Inicio

Jean Laplace - Los ejercicios espirituales de diez d�as  (�ndice)

 

 

Día 6º

El discercimiento: el estilo de Cristo

PLAN DEL DÍA: LA SABIDURÍA DE CRISTO

Hemos llegado a la cumbre de los Ejercicios, porque estamos en el momento en que se realiza la totalidad del discernimiento objetivo. En él buscamos acomodarnos al estilo de Dios que a continuación vamos a aplicar a las opciones de nuestra vida. Este estilo es la actitud fundamental de Jesús, que manifiesta en su comportamiento el amor del Padre.

En el fondo de la experiencia espiritual nos encontramos ante esta ley: ante toda elección, me encuentre en la situación que me encuentre, soltero o casado, con la profesión que sea lo que me hace discípulo de Jesús y me acerca a la perfección del Padre celestial, es mantenerme fiel a la invitación del Señor: Sé pobre, hazte niño, no te pertenezcas a ti mismo. Nadie tiene acceso al Padre ni puede amar a sus hermanos, si no sigue a Jesús por este camino.

Antes de toda decisión particular, estamos invitados a venir a la fuente de toda perfección y de toda libertad, desde la que es posible tener acceso al amor. Desde este punto de partida, distinguiremos la virtud cristiana de todas las demás, por bellas y heroicas que sean. En toda vocación, en toda actuación, en todo apostolado, no podemos pretender ser espiritualmente adultos, o verdaderamente comprometidos, si no intentamos guardar esta mentalidad de pobres. Sobre este punto gravita toda intransigencia, la de Cristo y la del Evangelio. Esto es lo que constituye la estructura fundamental de la libertad humana que se dispone a recibir la gracia, porque es la que nos sitúa en posesión de la voluntad de Dios.

En presencia de este ideal, la oración se hace más atenta y más intensa. ¿Quién puede comprender esta sabiduría si no es llevado a ella por el Espíritu de Dios? Para no consentir que se le imponga nadie, para desmontar en todas las situaciones el disfraz de las apariencias, propone san Ignacio la meditación genial de Dos Banderas, al final de la cual invita al ejercitante a dirigirse a la Virgen, a Cristo y al Padre para pedirles «ser recibido». Nadie llega hasta la cumbre, si no le guían hacia ella. Por eso, a la vez que meditar, hay que orar.

LA LUCHA ENTABLADA

La meditación «De Dos Banderas» es una meditación luminosa, que nos sitúa en un punto de vista desde el que vemos el mundo, la historia, la humanidad, con la mirada de fe que crea en nosotros la Escritura. Dos campamentos, dos ciudades, dos amores, se reparten el corazón de cada uno de nosotros, como también el de la humanidad. El que obra en verdad y se abre al amor tiene que aceptar la lucha que le impone esta perspectiva.

Esta meditación es una explicitación de la del Reino. Pone a la luz el compromiso adquirido allí. Por eso la gracia que se pide es ante todo una gracia de luz, la de discernir el verdadero bien de las apariencias engañosas: «conocimiento de la vida verdadera» que enseña Cristo y «gracia para le imitar» [139].

Las estructuras imaginativas o sistema de representaciones utilizado por san Ignacio produce a veces cierta incomodidad a los espíritus modernos. Estas personificaciones del mal, del pecado y de la tentación, de las potencias diabólicas a las que se da forma, resultan un tanto desagradables. Sin tratar de meternos en discusiones, que distan mucho aún de estar terminadas, vamos a fijar dos puntos, que bastan para asegurar nuestra oración: cualquiera que sea nuestra forma de entender las afirmaciones de la Escritura sobre Satanás y los espíritus, no hay más remedio que reconocer en nosotros el ataque de la tentación y la necesidad de la lucha, para no sucumbir a ella; en segundo lugar, en vez de fijar nuestra atención en el mal y en el peligro, es mejor que nos entreguemos a una realidad positiva, la de Cristo que nos ha escogido y nos llama. Muchos se quedan enredados en los problemas que plantea la existencia y el pecado del primer Adán, y harían mejor tomando en consideración la existencia del segundo Adán, Cristo, en el cual sobreabundó la gracia (Rm 5). Ni la Escritura ni esta meditación pueden convertirse en ocasión de una concepción pesimista de la humanidad, dividida arbitrariamente en buenos y malos, con el peligro de situarnos nosotros entre los buenos y juzgar a los otros como malos.

