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Jean
Laplace - Los ejercicios espirituales de diez d�as
(�ndice)
1ª
etapa
LLAMADA A LA
CONVERSIÓN
Jesús nos revela, realizándolo él
mismo, el ideal cuya impronta llevamos, pero deteriorado por
la confusión y la opacidad. Al mismo tiempo, nos
revela el mal en que estamos sumergidos, y del que él
nos salva. Se convierte así en el único ser
que puede llevarnos a nuestra fin. Una vez hecho solidario
de nuestra vida y de nuestra muerte, es él la
revelación de la Imagen de Dios, según la cual
hemos sido creados.
Jesús nos revela, realizándolo él
mismo, el ideal cuya impronta llevamos, pero deteriorado por
la confusión y la opacidad. Al mismo tiempo, nos
revela el mal en que estamos sumergidos, y del que él
nos salva. Se convierte así en el único ser
que puede llevarnos a nuestra fin. Una vez hecho solidario
de nuestra vida y de nuestra muerte, es él la
revelación de la Imagen de Dios, según la cual
hemos sido creados.
Por tanto, su presencia en nosotros es lo que nos conduce
al primer estadio de toda vida espiritual: la
conversión del corazón. Los judíos,
puestos bruscamente en presencia de las maravillas de
Pentecostés, preguntan a Pedro y a los
apóstoles que se las anunciaban: «Hermanos,
Qué debemos hacer». El amor,
manifestándose, esclarece las tinieblas de que
él nos libra. El hombre, conmovido en sus más
íntimas profundidades, suspira por la justicia, que
no le pertenece, sino que es de Dios que justifica al
pecador. Hemos hablado de estadios. En realidad, en el
desarrollo de esta experiencia, deberíamos hablar de
implicación recíproca. Una cosa no puede
separarse de la otra, el conocimiento de Jesús del
conocimiento de nosotros mismos. Quien examina las cosas
desde fuera, ve conceptos sucesivos, pero el que los vive en
su corazón, descubre en ellos la continuidad de la
obra del Espíritu. El paso a través de las
purificaciones no puede consumarse sin que Cristo aparezca
presente en la gloria de su Resurrección.
Cuanto más avanza en Cristo la vida de cualquiera,
tanto se hace sentir más esta profunda continuidad.
Los amigos más íntimos de Cristo se reconocen
los mayores pecadores. Una y otra cosa la afirman con la
unidad que da el amor. Al principio tenemos la tendencia de
oponer ambas cosas. Es un síntoma de que la vida
espiritual tiene aún mucho por hacer. Poco a poco
todo se convierte en uno.
El pórtico de esta etapa es, pues, al mismo tiempo
una invitación a sentir la llamada de la vida y no
menos a sentir el lastre que nos impide responder a ella. La
búsqueda del amor pone en mi de manifiesto esa
resistencia: no hago el bien que quiero, sino el mal que no
quiero. Estoy dividido y toda la humanidad lo está
también conmigo. ¿Quién me
librará? No puedo superar esa división sino en
Jesús, que me repara. No soy capaz de salir del
infierno en que me doy cuenta que estoy, sino en
Jesús que desciende hasta mi y me lleva consigo al
Padre.
Día
2º
En las
profundidades
PLAN DEL DÍA:
LA REVELACIÓN DEL PECADO
Lo que este día pretende es poner ante nuestros
ojos la realidad del pecado. De nuestra parte somos
incapaces de escrutar esas profundidades. Para descender
hasta ellas tenemos necesidad de la luz de la
Revelación. ¿Qué es lo que ella nos
dice?
El pecado es la decisión de procurarse por
sí mismo la propia realización, el rechazo a
situarse ante Dios y ante los demás con una
relación de amor, la negación de toda
dependencia y la obstinación en la soledad de
sí mismo. Dicho de otra manera, es el acto de una
libertad que se cierra sobre sí o que tarda en
abrirse. San Ignacio dice que es: «no quererse ayudar
de su libertad para hacer reverencia y obediencia a su
Criador y Señor» [50].
Este mal no es asunto individual. Es un estado de intima
escisión en que me encuentro yo al igual que todos
los hombres. En él me encuentro solicitado por dos
tendencias, la de la luz y el amor que me llama hacia lo
alto, y la de mi «malvado corazón», que me
atrae hacia abajo. Según sea la opción de mi
corazón, seré lo que yo quiera ser.
