|
Inicio
Jean
Laplace - Los ejercicios espirituales de diez d�as
(�ndice)
Día
6º
El discercimiento: el
estilo de Cristo
PLAN DEL DÍA:
LA SABIDURÍA DE CRISTO
Hemos llegado a la cumbre de los Ejercicios, porque
estamos en el momento en que se realiza la totalidad del
discernimiento objetivo. En él buscamos acomodarnos
al estilo de Dios que a continuación vamos a aplicar
a las opciones de nuestra vida. Este estilo es la actitud
fundamental de Jesús, que manifiesta en su
comportamiento el amor del Padre.
En el fondo de la experiencia espiritual nos encontramos
ante esta ley: ante toda elección, me encuentre en la
situación que me encuentre, soltero o casado, con la
profesión que sea lo que me hace discípulo de
Jesús y me acerca a la perfección del Padre
celestial, es mantenerme fiel a la invitación del
Señor: Sé pobre, hazte niño, no te
pertenezcas a ti mismo. Nadie tiene acceso al Padre ni puede
amar a sus hermanos, si no sigue a Jesús por este
camino.
Antes de toda decisión particular, estamos
invitados a venir a la fuente de toda perfección y de
toda libertad, desde la que es posible tener acceso al amor.
Desde este punto de partida, distinguiremos la virtud
cristiana de todas las demás, por bellas y heroicas
que sean. En toda vocación, en toda actuación,
en todo apostolado, no podemos pretender ser espiritualmente
adultos, o verdaderamente comprometidos, si no intentamos
guardar esta mentalidad de pobres. Sobre este punto gravita
toda intransigencia, la de Cristo y la del Evangelio. Esto
es lo que constituye la estructura fundamental de la
libertad humana que se dispone a recibir la gracia, porque
es la que nos sitúa en posesión de la voluntad
de Dios.
En presencia de este ideal, la oración se hace
más atenta y más intensa. ¿Quién
puede comprender esta sabiduría si no es llevado a
ella por el Espíritu de Dios? Para no consentir que
se le imponga nadie, para desmontar en todas las situaciones
el disfraz de las apariencias, propone san Ignacio la
meditación genial de Dos Banderas, al final de la
cual invita al ejercitante a dirigirse a la Virgen, a Cristo
y al Padre para pedirles «ser recibido». Nadie
llega hasta la cumbre, si no le guían hacia ella. Por
eso, a la vez que meditar, hay que orar.
LA LUCHA
ENTABLADA
La meditación «De Dos Banderas» es una
meditación luminosa, que nos sitúa en un punto
de vista desde el que vemos el mundo, la historia, la
humanidad, con la mirada de fe que crea en nosotros la
Escritura. Dos campamentos, dos ciudades, dos amores, se
reparten el corazón de cada uno de nosotros, como
también el de la humanidad. El que obra en verdad y
se abre al amor tiene que aceptar la lucha que le impone
esta perspectiva.
Esta meditación es una explicitación de la
del Reino. Pone a la luz el compromiso adquirido
allí. Por eso la gracia que se pide es ante todo una
gracia de luz, la de discernir el verdadero bien de las
apariencias engañosas: «conocimiento de la vida
verdadera» que enseña Cristo y «gracia para
le imitar» [139].
Las estructuras imaginativas o sistema de
representaciones utilizado por san Ignacio produce a veces
cierta incomodidad a los espíritus modernos. Estas
personificaciones del mal, del pecado y de la
tentación, de las potencias diabólicas a las
que se da forma, resultan un tanto desagradables. Sin tratar
de meternos en discusiones, que distan mucho aún de
estar terminadas, vamos a fijar dos puntos, que bastan para
asegurar nuestra oración: cualquiera que sea nuestra
forma de entender las afirmaciones de la Escritura sobre
Satanás y los espíritus, no hay más
remedio que reconocer en nosotros el ataque de la
tentación y la necesidad de la lucha, para no
sucumbir a ella; en segundo lugar, en vez de fijar nuestra
atención en el mal y en el peligro, es mejor que nos
entreguemos a una realidad positiva, la de Cristo que nos ha
escogido y nos llama. Muchos se quedan enredados en los
problemas que plantea la existencia y el pecado del primer
Adán, y harían mejor tomando en
consideración la existencia del segundo Adán,
Cristo, en el cual sobreabundó la gracia (Rm 5). Ni
la Escritura ni esta meditación pueden convertirse en
ocasión de una concepción pesimista de la
humanidad, dividida arbitrariamente en buenos y malos, con
el peligro de situarnos nosotros entre los buenos y juzgar a
los otros como malos.
