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Jean
Laplace - Los ejercicios espirituales de diez d�as
(�ndice)
2ª
etapa
DE LA
CONVERSIÓN A LA MISIÓN
Desde las profundidades a que nos han hecho descender los
días precedentes, Jesús nos hace subir un
tanto hacia el horizonte de nuestra vida. Es de él de
quien podemos escuchar la llamada a la misión: como
mi Padre me ha enviado al mundo, también yo los
envío al mundo..., que sean uno, como tú y yo
somos uno, a fin de que el mundo crea que tú me has
enviado. Conversión del corazón y llamada a la
misión son dos etapas que manifiestan la obra del
Hijo. El no baja a las profundidades sino para ascender a
las alturas, a fin de llenar todas las cosas.
Estas dos etapas son sucesivas e inseparables.
Jesús rompe las cadenas para hacernos andar. Nadie
puede decir: Jesús Salvador, ten piedad de mi, sin
oír a continuación: Ven, yo soy; yo
haré de ti un pescador de hombres. Además
nadie puede trabajar en la obra de Cristo si antes no se
reconoce pecador. Súplica de pecador y oración
de ofrenda no son sino una única y misma
oración.
Los días que siguen nos hacen penetrar más
hondo en la reconstrucción de la humanidad por Cristo
para hacer de ella una «nueva creatura», su
Esposa, tal como lo es en el designio del Padre.
En esta obra universal, cada uno de nosotros tiene su
misión particular. Se hace imprescindible que en este
llamamiento dirigido a todos, escuche yo el llamamiento
dirigido a mi. Es esta opción universal, mi
elección particular.
Meditando la llamada de Cristo y contemplando los
misterios de su vida, descubriré la manera con que
puedo yo corresponder mejor a estos designios suyas. La
oración se va haciendo una lenta preparación a
la elección o aceptación personal del plan de
Dios sobre mí.
Día
4º
La llamada de
Jesús
PLAN DEL DÍA:
LA CONTEMPLACIÓN DEL REINO
Los días que siguen no son un simple paseo a
través de los misterios de la vida de Cristo. Se nos
da un hilo que los enhebra para ir de uno a otro y darles
unidad: la meditación del reino o del llamamiento del
rey temporal.
Todos saben ya más o menos la forma en que esta
contemplación se propone en los Ejercicios: «el
llamamiento del rey temporal ayuda a contemplar la vida del
rey eternal» [91] La parábola del Rey
resulta anacrónica. Posiblemente, como ocurre en las
parábolas del Evangelio, tiene un sentido oculto: la
llamada de Cristo llega a través de la llamada del
hombre.
De todas maneras, esta meditación no es más
que un punto de partida. Cada uno, entreviendo la realidad
del llamamiento, se pone en camino a partir del punto en que
se encuentra. Así se dispone a escuchar mejor.
Conocimiento y vida son solidarios. El conocimiento de una
vocación se desarrolla cuando se hace acción y
vida. Suelen crearse tantas anfibologías cuando se
trata de vocación, compromiso, apostolado, servicio
de los demás, don de si mismo, que es conveniente
hacer algunas precisiones antes de abordar la
meditación:
-
1.- El llamamiento se dirige a todo el mundo. En
cierto sentido podemos decir: todo hombre tiene una
vocación que debe descubrir para dar unidad a su
vida. En particular, todo cristiano que se convierte a
Cristo escucha su llamada para ser restaurado
según su imagen y trabajar en su Reino hasta su
vuelta definitiva.
-
-
2.- Una vocación es una persona más que
una cosa. Esto es verdad en el orden humano: un hombre
descubre el sentido de su vida el día en que
descubre el amor que constituye su centro. Lo mismo
ocurre con Cristo. Muchos proclaman que le pertenecen a
él, o que le sirven a él, pero no hacen
sino practicar una moral o defender una causa. Mientras
Jesús no llegue a ser para nosotros una persona
viva, las obras que se emprendan por él, por muy
heroicas que sean, están abocadas al hundimiento
entre las amarguras del fracaso o entre los éxitos
de la edad madura. Por eso, antes de decir: yo quiero
hacer esto o aquello, conviene preguntarse:
¿Quién es él para mí?
