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Laplace - Los ejercicios espirituales de diez d�as
(�ndice)
Día
3º
Orar a
Jesús
PLAN DEL DÍA:
JESÚS SALVADOR
¿Cómo decir de verdad, no sólo con los
labios, la súplica a Jesús: Jesús, hijo
de Dios, Salvador, ten piedad de mí, pecador? En la
maldad en que estamos sumergidos, Jesús permanece
siempre con nosotros. Por muy abajo que lleguemos en nuestra
realidad humana, allí está él con
nosotros. «Esta tarde estarás conmigo en el
Paraíso». Con El desciendo hasta más
allá del limite de lo prohibido: hasta la fealdad del
pecado, «aun dado que no fuese vedado».
[57]. Tengo que bajar hasta la raíz del
desorden del universo, allá donde yo, con todos los
demás, pertenezco a este mundo del que habla san Juan
y del que Jesús me saca, allá donde toda
justificación es imposible, lo mismo al hombre
judío que juzga según la ley, que al pagano
que estriba en su conciencia.
En esas profundidades no me es posible pronunciar
condenación contra nadie, más que contra
mí mismo. Me es posible descubrir las dimensiones de
la salvación: la Anchura, Longura, Altura y
Profundidad (Ef 3,18). Son las dimensiones del amor que es
más fuerte que el infierno. En lo más intimo
de mí mismo, encuentro las fuentes de la misericordia
universal, allá donde Cristo me salva:
«Mantén tu pensamiento en el infierno, pero no
desesperes», decía Jesús al monje Silvano
del monte Athos. Jesús esta allí para mi y
para todos, Salvador, Cordero de Dios que quita el pecado
del mundo. Es el quien me lleva al amor fraterno (1 Jn 1,
8-2, 2).
En este encuentro se realiza un intercambio. Yo le
entrego lo que soy. El me da lo que él es.
Allá comienza la transformación del hombre.
Ante él me es posible presentar todos los
crímenes de la humanidad. Allá donde
abundó el pecado, sobreabundo la gracia de
Jesús (Rm 5).
En esta personalización de la súplica del
pecador, hay que no tener miedo de bajar hasta lo más
profundo, al fondo mismo de «la inclinación de
mi malvado corazón», al estado de pura ausencia
en que se sitúa el yo cuando no se busca más
que a sí mismo, hasta el infierno. Desde luego hay
que liberar la realidad del infierno de las imágenes
de que le hemos revestido y de los problemas planteados
sobre el tema. Cada cual lleva en sí el infierno, es
decir, un mundo sin amor, sin comunicación fraterna,
sin Dios. Su realidad nace en nosotros del deseo de nuestro
corazón.
Si a Jesús le llamamos Salvador, es preciso saber
de qué nos salva. Nada menos que del infierno, lo
incomprensible, la tiniebla, el mundo al revés, lo
contrario del amor. A veces, sobre la tierra, he tenido la
experiencia de este estado en que los seres, confinados cada
uno dentro de sí mismos, permanecen totalmente
impermeables unos para otros.
La bajada a esas profundidades no es desesperante, sino
purificadora. Constituye el doloroso desconcierto de una
persona a quien el amor le atrae, pero que siente dentro de
si la resistencia a buscarlo. Sale de la maldad,
haciéndola explotar. Vuelvo a encontrarme en Cristo,
corazón del mundo y de la humanidad. No me arrojes
lejos de tu rostro. Sólo tú eres vida. No hay
salvación fuera de ti. Sólo en ti está
la justicia universal a que los hombres aspiran. Antes,
durante y después de su venida a la tierra, todos
estaban ligados a él y eran juzgados por
él.
PARA LA ORACIÓN
DE ESTE DÍA
1. ESQUEMA DE ESTA
MEDITACIÓN: «LOS PECADOS»
Ejercicios [51-61]
Aunque esta meditación se llama «de los
pecados», no se trata de un examen de conciencia. Es un
contacto personal entre Dios y el hombre, del estilo del
diálogo de Job y su Criador. Está estructurada
en forma de cinco oleadas incontenibles que nos arrastran a
los abismos de la misericordia.
Sea cual sea el concepto que tengo de mí -lugar en
que vivo, personas con que trato, oficio que
desempeño-, tengo que reconocer la presencia en mi, o
al menos la tendencia, de una actitud satánica: la
hegemonía o la independencia del Yo, aun en las
acciones en apariencia más santas.
