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Jean Laplace - Los ejercicios espirituales de diez d�as  (�ndice)

 

 

Día 3º

Orar a Jesús

PLAN DEL DÍA: JESÚS SALVADOR

¿Cómo decir de verdad, no sólo con los labios, la súplica a Jesús: Jesús, hijo de Dios, Salvador, ten piedad de mí, pecador? En la maldad en que estamos sumergidos, Jesús permanece siempre con nosotros. Por muy abajo que lleguemos en nuestra realidad humana, allí está él con nosotros. «Esta tarde estarás conmigo en el Paraíso». Con El desciendo hasta más allá del limite de lo prohibido: hasta la fealdad del pecado, «aun dado que no fuese vedado». [57]. Tengo que bajar hasta la raíz del desorden del universo, allá donde yo, con todos los demás, pertenezco a este mundo del que habla san Juan y del que Jesús me saca, allá donde toda justificación es imposible, lo mismo al hombre judío que juzga según la ley, que al pagano que estriba en su conciencia.

En esas profundidades no me es posible pronunciar condenación contra nadie, más que contra mí mismo. Me es posible descubrir las dimensiones de la salvación: la Anchura, Longura, Altura y Profundidad (Ef 3,18). Son las dimensiones del amor que es más fuerte que el infierno. En lo más intimo de mí mismo, encuentro las fuentes de la misericordia universal, allá donde Cristo me salva: «Mantén tu pensamiento en el infierno, pero no desesperes», decía Jesús al monje Silvano del monte Athos. Jesús esta allí para mi y para todos, Salvador, Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Es el quien me lleva al amor fraterno (1 Jn 1, 8-2, 2).

En este encuentro se realiza un intercambio. Yo le entrego lo que soy. El me da lo que él es. Allá comienza la transformación del hombre. Ante él me es posible presentar todos los crímenes de la humanidad. Allá donde abundó el pecado, sobreabundo la gracia de Jesús (Rm 5).

En esta personalización de la súplica del pecador, hay que no tener miedo de bajar hasta lo más profundo, al fondo mismo de «la inclinación de mi malvado corazón», al estado de pura ausencia en que se sitúa el yo cuando no se busca más que a sí mismo, hasta el infierno. Desde luego hay que liberar la realidad del infierno de las imágenes de que le hemos revestido y de los problemas planteados sobre el tema. Cada cual lleva en sí el infierno, es decir, un mundo sin amor, sin comunicación fraterna, sin Dios. Su realidad nace en nosotros del deseo de nuestro corazón.

Si a Jesús le llamamos Salvador, es preciso saber de qué nos salva. Nada menos que del infierno, lo incomprensible, la tiniebla, el mundo al revés, lo contrario del amor. A veces, sobre la tierra, he tenido la experiencia de este estado en que los seres, confinados cada uno dentro de sí mismos, permanecen totalmente impermeables unos para otros.

La bajada a esas profundidades no es desesperante, sino purificadora. Constituye el doloroso desconcierto de una persona a quien el amor le atrae, pero que siente dentro de si la resistencia a buscarlo. Sale de la maldad, haciéndola explotar. Vuelvo a encontrarme en Cristo, corazón del mundo y de la humanidad. No me arrojes lejos de tu rostro. Sólo tú eres vida. No hay salvación fuera de ti. Sólo en ti está la justicia universal a que los hombres aspiran. Antes, durante y después de su venida a la tierra, todos estaban ligados a él y eran juzgados por él.

PARA LA ORACIÓN DE ESTE DÍA

 

1. ESQUEMA DE ESTA MEDITACIÓN: «LOS PECADOS»

Ejercicios [51-61]

Aunque esta meditación se llama «de los pecados», no se trata de un examen de conciencia. Es un contacto personal entre Dios y el hombre, del estilo del diálogo de Job y su Criador. Está estructurada en forma de cinco oleadas incontenibles que nos arrastran a los abismos de la misericordia.

 

Sea cual sea el concepto que tengo de mí -lugar en que vivo, personas con que trato, oficio que desempeño-, tengo que reconocer la presencia en mi, o al menos la tendencia, de una actitud satánica: la hegemonía o la independencia del Yo, aun en las acciones en apariencia más santas.