-
-
3.- Una vocación es algo que siempre queda
delante. Hay muchos que para ser fieles a ella, quisieran
volver al momento en que la descubrieron. No es un tesoro
que hay que cuidar para que no se pierda, sino una vida
que ha de recorrer su proceso. Como cuando conocemos a
una persona, también aquí hay un
descubrimiento permanente, sin que nunca podamos
considerar agotado el conocimiento que de ella podemos
tener. Nunca podemos dar por terminada la
penetración de un hombre en su entrega a su
vocación.
De aquí se deduce la actitud que pretendo tomar:
más que inquietarme por saber si yo tengo o no tengo
una vocación y hacer de este asunto el objeto de un
estudio y de un análisis, me esfuerzo en situarme en
tal actitud que escuche el llamamiento de aquel que puede
dar sentido a mi vida, y dándole oídos, a
partir del punto en que me encuentro, echar a andar. Por eso
pido a nuestro Señor «no ser sordo a su
llamamiento, sino presto y diligente en seguir su
santísima voluntad» [91].
LA LLAMADA DE
JESÚS
El que se pone a escuchar se siente llamado en dos
sentidos a la vez: en sentido horizontal, porque está
insertado en el universo y es reclamado por todos los seres;
en sentido vertical, porque El es único y todo
converge hacia El. Por eso mismo, la respuesta
correspondiente a esta llamada habrá de ser una
aceptación de todo y una superación de todo a
la vez.
1. La llamada del
hombre
Es también un llamamiento de Cristo, porque en
Cristo está comprendido todo lo que es de
algún modo humano y terreno. Tenemos el peligro de
olvidar este aspecto universal cuando deseamos servir al
Reino. Cuántas vidas cristianas o espirituales quedan
vacías o empobrecidas, por ignorancia, por desprecio
o por temor de lo humano. Y sin embargo, aun estando en
pecado, el hombre conserva el sello de Dios a cuya imagen
está hecho. Para escuchar el llamamiento del
Señor, y trabajar para él, hace falta, en
primer lugar, aceptar escuchar la llamada del hombre, que
uno mismo es en unión con todos los que constituyen
el universo. Antes de pensar en ofrecerse hay que pensar en
ser.
No sería difícil demostrar, a partir de
toda la Escritura, cómo la acción de Dios
manifiesta este respeto profundo por el hombre y esta
voluntad de hacerle llegar a ser lo que realmente es.
Bastarán algunos ejemplos: David, en la historia
judía; los paganos, en la historia humana; los
apóstoles, en el Evangelio; en la Iglesia, a
través de vacilaciones y equivocaciones, el sentido
de las culturas y del hombre. Bajo la mirada de Dios, en
cada uno durante todas las edades, en circunstancias
variadísimas, siempre la humanidad «vuelve a
emprender su tremenda labor». Ante todo es preciso que
el hombre sea hombre.
Pero ¿qué es eso humano que hay que
cultivar?
Existe en nosotros el peligro de detenernos. En el deseo
de promover al hombre, nos creamos dioses falsos;
deshumanizamos al hombre entregándolo a apetencias, a
falsos progresos, a una técnica esclavizante. El
hombre no sabe ya en qué consiste ser hombre. A
través de la investigación, de sus
realizaciones, de sus conquistas, el hombre no llega a ser
hombre más que si se abre al amor en la libertad y al
reconocimiento mutuo. El amor es la fuerza motriz de la
historia y sólo llegamos a ser lo que somos a
través de su dinamismo personalizador. Para seguir
viviendo, lo primero que tenemos que hacer es recuperar su
sentido. Es esta la primera llamada que tenemos que
escuchar.
La parábola del llamamiento del Rey temporal se
dirige primeramente en este sentido. El hombre, para
responder a Dios, debe primero encontrar en si mismo las
fuentes de la donación propia, de la entrega, del
amor, del mayor servicio. En esta promoción del
hombre por el amor hay ya un comienzo de ofrenda, de
renuncia. El hombre no será hombre plenamente
más que hallando la profundidad de toda respuesta de
amor: don, servicio, sacrificio radical de si mismo.