La maldad de esta actitud no proviene principalmente de
su prohibición o de su castigo posible. Aunque no
estuviese vedado, es maldad el pecado que hace de mí
el centro, porque constituye un rechazo del amar y del
vivir. Yo y solamente yo. ¿Quien soy yo, que quiero
imponer mi exclusividad? No hacen falta largas disertaciones
para responder a esta pregunta. La corrupción esta en
la raíz de mi ser y la muerte que a todos nos espera
no es más que la imagen de la degradación
interior, producida por el yo, que ambiciona la
exclusividad.
Impulsado un momento por la ola de la nada y de la
desesperación, me encuentro a continuación
como absorbido por la otra ola más poderosa de Dios
que me crea. ¿Quién es el, mi Creador? Todo
aquello a lo que yo aspiro y que no puedo realizar por
mí mismo... Como Job, «proferí lo que no
sabía, cosas admirables para mí, que no
conocía. Sólo de oídas te
conocía, mas ahora mis ojos te han visto; por eso me
retracto y hago penitencia sobre el polvo y la ceniza»
(Job 42, 1-6). Sólo tú eres santo. Sólo
tú bueno. Sólo tú poderoso. En una
ultima oleada Dios y el hombre se enfrentan en «un
inmenso amor». El «estupor me sobrecoge»,
como sobrecogió a Pedro. ¿Cómo es esto
posible? Yo existo. Soy amado. El universo existe. Santos y
ángeles me rodean. No estoy solo. Finalmente no queda
más que conversar de esto con Dios, nuestro
Señor: razonando y dando gracias, concluye san
Ignacio. La acción de gracias sigue la
dirección inversa al pecado. Me veo arrastrado por el
amor que me crea y me restaura.
Una súplica de esta clase es un grito que brota
del corazón a quien Dios se da a conocer. No
está en nosotros hacer que brote a la medida de
nuestro deseo. Es una obra que realiza el Espíritu en
aquel que se la pide; abre, Señor, mis ojos a tus
maravillas y me enteraré de quién soy. Al
germinar en mí esta semilla, iré quedando
unido indisolublemente al amor.
2. UN PUNTO DE PARTIDA DE LA
ESCRITURA: REPROCHES DE DIOS A ISRAEL
Ezequiel 16
Es otra vez el mismo impulso: viene de Dios a mí,
y vuelve de mí a Dios.
Aquí toma la forma del diálogo de un marido
enamorado con una esposa fiel.
Se presenta aquí el pecado como un adulterio.
En la vuelta del hombre a Dios es Dios el que tiene la
iniciativa: «échale en cara a Jerusalén
sus crímenes» (v. 2). «Yo renovaré
mi alianza contigo, para que te acuerdes» (vv. 62-63).
También Jesús, después de la
negación de Pedro, se vuelve y fija su mirada sobre
el apóstol. «Y Pedro recordó...» (Lc
22, 61-62).
El pecado de que Dios perdona a su pueblo es una falta de
gratitud y un adulterio. Te has regocijado en tu belleza y
no has reconocido que la habías recibido de mi. Por
eso te has creído mejor que tus hermanas, mejor que
Sodoma y que Gomorra y que Samaria, pero seguiste su mismo
camino. Y «por tus abominaciones has justificado a tus
hermanas» (v. 51). «que no han cometido ni la
mitad de tus crímenes». Lo mismo dirá san
Pablo: la infidelidad de Israel ha justificado a las
naciones (Rm 9-11).
Porque te has apartado de mí, yo te he entregado a
ti mismo. Te has convertido en burla de las naciones. El
pecado ha desarrollado en ti su poder y su fatalidad:
«Tú nos has entregado al poder de nuestras
iniquidades» (Is 64, 6). Te has convertido en imagen
del Infierno.
Pero mi amor es más fuerte que tus
crímenes. Yo te reconciliaré conmigo. Tal
vergüenza se apoderará de ti, que no
volverás a sentir tentación de preferirte a
nadie. Estupor, exclamación admirativa, silencio
sobrecogido, todo es lo mismo. Al hombre, al verse salvado a
la par con todos sus hermanos, no se le ocurre nada que
decir: ¿Hasta que punto nos ha amado Dios?
En esta meditación de los pecados, a la luz de la
Escritura, nos encontramos situados en un punto de vista que
esclarece toda la historia humana.
3. ALGUNOS PENITENTES
PRESENTADOS POR LA ESCRITURA
Es útil meditar cómo David manifiesta a los
hombres el pecado y así les libera de él. Dios
y el hombre siempre se reconocen mediante un diálogo
personal.
