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Jean Laplace - Los ejercicios espirituales de diez d�as  (�ndice)

 

 

2ª etapa

DE LA CONVERSIÓN A LA MISIÓN

Desde las profundidades a que nos han hecho descender los días precedentes, Jesús nos hace subir un tanto hacia el horizonte de nuestra vida. Es de él de quien podemos escuchar la llamada a la misión: como mi Padre me ha enviado al mundo, también yo los envío al mundo..., que sean uno, como tú y yo somos uno, a fin de que el mundo crea que tú me has enviado. Conversión del corazón y llamada a la misión son dos etapas que manifiestan la obra del Hijo. El no baja a las profundidades sino para ascender a las alturas, a fin de llenar todas las cosas.

Estas dos etapas son sucesivas e inseparables. Jesús rompe las cadenas para hacernos andar. Nadie puede decir: Jesús Salvador, ten piedad de mi, sin oír a continuación: Ven, yo soy; yo haré de ti un pescador de hombres. Además nadie puede trabajar en la obra de Cristo si antes no se reconoce pecador. Súplica de pecador y oración de ofrenda no son sino una única y misma oración.

Los días que siguen nos hacen penetrar más hondo en la reconstrucción de la humanidad por Cristo para hacer de ella una «nueva creatura», su Esposa, tal como lo es en el designio del Padre.

En esta obra universal, cada uno de nosotros tiene su misión particular. Se hace imprescindible que en este llamamiento dirigido a todos, escuche yo el llamamiento dirigido a mi. Es esta opción universal, mi elección particular.

Meditando la llamada de Cristo y contemplando los misterios de su vida, descubriré la manera con que puedo yo corresponder mejor a estos designios suyas. La oración se va haciendo una lenta preparación a la elección o aceptación personal del plan de Dios sobre mí.

 

Día 4º

La llamada de Jesús

PLAN DEL DÍA: LA CONTEMPLACIÓN DEL REINO

Los días que siguen no son un simple paseo a través de los misterios de la vida de Cristo. Se nos da un hilo que los enhebra para ir de uno a otro y darles unidad: la meditación del reino o del llamamiento del rey temporal.

Todos saben ya más o menos la forma en que esta contemplación se propone en los Ejercicios: «el llamamiento del rey temporal ayuda a contemplar la vida del rey eternal» [91] La parábola del Rey resulta anacrónica. Posiblemente, como ocurre en las parábolas del Evangelio, tiene un sentido oculto: la llamada de Cristo llega a través de la llamada del hombre.

De todas maneras, esta meditación no es más que un punto de partida. Cada uno, entreviendo la realidad del llamamiento, se pone en camino a partir del punto en que se encuentra. Así se dispone a escuchar mejor. Conocimiento y vida son solidarios. El conocimiento de una vocación se desarrolla cuando se hace acción y vida. Suelen crearse tantas anfibologías cuando se trata de vocación, compromiso, apostolado, servicio de los demás, don de si mismo, que es conveniente hacer algunas precisiones antes de abordar la meditación:

1.- El llamamiento se dirige a todo el mundo. En cierto sentido podemos decir: todo hombre tiene una vocación que debe descubrir para dar unidad a su vida. En particular, todo cristiano que se convierte a Cristo escucha su llamada para ser restaurado según su imagen y trabajar en su Reino hasta su vuelta definitiva.

 

2.- Una vocación es una persona más que una cosa. Esto es verdad en el orden humano: un hombre descubre el sentido de su vida el día en que descubre el amor que constituye su centro. Lo mismo ocurre con Cristo. Muchos proclaman que le pertenecen a él, o que le sirven a él, pero no hacen sino practicar una moral o defender una causa. Mientras Jesús no llegue a ser para nosotros una persona viva, las obras que se emprendan por él, por muy heroicas que sean, están abocadas al hundimiento entre las amarguras del fracaso o entre los éxitos de la edad madura. Por eso, antes de decir: yo quiero hacer esto o aquello, conviene preguntarse: ¿Quién es él para mí?