La llamada de Cristo, que llama al hombre al más
allá, a una trascendencia, se inserta en este
movimiento. Es el impulso del Verbo creador, que se encarna
para llevar a Dios a todo el hombre. Por eso es ya responder
a la llamada de Cristo el responder a esta llamada del
hombre: el que no está contra mi está conmigo,
dijo Jesús, en Lc 9, 49-50.
Pero también dijo el Señor: el que no
está conmigo está contra mi (Mt 12, 30). Esta
frase anuncia la contrapartida, la llamada de Cristo a su
seguimiento exclusivo. Puede aceptarse todo, pero
exclusivamente con El.
2. La llamada de
Cristo
Cristo, el Verbo encarnado, alcanza y supera todas las
barreras. Lleva de la plenitud del hombre a la plenitud de
Dios. Su llamada se dirige a toda la humanidad, pero el no
puede interpelar sino a cada uno, en lo más profundo
de cada uno, en su libertad para que quiera abrirse al amor
y al mayor servicio. De ahí este carácter
individual y universal del llamamiento.
Con este llamamiento nos invita a realizar en cada uno de
nosotros lo que se realiza en él. El viene del Padre
para retornar al Padre tomando consigo a todo hombre. San
Pedro, después de Pentecostés, presentó
la obra de Cristo como la de los últimos tiempos. Los
que hayan comenzado por alcanzar una realización en
él, luego deben prolongarse a toda la humanidad (Hec
2) Como dice san Pablo en Ef 4, él bajó hasta
las profundidades para atraer todo a las alturas. Esta obra
la realizó por medio de la cruz, venciendo todas las
cosas mediante el amor, incluso la misma muerte. Ese es el
mayor servicio: dar la vida por aquellos a quienes se
ama.
Lo que él verificó mediante su cruz y su
resurrección, en el dolor y en la gloria,
continúa realizándolo en los que creen en
él. Con este fin escogió a unos hombres para
que estuvieran «con el» y después de su
Ascensión formó comunidades de
discípulos. La Iglesia es el misterio de su amor
universal que se realiza en cada comunidad particular, donde
él está a la vez en cada uno y en todos. El
impulso de vida del Señor continúa en cada uno
y en todos: así hace que todos suframos en El para
que también todos en El seamos glorificados.
En El, todo toma un sentido nuevo, más allá
de cuanto podemos imaginar o construir nosotros. Todo lo que
existe, todos los acontecimientos se convierten en
revelación de Dios, al mismo tiempo que reciben su
consistencia exclusivamente de aquel acontecimiento
único, de Cristo en su Cruz y en su
Resurrección. Por eso Cristo llama a todos los
hombres a que le sigan con su cruz a través de todas
las cosas, para que todas las cosas queden transfiguradas.
Todo queda trasladado al universo personal de Cristo
glorioso, y simultáneamente la humanidad en El se
hace una realidad concreta, a imagen de las personas de la
Trinidad.
Esta realidad se expresa de diversas maneras a
través de los evangelistas. Los Sinópticos la
dicen de una manera; san Juan, de otra; san Pablo, de otra
diferente. Pero en todos ellos es la misma realidad la que
se nos manifiesta en su doble aspecto, de intimidad (el
conmigo, la vida de la Trinidad) y de universalidad (la
plenitud, el universo).
Lo peligroso es pararse a la mitad o apoderarse de lo
ajeno. Es la tentación permanente de todos los
mesianismos y de todas las Iglesias. Convierten el Reino en
una construcción humana, cerrada sobre si misma, en
servicio de una ideología. Una vez que vacían
de sentido a Cristo, acomodándolo a sus deseos y
haciéndolo a la medida del hombre, los que detentan
su propiedad para ellos, acaban por perder el sentido mismo
del hombre al que pretenden servir. En ellos el amor se
agosta.
El Reino es exclusivo. Sólo Cristo lleva a su
plenitud la aspiración universal. Para llegar a su
fin todo tiene que pasar por el. Es necesario que sea
exclusivo para que sea total.
3. La respuesta del
hombre
Está compuesta de una doble actitud:
aceptación y superación, que aparentemente se
oponen.
Dar sentido a su vida, consagrando sus personas al
trabajo, como lo harían los predicadores del
Evangelio que no se contentasen con hablar, es, en primer
lugar, asunto de «juicio y razón»
[96]. Este trabajo no ha de entenderse sólo
del trabajo apostólico, sino de todo trabajo humano.
