.
Estas verdades piden que se las rumie. A partir del
momento en que no eran más que un simple objeto de
consideración o de discusión, una vez que
penetran en el corazón, se hacen inagotables.
Entonces todo cambia y todo se hace posible. La vida
comienza a circular, y es la vida del Espíritu Santo
que «No sabes de dónde viene ni adónde
va. (Jn 3, 8). Sólo sabes que está presente y
te impulsa.
PARA LA ORACIÓN
DE ESTE DÍA
Cada uno de los textos, brevemente comentado, esclarece
uno de los aspectos de la orientación que ha de tener
la meditación del día. La variedad permite
escoger el que parezca que se adapta mejor a las necesidades
de cada uno.
Antes de entrar en la meditación, conviene
precisar cuál se elige, para saber por dónde
comenzar. No hay que preocuparse de los otros, si uno
encuentra lo que busca. Los otros, si hay necesidad, pueden
servir de lectura, a lo largo del día, siempre que no
se olvide aquello de que «no el mucho saber harta y
satisface al ánima, mas el sentir y gustar de las
cosas internamente» [2].
1. LA PRESENCIA ACTUAL Y
CREADORA DE DIOS
Sal 138-139: Yahvé: tu me has examinado y me
conoces...
Ese Dios a quien buscamos «no esta lejos de cada uno
de nosotros. (Hech 17, 22-31). Es más íntimo a
mi que yo mismo, en el fondo de toda actividad,
dándome el ser, el querer y el obrar (vv. 1-6).
Cuanto mas desciendo a las profundidades de mi ser,
más descubro al Espíritu, que abarca de un
extremo al otro del mundo, sin que nada se le oculte (Sab 7,
22-8, 1), ni aun las tinieblas ni el pecado.
Dios, que en cada instante me regala mi ser, me relaciona
con todos los seres del universo (vv. 7-12). A todos nos
relaciona en el amor. Porque si nos ha creado, ha sido por
amor: «si tú hubieras odiado alguna cosa, no la
habrías formado». (Sab 11, 21-12, 2). Me siento
superado por este amor, que no cesa de crearme y que es mi
realidad misma (vv. 13-18).
Este amor, en que descubro que existo, lo quiero
íntegro. Que no sea yo de aquellos que «no
estiman en nada tus pensamientos» y que quieren
«servir a dos señores. (Mt 6, 24; vv. 19-22).
Además, con la libertad que he recibido de Dios, doy
mi consentimiento a la existencia. Quisiera hallarme
totalmente disponible ante ti, como la Virgen cuando
pronunció su «fiat» (vv. 23-24).
Este salmo es un punto de partida y constituye toda una
actitud espiritual, la de la criatura ante su creador. Para
hacer nuestra esta actitud, nada tan provechoso como leerlo
y releerlo y aprenderlo de memoria, de forma que acabemos
como creándolo de nuevo en nosotros.
2. LA GÉNESIS DEL
UNIVERSO Y DEL HOMBRE
Génesis 1 y 2
Si escogemos estos dos capítulos como ayuda para
nuestra meditación, lo importante es formar en
nosotros, bajo el impulso del Espíritu, las actitudes
fundamentales que implican.
- Primeramente el universo. Todo él es obra de su
Palabra y de su amor.
Su palabra, que no retorna jamás a aquel que la
pronuncia sin haber producido su efecto (Is 50, 10-11) y que
«recrea el corazón» de quien se fía
de ella (Sal 51-50, 12). «Si tuvieseis fe,
diríais a esta montaña.... »(Mt 21,
18-22).
Su amor no quiere el mal, sino la vida de lo que ha
creado. Como si el universo, contemplado con fe, fuese una
invitación a alabar y reconocer a Dios. Los libros de
la Sabiduría y de los Salmos desarrollan esta
invitación, por ejemplo: Prov 8; Eclo 42, 15 a 43;
39, 12-35; Sal 103 y 104; Job 38 a 42.
Este universo no es más que el comienzo de la
obra. Vendrán una tierra nueva y unos cielos nuevos
(Ap 21)...
- El hombre en el centro del universo.
Este universo ha sido entregado al hombre, imagen de
Dios, para que ejercite en él su libertad y,
transformándole, se haga colaborador de Dios.
Especialmente, como Dios, cuya unidad no es soledad, sino
reconocimiento mutuo en el amor, así el hombre no
llega a ser él mismo mas que si se reconoce
«hombre y mujer»; no cerrándose sobre si
mismo.