 

3.- Una vocación es algo que siempre queda delante. Hay muchos que para ser fieles a ella, quisieran volver al momento en que la descubrieron. No es un tesoro que hay que cuidar para que no se pierda, sino una vida que ha de recorrer su proceso. Como cuando conocemos a una persona, también aquí hay un descubrimiento permanente, sin que nunca podamos considerar agotado el conocimiento que de ella podemos tener. Nunca podemos dar por terminada la penetración de un hombre en su entrega a su vocación.

De aquí se deduce la actitud que pretendo tomar: más que inquietarme por saber si yo tengo o no tengo una vocación y hacer de este asunto el objeto de un estudio y de un análisis, me esfuerzo en situarme en tal actitud que escuche el llamamiento de aquel que puede dar sentido a mi vida, y dándole oídos, a partir del punto en que me encuentro, echar a andar. Por eso pido a nuestro Señor «no ser sordo a su llamamiento, sino presto y diligente en seguir su santísima voluntad» [91].

LA LLAMADA DE JESÚS

El que se pone a escuchar se siente llamado en dos sentidos a la vez: en sentido horizontal, porque está insertado en el universo y es reclamado por todos los seres; en sentido vertical, porque El es único y todo converge hacia El. Por eso mismo, la respuesta correspondiente a esta llamada habrá de ser una aceptación de todo y una superación de todo a la vez.

 

1. La llamada del hombre

Es también un llamamiento de Cristo, porque en Cristo está comprendido todo lo que es de algún modo humano y terreno. Tenemos el peligro de olvidar este aspecto universal cuando deseamos servir al Reino. Cuántas vidas cristianas o espirituales quedan vacías o empobrecidas, por ignorancia, por desprecio o por temor de lo humano. Y sin embargo, aun estando en pecado, el hombre conserva el sello de Dios a cuya imagen está hecho. Para escuchar el llamamiento del Señor, y trabajar para él, hace falta, en primer lugar, aceptar escuchar la llamada del hombre, que uno mismo es en unión con todos los que constituyen el universo. Antes de pensar en ofrecerse hay que pensar en ser.

No sería difícil demostrar, a partir de toda la Escritura, cómo la acción de Dios manifiesta este respeto profundo por el hombre y esta voluntad de hacerle llegar a ser lo que realmente es. Bastarán algunos ejemplos: David, en la historia judía; los paganos, en la historia humana; los apóstoles, en el Evangelio; en la Iglesia, a través de vacilaciones y equivocaciones, el sentido de las culturas y del hombre. Bajo la mirada de Dios, en cada uno durante todas las edades, en circunstancias variadísimas, siempre la humanidad «vuelve a emprender su tremenda labor». Ante todo es preciso que el hombre sea hombre.

Pero ¿qué es eso humano que hay que cultivar?

Existe en nosotros el peligro de detenernos. En el deseo de promover al hombre, nos creamos dioses falsos; deshumanizamos al hombre entregándolo a apetencias, a falsos progresos, a una técnica esclavizante. El hombre no sabe ya en qué consiste ser hombre. A través de la investigación, de sus realizaciones, de sus conquistas, el hombre no llega a ser hombre más que si se abre al amor en la libertad y al reconocimiento mutuo. El amor es la fuerza motriz de la historia y sólo llegamos a ser lo que somos a través de su dinamismo personalizador. Para seguir viviendo, lo primero que tenemos que hacer es recuperar su sentido. Es esta la primera llamada que tenemos que escuchar.

La parábola del llamamiento del Rey temporal se dirige primeramente en este sentido. El hombre, para responder a Dios, debe primero encontrar en si mismo las fuentes de la donación propia, de la entrega, del amor, del mayor servicio. En esta promoción del hombre por el amor hay ya un comienzo de ofrenda, de renuncia. El hombre no será hombre plenamente más que hallando la profundidad de toda respuesta de amor: don, servicio, sacrificio radical de si mismo.