David (2 Samuel 11-12)
Adulterio, soborno del marido, asesinato: cada pecado
arrastra al siguiente. Para que el hombre caiga en la cuenta
de la maldad, tiene que hacerse oír la palabra de
Dios: Ese hombre eres tu, dijo Nathán. Ante esta
acusación David no se deja vencer ni por el orgullo
ni por la desesperación: He pecado delante de Dios.
Dios y el hombre se reconocen: He encontrado a David, mi
siervo. Saúl calcula y se defiende: He cumplido la
orden de Dios. Piensa que ha cumplido. Por eso es rechazado.
David se presenta indefenso. Es escogido para siempre.
Zaqueo (Lucas 19, 1-10)
Zaqueo reconoce delante de Jesús que ha sido
ladrón. La ley romana prescribe que el ladrón
restituya el cuádruplo de la suma robada, y él
promete devolver ese cuádruplo. Pero de otra parte,
aun siendo un publicano, conocido por todos como tal,
él quiere ver a Jesús. El lo reconoce como
único, pero a su vez es reconocido por Jesús
como un hijo de Abraham. Después de Mateo,
después de tantos otros, recibe también a
Jesús en su casa y mesa, con escándalo de los
fariseos (Mt 9, 9-13).
La pecadora en el convite de Simón (Lucas 7,
36-50)
Hay el peligro de que para muchos descender a las
profundidades equivalga a: examinar a fondo. Se quedan
solos. La mujer que se presenta en el convite de
Simón desciende hasta donde el Padre ve lo secreto:
reconoce a Jesús y es reconocida por él. Nada
dice ni se acusa de nada. Su postura lo dice todo.
Además todo el mundo la conoce en la ciudad y el
Fariseo más que nadie esta dispuesto a relatar sus
pecados. El se mueve en la perspectiva de la ley, de la
cantidad y de la justificación personal.
También él se queda solo, fuera del amor. El
no tiene necesidad de nadie. Se basta a sí mismo.
La mujer desciende en su propia interioridad hasta el
abismo en que se reconoce toda ella pecadora y amada. Para
ella el problema no es analizar y medir. Lo entrega todo.
Sus pecados, sus muchos pecados. El amor, como es un
intercambio, tiene necesidad de ser reconocido por el otro,
supera todos los muros de separación.
La mujer adúltera (Juan 8, 2, 11)
Para los Fariseos, el juicio tiene su origen en la Ley
que condena y relega a la soledad. Para Jesús tiene
origen en el corazón que perdona y reúne. Los
Fariseos se van marchando uno después de otro,
arrastrando el peso de un pecado que no han sabido perdonar,
porque no esperan justificación más que de
sí mismos. La mujer marcha justificada porque no ha
presentado al Señor más que su miseria,
incapaz de esperar de sí misma nada bueno. En su
soberana independencia, Jesús que conoce el secreto
de los corazones, escribe con el dedo en el suelo.
El ladrón (Lucas 23, 39-43)
También éste reconoce a Jesús,
mientras que el otro le insulta, no piensa mas que en
sí y protesta. Para nosotros, lo que le hacen es
justo. Pero él: ¡Acuérdate de mi! La
oración de este pecador es perfecta. Semejante a
aquella de David: He pecado contra Dios ¿Qué
puede Jesús hacer con una persona que así se
entrega a él? Vino a manifestar la misericordia del
Padre con los indefensos, los pobres, los niños, los
pecadores. Esta tarde estarás conmigo en el
Paraíso. Salid a los caminos e invitad a las bodas a
todos los que encontréis (Mt 22, 9).
4. PLEGARIAS DE ALGUNOS
PECADORES EN LA ESCRITURA
Hay un salmo que resume la acción realizada por
Dios a favor de su pueblo: Is 63-64. Nunca dejes de ser para
nosotros nuestro padre y nuestro alfarero, aunque hayamos
nosotros contristado tu Espíritu Santo. Cuando
apartas tu rostro, la fatalidad del pecado se apodera de
nosotros. Pero tú vuelves y no permites que estemos
entregados a nuestros crímenes para siempre.
