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Jean
Laplace - Los ejercicios espirituales de diez d�as
(�ndice)
Día
7º
Educación para
el discernimiento: la elección.
PLAN DEL DÍA:
MANERA DE ELEGIR
Pido a Nuestro Señor ser escogido, ser recibido.
Me ofrezco como Pedro: Deseo seguirte en la vida y en la
muerte. Yo daré mi vida por ti.
Adondequiera que me lleves, yo te seguiré.
Pedro dijo estas cosas y se engañó. El
corazón generoso y ambicioso de grandes planes no le
impidieron caer en tan grandes errores.
¿En qué condiciones puedo yo decir cosas
semejantes? ¿Cómo puedo asegurarme, en una
elección que creo buena, que voy a ser fiel al plan
de Dios? Esta cuestión plantea al mismo tiempo otra
sobre la educación en el Discernimiento, y de la
elección para la que ella prepara. Una cierta
disposición del corazón, mantenida y
desarrollada a lo largo de la vida, puede asegurar en el
momento preciso la conformidad de nuestra elección
con el Espíritu del Señor.
LA ELECCIÓN, ¿DE
QUÉ SE TRATA?
Esta palabra forma parte del vocabulario ignaciano y
requiere una explicación.
Tenemos el peligro de ver en ella el acto con que el
hombre, una vez que se ha cerciorado de sus motivaciones y
sopesado el pro y el contra, se decide por una cosa. Este
acto de libertad, que el hombre realiza mediante sus
«potencias naturales», que el hombre ha utilizado
«libera y tranquilamente» [177], no es
más que un aspecto de la elección. Cuando se
hacen los Ejercicios se nos conduce con Jesús por los
caminos del Espíritu. La elección se
convierte, entonces, en un acto por el que el cristiano, que
reconoce en si la acción del Espíritu, se une
en su vida humana con el acto de Cristo que, en las
circunstancias triviales o trascendentales, cumple la
voluntad del Padre.
En un acto semejante de elección interfieren dos
planos distintos: el de la libertad del hombre y el de la
acción del Espíritu. Bajo el influjo de esta
acción el acto de libertad llega a ser verdadera
elección: «El amor más o menos que me
mueve y me hace elegir tal objeto debe descender de arriba,
del amor de Dios».
La elección supone que nuestros puntos de vista se
sitúan bajo la luz y dentro del impulso del
Espíritu Santo. No empiezo por desear determinado
objeto particular, matrimonio o sacerdocio, tal
profesión o tal misión determinada. Comienzo
por desear a Cristo Jesús, cuya mano reconozco sobre
mi. Todo lo demás lo deseo sólo dentro de esta
voluntad que me hace querer ante todo a Jesucristo de una
manera única. Por lo demás, para decidirme a
esto o a aquello, no me apoyo solamente en el esfuerzo de mi
razón, sino también en la acción que el
Espíritu desarrolla en mi, haciéndome sentir
su voluntad, como hizo con Cristo que fue «conducido
por el Espíritu».
¿De qué cosas hay
que hacer elección?
En algunos casos, la elección consiste en
decidirse por un estado o por un proyecto vital, en tanto en
cuanto se nos presentan como implicados en el Reino o en su
búsqueda. Nada tan a propósito como los
Ejercicios para llevar a cabo con plenas garantías
una elección de este tipo, y recibir el don que lleva
consigo, o mejor para ponerse en las condiciones requeridas
para esta realización, como se verá cuando se
presente la ocasión.
Para los que no tienen elecciones particulares que hacer,
la elección consiste en una adhesión
más consciente y mas libre a lo que constituye lo
esencial de nuestra vida, la entrega y dedicación mas
personal a una vocación en la que nunca acabamos de
entrar plenamente.
En todo caso, lo que importa es la actitud de fondo
requerida por la elección. Es eso lo que nos hacen
encontrar los Ejercicios, asegurando así que las
elecciones que vamos haciendo en nuestra vida ordinaria sean
según Dios y que permanezcamos dóciles al
Espíritu Santo.
Dicha actitud de fondo, en la práctica de la vida
diaria, es la entrada en un orden perennemente nuevo; es la
acción del Espíritu, que no se sabe de
dónde viene ni adónde va, pero que nosotros
sabemos que actúa continuamente y nos guía.
Nuestra libertad, para dejarse llevar quizás a donde
menos espera, se hace receptiva como ante un amor que se
ofrece y es correspondido.
Considerada en esta forma, la elección difiere
mucho de las resoluciones. Son éstas, decisiones o
aplicaciones prácticas, tomadas para avanzar en un
sentido o en otro. Son de orden moral, útiles para
asegurar la perseverancia en el esfuerzo, pero limitadas,
como el esfuerzo mismo. Toda esta preparación
espiritual de los Ejercicios no es necesaria para estas
determinaciones. Para eso bastaría el consejo de un
buen amigo o un buen examen de conciencia. Indudablemente
esas resoluciones no son enteramente independientes de la
orientación profunda de la vida; son un medio para
realizarla en la vida cotidiana, pero no deben confundirse
con la elección. Esta es la que, por medio del empleo
de determinados procedimientos, asegura la unidad profunda
del ser, a partir del descubrimiento de la acción del
Espíritu Santo.
DISPOSICIONES PARA LA
ELECCIÓN
No puede cualquiera hacer elección, como tampoco
cualquiera puede hacer discernimiento. La preparación
y la calidad del hombre son para esto más importantes
que la decisión de hacerlo. Ocurre aquí como
en toda empresa humana: la decisión exige que sea
tomada por un hombre. Aunque sea espiritual el edificio que
se pretende construir, nadie puede permitirse economizar
esta realidad fundamental.
1. Madurez humana
Algunos tienen el peligro de fiarlo todo a su capacidad
intelectual. Pero puede uno disertar con vehemencia sobre la
libertad y sobre la madurez afectiva, y seguir siendo un
adolescente. La primera regla en este sentido es que no ha
de permitir uno dejarse dominar por nada, ni diplomas, ni
reputación, ni méritos adquiridos, ni
categoría social. Para hacer una verdadera
elección es necesario estar dispuesto a conocer lo
que en realidad somos. Uno quiere al mismo tiempo decidirse
y no decidirse. Uno habla como los libros que ha
leído y repite lo que ha oído decir sobre si
mismo. Pero, en primer lugar, hay que aceptar el poner en
claro lo que en uno hay. Sin eso, todo se reduce a dar
vueltas interminables a razones que cada una tiene su valor,
pero de las que no se puede salir jamás, porque en
ellas uno no se expresa.
