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Jean Laplace - Los ejercicios espirituales de diez d�as  (�ndice)

 

 

Día 7º

Educación para el discernimiento: la elección.

PLAN DEL DÍA: MANERA DE ELEGIR

Pido a Nuestro Señor ser escogido, ser recibido. Me ofrezco como Pedro: Deseo seguirte en la vida y en la muerte. Yo daré mi vida por ti.

Adondequiera que me lleves, yo te seguiré.

Pedro dijo estas cosas y se engañó. El corazón generoso y ambicioso de grandes planes no le impidieron caer en tan grandes errores.

¿En qué condiciones puedo yo decir cosas semejantes? ¿Cómo puedo asegurarme, en una elección que creo buena, que voy a ser fiel al plan de Dios? Esta cuestión plantea al mismo tiempo otra sobre la educación en el Discernimiento, y de la elección para la que ella prepara. Una cierta disposición del corazón, mantenida y desarrollada a lo largo de la vida, puede asegurar en el momento preciso la conformidad de nuestra elección con el Espíritu del Señor.

 

LA ELECCIÓN, ¿DE QUÉ SE TRATA?

Esta palabra forma parte del vocabulario ignaciano y requiere una explicación.

Tenemos el peligro de ver en ella el acto con que el hombre, una vez que se ha cerciorado de sus motivaciones y sopesado el pro y el contra, se decide por una cosa. Este acto de libertad, que el hombre realiza mediante sus «potencias naturales», que el hombre ha utilizado «libera y tranquilamente» [177], no es más que un aspecto de la elección. Cuando se hacen los Ejercicios se nos conduce con Jesús por los caminos del Espíritu. La elección se convierte, entonces, en un acto por el que el cristiano, que reconoce en si la acción del Espíritu, se une en su vida humana con el acto de Cristo que, en las circunstancias triviales o trascendentales, cumple la voluntad del Padre.

En un acto semejante de elección interfieren dos planos distintos: el de la libertad del hombre y el de la acción del Espíritu. Bajo el influjo de esta acción el acto de libertad llega a ser verdadera elección: «El amor más o menos que me mueve y me hace elegir tal objeto debe descender de arriba, del amor de Dios».

La elección supone que nuestros puntos de vista se sitúan bajo la luz y dentro del impulso del Espíritu Santo. No empiezo por desear determinado objeto particular, matrimonio o sacerdocio, tal profesión o tal misión determinada. Comienzo por desear a Cristo Jesús, cuya mano reconozco sobre mi. Todo lo demás lo deseo sólo dentro de esta voluntad que me hace querer ante todo a Jesucristo de una manera única. Por lo demás, para decidirme a esto o a aquello, no me apoyo solamente en el esfuerzo de mi razón, sino también en la acción que el Espíritu desarrolla en mi, haciéndome sentir su voluntad, como hizo con Cristo que fue «conducido por el Espíritu».

 

¿De qué cosas hay que hacer elección?

En algunos casos, la elección consiste en decidirse por un estado o por un proyecto vital, en tanto en cuanto se nos presentan como implicados en el Reino o en su búsqueda. Nada tan a propósito como los Ejercicios para llevar a cabo con plenas garantías una elección de este tipo, y recibir el don que lleva consigo, o mejor para ponerse en las condiciones requeridas para esta realización, como se verá cuando se presente la ocasión.

Para los que no tienen elecciones particulares que hacer, la elección consiste en una adhesión más consciente y mas libre a lo que constituye lo esencial de nuestra vida, la entrega y dedicación mas personal a una vocación en la que nunca acabamos de entrar plenamente.

En todo caso, lo que importa es la actitud de fondo requerida por la elección. Es eso lo que nos hacen encontrar los Ejercicios, asegurando así que las elecciones que vamos haciendo en nuestra vida ordinaria sean según Dios y que permanezcamos dóciles al Espíritu Santo.

Dicha actitud de fondo, en la práctica de la vida diaria, es la entrada en un orden perennemente nuevo; es la acción del Espíritu, que no se sabe de dónde viene ni adónde va, pero que nosotros sabemos que actúa continuamente y nos guía. Nuestra libertad, para dejarse llevar quizás a donde menos espera, se hace receptiva como ante un amor que se ofrece y es correspondido.

Considerada en esta forma, la elección difiere mucho de las resoluciones. Son éstas, decisiones o aplicaciones prácticas, tomadas para avanzar en un sentido o en otro. Son de orden moral, útiles para asegurar la perseverancia en el esfuerzo, pero limitadas, como el esfuerzo mismo. Toda esta preparación espiritual de los Ejercicios no es necesaria para estas determinaciones. Para eso bastaría el consejo de un buen amigo o un buen examen de conciencia. Indudablemente esas resoluciones no son enteramente independientes de la orientación profunda de la vida; son un medio para realizarla en la vida cotidiana, pero no deben confundirse con la elección. Esta es la que, por medio del empleo de determinados procedimientos, asegura la unidad profunda del ser, a partir del descubrimiento de la acción del Espíritu Santo.

DISPOSICIONES PARA LA ELECCIÓN

No puede cualquiera hacer elección, como tampoco cualquiera puede hacer discernimiento. La preparación y la calidad del hombre son para esto más importantes que la decisión de hacerlo. Ocurre aquí como en toda empresa humana: la decisión exige que sea tomada por un hombre. Aunque sea espiritual el edificio que se pretende construir, nadie puede permitirse economizar esta realidad fundamental.

 

1. Madurez humana

Algunos tienen el peligro de fiarlo todo a su capacidad intelectual. Pero puede uno disertar con vehemencia sobre la libertad y sobre la madurez afectiva, y seguir siendo un adolescente. La primera regla en este sentido es que no ha de permitir uno dejarse dominar por nada, ni diplomas, ni reputación, ni méritos adquiridos, ni categoría social. Para hacer una verdadera elección es necesario estar dispuesto a conocer lo que en realidad somos. Uno quiere al mismo tiempo decidirse y no decidirse. Uno habla como los libros que ha leído y repite lo que ha oído decir sobre si mismo. Pero, en primer lugar, hay que aceptar el poner en claro lo que en uno hay. Sin eso, todo se reduce a dar vueltas interminables a razones que cada una tiene su valor, pero de las que no se puede salir jamás, porque en ellas uno no se expresa.