La maldad de esta actitud no proviene principalmente de su prohibición o de su castigo posible. Aunque no estuviese vedado, es maldad el pecado que hace de mí el centro, porque constituye un rechazo del amar y del vivir. Yo y solamente yo. ¿Quien soy yo, que quiero imponer mi exclusividad? No hacen falta largas disertaciones para responder a esta pregunta. La corrupción esta en la raíz de mi ser y la muerte que a todos nos espera no es más que la imagen de la degradación interior, producida por el yo, que ambiciona la exclusividad.

Impulsado un momento por la ola de la nada y de la desesperación, me encuentro a continuación como absorbido por la otra ola más poderosa de Dios que me crea. ¿Quién es el, mi Creador? Todo aquello a lo que yo aspiro y que no puedo realizar por mí mismo... Como Job, «proferí lo que no sabía, cosas admirables para mí, que no conocía. Sólo de oídas te conocía, mas ahora mis ojos te han visto; por eso me retracto y hago penitencia sobre el polvo y la ceniza» (Job 42, 1-6). Sólo tú eres santo. Sólo tú bueno. Sólo tú poderoso. En una ultima oleada Dios y el hombre se enfrentan en «un inmenso amor». El «estupor me sobrecoge», como sobrecogió a Pedro. ¿Cómo es esto posible? Yo existo. Soy amado. El universo existe. Santos y ángeles me rodean. No estoy solo. Finalmente no queda más que conversar de esto con Dios, nuestro Señor: razonando y dando gracias, concluye san Ignacio. La acción de gracias sigue la dirección inversa al pecado. Me veo arrastrado por el amor que me crea y me restaura.

Una súplica de esta clase es un grito que brota del corazón a quien Dios se da a conocer. No está en nosotros hacer que brote a la medida de nuestro deseo. Es una obra que realiza el Espíritu en aquel que se la pide; abre, Señor, mis ojos a tus maravillas y me enteraré de quién soy. Al germinar en mí esta semilla, iré quedando unido indisolublemente al amor.

 

2. UN PUNTO DE PARTIDA DE LA ESCRITURA: REPROCHES DE DIOS A ISRAEL

Ezequiel 16

Es otra vez el mismo impulso: viene de Dios a mí, y vuelve de mí a Dios.

Aquí toma la forma del diálogo de un marido enamorado con una esposa fiel.

Se presenta aquí el pecado como un adulterio.

 

En la vuelta del hombre a Dios es Dios el que tiene la iniciativa: «échale en cara a Jerusalén sus crímenes» (v. 2). «Yo renovaré mi alianza contigo, para que te acuerdes» (vv. 62-63). También Jesús, después de la negación de Pedro, se vuelve y fija su mirada sobre el apóstol. «Y Pedro recordó...» (Lc 22, 61-62).

El pecado de que Dios perdona a su pueblo es una falta de gratitud y un adulterio. Te has regocijado en tu belleza y no has reconocido que la habías recibido de mi. Por eso te has creído mejor que tus hermanas, mejor que Sodoma y que Gomorra y que Samaria, pero seguiste su mismo camino. Y «por tus abominaciones has justificado a tus hermanas» (v. 51). «que no han cometido ni la mitad de tus crímenes». Lo mismo dirá san Pablo: la infidelidad de Israel ha justificado a las naciones (Rm 9-11).

Porque te has apartado de mí, yo te he entregado a ti mismo. Te has convertido en burla de las naciones. El pecado ha desarrollado en ti su poder y su fatalidad: «Tú nos has entregado al poder de nuestras iniquidades» (Is 64, 6). Te has convertido en imagen del Infierno.

Pero mi amor es más fuerte que tus crímenes. Yo te reconciliaré conmigo. Tal vergüenza se apoderará de ti, que no volverás a sentir tentación de preferirte a nadie. Estupor, exclamación admirativa, silencio sobrecogido, todo es lo mismo. Al hombre, al verse salvado a la par con todos sus hermanos, no se le ocurre nada que decir: ¿Hasta que punto nos ha amado Dios?

 

En esta meditación de los pecados, a la luz de la Escritura, nos encontramos situados en un punto de vista que esclarece toda la historia humana.

 

3. ALGUNOS PENITENTES PRESENTADOS POR LA ESCRITURA

Es útil meditar cómo David manifiesta a los hombres el pecado y así les libera de él. Dios y el hombre siempre se reconocen mediante un diálogo personal.