El retiro de Ejercicios, por el hecho de que implica la
totalidad del hombre, puede ayudar a abrir los ojos. A veces
se puede conseguir este mismo resultado mediante la
entrevista asidua de un consejero, siempre a partir de las
experiencias que uno mismo hace. El contacto con la realidad
diaria, con un ambiente diferente del ordinario, o con otras
condiciones de vida, es igualmente útil para hacer
luz en torno a uno mismo, con la condición de saber
lo que puede esperarse de tales contactos: ante todo una
experiencia para conocerse a si mismo y abrirse al
Espíritu. En esta búsqueda es útil
servirse de los procedimientos que los científicos
psicólogos y sociólogos ponen hoy en
día a nuestra disposición.
Sería equivocado esperar milagros o cambios
repentinos de estos procedimientos. El llegar a plantearse
la propia realidad requiere tiempo, aunque se comience a
hacerlo en la madurez. Hay muchos que dicen: yo no me
encuentro a gusto en esta profesión; o bien: no
estaba yo suficientemente maduro cuando tomé aquella
decisión De resultas de eso, infieren que deben
cambiar de estado. Lo importante en ese caso es comenzar por
cambiarme a mi mismo a partir de lo que estoy viviendo. Si
yo descubro en mi una inmadurez en el sacerdocio, el
matrimonio por si mismo no me hará más
maduro.
¿Podría definirse cuál es la madurez
necesaria para una buena elección? Muy
empíricamente podría decirse que aquél
está en condiciones de conseguirlo, que ha llegado a
distanciarse de la tutela paterna, de sus educadores y de
los que de alguna manera se le pueden imponer, y esto no
solamente con el rechazo o la mera critica, sino con la
voluntad de ocupar su puesto en el concierto de los hombres.
En la verdadera madurez hay una cierta modestia, una
ausencia de sectarismo. A estos rasgos hay que añadir
la ausencia de inseguridad ante las propias reacciones
afectivas. Ni las niego ni las tomo como norma. Las acepto
como un hecho. Esta actitud nada tiene que ver con un
pretendido dominio de si, frecuentemente acompañado
de ingenuidad y desprecio de los demás.
Sin este desarrollo natural, pretender ejercitarse en el
discernimiento espiritual tiene el peligro de conducir al
caos y a la ilusión. Ninguna forma de vida espiritual
puede desarrollarse con una base de rechazo o ignorancia de
lo natural.
2. La rectitud o pureza de
motivaciones
No basta, para determinar nuestra elección, que el
objeto propuesto sea bueno. Ni siquiera basta reconocer
nuestra aptitud respecto a él, o los deseos generosos
que en nosotros despierte. No hay que hacer todo lo que se
nos presenta como bueno. Es necesario someter a examen la
calidad de los motivos que me impulsan. A veces puede
hacerse una acción buena por motivos malos o
mezclados: de secreto temor, de búsqueda de si mismo.
Es necesario que nuestro ojo este sano. «La
lámpara de tu cuerpo es tu ojo. Cuando tu ojo
está sano, todo tu cuerpo está en luz; pero si
está enfermo, también tu cuerpo está en
tinieblas (Lc 11, 34). «En toda buena
elección-dice san Ignacio-en cuanto es de nuestra
parte, el ojo de nuestra intención debe ser
simple» [169].
Para llevar a cabo esta imprescindible
purificación, propone san Ignacio una interesante
meditación, que titula: «De tres binarios
(grupos) de hombres, para abrazar el mejor»
[149-157]. No basta poseer una suma de dinero
legítimamente, para hallar la paz del alma: el joven
rico es un perfecto ejemplo de esto. Es además
necesario poseerla «pura y debidamente por amor de
Dios». Cuántos hay que se privan de comodidades,
se fatigan trabajando por Dios, hablan de la justicia y del
amor a los demás, y no hacen más que su
capricho. Prueba de ello es el disgusto cuando las cosas no
salen conforme a sus proyectos. Nunca van al fondo de las
cosas, y por si acaso lo intentan, lo que hacen es acomodar
la voluntad de Dios a sus propios deseos. Sólo sirven
a Dios con rectitud de corazón los que «no le
tienen afección a tener la cosa adquisita o no la
tener». Solo quieren conservarla o rechazarla
«según que Dios nuestro Señor le
pondrá en voluntad y a la tal persona le
parecerá mejor para servicio y alabanza de su divina
Majestad» [155]. Lo que se intenta encontrar en
esta voluntad son los motivos secretos de su
acción.
Digamos de paso que entendemos que este ideal tan
depurado no puede darse más que en seres humanos
notablemente equilibrados. Lo que sería para ellos
una fuente de libertad en la acción, sería
para otros origen de turbaciones interminables: estas
personas nunca acabarían de sentirse suficientemente
puros y dispuestos. Añadamos que semejante
disposición no se adquiere de golpe: es trabajo de
toda la vida. El Padre Lallemant, que hace de esto el tema
de su «Doctrina espiritual», lo propone a los
jesuitas al final de su formación. El examen de
conciencia, tal como lo hemos descrito y tal como lo
presentaremos al final de estos Diez Días, es un buen
medio para conservar esta disposición a lo largo de
los días.
3. La apertura al
amor
Este grado de purificación no es posible si no es
arrastrado por el dinamismo del amor: no puede ser el
resultado de un esfuerzo seco o de un examen riguroso.
Además, para hacer posible este incesante
«entrar» en el amor, en medio de las elecciones,
como en medio de la vida, san Ignacio presenta en el momento
de elegir una nueva consideración, conocida con el
nombre de «tres maneras de humildad»
[164]. En realidad son tres pasos en el camino del
amor.
Hay un primer grado de fidelidad, que brota del interior
del hombre; hay un segundo grado de purificación que
llega hasta la raíz de nuestros deseos,
haciéndolos totalmente transparentes al
Espíritu; pero más allá de
éstos, existe lo que san Ignacio llama tercer grado
de humildad, que es en realidad una locura de amar que ya no
se atiene a leyes. El amor del Padre se ha manifestado en el
Hijo hasta el total anonadamiento: Jesús se ha hecho
semejante al hombre a quien ama. Es el amor del siervo que
no busca tener reputación de justo, sino serlo. Con
Cristo, que se reviste y vive del amor, nosotros dejamos ya
de tratar de conseguir una perfección personal, sino
que tratamos de hacer todo «en servicio y alabanza de
su divina Majestad» La mayor gloria de Dios, que se
hace patente en el rostro de Cristo, se convierte en el
único anhelo del «alma enamorada» (san Juan
de la Cruz), desarrollo final de aquella disposición
de alma Pobre y de Niño, que quedó descrita en
las Bienaventuranzas.