Toda tarea humana tiene un puesto en el Reino, porque es
expresión de la voluntad del Padre, y no tenemos
derecho nosotros a declararla profana o secularizada. En
realidad, como a los soldados que consultaron a Juan
Bautista, a todos se nos invita a entregarnos al trabajo a
partir de la situación en que estemos. El
Señor consagra en su persona el orden de lo humano,
asumiendo en su Cuerpo y en la Eucaristía «todo
el trabajo de los hombres». Pero además,
según el libro de los Ejercicios, se nos invita a una
«superación». Para «señalarse
en todo servicio» del Señor universal, no se
trata de elegir tal o cual función particular, como
si una valiese más que la otra, sino de arraigar en
nosotros la manera de realizarlo, sea cual sea la materia de
nuestra elección. La manera propia del Señor
es la del «siervo», que nos ha amado hasta el
extremo. Es «el camino del amor», que es el que
Cristo recorrió, el cual «nos ha amado y se ha
entregado por nosotros» (Ef 5, 2). Este camino nos
lleva a combatir en nosotros todo lo que hay de
búsqueda de nosotros mismos, de amor propio. No se
trata de poner trabas a la naturaleza, como si fuese mala,
sino de hacer que se desarrolle, para poder ofrecerla y
superarla. Es el más radical sacrificio del «Ven
y sígueme». Le voy descubriendo cada vez
más a medida que voy aceptando el vivir la totalidad
de mi ser humano, sin retener nada para mi, en la
exclusividad de la donación de mi ser a la persona de
Cristo. Todo lo mejor que hay en el hombre es asumido para
ser quemado y transfigurado por medio de la cruz. Tengo que
ser bautizado con un bautismo de fuego... Yo he venido a
prender un fuego.
Cuando meditamos sobre el Reino, no prestamos
atención a esta conclusión. Y, no obstante, no
hay otra manera de responder íntegramente al
llamamiento. Tengo que aceptarme para entregarme. El hombre
sólo consigue su plenitud viviendo en Jesús el
impulso que brota del corazón de la Trinidad, que
hace que cada una de las personas divinas no sea ella misma
más que entregándose a las otras.
4. De aquí surge «la
oblación de mayor estima»
[98]
Brota de lo más profundo de mí mismo,
allá donde el Padre ve en lo secreto, allá
donde me encuentro solo delante de él. Acepto no
querer más que a él, no para hacer esto o
aquello, no para lograr que me estimen los que me rodean,
sino para vivir sólo con él, aun en lo
más agudo de las contradicciones y los desprecios.
Pase lo que pase, quedaré contento. Es a ti a quien
quiero. Te acepto para las duras y las maduras.
Pero en esa profundidad donde me encuentro a solas con
él, ocurre que me encuentro también con la
compañía del universo entero. La ofrenda que
yo hago, por sí misma hace referencia y llama en su
ayuda a María, a los santos y santas, a toda esa
«nube de testigos., que creyeron en la Palabra de Dios,
que como Abraham, partieron sin saber adónde iban
(Heb 11).
En mi ofrenda, encuentro a todo el Reino de Cristo, con
sus dos características correlativas la una de la
otra: universal y exclusivo. Perdiéndolo todo por
él, lo recibo todo de él. El que pierde su
vida por mi causa, la encuentra (Mt 16, 25).
PARA LA ORACIÓN
DE ESTE DÍA
La contemplación del Reino, tal como se acaba de
presentar puede servir para la oración de este
día. También puede ser aconsejable tomar
alguno de sus aspectos, a través de algunos textos de
la Escritura.
1. CÓMO SE PRESENTA
JESÚS
Este pasaje presenta la reacción de los primeros
oyentes de Jesús ante el discurso programático
que hizo en la sinagoga de Nazaret, reacción
contradictoria de estupor y de furor.
En el, Dios manifiesta el Reino, su gratuidad y su
misericordia universal, según la profecía de
Isaías (61). Sus conciudadanos admiraron su discurso,
orgullosos de ser sus compatriotas: él es «uno
de los nuestros». Pero el les rechaza y no se deja
encerrar en ninguna categoría, sea la que sea:
Elías fue enviado a una viuda de Sarepta que era
extranjera, y Eliseo a Naamán el Sirio, extranjero
también. Vendrán de oriente y de occidente a
tomar parte en el festín de Abraham (Mt 8, 5-13).