 

David (2 Samuel 11-12)

Adulterio, soborno del marido, asesinato: cada pecado arrastra al siguiente. Para que el hombre caiga en la cuenta de la maldad, tiene que hacerse oír la palabra de Dios: Ese hombre eres tu, dijo Nathán. Ante esta acusación David no se deja vencer ni por el orgullo ni por la desesperación: He pecado delante de Dios. Dios y el hombre se reconocen: He encontrado a David, mi siervo. Saúl calcula y se defiende: He cumplido la orden de Dios. Piensa que ha cumplido. Por eso es rechazado. David se presenta indefenso. Es escogido para siempre.

 

Zaqueo (Lucas 19, 1-10)

Zaqueo reconoce delante de Jesús que ha sido ladrón. La ley romana prescribe que el ladrón restituya el cuádruplo de la suma robada, y él promete devolver ese cuádruplo. Pero de otra parte, aun siendo un publicano, conocido por todos como tal, él quiere ver a Jesús. El lo reconoce como único, pero a su vez es reconocido por Jesús como un hijo de Abraham. Después de Mateo, después de tantos otros, recibe también a Jesús en su casa y mesa, con escándalo de los fariseos (Mt 9, 9-13).

 

La pecadora en el convite de Simón (Lucas 7, 36-50)

Hay el peligro de que para muchos descender a las profundidades equivalga a: examinar a fondo. Se quedan solos. La mujer que se presenta en el convite de Simón desciende hasta donde el Padre ve lo secreto: reconoce a Jesús y es reconocida por él. Nada dice ni se acusa de nada. Su postura lo dice todo. Además todo el mundo la conoce en la ciudad y el Fariseo más que nadie esta dispuesto a relatar sus pecados. El se mueve en la perspectiva de la ley, de la cantidad y de la justificación personal. También él se queda solo, fuera del amor. El no tiene necesidad de nadie. Se basta a sí mismo.

La mujer desciende en su propia interioridad hasta el abismo en que se reconoce toda ella pecadora y amada. Para ella el problema no es analizar y medir. Lo entrega todo. Sus pecados, sus muchos pecados. El amor, como es un intercambio, tiene necesidad de ser reconocido por el otro, supera todos los muros de separación.

 

La mujer adúltera (Juan 8, 2, 11)

Para los Fariseos, el juicio tiene su origen en la Ley que condena y relega a la soledad. Para Jesús tiene origen en el corazón que perdona y reúne. Los Fariseos se van marchando uno después de otro, arrastrando el peso de un pecado que no han sabido perdonar, porque no esperan justificación más que de sí mismos. La mujer marcha justificada porque no ha presentado al Señor más que su miseria, incapaz de esperar de sí misma nada bueno. En su soberana independencia, Jesús que conoce el secreto de los corazones, escribe con el dedo en el suelo.

 

El ladrón (Lucas 23, 39-43)

También éste reconoce a Jesús, mientras que el otro le insulta, no piensa mas que en sí y protesta. Para nosotros, lo que le hacen es justo. Pero él: ¡Acuérdate de mi! La oración de este pecador es perfecta. Semejante a aquella de David: He pecado contra Dios ¿Qué puede Jesús hacer con una persona que así se entrega a él? Vino a manifestar la misericordia del Padre con los indefensos, los pobres, los niños, los pecadores. Esta tarde estarás conmigo en el Paraíso. Salid a los caminos e invitad a las bodas a todos los que encontréis (Mt 22, 9).

 

4. PLEGARIAS DE ALGUNOS PECADORES EN LA ESCRITURA

Hay un salmo que resume la acción realizada por Dios a favor de su pueblo: Is 63-64. Nunca dejes de ser para nosotros nuestro padre y nuestro alfarero, aunque hayamos nosotros contristado tu Espíritu Santo. Cuando apartas tu rostro, la fatalidad del pecado se apodera de nosotros. Pero tú vuelves y no permites que estemos entregados a nuestros crímenes para siempre.