A través de esta triple actitud llega el hombre a
vivir en equilibrio bajo el impulso del Espíritu. Es
un equilibrio en continua actividad. El equilibrio que se
establece entre dos personas que se aman con un amor
verdadero puede darnos una idea de lo que aquí se
realiza: los dos no tienen sino un mismo querer, un mismo
estilo, una misma manera de sentir. Se llega a una semejanza
perfecta. A partir de ella es como se hacen las mejores
elecciones.
¿CÓMO SE
HACE LA ELECCIÓN?
Los que al azar abran este libro tienen el peligro de que
lo que más les interese sea esta cuestión. En
realidad es secundaria con respecto a las precedentes
preparaciones y disposiciones. Aunque viniese un
ángel de Dios a asegurarte de que esa era su
voluntad, de tal manera que no pudiese dudar, siempre te
quedarías con reservas. Una cosa es la
inspiración y otra distinta la manera de recibirla.
La primera no depende de nosotros; la segunda sí. No
cesemos, pues, de mejorarnos nosotros mismos y de purificar
nuestro corazón en el amor.
Dice san Ignacio que hay un «tiempo» en que se
puede hacer «sana y buena elección», es
decir: el sucesivo desarrollo de estados de espíritu,
de deseos y de pensamientos. En el transcurso de esa
sucesión es donde nosotros podemos llegar a reconocer
la voluntad de Dios.
Existe un primer tipo de elección. Tiene
lugar instantáneamente. Dios «que entra y sale y
hace mociones en el ánima, trayéndola toda en
amor de la su divina Majestad» [330]
«mueve y atrae la voluntad» de tal manera que no
es posible dudar del origen de este impulso [175].
La presencia de la acción de Dios no tiene necesidad
de mas pruebas que ella misma. ¿Qué más
se puede desear? Dios es libre para actuar en el alma
«sin intermediario» [15] y así
impulsa a la persona, que asiduamente se ha ido disponiendo
para esta acción, «sin dubitar ni poder
dubitar». Lo único que hay que exigir de la
fidelidad del hombre en este caso es que no confunda esta
acción de Dios, con la interpretación que, sin
dudar de ella, puede el hombre hacer de la misma.
También es necesario al mismo tiempo recibirla con
alegría y permanecer vigilantes.
En el segundo tipo de elección,
también llegamos a conseguir una especie de evidencia
sentimental, pero a lo largo de días o meses. Hay una
serie de deseos pasajeros que se esfuman y rebrotan, hay
impulsos y repugnancias, o para usar la frase misma de los
Ejercicios «experiencia de consolaciones y
desolaciones». Es el caso más frecuente. Muchos
desconfían de él, porque es un asunto de
sentimiento, «de ángeles buenos y malos»...
Aunque nos alarme un poco la manera de hablar y requiera una
traducción a nuestro idioma, existe en el fondo una
realidad innegable. San Ignacio incita a someterla a
discernimiento.
El discernimiento consiste en esto: conservando las
disposiciones que antes hemos descrito, y por tanto dentro
del impulso de la vida del Espíritu, hay que ir
notando, a medida que se producen, los efectos que nos
causan nuestros deseos y sentimientos. Mediante el examen de
la duración y de la cualidad de mis deseos,
llegará un día en que consiga esa evidencia
porque me será dada. Lo que procede del demonio es
duro, excita la imaginación, reclama una
ejecución inmediata: el demonio no concede demora. De
ahí proceden tantas falsas vocaciones, tantas falsas
inspiraciones, aunque se dirijan a objetos buenos. El estilo
del Espíritu, aunque nos conmocione, aunque el objeto
que nos presenta produzca en nosotros reservas o
repugnancias, en definitiva sosiega a la persona, da
confianza en Dios y apertura a los demás. El
árbol bueno se conoce por sus frutos (Mt 7,
15-19).
Para practicar este discernimiento, es bueno comenzar por
detectar en la propia vida lo que podríamos llamar
las «constantes de Dios», que son aquellos puntos
u objetos hacia los que parece impulsarnos el
Espíritu en los períodos de más calma
de nuestra existencia Llegado el momento, podemos dar
nuestro consentimiento a aquello que se ha ido preparando en
el pasado para más acertadamente avanzar en el
porvenir.
En el tercer tipo de elección no hay nada.
No nos sentimos impulsados por ningún impulso ni en
un sentido ni en otro. No obstante, hay que elegir. En ese
caso, podemos hacer elección, con otra clase de
discernimiento que podríamos llamar moral y racional,
«usando de nuestras potencias naturales libera y
tranquilamente» [177]
También en este caso lo importante para estar
seguro de que, aun sin luz de lo alto, veo las cosas
según Dios, es que la decisión la tome, y esto
puede seguir siendo sometido a critica, pero que la tome y
la viva de una determinada manera: esto es, en
relación con lo absoluto de Dios que relativiza las
cosas y con las disposiciones de paz y de apertura que me
aseguren que estoy en el camino de Dios. Naturalmente, este
trabajo de reflexión debo rodearlo de oración,
de una oración que me sitúe en uno de esos
momentos de la vida en que mi mirada es más
lúcida y desinteresada. San Ignacio propone dos
ejemplos de estas situaciones limites: ¿qué
aconsejaría yo a un amigo que se encontrase en un
caso semejante al mío?; ¿qué
querría yo haber hecho en el momento de la
muerte?.
Estos tres tiempos de elección no se excluyen
mutuamente. Se puede pasar del uno al otro, en forma de
ascenso o de retroceso. A veces para decidirnos tendremos
que recurrir al tercero, porque nos encontramos sin luz y
urge tomar una decisión. Pero el esfuerzo por
desposeerse de sí y la atmósfera de
oración que acompaña a este tercer tiempo,
hacen que broten en nosotros «mociones de
espíritus» o «consolaciones» que son
una confirmación de que Dios recibe complacido la
elección que hemos hecho [183]. Por el
contrario, el que se nos presente una luz inesperada de Dios
«sin intermediario» [15] y «sin causa
precedente» [330] no nos dispensa de recurrir
además al discernimiento y a la reflexión,
para asegurarnos de que no hemos sido engañados por
nuestras interpretaciones y sentimientos.