1. La tentación
universal
Su punto de partida es la voluntad del yo que posee y se
satisface en la posesión de la gloria que se recibe
de los hombres, del éxito inmediato, del poder bajo
todas sus formas. El yo se adhiere a un bien que convierte
en «su bien»: el cuerpo, el triunfo, el dinero, la
profesión, la perfección. Hace de si mismo su
centro, se identifica con el bien que ambiciona, y lo
convierte en algo «en si» en «absoluto»
y lo desea sobre todas las cosas, hasta ser capaz de
atropellar lo que se le ponga por delante con tal de
conseguirlo.
Se produce entonces una paralización. La
inteligencia, la libertad, al no tener otras leyes que
sÍ mismas, giran en torno a sÍ mismas como en
una especie de universo cerrado. Queda el hombre convertido
en algo absoluto y al no tener otros puntos de referencia,
es incapaz de encontrar en sÍ mismo una respuesta a
los eternos problemas; se queda inexorablemente solo. Se
crea un mundo en que el amor al otro es absurdo. Apresado en
la trampa de su propio yo, incapaz de comprender al otro ni
de amarle, pasa, como el rico del Evangelio, ante
Lázaro a diario postrado a su puerta y no le ve De
esta tentación todos estamos afectados. Sobre cada
cosa construimos un derecho de propiedad: de nuestras
virtudes, de nuestras obras, como de todo lo demás.
Esta inmensa seducción podemos detectarla en nuestros
pequeños grupos como en el mundo y en la Iglesia.
Arranca del bien que cada uno lleva en si o del que se forja
un ideal. Al presentarnos bienes reales, si no tomamos
muchas precauciones, lo más fácil es que nos
arrastren en su mecanismo.
Cuanto más avanzamos hacia Dios, se van haciendo
más sutiles, se convierten en tentación con
apariencia de bien, tentación del fariseo, del
perfecto, del que se cree justo y tiene en su activo una
espléndida hoja de servicios. Corruptio optimi
pessima: «El ángel malo se transforma en
ángel de luz para entrar con el anima devota y salir
consigo» [332]. Es el estado que los autores
espirituales describían antiguamente con el nombre de
tibieza, tedio o debilidad (la imagen que hace pensar en el
agua templada no parece muy feliz), y consiste en una
satisfacción de si mismo, en un estado que fue bueno,
pero que ahora se ha convertido en obstáculo para
seguir avanzando. Cada cual queda enredado en aquello mismo
en que tiene razón o precisamente en lo que ha hecho
bien. El bien se convierte en un prejuicio, en un molde
endurecido, en una fuente de contradicción. Hay
comunidades cristianas que se convierten en la imagen de un
mundo donde reina la división, y donde, no obstante,
cada uno desearía ante todo el bien. Es un inmenso
engaño.
Una tentación que siempre hay que vencer es la de
servirse del propio poder, del propio dinero -cada uno es
rico y poderoso en algún sentido-, para construirse
uno su propio mundo. Sea de la clase que sea, «hijitos
míos, no améis el mundo» (1 Jn 2).
2. La invitación de
Cristo
Cristo, revestido de poder y de riqueza, no cesa de
recibir esas cosas del Padre y de nuevo devolvérselas
a él. Su centro está fuera de sí mismo.