La llamada de Cristo, que llama al hombre al más allá, a una trascendencia, se inserta en este movimiento. Es el impulso del Verbo creador, que se encarna para llevar a Dios a todo el hombre. Por eso es ya responder a la llamada de Cristo el responder a esta llamada del hombre: el que no está contra mi está conmigo, dijo Jesús, en Lc 9, 49-50.

Pero también dijo el Señor: el que no está conmigo está contra mi (Mt 12, 30). Esta frase anuncia la contrapartida, la llamada de Cristo a su seguimiento exclusivo. Puede aceptarse todo, pero exclusivamente con El.

 

2. La llamada de Cristo

Cristo, el Verbo encarnado, alcanza y supera todas las barreras. Lleva de la plenitud del hombre a la plenitud de Dios. Su llamada se dirige a toda la humanidad, pero el no puede interpelar sino a cada uno, en lo más profundo de cada uno, en su libertad para que quiera abrirse al amor y al mayor servicio. De ahí este carácter individual y universal del llamamiento.

Con este llamamiento nos invita a realizar en cada uno de nosotros lo que se realiza en él. El viene del Padre para retornar al Padre tomando consigo a todo hombre. San Pedro, después de Pentecostés, presentó la obra de Cristo como la de los últimos tiempos. Los que hayan comenzado por alcanzar una realización en él, luego deben prolongarse a toda la humanidad (Hec 2) Como dice san Pablo en Ef 4, él bajó hasta las profundidades para atraer todo a las alturas. Esta obra la realizó por medio de la cruz, venciendo todas las cosas mediante el amor, incluso la misma muerte. Ese es el mayor servicio: dar la vida por aquellos a quienes se ama.

Lo que él verificó mediante su cruz y su resurrección, en el dolor y en la gloria, continúa realizándolo en los que creen en él. Con este fin escogió a unos hombres para que estuvieran «con el» y después de su Ascensión formó comunidades de discípulos. La Iglesia es el misterio de su amor universal que se realiza en cada comunidad particular, donde él está a la vez en cada uno y en todos. El impulso de vida del Señor continúa en cada uno y en todos: así hace que todos suframos en El para que también todos en El seamos glorificados.

En El, todo toma un sentido nuevo, más allá de cuanto podemos imaginar o construir nosotros. Todo lo que existe, todos los acontecimientos se convierten en revelación de Dios, al mismo tiempo que reciben su consistencia exclusivamente de aquel acontecimiento único, de Cristo en su Cruz y en su Resurrección. Por eso Cristo llama a todos los hombres a que le sigan con su cruz a través de todas las cosas, para que todas las cosas queden transfiguradas. Todo queda trasladado al universo personal de Cristo glorioso, y simultáneamente la humanidad en El se hace una realidad concreta, a imagen de las personas de la Trinidad.

Esta realidad se expresa de diversas maneras a través de los evangelistas. Los Sinópticos la dicen de una manera; san Juan, de otra; san Pablo, de otra diferente. Pero en todos ellos es la misma realidad la que se nos manifiesta en su doble aspecto, de intimidad (el conmigo, la vida de la Trinidad) y de universalidad (la plenitud, el universo).

Lo peligroso es pararse a la mitad o apoderarse de lo ajeno. Es la tentación permanente de todos los mesianismos y de todas las Iglesias. Convierten el Reino en una construcción humana, cerrada sobre si misma, en servicio de una ideología. Una vez que vacían de sentido a Cristo, acomodándolo a sus deseos y haciéndolo a la medida del hombre, los que detentan su propiedad para ellos, acaban por perder el sentido mismo del hombre al que pretenden servir. En ellos el amor se agosta.

El Reino es exclusivo. Sólo Cristo lleva a su plenitud la aspiración universal. Para llegar a su fin todo tiene que pasar por el. Es necesario que sea exclusivo para que sea total.

 

3. La respuesta del hombre

Está compuesta de una doble actitud: aceptación y superación, que aparentemente se oponen.