Dos advertencias hay que hacer, antes de pasar a examinar
algunas aplicaciones:
Cualquiera que sea el objeto de la elección,
cuando llega el momento de considerarle, es importante
permanecer en una fuerte atmósfera de oración.
Por eso hay que seguir contemplando los misterios del
Evangelio, como antes, sólo que ahora los de la vida
pública. En particular hay que recurrir con
frecuencia a la importante meditación de las Banderas
y pedir «que él me quiera recibir». Notemos
también que si elección buena es la que brota
de lo profundo de la libertad, de lo secreto del
corazón, suele hacerse ante un testigo, un consejero
espiritual, del que san Ignacio dice que «no se decante
ni se incline a una parte ni a otra, mas estando en medio
como un peso, deje inmediate obrar al Criador con la
criatura y a la criatura con su Criador y Señor»
[15].
APLICACIONES
Muchos quisieran encontrar un método practico y
definitivo para resolver con certeza los diversos problemas
que la vida les plantea. Tenemos tanto que hacer-suelen
decir-que no tenemos tiempo para reflexionar. Vosotros, que
sois especialistas, dadnos algún procedimiento
sencillo para ver claro. Olvidan que la búsqueda de
la voluntad de Dios no puede dispensar a nadie de emplear
tiempo e inteligencia. Antes de decidir cualquier cosa es
imprescindible plantearse los datos del problema y examinar
sus diversos aspectos. Además, es bueno advertir,
antes de entrar en el periodo de reflexión, que el
empeño por hacer la voluntad de Dios, en algunas
personas poco maduras, puede convertirse en una fuente de
inquietudes que mate la capacidad de acción en lugar
de favorecerla. Ni puede uno sentirse desobligado en estas
materias de usar el sentido coman y los consejos de algunos
amigos. Dicho de otra manera: antes de sacar conclusiones,
conviene preguntarse si en el asunto que nos preocupa hay
lugar para hacer elección en el sentido que hemos
expuesto y si estamos en condiciones de hacer esa
elección.
1. La elección de estado
de vida
Sin pretender fijar arbitrariamente el momento en que tal
elección deba hacerse, tenemos que decir que el
tiempo de Ejercicios-y especialmente los días en que
nos encontramos-es el momento más a propósito.
Llegado el momento y teniendo en cuenta los diversos
consejos que hemos ido dando a lo largo de estas
páginas, con el fin de fijar las ideas, puede ser
útil responder por escrito a las siguientes
preguntas:
1. ¿Creo encontrarme con la madurez
necesaria para decidirme libremente? ¿Qué
motivos me hacen dudar de esa madurez?
2. ¿Por qué gracias de Dios creo haberme
sentido favorecido desde mi infancia? Siempre es
recomendable reconstruir a grandes rasgos la historia de
Dios en mi vida. La meditación de nuestros
recuerdos, expuesta mas adelante, puede ayudarnos en este
momento.
3. ¿Cual es concretamente mi deseo actual?
¿Qué juicio me merece a la luz de estos
Ejercicios? ¿Qué efecto produce en mi su
aceptación o su rechazo?
4. ¿Qué obstáculos encuentro en
mí, en los otros, en las circunstancias, que se
opongan a su realización? ¿Hay algún
motivo que pueda inclinarme más en un sentido que
en otro? ¿Qué valor merecen, a mi juicio?
5. ¿Qué reacción produce en las
personas que me conocen este deseo mío?
Naturalmente la contestación a estas preguntas
debe hacerse con tranquilidad y, sobre todo, en
oración. Si faltan la una y la otra es imposible
conseguir la rectitud en nuestra búsqueda y el
desinterés de corazón en nosotros. Con
nerviosismo y turbación es mejor dejar de lado el
examen y entregarse a la oración.
2. El cambio de estado de
vida
No nos referimos aquí a esas decisiones cotidianas
que son un continuo irse adaptando a los cambios de la vida.
Para que esas decisiones que vamos tomando se acomoden al
plan de Dios sobre nuestra existencia y sobre el mundo, el
medio mejor es el examen de conciencia tal como lo
presentamos al final de estas páginas. Rectamente
practicado consigue mantener a lo largo de los días
las disposiciones necesarias para toda buena
elección.
Tampoco es nuestro propósito extendernos en tratar
esas decisiones que tomamos de cuando en cuando y que
modifican el curso de nuestra existencia. Una oportunidad
que se nos presenta desde el exterior, un acontecimiento
inesperado, un deseo que nos ilusiona desde hace tiempo, nos
impulsa a veces a comprometernos nuevamente. Este caso hay
que tratarlo exactamente igual que el anterior: la
elección de un estado de vida. Estas decisiones son
normales en asuntos en que la elección anteriormente
hecha puede siempre cambiarse. Forman parte de esa fidelidad
que pretendemos tener con respecto al plan de Dios, lo mismo
en las ocasiones trascendentales que en las mas
triviales.
El caso es diferente-y es frecuente hoy día-cuando
se trata de una decisión que de suyo es definitiva, y
en la que acaba de hacerla reconoce claramente: me he
equivocado. No tenía la madurez necesaria para
decidir. He sufrido presiones y condicionamientos. Se cree
un deber de lealtad plantearse de nuevo toda la
cuestión. Algunos además añaden:
¿tiene sentido un compromiso de por vida? Cuando
cambian las circunstancias, hay que revisar la
decisión. No parecen buenas soluciones en ese caso,
ni la fidelidad ciega y voluntariosa, ni el cambio
repentino. Ante el hecho de la perdida de la certeza de
estar haciendo la voluntad de Dios, la cuestión es:
¿cómo recuperarla con autenticidad y paz? Son
inútiles para esto las discusiones teóricas,
el seguir dando vueltas a lo pasado, la esperanza de los
cambios estructurales rápidos. Aunque las apariencias
les den la razón, en realidad se equivocan
lamentablemente quienes buscan la solución fuera y no
dentro, en la transformación interna de su ser, a
partir de la situación concreta en que viven. Hay que
aprovecharse de la situación en que uno está,
para crecer en libertad, aunque aparentemente eso lo estime
uno como quedar encadenado. De este cambio personal-que en
Ejercicios se llama reforma de vida-es de donde en primer
lugar hay que esperar que surja la luz. Cambio que hay que
llevar a cabo simultáneamente en dos planos
diferentes: el humano y el espiritual, y que en los dos
planos se desarrolla según un mismo sentido: salir de
si mismo para poder entregarse mas plenamente, «salir
de su propio amor, querer e interese» [189].