Jesús desconcierta al mismo tiempo que seduce.
Llena nuestros deseos y los arrastra mas allá. Esta
actitud es la que le conducirá a la muerte de cruz.
Es lo que parece indicar con la llamada a
«seguirle» (Lc 9, 23-27) y los pasajes paralelos a
éste.
2. LA DESCRIPCIÓN DE SU
REINO: LIBRO DE LA CONSOLACIÓN (Isaías
40-50)
Es quizás, en toda la Escritura, el cuadro
más valioso que se presenta del Reino de Dios,
realizado en Jesucristo. Toda la obra de Dios, desde el
principio al fin, tiene en él cabida; desde los
primeros acontecimientos hasta los mas recientes, la antigua
y la nueva alianza, el antiguo y el nuevo Éxodo, con
sus prolongaciones. La lectura de este libro es
inagotable.
En particular, los cánticos del Siervo:
- 42, 1-9. Los signos del Espíritu en
aquel a quien Dios ha elegido para la luz de las
naciones...
- 49. En ti, a quien yo he llamado, me
glorificaré hasta los extremos de la tierra.
Mediante ti, realizaré las maravillas del
regreso.
- 50. En los ultrajes me he confiado a él, que
me ha dado un lenguaje de discípulo. Dichoso quien
escuche mi voz.
- 52, 13-53. He aquí un suceso jamás
relatado:
el brazo del Señor manifestado en su
siervo humilde, a quien Dios dió en propiedad
las muchedumbres.
«Hoy esto se ha cumplido en mi. (Lc 4,
21).
«Esta es la obra del Señor. (Sal 22-21,
32).
3. SU MANIFESTACIÓN EN LA
DEBILIDAD DE LA CARNE: «EL VERBO SE HIZO CARNE»
(Juan 1 a 2,12)
Todo se dice en este
Prólogo (1, 1-18)
El Verbo hecho carne o lo inconcebible realizado
(«No hay unión posible entre Dios y el
hombre», dice Platón en el Symposion), para que
conozcamos al Incognoscible y lleguemos a ser hijos de
Dios.
Es manifestado por Juan Bautista
(1, 19-34)
Responde a la inmensa espera de los hombres:
«¿Eres tú el que ha de venir?», pero
lo hace de manera distinta de lo que esperábamos.
Está en medio de nosotros. El Espíritu de Dios
reposa sobre él. Pero se presenta como Cordero de
Dios, el cordero anunciado por Isaías, el Siervo
perfecto [53]. Viene a salvarnos en la debilidad de
la carne, es Sabiduría y Fuerza de Dios (I Cor 1,
17-25).
Juan Bautista, el amigo del Esposo, orientado
amorosamente hacia aquel que viene (Jn 3, 27-30), muestra en
sí mismo cómo se le ha de acoger y de
reconocer, en cuanto a la intensidad del deseo. Los humildes
y los pobres no se desconciertan, porque el Reino es
también humilde: «Yo te bendigo, Padre..., has
revelado estas cosas a los pequeños» (Lc 10,
21-22). «El llegó con gran majestad..., para los
ojos del corazón que ven la sabiduría»
(Pascal).
Se reveló a los
discípulos (1, 35-51)
Los fue llamando a cada uno por su nombre personal:
«Tú me sondeas y me conoces. Tú pusiste
sobre mi tu mano» (Sal 139-138). Ningún
llamamiento es semejante al otro: Venid y ved, se dice a los
primeros. Jesús mira a Pedro. Sígueme, dice a
Felipe. He aquí un verdadero Israelita, dice de
Natanael; bajo la higuera, yo te vi. Pero desde el principio
todos quedan reunidos en la misma fe en el: Maestro,
tú eres el hijo de Dios, decían cuando en
realidad no estaban sino al comienzo de las maravillas:
Veréis el cielo abierto. Seguir a Cristo es aceptar
permanecer siempre al principio de maravillosos
descubrimientos.