Están también los salmos llamados penitenciales, en particular el salmo 130-129 «desde el profundo...» y el gran salmo del pecador, el «Ten piedad de mi por tu bondad». De los dos podemos decir: siempre que recordamos nuestro pecado, hacemos mención de Israel, de todo el pueblo que Dios reconcilia juntamente con nosotros. La situación de cada uno y la de todos está muy ligada. Respecto al segundo salmo-el gran Miserere-podemos decir que rezándolo caemos en la cuenta de que nunca el hombre se reconoce verdaderamente a sí mismo sin que al mismo tiempo le sea dado un mayor conocimiento de Dios. En el reconocimiento de mi pecado se me descubre Dios a quien yo me encomiendo. Le conozco como la misericordia, aquel que me mira con ternura y piedad. Experimento su justicia, porque me doy cuenta de que carezco de ella y es a el a quien pido que me instruya en la profundidad de lo que es justo. Y encuentro reposo también en su santidad única para que me lave y quede más blanco que la nieve. Es sobre todo su amor lo que gozo en esta divina transformación que sigue al reconocimiento del pecado, es el amor por el que se me comunica la alegría de esta nueva creación de mi ser en la presencia del Espíritu Santo. Finalmente, transformado por este amor, puedo comunicar a los demás la experiencia que yo he tenido: Enseñaré tus caminos a los pecadores. Sé además que si alguna eficacia tiene la palabra, el efecto que produzca le viene de la gracia: abre tu, Señor, mis labios.

Así pues, seamos lo que seamos, con el espíritu destrozado, que no tiene ya esperanza sino en la sangre de Jesús, podemos ofrecer el sacrificio, el único sacrificio que es agradable a Dios.

Esta meditación se desarrolla en el plano de la fe y de la gracia: Sobre mis pecados, «ejercita tu Bondad y tu Misericordia y en ellos te revelarás Tú» (san Juan de la Cruz)

En el evangelio de san Juan podemos encontrar en este sentido la confesión del paralítico de Betsaida (Jn 5): «Señor, no tengo a nadie» Lo que quiere decir: dentro de la universalidad y variedad del mal en que estoy sumergido, espero como tantos otros una curación que no llega-el paralítico lleva allí 38 años-, no me queda otra cosa que hacer sino lanzar un grito hacia Dios desde lo más profundo, como hace el salmo 18-17. Es el grito que hace que Dios descienda: «Levántate y anda». Es nuevamente la palabra creadora, que resucita a los muertos, como es también la palabra del Padre que da poder al Hijo. «No tengo a nadie», quiere decir «No tengo más que a ti».

 

5. EL TRIPLE COLOQUIO

Ejercicios [63-64]

San Ignacio supone que después que nos hemos detenido durante algún tiempo en los puntos que más nos han impresionado en las meditaciones precedentes, prolongamos nuestra oración dirigiéndonos sucesivamente a Nuestra Señora, al Hijo y al Padre. A cada uno le dirigimos el ruego de una triple petición: el conocimiento interno del pecado, es decir, no del acto material sino de aquello que sale del corazón del hombre y le hace impuro (Mc 5); sentir el desorden de mi actividad, es decir, de esa doblez de corazón que intenta servir a dos señores (Lc 16, 13); finalmente, la ceguera de mis ojos tenebrosos, que hace que todo mi cuerpo esté en tinieblas (Lc 11, 33-36), y finalmente conocer el mundo, que es repliegue del yo sobre si mismo y que nada sabe del amor al Padre (1 Jn 2, 15-17).

 

6. LA MISERICORDIA Y EL JUICIO

Oseas 1-3 y 11; Mateo 25, 31-46

Con la que fue esposa infiel, yo me desposaré para siempre «en la justicia y en el derecho, en la ternura y en el amor». Mediante castigos, yo la haré recuperarse: yo soy Dios y no un hombre. En definitiva es el amor quien realiza la selección definitiva. «Se nos juzgará del amor», ha dicho san Juan de la Cruz, resumiendo así la gran escena del juicio final. Los que tienen parte en la gloria son los que han sido hallados dentro del impulso del Espíritu del amor, aunque aún no conocieran a Aquel al que conduce ese impulso, Cristo, todo en todas las cosas. A cada uno se le juzgara según «la autenticidad de la ley escrita en su corazón (Rm 2, 14-16), autenticidad de la ley que es el amor.

