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Jean Laplace - Los ejercicios espirituales de diez d�as  (�ndice)

 

 

3ª etapa

CRISTO VIVO EN LA IGLESIA

Diseñada ya la actitud necesaria para la elección, ¿no habremos de ir más allá? La experiencia de la vida del Espíritu no puede limitarse al hallazgo de un equilibrio interior, aunque sea el más dinámico posible. El hombre existe para entregarse. El que vive del Espíritu, lo mismo que quien es arrebatado por la inspiración del genio o por el amor, no puede cerrarse sobre si mismo. El que quiere salvar su vida, la pierde (Mt 16,25).

Cuanto más profunda se hace la vida espiritual, tanto más exige al hombre el salir de si mismo para que consiga las dimensiones del Cristo universal. El objetivo de esta última etapa es, partiendo de la elección, hacer vivir este ensanchamiento del corazón humano a todo aquel que se deja arrebatar por el misterio de Cristo. La vida espiritual, como toda vida, se desarrolla en la tensión de estos dos impulsos contrarios, centrípeto y centrifugo. Llama al hombre a lo más profundo de sí mismo, pero nunca puede reducirse a una aventura en solitario.

En la práctica, el hambre experimenta esta ley de vida como una distorsión de su ser. Por un lado, la preocupación por su vida personal le repliega sobre sí y le hace ajeno a la masa; por otro lado, el deseo de sintonizar con todos le conduce fácilmente a no servir en la humanidad más que como a una abstracción. ¿Cómo se puede ser a la vez personal y universal? En teoría es posible armonizar ambas cosas. En la práctica el hombre choca en uno y otro caso con su limitación, digamos con su pecado. Cristo es el único que supera ese limite y vive en sí la reconciliación. La meditación de estos tres días me sitúa frente a El. Cristo me conoce hasta lo más intimo de mi ser y al mismo tiempo en El encuentro yo a todos los hombres. Es el misterio de su cuerpo que se identifica con el misterio de la Iglesia.

En este misterio me encuentro a la vez en el término y en el origen de toda la vida espiritual. En el término porque todo mi esfuerzo se encamina a que yo adopte la opción de Cristo para llegar hasta su Pasión y por ella vivir hasta el extremo el amor del Padre. En el origen, porque no puedo ser fiel a ninguna opción y en ella progresar, si no bebo ya en las fuentes vivas del Cuerpo y de la Sangre de Cristo. En este estadio se advierte igualmente el doble carácter de toda vida espiritual en Cristo: ambiental y sacramental. En todos los estadios están presentes los mismos elementos, pero cada vez en un grado de unidad más profundo. Esta unidad se encuentra en el cuerpo de Cristo, donde la realidad terrestre se transforma en signo de otra unidad, invisible, donde todas las cosas encuentran su cohesión.

Los días que siguen, introduciéndome en este misterio, me dan acceso a un nuevo estado de oración. Oración más elemental, más una, más contemplativa, más desinteresada y, a la vez paradójicamente, más próxima a la acción y a la vida cotidiana. Esto la hace más desconcertante y en ocasiones mas dócil. Exige que la desposesión de sí mismo sea más total; una concentración más profunda y más sosegada en torno al misterio del otro. Quien está agitado, distraído o tenso, deja que la gracia se desvanezca. Se nos pide que nos pongamos a prueba en este campo, a fin de entrever las maravillas con las que estamos llamados a convivir, y que, según la contemplación que cierra los Ejercicios, nos llevan a encontrar a Dios en todas las cosas.

 

Día 8º

El don de su Cuerpo: la Eucaristía

PLAN DEL DÍA: EN UNIÓN CON CRISTO

Todo lo que yo vivo en mi vida humana, sucede también en Cristo. Esta transposición se realiza a diario en la Eucaristía. El Espíritu que ha santificado el cuerpo de Cristo y lo ha glorificado en la resurrección, a través del don que el Señor me hace de su cuerpo, transforma nuestros miembros, nuestro cuerpo, nuestra acción y les comunica la vida eterna. En la Eucaristía yo me conmensuro con todas las dimensiones de la existencia humana, la mía y la de todos los hombres. Ya no soy yo solo quien vivo... Nuestros cuerpos son los miembros de Cristo. La Iglesia la construye la Eucaristía.

La oración de este día me invita a situar la Eucaristía en el puesto debido en mi vida espiritual. Mediante ella, todo lo que yo hago se convierte en ocasión de un perpetuo intercambio de amor. Yo entrego todo lo que soy; él me da todo lo que el es. Este intercambio se realiza ya en el sacramento de la penitencia. Pero no es solamente el mal lo que Cristo recibe para convertirlo en bien, son también todas nuestras energías vitales las que se lleva consigo para completarlas, son también todos los carismas que el Espíritu distribuye para constituir la Iglesia.

¿Cómo ha podido suceder que en tantos años de vida cristiana no hayamos sido capaces de mirar la Eucaristía más que como un rito o una devoción de tantas? En realidad es el centro de todo. Ella hace del cristiano un mártir, es decir, un hombre que da testimonio, en el corazón de la vida mortal, ya que esa es la suya, de la vida eterna que recibe de Cristo.

¿Como orar ante semejante maravilla?

En el sosiego de la sensibilidad y de la inteligencia, en que nos han situado los días precedentes, queda el gustar del amor del Señor. Hemos llegado, como dicen los autores, al tercer estadio de la vida espiritual: ya no hay más tema que la unión. Hay que tratar de gustarla.

La oración, quede claro desde el principio, cambia. No es ya una simple contemplación para recibir las enseñanzas de nuestro Señor, sino una contemplación para adorar, orar, expresar amor, agradecer o callar. No pretende otro fruto que el hacernos existir en El y con El, quizás mejor aún gozarnos de lo que El es y de lo que hace. El Señor existe para mí, para todos, y esto basta.