Por eso es la imagen perfecta del Padre. Es el Siervo
perfecto que justifica a las multitudes (Is 5 3). Nunca
está solo: el Padre está siempre con
él. Para todo hombre, él es el Camino. En
é!, todo esfuerzo y toda búsqueda consiguen su
fin. Siendo pobre, es libre para amar a todos siempre.
Nos encontramos en el cogollo de la predicación
apostólica. «El Señor de todo el mundo
escoge tantas personas, apóstoles, discípulos,
etc., y los envía por todo el mundo, esparciendo su
sagrada doctrina por todos estados y condiciones de
personas» [145]. La tentación universal
no es, en el fondo, más que la contrapartida negativa
de este llamamiento universal. Como todos los hombres deben
hacerse hijos de un mismo Padre y esta transformación
de su ser no puede hacerse más que en libertad, por
eso sienten ellos la resistencia y el llamamiento del propio
yo que se rebela.
Para que se realice el mandamiento paradójico de
«amar al prójimo como a si mismo» es
preciso que el corazón del hombre se abra a un amor
que no procede de él. Porque el amor de que
aquí se trata es participación de la vida de
Dios, no una simple virtud en que uno se ejercita. Supone la
fe en Aquel que comunica el amor en el fondo de su intimidad
y en su universalidad.
Pero sólo el corazón del pobre y del
niño pueden ser ganados por este amor. Sólo
Jesús ha sido enteramente pobre y niño. Para
hacernos participar de su naturaleza nos invita a hacernos
como él. Por eso, «encomienda que a todos
quieran ayudar en traerlos a suma pobreza.... [146].
El Señor, para que puedan amarse los hombres unos a
otros, les invita a hacerse una cosa con él en medio
de cualesquiera coyunturas y en todos los ambientes,
formando la Iglesia de los pobres. Así es como
él rectifica la orientación de los corazones
de todos. En lugar de acumular y disfrutar riquezas y
cultivar el yo, que se sobreestima y se impone a los
demás, ejercítate en la pobreza; junto a
mí no temas las humillaciones ni los desprecios.
Unido a mi conocerás la humildad, y a través
de ti se manifestará el amor del Padre. Aprende de mi
que soy manso y humilde de corazón.
Quien relee la Escritura desde este punto de vista se da
cuenta de que a cada paso se presenta esto como el centro de
perspectiva desde el que todo se entiende. Toda la
enseñanza de Moisés, los Profetas, los libros
de la Sabiduría, y sobre todo la de Jesús,
tiende a esto, a apartar del corazón del hombre la
seducción de las apariencias de falsas salvaciones.
Estamos, más acá de la espiritualidad, en el
origen de toda perfección. Solamente el que permanece
continuamente dominador de su propio yo puede vivir y
comunicar el amor. Así, pues, es a un gran combate a
lo que se nos invita, al combate de la libertad. En este
combate, mientras vivamos sobre la tierra, no hay victoria
final ni tregua. Es eso el seguimiento mismo de Cristo.
Todos los Santos, aunque lo hayan expresado con distintas
palabras, han venido a decir lo mismo: no es posible la paz
y libertad en Cristo sino en el mayor de los despojamientos
del yo.
LA ORACIÓN PARA
PEDIR «SER ADMITIDO»
En esta meditación, menos aún que en la del
Reino, no se trata de predefinir ni prejuzgar de antemano
una actitud que se imponga al ejercitante. La inteligencia,
iluminada por la fe, debe entrever la verdad. Pero no debe
ser una pura reflexión intelectual lo que me hace
tender a la cima de la perfección entrevista.
Sólo la oración es capaz de abrir mi libertad
al amor y de hacerme desear ser pobre con Cristo pobre. Por
eso se nos incita a dirigirnos a Nuestra Señora, a
Cristo y al Padre, para pedirles que nos invada el impulso
de amor que comenzó en Cristo y se continúa en
la Virgen y en los santos: «Yo pido ser
admitido».