Puede uno no haber conocido a Cristo y no obstante pertenecer a sus ovejas, con tal que no haya pecado contra el Espíritu (Mt 12, 31-32). Otros le habrán invocado y no serán admitidos. Son los que dicen...: hemos profetizado en tu nombre (Mt 7, 21-23). El Señor no divide a los hombres según ninguna categoría social o religiosa; los que son suyos llegarán de todos los puntos cardinales (Mt 8, 11-12). Además, aunque vuestra conciencia no os reprenda de nada, guardaos de juzgar, ni a los otros ni a vosotros mismos. Esperad que venga el Señor (1 Cor 4, 3-5).

ASIMILACIÓN DE ESTA ORACIÓN. LA REPETICIÓN. EL EXAMEN.

Esta oración no llega a hacerse personal, más que si perdura. El peregrino ruso la repitió durante mucho tiempo y su corazón llegó a transformarse en ella. San Ignacio en este momento de los Ejercicios aconseja las repeticiones; en ellas cada uno ha de volver sobre los puntos en que él haya «sentido mayor consolación o desolación o mayor sentimiento espiritual» [62], o dicho de otra manera, sobre los puntos que no le hayan dejado indiferente. La preparación para la oración consiste entonces, no en leer muchas cosas ni en preparar el esquema para una disertación, sino, en la medida que lo exige el desarrollo de nuestra experiencia, en fijar libremente nuestra atención sobre los puntos en que sabemos por experiencia que solemos encontrar a Dios más fácilmente.

Para que esta repetición sea más provechosa, san Ignacio aconseja el triple coloquio, de que ya hemos hablado. En la vida ordinaria todo puede contribuir a fomentar esta oración: la lectura de la Escritura, la liturgia, el examen, la penitencia, los sacramentos. Por esos medios se forma en nosotros esa actitud que los antiguos llamaban «compunción», ese corazón «contrito», que Dios nunca desprecia. Es un sentimiento único, que, como toda obra del Espíritu, integra actitudes en apariencia dispares: estupor, vergüenza, admiración, acción de gracias. Conserva el corazón maleable y siempre abierto. Es fuente de acción y de irradiación. Contribuye a mantener en nuestra vida la exactitud y pureza de las motivaciones. Es un estado de permanente conversión al amor. En este sentido digamos también una palabra sobre el examen. Ya hemos dicho de él que era un reconocimiento de los dones de Dios. Pero también es, como diremos, el poner de manifiesto los pensamientos ocultos ante el frecuente recuerdo del Señor Jesús. Contribuye a situarme en la realidad de mi ser, allá donde el Padre juzga en lo secreto, siguiendo el consejo de san Agustín, de decirle cada uno a Dios lo que él es. Dic Deo quod es.

Este examen tiene en los Ejercicios, como durante la vida ordinaria, el puesto que le corresponde. La mejor manera de hacerlo es «en forma de oración», según los ejemplos que san Ignacio propone en los Ejercicios [238-248]. Así: voy aprendiendo de Dios a recibir el conocimiento que él quiere darme a mí. Aprendo a encontrar en él a Jesucristo dentro de lo más hondo de mi ser, en ese «dentro» de donde sale todo lo que mancha al hombre (Mc 7, 21)

EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA

La oración de los dos días precedentes nos prepara para este sacramento, y es su cima Después de bajar hasta las profundidades, nos entregamos a Jesús tal como somos, y El se nos entrega tal como es. El intercambio del bautismo se renueva en el sacramento de la penitencia. Hemos dejado de ser nuestros y somos suyos. Una de las causas del actual apartamiento de muchos del sacramento de la penitencia, puede que esté en que lo hemos considerado principalmente bajo su aspecto psicológico y moral: el de conocernos y progresar. Es preciso ir más allá del deseo de purificación y de la buena conciencia. Lo que perdona el pecado es el amor, que es su contrario.

Mientras yo viva en Cristo, vivo en el amor. Mis deseos, mis pensamientos, mis acciones me brotan de el: «Ya no soy yo quien vivo, sino Cristo vive en mi». Mientras voy creciendo en él, mi mismo pecado -si alguno se cree sin pecado deja a Jesús por embustero (1 Jn 1, 10)- , una vez que lo reconozco, ya no me pertenece a mi. Pertenece a aquel que es «víctima de propiciación por nuestros pecados, y no solamente por los nuestros, sino también por los del mundo entero» (1 Jn 2, 2). El está clavado en la cruz, como también el documento que me condena (Ef 2; Col 2). Aunque esté tan cargado de pecados como la pecadora del convite de Simón, mis pecados me son perdonados «porque he mostrado mucho amor». Simón, que se tiene por justo y juzga a los demás, no recibe el perdón, porque «muestra poco amor» (Lc 7, 47-48).