 

1. La tentación universal

Su punto de partida es la voluntad del yo que posee y se satisface en la posesión de la gloria que se recibe de los hombres, del éxito inmediato, del poder bajo todas sus formas. El yo se adhiere a un bien que convierte en «su bien»: el cuerpo, el triunfo, el dinero, la profesión, la perfección. Hace de si mismo su centro, se identifica con el bien que ambiciona, y lo convierte en algo «en si» en «absoluto» y lo desea sobre todas las cosas, hasta ser capaz de atropellar lo que se le ponga por delante con tal de conseguirlo.

Se produce entonces una paralización. La inteligencia, la libertad, al no tener otras leyes que sÍ mismas, giran en torno a sÍ mismas como en una especie de universo cerrado. Queda el hombre convertido en algo absoluto y al no tener otros puntos de referencia, es incapaz de encontrar en sÍ mismo una respuesta a los eternos problemas; se queda inexorablemente solo. Se crea un mundo en que el amor al otro es absurdo. Apresado en la trampa de su propio yo, incapaz de comprender al otro ni de amarle, pasa, como el rico del Evangelio, ante Lázaro a diario postrado a su puerta y no le ve De esta tentación todos estamos afectados. Sobre cada cosa construimos un derecho de propiedad: de nuestras virtudes, de nuestras obras, como de todo lo demás. Esta inmensa seducción podemos detectarla en nuestros pequeños grupos como en el mundo y en la Iglesia. Arranca del bien que cada uno lleva en si o del que se forja un ideal. Al presentarnos bienes reales, si no tomamos muchas precauciones, lo más fácil es que nos arrastren en su mecanismo.

Cuanto más avanzamos hacia Dios, se van haciendo más sutiles, se convierten en tentación con apariencia de bien, tentación del fariseo, del perfecto, del que se cree justo y tiene en su activo una espléndida hoja de servicios. Corruptio optimi pessima: «El ángel malo se transforma en ángel de luz para entrar con el anima devota y salir consigo» [332]. Es el estado que los autores espirituales describían antiguamente con el nombre de tibieza, tedio o debilidad (la imagen que hace pensar en el agua templada no parece muy feliz), y consiste en una satisfacción de si mismo, en un estado que fue bueno, pero que ahora se ha convertido en obstáculo para seguir avanzando. Cada cual queda enredado en aquello mismo en que tiene razón o precisamente en lo que ha hecho bien. El bien se convierte en un prejuicio, en un molde endurecido, en una fuente de contradicción. Hay comunidades cristianas que se convierten en la imagen de un mundo donde reina la división, y donde, no obstante, cada uno desearía ante todo el bien. Es un inmenso engaño.

Una tentación que siempre hay que vencer es la de servirse del propio poder, del propio dinero -cada uno es rico y poderoso en algún sentido-, para construirse uno su propio mundo. Sea de la clase que sea, «hijitos míos, no améis el mundo» (1 Jn 2).

 

2. La invitación de Cristo

Cristo, revestido de poder y de riqueza, no cesa de recibir esas cosas del Padre y de nuevo devolvérselas a él. Su centro está fuera de sí mismo. Por eso es la imagen perfecta del Padre. Es el Siervo perfecto que justifica a las multitudes (Is 5 3). Nunca está solo: el Padre está siempre con él. Para todo hombre, él es el Camino. En é!, todo esfuerzo y toda búsqueda consiguen su fin. Siendo pobre, es libre para amar a todos siempre.

Nos encontramos en el cogollo de la predicación apostólica. «El Señor de todo el mundo escoge tantas personas, apóstoles, discípulos, etc., y los envía por todo el mundo, esparciendo su sagrada doctrina por todos estados y condiciones de personas» [145]. La tentación universal no es, en el fondo, más que la contrapartida negativa de este llamamiento universal. Como todos los hombres deben hacerse hijos de un mismo Padre y esta transformación de su ser no puede hacerse más que en libertad, por eso sienten ellos la resistencia y el llamamiento del propio yo que se rebela.

Para que se realice el mandamiento paradójico de «amar al prójimo como a si mismo» es preciso que el corazón del hombre se abra a un amor que no procede de él. Porque el amor de que aquí se trata es participación de la vida de Dios, no una simple virtud en que uno se ejercita. Supone la fe en Aquel que comunica el amor en el fondo de su intimidad y en su universalidad.

