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Jean Laplace - Los ejercicios espirituales de diez d�as  (�ndice)

 

 

Día 5º

María, o la respuesta perfecta

PLAN DEL DÍA: LOS MISTERIOS... EL DE MARÍA

Con el espíritu de la meditación del Reino, comenzamos a contemplar los misterios de la vida de Cristo para empaparnos de su espíritu y conocer de esta manera su voluntad. El ideal seria disponer de mucho tiempo para que se vaya haciendo esta impregnación. Una de las ventajas de los Ejercicios, cuando se hace el mes completo, es que hace posible esta contemplación pausada. A fuerza de contemplar se acaba por hacerse una sola cosa con lo que se contempla.

En este día de Ejercicios voy a escuchar de María la respuesta perfecta, el «fiat» de la criatura a su Criador. Es la respuesta de aquella que no cesa de recibir de Dios todo lo que ella es, y cuya libertad no tiene para él un si y un no. Ella encuentra en su humildad lo que realmente es. También en ella la Trinidad encuentra su obra cumplida. Por eso María es el ejemplar perfecto de toda vida espiritual, de la respuesta a toda vocación, del ser humano que se deja transformar por el Espíritu. En ella el juego de la libertad y de la gracia se realiza a la perfección.

Al impulso del Señor que atrae, responde el de la criatura que acepta.

Contemplando el misterio de María, comprendemos el nuestro y la manera cómo por la acción del Espíritu se opera en nosotros semejante transformación. La oración se afina y se simplifica. Se hace aceptación, apertura, pausa e intimidad. La afinación que se realiza es a la vez causa y efecto de esta contemplación.

LA CONTEMPLACIÓN

Esta palabra es una de las más usadas en la literatura religiosa, y como muchos de los términos de este vocabulario, se presta a múltiples equívocos.

No se trata de hacer aquí una reconstrucción del pasado, imaginaciones piadosas o aplicaciones morales a partir del relato evangélico. A través de esas narraciones, empleadas como medios y signos, se trata de penetrar en la presencia viva y actual del Señor, a fin de recibir la gracia y la luz de «Cristo que vive en nuestros corazones por la fe».

Para conseguir esto es cierto que podemos hablar de un método. San Ignacio invita a «ver las personas», a «mirar, observar y contemplar lo que dicen», a «mirar y considerar lo que hacen» [114-116]. Pero lo más importante es captar el sentido de los consejos que se nos dan. Tienen como fin conseguir que pasemos, a través de lo visible, a la realidad invisible, que sintamos «la profundidad silenciosa» (Paul Evdokimov) de los sucesos que relata el Evangelio.

Hay, pues, en la contemplación, como en todos los acontecimientos vividos por el Verbo hecho carne, dos elementos:

- Uno sensible, de representación. Este elemento, como la carne de Cristo, es indispensable para que vayamos a Dios. Pero es preciso situarlo en su puesto. Tan peligroso es detenerse demasiado en él como desatenderle. Los Judíos se quedaban en lo sensible y pedían milagros; los Griegos despreciaban la carne y se escandalizaban de la Encarnación. Unos y otros seguían ajenos al misterio del Verbo encarnado. Hoy día somos nosotros los que todavía oscilamos entre los dos extremos.

- Otro invisible. El acontecimiento temporal, sobre el que trabajan los historiadores y los exegetas, tiene un valor de signo. No puedo hasta tal punto quedar adherido a él que no discierna al Hijo de Dios. Como en la liturgia, me adhiero más al misterio que al acontecimiento. Es cierto que el día de hoy no puede satisfacerme la forma ingenua con que hacían estas contemplaciones los autores de la antigüedad: me hace el efecto de que se entregaban a meros juegos conceptuales. Pero esos autores de la antigüedad, en la medida en que hacían verdadera contemplación, no se dejaban engañar en los medios que utilizaban. Su auténtica oración se desarrollaba en el ámbito de la fe y de lo que ellos llamaban «los sentidos espirituales» Les bastaba un detalle cualquiera para fijar la atención. De ahí pasaban a una actitud de adoración, de arrobamiento, de respeto, de aceptación, de deseo. Así es como llegaban a reconocer a Cristo. Tengo que intentar yo vivir cada acontecimiento, como lo vivieron los apóstoles, como los primeros cristianos que leían su relato: la fe les hacia presente a Cristo resucitado, perennemente vivo en medio de ellos.