La petición de esta gracia hace recordar un
episodio de la vida de san Ignacio, conocido con el nombre
de visión de la Storta. Acercándose a Roma con
sus compañeros, al llegar a aquel río vio al
Padre que le presentaba al Hijo cargado con la cruz:
«Yo quiero-dijo el Padre-que tú le tomes
contigo». Es la transformación de dos en uno, la
perfecta semejanza de los corazones en la unión de
las voluntades. San Juan de la Cruz designa este estado con
el nombre de matrimonio místico. Son expresiones
diferentes de una misma realidad. Son los puntos extremos y
coincidentes, de la perfección, del amor, de la
unión, de la divinización. Estamos en e! punto
céntrico de la acción divina que tiende a unir
a todos los hombres en el Hijo. Es la unión perfecta
que nosotros fácilmente desplazamos del centro donde
realmente se consuma.
No hay que maravillarse si nos sentimos abrumados.
Estamos en el punto incandescente de la vocación del
hombre llamado a unirse a Dios. En este momento lo que se
trata de saber es si esta especie de
«súper-hombre» llega a conseguirse mediante
un esfuerzo que no se quiere atribuir más que a
sí mismo, o mediante el reconocimiento de una fuerza
que le viene de más allá. Estamos realmente en
presencia de Dos Banderas o de dos maneras de conseguir
llegar a ser lo que Dios quiere de nosotros: Satanás
o Cristo.
La cruz se dibuja en el horizonte, expresión del
triunfo de Dios en Jesucristo, para hacer de este mundo un
universo personal, y un universo de amor. El universo de
Satanás-el mundo, en el sentido evangélico-es
duro y cerrado, porque se aferra a sí mismo y a sus
posesiones. Es un universo de soledad y de temor. Cristo
pone en el corazón pobre la libertad para darlo todo,
hasta la vida, a cambio de salvar el amor. Por esta
decisión murió Cristo, pero también por
ella resucitó eternamente vivo y libre.
PARA LA ORACIÓN
DE ESTE DÍA
Hay una sabiduría, que pedimos al Espíritu
de Jesús que haga surgir en nosotros, y que consiste
en que vivamos según su estilo. La Escritura,
leída y releída a lo largo de la vida, hace
que se desarrolle esta sabiduría. Ella nos
enseña a discernir lo que es verdadera
salvación de lo que es falsa y a no dejarnos seducir
por las apariencias. Los textos que proponemos son
sólo presentados a titulo de ejemplo.
1. LA ORACIÓN DE
SALOMÓN PIDIENDO LA SABIDURÍA (Sab 8, 17 a
9)
Es la oración típica para pedir el
discernimiento.
Es ya obra de discernimiento el reconocer que los dones
de la naturaleza son dones del Señor. Lo es mas
aún buscar en el Espíritu de Dios la fuente de
toda sabiduría, para realizar nuestro destino, en
este cuerpo frágil que somos nosotros.
Cf. Ecclo 51, 13-20. La búsqueda de la
sabiduría.
2. LA NORMA DEL JUICIO: LAS
BIENAVENTURANZAS (Mt 5, 1-12; Lc 6, 2-26)
La promesa de la bienaventuranza de los pobres es el
signo de que la salvación de Dios está en
medio de nosotros. Nadie puede salvarse por sus
méritos. Los que no tenéis dinero, venid (Is
55, 1-6). Los pobres no tienen nada con que hacerse valer.
Cuando Dios los llama, manifiesta en eso la gratuidad de su
amor. Son ellos los invitados a las bodas, reunidos a lo
largo de los caminos y que no esperaban ser llamados a esa
fiesta (Lc 14, 12-24). O también, son como los
niños indefensos que los apóstoles trataban de
alejar, pero a los que pertenece el Reino (Lc 18, 15-17 y
los otros textos semejantes). Mejor aún, son como los
obreros de la hora undécima y como los pecadores
llamados sin méritos de su parte y que nos preceden
en el Reino (Mt 9, 9-13; Mt 20, 116). En todos esos pobres
Dios hace brillar su universal misericordia.