Están también los salmos llamados
penitenciales, en particular el salmo 130-129 «desde el
profundo...» y el gran salmo del pecador, el «Ten
piedad de mi por tu bondad». De los dos podemos decir:
siempre que recordamos nuestro pecado, hacemos
mención de Israel, de todo el pueblo que Dios
reconcilia juntamente con nosotros. La situación de
cada uno y la de todos está muy ligada. Respecto al
segundo salmo-el gran Miserere-podemos decir que
rezándolo caemos en la cuenta de que nunca el hombre
se reconoce verdaderamente a sí mismo sin que al
mismo tiempo le sea dado un mayor conocimiento de Dios. En
el reconocimiento de mi pecado se me descubre Dios a quien
yo me encomiendo. Le conozco como la misericordia, aquel que
me mira con ternura y piedad. Experimento su justicia,
porque me doy cuenta de que carezco de ella y es a el a
quien pido que me instruya en la profundidad de lo que es
justo. Y encuentro reposo también en su santidad
única para que me lave y quede más blanco que
la nieve. Es sobre todo su amor lo que gozo en esta divina
transformación que sigue al reconocimiento del
pecado, es el amor por el que se me comunica la
alegría de esta nueva creación de mi ser en la
presencia del Espíritu Santo. Finalmente,
transformado por este amor, puedo comunicar a los
demás la experiencia que yo he tenido:
Enseñaré tus caminos a los pecadores.
Sé además que si alguna eficacia tiene la
palabra, el efecto que produzca le viene de la gracia: abre
tu, Señor, mis labios.
Así pues, seamos lo que seamos, con el
espíritu destrozado, que no tiene ya esperanza sino
en la sangre de Jesús, podemos ofrecer el sacrificio,
el único sacrificio que es agradable a Dios.
Esta meditación se desarrolla en el plano de la fe
y de la gracia: Sobre mis pecados, «ejercita tu Bondad
y tu Misericordia y en ellos te revelarás
Tú» (san Juan de la Cruz)
En el evangelio de san Juan podemos encontrar en este
sentido la confesión del paralítico de
Betsaida (Jn 5): «Señor, no tengo a nadie»
Lo que quiere decir: dentro de la universalidad y variedad
del mal en que estoy sumergido, espero como tantos otros una
curación que no llega-el paralítico lleva
allí 38 años-, no me queda otra cosa que hacer
sino lanzar un grito hacia Dios desde lo más
profundo, como hace el salmo 18-17. Es el grito que hace que
Dios descienda: «Levántate y anda». Es
nuevamente la palabra creadora, que resucita a los muertos,
como es también la palabra del Padre que da poder al
Hijo. «No tengo a nadie», quiere decir «No
tengo más que a ti».
5. EL TRIPLE
COLOQUIO
Ejercicios [63-64]
San Ignacio supone que después que nos hemos
detenido durante algún tiempo en los puntos que
más nos han impresionado en las meditaciones
precedentes, prolongamos nuestra oración
dirigiéndonos sucesivamente a Nuestra Señora,
al Hijo y al Padre. A cada uno le dirigimos el ruego de una
triple petición: el conocimiento interno del pecado,
es decir, no del acto material sino de aquello que sale del
corazón del hombre y le hace impuro (Mc 5); sentir el
desorden de mi actividad, es decir, de esa doblez de
corazón que intenta servir a dos señores (Lc
16, 13); finalmente, la ceguera de mis ojos tenebrosos, que
hace que todo mi cuerpo esté en tinieblas (Lc 11,
33-36), y finalmente conocer el mundo, que es repliegue del
yo sobre si mismo y que nada sabe del amor al Padre (1 Jn 2,
15-17).
6. LA MISERICORDIA Y EL
JUICIO
Oseas 1-3 y 11; Mateo 25, 31-46
Con la que fue esposa infiel, yo me desposaré para
siempre «en la justicia y en el derecho, en la ternura
y en el amor». Mediante castigos, yo la haré
recuperarse: yo soy Dios y no un hombre. En definitiva es el
amor quien realiza la selección definitiva. «Se
nos juzgará del amor», ha dicho san Juan de la
Cruz, resumiendo así la gran escena del juicio final.
Los que tienen parte en la gloria son los que han sido
hallados dentro del impulso del Espíritu del amor,
aunque aún no conocieran a Aquel al que conduce ese
impulso, Cristo, todo en todas las cosas. A cada uno se le
juzgara según «la autenticidad de la ley escrita
en su corazón (Rm 2, 14-16), autenticidad de la ley
que es el amor.