Pero sólo el corazón del pobre y del niño pueden ser ganados por este amor. Sólo Jesús ha sido enteramente pobre y niño. Para hacernos participar de su naturaleza nos invita a hacernos como él. Por eso, «encomienda que a todos quieran ayudar en traerlos a suma pobreza.... [146]. El Señor, para que puedan amarse los hombres unos a otros, les invita a hacerse una cosa con él en medio de cualesquiera coyunturas y en todos los ambientes, formando la Iglesia de los pobres. Así es como él rectifica la orientación de los corazones de todos. En lugar de acumular y disfrutar riquezas y cultivar el yo, que se sobreestima y se impone a los demás, ejercítate en la pobreza; junto a mí no temas las humillaciones ni los desprecios. Unido a mi conocerás la humildad, y a través de ti se manifestará el amor del Padre. Aprende de mi que soy manso y humilde de corazón.

Quien relee la Escritura desde este punto de vista se da cuenta de que a cada paso se presenta esto como el centro de perspectiva desde el que todo se entiende. Toda la enseñanza de Moisés, los Profetas, los libros de la Sabiduría, y sobre todo la de Jesús, tiende a esto, a apartar del corazón del hombre la seducción de las apariencias de falsas salvaciones. Estamos, más acá de la espiritualidad, en el origen de toda perfección. Solamente el que permanece continuamente dominador de su propio yo puede vivir y comunicar el amor. Así, pues, es a un gran combate a lo que se nos invita, al combate de la libertad. En este combate, mientras vivamos sobre la tierra, no hay victoria final ni tregua. Es eso el seguimiento mismo de Cristo. Todos los Santos, aunque lo hayan expresado con distintas palabras, han venido a decir lo mismo: no es posible la paz y libertad en Cristo sino en el mayor de los despojamientos del yo.

LA ORACIÓN PARA PEDIR «SER ADMITIDO»

En esta meditación, menos aún que en la del Reino, no se trata de predefinir ni prejuzgar de antemano una actitud que se imponga al ejercitante. La inteligencia, iluminada por la fe, debe entrever la verdad. Pero no debe ser una pura reflexión intelectual lo que me hace tender a la cima de la perfección entrevista. Sólo la oración es capaz de abrir mi libertad al amor y de hacerme desear ser pobre con Cristo pobre. Por eso se nos incita a dirigirnos a Nuestra Señora, a Cristo y al Padre, para pedirles que nos invada el impulso de amor que comenzó en Cristo y se continúa en la Virgen y en los santos: «Yo pido ser admitido».

La petición de esta gracia hace recordar un episodio de la vida de san Ignacio, conocido con el nombre de visión de la Storta. Acercándose a Roma con sus compañeros, al llegar a aquel río vio al Padre que le presentaba al Hijo cargado con la cruz: «Yo quiero-dijo el Padre-que tú le tomes contigo». Es la transformación de dos en uno, la perfecta semejanza de los corazones en la unión de las voluntades. San Juan de la Cruz designa este estado con el nombre de matrimonio místico. Son expresiones diferentes de una misma realidad. Son los puntos extremos y coincidentes, de la perfección, del amor, de la unión, de la divinización. Estamos en e! punto céntrico de la acción divina que tiende a unir a todos los hombres en el Hijo. Es la unión perfecta que nosotros fácilmente desplazamos del centro donde realmente se consuma.

No hay que maravillarse si nos sentimos abrumados. Estamos en el punto incandescente de la vocación del hombre llamado a unirse a Dios. En este momento lo que se trata de saber es si esta especie de «súper-hombre» llega a conseguirse mediante un esfuerzo que no se quiere atribuir más que a sí mismo, o mediante el reconocimiento de una fuerza que le viene de más allá. Estamos realmente en presencia de Dos Banderas o de dos maneras de conseguir llegar a ser lo que Dios quiere de nosotros: Satanás o Cristo.

La cruz se dibuja en el horizonte, expresión del triunfo de Dios en Jesucristo, para hacer de este mundo un universo personal, y un universo de amor. El universo de Satanás-el mundo, en el sentido evangélico-es duro y cerrado, porque se aferra a sí mismo y a sus posesiones. Es un universo de soledad y de temor. Cristo pone en el corazón pobre la libertad para darlo todo, hasta la vida, a cambio de salvar el amor. Por esta decisión murió Cristo, pero también por ella resucitó eternamente vivo y libre.