A los que la Sabiduría revela sus secretos se
esfuerzan por tener alma de pobre. Porque es estrecha la
puerta (Lc 13, 22-24). Solo entran por ella los que,
después que han sido llamados, conservan toda su vida
el sentimiento de la gratuidad de los dones de Dios, y no se
creen mejores que los demás por el hecho de haber
sido escogidos por Dios. ¿Quién eres tu, para
creerte mejor que tus compañeros de trabajo? (Mt 18,
23-25). Esta es la única actitud que puede guardar tu
corazón abierto al amor universal, cuyo ejemplo
perfecto es la del pobre que mendiga. San Mateo describe, en
sus ocho bienaventuranzas, bajo diversos aspectos, esta
actitud única.
Son desgraciados, por el contrario, los que mantienen una
actitud de ricos, aunque hayan llegado hasta un determinado
grado de perfección. Al cerrarse sobre sus dones se
hacen incapaces de dejarse penetrar por el amor. El rico no
quiere el mal de Lázaro; simplemente no le ama,
porque está preocupado enteramente de sí y de
su bienestar. La riqueza, toda riqueza, es decir, todo bien
de Dios poseído por si mismo, ciega los ojos y
endurece el corazón. Es lo que le pasa al fariseo,
que se cree mejor y desprecia el óbolo de la viuda
(Lc 16, el capitulo entero trata del dinero y de los
fariseos, amigos del dinero; Lc 21, 1-4).
La pobreza a que Jesús invita no es desde luego
una pobreza ascética, al estilo de los
filósofos o de Diógenes tapándose con
la cuba, es la actitud de un corazón libre, incluso
rodeado de bienes, y siempre dispuesto al amor del otro,
porque está convencido de que todo lo ha recibido y
no tiene derecho a nada.
Ante semejante ideal, la oración del pecador es
ésta: De un corazón pecador hazme un
corazón de pobre, y seré capaz de recibir tu
amor.
3. EL MAGNIFICAT (Lc 1,
46-55)
La oración del Magníficat es una mirada al
mundo y a la humanidad, hecha a la luz de las
bienaventuranzas. Resumen de la oración del Antiguo
Testamento, se ha convertido en el cántico de la
Iglesia. Es necesario cantarlo para pedir y aprender
discernimiento.
La Virgen María pone a Dios como principio de
todos sus pensamientos, y no se concibe a si misma sino en
razón de él; él se ha fijado en la
bajeza de su sierva. Así ha encontrado ella su
alegría. Lo que los hombres buscan con tanto
esfuerzo, lo ha encontrado de una sola vez esta hijita de
Israel. Así obra Dios con todos los que reconocen su
misericordia.
Unida a Dios de todo corazón, María supera
las apariencias engañosas y su pie no vacila ante la
prosperidad de los malvados (Sal 73-72). Como el salmista
después de larga reflexión, también
ella entra en el misterio: Dios despide a los ricos con las
manos vacías y se acuerda de su amor.
La Iglesia y cada uno de nosotros damos testimonio, con
María, de la fidelidad de Dios que se acuerda de su
amor; tanto más cuanto mas aceptamos nuestra
pobreza.
4. LA LEY DE LA COMUNIDAD DE LOS
DISCÍPULOS DE JESÚS (Fil 2)
Lo que Jesús quiere que se logre en nosotros es el
triunfo del amor. Por eso san Pablo repite sus llamadas a
que «colmemos su alegría», no teniendo
entre nosotros sino un «mismo amor». Es el triunfo
que buscan los que tienen los mismos sentimientos que tuvo
Cristo Jesús. Así es como nos hacemos
semejantes al Dios del amor: «sed perfectos como es
perfecto el Padre celestial». (Mt 4, 43-48). El medio
de conseguir este triunfo es hacerse al estilo de
Jesús. Porque él, siendo de condición
divina, no se aferró celosamente al rango a que tenia
derecho. El anonadamiento del Verbo, el incógnito de
Dios (Ratzinger), son las maneras divinas de hacerse conocer
como amor y de difundirlo. No es que juega a ser hombre,
sino que lo es. No es que dice que ama, sino que realiza lo
que pretende hacer. Eso le conduce a la cruz. En todo se
ajusta al amor, que para él «vale mas que la
vida» (Sal 63-62, 4).