Lo que así voy buscando yo también es el conocimiento de Jesucristo. Este conocimiento se presenta en mi oración con las dos siguientes características:

En primer lugar, va descubriendo en cada acontecimiento su dimensión divina y universal. Es la lectura del hecho en su profundidad e interioridad. Así, al contemplar la Anunciación, me elevo hasta la Trinidad, que decreta la salvación del género humano, mientras mi mirada abarca el universo con «toda la planicie o redondez de todo el mundo llena de hombres». Al contemplar la Natividad, extiendo mi mirada hacia la cruz. Me fijo más en el sentido del acontecimiento como parte del misterio único de Cristo, que en los detalles o en la forma en que me llega la narración.

Sobre todo, lo que voy buscando es «el conocimiento interno» del Señor. No un conocimiento que deje el objeto conocido fuera de la persona que lo conoce, y que, por exacto que sea, no puede darme la realidad del ser, sino que sólo me permite utilizarlo. Pero nosotros no conocemos a una persona utilizándola; así, no hacemos sino poseerla o dominarla; en realidad, ella se nos escapa.

No puede haber conocimiento personal verdadero si el que aspira a conocer a otro no se sitúa ante él completamente desarmado: «Déjalo todo», «Descálzate», «Sé mío», son otras tantas fórmulas que expresan este primer tiempo imprescindible para el conocimiento del otro. En la medida que yo esté dispuesto a bajar a las profundidades de mi ser, estaré en condiciones de penetrar la profundidad de aquel a quien deseo conocer. Pero ahora es Dios el que se entrega a través de Cristo, y Dios es inagotable. Me encuentro encaminado en un camino cuyo final es inasequible. Lo maravilloso es que entre este yo que se vacía de si mismo, y este Dios que se manifiesta como infinito, se realiza un verdadero encuentro. Realmente a lo que estamos llamados es a dejar que Cristo viva en nosotros. Se trata de un conocimiento en el Espíritu, que es otra cosa completamente distinta de una simple imitación exterior. Cristo se une a nosotros y se prolonga en nosotros. Y esto en el fondo no es más que el comienzo.

En realidad el conocimiento de Cristo es una aventura amorosa. La experiencia humana del amor puede dar alguna idea de este descubrimiento que Jesús nos ha concedido hacer.

Pero a Jesucristo no puedo yo verle. A la persona que se ofrece a mi amor yo la veo. Pero hay que reconocer que esta visión no es mas que el primer contacto. Es verdad que el nacimiento del amor comienza por la vista. Así se explica que yo comience a tener alguna idea de Dios por el amor que recibo de los demás o que yo les tengo a ellos. Pero lo mismo en el amor humano que en el de Jesucristo, bien pronto se penetra en un mundo que está mas allá de los sentidos. Tengo que pasar mas allá de lo que el otro representa en el mundo visible, hasta descubrir de él lo que no cae bajo el poder de los sentidos. Toda relación verdadera entre dos personas supone el penetrar en un mundo en que los sentidos y los estudios no tienen nada que hacer. Es el mundo de la libertad y de la originalidad de cada uno. En ese recinto es donde se llega a conocer al otro en una intimidad inexplicable.

Sólo en este nivel, que es el de la libertad que se despliega, es en el que hay que situarse para conseguir algo de ese «conocimiento interno del Señor» a que se refiere mi petición, «para más amarle y servirle» [104].