PARA LA ORACIÓN DE ESTE DÍA

Hay una sabiduría, que pedimos al Espíritu de Jesús que haga surgir en nosotros, y que consiste en que vivamos según su estilo. La Escritura, leída y releída a lo largo de la vida, hace que se desarrolle esta sabiduría. Ella nos enseña a discernir lo que es verdadera salvación de lo que es falsa y a no dejarnos seducir por las apariencias. Los textos que proponemos son sólo presentados a titulo de ejemplo.

 

1. LA ORACIÓN DE SALOMÓN PIDIENDO LA SABIDURÍA (Sab 8, 17 a 9)

Es la oración típica para pedir el discernimiento.

Es ya obra de discernimiento el reconocer que los dones de la naturaleza son dones del Señor. Lo es mas aún buscar en el Espíritu de Dios la fuente de toda sabiduría, para realizar nuestro destino, en este cuerpo frágil que somos nosotros.

Cf. Ecclo 51, 13-20. La búsqueda de la sabiduría.

 

2. LA NORMA DEL JUICIO: LAS BIENAVENTURANZAS (Mt 5, 1-12; Lc 6, 2-26)

La promesa de la bienaventuranza de los pobres es el signo de que la salvación de Dios está en medio de nosotros. Nadie puede salvarse por sus méritos. Los que no tenéis dinero, venid (Is 55, 1-6). Los pobres no tienen nada con que hacerse valer. Cuando Dios los llama, manifiesta en eso la gratuidad de su amor. Son ellos los invitados a las bodas, reunidos a lo largo de los caminos y que no esperaban ser llamados a esa fiesta (Lc 14, 12-24). O también, son como los niños indefensos que los apóstoles trataban de alejar, pero a los que pertenece el Reino (Lc 18, 15-17 y los otros textos semejantes). Mejor aún, son como los obreros de la hora undécima y como los pecadores llamados sin méritos de su parte y que nos preceden en el Reino (Mt 9, 9-13; Mt 20, 116). En todos esos pobres Dios hace brillar su universal misericordia.

A los que la Sabiduría revela sus secretos se esfuerzan por tener alma de pobre. Porque es estrecha la puerta (Lc 13, 22-24). Solo entran por ella los que, después que han sido llamados, conservan toda su vida el sentimiento de la gratuidad de los dones de Dios, y no se creen mejores que los demás por el hecho de haber sido escogidos por Dios. ¿Quién eres tu, para creerte mejor que tus compañeros de trabajo? (Mt 18, 23-25). Esta es la única actitud que puede guardar tu corazón abierto al amor universal, cuyo ejemplo perfecto es la del pobre que mendiga. San Mateo describe, en sus ocho bienaventuranzas, bajo diversos aspectos, esta actitud única.

Son desgraciados, por el contrario, los que mantienen una actitud de ricos, aunque hayan llegado hasta un determinado grado de perfección. Al cerrarse sobre sus dones se hacen incapaces de dejarse penetrar por el amor. El rico no quiere el mal de Lázaro; simplemente no le ama, porque está preocupado enteramente de sí y de su bienestar. La riqueza, toda riqueza, es decir, todo bien de Dios poseído por si mismo, ciega los ojos y endurece el corazón. Es lo que le pasa al fariseo, que se cree mejor y desprecia el óbolo de la viuda (Lc 16, el capitulo entero trata del dinero y de los fariseos, amigos del dinero; Lc 21, 1-4).

La pobreza a que Jesús invita no es desde luego una pobreza ascética, al estilo de los filósofos o de Diógenes tapándose con la cuba, es la actitud de un corazón libre, incluso rodeado de bienes, y siempre dispuesto al amor del otro, porque está convencido de que todo lo ha recibido y no tiene derecho a nada.

Ante semejante ideal, la oración del pecador es ésta: De un corazón pecador hazme un corazón de pobre, y seré capaz de recibir tu amor.

 

3. EL MAGNIFICAT (Lc 1, 46-55)

La oración del Magníficat es una mirada al mundo y a la humanidad, hecha a la luz de las bienaventuranzas. Resumen de la oración del Antiguo Testamento, se ha convertido en el cántico de la Iglesia. Es necesario cantarlo para pedir y aprender discernimiento.

La Virgen María pone a Dios como principio de todos sus pensamientos, y no se concibe a si misma sino en razón de él; él se ha fijado en la bajeza de su sierva. Así ha encontrado ella su alegría. Lo que los hombres buscan con tanto esfuerzo, lo ha encontrado de una sola vez esta hijita de Israel. Así obra Dios con todos los que reconocen su misericordia.