El Génesis sólo presenta algunos puntos de
partida. El resto de la Escritura, sobre todo la venida de
aquel que es imagen del Padre-el Verbo hecho
carne-revelará lo que permanecía escondido. El
hombre no se reconoce sino en Cristo «en quien somos
transformados en esta imagen, cada vez más
gloriosa» (2 Cor 3, 18-4, 6) y en quien nos convertimos
en un Hombre nuevo que se encamina hacia el verdadero
conocimiento, renovándose a imagen de su creador.
(Col 3, 10-11).
Puede que estos textos sean tan conocidos, que resulte
innecesario volver a leerlos. Entonces hay que cerrar el
libro y dejarse impregnar por la realidad que ellos
sugieren. Si se leen de nuevo, ha de ser con fe, no
simplemente con un conocimiento visual. Son una
invitación a leer el universo y la humanidad, como
Dios nos ha revelado que él los ve, sin desesperar de
su obra, a pesar del mal que hay en ella.
Esta lectura no puede fundamentarse sino en la fe del
creyente. Por eso tiene su natural continuación en
los salmos de alabanza y de adoración.
3. LA REVELACIÓN DEL
MISTERIO
Estas verdades fundamentales pueden profundizarse bajo
diversos aspectos. Hay bastantes textos que pueden ayudar
para ello. Los mejores son los que cada uno descubra por
sí mismo. Ponemos a continuación algunos que
hacen referencia a algunos de los puntos de vista de este
Fundamento.
Cada uno de ellos hemos de tomarlo como una pavesa
encendida de la experiencia espiritual realizada por los
apóstoles, Juan o Pablo. Pidamos también
nosotros que se nos dé acceso a esta experiencia,
según la medida del don del Espíritu.
El designio de Dios: el Misterio de Cristo (Efesios
1)
-
Este himno de bendición explícita lo
que contiene en germen la obra de los seis días:
el acceso de todos los hombres, por Cristo, a la
filiación divina. El plan salvífico, que se
realiza a través de todos los siglos y que
reúne en el amor a los seres visibles e
invisibles, se realiza en cada uno de nosotros por la
Palabra que hemos recibido y por el Espíritu que
se ha derramado en nuestros corazones. Dios abre los ojos
de nuestro corazón para que veamos la grandeza
extraordinaria de nuestro destino y para que midamos
qué esperanza nos aguarda.
Nuestra vida en el Espíritu (Juan 14)
-
Otra manera de penetrar el misterio de nuestro
destino divino: el don de Dios que es el Espíritu
Santo y que se nos da por el Hijo. Hay una presencia mas
extraordinaria aún que la del Verbo hecho carne
que se hace visible a los hombres. Es la que realiza el
Señor mediante el don de su Espíritu.
Presencia permanente que nos ilumina con la verdad y que
nos hace entrar mas aún en la intimidad de Dios.
Se realiza en el corazón que llega a hacerse
semejante a Dios mediante la asidua guarda de los
mandamientos y produce una paz de la que el mundo no
tiene idea.
La vida en la libertad de los hijos de Dios (Romanos
8)
-
Existe aún otro aspecto de nuestra vida en el
Espíritu, es el de la liberación. Conocemos
los sufrimientos del tiempo presente, pero por el
Espíritu que da testimonio a nuestro
espíritu de que somos hijos, sabemos perfectamente
adónde nos conducen. La redención nuestra y
del universo se realiza mediante los gemidos de nuestra
espera. Por eso podemos trabajar con esperanza en la
actualidad. Dios colabora en todo con los que le aman,
para conducirlos a realizar la imagen perfecta de
él. Incluso las tribulaciones del mundo presente,
con todo lo que hay de hostil en el universo, la
tribulación, la angustia, la muerte, no pueden
separarnos del amor de Dios que se manifiesta en nosotros
por Cristo.
Dios en la realidad del amor
-
La experiencia que tenemos acá abajo del amor
constituye para nosotros a la vez el comienzo de nuestro
conocimiento de Dios y su última
manifestación: cualquiera que ama ha nacido de
Dios y conoce a Dios. Como dice Juan en el
capítulo segundo de esta misma carta, el
mandamiento nuevo del amor fraterno es semejante al
mandamiento antiguo recibido desde el principio,
según el cual el hombre debía amar a su
semejante como a si mismo. En la realidad de este amor se
contacta con la realidad de Dios, porque Dios es amor. Si
nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en
nosotros y su amor en nosotros es perfecto.