Quiero decir que el conocimiento que busco no es, en
primer lugar, el del pecado mío. Yo podría
quizás compararme con otros y encontrarme mejor. Es
el conocimiento de un mal en que todos estamos inmersos. Mal
radical y universal.
La historia nos presenta este estado en sus diversos
grados. Según el esquema de la primera
meditación de los Ejercicios, se encuentra en estado
puro en «el pecado de los Ángeles». Ante
esta evocación, algunos en nuestros días se
sienten un tanto incómodos. Por lo menos tiene una
ventaja, sobre todo si la entendemos a la luz de la
Escritura, que presenta ante nosotros algo que está
incluido en el fondo de todo pecado: no el olvido o la
debilidad, sino el rechazo de vivir y de amar, especie de
monstruosidad ontológica que subvierte el universo.
Aunque el sustrato del mal es el orgullo, nuestra
experiencia se enfrenta también con el segundo y
tercer pecado, el de Adán y Eva y el de un hombre
cualquiera. No se trata ya del pecado en plena luz, sino la
tergiversación del corazón, que hace estribar
su bien en algo distinto de lo esencial. Es la larga
historia de la humanidad, hecha de nuestros deseos ambiguos,
de los temores que nos retienen, de la búsqueda de
nosotros mismos, de nuestros instintos mal dirigidos, de
nuestros pensamientos frívolos. La libertad, que
siente el lastre de mi ser, se aventura por caminos
descaminados. Como Narciso, se contempla y quiere gozar de
si misma: al cabo se encuentra sola.
El pecado no se considera en primer lugar como
infracción de la ley. Es cierto que se me ha dado una
ley, ley escrita o ley de la conciencia, pero en tanto que
exterior a mi, yo la juzgo y ella me juzga, y me abandona a
mi mismo, lejos de Dios. Es preciso que descendamos mas
allá de ella para descubrir la profundidad del mal,
en la raíz misma de la escisión, en el fondo
profundo del ser y de los seres. La ley me ha sido dada para
que descubra el pecado, pero lo mismo si soy fiel a ella que
si le soy infiel, ciertamente no puedo encontrar en ella la
justicia a que aspiro. Me abandona en mi impotencia.
Sólo en Jesús, que asume en su carne la
condenación de la ley, se desmorona el muro de
separación, y la ley se me hace interior.
Al mismo tiempo que descubro este estado de pecado,
también descubro a Jesús en las raíces
de mi ser. Franquea la distancia que nos separa de
él, y se viene con nosotros a vivir la ausencia de
Dios: creador, se hace hombre; inmortal, se sitúa en
la muerte. Estando con nosotros en el mal, nos libra de
él, con tal que le reconozcamos como nuestro
único Salvador, que hace posible un intercambio de
amor entre Dios y nosotros, sin el cual no es posible
nuestra existencia.
Así es que, más que mi ignorancia o mis
debilidades, lo que trato de evidenciar en esta
meditación de la verdad, es el desarrollo en
mí de esa actitud, por la que yo me convierto en
centro y no miro las cosas sino en relación a mi. Esa
actitud es la que me separa del amor y, por consiguiente, de
la vida. Al fin, el árbol cae del lado a que se
inclina y mi corazón encuentra lo que ha deseado: a
mi mismo o a Cristo. «Si yo no hubiese venido, no
tendrían pecado». Pero es necesario que se haga
la luz y que cada uno diga lo que quiere ser.
El contenido de este día consiste en que, al
vernos desprovistos de amor, nos movamos a aceptar la
salvación que ofrece Jesucristo. En este descenso a
las raíces del mal, debo abstenerme de juzgar a los
demás. Es el mal mío el que intento conocer.
Lo que pido es «vergüenza y confusión de mi
misma» en este «destierro» del que apenas si
tengo conciencia, del que Cristo me despierta, y del que,
habiéndose desterrado con nosotros, nos libera.
LA
«MEDITACIÓN»
Este planteamiento supone una cierta manera de meditar,
la de la fe que recibe la luz de Dios. Es el sistema que
debemos emplear siempre que abrimos la Escritura. Como
aquella jovencita que representa la vida contemplativa en el
tímpano de la catedral de Chartres, el que medita se
sienta tranquilamente, abre el libro, lee en el algún
pasaje, repite dentro de su corazón las palabras
leídas, luego entra en éxtasis...