Puede uno no haber conocido a Cristo y no obstante
pertenecer a sus ovejas, con tal que no haya pecado contra
el Espíritu (Mt 12, 31-32). Otros le habrán
invocado y no serán admitidos. Son los que dicen...:
hemos profetizado en tu nombre (Mt 7, 21-23). El
Señor no divide a los hombres según ninguna
categoría social o religiosa; los que son suyos
llegarán de todos los puntos cardinales (Mt 8,
11-12). Además, aunque vuestra conciencia no os
reprenda de nada, guardaos de juzgar, ni a los otros ni a
vosotros mismos. Esperad que venga el Señor (1 Cor 4,
3-5).
ASIMILACIÓN DE
ESTA ORACIÓN. LA REPETICIÓN. EL
EXAMEN.
Esta oración no llega a hacerse personal,
más que si perdura. El peregrino ruso la
repitió durante mucho tiempo y su corazón
llegó a transformarse en ella. San Ignacio en este
momento de los Ejercicios aconseja las repeticiones; en
ellas cada uno ha de volver sobre los puntos en que
él haya «sentido mayor consolación o
desolación o mayor sentimiento espiritual»
[62], o dicho de otra manera, sobre los puntos que
no le hayan dejado indiferente. La preparación para
la oración consiste entonces, no en leer muchas cosas
ni en preparar el esquema para una disertación, sino,
en la medida que lo exige el desarrollo de nuestra
experiencia, en fijar libremente nuestra atención
sobre los puntos en que sabemos por experiencia que solemos
encontrar a Dios más fácilmente.
Para que esta repetición sea más
provechosa, san Ignacio aconseja el triple coloquio, de que
ya hemos hablado. En la vida ordinaria todo puede contribuir
a fomentar esta oración: la lectura de la Escritura,
la liturgia, el examen, la penitencia, los sacramentos. Por
esos medios se forma en nosotros esa actitud que los
antiguos llamaban «compunción», ese
corazón «contrito», que Dios nunca
desprecia. Es un sentimiento único, que, como toda
obra del Espíritu, integra actitudes en apariencia
dispares: estupor, vergüenza, admiración,
acción de gracias. Conserva el corazón
maleable y siempre abierto. Es fuente de acción y de
irradiación. Contribuye a mantener en nuestra vida la
exactitud y pureza de las motivaciones. Es un estado de
permanente conversión al amor. En este sentido
digamos también una palabra sobre el examen. Ya hemos
dicho de él que era un reconocimiento de los dones de
Dios. Pero también es, como diremos, el poner de
manifiesto los pensamientos ocultos ante el frecuente
recuerdo del Señor Jesús. Contribuye a
situarme en la realidad de mi ser, allá donde el
Padre juzga en lo secreto, siguiendo el consejo de san
Agustín, de decirle cada uno a Dios lo que él
es. Dic Deo quod es.
Este examen tiene en los Ejercicios, como durante la vida
ordinaria, el puesto que le corresponde. La mejor manera de
hacerlo es «en forma de oración»,
según los ejemplos que san Ignacio propone en los
Ejercicios [238-248]. Así: voy aprendiendo de
Dios a recibir el conocimiento que él quiere darme a
mí. Aprendo a encontrar en él a Jesucristo
dentro de lo más hondo de mi ser, en ese
«dentro» de donde sale todo lo que mancha al
hombre (Mc 7, 21)
EL SACRAMENTO DE LA
PENITENCIA
La oración de los dos días precedentes nos
prepara para este sacramento, y es su cima Después de
bajar hasta las profundidades, nos entregamos a Jesús
tal como somos, y El se nos entrega tal como es. El
intercambio del bautismo se renueva en el sacramento de la
penitencia. Hemos dejado de ser nuestros y somos suyos. Una
de las causas del actual apartamiento de muchos del
sacramento de la penitencia, puede que esté en que lo
hemos considerado principalmente bajo su aspecto
psicológico y moral: el de conocernos y progresar. Es
preciso ir más allá del deseo de
purificación y de la buena conciencia. Lo que perdona
el pecado es el amor, que es su contrario.
Mientras yo viva en Cristo, vivo en el amor. Mis deseos,
mis pensamientos, mis acciones me brotan de el: «Ya no
soy yo quien vivo, sino Cristo vive en mi». Mientras
voy creciendo en él, mi mismo pecado -si alguno se
cree sin pecado deja a Jesús por embustero (1 Jn 1,
10)- , una vez que lo reconozco, ya no me pertenece a mi.