Es, pues, este conocimiento una experiencia total de todo el ser que se despierta a la realidad del amor en el Espíritu Santo a través de estos misterios. Quien se detiene en los sentimientos o en las representaciones se queda corto, como el que hace del amor a otro un entretenimiento de emociones pasajeras. Nunca en la vida se llega al fin en este ir penetrando en la realidad de aquel a quien amamos. Así es como nos vamos asimilando al otro mediante un esfuerzo de asimilación del corazón. Eso es lo que ocurre en el conocimiento de Jesucristo: se desarrolla en la oscuridad de la fe. Produce en nosotros una semejanza a él que nos transforma, bajo la acción del Padre y del Espíritu «Nadie viene a mí si el Padre no le atrae». «Sois vosotros una carta del Espíritu Santo». La «prodigiosa presencia» del Verbo hecho carne (Liturgia del 30 de diciembre) viene a hacerse entonces más real que la presencia misma de las personas, unas a otras, en nuestro mundo sensible. Así es como entramos nosotros en el corazón del Señor para participar de sus actividades y no formar ya más que una misma cosa con él. En este ir asemejándonos a él es donde verdaderamente le conocemos.

En este campo, la experiencia es insustituible. Son útiles los consejos: facilitan el ir mas directamente hacia el objetivo y no desorientarse en ilusiones. Pero llega un momento en que cada uno tiene que entrar por si mismo en el secreto. La experiencia del amor no puede hacerse mediante personas interpuestas. Venid y ved (Jn 1,39). «Ahora nosotros lo hemos visto; ya no tenemos que creer por tus palabras». (Jn 4,42).

PARA LA ORACIÓN DE ESTE D�A

 

1. LA ANUNCIACIÓN

Esta narración, leída y releída por tantas generaciones, como la narración de la creación del hombre, nos sitúa en el centro mismo del misterio de Dios y de sus relaciones con la humanidad. A través de la exégesis que de él se ha hecho, el que ora trata de ponerse en contacto con la realidad que yace bajo estas palabras y con la actitud espiritual de María. No se puede por menos de pedir con insistencia el conocimiento intimo que tuvo María del Verbo Encarnado a fin de descubrir a través de él cuál es la propia vocación y la manera de responder a ella.

Ante un misterio tan grande corremos el peligro de buscar sólo ideas y no gustar su sabor inagotable.

Más allá de las palabras del Ángel se revela el plan de Dios sobre la humanidad: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. «Todos nosotros a cara descubierta, reflejamos como espejos la gloria del Señor y nos trasformamos en la misma imagen» (2 Cor 3, 18). Nos da a conocer el misterio de su voluntad... para realizarlo al cumplirse los tiempos: «recapitulando todas las cosas en Cristo». (Ef 1, 9-10). Con María, llena de los dones de Dios, la humanidad comienza a saber lo que es: el Señor está contigo.

También comienza la humanidad a conocer a aquel por quien llega a ser lo que es: Tendrás un hijo... que será llamado Hijo del Altísimo. El Verbo hecho carne, fija su morada en medio de nosotros, y por él «nos vienen la gracia y la verdad». (Jn 1, 17). El hombre no puede decir la ultima palabra sobre sí mismo si no es reconociendo a aquel cuyo sello lleva impreso.

Esa carne por la que él se convierte en nuestra vida y nos une con el Padre (Jn 6, 52-58) es en María la obra del Espíritu: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti»; el Espíritu por quien son creadas todas las cosas, y por el que entramos en la intimidad de Dios. Está presente en María para formar la carne vivificante de Jesús. Esta presente en nosotros para formarnos a su imagen y semejanza La Anunciación inaugura los tiempos nuevos:

«La tierra se llenará del conocimiento de Dios». Las Tres divinas Personas están presentes: como dice san Ignacio, diciendo: «hagamos redención del genero humano» [102]. Todos los hombres están implicados en este proyecto: «ver las personas... y primero las de la haz de la tierra» [106]. María, como Eva, aparece aquí como la madre de los vivientes.

Este parentesco que enlaza a Dios y al hombre por medio de la carne de Jesucristo es obra de la libertad. Porque no nació «de la sangre ni de la voluntad de la carne ni de la voluntad del varón, sino que Dios lo engendró» (Jn 1, 13). María se vuelve a Dios para dar su consentimiento a la obra del Espíritu. Concibe a su hijo en su corazón antes de engendrarlo en su cuerpo. Así es como habla la Tradición de este tema, manifestando así que el nacimiento del Hijo de Dios no se realiza sino mediante el consentimiento del hombre. ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? El que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos (Mt 12, 46-50). También tú te haces hijo de aquel a quien has decidido asemejarte. María, que dirige a Dios el deseo de su corazón, se convierte en madre suya. Por eso, el anuncio que se hace a María de las maravillas que en ella se van a realizar toma la forma de una llamada y de una invitación.