El retiro de Ejercicios, por el hecho de que implica la totalidad del hombre, puede ayudar a abrir los ojos. A veces se puede conseguir este mismo resultado mediante la entrevista asidua de un consejero, siempre a partir de las experiencias que uno mismo hace. El contacto con la realidad diaria, con un ambiente diferente del ordinario, o con otras condiciones de vida, es igualmente útil para hacer luz en torno a uno mismo, con la condición de saber lo que puede esperarse de tales contactos: ante todo una experiencia para conocerse a si mismo y abrirse al Espíritu. En esta búsqueda es útil servirse de los procedimientos que los científicos psicólogos y sociólogos ponen hoy en día a nuestra disposición.

Sería equivocado esperar milagros o cambios repentinos de estos procedimientos. El llegar a plantearse la propia realidad requiere tiempo, aunque se comience a hacerlo en la madurez. Hay muchos que dicen: yo no me encuentro a gusto en esta profesión; o bien: no estaba yo suficientemente maduro cuando tomé aquella decisión De resultas de eso, infieren que deben cambiar de estado. Lo importante en ese caso es comenzar por cambiarme a mi mismo a partir de lo que estoy viviendo. Si yo descubro en mi una inmadurez en el sacerdocio, el matrimonio por si mismo no me hará más maduro.

¿Podría definirse cuál es la madurez necesaria para una buena elección? Muy empíricamente podría decirse que aquél está en condiciones de conseguirlo, que ha llegado a distanciarse de la tutela paterna, de sus educadores y de los que de alguna manera se le pueden imponer, y esto no solamente con el rechazo o la mera critica, sino con la voluntad de ocupar su puesto en el concierto de los hombres. En la verdadera madurez hay una cierta modestia, una ausencia de sectarismo. A estos rasgos hay que añadir la ausencia de inseguridad ante las propias reacciones afectivas. Ni las niego ni las tomo como norma. Las acepto como un hecho. Esta actitud nada tiene que ver con un pretendido dominio de si, frecuentemente acompañado de ingenuidad y desprecio de los demás.

Sin este desarrollo natural, pretender ejercitarse en el discernimiento espiritual tiene el peligro de conducir al caos y a la ilusión. Ninguna forma de vida espiritual puede desarrollarse con una base de rechazo o ignorancia de lo natural.

 

2. La rectitud o pureza de motivaciones

No basta, para determinar nuestra elección, que el objeto propuesto sea bueno. Ni siquiera basta reconocer nuestra aptitud respecto a él, o los deseos generosos que en nosotros despierte. No hay que hacer todo lo que se nos presenta como bueno. Es necesario someter a examen la calidad de los motivos que me impulsan. A veces puede hacerse una acción buena por motivos malos o mezclados: de secreto temor, de búsqueda de si mismo. Es necesario que nuestro ojo este sano. «La lámpara de tu cuerpo es tu ojo. Cuando tu ojo está sano, todo tu cuerpo está en luz; pero si está enfermo, también tu cuerpo está en tinieblas (Lc 11, 34). «En toda buena elección-dice san Ignacio-en cuanto es de nuestra parte, el ojo de nuestra intención debe ser simple» [169].

Para llevar a cabo esta imprescindible purificación, propone san Ignacio una interesante meditación, que titula: «De tres binarios (grupos) de hombres, para abrazar el mejor» [149-157]. No basta poseer una suma de dinero legítimamente, para hallar la paz del alma: el joven rico es un perfecto ejemplo de esto. Es además necesario poseerla «pura y debidamente por amor de Dios». Cuántos hay que se privan de comodidades, se fatigan trabajando por Dios, hablan de la justicia y del amor a los demás, y no hacen más que su capricho. Prueba de ello es el disgusto cuando las cosas no salen conforme a sus proyectos. Nunca van al fondo de las cosas, y por si acaso lo intentan, lo que hacen es acomodar la voluntad de Dios a sus propios deseos. Sólo sirven a Dios con rectitud de corazón los que «no le tienen afección a tener la cosa adquisita o no la tener». Solo quieren conservarla o rechazarla «según que Dios nuestro Señor le pondrá en voluntad y a la tal persona le parecerá mejor para servicio y alabanza de su divina Majestad» [155]. Lo que se intenta encontrar en esta voluntad son los motivos secretos de su acción.

Digamos de paso que entendemos que este ideal tan depurado no puede darse más que en seres humanos notablemente equilibrados. Lo que sería para ellos una fuente de libertad en la acción, sería para otros origen de turbaciones interminables: estas personas nunca acabarían de sentirse suficientemente puros y dispuestos. Añadamos que semejante disposición no se adquiere de golpe: es trabajo de toda la vida. El Padre Lallemant, que hace de esto el tema de su «Doctrina espiritual», lo propone a los jesuitas al final de su formación. El examen de conciencia, tal como lo hemos descrito y tal como lo presentaremos al final de estos Diez Días, es un buen medio para conservar esta disposición a lo largo de los días.

 

3. La apertura al amor

Este grado de purificación no es posible si no es arrastrado por el dinamismo del amor: no puede ser el resultado de un esfuerzo seco o de un examen riguroso. Además, para hacer posible este incesante «entrar» en el amor, en medio de las elecciones, como en medio de la vida, san Ignacio presenta en el momento de elegir una nueva consideración, conocida con el nombre de «tres maneras de humildad» [164]. En realidad son tres pasos en el camino del amor.

Hay un primer grado de fidelidad, que brota del interior del hombre; hay un segundo grado de purificación que llega hasta la raíz de nuestros deseos, haciéndolos totalmente transparentes al Espíritu; pero más allá de éstos, existe lo que san Ignacio llama tercer grado de humildad, que es en realidad una locura de amar que ya no se atiene a leyes. El amor del Padre se ha manifestado en el Hijo hasta el total anonadamiento: Jesús se ha hecho semejante al hombre a quien ama. Es el amor del siervo que no busca tener reputación de justo, sino serlo. Con Cristo, que se reviste y vive del amor, nosotros dejamos ya de tratar de conseguir una perfección personal, sino que tratamos de hacer todo «en servicio y alabanza de su divina Majestad» La mayor gloria de Dios, que se hace patente en el rostro de Cristo, se convierte en el único anhelo del «alma enamorada» (san Juan de la Cruz), desarrollo final de aquella disposición de alma Pobre y de Niño, que quedó descrita en las Bienaventuranzas.