-
Nada se puede decir sobre Dios, sino que es el Amor,
es decir, gratuidad, iniciativa, intercambio. Dios es el
primero en amar, es decir, que crea y rehace lo
destruido, a fin de que en su Cristo los hombres
participen de su Espíritu, y para que en el amor
en que viven conozcan que Dios existe. Esto no se realiza
mediante un amor que por voluntad nuestra logremos que
brote de nuestro interior, sino mediante aquel amor con
que Dios se ama y nos ama a nosotros y nos lo
comunica.
-
La comunidad fraterna en la Iglesia es el lugar
privilegiado de esta presencia de Dios amor. En ella y a
partir de ella el amor se expande entre los hombres y
asciende al Padre. Todavía hay que añadir
con san Juan que «el Espíritu sopla donde
quiere». (Jn 3, 8).
Los dos estados de nuestro destino
-
Este estado de hijos de Dios, que nos separa de un
mundo cerrado sobre sí mismo y que no quiere vivir
más que de sí, lo vivimos nosotros de dos
maneras: en realidad y en esperanza «Ya desde
ahora., nosotros somos realmente hijos de Dios, pero esta
realidad no es poseída más que en
sacramento: lo que llegaremos a ser, todavía no se
manifiesta. En el tiempo en que estamos, vamos realizando
nuestra educación en la fe.
-
Pero «sabemos», con la certeza que produce
en nosotros la unción del Espíritu (1 Jn 2,
27) y que es más segura que los datos de nuestros
sentidos y los razonamientos de nuestra inteligencia, que
llegaremos a parecernos perfectamente a el, «cuando
El aparezca». Al verle nos transformará en
El. Entonces se realizará el perfecto
conocimiento: conoceré como soy conocido (I Cor
13, 12) Ahí está el secreto de toda
perfección humana: la esperanza de la total
transfiguración fundada en él. Entonces
aparecerá el sentido que tiene nuestra
creación, a imagen de nuestro creador.
-
La meditación de nuestro destino, cualquiera
que sea el texto que se haya seleccionado, se desarrolla
en un íntimo diálogo «como un amigo
habla a otro» [54]. En último
término se nutre de la oración del Oficio o
de los Salmos: una palabra, un versículo, una
frase bastan para saborear mejor a lo largo del
día lo que la meditación me hace
comprender. Así, la palabra de Dios se hace en
mí carne y vida.
4. LA DISPOSICIÓN DEL
CORAZÓN
Presiento adónde me lleva la meditación de
este día: Ama a aquel que te ha creado (Eclo 7,
30).
Me lleva a «desear y elegir solamente lo que mas
conduce al fin para que somos criados» [23].
Puesto que se trata de una transformación total de la
persona, sólo puedo ofrecerme a ella, con el rigor
del ideal evangélico, y con la prudencia de quien se
pregunta a sí mismo si va a tener recursos para salir
bien con su empresa (Lc 14, 25-33).
Se puede acabar esta meditación con el Salmo
40-39: Has multiplicado en nosotros tus maravillas. No has
querido sacrificios. Yo dije: he aquí que vengo a
hacer tu voluntad. Me he gozado en tu ley desde el fondo de
mis entrañas. Que tu amor me guarde.
Este primer día nos puede dar alguna idea de la
manera de utilizar la Escritura en la meditación. Lo
esencial es tratar de desarrollar la actitud que hemos dicho
que es el objetivo del presente día. Cada uno elige
los textos que se acomoden mejor al fin que se propone, y si
allá encuentra lo que desea, no se preocupe de buscar
otros.
DISCERNIMIENTO AL FIN
DE LA JORNADA
Terminado el primer día, hace falta saber pasar a
la página siguiente, tomando nota previamente de los
resultados. Después de recorrido el camino hay que
pararse a contemplarlo; no por mero placer de analizar, ni
para desanimarse, sino para sacar provecho de todo, hasta de
los errores.
Un punto que conviene examinar es la calidad del
silencio. Cuando uno no llega a conseguir un silencio total,
y sobre todo sosegado, hay motivo para dudar si se
está maduro para la experiencia que se ha acometido.
La tensión y el nerviosismo -sin contar la fatiga
propia del primer día-nunca son buen síntoma.