Como cuando dos personas se aman y viven lejos una de otra sienten necesidad de manifestarse mediante signos y no solamente con el espíritu, el amor que se tienen, así el cristiano que vive en el amor de Cristo siente la necesidad de manifestar mediante signos su perpetua pertenencia a él.

El signo por excelencia de esta pertenencia nuestra a Jesús en el abismo mismo del pecado es el sacramento de la penitencia. Lo mismo que en la Eucaristía, tengo en él una participación, no como en un rito mágico o en un desahogo nervioso, sino por el impulso del amor, para expresar sensiblemente esta doble apelación a Jesucristo y a la comunidad de mis hermanos. El pecado es un replegarse sobre si mismo; la participación en el sacramento de la penitencia es la aceptación de la salvación en la forma misma en que Jesús me la da. Más que confesión de mi pecado, consiste en aceptar que el Señor tome posesión de todo lo que constituye mi vida, incluso la maldad.

A partir de este punto de vista es como debo responderme a las cuestiones que equivocadamente suelen ser las primeras que se plantean: ¿cuándo confesarse? y ¿cómo? Las modalidades-la disciplina sacramental-pueden variar a lo largo de los siglos. Pero lo importante es encontrar en ellas mi relación con el Señor. No dejemos corromper las fuentes de la vida.

AL FIN DE ESTOS DOS DÍAS: DISCERNIMIENTO

Dos maneras hay de abordar este discernimiento, que no son entre si opuestas, sino que están situadas en niveles diferentes. Para muchos es un ejercicio del juicio, que aplica determinados criterios a los hechos en que nos encontramos mezclados y a los sentimientos que experimentamos, para determinar lo que es según Dios y lo que no lo es. La tradición, a partir de san Juan y de san Pablo, ve mas bien en el discernimiento el ejercicio de un sentido -un «tacto» o un «olfato»-que forma parte del ser del bautizado, y que se desarrolla a medida que crece en caridad.

Hay un primer discernimiento de tipo critico. Corresponde al psicólogo. Supone estudio y rigor científico. Su cometido es delimitar los dominios respectivos de la naturaleza y de la gracia. Aceptando los principios de la tradición, profundiza en ellos y los adapta a las perspectivas de la ciencia moderna. Especialmente, de acuerdo con el Evangelio y san Pablo, acepta el principio de que la acción de Dios no se puede reconocer de antemano, sino posteriormente por sus efectos, por los frutos del Espíritu, como dice san Pablo. Por ejemplo, en la meditación del pecado, no reconoce como proveniente del Espíritu mas que la contrición que abre el corazón a un mayor amor. Todo esto se desarrolla en el campo de la lógica de una fe, para la que Dios es un Dios de amor, cuya voluntad está orientada en el mismo sentido de la vida.

El discernimiento que tratamos de exponer es de otro tipo. No supone que se haya de dejar de lado el sentido critico ni el examen psicológico, pero se sitúa más allá de ellos, en la sensibilidad a los impulsos del Espíritu. Si pretendiésemos explicarlo mediante una comparación, habríamos de decir que se asemeja al artista, al hombre de acción o al enamorado en presencia del objeto de su interés. No despreciarían ellos la razón ni la ciencia ni los aportes de la tradición, pero para emprender una actuación obedecen mas bien a otras normas Son, más bien, como el hombre que para seleccionar un color o un sonido no tiene necesidad de raciocinar. La costumbre que ha adquirido de ejercitar sus sentidos le hace decidir espontáneamente.