María es el prototipo de la respuesta de la criatura al amor del Criador. Eva volvió su mirada sobre sí misma, se perdió en discusiones sobre las palabras de Dios, y se distanció de Dios. María no conoce este genero de insinceridad. Permanece autentica ante Dios: se considera a sí misma, y con toda verdad, como la obra de su amor. Perfecto espejo que se presenta ante la luz para dejar que en él se refleje; así vive ella del reconocimiento de los dones de Dios. Inmaculada la llamamos, y es ella la mujer que desbarata los esfuerzos de Satanás por conseguir que volvamos la vista hacia nosotros mismos y nos despreocupemos de Dios.

Ni siquiera la promesa del fruto de sus entrañas la esclaviza. No se lanza sobre ella, ávida como Eva. Quiere primero discernir de dónde viene el Espíritu que le habla. Sólo después de haber reconocido la fuente de donde procede, es cuando pronuncia sus sorprendentes palabras: Yo soy esclava del Señor. Que se haga eso en mi, según tu palabra. Cuanto mas reservada estaba en un principio, tanto ahora se muestra mas entregada. Sin protestas de falsa modestia, sin temor por lo que ha de venir. Nada es imposible a Dios. Isabel, la estéril, se ha hecho fecunda. De ella, que es virgen, puede Dios hacer su madre. Ella no es mas que sierva.

Queda entonces María anclada en su fe. No tiene otra luz que la que acaba de recibir: «Eres bienaventurada tu, porque has creído». (Lc 1, 45). Desde entonces ella no cesará de crecer en esa actitud fundamental, que la conducirá a estar en pie junto a la cruz. María no se detiene en los dones de Dios, mientras eso llega. Tan pronto como «el ángel se retira», ella «parte para las montañas». En ella, la donación a los demás brota espontáneamente del encuentro con Dios.

En el misterio de la Anunciación está condensado todo el misterio de una vocación-y puede decirse que toda la vida humana es una vocación-. «¿Cómo puede hacerse eso?». Desde Abraham (Heb 11) la llamada de Dios siempre conduce al hombre hacia lo imposible, hacia lo increíble. El sol se ha escondido. El camino no existe. No encontramos las habituales seguridades. Para avanzar, como María, no contamos más que con la fe, y con sus consecuencias, consiguientemente con la cruz, las tinieblas y la soledad. Es el riesgo del amor. María ha correspondido a su fe.

 

Con algún oculto designio, san Ignacio, tan parco en sus explanaciones, ha desarrollado esta contemplación de la Encarnación. En todo caso, este misterio tiene que ser reconsiderado en sus dimensiones divinas y universales. Por eso es posible que para nutrir la oración de este día, no convenga tomar ningún otro misterio. Cada uno debe acomodarse a la gracia que le guíe.

 

2. LOS MISTERIOS DE MARÍA

A la luz de la Anunciación, se pueden ir recorriendo los demás misterios de María, pasando por la cruz, hasta la Resurrección, la Iglesia, la Asunción. En ellos se descubre el itinerario que Dios ha hecho recorrer a una persona a la que ha comunicado su vida. María es una criatura, a la que se le ha comunicado el conocimiento de Dios; y a partir de eso no cesa de avanzar y buscar en eso nuevas etapas. Como el Salmista, puede también ella decir: «¡Descúbreme tus caminos!». O como la esposa de los Cantares (2,16 a 3,5): ¡Vuelve! El amado se ha entregado a ella, pero ella no le guarda de otro modo que siguiéndole buscando: es de noche, está sola, le busca; recorre las calles y las plazas y no le encuentra. Pregunta a los vigilantes de la ciudad; sólo después de haberlos dejado atrás, al fin, encuentra al que ama su corazón. Los místicos, entre ellos san Juan de la Cruz, han descrito, sirviéndose de estas imágenes, este incesante caminar dejando cosas atrás, estas continuas superaciones. Pueden aplicarse a María, a cada uno de nosotros, a la Iglesia.