Dar sentido a su vida, consagrando sus personas al trabajo, como lo harían los predicadores del Evangelio que no se contentasen con hablar, es, en primer lugar, asunto de «juicio y razón» [96]. Este trabajo no ha de entenderse sólo del trabajo apostólico, sino de todo trabajo humano. Toda tarea humana tiene un puesto en el Reino, porque es expresión de la voluntad del Padre, y no tenemos derecho nosotros a declararla profana o secularizada. En realidad, como a los soldados que consultaron a Juan Bautista, a todos se nos invita a entregarnos al trabajo a partir de la situación en que estemos. El Señor consagra en su persona el orden de lo humano, asumiendo en su Cuerpo y en la Eucaristía «todo el trabajo de los hombres». Pero además, según el libro de los Ejercicios, se nos invita a una «superación». Para «señalarse en todo servicio» del Señor universal, no se trata de elegir tal o cual función particular, como si una valiese más que la otra, sino de arraigar en nosotros la manera de realizarlo, sea cual sea la materia de nuestra elección. La manera propia del Señor es la del «siervo», que nos ha amado hasta el extremo. Es «el camino del amor», que es el que Cristo recorrió, el cual «nos ha amado y se ha entregado por nosotros» (Ef 5, 2). Este camino nos lleva a combatir en nosotros todo lo que hay de búsqueda de nosotros mismos, de amor propio. No se trata de poner trabas a la naturaleza, como si fuese mala, sino de hacer que se desarrolle, para poder ofrecerla y superarla. Es el más radical sacrificio del «Ven y sígueme». Le voy descubriendo cada vez más a medida que voy aceptando el vivir la totalidad de mi ser humano, sin retener nada para mi, en la exclusividad de la donación de mi ser a la persona de Cristo. Todo lo mejor que hay en el hombre es asumido para ser quemado y transfigurado por medio de la cruz. Tengo que ser bautizado con un bautismo de fuego... Yo he venido a prender un fuego.

Cuando meditamos sobre el Reino, no prestamos atención a esta conclusión. Y, no obstante, no hay otra manera de responder íntegramente al llamamiento. Tengo que aceptarme para entregarme. El hombre sólo consigue su plenitud viviendo en Jesús el impulso que brota del corazón de la Trinidad, que hace que cada una de las personas divinas no sea ella misma más que entregándose a las otras.

 

4. De aquí surge «la oblación de mayor estima» [98]

Brota de lo más profundo de mí mismo, allá donde el Padre ve en lo secreto, allá donde me encuentro solo delante de él. Acepto no querer más que a él, no para hacer esto o aquello, no para lograr que me estimen los que me rodean, sino para vivir sólo con él, aun en lo más agudo de las contradicciones y los desprecios. Pase lo que pase, quedaré contento. Es a ti a quien quiero. Te acepto para las duras y las maduras.

Pero en esa profundidad donde me encuentro a solas con él, ocurre que me encuentro también con la compañía del universo entero. La ofrenda que yo hago, por sí misma hace referencia y llama en su ayuda a María, a los santos y santas, a toda esa «nube de testigos., que creyeron en la Palabra de Dios, que como Abraham, partieron sin saber adónde iban (Heb 11).

En mi ofrenda, encuentro a todo el Reino de Cristo, con sus dos características correlativas la una de la otra: universal y exclusivo. Perdiéndolo todo por él, lo recibo todo de él. El que pierde su vida por mi causa, la encuentra (Mt 16, 25).

PARA LA ORACIÓN DE ESTE DÍA

La contemplación del Reino, tal como se acaba de presentar puede servir para la oración de este día. También puede ser aconsejable tomar alguno de sus aspectos, a través de algunos textos de la Escritura.

 

1. CÓMO SE PRESENTA JESÚS

Este pasaje presenta la reacción de los primeros oyentes de Jesús ante el discurso programático que hizo en la sinagoga de Nazaret, reacción contradictoria de estupor y de furor.

En el, Dios manifiesta el Reino, su gratuidad y su misericordia universal, según la profecía de Isaías (61). Sus conciudadanos admiraron su discurso, orgullosos de ser sus compatriotas: él es «uno de los nuestros». Pero el les rechaza y no se deja encerrar en ninguna categoría, sea la que sea: Elías fue enviado a una viuda de Sarepta que era extranjera, y Eliseo a Naamán el Sirio, extranjero también. Vendrán de oriente y de occidente a tomar parte en el festín de Abraham (Mt 8, 5-13).