Después ya bien puede pasar a la vida activa. Este
ritmo es el que proponen los Ejercicios. En primer lugar
presento ante la memoria de mi corazón el hecho del
pecado, tal como la fe me lo comunica; esta historia que se
remonta mucho más allá de mi
existencia-«realidad invisible», le llama san
Ignacio-, que yo no he creado, pero en la que me encuentro
inserto, historia de pecado que viene desde más lejos
y de mas atrás, y de la que Cristo dijo que
Satanás es el «inventor».
Conviene que considere esta historia lo mejor que pueda.
No tanto con la inteligencia discursiva, que analiza,
discute y concluye, cuanto con la inteligencia que rumia,
que pondera, con aquella inteligencia de que hablan los
libros de la Sabiduría. Buscando comparaciones y
semejanzas, ejemplos que esclarezcan el objeto que intento
comprender. Es un esfuerzo de inteligencia espiritual, a
partir de los datos de la fe. Mediante esto, como dice san
Pablo, «alcanzamos el pleno desarrollo de la
inteligencia que hace penetrar el misterio de Dios. (Col
2,2). La fe se convierte en sabiduría de vida.
Entonces el corazón se detiene en el disfrute de
la verdad. En ese momento no experimenta necesidad de
continuar la investigación. Cerrando el libro, deja
que la luz recibida le penetre. La verdad pasa, entonces, de
la cabeza al corazón. Ni demasiado arriba ni
demasiado abajo, decía un ejercitante: yo situaba la
oración en las ideas o en las entrañas, pero
no en el corazón. La liturgia sigue este mismo ritmo:
propone, explica y disfruta la Palabra.
Proceder así es sin duda volver a encontrar el
sentido de la «Lectio divina», la manera
tradicional de leer la Escritura, no principalmente para
hacer exégesis, sino para descubrir, a través
de las palabras pronunciadas, los pensamientos
desarrollados, los hechos descritos, la realidad invisible a
que estas cosas conducen y que está más
allá de ellas. En esta forma de lectura, el
corazón se abre a la luz en presencia de la Palabra
que nos revela a nosotros mismos y que nos revela a Dios en
la fe. Por los efectos que produce en nosotros, nos
manifiesta su origen, que es el Espíritu Santo.
PARA LA ORACIÓN
DE ESTE DÍA
Antes de entrar en la oración, es bueno disponerse
no sólo fijando la atención en el tema -el
texto de la Escritura-, sino además creando el
oportuno ambiente. Los autores espirituales, y san Ignacio
con ellos, hablan de los preludios de la oración.
Proponemos aquí dos textos que pueden ayudar a
ponerse en ambiente, antes de meditar sobre la naturaleza
del pecado.
1. EL CLIMA DE ESTAS
MEDITACIONES
El estupor de Pedro (Lc 5,
1-11)
El encuentro con Dios en Jesús es
simultáneo con una mayor revelación de si
mismo.
Ambas cosas disponen para mejor seguir la propia
vocación. La luz ilumina las tinieblas, y las
tinieblas en que conozco lo que soy me hacen sentir la
necesidad de la luz. Es entonces cuando puedo recibir con
paz la misión, una misión que es la
propiamente mía. Pedro, que vive ya en la intimidad
de Jesús, le descubre de repente como su criador, el
Dios Todo-poderoso, fuente de toda Palabra y de todas las
maravillas.
En un principio, la persona queda perpleja. No sabe
qué decir ni qué hacer. El estupor le invade.
A un mismo tiempo conoce a Dios y su propia escisión
interior: «Apártate de mí, Señor,
porque soy un hombre pecador». ¿Cómo
tú, el Altísimo, puedes hacerte tan
cercano?
En ese instante de autenticidad es cuando nos hacemos
aptos para recibir nuestra misión: «No temas, en
adelante vas a ser pescador de hombres». El mismo
impulso que te hace caer a mis pies, es el que te va a hacer
entregarte a los hombres. La palabra que les
transmitirás será la mía, pero en tus
labios.
Todo se le da al mismo tiempo: creación, estupor,
vocación.
Podríamos añadir: esto se da a los
compañeros del Señor. No les viene gana de
compararse unos a otros, al menos en ese momento. El
Señor es el punto de convergencia de las miradas de
todos ellos. Es en él donde ellos se reconocen.
Plegaria de Baruch o de los
desterrados
Es la composición de lugar de la oración
del pecador. Además da a esta oración plena
exactitud, haciendo que nuestra mirada se fije en Dios con
el estupor de Pedro, de modo que juzguemos de las cosas con
relación a él.