A través de esta triple actitud llega el hombre a vivir en equilibrio bajo el impulso del Espíritu. Es un equilibrio en continua actividad. El equilibrio que se establece entre dos personas que se aman con un amor verdadero puede darnos una idea de lo que aquí se realiza: los dos no tienen sino un mismo querer, un mismo estilo, una misma manera de sentir. Se llega a una semejanza perfecta. A partir de ella es como se hacen las mejores elecciones.

¿CÓMO SE HACE LA ELECCIÓN?

Los que al azar abran este libro tienen el peligro de que lo que más les interese sea esta cuestión. En realidad es secundaria con respecto a las precedentes preparaciones y disposiciones. Aunque viniese un ángel de Dios a asegurarte de que esa era su voluntad, de tal manera que no pudiese dudar, siempre te quedarías con reservas. Una cosa es la inspiración y otra distinta la manera de recibirla. La primera no depende de nosotros; la segunda sí. No cesemos, pues, de mejorarnos nosotros mismos y de purificar nuestro corazón en el amor.

Dice san Ignacio que hay un «tiempo» en que se puede hacer «sana y buena elección», es decir: el sucesivo desarrollo de estados de espíritu, de deseos y de pensamientos. En el transcurso de esa sucesión es donde nosotros podemos llegar a reconocer la voluntad de Dios.

 

Existe un primer tipo de elección. Tiene lugar instantáneamente. Dios «que entra y sale y hace mociones en el ánima, trayéndola toda en amor de la su divina Majestad» [330] «mueve y atrae la voluntad» de tal manera que no es posible dudar del origen de este impulso [175]. La presencia de la acción de Dios no tiene necesidad de mas pruebas que ella misma. ¿Qué más se puede desear? Dios es libre para actuar en el alma «sin intermediario» [15] y así impulsa a la persona, que asiduamente se ha ido disponiendo para esta acción, «sin dubitar ni poder dubitar». Lo único que hay que exigir de la fidelidad del hombre en este caso es que no confunda esta acción de Dios, con la interpretación que, sin dudar de ella, puede el hombre hacer de la misma. También es necesario al mismo tiempo recibirla con alegría y permanecer vigilantes.

 

En el segundo tipo de elección, también llegamos a conseguir una especie de evidencia sentimental, pero a lo largo de días o meses. Hay una serie de deseos pasajeros que se esfuman y rebrotan, hay impulsos y repugnancias, o para usar la frase misma de los Ejercicios «experiencia de consolaciones y desolaciones». Es el caso más frecuente. Muchos desconfían de él, porque es un asunto de sentimiento, «de ángeles buenos y malos»... Aunque nos alarme un poco la manera de hablar y requiera una traducción a nuestro idioma, existe en el fondo una realidad innegable. San Ignacio incita a someterla a discernimiento.

El discernimiento consiste en esto: conservando las disposiciones que antes hemos descrito, y por tanto dentro del impulso de la vida del Espíritu, hay que ir notando, a medida que se producen, los efectos que nos causan nuestros deseos y sentimientos. Mediante el examen de la duración y de la cualidad de mis deseos, llegará un día en que consiga esa evidencia porque me será dada. Lo que procede del demonio es duro, excita la imaginación, reclama una ejecución inmediata: el demonio no concede demora. De ahí proceden tantas falsas vocaciones, tantas falsas inspiraciones, aunque se dirijan a objetos buenos. El estilo del Espíritu, aunque nos conmocione, aunque el objeto que nos presenta produzca en nosotros reservas o repugnancias, en definitiva sosiega a la persona, da confianza en Dios y apertura a los demás. El árbol bueno se conoce por sus frutos (Mt 7, 15-19).

Para practicar este discernimiento, es bueno comenzar por detectar en la propia vida lo que podríamos llamar las «constantes de Dios», que son aquellos puntos u objetos hacia los que parece impulsarnos el Espíritu en los períodos de más calma de nuestra existencia Llegado el momento, podemos dar nuestro consentimiento a aquello que se ha ido preparando en el pasado para más acertadamente avanzar en el porvenir.

 

En el tercer tipo de elección no hay nada. No nos sentimos impulsados por ningún impulso ni en un sentido ni en otro. No obstante, hay que elegir. En ese caso, podemos hacer elección, con otra clase de discernimiento que podríamos llamar moral y racional, «usando de nuestras potencias naturales libera y tranquilamente» [177]

También en este caso lo importante para estar seguro de que, aun sin luz de lo alto, veo las cosas según Dios, es que la decisión la tome, y esto puede seguir siendo sometido a critica, pero que la tome y la viva de una determinada manera: esto es, en relación con lo absoluto de Dios que relativiza las cosas y con las disposiciones de paz y de apertura que me aseguren que estoy en el camino de Dios. Naturalmente, este trabajo de reflexión debo rodearlo de oración, de una oración que me sitúe en uno de esos momentos de la vida en que mi mirada es más lúcida y desinteresada. San Ignacio propone dos ejemplos de estas situaciones limites: ¿qué aconsejaría yo a un amigo que se encontrase en un caso semejante al mío?; ¿qué querría yo haber hecho en el momento de la muerte?.

Estos tres tiempos de elección no se excluyen mutuamente. Se puede pasar del uno al otro, en forma de ascenso o de retroceso. A veces para decidirnos tendremos que recurrir al tercero, porque nos encontramos sin luz y urge tomar una decisión. Pero el esfuerzo por desposeerse de sí y la atmósfera de oración que acompaña a este tercer tiempo, hacen que broten en nosotros «mociones de espíritus» o «consolaciones» que son una confirmación de que Dios recibe complacido la elección que hemos hecho [183]. Por el contrario, el que se nos presente una luz inesperada de Dios «sin intermediario» [15] y «sin causa precedente» [330] no nos dispensa de recurrir además al discernimiento y a la reflexión, para asegurarnos de que no hemos sido engañados por nuestras interpretaciones y sentimientos.