Jesús desconcierta al mismo tiempo que seduce. Llena nuestros deseos y los arrastra mas allá. Esta actitud es la que le conducirá a la muerte de cruz. Es lo que parece indicar con la llamada a «seguirle» (Lc 9, 23-27) y los pasajes paralelos a éste.

 

2. LA DESCRIPCIÓN DE SU REINO: LIBRO DE LA CONSOLACIÓN (Isaías 40-50)

Es quizás, en toda la Escritura, el cuadro más valioso que se presenta del Reino de Dios, realizado en Jesucristo. Toda la obra de Dios, desde el principio al fin, tiene en él cabida; desde los primeros acontecimientos hasta los mas recientes, la antigua y la nueva alianza, el antiguo y el nuevo Éxodo, con sus prolongaciones. La lectura de este libro es inagotable.

En particular, los cánticos del Siervo:

- 42, 1-9. Los signos del Espíritu en aquel a quien Dios ha elegido para la luz de las naciones...

- 49. En ti, a quien yo he llamado, me glorificaré hasta los extremos de la tierra. Mediante ti, realizaré las maravillas del regreso.

- 50. En los ultrajes me he confiado a él, que me ha dado un lenguaje de discípulo. Dichoso quien escuche mi voz.

- 52, 13-53. He aquí un suceso jamás relatado:

el brazo del Señor manifestado en su siervo humilde, a quien Dios dió en propiedad las muchedumbres.

«Hoy esto se ha cumplido en mi. (Lc 4, 21).

«Esta es la obra del Señor. (Sal 22-21, 32).

 

3. SU MANIFESTACIÓN EN LA DEBILIDAD DE LA CARNE: «EL VERBO SE HIZO CARNE» (Juan 1 a 2,12)

Todo se dice en este Prólogo (1, 1-18)

El Verbo hecho carne o lo inconcebible realizado («No hay unión posible entre Dios y el hombre», dice Platón en el Symposion), para que conozcamos al Incognoscible y lleguemos a ser hijos de Dios.

 

Es manifestado por Juan Bautista (1, 19-34)

Responde a la inmensa espera de los hombres: «¿Eres tú el que ha de venir?», pero lo hace de manera distinta de lo que esperábamos. Está en medio de nosotros. El Espíritu de Dios reposa sobre él. Pero se presenta como Cordero de Dios, el cordero anunciado por Isaías, el Siervo perfecto [53]. Viene a salvarnos en la debilidad de la carne, es Sabiduría y Fuerza de Dios (I Cor 1, 17-25).

Juan Bautista, el amigo del Esposo, orientado amorosamente hacia aquel que viene (Jn 3, 27-30), muestra en sí mismo cómo se le ha de acoger y de reconocer, en cuanto a la intensidad del deseo. Los humildes y los pobres no se desconciertan, porque el Reino es también humilde: «Yo te bendigo, Padre..., has revelado estas cosas a los pequeños» (Lc 10, 21-22). «El llegó con gran majestad..., para los ojos del corazón que ven la sabiduría» (Pascal).

 

Se reveló a los discípulos (1, 35-51)

Los fue llamando a cada uno por su nombre personal: «Tú me sondeas y me conoces. Tú pusiste sobre mi tu mano» (Sal 139-138). Ningún llamamiento es semejante al otro: Venid y ved, se dice a los primeros. Jesús mira a Pedro. Sígueme, dice a Felipe. He aquí un verdadero Israelita, dice de Natanael; bajo la higuera, yo te vi. Pero desde el principio todos quedan reunidos en la misma fe en el: Maestro, tú eres el hijo de Dios, decían cuando en realidad no estaban sino al comienzo de las maravillas: Veréis el cielo abierto. Seguir a Cristo es aceptar permanecer siempre al principio de maravillosos descubrimientos.