Unida a Dios de todo corazón, María supera las apariencias engañosas y su pie no vacila ante la prosperidad de los malvados (Sal 73-72). Como el salmista después de larga reflexión, también ella entra en el misterio: Dios despide a los ricos con las manos vacías y se acuerda de su amor.

La Iglesia y cada uno de nosotros damos testimonio, con María, de la fidelidad de Dios que se acuerda de su amor; tanto más cuanto mas aceptamos nuestra pobreza.

 

4. LA LEY DE LA COMUNIDAD DE LOS DISCÍPULOS DE JESÚS (Fil 2)

Lo que Jesús quiere que se logre en nosotros es el triunfo del amor. Por eso san Pablo repite sus llamadas a que «colmemos su alegría», no teniendo entre nosotros sino un «mismo amor». Es el triunfo que buscan los que tienen los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús. Así es como nos hacemos semejantes al Dios del amor: «sed perfectos como es perfecto el Padre celestial». (Mt 4, 43-48). El medio de conseguir este triunfo es hacerse al estilo de Jesús. Porque él, siendo de condición divina, no se aferró celosamente al rango a que tenia derecho. El anonadamiento del Verbo, el incógnito de Dios (Ratzinger), son las maneras divinas de hacerse conocer como amor y de difundirlo. No es que juega a ser hombre, sino que lo es. No es que dice que ama, sino que realiza lo que pretende hacer. Eso le conduce a la cruz. En todo se ajusta al amor, que para él «vale mas que la vida» (Sal 63-62, 4).

Por eso el Padre glorifica su humanidad y se manifiesta en ella. Cf. I Cor 13, 4-7. Si quieres saber si la caridad que hay en ti es verdaderamente divina, examina sus efectos: servicial, no es envidiosa...

También en Sant 3, 13-18. Dos sabidurías distintas pueden conducirte. Puedes conocer si la que te guía es divina-y no terrestre, puramente humana o incluso demoníaca-, si te lleva a actuar con dulzura y con paz, con tolerancia y comprensión.

 

5. LA LUCHA: LA TENTACIÓN DE CRISTO EN EL DESIERTO

Esta escena es típica de la lucha en que Cristo nos compromete para continuar en nosotros su victoria sobre el espíritu del odio y de la división, sobre el príncipe de este mundo. Jesús, recién bañado con el agua del bautismo y lleno de la fuerza del Espíritu, se enfrenta con «todas las formas de tentación», tal como suelen presentarse en la realidad, a partir de los bienes tangibles: el pan o el derecho a la existencia, la riqueza o el derecho a poseer, el triunfo del éxito o la voluntad de sentirse de las cosas. Satanás, de lo que es medio quiere hacer fin para encerrarnos en él. Jesús rompe el cerco, a cada embestida. Cada vez, se dirige a su Padre: la Palabra, alimento del hombre, la adoración que sólo se dirige a Dios, la obediencia que no necesita milagros para creer. Si algún signo se nos ha de dar, no ha de ser otro que el de Jonás (Mt 12, 38-42), de aquel hombre, que enviado a predicar la miseria, y desesperado de todo, puso su situación en manos de Dios, y Dios le libró. Es el signo de la cruz, signo de la fe y del amor universal.

Esta tentación es prenuncio del combate definitivo, el de la agonía del huerto, donde Jesús vuelve a encontrar los dos mundos: su voluntad de triunfo inmediato-¿acaso su causa no es la mas justa?-y la voluntad del Padre, que en medio de la maldad y del odio, muestra su rostro de amor y «vence el mal con el bien» (Rm 12, 21). Cuando san Pablo invita al cristiano a vestirse la armadura, es a esta lucha a la que hace referencia: no contra los enemigos de carne, sino contra los espíritus del mal (Ef 6, 10-20).

Para luchar esta lucha es preciso «orar sin desmayo, en el Espíritu».

 

6. ENTRE ADVERSIDADES Y PERSECUCIONES (Lc 21, 8-19)

El consejo del Señor es: Cuidad que nadie os engañe (Mt 24, 4). No podemos dejar que se nos impongan ni los seductores ni los perseguidores. Las dificultades surgirán por todos lados, de los que se proclaman representantes de Dios, de vuestros amigos, de vuestros parientes. Poned vuestra confianza en la sabiduría que se os dará. No caerá un solo cabello de vuestra cabeza. Vuestra fuerza esta en vuestra constancia.