 

Dos advertencias hay que hacer, antes de pasar a examinar algunas aplicaciones:

Cualquiera que sea el objeto de la elección, cuando llega el momento de considerarle, es importante permanecer en una fuerte atmósfera de oración. Por eso hay que seguir contemplando los misterios del Evangelio, como antes, sólo que ahora los de la vida pública. En particular hay que recurrir con frecuencia a la importante meditación de las Banderas y pedir «que él me quiera recibir». Notemos también que si elección buena es la que brota de lo profundo de la libertad, de lo secreto del corazón, suele hacerse ante un testigo, un consejero espiritual, del que san Ignacio dice que «no se decante ni se incline a una parte ni a otra, mas estando en medio como un peso, deje inmediate obrar al Criador con la criatura y a la criatura con su Criador y Señor» [15].

APLICACIONES

Muchos quisieran encontrar un método practico y definitivo para resolver con certeza los diversos problemas que la vida les plantea. Tenemos tanto que hacer-suelen decir-que no tenemos tiempo para reflexionar. Vosotros, que sois especialistas, dadnos algún procedimiento sencillo para ver claro. Olvidan que la búsqueda de la voluntad de Dios no puede dispensar a nadie de emplear tiempo e inteligencia. Antes de decidir cualquier cosa es imprescindible plantearse los datos del problema y examinar sus diversos aspectos. Además, es bueno advertir, antes de entrar en el periodo de reflexión, que el empeño por hacer la voluntad de Dios, en algunas personas poco maduras, puede convertirse en una fuente de inquietudes que mate la capacidad de acción en lugar de favorecerla. Ni puede uno sentirse desobligado en estas materias de usar el sentido coman y los consejos de algunos amigos. Dicho de otra manera: antes de sacar conclusiones, conviene preguntarse si en el asunto que nos preocupa hay lugar para hacer elección en el sentido que hemos expuesto y si estamos en condiciones de hacer esa elección.

 

1. La elección de estado de vida

Sin pretender fijar arbitrariamente el momento en que tal elección deba hacerse, tenemos que decir que el tiempo de Ejercicios-y especialmente los días en que nos encontramos-es el momento más a propósito. Llegado el momento y teniendo en cuenta los diversos consejos que hemos ido dando a lo largo de estas páginas, con el fin de fijar las ideas, puede ser útil responder por escrito a las siguientes preguntas:

1. ¿Creo encontrarme con la madurez necesaria para decidirme libremente? ¿Qué motivos me hacen dudar de esa madurez?

2. ¿Por qué gracias de Dios creo haberme sentido favorecido desde mi infancia? Siempre es recomendable reconstruir a grandes rasgos la historia de Dios en mi vida. La meditación de nuestros recuerdos, expuesta mas adelante, puede ayudarnos en este momento.

3. ¿Cual es concretamente mi deseo actual? ¿Qué juicio me merece a la luz de estos Ejercicios? ¿Qué efecto produce en mi su aceptación o su rechazo?

4. ¿Qué obstáculos encuentro en mí, en los otros, en las circunstancias, que se opongan a su realización? ¿Hay algún motivo que pueda inclinarme más en un sentido que en otro? ¿Qué valor merecen, a mi juicio?

5. ¿Qué reacción produce en las personas que me conocen este deseo mío?

Naturalmente la contestación a estas preguntas debe hacerse con tranquilidad y, sobre todo, en oración. Si faltan la una y la otra es imposible conseguir la rectitud en nuestra búsqueda y el desinterés de corazón en nosotros. Con nerviosismo y turbación es mejor dejar de lado el examen y entregarse a la oración.

 

2. El cambio de estado de vida

No nos referimos aquí a esas decisiones cotidianas que son un continuo irse adaptando a los cambios de la vida. Para que esas decisiones que vamos tomando se acomoden al plan de Dios sobre nuestra existencia y sobre el mundo, el medio mejor es el examen de conciencia tal como lo presentamos al final de estas páginas. Rectamente practicado consigue mantener a lo largo de los días las disposiciones necesarias para toda buena elección.

Tampoco es nuestro propósito extendernos en tratar esas decisiones que tomamos de cuando en cuando y que modifican el curso de nuestra existencia. Una oportunidad que se nos presenta desde el exterior, un acontecimiento inesperado, un deseo que nos ilusiona desde hace tiempo, nos impulsa a veces a comprometernos nuevamente. Este caso hay que tratarlo exactamente igual que el anterior: la elección de un estado de vida. Estas decisiones son normales en asuntos en que la elección anteriormente hecha puede siempre cambiarse. Forman parte de esa fidelidad que pretendemos tener con respecto al plan de Dios, lo mismo en las ocasiones trascendentales que en las mas triviales.

El caso es diferente-y es frecuente hoy día-cuando se trata de una decisión que de suyo es definitiva, y en la que acaba de hacerla reconoce claramente: me he equivocado. No tenía la madurez necesaria para decidir. He sufrido presiones y condicionamientos. Se cree un deber de lealtad plantearse de nuevo toda la cuestión. Algunos además añaden: ¿tiene sentido un compromiso de por vida? Cuando cambian las circunstancias, hay que revisar la decisión. No parecen buenas soluciones en ese caso, ni la fidelidad ciega y voluntariosa, ni el cambio repentino. Ante el hecho de la perdida de la certeza de estar haciendo la voluntad de Dios, la cuestión es: ¿cómo recuperarla con autenticidad y paz? Son inútiles para esto las discusiones teóricas, el seguir dando vueltas a lo pasado, la esperanza de los cambios estructurales rápidos. Aunque las apariencias les den la razón, en realidad se equivocan lamentablemente quienes buscan la solución fuera y no dentro, en la transformación interna de su ser, a partir de la situación concreta en que viven. Hay que aprovecharse de la situación en que uno está, para crecer en libertad, aunque aparentemente eso lo estime uno como quedar encadenado. De este cambio personal-que en Ejercicios se llama reforma de vida-es de donde en primer lugar hay que esperar que surja la luz. Cambio que hay que llevar a cabo simultáneamente en dos planos diferentes: el humano y el espiritual, y que en los dos planos se desarrolla según un mismo sentido: salir de si mismo para poder entregarse mas plenamente, «salir de su propio amor, querer e interese» [189]. ¿Qué se puede esperar de bueno de una persona que enjuicia al mundo y a los demás, pero que no es capaz de empezar por enjuiciarse a sí mismo? Necesariamente se quedará insatisfecho, amargado, inquieto. Eso manifiesta que a lo largo de la vida no se ha adaptado al plan de Dios.