Por eso el Padre glorifica su humanidad y se manifiesta
en ella. Cf. I Cor 13, 4-7. Si quieres saber si la caridad
que hay en ti es verdaderamente divina, examina sus efectos:
servicial, no es envidiosa...
También en Sant 3, 13-18. Dos sabidurías
distintas pueden conducirte. Puedes conocer si la que te
guía es divina-y no terrestre, puramente humana o
incluso demoníaca-, si te lleva a actuar con dulzura
y con paz, con tolerancia y comprensión.
5. LA LUCHA: LA TENTACIÓN
DE CRISTO EN EL DESIERTO
Esta escena es típica de la lucha en que Cristo
nos compromete para continuar en nosotros su victoria sobre
el espíritu del odio y de la división, sobre
el príncipe de este mundo. Jesús,
recién bañado con el agua del bautismo y lleno
de la fuerza del Espíritu, se enfrenta con
«todas las formas de tentación», tal como
suelen presentarse en la realidad, a partir de los bienes
tangibles: el pan o el derecho a la existencia, la riqueza o
el derecho a poseer, el triunfo del éxito o la
voluntad de sentirse de las cosas. Satanás, de lo que
es medio quiere hacer fin para encerrarnos en él.
Jesús rompe el cerco, a cada embestida. Cada vez, se
dirige a su Padre: la Palabra, alimento del hombre, la
adoración que sólo se dirige a Dios, la
obediencia que no necesita milagros para creer. Si
algún signo se nos ha de dar, no ha de ser otro que
el de Jonás (Mt 12, 38-42), de aquel hombre, que
enviado a predicar la miseria, y desesperado de todo, puso
su situación en manos de Dios, y Dios le
libró. Es el signo de la cruz, signo de la fe y del
amor universal.
Esta tentación es prenuncio del combate
definitivo, el de la agonía del huerto, donde
Jesús vuelve a encontrar los dos mundos: su voluntad
de triunfo inmediato-¿acaso su causa no es la mas
justa?-y la voluntad del Padre, que en medio de la maldad y
del odio, muestra su rostro de amor y «vence el mal con
el bien» (Rm 12, 21). Cuando san Pablo invita al
cristiano a vestirse la armadura, es a esta lucha a la que
hace referencia: no contra los enemigos de carne, sino
contra los espíritus del mal (Ef 6, 10-20).
Para luchar esta lucha es preciso «orar sin desmayo,
en el Espíritu».
6. ENTRE ADVERSIDADES Y
PERSECUCIONES (Lc 21, 8-19)
El consejo del Señor es: Cuidad que nadie os
engañe (Mt 24, 4). No podemos dejar que se nos
impongan ni los seductores ni los perseguidores. Las
dificultades surgirán por todos lados, de los que se
proclaman representantes de Dios, de vuestros amigos, de
vuestros parientes. Poned vuestra confianza en la
sabiduría que se os dará. No caerá un
solo cabello de vuestra cabeza. Vuestra fuerza esta en
vuestra constancia.
Los que ponen su confianza en el nombre de Jesús,
aunque sean personas «sin instrucción ni
cultura» (Hech 4, 13), admiran por la fuerza de sus
respuestas y experimentan «la alegría de sufrir
ultrajes por el nombre». (Hech 5, 41).
Esta confianza es la sabiduría de los locos de
Cristo (I Cor 1-4) y constituye un elemento esencial de la
exigencia propuesta a los discípulos de Cristo. Eso
es lo que les abre los secretos de la libertad, de la
alegría y del conocimiento del Padre (Lc 9, 57 a 10,
24).