El pecado es un estado de ausencia, de exilio: «todo
el composito (humano)-dice san Ignacio-en este valle, como
desterrado». [47]. Estoy lejos de mi patria,
lejos de la vida, en un estado de disgregación y de
muerte, y sin sufrir por ello. No hay más que
contemplar la condición humana.
El mal viene de que he buscado la justicia donde no
estaba, fuera de Dios: he buscado justificarme por mí
mismo y no he encontrado más que vergüenza. Yo y
todos nosotros estamos fuera de la verdad.
¿De qué he de acusarme? «No escuchamos
la voz del Señor, nuestro Dios». «Nos
fuimos cada uno según el pensamiento de su mal
corazón». (1, 22). «No aplacamos el rostro
del Señor, convirtiéndonos de los pensamientos
de nuestro corazón perverso» (2, 9). Como los
invitados al banquete de bodas, todos hemos tenido otras
cosas que hacer, siempre otras cosas que hacer. Siguiendo la
inclinación del yo que no busca mas que el yo, hemos
llegado a ser aquello hacia lo que tendía nuestro
corazón: el yo solitario, el infierno del hombre
replegado sobre sí. Sintiendo que mi corazón
se había endurecido, no lo he vuelto hacia Dios para
que lo ablandara. En la ausencia de Dios reinan la dureza,
el odio, la locura: «Pero Dios velaba sobre estas
calamidades...» (2, 9).
Verdaderamente recupera la vida el que no se complace en
la muerte (2, 17), el que «camina ante el
Señor», tal y como es, «encorvado y
débil, apagados los ojos y el alma hambrienta».
(2, 18). De la abundancia del mal, Dios saca bien. El hombre
que «entra dentro de si mismo» (2, 30), reconoce
al Señor «y se acuerda de la casa paterna»
(Lc 15, 17). Dios le da corazón y oídos. De un
corazón roto, hace «corazón nuevo»
(Sal 51-50), capaz de amar. La ley se le hace entonces toda
interior.
La manera como Dios saca al hombre de su destierro
consiste en darle su Espíritu por la cruz de su Hijo:
«¡Cómo de Criador es venido a hacerse
hombre!» [53].
2. LA REVELACIÓN DEL
PECADO
Toda la Escritura, al revelarnos a Dios en Jesucristo,
nos revela el pecado de donde Jesús nos saca. Para
penetrar la naturaleza de este mal seguimos los momentos de
su historia, tal como los presentan los Ejercicios.
El pecado de Satanás
(Juan 8)
La historia comienza antes que el hombre. Pertenece al
«orden invisible»s [47] y parte de aquel
que no quiso mantenerse en el poder que había
recibido y abandonó su propio domicilio (Jud 6),
Satanás, el inventor del mal, como le llama
Cristo.
El capitulo 8 de san Juan nos hace penetrar la naturaleza
del pecado de Satanás, oponiendo los hijos de Dios,
liberados por el Hijo, a los hijos del diablo que cumplen
los deseos de su padre. De un lado, la transparencia, la
verdad, la mutua unión, la vida, una constante
atención al Padre, la libertad en el amor; de otra
parte, la cerrazón sobre si, el rechazo de reconocer
al otro, la ausencia de comunicación mutua, la
mentira, la soledad, la división. Una persona no es
verdaderamente tal ni es libre mas que si reconoce en su
corazón la relación que le hace existir: como
el Hijo ante el Padre, nosotros mismos nada somos sino en
relación con todos aquellos de quienes recibimos la
existencia o con los que la compartimos. De pronto nos
encontramos con la naturaleza profunda del pecado: el
rechazo de la relación mutua que da el ser y
establece en el amor. La inclinación del
corazón es la que crea el pecado: tú te
harás hijo de aquel a quien has decidido parecerte.
Si recibes la Palabra del Hijo, entonces entras en
conocimiento de la verdad y la verdad te hace libre. Pero si
te agarras a tus privilegios, aunque sea el ser hijo de
Abraham e hijo de Dios, a pesar de tus títulos, tu
deseo es el de un hijo del diablo que se agarra a si mismo y
a la muerte. Jesús, con su palabra, nos revela los
orígenes de la vida y de la muerte.