En esta clase de situaciones es más necesaria que nunca la ayuda de un consejero humano, desinteresado y espiritual. El que, con pretexto de autonomía, pretende arreglarse solo sus propios problemas, necesariamente se va sumergiendo más en el pantano. Debe ayudarle el apoyo fraterno a soportar el golpe sin que se desfonde su anterior equilibrio. Cuando un individuo pretende someterse a un chequeo a fondo, pero en soledad, tiene el peligro de destruirse más aún. Si por el contrario acepta este largo y doloroso vía crucis, comprenderá que no hay otro camino para encontrar en paz a Dios, y lamentará no haberlo recorrido antes.

Entonces puede ocurrir una de las dos cosas: o bien este prolongado esfuerzo, en que quien lo hace ignora si saldrá con éxito y de qué manera, viene a ser ocasión de ir conociendo los impulsos de la verdadera libertad, antes desconocidos y ahora cada vez más frecuentes y mas intensos; esto es señal de que sin duda pronto se volverá a encontrar el camino anteriormente escogido, pero ahora recuperado por motivos «puros, limpios y sin mixtión» [172]. 0 bien, por el contrario, nos encontramos más turbados todavía, y eso es a lo más que podemos llegar, a pesar de realizar todo este esfuerzo con rectitud de corazón. A pesar de nuestra buena voluntad, esto es señal de que el camino que habíamos emprendido no es para nosotros y que podemos abandonarlo sin temor. También esto ultimo es sana elección. Aunque tengamos que abandonar el camino que en un cierto momento otros individuos y nosotros mismos creímos que era el mejor; eso no significa nada. La paz que acompaña a la decisión es indicio de que ahora obramos bien.

De todas maneras, a todo el que me dice: Yo he perdido mi vocación, lo primero que se me ocurre es preguntarle: ¿Has hecho lo que está de tu parte para conservarte en el modo de vida que permite que esa vocación, si es verdadera, se desarrolle? Una vocación nunca es una cosa terminada. Puede enriquecerse o degradarse. La indiferencia hacia ella la hace desaparecer. Si ahora sentís repugnancia hacia aquello mismo que en otro tiempo amasteis, seguid el consejo de san Ignacio: pedid al Señor que os escoja para aquello hacia lo que sentís repugnancia, solo que sea servicio y alabanza de la su divina bondad» [157]. La lucha contra una repugnancia persistente, a la larga, hará ver claro que la voluntad de Dios no es eso lo que desea. Empeñarse en perseverar en eso seria obstinación. Por el contrario, si a través y más allá de esta repugnancia, encontráis la paz, y si veis que así toda repugnancia se desvanece, es señal de que Dios os concederá realizar aquello mismo que repugna a vuestra sensibilidad.

 

3. Las decisiones en una comunidad

La cuestión de las decisiones que adopta, no un individuo, sino una comunidad, parece hoy día una cuestión nueva. En realidad se remonta a los Hechos de los Apóstoles, cuando los discípulos reunidos decidieron escoger a Matías o enviar a Pablo y a Bernabé. Tiene un puesto en la historia de la Iglesia, siempre que un grupo de hombres con la madurez del Espíritu Santo se reúnen a realizar un trabajo conjunto. Se suele citar como ejemplo la deliberación de los primeros discípulos de san Ignacio para decidir si debían hacer permanente la unión que entre ellos existía.

Para que sea posible el que todos conjuntamente colaboren en una decisión, parece que ha de requerirse un cierto número de condiciones, como ocurre en los casos de decisiones individuales. En primer lugar, de orden humano. Semejantes condiciones parece que no podrán florecer entre personas que no se conocen o entre las que existen conflictos latentes. El vinculo humano aquí, como en tantas otras ocasiones, es completamente necesario. Hay además condiciones de orden espiritual. Esta comunidad que busca la voluntad de Dios debe reunirse con un mismo designio espiritual y apostólico. El vinculo esencial de sus miembros debe estar constituido por una misma fe en Jesús y una comunidad de vocación. En particular, esta comunidad debe hacer la experiencia de una oración en común. Eso es lo que dispone a abrir los corazones al Espíritu y a los otros, y asegura a cada uno dentro del grupo de que se siente miembro, la independencia necesaria para decir con libertad lo que le parece justo y para liberarse de las posibles presiones inconscientes. Una de las mejores maneras de poner en práctica esta oración en común es hacer juntos unos Ejercicios.

En la búsqueda de una decisión se encontrará algo parecido a los tres tiempos de elección de que hemos hablado. Puede producirse una inspiración de la que nadie dude: «Separadme a Bernabé y a Saulo» (Hech 13,2). También puede darse un discernimiento prolongado de las aspiraciones y atractivos largo tiempo experimentados por el grupo, hasta el día en que se impone tomar la decisión. Puede producirse también, finalmente, una deliberación fraterna en que cada uno se esfuerza por ofrecer un corazón abierto y desinteresado, lo mismo a las diversas opiniones que a las nuevas llamadas, para llegar a la luz. Semejante discusión sólo conduce a un discernimiento espiritual, si además de ser un libre intercambio de puntos de vista, supone una sumisión con que todos dejan que el Espíritu guíe su corazón.