¿Qué se puede esperar de bueno de una persona
que enjuicia al mundo y a los demás, pero que no es
capaz de empezar por enjuiciarse a sí mismo?
Necesariamente se quedará insatisfecho, amargado,
inquieto. Eso manifiesta que a lo largo de la vida no se ha
adaptado al plan de Dios.
En esta clase de situaciones es más necesaria que
nunca la ayuda de un consejero humano, desinteresado y
espiritual. El que, con pretexto de autonomía,
pretende arreglarse solo sus propios problemas,
necesariamente se va sumergiendo más en el pantano.
Debe ayudarle el apoyo fraterno a soportar el golpe sin que
se desfonde su anterior equilibrio. Cuando un individuo
pretende someterse a un chequeo a fondo, pero en soledad,
tiene el peligro de destruirse más aún. Si por
el contrario acepta este largo y doloroso vía crucis,
comprenderá que no hay otro camino para encontrar en
paz a Dios, y lamentará no haberlo recorrido
antes.
Entonces puede ocurrir una de las dos cosas: o bien este
prolongado esfuerzo, en que quien lo hace ignora si
saldrá con éxito y de qué manera, viene
a ser ocasión de ir conociendo los impulsos de la
verdadera libertad, antes desconocidos y ahora cada vez
más frecuentes y mas intensos; esto es señal
de que sin duda pronto se volverá a encontrar el
camino anteriormente escogido, pero ahora recuperado por
motivos «puros, limpios y sin mixtión»
[172]. 0 bien, por el contrario, nos encontramos
más turbados todavía, y eso es a lo más
que podemos llegar, a pesar de realizar todo este esfuerzo
con rectitud de corazón. A pesar de nuestra buena
voluntad, esto es señal de que el camino que
habíamos emprendido no es para nosotros y que podemos
abandonarlo sin temor. También esto ultimo es sana
elección. Aunque tengamos que abandonar el camino que
en un cierto momento otros individuos y nosotros mismos
creímos que era el mejor; eso no significa nada. La
paz que acompaña a la decisión es indicio de
que ahora obramos bien.
De todas maneras, a todo el que me dice: Yo he perdido mi
vocación, lo primero que se me ocurre es preguntarle:
¿Has hecho lo que está de tu parte para
conservarte en el modo de vida que permite que esa
vocación, si es verdadera, se desarrolle? Una
vocación nunca es una cosa terminada. Puede
enriquecerse o degradarse. La indiferencia hacia ella la
hace desaparecer. Si ahora sentís repugnancia hacia
aquello mismo que en otro tiempo amasteis, seguid el consejo
de san Ignacio: pedid al Señor que os escoja para
aquello hacia lo que sentís repugnancia, solo que sea
servicio y alabanza de la su divina bondad»
[157]. La lucha contra una repugnancia persistente,
a la larga, hará ver claro que la voluntad de Dios no
es eso lo que desea. Empeñarse en perseverar en eso
seria obstinación. Por el contrario, si a
través y más allá de esta repugnancia,
encontráis la paz, y si veis que así toda
repugnancia se desvanece, es señal de que Dios os
concederá realizar aquello mismo que repugna a
vuestra sensibilidad.
3. Las decisiones en una
comunidad
La cuestión de las decisiones que adopta, no un
individuo, sino una comunidad, parece hoy día una
cuestión nueva. En realidad se remonta a los Hechos
de los Apóstoles, cuando los discípulos
reunidos decidieron escoger a Matías o enviar a Pablo
y a Bernabé. Tiene un puesto en la historia de la
Iglesia, siempre que un grupo de hombres con la madurez del
Espíritu Santo se reúnen a realizar un trabajo
conjunto. Se suele citar como ejemplo la deliberación
de los primeros discípulos de san Ignacio para
decidir si debían hacer permanente la unión
que entre ellos existía.
Para que sea posible el que todos conjuntamente colaboren
en una decisión, parece que ha de requerirse un
cierto número de condiciones, como ocurre en los
casos de decisiones individuales. En primer lugar, de orden
humano. Semejantes condiciones parece que no podrán
florecer entre personas que no se conocen o entre las que
existen conflictos latentes. El vinculo humano aquí,
como en tantas otras ocasiones, es completamente necesario.
Hay además condiciones de orden espiritual. Esta
comunidad que busca la voluntad de Dios debe reunirse con un
mismo designio espiritual y apostólico. El vinculo
esencial de sus miembros debe estar constituido por una
misma fe en Jesús y una comunidad de vocación.
En particular, esta comunidad debe hacer la experiencia de
una oración en común. Eso es lo que dispone a
abrir los corazones al Espíritu y a los otros, y
asegura a cada uno dentro del grupo de que se siente
miembro, la independencia necesaria para decir con libertad
lo que le parece justo y para liberarse de las posibles
presiones inconscientes. Una de las mejores maneras de poner
en práctica esta oración en común es
hacer juntos unos Ejercicios.
En la búsqueda de una decisión se
encontrará algo parecido a los tres tiempos de
elección de que hemos hablado. Puede producirse una
inspiración de la que nadie dude: «Separadme a
Bernabé y a Saulo» (Hech 13,2). También
puede darse un discernimiento prolongado de las aspiraciones
y atractivos largo tiempo experimentados por el grupo, hasta
el día en que se impone tomar la decisión.
Puede producirse también, finalmente, una
deliberación fraterna en que cada uno se esfuerza por
ofrecer un corazón abierto y desinteresado, lo mismo
a las diversas opiniones que a las nuevas llamadas, para
llegar a la luz. Semejante discusión sólo
conduce a un discernimiento espiritual, si además de
ser un libre intercambio de puntos de vista, supone una
sumisión con que todos dejan que el Espíritu
guíe su corazón.
Esta oración, al hacerse más profunda,
consigue que se superen las expresiones, a veces
discrepantes, de la luz que reciben. El Espíritu,
como en Pentecostés, hace que se descubra la realidad
vital de todos y de cada uno por encima de las diferencias
del lenguaje. Como en el caso de las decisiones
individuales, tampoco puede haber aquí un
método perfectamente determinado. También
aquí el peligro, como en tantas ocasiones,
está en querer ir demasiado deprisa, en arrastrar
hacia si la opinión de los demás, en el fondo,
de no renunciarse lo bastante para dejar su puesto a los
otros y a Dios. En los diversos casos examinados, llega el
momento de terminar. Esto no es difícil si hemos
llegado a conseguir una elección limpia: he
descubierto un camino que seguir, o la confirmación
de un camino por el que iba. Pero ¿que ocurre si llego
a la conclusión de que no hay nada claro?