7. PROFUNDIDAD DE LA
LUCHA
Para ilustrar la profundidad de esta lucha a la que se
entrega el discípulo de Jesús en busca de la
verdadera salvación, bastará repasar la
lectura de Jn 7-10, porque en esos capítulos se narra
el recrudecimiento de la oposición de los fariseos,
hijos del diablo, contra Jesús, hijo de Dios. Es el
drama del hombre religioso que abre su corazón o lo
endurece en presencia de la luz, que reconoce o rechaza a
Dios en Jesús.
El lugar de esta lucha íntima y universal es lo
que llamamos el mundo, que cada uno reconoce en sí
mismo en la medida en que se cierra sobre los dones de Dios,
apropiándoselos (1 Jn 2, 1217).
LA REGLA PARA NUESTRA
ELECCIÓN: LOS DOS CRITERIOS
[333]
La regla que aquí se presenta no pasa de ser la
aplicación personal de la meditación sobre el
Discernimiento objetivo presentado en las Dos Banderas. No
se trata sólo de examinar el objeto de nuestro deseo:
si es o no bueno; sino la manera como lo deseamos: si es o
no conforme al estilo de Cristo. Todo puede quedar falseado,
sin que nos demos cuenta, por la manera como se desean las
cosas.
Esto conduce a plantear la siguiente cuestión:
incluso cuando poseo o deseo alguna cosa, que es conforme a
la moral, a la justicia, al Evangelio o a la
enseñanza de la Iglesia, ¿lo poseo o lo quiero
con libertad de corazón, pura y únicamente por
Dios? Al primer golpe de vista no debo mirar como voluntad
de Dios sobre mí, cualquier ideal que atisbo o que
alguien me propone. La excelencia del objeto puede ser
engañosa: todos esos ideales que aparecen en la
conciencia cristiana sucesivamente, el reino, la
evangelización, el desarrollo. Es preciso que llegue
a querer ese objeto sin buscarme a mi mismo; con paz y
serena confianza solamente en la gracia, de tal manera que
me desposea de mi mismo y reciba, como don de Dios, la
perfección a que aspiro.
Dos criterios deben tenerse en cuenta sucesivamente, uno
que se refiere a la materia, y otro que se refiere a la
manera. De una parte, me ofrezco sin restricciones a lo que
se me presenta como mejor. Me inquieto si de desear lo
mejor, vengo a desear algo menos bueno. La repugnancia que
esto me produce no es signo de que no sea llamado a ello.
Deseo vencerla mediante la oración y el ofrecimiento.
Pero, por otro lado, si después de orar larga y
sinceramente y, sobre todo, después de pasar largo
tiempo, no consigo considerar este objeto con paz, es signo
claro de que soy yo mismo quien me construyo este ideal, o
que, al menos de momento, no puedo considerarlo como
mío.
Ahorraríamos muchos esfuerzos y seríamos
más eficaces en la acción si
utilizásemos esta regla en el punto de partida de
nuestras reflexiones a la hora de elegir o de diagnosticar
una vocación. Así llegaríamos a la
fuente misma del «amor carnal» como dicen los
autores espirituales, ese que sin darnos cuenta conservamos
aun en nuestros deseos y ofrecimientos mas sinceros.
Esta forma de llegar al fondo de nuestras motivaciones
relativiza todas las cosas, es decir, consigue que no las
consideremos como despreciables, dañosas o
secundarias-en sí mismas son indiferentes-, sino que
las consideremos en relación con lo esencial. La
pobreza no es en primer lugar ausencia o privación de
cosas, sino despojo de si mismo, para hacerse interiormente
libres con respecto a las cosas que es necesario conservar o
rechazar. En el interior de lo que yo mismo soy, con toda mi
inteligencia y todas mis posibilidades, es donde he de
buscar unirme a Dios, despojándome de todo.
Anterior
�ndice
Siguiente
|