Este discernimiento, que viene a ser como el ejercicio de un sentido, supone que no somos ajenos a la realidad que juzgamos. Puede a uno gustarle la música sin saber tocar ningún instrumento, pero quien pretende cantar tiene que asegurarse de que lo hace con afinación. Lo mismo ocurre al que acomete una experiencia espiritual, que necesita saber si lo que experimenta es verdadero o falso. No puede juzgar de ello como de una realidad exterior. Tiene que comenzar por ensayar personalmente y aunque haya aprendido muchas cosas sobre esta materia, tendrá que empezar a ejercitarse por los rudimentos como un niño. Comienza una aventura en la cual lo que haya aprendido en los libros, no le va a ser de ninguna utilidad. A no ser que sus tecnicismos y sus estudios hayan corrido pareja con su experiencia, le será imposible reconocer de entrada las cosas que va viviendo en aquellas descripciones que aprendió en sus estudios. Lo mismo que le ocurre al que experimenta su primer amor ¿Qué es lo verdadero y qué es lo falso? ¿Qué clase de vida voy a comenzar?, se preguntaba san Ignacio en los comienzos de su conversión

Evidentemente para ejercitarse de este modo en el discernimiento, la primera condición es entrar en este mundo, en el que lo peligroso está en que faltan los puntos de referencia a que estamos acostumbrados, un mundo en el que nunca nos hemos aventurado, aunque se ofrece abierto a nuestra libertad. Individuos para quienes Dios no es algo buscado y deseado, sino simple objeto de consideración, ¿cómo pueden entrar en este discernimiento? En él tendrían que actuar por experiencia. Consiguientemente, el mundo del Espíritu no tiene realidad ninguna para ellos. A través de muchas vicisitudes se han acostumbrado a desconfiar de todo lo que no cae bajo el imperio de la razón o no se deja contabilizar. No han escuchado una llamada como la de Abraham, a abandonar su tierra sin otra garantía que la palabra que se le ha dado.

En los principios de esta manera de actuar se suele tropezar con bastantes resistencias. Todos las experimentamos cuando nos decidimos a entregarnos con seriedad a la aventura de unos Ejercicios. Se nos presentan una infinidad de razones: ¡es una necedad!, ¡es sentimentalismo!, nunca lo conseguiré ¡Es una especie de lavado de cerebro! ¡Los demás no lo hacen! ¿Qué pensarán de mí? Para mí lo importante es lo de todos los días. Una experiencia de esta clase constituye un lujo que no pueden permitirse la mayoría de los hombres. La lista de semejantes dificultades podría continuarse. En el fondo lo que pasa es que cada cual se encuentra solo ante lo desconocido. Tras los primeros momentos de entusiasmo, sólo encontraríamos ante nosotros las dunas del desierto o caminos sombríos sin horizonte.

En el fondo, estas dificultades no pasan de ser pretextos alegados ante la llamada a salir de sí. Cuando Dios se presenta con toda su verdad, para manifestar los secretos de los corazones, el hombre trata de esconderse, como Adán en el Paraíso. Al hombre no le agrada sentirse desnudo. Le repugna verse sorprendido y dejar que se manifiesten sus pensamientos secretos.

¿Qué habrá que hacer ante estas dificultades, a las que san Ignacio da el nombre de «desolaciones»? Hay que no cambiar nada de lo decidido anteriormente. Estás en una noche. No tomes ninguna determinación nueva. Sigue con paciencia, «con fuerza y constancia». Si algo quieres cambiar, es en ti mismo donde hay que realizar el cambio. Suplica más intensamente, haz penitencia, siempre, claro está, que estos medios no te hagan decaer más. No pasan de ser medios y hay que emplearlos con elasticidad con el fin de «encontrar lo que deseas». Si estas cosas te llevan a todo lo contrario, quiere decir que te sirves de ellas como de realidades absolutas, no para encontrar a Dios, sino para encontrarte a ti mismo. En ese caso es mejor buscarse una evasión, dormir o entretenerse en cortar leña. En el fondo lo que pasa es que quieres caminar tú solo en dominios donde la sola razón y el solo esfuerzo no bastan. San Ignacio, turbado hasta lo más profundo de su ser por tentaciones de suicidio, clamaba al Señor: «aunque me fuera preciso seguir a un perrillo, lo seguiría con tal de encontrarte, Señor». Los salmos, Job y tantos otros, han lanzado a Dios semejantes clamores. Con esta lucha se realiza una gran purificación. Hace que la persona se sitúe por encima de vanos temores y de alegrías pueriles. Como la agonía de Cristo, conduce a la vida, al amor y a la paz. Especialmente la fe se robustece.