En estas superaciones, la libertad se despliega y se acrecienta. La hemos recibido de Dios para que se abra a nuevas empresas y para dejar que Dios manifieste en ella sus maravillas. Así entra en el orden sobrenatural: «Los que anima el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios» (Rm 8,14).

 

3. LA VIDA EN NAZARET Y EL NIÑO PERDIDO

Estos dos misterios, opuestos mutuamente, expresan dos aspectos de toda vocación y de toda vida en Cristo.

 

La vida en Nazaret

NAZARET: Es la vida en el quehacer cotidiano; es lo humano, lo natural, donde debe buscarse a Dios en primer lugar. Nada transparente del misterio que encierra. Hemos llegado al fondo de la humillación del hijo de Dios, bajo el peso del escándalo expresado por Job y por muchos de los Salmos: ¿Hasta cuándo nos vas a dejar así? En este transcurrir de lo cotidiano es donde la Virgen va descubriendo silenciosamente el rostro de Cristo, Verbo hecho carne según Filip 2.

Esta es la vida de la Iglesia en humildad, no como se manifiesta a través de los apóstoles (vida pública), sino como vive su existencia diaria a través de los creyentes. Simplemente, existe. El Espíritu late en ella en esta forma escondida. Algo se desprende de ella que nos transforma, sin que nada se note. Es la cualidad descrita en Heb 11, que hemos recibido con la existencia y vivimos en la fe.

Este vivir cotidiano no es rutinario, porque se vive en presencia del Padre y en el Espíritu Santo. Algo se va realizando secretamente bajo la acción de la Palabra que es «como la lámpara que brilla en un lugar oscuro hasta que el día comience a clarear» (2 Ptr 1, 19). Es el tiempo de la espera. Es un caminar en la noche bajo la luz de la fe. Es la presencia continua de lo que verdaderamente es. Abre tus ojos. Esta Ley «no esta mas allá de tus posibilidades ni fuera de tu alcance..., está muy cerca de ti, está en tu boca y en tu corazón para que la pongas en practica» (Dt 30, 11-14).

 

El Niño perdido

Se trata de un acontecimiento que implica una ruptura y una perplejidad. Un relámpago repentino en un cielo sereno. ¿Por qué -si era la voluntad del Padre-Jesús no ha prevenido a sus padres de lo que iba a hacer? Ni María ni José se hubieran opuesto a Dios. Pero Dios, que manda amar a los padres, manda también dejarlos para volver a recibirlos de él en un orden nuevo, el del amor universal. Es una invitación a esta superación lo que Jesús hace a María y a José. Una vez cumplido esto, todo vuelve al silencio. Pero el corazón les queda sellado por este hecho.

Este hecho es un símbolo de lo que se realiza en María, desde la Anunciación, la Purificación (allí se habla de una espada de dolor), hasta la cruz. La Virgen acepta su oficio a través de esta vida cotidiana a la que luego se reintegra. Deja que penetre en su corazón la palabra de Dios que, como una espada que penetra hasta la médula, le inicia en el misterio de la Hora y le hace entrever en la cruz de su Hijo la victoria final de Dios.

Al principio María no comprende las palabras de Jesús; pero las conserva en su corazón con veneración y amor. Permanece en la actitud de la Sabiduría. Finalmente, después de haber meditado largamente las cosas en su corazón, está de pie junto a la cruz, sin sorprenderse de lo que está ocurriendo.

Toda la historia de María se resume en estos dos episodios que tienen valor de símbolos de lo que también ocurre en nuestras vidas y en la iglesia: el caminar en fe, a través de las realidades, unas veces triviales, otras sorprendentes. Siempre esta presente la cruz, no para contradecir la marcha, sino para darle sentido.

 

4. EL MISTERIO DE LA VIRGINIDAD

La virginidad es el clima en que María vive su propio misterio. No por ignorancia o por temor a la naturaleza del hombre y la mujer. Si así fuese ¿qué sentido tendría su matrimonio con José? Lo que allí hubo fue una decisión libre de su corazón, según la palabra de Cristo (Mt 19, 10-11), consecuencia de la presencia del Reino de los cielos.