¿Tendré que reconocer que he fracasado? No
podré llegar a esta conclusión, si examinando
el camino recorrido durante estos días, me esfuerzo
en determinar por qué no avanzo más.
También es elección el aceptar las cosas como
son, aunque de momento sea preciso confesar que no me es
posible escoger de manera clara y firme. No han desaparecido
las dificultades, pero veo mejor cómo debo
sobrellevarlas y seguir adelante.
¿Es necesario escribir? Una elección que es
una decisión no supone un escrito, más que en
la medida en que comporta un compromiso, algo así
como la firma al pie de un contrato. El escrito ayuda
también a concretar el objeto de la elección y
a recordarlo. En ese caso, está bien que escribamos,
pero sin dar a lo escrito más importancia de la que
tiene. Si hacemos literatura, luego las palabras
envejecen.
En conclusión, lo importante en todo lo que se
refiere a nuestro comportamiento humano y a nuestras
diversas decisiones es dónde ponemos la mira.
«En toda buena elección, en cuanto es de nuestra
parte, el ojo de nuestra intención debe ser
simple» [169]. En torno a un mismo objeto, las
elecciones varían según cada individuo. En la
misma persona, varían también con el fluir de
la vida. El hábito de discernimiento permite
descubrir los signos de Dios, a través de las
situaciones más variadas, es decir, cómo Dios
va realizando en todo su Reino con relación a todos,
para bien de los que le aman. En cualquier problema, el
discernimiento, aunque no llegue a conseguir ninguna
certeza, siempre sabe remontarse hasta la fuente.
PARA LA ORACIÓN
DE ESTE DÍA
1. EL JOVEN RICO Y PEDRO (Lucas
18, 18-30)
Este episodio presenta ante nosotros la
disposición fundamental para hacer una buena
elección. No se trata aquí de huir del mal o
de guardar los mandamientos: yo los he guardado desde mi
juventud, dice el joven rico. Los bienes suyos los posee
legítimamente: no los ha robado. Pero son para
él causa de tristeza: más que poseerlos, le
poseen ellos a el. No esta libre para amar.
También nosotros nos encontramos, como
consecuencia de la invitación de Jesús, en el
plano de lo más perfecto, es decir, en el plano del
amor. Los bienes a que te sientes ligado no son mas que
medios, y tú has hecho de ellos algo absoluto.
Abraham, el padre de los creyentes, no lo hizo así:
su «único» y legitimo hijo no se lo
negó a Dios; y eso no por temor ni por conveniencia,
sino por la certeza de que Dios que se lo pedía era
fiel a sus promesas y «capaz de resucitar a los
muertos» (Gen 22, 1-19 y Hb 11, 17-19). Nos encontramos
ante la incondicionalidad del amor, que es capaz de
conciliar cosas contradictorias. Para el que cree, nada es
imposible en Dios.
La reacción de Pedro lo confirma. Nosotros hemos
dejado todas las cosas, dice. Le vienen a uno ganas de
contestar: ¿que es lo que has dejado?, Pedro. Una
casucha, una barca y unas redes... ¿Que es eso en
comparación de las riquezas del joven rico? Para
Jesús la cantidad no tiene importancia, sino la
calidad del don, en relación con lo que somos y
tenemos. ¿Para qué vamos a imaginar situaciones
excepcionales?
El Señor, que se entristece al ver alejarse al
joven rico, se agrada en la reacción de Pedro. En
verdad, todos los que hacen como él
«recibirán el ciento por uno en esta vida y
después la vida eterna». Como Abraham, lo que
ellos estuvieron dispuestos a perder en el plano natural, lo
recuperan en un plano distinto, el plano de la libertad y de
la gracia. Todo-aun su hijo mas querido-se convierte para
ellos en regalo de Dios. Es una especie de juego al
gana-pierde, que les hace encontrar la vida y la paz (Jn 12,
23-26).
El que quiere alcanzar estas cumbres del amor tiene que
luchar con Dios en la oración, como Jacob en el vado
de Yabboq (Gn 32, 23-33). «No te dejaré hasta
que me hayas bendecido». De esta lucha el hombre sale
renqueando, pero libre para vivir.
2. LA GRACIA DEL
DISCERNIMIENTO
Dos imágenes pueden ayudar a comprender la
naturaleza del discernimiento: la unción (1 Jn 2,
26-27) y el tacto (Filip 1, 2-11). La unción, como la
gota de aceite penetra en el tejido, así impregna la
intimidad del hombre, de las verdades que ha recibido (Jn
14, 26), de forma que ya no tiene necesidad de que se las
enseñen. Este conocimiento, que se ejercita con la
espontaneidad del instinto, se concede a quien encuentra en
la ley de Dios sabor y gusto (Sal 119-118).
Este discernimiento forma en nosotros parte de la obra
que consuma en nosotros aquel que la ha comenzado en orden
al advenimiento del Día de Cristo. No puede separarse
del crecimiento de la caridad, que es para el cristiano
fuente de la verdadera ciencia. Es el amor el que nos
confiere ese «tacto afinado para discernir lo
mejor». El hace que veamos lo que el corazón
cerrado no es capaz de ver.
Bienaventurados los corazones limpios: ellos verán
a Dios (Mt 5, 8). El corazón endurecido hace que se
cieguen los ojos (Jn 12, 37-47). El discernimiento es el
signo de la madurez del fruto que hemos producido en Cristo
(Jn 15, 1-10).
No suele darse a los principiantes, a los que
están todavía «en los primeros rudimentos
de los oráculos de Dios». Se desarrolla
paulatinamente en los que se van acercando a la
«enseñanza perfecta» y se conservan
mediante el ejercicio de ese sentido, en el
«gusto» del don celestial y en el
«sabor» de la excelencia de la palabra de Dios
(Heb 5,11 a 6,8). Encamina «hacia el verdadero
conocimiento» a los que se han revestido del hombre
nuevo y se renuevan según la imagen de su Criador
(Col 3,10). Con el se renueva «el juicio» y
permite «discernir» cual es la voluntad de Dios,
lo bueno, lo que le agrada, lo que es perfecto (Rm
12,2).