Pertenece a aquel que es «víctima de
propiciación por nuestros pecados, y no solamente por
los nuestros, sino también por los del mundo
entero» (1 Jn 2, 2). El está clavado en la cruz,
como también el documento que me condena (Ef 2; Col
2). Aunque esté tan cargado de pecados como la
pecadora del convite de Simón, mis pecados me son
perdonados «porque he mostrado mucho amor».
Simón, que se tiene por justo y juzga a los
demás, no recibe el perdón, porque
«muestra poco amor» (Lc 7, 47-48).
Como cuando dos personas se aman y viven lejos una de
otra sienten necesidad de manifestarse mediante signos y no
solamente con el espíritu, el amor que se tienen,
así el cristiano que vive en el amor de Cristo siente
la necesidad de manifestar mediante signos su perpetua
pertenencia a él.
El signo por excelencia de esta pertenencia nuestra a
Jesús en el abismo mismo del pecado es el sacramento
de la penitencia. Lo mismo que en la Eucaristía,
tengo en él una participación, no como en un
rito mágico o en un desahogo nervioso, sino por el
impulso del amor, para expresar sensiblemente esta doble
apelación a Jesucristo y a la comunidad de mis
hermanos. El pecado es un replegarse sobre si mismo; la
participación en el sacramento de la penitencia es la
aceptación de la salvación en la forma misma
en que Jesús me la da. Más que
confesión de mi pecado, consiste en aceptar que el
Señor tome posesión de todo lo que constituye
mi vida, incluso la maldad.
A partir de este punto de vista es como debo responderme
a las cuestiones que equivocadamente suelen ser las primeras
que se plantean: ¿cuándo confesarse? y
¿cómo? Las modalidades-la disciplina
sacramental-pueden variar a lo largo de los siglos. Pero lo
importante es encontrar en ellas mi relación con el
Señor. No dejemos corromper las fuentes de la
vida.
AL FIN DE ESTOS DOS
DÍAS: DISCERNIMIENTO
Dos maneras hay de abordar este discernimiento, que no
son entre si opuestas, sino que están situadas en
niveles diferentes. Para muchos es un ejercicio del juicio,
que aplica determinados criterios a los hechos en que nos
encontramos mezclados y a los sentimientos que
experimentamos, para determinar lo que es según Dios
y lo que no lo es. La tradición, a partir de san Juan
y de san Pablo, ve mas bien en el discernimiento el
ejercicio de un sentido -un «tacto» o un
«olfato»-que forma parte del ser del bautizado, y
que se desarrolla a medida que crece en caridad.
Hay un primer discernimiento de tipo critico. Corresponde
al psicólogo. Supone estudio y rigor
científico. Su cometido es delimitar los dominios
respectivos de la naturaleza y de la gracia. Aceptando los
principios de la tradición, profundiza en ellos y los
adapta a las perspectivas de la ciencia moderna.
Especialmente, de acuerdo con el Evangelio y san Pablo,
acepta el principio de que la acción de Dios no se
puede reconocer de antemano, sino posteriormente por sus
efectos, por los frutos del Espíritu, como dice san
Pablo. Por ejemplo, en la meditación del pecado, no
reconoce como proveniente del Espíritu mas que la
contrición que abre el corazón a un mayor
amor. Todo esto se desarrolla en el campo de la
lógica de una fe, para la que Dios es un Dios de
amor, cuya voluntad está orientada en el mismo
sentido de la vida.
El discernimiento que tratamos de exponer es de otro
tipo. No supone que se haya de dejar de lado el sentido
critico ni el examen psicológico, pero se
sitúa más allá de ellos, en la
sensibilidad a los impulsos del Espíritu. Si
pretendiésemos explicarlo mediante una
comparación, habríamos de decir que se asemeja
al artista, al hombre de acción o al enamorado en
presencia del objeto de su interés. No
despreciarían ellos la razón ni la ciencia ni
los aportes de la tradición, pero para emprender una
actuación obedecen mas bien a otras normas Son,
más bien, como el hombre que para seleccionar un
color o un sonido no tiene necesidad de raciocinar. La
costumbre que ha adquirido de ejercitar sus sentidos le hace
decidir espontáneamente.
Este discernimiento, que viene a ser como el ejercicio de
un sentido, supone que no somos ajenos a la realidad que
juzgamos. Puede a uno gustarle la música sin saber
tocar ningún instrumento, pero quien pretende cantar
tiene que asegurarse de que lo hace con afinación. Lo
mismo ocurre al que acomete una experiencia espiritual, que
necesita saber si lo que experimenta es verdadero o falso.