 

La llamada a «la superación»: hacia su hora. Caná (2, 1-11)

El Señor no renuncia a los signos, sobre todo cuando manifiestan la bondad del Creador: Haced todo lo que él os diga, dice María. Y Jesús realiza el milagro. Pero María debe comprender que él ha venido para otras bodas, su «hora», a la que María se hallará presente, cuando dará sobre la cruz el vino de la nueva alianza en su sangre. Nadie podrá romper este desposorio.

Para quedar incorporado al Reino, yo acepto con María el «ir mas allá», ser introducido en la «hora» fijada por Dios. Como ella, quedo yo disponible para aquello «de lo que aún no he oído hablar» y que «nunca se le ha ocurrido a mi corazón».

 

Esta larga meditación sobre el Verbo encarnado permite escuchar las abrasadoras palabras de Juan en el prólogo de su carta. «Lo que era desde el principio... os lo anunciamos... a fin de que vuestra alegría llegue al sumo» (I Jn 1,14).

 

4. LA OBRA DEL SEÑOR: MAESTRO ¿DONDE HABITAS? (Jn 1, 35)

Esta pregunta de los discípulos del Bautista puede ser objeto de mi oración. Partiendo de ella, puedo ir proponiendo mis preguntas en torno a él y a su obra. La Escritura y el Evangelio irán dando sus respuestas.

 

Señor, ¿quién eres tú?

En el silencio, escucharé cómo se van desgranando para mi todos sus nombres, todos los que la Escritura y la liturgia le dan: Verbo, Luz, Vida, Imagen del Padre, Primogénito de la creación. Único, Esposo de la humanidad, Vencedor... Con todos estos nombres, la Iglesia ha multiplicado los himnos en su honor.

Lo esencial es comprender que tan vivo está para mi como estuvo para los apóstoles: Cristo ayer, hoy y por los siglos.

 

Señor, ¿qué quieres que haga?

El me dirá: Yo he venido a reparar lo que estaba destrozado, a revelar la imagen del Padre enturbiada en el corazón de la humanidad, a buscar la oveja perdida, a reunir a los hijos de Dios que estaban dispersos. Es lo que comienza en la comunidad de los discípulos: Hech 2, 42-46.

También es provechoso leer Jn 17; Ef 1; Col 1.

 

¿Cómo quieres que esto se haga?

El me dirá: Yo no he venido a complacerte con un triunfo asegurado, sino relativo. Yo he venido a poner las cosas en la verdad. Yo soy Sacerdote, único y verdadero, que resume en sí mismo todas las alianzas, y que, enviado por el Padre a los hombres, a través de la muerte, abre el camino del amor y de la vida, para atraer todos a él, Heb 1 a 10, 9. En él la cruz es victoriosa.

 

¿Qué quieres de mí?

Más es tentarme a mí que ponerte a prueba tú mismo, el ponerte a pensar si llevarías a cabo tal o cual acción hipotética; yo la haré en ti si se presenta la ocasión. (Pascal. Mystere de Jésus). Pero yo no puedo hacer nada sin ti, si tu no abres tu corazón con fe. Ocupa tu puesto en la legión de testigos que han preferido «el oprobio de Cristo a las riquezas de Egipto». (Heb 11 al 12, 4). Haz tu entrega como ellos y en su compañía.

 

5. LA OFRENDA:¿PODRÉIS BEBER MI CÁLIZ? (Mt 20, 20-33)

¿Cómo puedo asegurarme de la autenticidad de mi ofrenda?

Espontáneamente yo hablo como la madre de los hijos de Zebedeo (según Mc 10, 35-40 son los hijos los que formulan la petición. La madre y los hijos están en esto de acuerdo): «A la derecha y a la izquierda...». Esta madre tiene conciencia de la ofrenda que ha hecho de si misma y de sus hijos. Jesús no la contradice, pero purifica su petición.

Pide Jesús que se ofrezcan a beber su cáliz, el cáliz de la voluntad del Padre, que da la salvación a todos sin discriminación, que para realizarla ofrece a su Hijo a la condición de esclavo, de siervo (Filip 2). Es el cáliz de la ofrenda absoluta y desinteresada. Aquí no ocurre entre vosotros como entre los que poseen autoridad (Lc 22, 24-27). Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve. Entre vosotros no tiene sentido hablar de primero y de último.