Esta oración, al hacerse más profunda, consigue que se superen las expresiones, a veces discrepantes, de la luz que reciben. El Espíritu, como en Pentecostés, hace que se descubra la realidad vital de todos y de cada uno por encima de las diferencias del lenguaje. Como en el caso de las decisiones individuales, tampoco puede haber aquí un método perfectamente determinado. También aquí el peligro, como en tantas ocasiones, está en querer ir demasiado deprisa, en arrastrar hacia si la opinión de los demás, en el fondo, de no renunciarse lo bastante para dejar su puesto a los otros y a Dios. En los diversos casos examinados, llega el momento de terminar. Esto no es difícil si hemos llegado a conseguir una elección limpia: he descubierto un camino que seguir, o la confirmación de un camino por el que iba. Pero ¿que ocurre si llego a la conclusión de que no hay nada claro? ¿Tendré que reconocer que he fracasado? No podré llegar a esta conclusión, si examinando el camino recorrido durante estos días, me esfuerzo en determinar por qué no avanzo más. También es elección el aceptar las cosas como son, aunque de momento sea preciso confesar que no me es posible escoger de manera clara y firme. No han desaparecido las dificultades, pero veo mejor cómo debo sobrellevarlas y seguir adelante.

¿Es necesario escribir? Una elección que es una decisión no supone un escrito, más que en la medida en que comporta un compromiso, algo así como la firma al pie de un contrato. El escrito ayuda también a concretar el objeto de la elección y a recordarlo. En ese caso, está bien que escribamos, pero sin dar a lo escrito más importancia de la que tiene. Si hacemos literatura, luego las palabras envejecen.

En conclusión, lo importante en todo lo que se refiere a nuestro comportamiento humano y a nuestras diversas decisiones es dónde ponemos la mira. «En toda buena elección, en cuanto es de nuestra parte, el ojo de nuestra intención debe ser simple» [169]. En torno a un mismo objeto, las elecciones varían según cada individuo. En la misma persona, varían también con el fluir de la vida. El hábito de discernimiento permite descubrir los signos de Dios, a través de las situaciones más variadas, es decir, cómo Dios va realizando en todo su Reino con relación a todos, para bien de los que le aman. En cualquier problema, el discernimiento, aunque no llegue a conseguir ninguna certeza, siempre sabe remontarse hasta la fuente.

PARA LA ORACIÓN DE ESTE DÍA

 

1. EL JOVEN RICO Y PEDRO (Lucas 18, 18-30)

Este episodio presenta ante nosotros la disposición fundamental para hacer una buena elección. No se trata aquí de huir del mal o de guardar los mandamientos: yo los he guardado desde mi juventud, dice el joven rico. Los bienes suyos los posee legítimamente: no los ha robado. Pero son para él causa de tristeza: más que poseerlos, le poseen ellos a el. No esta libre para amar.

También nosotros nos encontramos, como consecuencia de la invitación de Jesús, en el plano de lo más perfecto, es decir, en el plano del amor. Los bienes a que te sientes ligado no son mas que medios, y tú has hecho de ellos algo absoluto. Abraham, el padre de los creyentes, no lo hizo así: su «único» y legitimo hijo no se lo negó a Dios; y eso no por temor ni por conveniencia, sino por la certeza de que Dios que se lo pedía era fiel a sus promesas y «capaz de resucitar a los muertos» (Gen 22, 1-19 y Hb 11, 17-19). Nos encontramos ante la incondicionalidad del amor, que es capaz de conciliar cosas contradictorias. Para el que cree, nada es imposible en Dios.

La reacción de Pedro lo confirma. Nosotros hemos dejado todas las cosas, dice. Le vienen a uno ganas de contestar: ¿que es lo que has dejado?, Pedro. Una casucha, una barca y unas redes... ¿Que es eso en comparación de las riquezas del joven rico? Para Jesús la cantidad no tiene importancia, sino la calidad del don, en relación con lo que somos y tenemos. ¿Para qué vamos a imaginar situaciones excepcionales?

El Señor, que se entristece al ver alejarse al joven rico, se agrada en la reacción de Pedro. En verdad, todos los que hacen como él «recibirán el ciento por uno en esta vida y después la vida eterna». Como Abraham, lo que ellos estuvieron dispuestos a perder en el plano natural, lo recuperan en un plano distinto, el plano de la libertad y de la gracia. Todo-aun su hijo mas querido-se convierte para ellos en regalo de Dios. Es una especie de juego al gana-pierde, que les hace encontrar la vida y la paz (Jn 12, 23-26).

El que quiere alcanzar estas cumbres del amor tiene que luchar con Dios en la oración, como Jacob en el vado de Yabboq (Gn 32, 23-33). «No te dejaré hasta que me hayas bendecido». De esta lucha el hombre sale renqueando, pero libre para vivir.

 

2. LA GRACIA DEL DISCERNIMIENTO

Dos imágenes pueden ayudar a comprender la naturaleza del discernimiento: la unción (1 Jn 2, 26-27) y el tacto (Filip 1, 2-11). La unción, como la gota de aceite penetra en el tejido, así impregna la intimidad del hombre, de las verdades que ha recibido (Jn 14, 26), de forma que ya no tiene necesidad de que se las enseñen. Este conocimiento, que se ejercita con la espontaneidad del instinto, se concede a quien encuentra en la ley de Dios sabor y gusto (Sal 119-118).

Este discernimiento forma en nosotros parte de la obra que consuma en nosotros aquel que la ha comenzado en orden al advenimiento del Día de Cristo. No puede separarse del crecimiento de la caridad, que es para el cristiano fuente de la verdadera ciencia. Es el amor el que nos confiere ese «tacto afinado para discernir lo mejor». El hace que veamos lo que el corazón cerrado no es capaz de ver.

Bienaventurados los corazones limpios: ellos verán a Dios (Mt 5, 8). El corazón endurecido hace que se cieguen los ojos (Jn 12, 37-47). El discernimiento es el signo de la madurez del fruto que hemos producido en Cristo (Jn 15, 1-10).

No suele darse a los principiantes, a los que están todavía «en los primeros rudimentos de los oráculos de Dios». Se desarrolla paulatinamente en los que se van acercando a la «enseñanza perfecta» y se conservan mediante el ejercicio de ese sentido, en el «gusto» del don celestial y en el «sabor» de la excelencia de la palabra de Dios (Heb 5,11 a 6,8). Encamina «hacia el verdadero conocimiento» a los que se han revestido del hombre nuevo y se renuevan según la imagen de su Criador (Col 3,10). Con el se renueva «el juicio» y permite «discernir» cual es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo que es perfecto (Rm 12,2).