El pecado de Adán y
Eva (Génesis 3)
Estamos al comienzo de la historia humana. El hombre
creado a imagen de Dios se distancia de su Creador. Quiere
discernir por sí mismo el bien y el mal, y
constituyéndose en centro, rompe con todo lo
demás. Se esconde de Dios, del que se ha alejado.
Quiere dominar al otro semejante a sí, que le ha dado
el creador, cuando la mujer trata de seducir a su
compañero. Es la escisión en el corazón
del universo.
Esta historia que nosotros situamos en el origen de la
humanidad, quizás fuese más justo situarla al
origen de nuestras acciones. «Cada cual se las da de
Dios, diciendo: eso es lo bueno y aquello es lo malo,
demasiado alegre o triste según ocurran las
cosas». (Pascal). El hombre quiere ser la medida de
sí mismo y de las cosas. Ese es propiamente el pecado
del hombre, que habiendo recibido de Dios beneficios y
promesas, se rebela y murmura; Dios no puede darnos de beber
en este desierto, dicen a Moisés los hijos de Israel.
Olvidaron al Dios que les había salvado, repiten a
cada paso los Salmos y los Profetas. Así: No hay ni
uno solo que busque a Dios (Sal 53-52). Desde el seno
materno andan descaminados (Sal 58-57). Generación de
corazón inconstante (Sal 78-77). El salmo 106-105 es
una verdadera confesión de los pecados de todo el
pueblo ¿A quién compararé a esta
generación?-dice Jesús- Os tocamos la flauta y
no habéis danzado: hemos entonado canto de duelo y no
os habéis golpeado el pecho (Mt 11, 16-17).
Habéis opuesto el rechazo, la desatención,
el olvido, a los que os invitaban al banquete de bodas
(parábolas). Corazón dividido,
distraído, obstinado. Me has vuelto las espaldas a
mí, fuente de aguas vivas, repiten los profetas (Jer
1-11). La venida de Jesús destruye este pecado del
hombre que se cierra sobre si.
El pecado de toda la
humanidad: paganos y judíos (Rm
1-11)
Este pecado, que es la involución sobre sí
mismo en contra de la inclinación que impulsa a todo
ser al amor, ha inundado la humanidad. Seamos lo que seamos,
paganos o judíos, tenemos que reconocer que hemos
incurrido en él: el pagano, que no reconoce al
creador en la creación, sino que violenta las cosas
en beneficio propio; el judío, que habiendo recibido
las promesas y la ley de Dios, las convierte en orgullo
propio y se cree mejor que los demás. Así,
«el mundo entero es reconocido culpable ante Dios»
y se encuentra aprisionado por el mal y la muerte. El que
quiere salir de esa prisión, experimenta en sí
mismo la escisión interior y no hace el bien que
quiere, sino el mal que no quiere. Para unos y otros no hay
salvación, ni vida, ni justicia, sino en el
reconocimiento de Jesucristo que se ha hecho nuestra
justicia. En el obra Dios la misericordia, haciendo que se
derrumbe el muro de separación y matando el odio (Ef
2).
Esta larga historia, descrita por san Pablo, que es la
historia de la humanidad, es también nuestra historia
personal. También en mí coexisten un pagano y
un judío, que se apoderan de los dones de Dios como
de un universo que les sacia, donde el yo es rey y donde
reina la muerte.
3. NUEVA FORMULACIÓN DE
ESTA REVELACIÓN EN LA PARÁBOLA DE «LOS
HIJOS» (Lc 15, 11-32)
Es conveniente releer esta parábola a la luz de la
carta a los Romanos. Podremos reconocer uno tras otro el
pecado del pagano y el del judío. El pecado del
pródigo, que se sirve de la libertad para acaparar
bienes, es el del pagano, la herencia que me
corresponde-dice-es mía. No piensa más que en
él, ni puede acabar de otro modo que en la ruina.
Para salir de ella, no tiene mas remedio que reconocer a
aquel de quien lo ha recibido todo: volveré a mi
Padre. Nuevamente la libertad se abre al amor. El
irreprensible, el otro, el judío de la carta a los
Romanos, no obstante su observancia, esta cerrado a este
amor. Se sirve de su justicia para reclamar sus derechos y
despreciar a su hermano. No comprende que «todas mis
cosas, tuyas son». Salir del pecado, cualquiera que sea
el número de las faltas, es volverse totalmente al
amor, para reconocer en él la fuente de todo
bien.