Llega un momento en que notamos que algo ha cambiado. Un cierto gozo, una alegría especial nos embarga. Estos sentimientos se sitúan a diversos niveles de profundidad: desde el entusiasmo superficial de quien está dispuesto a cualquier sacrificio, hasta la paz serena de aquel para quien Dios lo es todo. De todas maneras ha soplado una brisa que ha disipado la noche en que estábamos. Ya no soy juguete de mi tristeza ni de mis cavilaciones. Ocurre como entre dos personas que se aman y se reencuentran al cabo de muchas dificultades: el invierno ha pasado y han cesado las lluvias. En general esto no ocurre sino después que hemos tomado conciencia del cambio. Cuando el cambio se produce quedamos maravillados. Pero al bajar de la montaña, nuestro corazón ya no es el mismo. «La capa se ha desprendido de nuestros hombros». Es el tiempo de la consolación, dice san Ignacio. Dios en ella se da a conocer por la vida, por la alegría, por la fuerza que inspira.

¿Entonces ya está todo hecho? Creerlo así seria una ilusión Tenemos que aprender a costa nuestra. La tentación es, entonces, apropiarse los dones de Dios. Hay que enriquecerse con la propia experiencia. De nuevo vuelve a peligrar todo. Después de la consolación, de nuevo se presenta la noche, el caminar a tientas, el desierto. Nuevamente parece todo problemático. Todos los creadores, los hombres de acción, los que de verdad aman, tienen experiencia de estas horas de sufrimiento. También los que buscan a Dios las conocen, como los demás. Entonces comprenden que el don que se les ha dado es puramente gratuito: «el Espíritu sopla donde quiere» Desaparece en cuanto pretendas echarle mano.

En tales situaciones, nuevamente queda la persona insensible y sin saber qué pensar de su situación. Lo comprenderá luego, pero de momento no ve nada. En realidad su insensibilidad seria peligrosa si comportara impotencia para salir de sí y para buscar a Dios. Con frecuencia no será más que aparente, cuando la persona que queda reducida por ella a la impotencia siente crecer en sí el deseo de abrirse y de amar, si desea superar estos deseos infantiles que no tienen de contrición más que la apariencia, y sobre todo si su mirada queda más fija en nuestro Señor que es quien le salva. Entonces recibimos otra cosa distinta y mejor que la que esperamos: no es una emoción sensible, sino una conversión a la fe, una sensación de solidez y sosiego que poco a poco toma posesión del fondo de nuestro ser. «Nunca había yo meditado el pecado con semejante paz». Quien hacía esta confesión al final de estas meditaciones, poco antes habría tenido esta paz por anormal. Así comenzamos a superar la subjetividad en que se encierra la vida religiosa frecuentemente, sobre todo en sus comienzos, sin caer por otro lado en la sequedad racionalista. También se supera la sensibilidad ansiosa, al recibir de Dios otra cosa distinta de aquello que normalmente hambreamos. La lucha por el discernimiento deshace el equívoco que suele incubar la palabra «sentimiento», no mediante el análisis exterior del objeto, sino por la experiencia que de él nos obliga a hacer.

Esta experiencia no termina jamás. Lo que acabamos de decir concierne a todas las edades de la vida. Incluso quien tenga una confianza muy firme, ha de permanecer humilde y vigilante. Su fuerza no le viene de sí mismo. Siempre deberá acordarse de esto, so pena de comprometer los progresos realizados.

Consiguientemente, una de dos:

- O disfruto de paz. Y entonces permanezco activo y vigilante, para no dormirme sobre los laureles. El segundo estado sería peor que el primero (Lc 11, 24-26).

- O me encuentro turbado. Entonces trabajo por sacudir el temor y encontrar mi fuerza en Cristo. Hombre de poca fe ¿por qué has temido? (Mt 14, 31).

En toda hipótesis, consolado o desolado, siempre debo esforzarme por salir de mi para dejar que Cristo crezca. En él encuentro siempre mi equilibrio, pero no encontraré mi equilibrio más que caminando. Y esta «caridad abundará más y mas en conocimiento y en todo discernimiento, para apreciar lo mejor.. para el día de Cristo» (Fil 1, 9-10).

 

 

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