«Podemos», responden los apóstoles. ¿Saben lo que dicen? Indudablemente no lo saben. Sólo saben que se trata de su cáliz y que han de beberlo con él. Al que quieren es a él, no una determinada forma de servicio. Es el amor lo que impulsa a dar esa respuesta. Si sentimos miedo a ofrecernos es porque pensamos mas en nosotros que en El. Pidamos el amor que da paso a la ofrenda: dice san Ignacio: «haré mi oblación con su gracia».

 

Se podrían proponer ciertamente otros muchos textos. Además, la realidad del Reino del Señor no se puede penetrar en sólo un día. Se va penetrando poco a poco: primero un texto, luego otro, quizás con años de intervalo, se van completando. «Así, pues, todos los instruidos tengamos estos sentimientos; y si en algo sentís de otra manera, también eso os lo declarará Dios» (Flp 3,15). San Pablo nos enseña a echar tiempo por delante para hacer comprender a los fieles el espíritu del Reino.

DISCERNIMIENTO DEL FIN DEL DÍA

Esta contemplación añade nuevos elementos al tema del discernimiento, haciendo que sintonicemos con el espíritu de Jesús. Muchos experimentan que a este respecto el discernimiento se lleva a cabo no sin esfuerzo.

En primer lugar, caen por su peso un cierto número de ilusiones. En presencia de un don verdadero, caemos en la cuenta de que lo que esas ilusiones prometen es frecuentemente falso; cuánto hay de equivoco e irreal en nuestras solemnes declaraciones sobre el servicio de Dios, de los hombres y del Reino. Además, esta meditación, comenzada con un cierto entusiasmo, vira luego hacia la repulsión o la sequedad. Con ella comienza una operación de limpieza.

Nuestras reacciones ante la oración de este día ponen en claro, además, el grado de personalización de nuestras relaciones con Nuestro Señor. Invitado a entrar en el ámbito del misterio, de la vida y de las relaciones con otros, nos damos cuenta con dolor hasta qué punto mi pretendida vida religiosa era abstracta. Por múltiples razones, mi yo permanece cerrado: por falta de vida afectiva, una personalidad insuficientemente desarrollada, por aferrarse a proyectos en el plano de las ideas o de determinada obra que realizar. Creo que busco al Señor, y no me encuentro más que conmigo mismo. Es preciso salir de si. Lo que ahora se me propone es la lucha contra «mi propio amor carnal y mundano», que son las palabras que utiliza san Ignacio. Resulta inesperado que la invitación al Reino termine con semejante propuesta.

Esta necesidad de lucha esclarece además otro punto: lo irreal que es para mi el mundo de la gracia. Hay algo que debe operarse en nosotros, que no depende de nosotros solos. Pero ocurre que a veces en el servicio del Reino nos quedamos en el plano de la virtud, del esfuerzo personal, del deber. Nos preguntamos: ¿que es lo que vamos a hacer? ¿como lo vamos a hacer? Hay que hacer que se despreocupen, lo mismo el entusiasta que todo quiere arreglarlo por si mismo, que el timorato que se siente incapaz o lamenta su debilidad y sus pecados. Eso supone que se mira mas el programa que hay que realizar que al Señor que me lo va a hacer vivir. El Reino, realidad divina, se propaga en todos y en cada uno, de una manera divina, es decir, según la gracia que derrama el Espíritu Santo. Tengo que pedir que la gracia me introduzca en el mayor servicio que yo alcance a ver.

 

Poco a poco va apareciendo la profundidad de la ofrenda. Yo me entrego a partir de este yo real que poseo. No espera el Señor a que seamos perfectos para estar con nosotros. Lo que espera no son nuestras obras, sino la donación de nuestro corazón que se ofrece tal como es, hoy mismo. La humildad, que reconoce que todo lo tiene que recibir, muestra su autenticidad en el hecho de rechazar todo temor.

 

 

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