No puede juzgar de ello como de una realidad exterior. Tiene
que comenzar por ensayar personalmente y aunque haya
aprendido muchas cosas sobre esta materia, tendrá que
empezar a ejercitarse por los rudimentos como un
niño. Comienza una aventura en la cual lo que haya
aprendido en los libros, no le va a ser de ninguna utilidad.
A no ser que sus tecnicismos y sus estudios hayan corrido
pareja con su experiencia, le será imposible
reconocer de entrada las cosas que va viviendo en aquellas
descripciones que aprendió en sus estudios. Lo mismo
que le ocurre al que experimenta su primer amor
¿Qué es lo verdadero y qué es lo falso?
¿Qué clase de vida voy a comenzar?, se
preguntaba san Ignacio en los comienzos de su
conversión
Evidentemente para ejercitarse de este modo en el
discernimiento, la primera condición es entrar en
este mundo, en el que lo peligroso está en que faltan
los puntos de referencia a que estamos acostumbrados, un
mundo en el que nunca nos hemos aventurado, aunque se ofrece
abierto a nuestra libertad. Individuos para quienes Dios no
es algo buscado y deseado, sino simple objeto de
consideración, ¿cómo pueden entrar en
este discernimiento? En él tendrían que actuar
por experiencia. Consiguientemente, el mundo del
Espíritu no tiene realidad ninguna para ellos. A
través de muchas vicisitudes se han acostumbrado a
desconfiar de todo lo que no cae bajo el imperio de la
razón o no se deja contabilizar. No han escuchado una
llamada como la de Abraham, a abandonar su tierra sin otra
garantía que la palabra que se le ha dado.
En los principios de esta manera de actuar se suele
tropezar con bastantes resistencias. Todos las experimentamos
cuando nos decidimos a entregarnos con seriedad a la
aventura de unos Ejercicios. Se nos presentan una infinidad
de razones: ¡es una necedad!, ¡es
sentimentalismo!, nunca lo conseguiré ¡Es una
especie de lavado de cerebro! ¡Los demás no lo
hacen! ¿Qué pensarán de mí? Para
mí lo importante es lo de todos los días. Una
experiencia de esta clase constituye un lujo que no pueden
permitirse la mayoría de los hombres. La lista de
semejantes dificultades podría continuarse. En el
fondo lo que pasa es que cada cual se encuentra solo ante lo
desconocido. Tras los primeros momentos de entusiasmo,
sólo encontraríamos ante nosotros las dunas
del desierto o caminos sombríos sin horizonte.
En el fondo, estas dificultades no pasan de ser pretextos
alegados ante la llamada a salir de sí. Cuando Dios
se presenta con toda su verdad, para manifestar los secretos
de los corazones, el hombre trata de esconderse, como
Adán en el Paraíso. Al hombre no le agrada
sentirse desnudo. Le repugna verse sorprendido y dejar que
se manifiesten sus pensamientos secretos.
¿Qué habrá que hacer ante estas
dificultades, a las que san Ignacio da el nombre de
«desolaciones»? Hay que no cambiar nada de lo
decidido anteriormente. Estás en una noche. No tomes
ninguna determinación nueva. Sigue con paciencia,
«con fuerza y constancia». Si algo quieres
cambiar, es en ti mismo donde hay que realizar el cambio.
Suplica más intensamente, haz penitencia, siempre,
claro está, que estos medios no te hagan decaer
más. No pasan de ser medios y hay que emplearlos con
elasticidad con el fin de «encontrar lo que
deseas». Si estas cosas te llevan a todo lo contrario,
quiere decir que te sirves de ellas como de realidades
absolutas, no para encontrar a Dios, sino para encontrarte a
ti mismo. En ese caso es mejor buscarse una evasión,
dormir o entretenerse en cortar leña. En el fondo lo
que pasa es que quieres caminar tú solo en dominios
donde la sola razón y el solo esfuerzo no bastan. San
Ignacio, turbado hasta lo más profundo de su ser por
tentaciones de suicidio, clamaba al Señor:
«aunque me fuera preciso seguir a un perrillo, lo
seguiría con tal de encontrarte, Señor».
Los salmos, Job y tantos otros, han lanzado a Dios
semejantes clamores. Con esta lucha se realiza una gran
purificación. Hace que la persona se sitúe por
encima de vanos temores y de alegrías pueriles. Como
la agonía de Cristo, conduce a la vida, al amor y a
la paz. Especialmente la fe se robustece.