Si se las analiza, estas situaciones revelan
obstáculos que nosotros oponemos a la acción
del Espíritu. En este caso es preciso saber cambiar
el sistema. Por ejemplo, quien pretenda ser muy estricto,
tiene que aceptar cierta relajación. Es mejor hacer
menos, pero con alegría, que hacer más a
contrapelo.
La sumisión a la hora de oración me
enseña a no buscar en la meditación los
sentimientos o las ideas, sino la fidelidad y el deseo.
Recíbeme contigo para gloria de tu Padre. Los
Ejercicios nos impulsaran a dirigir a Jesús esta
súplica, cuando lleguemos a la cumbre que es la
meditación de las Banderas. Pero tal súplica
está ya en germen desde el principio. Lo mismo si
salgo contento de la hora transcurrida, como si tengo la
impresión de haber perdido el tiempo. Ni debo
crecerme por lo uno ni desanimarme por lo otro. Sin tomar
ninguna decisión con motivo de mi dureza, mi sequedad
o mis distracciones, seguir adelante sin turbación.
Yo voy a la oración por Dios, esperando de él
el resultado, de cualquier manera y en cualquier momento que
se me otorgue, esperarlo. Hay el peligro de huir de la
experiencia distrayéndose, disertando. Es éste
un procedimiento muy sutil: consiste en acomodarse.
Así se evita arrostrar las exigencias de la
oración, leyendo libros espirituales o con
pensamientos brillantes y generosos, pero que no vienen a
cuento. Se toman muchas notas y luego se desarrollan las
ideas. Así se deja de lado la obra del
Espíritu Santo para entregarse a un trabajo personal.
En eso uno se busca a sí mismo en lugar de perderse.
Es útil sorprender en uno mismo el comienzo de esta
tentación. Se presenta además, generalmente,
acompañada de cierta sequedad en la oración, o
de cierto nerviosismo.
La entrada concreta en la vida de fe es de esta otra
manera. La oración es una experiencia donde yo
experimento lo que soy y el grado de gracia que Dios me
concede. «Otro.-el Espíritu-me conduce y yo
trato de someterme a su acción, siempre imprevisible.
El examen de conciencia, desde entonces, se convierte en
«gratitud» a la acción de Dios en medio de
mis días. Así puedo hacerlo desde este
atardecer. En adelante seguiré haciéndolo
así.
Hay otra manera de someterse a la acción del
Espíritu Santo. He venido a Ejercicios con los
problemas de mi vida y mis dificultades. El entregarme al
tema de mi meditación me obliga, no a ignorarlos o a
huir de ellos, pero sí a ponerlos en el lugar que les
corresponde, de tal modo que la oración, purificando
e iluminando mi corazón, me conduzca a una
situación desde la que los juzgue con más
verdad y sienta en qué sentido me inclina Dios. Esto
se producirá en el momento que disponga Dios, no en
el que yo decida.
Poco a poco descubro dónde está la
generosidad. No consiste en que rápidamente consiga
yo por mi esfuerzo el resultado apetecido, sobre todo tal
como lo imagino. Consiste en volver a comenzar continuamente
el camino, con confianza creciente. Es necesario luchar para
concentrar mi atención, pero sin brusquedad: se
impone la tranquilidad de espíritu para entrar en la
oración...
Continuamente me veo obligado a navegar entre dos
escollos. El primero es el de la pura espontaneidad. Soy
juguete de mis impulsos, de los remolinos de mi sensibilidad
o de la acción de los juicios de los demás o
de lo que supongo que juzgan. Es ésta una falsa
autonomía. El segundo escollo es el inverso del
primero, es el de la pura voluntad. Deseo conseguir, pero
nunca me encuentro a gusto. Pasado algún tiempo, ya
no puedo mas, me desanimo y lo mando todo a paseo. En vez de
empeñarme en conseguir las cosas cueste lo que
cueste, y en la actitud de mayor tensión,
haría mejor si me relajara y durmiese. Dios
cuidará «a su amado que duerme». (Sal
127-126, 2).
Estas observaciones, hechas en presencia de las diversas
reacciones, insinúan un diálogo espiritual. No
espero que el director me diga lo que tengo que hacer, sino,
expresándome ante él, espero que me ayude a
interpretar estos impulsos que comienzo a sentir o a... no
sentir. Se presenta entonces este diálogo como una
lenta formación en la docilidad al Espíritu,
en la plena libertad que busca abrirse a la gracia.
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