Por la presencia de estos frutos el creyente reconoce en
si la acción del Espíritu (Gal 5, 16-25): la
caridad, el gozo, la paz... No son las obras de caridad en
sí mismas las que se dan a conocer, porque los
fariseos y los paganos pueden hacerlas también (Mt 6,
1-18); pero ellos ya han recibido su recompensa. Es la
manera cómo esa obra se lleva a cabo y que en
nosotros, como en Jesús, manifiesta que viene de Dios
(1 Cor 13, 1-7). En la vida del cristiano todo esta
implicado: no es separable el cuidado de discernir del
conjunto de la acción del Espíritu en nuestra
vida.
3. LA MEDITACIÓN DEL
RECUERDO
A medida que el creyente va avanzando en su vida, se va
desarrollando en él el recuerdo de las maravillas que
en él Dios ha realizado, como también en favor
de su pueblo y de la humanidad. Sería interminable el
recuento de los salmos de recuerdo -cf. Sal 105-104 y
106-105. Repasándolos aprende el hombre a reconocer
los caminos de Dios.
En forma semejante cada uno de nosotros, recordando los
momentos importantes de su vida, va descubriendo en ellos
unas constantes. La línea que los une y la
dirección que sigue es un medio para descubrir el
final hacia el que Dios nos conduce.
Una meditación así planteada es un adelanto
de la «contemplación para alcanzar el amor de
Dios»: «Traer a la memoria los beneficios
recibidos». A través de este proceso de
reconocimiento se nos lleva «a amar y servir a Dios en
todas las cosas» [230-237].
4. EL DESARROLLO ESPIRITUAL DE
PEDRO
Existe el peligro de hacer de la elección, como de
los Ejercicios, una construcción racional.
Fácilmente tendemos a resolver los problemas
sólo con la valoración de los motivos humanos.
Por eso es conveniente esforzarse en este periodo en la
oración. El mejor medio para eso es la
contemplación de los misterios de la vida del
Señor, y particularmente de su vida
apostólica. De acuerdo con el ejercicio del
discernimiento, debemos considerar aquellas escenas
típicas de la manera con que Jesús llama y
conduce a sus apóstoles, particularmente a Pedro.
En forma global, podríamos comenzar
señalando algunos caracteres de la vocación
divina, siguiendo el análisis que de ellos hace san
Ignacio [275]. La llamada se deja escuchar
progresivamente y con mucha suavidad. Prescinde del valor o
méritos de las personas: los apóstoles
«eran de ruda y humilde condición». Sin
discriminación, se dirige a Felipe, hombre sencillo,
y a Mateo, pecador y publicano, lo mismo que a los
demás apóstoles. Todos ellos son invitados a
recibir los dones que les elevan por encima de lo que el
hombre puede imaginar: son escogidos para ser
«compañeros suyos», y así, predicar
y echar los demonios (Me 3, 13-19). Toda vocación
liga la pequeñez del hombre con la grandeza de Dios
en la gratuidad del amor. En el grupo de los
apóstoles, Pedro parece objeto de una
formación peculiar. Ponemos a continuación las
escenas en que interviene de forma particular. A
través de ellas podemos seguir su
evolución:
- Jn 1,40 : La mirada de Jesús a Pedro.
- Lc 5,1-11 : El «estupor» de Pedro.
- Jn 6,67-71 : ¿A quién iremos,
Señor?
- Mt 14 a 17: Camina sobre las aguas. Confesión
en Cesarea de Filippo.
- La reprensión a Pedro. La
Transfiguración.
- Mt 17,24-27: ¿Quien paga el impuesto? ¿Los
hijos o los extraños? La libertad de los
hijos.
- Mt 18, 21-22: El perdón universal.
¿Cuántas veces hay que perdona?
- Mt 19,27-29: Todo lo hemos dejado por ti.
¿Qué será de nosotros?
- ...Todos éstos tendrán que ser
«pasados por la criba» (Lc 22,31-34).
Podemos detenernos en algunas escenas más
significativas de Mt. 14-17. Describen el método
usado por Jesús en la formación del
apóstol.
Comienza probando su fe: el
caminar sobre las aguas.
Jesús se aleja para orar en soledad, mientras se
desencadena la tempestad. El Señor deja al hombre
abandonado a si mismo, para hacer que crezca en la fe. Yo te
hice caminar por el desierto... con el fin de probarte...
como un padre educa a su hijo (Dt 8, 1-6). El hombre
abandonado a si mismo y sobrecogido de temor deja de
reconocer a Dios: los discípulos creían ver un
fantasma. La vuelta del Señor les enseña
«la ciencia de esperar en Dios» (san Francisco
Xavier) y a no estribar sobre si mismos. Pero el
Señor purifica más aún la fe de Pedro.
El pide con espontaneidad: «Si eres tú, manda
que yo vaya a ti». Avanza. A su confianza se mezclan
aún algunas impurezas. Se apoya en sí mismo y
mira lo que hay bajo sus pies. Se hunde. El reproche que le
dirige el Señor, eficaz como toda palabra de Dios,
produce en su corazón una fe nueva.
La trilogía:
confesión, reprensión,
transfiguración.
Pedro recibe la revelación del Padre. «Esto
te lo ha revelado el Padre» -le dice Jesús-.
«Nadie viene a mi si el Padre no le atrae» (Jn 6,
44-46). Pedro forma parte de aquellos pequeñuelos a
quienes se revelan los misterios de Dios. Así, pues,
está en condiciones de llegar a ser testigo de la fe,
piedra sobre la que se edifique la Iglesia creyente. Nada
prevalecerá contra ella.
Pero Pedro, como a veces nos ocurre a todos, es demasiado
rápido para creer que ya esta todo hecho. Habla bajo
la inspiración del Espíritu, pero no mide
suficientemente la trascendencia de lo que dice. Queda
sorprendido ante la primera dificultad: no te puede suceder
semejante cosa, objeta a Jesús cuando predice su
Pasión: «Retrocede, eres un Satanás, no
tienes palabras de Dios, sino de hombres». Vuelto en
si, Pedro tiene que escuchar, con gran disgusto, como los
demás: «Si alguno quiere seguirme, que se niegue
y tome su cruz». Es necesario que siempre volvamos a
esto: no se puede conocer a Jesús como hijo de Dios
más que en las manifestaciones de su amor, en la
cruz. Pedro tiene todavía un largo camino por
recorrer para llegar a entenderle.