Lo mismo el uno que el otro, prodigo o irreprensible, no
pueden ser justificados sino reconociendo la justicia del
Hijo único, «primogénito de toda
criatura», que siendo por naturaleza igual al Padre, se
hizo semejante a los hombres, hecho pecado como ellos, a fin
de salvarlos a todos (Col 1, 15; Fil 2, 6-8).
Cuando el yo se cierra al amor, se convierte
sucesivamente en Satanás, Adán, Eva, miembro
de la familia de los pecadores. Cuando reconoce lo que
él es y se abre al amor, se convierte sucesivamente
en Cristo, en la Virgen, en un miembro de la familia de los
santos.
El desarrollo de nuestra historia de pecado se nos
presenta a la inversa de su desarrollo real. Desde un
principio se nos conduce a la entraña de la realidad
invisible, al pecado-tipo que está en el origen de
todo según lo revela la fe. En la realidad no solemos
caer en la cuenta de este «mal oculto» (Sal 19-18,
13), sino poco a poco, en la medida que crece nuestra
libertad. Cristo ha venido para revelación del pecado
universal y también para su destrucción.
Se puede meditar el conjunto de esta historia o alguno de
sus momentos particulares, según cada uno desee. En
todo caso, la materia no se agota de una sola vez. Esta
«profundidad» no se me revela sino poco a poco, en
la medida que puedo digerirla y que voy siendo yo mismo.
4. FIN DE ESTA
MEDITACIÓN: «COLOQUIO» O
«SÚPLICA A JESÚS».
Es muy conocida la oración de la tradición
oriental: Jesús, Hijo de Dios, Salvador, ten piedad
de mi, pecador. Lo contiene todo y puede ser repetida a lo
largo de toda la vida, sin que acabemos nunca de
desentrañar su contenido. En ella aparece
Jesús lo mismo que en este coloquio en que Ignacio
invita al ejercitante al termino de esta meditación:
«Imaginando a Cristo nuestro Señor, delante y
puesto en cruz, hacer un coloquio, cómo de Criador es
venido a hacerse hombre, y de vida eterna a muerte temporal
y así a morir por mis pecados...
[53]».
El documento firmado de mi condenación está
clavado en la cruz (Col 2, 14-15). Ya no hay condena para
nadie, si no es para aquel que puesto en presencia de la
misericordia, se niega a reconocerla.
A continuación:
El que espera en ti, no se avergüenza (Sal
25-24).
Purifícame de mi maldad oculta. Preserva a tu
siervo do orgullo (Sal 19-18; 13-14).
PRIMEROS PASOS EN EL
DISCERNIMIENTO
Esta meditación no puede dejarnos indiferentes. Si
no nos produjese más que hastío, ese mismo
hastío debiera cuestionarnos. De ordinario suele
suscitar lo que san Ignacio denomina desolaciones y
consolaciones. Esta nomenclatura, como la referente al
pecado y a los ángeles, puede resultar
extraña. Sin detenernos en ella trataremos de ensayar
un primer discernimiento. La conciencia de pecado encuentra
en muchos fuerte contradicción. Dicen: soy una
calamidad y con eso creen tener conciencia de pecado. En
realidad la están negando. Lo que viene del
Espíritu no produce despecho, desánimo,
angustia de culpabilidad, comparación con los
demás, tristeza morbosa. Los sentimientos que llevan
la impronta de lo divino son la energía, el gozo, la
certeza de ser amados por Dios, el deseo de abrirse mas al
amor.
Lo mismo, el conocimiento que hace brotar y crecer este
sentimiento no es el resultado de un análisis de
sí mismo o de los otros. Descarta toda
comparación y hace bajar hasta las profundidades
donde a la vez nos reconocemos incapaces de todo bien y
llamados a toda perfección «De lo profundo clamo
a ti» (Sal 130-129). Puedo gritar: «El
Señor me ha salvado, porque me ama» (Sal 18-17,
20).
Se trata de un primer discernimiento realizado por la
inteligencia a la luz de la fe. Si brotasen las
lágrimas, no serían fruto del despecho. Las
lágrimas que hemos de pedir son fruto del
Espíritu: Educ de cordis duritia lacrymas
compuntionis, decía una oración del misal. Mi
corazón es duro como una piedra; haz brotar de el,
como Moisés hizo brotar agua de la roca, las
lágrimas del arrepentimiento. Estas lágrimas
son bienaventuradas: «Bienaventurados los que lloran;
porque serán consolados». A diferencia de la
«tristeza según el mundo» la cual
«produce la muerte», estas lágrimas son
«tristeza según Dios» la cual «produce
firme arrepentimiento para la salvación» (2 Cor
7, lo). Es decir, que esta meditación solo puede
hacerse por personas que se saben salvadas por Jesucristo.