La llamada a «la
superación»: hacia su hora. Caná (2,
1-11)
El Señor no renuncia a los signos, sobre todo
cuando manifiestan la bondad del Creador: Haced todo lo que
él os diga, dice María. Y Jesús realiza
el milagro. Pero María debe comprender que él
ha venido para otras bodas, su «hora», a la que
María se hallará presente, cuando dará
sobre la cruz el vino de la nueva alianza en su sangre.
Nadie podrá romper este desposorio.
Para quedar incorporado al Reino, yo acepto con
María el «ir mas allá», ser
introducido en la «hora» fijada por Dios. Como
ella, quedo yo disponible para aquello «de lo que
aún no he oído hablar» y que «nunca
se le ha ocurrido a mi corazón».
Esta larga meditación sobre el Verbo encarnado
permite escuchar las abrasadoras palabras de Juan en el
prólogo de su carta. «Lo que era desde el
principio... os lo anunciamos... a fin de que vuestra
alegría llegue al sumo» (I Jn 1,14).
4. LA OBRA DEL SEÑOR:
MAESTRO ¿DONDE HABITAS? (Jn 1, 35)
Esta pregunta de los discípulos del Bautista puede
ser objeto de mi oración. Partiendo de ella, puedo ir
proponiendo mis preguntas en torno a él y a su obra.
La Escritura y el Evangelio irán dando sus
respuestas.
Señor, ¿quién
eres tú?
En el silencio, escucharé cómo se van
desgranando para mi todos sus nombres, todos los que la
Escritura y la liturgia le dan: Verbo, Luz, Vida, Imagen del
Padre, Primogénito de la creación.
Único, Esposo de la humanidad, Vencedor... Con todos
estos nombres, la Iglesia ha multiplicado los himnos en su
honor.
Lo esencial es comprender que tan vivo está para
mi como estuvo para los apóstoles: Cristo ayer, hoy y
por los siglos.
Señor, ¿qué
quieres que haga?
El me dirá: Yo he venido a reparar lo que estaba
destrozado, a revelar la imagen del Padre enturbiada en el
corazón de la humanidad, a buscar la oveja perdida, a
reunir a los hijos de Dios que estaban dispersos. Es lo que
comienza en la comunidad de los discípulos: Hech 2,
42-46.
También es provechoso leer Jn 17; Ef 1; Col 1.
¿Cómo quieres que
esto se haga?
El me dirá: Yo no he venido a complacerte con un
triunfo asegurado, sino relativo. Yo he venido a poner las
cosas en la verdad. Yo soy Sacerdote, único y
verdadero, que resume en sí mismo todas las alianzas,
y que, enviado por el Padre a los hombres, a través
de la muerte, abre el camino del amor y de la vida, para
atraer todos a él, Heb 1 a 10, 9. En él la
cruz es victoriosa.
¿Qué quieres de
mí?
Más es tentarme a mí que ponerte a prueba
tú mismo, el ponerte a pensar si llevarías a
cabo tal o cual acción hipotética; yo la
haré en ti si se presenta la ocasión. (Pascal.
Mystere de Jésus). Pero yo no puedo hacer nada sin
ti, si tu no abres tu corazón con fe. Ocupa tu puesto
en la legión de testigos que han preferido «el
oprobio de Cristo a las riquezas de Egipto». (Heb 11 al
12, 4). Haz tu entrega como ellos y en su
compañía.
5. LA
OFRENDA:¿PODRÉIS BEBER MI CÁLIZ? (Mt 20,
20-33)
¿Cómo puedo asegurarme de la autenticidad de
mi ofrenda?
Espontáneamente yo hablo como la madre de los
hijos de Zebedeo (según Mc 10, 35-40 son los hijos
los que formulan la petición. La madre y los hijos
están en esto de acuerdo): «A la derecha y a la
izquierda...». Esta madre tiene conciencia de la
ofrenda que ha hecho de si misma y de sus hijos.
Jesús no la contradice, pero purifica su
petición.
Pide Jesús que se ofrezcan a beber su
cáliz, el cáliz de la voluntad del Padre, que
da la salvación a todos sin discriminación,
que para realizarla ofrece a su Hijo a la condición
de esclavo, de siervo (Filip 2). Es el cáliz de la
ofrenda absoluta y desinteresada. Aquí no ocurre
entre vosotros como entre los que poseen autoridad (Lc 22,
24-27). Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve.