Llega un momento en que notamos que algo ha cambiado. Un
cierto gozo, una alegría especial nos embarga. Estos
sentimientos se sitúan a diversos niveles de
profundidad: desde el entusiasmo superficial de quien
está dispuesto a cualquier sacrificio, hasta la paz
serena de aquel para quien Dios lo es todo. De todas maneras
ha soplado una brisa que ha disipado la noche en que
estábamos. Ya no soy juguete de mi tristeza ni de mis
cavilaciones. Ocurre como entre dos personas que se aman y
se reencuentran al cabo de muchas dificultades: el invierno
ha pasado y han cesado las lluvias. En general esto no
ocurre sino después que hemos tomado conciencia del
cambio. Cuando el cambio se produce quedamos maravillados.
Pero al bajar de la montaña, nuestro corazón
ya no es el mismo. «La capa se ha desprendido de
nuestros hombros». Es el tiempo de la
consolación, dice san Ignacio. Dios en ella se da a
conocer por la vida, por la alegría, por la fuerza
que inspira.
¿Entonces ya está todo hecho? Creerlo
así seria una ilusión Tenemos que aprender a
costa nuestra. La tentación es, entonces, apropiarse
los dones de Dios. Hay que enriquecerse con la propia
experiencia. De nuevo vuelve a peligrar todo. Después
de la consolación, de nuevo se presenta la noche, el
caminar a tientas, el desierto. Nuevamente parece todo
problemático. Todos los creadores, los hombres de
acción, los que de verdad aman, tienen experiencia de
estas horas de sufrimiento. También los que buscan a
Dios las conocen, como los demás. Entonces comprenden
que el don que se les ha dado es puramente gratuito:
«el Espíritu sopla donde quiere» Desaparece
en cuanto pretendas echarle mano.
En tales situaciones, nuevamente queda la persona
insensible y sin saber qué pensar de su
situación. Lo comprenderá luego, pero de
momento no ve nada. En realidad su insensibilidad seria
peligrosa si comportara impotencia para salir de sí y
para buscar a Dios. Con frecuencia no será más
que aparente, cuando la persona que queda reducida por ella
a la impotencia siente crecer en sí el deseo de
abrirse y de amar, si desea superar estos deseos infantiles
que no tienen de contrición más que la
apariencia, y sobre todo si su mirada queda más fija
en nuestro Señor que es quien le salva. Entonces
recibimos otra cosa distinta y mejor que la que esperamos:
no es una emoción sensible, sino una
conversión a la fe, una sensación de solidez y
sosiego que poco a poco toma posesión del fondo de
nuestro ser. «Nunca había yo meditado el pecado
con semejante paz». Quien hacía esta
confesión al final de estas meditaciones, poco antes
habría tenido esta paz por anormal. Así
comenzamos a superar la subjetividad en que se encierra la
vida religiosa frecuentemente, sobre todo en sus comienzos,
sin caer por otro lado en la sequedad racionalista.
También se supera la sensibilidad ansiosa, al recibir
de Dios otra cosa distinta de aquello que normalmente
hambreamos. La lucha por el discernimiento deshace el
equívoco que suele incubar la palabra
«sentimiento», no mediante el análisis
exterior del objeto, sino por la experiencia que de
él nos obliga a hacer.
Esta experiencia no termina jamás. Lo que acabamos
de decir concierne a todas las edades de la vida. Incluso
quien tenga una confianza muy firme, ha de permanecer
humilde y vigilante. Su fuerza no le viene de sí
mismo. Siempre deberá acordarse de esto, so pena de
comprometer los progresos realizados.
Consiguientemente, una de dos:
- O disfruto de paz. Y entonces permanezco
activo y vigilante, para no dormirme sobre los laureles.
El segundo estado sería peor que el primero (Lc
11, 24-26).
- O me encuentro turbado. Entonces trabajo por sacudir
el temor y encontrar mi fuerza en Cristo. Hombre de poca
fe ¿por qué has temido? (Mt 14, 31).
En toda hipótesis, consolado o desolado, siempre
debo esforzarme por salir de mi para dejar que Cristo
crezca. En él encuentro siempre mi equilibrio, pero
no encontraré mi equilibrio más que caminando.
Y esta «caridad abundará más y mas en
conocimiento y en todo discernimiento, para apreciar lo
mejor.. para el día de Cristo» (Fil 1,
9-10).
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