La virginidad que vive María es signo de que ya se ha cumplido el Reino de los cielos. Como si en ella el amor que hay en el corazón de toda persona tendiese no sólo a personalizarse, sino a universalizarse. En Cristo Jesús, dice san Pablo, ya no hay varón ni mujer, ni judío ni griego, ni esclavo ni libre (Col 3, 11 y Gal 3, 28). Lo que equivale a decir: en Cristo ya no hay ningún signo de servidumbre de unos hombres a otros; ya no hay mas que seres libres, que consienten en el amor que mutuamente se otorgan. La humanidad-hombre y mujer a la vez-ha llegado a la plenitud de su madurez. Al mismo tiempo ha superado los tiempos «cuando los hijos de este mundo tomaban mujer o marido». El amor de Dios que los convierte en hijos suyos y los libra de la muerte deja transparentarse en ellos un amor, que siendo singular con cada uno, no se polariza sobre ninguno con exclusividad. Dios, por medio de Cristo, se ha hecho todas las cosas en todos (Lc 20, 2740). La virginidad no es simple soltería, es una opción del corazón que responde al don de Dios y consiste en una mejor manera de amar. Es aquello hacia donde tienden todos los amores. La virginidad en María no es simplemente la exclusión del acto matrimonial. Mas bien corresponde a la invitación que hace san Pablo (I Cor 7) de mantenerse en el estado en que a cada uno sorprende el llamamiento, y usar de este mundo, lo mismo en las relaciones de hombre y mujer que en las diversas condiciones sociales, como si no se usase de él. «El tiempo es breve», «pasa la figura de este mundo», «el Señor esta para llegar». Por eso el ejemplo de María, aunque se dirige mas principalmente a los que están llamados a ser «eunucos por el reino de los cielos»-esa divina locura-, se refiere también a todo cristiano que vive un amor humano. Todo verdadero amor tiende a virginizarse (Teilhard). Lo importante en esta materia no es tanto la realidad carnal como la tensión del corazón que se dirige a Dios y deja que en el se desarrolle todo amor. «Sólo aquella alma es verdaderamente casta que se dirige hacia Dios incesantemente». (San Basilio). Este amor, que reconoce a Dios como su fuente y su término, es del que la Iglesia debería vivir en la diversidad de su condición terrestre: Maridos, amad a vuestras esposas como Cristo ha amado a su Iglesia (Ef 5, 21-25). Todos los amores conocidos acá abajo se dirigen hacia el como a su culminación. Por eso la virginidad de María, nueva manera de amar de la humanidad que se realiza en Cristo, está ligada con el misterio mismo de la Iglesia.

AFINAMIENTO Y SIMPLIFICACIÓN DE LA ORACIÓN

Dentro de la experiencia que se está realizando, de una manera o de otra, se produce una profundización en la oración. La meditación de los días precedentes era obra de la inteligencia que recibe, desmenuza, gusta y se nutre de una sabiduría. La contemplación que ahora se propone supone un nuevo grado de interiorización. Porque la Sabiduría se ha encarnado y su Encarnación hace posible esta nueva especie de contemplación. Es una presencia entre personas, una transformación del corazón, un intercambio mutuo. Mediante ella, la persona de Cristo se incorpora a mí, se me da su Espíritu, y mediante su acción, el conocimiento de la voluntad del Padre.

Para que esta profundización sea posible, cada uno debe descubrir su manera peculiar, aquella en que se le comunica a él el Espíritu. ¿Qué necesidad hay de contemplar todos los misterios? Basta con unos cuantos; san Ignacio no propone más que dos para cada día Luego cada uno repite el uno o el otro en la forma que mejor le parezca.

Los diversos consejos que más arriba hemos dado pueden ayudar a simplificar mas aún la oración, sin dejarnos llevar de vaguedades o fantasías. Será bueno repasar las indicaciones referentes a las distintas maneras de orar [238-260], en particular los consejos sobre la postura del cuerpo y la respiración. Todo esto deja entrever hasta qué punto puede mantenerse la atención al misterio durante la oración vocal. Esto es lo que se pretende con el rezo del rosario. Poco importa la reiteración de la plegaria. La repetición no aburre mas que a los que ignoran las riquezas de la oración del corazón También podemos entrever en qué consiste el ejercicio que san Ignacio llama «aplicación de sentidos». Nos incita a ejercitar nuestros sentidos espirituales, merced a los cuales, si Dios nos lo concede, llegamos a gustar «la infinita suavidad y dulzura de la divinidad, del anima y de sus virtudes, según fuere la persona que contempla» [124].