Los que ponen su confianza en el nombre de Jesús, aunque sean personas «sin instrucción ni cultura» (Hech 4, 13), admiran por la fuerza de sus respuestas y experimentan «la alegría de sufrir ultrajes por el nombre». (Hech 5, 41).

Esta confianza es la sabiduría de los locos de Cristo (I Cor 1-4) y constituye un elemento esencial de la exigencia propuesta a los discípulos de Cristo. Eso es lo que les abre los secretos de la libertad, de la alegría y del conocimiento del Padre (Lc 9, 57 a 10, 24).

 

7. PROFUNDIDAD DE LA LUCHA

Para ilustrar la profundidad de esta lucha a la que se entrega el discípulo de Jesús en busca de la verdadera salvación, bastará repasar la lectura de Jn 7-10, porque en esos capítulos se narra el recrudecimiento de la oposición de los fariseos, hijos del diablo, contra Jesús, hijo de Dios. Es el drama del hombre religioso que abre su corazón o lo endurece en presencia de la luz, que reconoce o rechaza a Dios en Jesús.

El lugar de esta lucha íntima y universal es lo que llamamos el mundo, que cada uno reconoce en sí mismo en la medida en que se cierra sobre los dones de Dios, apropiándoselos (1 Jn 2, 1217).

LA REGLA PARA NUESTRA ELECCIÓN: LOS DOS CRITERIOS [333]

La regla que aquí se presenta no pasa de ser la aplicación personal de la meditación sobre el Discernimiento objetivo presentado en las Dos Banderas. No se trata sólo de examinar el objeto de nuestro deseo: si es o no bueno; sino la manera como lo deseamos: si es o no conforme al estilo de Cristo. Todo puede quedar falseado, sin que nos demos cuenta, por la manera como se desean las cosas.

Esto conduce a plantear la siguiente cuestión: incluso cuando poseo o deseo alguna cosa, que es conforme a la moral, a la justicia, al Evangelio o a la enseñanza de la Iglesia, ¿lo poseo o lo quiero con libertad de corazón, pura y únicamente por Dios? Al primer golpe de vista no debo mirar como voluntad de Dios sobre mí, cualquier ideal que atisbo o que alguien me propone. La excelencia del objeto puede ser engañosa: todos esos ideales que aparecen en la conciencia cristiana sucesivamente, el reino, la evangelización, el desarrollo. Es preciso que llegue a querer ese objeto sin buscarme a mi mismo; con paz y serena confianza solamente en la gracia, de tal manera que me desposea de mi mismo y reciba, como don de Dios, la perfección a que aspiro.

Dos criterios deben tenerse en cuenta sucesivamente, uno que se refiere a la materia, y otro que se refiere a la manera. De una parte, me ofrezco sin restricciones a lo que se me presenta como mejor. Me inquieto si de desear lo mejor, vengo a desear algo menos bueno. La repugnancia que esto me produce no es signo de que no sea llamado a ello. Deseo vencerla mediante la oración y el ofrecimiento. Pero, por otro lado, si después de orar larga y sinceramente y, sobre todo, después de pasar largo tiempo, no consigo considerar este objeto con paz, es signo claro de que soy yo mismo quien me construyo este ideal, o que, al menos de momento, no puedo considerarlo como mío.

Ahorraríamos muchos esfuerzos y seríamos más eficaces en la acción si utilizásemos esta regla en el punto de partida de nuestras reflexiones a la hora de elegir o de diagnosticar una vocación. Así llegaríamos a la fuente misma del «amor carnal» como dicen los autores espirituales, ese que sin darnos cuenta conservamos aun en nuestros deseos y ofrecimientos mas sinceros.

Esta forma de llegar al fondo de nuestras motivaciones relativiza todas las cosas, es decir, consigue que no las consideremos como despreciables, dañosas o secundarias-en sí mismas son indiferentes-, sino que las consideremos en relación con lo esencial. La pobreza no es en primer lugar ausencia o privación de cosas, sino despojo de si mismo, para hacerse interiormente libres con respecto a las cosas que es necesario conservar o rechazar. En el interior de lo que yo mismo soy, con toda mi inteligencia y todas mis posibilidades, es donde he de buscar unirme a Dios, despojándome de todo.

 

 

Anterior          �ndice          Siguiente

  
www.abandono.com - [email protected]