Por la presencia de estos frutos el creyente reconoce en si la acción del Espíritu (Gal 5, 16-25): la caridad, el gozo, la paz... No son las obras de caridad en sí mismas las que se dan a conocer, porque los fariseos y los paganos pueden hacerlas también (Mt 6, 1-18); pero ellos ya han recibido su recompensa. Es la manera cómo esa obra se lleva a cabo y que en nosotros, como en Jesús, manifiesta que viene de Dios (1 Cor 13, 1-7). En la vida del cristiano todo esta implicado: no es separable el cuidado de discernir del conjunto de la acción del Espíritu en nuestra vida.

 

3. LA MEDITACIÓN DEL RECUERDO

A medida que el creyente va avanzando en su vida, se va desarrollando en él el recuerdo de las maravillas que en él Dios ha realizado, como también en favor de su pueblo y de la humanidad. Sería interminable el recuento de los salmos de recuerdo -cf. Sal 105-104 y 106-105. Repasándolos aprende el hombre a reconocer los caminos de Dios.

En forma semejante cada uno de nosotros, recordando los momentos importantes de su vida, va descubriendo en ellos unas constantes. La línea que los une y la dirección que sigue es un medio para descubrir el final hacia el que Dios nos conduce.

Una meditación así planteada es un adelanto de la «contemplación para alcanzar el amor de Dios»: «Traer a la memoria los beneficios recibidos». A través de este proceso de reconocimiento se nos lleva «a amar y servir a Dios en todas las cosas» [230-237].

 

4. EL DESARROLLO ESPIRITUAL DE PEDRO

Existe el peligro de hacer de la elección, como de los Ejercicios, una construcción racional. Fácilmente tendemos a resolver los problemas sólo con la valoración de los motivos humanos. Por eso es conveniente esforzarse en este periodo en la oración. El mejor medio para eso es la contemplación de los misterios de la vida del Señor, y particularmente de su vida apostólica. De acuerdo con el ejercicio del discernimiento, debemos considerar aquellas escenas típicas de la manera con que Jesús llama y conduce a sus apóstoles, particularmente a Pedro.

 

En forma global, podríamos comenzar señalando algunos caracteres de la vocación divina, siguiendo el análisis que de ellos hace san Ignacio [275]. La llamada se deja escuchar progresivamente y con mucha suavidad. Prescinde del valor o méritos de las personas: los apóstoles «eran de ruda y humilde condición». Sin discriminación, se dirige a Felipe, hombre sencillo, y a Mateo, pecador y publicano, lo mismo que a los demás apóstoles. Todos ellos son invitados a recibir los dones que les elevan por encima de lo que el hombre puede imaginar: son escogidos para ser «compañeros suyos», y así, predicar y echar los demonios (Me 3, 13-19). Toda vocación liga la pequeñez del hombre con la grandeza de Dios en la gratuidad del amor. En el grupo de los apóstoles, Pedro parece objeto de una formación peculiar. Ponemos a continuación las escenas en que interviene de forma particular. A través de ellas podemos seguir su evolución:

Jn 1,40 : La mirada de Jesús a Pedro.
Lc 5,1-11 : El «estupor» de Pedro.
Jn 6,67-71 : ¿A quién iremos, Señor?
Mt 14 a 17: Camina sobre las aguas. Confesión en Cesarea de Filippo.
La reprensión a Pedro. La Transfiguración.
Mt 17,24-27: ¿Quien paga el impuesto? ¿Los hijos o los extraños? La libertad de los hijos.
Mt 18, 21-22: El perdón universal. ¿Cuántas veces hay que perdona?
Mt 19,27-29: Todo lo hemos dejado por ti. ¿Qué será de nosotros?
...Todos éstos tendrán que ser «pasados por la criba» (Lc 22,31-34).

Podemos detenernos en algunas escenas más significativas de Mt. 14-17. Describen el método usado por Jesús en la formación del apóstol.

 

Comienza probando su fe: el caminar sobre las aguas.

Jesús se aleja para orar en soledad, mientras se desencadena la tempestad. El Señor deja al hombre abandonado a si mismo, para hacer que crezca en la fe. Yo te hice caminar por el desierto... con el fin de probarte... como un padre educa a su hijo (Dt 8, 1-6). El hombre abandonado a si mismo y sobrecogido de temor deja de reconocer a Dios: los discípulos creían ver un fantasma. La vuelta del Señor les enseña «la ciencia de esperar en Dios» (san Francisco Xavier) y a no estribar sobre si mismos. Pero el Señor purifica más aún la fe de Pedro. El pide con espontaneidad: «Si eres tú, manda que yo vaya a ti». Avanza. A su confianza se mezclan aún algunas impurezas. Se apoya en sí mismo y mira lo que hay bajo sus pies. Se hunde. El reproche que le dirige el Señor, eficaz como toda palabra de Dios, produce en su corazón una fe nueva.

 

La trilogía: confesión, reprensión, transfiguración.

Pedro recibe la revelación del Padre. «Esto te lo ha revelado el Padre» -le dice Jesús-. «Nadie viene a mi si el Padre no le atrae» (Jn 6, 44-46). Pedro forma parte de aquellos pequeñuelos a quienes se revelan los misterios de Dios. Así, pues, está en condiciones de llegar a ser testigo de la fe, piedra sobre la que se edifique la Iglesia creyente. Nada prevalecerá contra ella.

Pero Pedro, como a veces nos ocurre a todos, es demasiado rápido para creer que ya esta todo hecho. Habla bajo la inspiración del Espíritu, pero no mide suficientemente la trascendencia de lo que dice. Queda sorprendido ante la primera dificultad: no te puede suceder semejante cosa, objeta a Jesús cuando predice su Pasión: «Retrocede, eres un Satanás, no tienes palabras de Dios, sino de hombres». Vuelto en si, Pedro tiene que escuchar, con gran disgusto, como los demás: «Si alguno quiere seguirme, que se niegue y tome su cruz». Es necesario que siempre volvamos a esto: no se puede conocer a Jesús como hijo de Dios más que en las manifestaciones de su amor, en la cruz. Pedro tiene todavía un largo camino por recorrer para llegar a entenderle.