Al contrario, para aquellos para quienes Jesús aun no
es alguien que vive en nosotros y nos establece en el amor,
puede resultar perjudicial porque se sumergen mas aún
en su soledad y su tristeza. Esto es algo que la experiencia
enseña al Director de Ejercicios; el cual
habrá de ser muy cuidadoso en la manera de presentar
estas meditaciones, para no provocar un efecto contrario al
que se pretende. Estas meditaciones son nocivas si no
acrecientan en nosotros el conocimiento y el amor de
Jesucristo.
ADVERTENCIAS AL FIN DE
LA JORNADA
Tienen por fin ayudarnos a progresar en el
discernimiento, situarnos en el orden objetivo de la fe y
bajo la acción del Espíritu Santo.
1. Importancia de los comienzos
de la oración
Seria mejor decir: la importancia de los puntos de
partida, de los «preludios» que crean el
ambiente.
El cuidado que en estas cosas pongamos, manifiesta la
importancia que damos a la acción del
Espíritu. «Demandar lo que quiero», dice
san Ignacio. Muchos son los que olvidan alguno de los dos
elementos de esta frase y sobre todo olvidan que hay que
tener en cuenta su ilación. Yo pido porque cuanto
más deseo que una cosa se realice o se rompa en mi,
tanto más incapaz me reconozco de conseguirlo. De
aquello que Dios me da deseo, también espero de
él la realización.
«Lo que yo quiero». Además es frecuente
que yo no sepa qué querer; ignoro qué es lo
bueno para mi. Y no obstante lo pido en la fe de la Iglesia,
sabiendo que Dios me dará a conocer de qué
tengo necesidad, si yo me esfuerzo en hacer algo. En mis
variadas tentativas, Dios me hará sentir lo que me
conviene.
2. Para mantenerse en
oración hay modos de ayudarse
Para permanecer el tiempo prescrito, conviene advertir
algunos modos que pueden ayudarnos, y particularmente lo
mejor parece los Salmos, los textos de la Escritura o de la
Liturgia que apuntalen mi oración. Resulta un poco
necio y pretencioso quererlo sacar todo de si mismo, cuando
el Espíritu se toma el trabajo de instruirnos
mediante su Palabra. Poco a poco se va formando en mi, a lo
largo del día, un continuo impulso que me lleva de la
oración a la lectura, de la lectura a la
oración.
3. Paciencia en la
espera
Además de que el sentimiento del pecado es obra de
la gracia y no de la tensión psicológica, su
revelación en la historia de la humanidad, como en la
de cada individuo, es progresiva, es decir, que se hace en
la medida de las fuerzas del hombre que la recibe. Es
importante saber aceptar la medida de gracia que se nos da
cada día. El soñar en lo mejor posible, es
aquí, como siempre, enemigo de lo bueno real. Ponerse
nervioso esperando lo mejor, es exponerse al desaliento que
nos hace pasarnos al bando de Satanás. Esperemos,
pero sin ansia ni nervios.
Esa paciencia se nutre de una certeza: Dios sólo
nos revela nuestra maldad, dándonos un Redentor.
«Si te acuso, es signo de que quiero curarte»
(Pascal).
4. «Recogida de
frutos»
Al fin del día es bueno notar los puntos en que me
he ocupado, aunque no sea más que para volver sobre
ellos. Son como hitos del Espíritu... Aunque no sea
más que para decir una palabra sobre ellos en la
visita al director o en el intercambio fraterno. Son
también puntos hacia los que empieza a dibujarse una
cierta orientación. Por la convergencia entre estos
diversos puntos se va dando a conocer la voluntad de Dios, y
en último término la elección no pasa
de ser, entonces, mas que la recogida de los frutos
maduros.
Si uno tiene la impresión de que no saca
ningún fruto, es también conveniente decirlo.
Creemos a veces que no aprovechamos, mientras, sin darnos
cuenta, la gracia va trabajando en nosotros, pero de manera
distinta de lo que nosotros pensamos. Como se dice
frecuentemente en la Escritura, Dios estaba allí,
pero yo no me daba cuenta.
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