Entre vosotros no tiene sentido hablar de primero y de
último.
«Podemos», responden los apóstoles.
¿Saben lo que dicen? Indudablemente no lo saben.
Sólo saben que se trata de su cáliz y que han
de beberlo con él. Al que quieren es a él, no
una determinada forma de servicio. Es el amor lo que impulsa
a dar esa respuesta. Si sentimos miedo a ofrecernos es
porque pensamos mas en nosotros que en El. Pidamos el amor
que da paso a la ofrenda: dice san Ignacio:
«haré mi oblación con su
gracia».
Se podrían proponer ciertamente otros muchos
textos. Además, la realidad del Reino del
Señor no se puede penetrar en sólo un
día. Se va penetrando poco a poco: primero un texto,
luego otro, quizás con años de intervalo, se
van completando. «Así, pues, todos los
instruidos tengamos estos sentimientos; y si en algo
sentís de otra manera, también eso os lo
declarará Dios» (Flp 3,15). San Pablo nos
enseña a echar tiempo por delante para hacer
comprender a los fieles el espíritu del Reino.
DISCERNIMIENTO DEL FIN
DEL DÍA
Esta contemplación añade nuevos elementos
al tema del discernimiento, haciendo que sintonicemos con el
espíritu de Jesús. Muchos experimentan que a
este respecto el discernimiento se lleva a cabo no sin
esfuerzo.
En primer lugar, caen por su peso un cierto número
de ilusiones. En presencia de un don verdadero, caemos en la
cuenta de que lo que esas ilusiones prometen es
frecuentemente falso; cuánto hay de equivoco e irreal
en nuestras solemnes declaraciones sobre el servicio de
Dios, de los hombres y del Reino. Además, esta
meditación, comenzada con un cierto entusiasmo, vira
luego hacia la repulsión o la sequedad. Con ella
comienza una operación de limpieza.
Nuestras reacciones ante la oración de este
día ponen en claro, además, el grado de
personalización de nuestras relaciones con Nuestro
Señor. Invitado a entrar en el ámbito del
misterio, de la vida y de las relaciones con otros, nos
damos cuenta con dolor hasta qué punto mi pretendida
vida religiosa era abstracta. Por múltiples razones,
mi yo permanece cerrado: por falta de vida afectiva, una
personalidad insuficientemente desarrollada, por aferrarse a
proyectos en el plano de las ideas o de determinada obra que
realizar. Creo que busco al Señor, y no me encuentro
más que conmigo mismo. Es preciso salir de si. Lo que
ahora se me propone es la lucha contra «mi propio amor
carnal y mundano», que son las palabras que utiliza san
Ignacio. Resulta inesperado que la invitación al
Reino termine con semejante propuesta.
Esta necesidad de lucha esclarece además otro
punto: lo irreal que es para mi el mundo de la gracia. Hay
algo que debe operarse en nosotros, que no depende de
nosotros solos. Pero ocurre que a veces en el servicio del
Reino nos quedamos en el plano de la virtud, del esfuerzo
personal, del deber. Nos preguntamos: ¿que es lo que
vamos a hacer? ¿como lo vamos a hacer? Hay que hacer
que se despreocupen, lo mismo el entusiasta que todo quiere
arreglarlo por si mismo, que el timorato que se siente
incapaz o lamenta su debilidad y sus pecados. Eso supone que
se mira mas el programa que hay que realizar que al
Señor que me lo va a hacer vivir. El Reino, realidad
divina, se propaga en todos y en cada uno, de una manera
divina, es decir, según la gracia que derrama el
Espíritu Santo. Tengo que pedir que la gracia me
introduzca en el mayor servicio que yo alcance a ver.
Poco a poco va apareciendo la profundidad de la ofrenda.
Yo me entrego a partir de este yo real que poseo. No espera
el Señor a que seamos perfectos para estar con
nosotros. Lo que espera no son nuestras obras, sino la
donación de nuestro corazón que se ofrece tal
como es, hoy mismo. La humildad, que reconoce que todo lo
tiene que recibir, muestra su autenticidad en el hecho de
rechazar todo temor.
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