Sin embargo, «seis días después» Jesús se manifiesta a él en la gloria del Padre. De momento Pedro, balbuciente y sin saber qué decir, se limita a ser testigo de unos acontecimientos que le superan. Allí se le comunica todo de una vez: el Éxodo que tendría lugar en Jerusalén (Lc 9,31), los importantes testigos, Moisés y Elías, la nube, signo de la presencia de Dios. ¿Qué significa todo esto? No lo comprenderá hasta después (Jn 13,7). De momento, levantando los ojos, no ve ante si más que a Jesús solo. Tiene que bajar de la montaña y marchar a Jerusalén, con cuidado de no decir nada de lo que ha ocurrido.

Así también en nuestras vidas, no llegamos de golpe, a la primera, a comprender lo que nos sucede. La realidad puede dársenos desde un momento, toda entera, pero todo queda confuso. Hasta que el camino quede claro hemos de pasar noches, quizás incluso negaciones. Sin embargo, sigue siendo el Señor, quien nos guía. Más tarde recordaremos haber escuchado antes, como Pedro, la palabra profética, y la miraremos «como lámpara que brilla en lugar tenebroso, hasta que llegue el día» (I Pt 1, 12-21).

Esta advertencia posiblemente encierra todo lo que se refiere a la elección: Pedro desea inmediatamente la solución de todos los problemas que se plantea. En el nivel en que se encuentra, no puede encontrar la certeza absoluta. Es necesario unirse a Cristo «tomando resueltamente el camino de Jerusalén» (Lc 9 51). Una decisión tomada entonces con ese espíritu puede resultar un fracaso, al menos aparente. Lo importante es estar seguros de que Dios quiere nuestra decisión, como Cristo cuando sube a Jerusalén. Lo que venga después no nos pertenece.

AL FINAL DE ESTOS CUATRO DÍAS

Los Ejercicios, especialmente los de esta segunda etapa, ponen en juego la capacidad creativa de una persona, lo que constituye su personalidad humana, sometiéndola en libertad al dinamismo superior del Espíritu. Algunos corren peligro de quedar desconcertados en esta operación. No están acostumbrados a solucionar sus problemas vitales con esa profundidad. Habitualmente se quedan en el plano de la razón y de la prudencia humana.

La experiencia de los Ejercicios se parece más bien a lo que le ocurre al artista, al político o a la persona que ama. Surge en él un impulso que no depende de él. Si pretende dominarlo, lo mata y mata lo mejor que hay en él. Es preciso integrar esta fuerza que viene de fuera. En este trabajo, la razón tiene un puesto, pero no el ordinario. Recibe los datos, comprueba los resultados, los compara entre sí. Pero es incapaz de prever lo que luego hará en la vida. Prepara la decisión, pero la decisión no le pertenece. Está al servicio de algo que la supera. El objeto de todo este trabajo interior, unas veces la transporta a terrenos que la superan, otras la relega a la más absoluta ignorancia; y así tiene que irse abriendo camino hacia lo desconocido, hasta el día en que surge la evidencia. Y aun esta evidencia, así brotada, no puede hacerla propiedad suya, so pena de secar la fuente de la inspiración. Se exige una nueva e incesante fidelidad a ella. Ella, una vez aceptada, le conducirá a nuevas aventuras, a nuevas creaciones. Lo mismo ocurre a quien queda invadido por el Espíritu Santo: «¿Qué camino he comenzado?», se pregunta con san Ignacio. La vocación que le impulsa hacia adelante no se parece ya a un programa que realizar, sino más bien a una perpetua invención dentro de una fidelidad.

¿Son todos aptos para correr esta aventura? Hace el efecto que san Ignacio pensaba que no. A algunos, dice, conviene «no proceder adelante en materias de elección». [18]. Pero los que muestren una gran capacidad natural y grandes deseos espirituales, encontrarán en esta forma de proceder la liberación de su ser y su actuar, mientras los de menos capacidad no encontrarán más que complicaciones y hastío.

La regla suprema parece ser en esto la aceptación de si mismo. El método de los Ejercicios para llegar a la elección no es más que un medio. Como los consejos que se dan a uno que pretende crear o amar, no aprovechan más que a quien es apto para seguirlos. Lo que para uno es útil, puede ser perjudicial o incomprensible para otro. «Cada uno recibe de Dios su propio don, uno, uno y otro, otro» (1 Cor 7, 7). Lo que permite a unos y otros llegar a una unanimidad no es la identidad de los caminos recorridos, sino el reconocimiento de todos en un único amor a Cristo. El camino conveniente para cada uno es el que le hace conseguir la libertad de amar en verdad y de reconocer en si mismo y en los otros la universal gracia de Dios.

Lo importante para cada uno, en el descubrimiento de su propio camino, es no quedarse a mitad del recorrido, entre la incertidumbre y la insatisfacción, sino caminar seguro de si, una vez que hayan encontrado lo «que más les pueda ayudar y aprovechar» [18]. Eficacia, humildad y paz están ligadas, de modo que, dentro de su diversidad, todos se reconozcan exclusivamente como discípulos de Jesús.

Cualquiera que sea la conclusión a que hayamos llegado al final de esta segunda etapa, el objetivo se habrá conseguido si cada uno queda liberado de la amargura de no encontrarse tal como se había imaginado, o, al contrario, queda vencedor de la tentación de sentirse satisfecho con los resultados conseguidos. Tenemos que experimentar en estas situaciones opuestas, que no cumpliremos la voluntad de Dios más que superando lo que somos y aquello que vivimos. Volvemos a encontrar, pero en un grado mayor de profundidad, el mismo dilema en que nos encontrábamos encerrados al final de la primera etapa. O estás en paz, y entonces has de permanecer vigilante. O no lo estás, y entonces has de esforzarte en recuperarla. Sólo avanzarás aceptando el no detenerte en ti mismo. San Juan dirá: O tu corazón te condena, y entonces piensa que «Dios es más grande que tu corazón y conoce todas las cosas»; o no te condena, y entonces vuélvete más hacia Dios, al cual tienes libre acceso (1 Jn 3, 20-21). Por medio de Cristo, entra en el misterio de la Pascua, que es el misterio del «paso», de la salida.

 

 

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