Sin embargo, «seis días después»
Jesús se manifiesta a él en la gloria del
Padre. De momento Pedro, balbuciente y sin saber qué
decir, se limita a ser testigo de unos acontecimientos que
le superan. Allí se le comunica todo de una vez: el
Éxodo que tendría lugar en Jerusalén
(Lc 9,31), los importantes testigos, Moisés y
Elías, la nube, signo de la presencia de Dios.
¿Qué significa todo esto? No lo
comprenderá hasta después (Jn 13,7). De
momento, levantando los ojos, no ve ante si más que a
Jesús solo. Tiene que bajar de la montaña y
marchar a Jerusalén, con cuidado de no decir nada de
lo que ha ocurrido.
Así también en nuestras vidas, no llegamos
de golpe, a la primera, a comprender lo que nos sucede. La
realidad puede dársenos desde un momento, toda
entera, pero todo queda confuso. Hasta que el camino quede
claro hemos de pasar noches, quizás incluso
negaciones. Sin embargo, sigue siendo el Señor, quien
nos guía. Más tarde recordaremos haber
escuchado antes, como Pedro, la palabra profética, y
la miraremos «como lámpara que brilla en lugar
tenebroso, hasta que llegue el día» (I Pt 1,
12-21).
Esta advertencia posiblemente encierra todo lo que se
refiere a la elección: Pedro desea inmediatamente la
solución de todos los problemas que se plantea. En el
nivel en que se encuentra, no puede encontrar la certeza
absoluta. Es necesario unirse a Cristo «tomando
resueltamente el camino de Jerusalén» (Lc 9 51).
Una decisión tomada entonces con ese espíritu
puede resultar un fracaso, al menos aparente. Lo importante
es estar seguros de que Dios quiere nuestra decisión,
como Cristo cuando sube a Jerusalén. Lo que venga
después no nos pertenece.
AL FINAL DE ESTOS
CUATRO DÍAS
Los Ejercicios, especialmente los de esta segunda etapa,
ponen en juego la capacidad creativa de una persona, lo que
constituye su personalidad humana, sometiéndola en
libertad al dinamismo superior del Espíritu. Algunos
corren peligro de quedar desconcertados en esta
operación. No están acostumbrados a solucionar
sus problemas vitales con esa profundidad. Habitualmente se
quedan en el plano de la razón y de la prudencia
humana.
La experiencia de los Ejercicios se parece más
bien a lo que le ocurre al artista, al político o a
la persona que ama. Surge en él un impulso que no
depende de él. Si pretende dominarlo, lo mata y mata
lo mejor que hay en él. Es preciso integrar esta
fuerza que viene de fuera. En este trabajo, la razón
tiene un puesto, pero no el ordinario. Recibe los datos,
comprueba los resultados, los compara entre sí. Pero
es incapaz de prever lo que luego hará en la vida.
Prepara la decisión, pero la decisión no le
pertenece. Está al servicio de algo que la supera. El
objeto de todo este trabajo interior, unas veces la
transporta a terrenos que la superan, otras la relega a la
más absoluta ignorancia; y así tiene que irse
abriendo camino hacia lo desconocido, hasta el día en
que surge la evidencia. Y aun esta evidencia, así
brotada, no puede hacerla propiedad suya, so pena de secar
la fuente de la inspiración. Se exige una nueva e
incesante fidelidad a ella. Ella, una vez aceptada, le
conducirá a nuevas aventuras, a nuevas creaciones. Lo
mismo ocurre a quien queda invadido por el Espíritu
Santo: «¿Qué camino he comenzado?», se
pregunta con san Ignacio. La vocación que le impulsa
hacia adelante no se parece ya a un programa que realizar,
sino más bien a una perpetua invención dentro
de una fidelidad.
¿Son todos aptos para correr esta aventura? Hace el
efecto que san Ignacio pensaba que no. A algunos, dice,
conviene «no proceder adelante en materias de
elección». [18]. Pero los que muestren
una gran capacidad natural y grandes deseos espirituales,
encontrarán en esta forma de proceder la
liberación de su ser y su actuar, mientras los de
menos capacidad no encontrarán más que
complicaciones y hastío.
La regla suprema parece ser en esto la aceptación
de si mismo. El método de los Ejercicios para llegar
a la elección no es más que un medio. Como los
consejos que se dan a uno que pretende crear o amar, no
aprovechan más que a quien es apto para seguirlos. Lo
que para uno es útil, puede ser perjudicial o
incomprensible para otro. «Cada uno recibe de Dios su
propio don, uno, uno y otro, otro» (1 Cor 7, 7). Lo que
permite a unos y otros llegar a una unanimidad no es la
identidad de los caminos recorridos, sino el reconocimiento
de todos en un único amor a Cristo. El camino
conveniente para cada uno es el que le hace conseguir la
libertad de amar en verdad y de reconocer en si mismo y en
los otros la universal gracia de Dios.
Lo importante para cada uno, en el descubrimiento de su
propio camino, es no quedarse a mitad del recorrido, entre
la incertidumbre y la insatisfacción, sino caminar
seguro de si, una vez que hayan encontrado lo «que
más les pueda ayudar y aprovechar» [18].
Eficacia, humildad y paz están ligadas, de modo que,
dentro de su diversidad, todos se reconozcan exclusivamente
como discípulos de Jesús.
Cualquiera que sea la conclusión a que hayamos
llegado al final de esta segunda etapa, el objetivo se
habrá conseguido si cada uno queda liberado de la
amargura de no encontrarse tal como se había
imaginado, o, al contrario, queda vencedor de la
tentación de sentirse satisfecho con los resultados
conseguidos. Tenemos que experimentar en estas situaciones
opuestas, que no cumpliremos la voluntad de Dios más
que superando lo que somos y aquello que vivimos. Volvemos a
encontrar, pero en un grado mayor de profundidad, el mismo
dilema en que nos encontrábamos encerrados al final
de la primera etapa. O estás en paz, y entonces has
de permanecer vigilante. O no lo estás, y entonces
has de esforzarte en recuperarla. Sólo
avanzarás aceptando el no detenerte en ti mismo. San
Juan dirá: O tu corazón te condena, y entonces
piensa que «Dios es más grande que tu
corazón y conoce todas las cosas»; o no te
condena, y entonces vuélvete más hacia Dios,
al cual tienes libre acceso (1 Jn 3, 20-21). Por medio de
Cristo, entra en el misterio de la Pascua, que es el
misterio del «paso», de la salida.
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