El corazón se purifica en gran manera con esta simplificación. Se olvida de sí mismo y realiza lo que Casiano llama la muerte: «La oración no es perfecta si el hombre conserva la conciencia de sí mismo y se da cuenta de que está orando». Sólo cuando ya todo pasó, el que ha permanecido como arrobado se da cuenta que algo ha ocurrido, algo vital, que a él le resulta difícil reconstruir. Y, sin embargo, si tiene que hablar con otros de eso, la experiencia, sin que él se dé cuenta, comunica a sus palabras un calor peculiar.

Poco a poco vamos descubriendo lo que debió ser la simplicidad de la oración de la Virgen, que encontraba a Dios en todo. Esa simplicidad se realiza en la oración de todos nosotros, contemplativos o no, cuando nos impulsa el deseo de ser fieles al Espíritu.

EL DISCERNIMIENTO EN ESTA CONTEMPLACIÓN

Esta oración tiende a la objetivación de la fe. En ella se nos propone un dato, los misterios de Cristo en el tiempo. Al mismo tiempo acepta que la revelación de ellos se nos hace en el transcurso del tiempo nuestro personal, según las etapas y las circunstancias en que este descubrimiento se nos hace.

No queda encerrada en los límites de las sensaciones percibidas o en las ideas que de ellas brotan. Se deberá estar vigilante para no hacer el Evangelio a su medida ni interpretarlo a su manera. Se presenta el texto muy escueto, se desconfía un tanto de los sentimientos y de las aplicaciones; cierta sobriedad procurada facilita el descubrimiento de lo esencial. También ayuda a que nos mantengamos dentro de los limites de la objetividad necesaria a la oración, la Tradición de la Iglesia, para acomodarnos a ella, y a los conocimientos de la exégesis.

Con todo, el objeto de nuestra fe lo penetramos aquí por otros caminos distintos del raciocinio, del estudio y de la reflexión dejados a sus propias fuerzas. Es la luz del Espíritu -la unción de que habla Juan (1 Jn 2)- lo que nos introduce en el gusto de su profundización.

Es también necesario, en el trabajo que se realiza, encontrar el término medio entre la atención tensa que conduce al nerviosismo y la inacción perezosa que degenera en ilusión. Como dice san Ignacio, la materia del discernimiento es ahora más delicada «más sutil» [9]. Hace falta ejercitarse tanto en un sentido como en el otro, de manera que en estas tentativas Dios nos dé a sentir lo que más nos conviene. En suma, que esta oración, que en un principio parecía más fácil, requiere, como todo lo que es elemental, un mayor discernimiento. En esta labor de búsqueda se lleva a cabo una purificación profunda lo mismo de la sensibilidad que de la inteligencia. No pueden satisfacernos ni las apariencias piadosas ni las construcciones teóricas. Esta oración de contemplación admirativa requiere que seamos profundamente humildes, desinteresados de nosotros mismos, y que tengamos mucha paciencia. Así no es de maravillar cómo se dominan las resistencias, las tristezas, los temores. Es un mundo nuevo que se descubre ante nuestros ojos, la manera como el Señor y la Virgen contemplan la existencia. Todo hay que reconsiderarlo de nuevo y las opiniones habituales tenidas hasta ahora sirven ya de bien poco.

En todo este conjunto, la inteligencia adquiere una delicadeza nueva, un «tacto afinado», que le permite discernir lo mejor, un sentido o un gusto que le hace «sentir y gustar las cosas internamente». «Tenéis la unción: no tenéis necesidad de que se os instruya». Los caminos para entrar en este conocimiento suelen ser austeros, pero conducen a un mayor discernimiento. ¡De cuántos bienes se privan los que, llamados por el Espíritu, no se atreven a aventurarse! ¡De cuantos bienes privan a la Iglesia!

 

 

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