En esta clase de oración que quizás nos parece demasiado elevada a veces, demasiado sofocante, no podemos más que estar como el «pobrecito y esclavito indigno» de que habla san Ignacio en la contemplación del Nacimiento; entra en una fiesta suntuosa y no sabe como comportarse. Sólo podemos ofrecer nuestra impotencia, nuestros servicios y nuestros deseos.

El resultado de nuestra elección ha sido, podríamos decir, el salir de sí y aceptar al otro. No es preciso esperar mucho para vivirlo. Esta oración ante la Eucaristía nos ofrece la ocasión de hacerlo. Como es natural, las sugerencias para la oración y las advertencias se simplifican: ya no son más que un leve comentario del misterio o del texto. Cada cual, una vez que los ha leído, debe sentirse libre para seguir en su oración el impulso del Espíritu.

PARA LA ORACIÓN DE ESTE DÍA

Más que nunca es conveniente ahora no seguir el texto más que en la medida que sea necesario para sostener nuestra atención en la oración. Lo que se pretende es llegar a gustar la Realidad expresada por el signo. Los textos referentes a la Eucaristía nos ayudarán a descubrir esta Realidad.

 

1. PÓRTICO SOLEMNE: EL LAVATORIO DE LOS PIES (Juan 13)

Con estilo solemne se hace la introducción a una acción bien sencilla: de una parte, la evocación de la trascendental despedida y de la consumación del amor; de otra parte, el lavatorio de los pies. En la perspectiva de la obra que Jesús realiza, el mas insignificante ademán toma una inmensa significación. «¿Comprendéis lo que yo os he hecho?. Así ocurre en nuestras relaciones humanas con las menores expresiones de ternura.

El Creador se pone a los pies de su criatura para enseñarle con una sola acción cómo es amada y como debe amar. Jesús se pone a los pies de cada uno de nosotros. Pedro no puede soportarlo. Pero hace falta que ahora dejemos que nos lo hagan, para entenderlo mas tarde.. De ahora en adelante el hombre no puede ni despreciarse ni despreciar a su hermano. Lo que hagáis con el más pequeño, me lo hacéis a mi. Todo hombre se convierte para mí en Jesús.

Para lograr encontrarle, dado que se va y de momento yo no puedo seguirle, me comunica el mandamiento del amor fraterno. Es el signo de que yo le pertenezco y de que él está con nosotros.

La carta de san Juan desarrolla esta presencia de Dios en el amor que nos tenemos unos a otros (I Jn 4, 12).

Pedro, siempre impaciente, permanece ajeno al misterio. Se resiste alegando su indignidad. «Déjate hacer», o mejor, «déjame que te haga», le dice Jesús. «Tu lo entenderás sólo más tarde». Este continuo «después» es el eco de aquel «en pos de mi». Pedro querría marchar delante. Le costará trabajo admitir de golpe que «tú me seguirás mas tarde» (v. 36). La educación de Pedro continúa: debe dejar que su maestro pase delante en el camino del amor. No somos nosotros los que hacemos las cosas; es él quien hace que las hagamos. El nos ha amado primero.

Estas acciones y estas palabras se llevan a cabo y se dejan entender en el ambiente del juicio final: Satanás ya ha entrado en el corazón de Judas. Cuando él sale ya es de noche. Pero Jesús se alegra: el Hijo del hombre es glorificado. Es el momento del gran enfrentamiento, de la definitiva participación. Jesús, sumergiéndose en el mal, lo aniquila.

Todos estos hechos y sentimientos, que me hacen penetrar en el corazón del misterio, me indican en qué ambiente debo yo participar en la Eucaristía.

 

2. EL DON DE SU CUERPO (Lucas 22, 1-20)

San Lucas, al narrar los preparativos de la cena pascual, me da las dimensiones de esta Cena. El verdadero drama se produce en el corazón, invisiblemente: Satanás es aquí el protagonista, el Príncipe de este mundo a quien el Verbo encarnado viene a arrojar fuera del corazón de su criatura. Sobre todo se trata de una actuación de la libertad. Jesús organiza una escenificación con la que manifiesta que no le sorprenden los acontecimientos: «Id a la ciudad-dice a Pedro y a Juan-y encontrareis...». Sabe lo que va a hacer y lo que le va a ocurrir (Jn 18, 4). Yo doy mi vida cuando quiero: la vida que ha recibido del Padre y que él devuelve; la hora ha llegado. Además él así se inserta de lleno libremente en esta historia humana nuestra. Celebra la Cena en el aniversario de la Pascua y del Éxodo. Esta conexión da el sentido de su actuación: la Eucaristía es una Pascua-un tránsito-y una comida de caminantes. En el tiempo que vivimos, el cuerpo de Cristo es viático de vida eterna. Nos llega en el tiempo para conducirnos con el hasta el fin de los tiempos. Con la entrega de su cuerpo Jesús manifiesta libremente su amor. Con gran deseo he deseado comer esta Pascua. He aquí mi cuerpo entregado por vosotros. El cuerpo es para el hombre el medio de expresarse a si mismo, es lo que le define en el universo, mediante el cuerpo el hombre se sitúa en él. Es sobre todo el medio de traducir el amor que lleva en el corazón; se pronuncia mediante el gesto, se entrega mediante la unión y mediante la muerte. Jesús entrega su cuerpo para significar el intercambio de amor que se ha consumado entre él y nosotros. El cuerpo de Jesús ya no es suyo, sino mío; mi cuerpo ya no es mío, sino suyo. El don de su cuerpo que se hacen marido y mujer para significar el amor que hay entre ellos es imagen de este don que Cristo y cada uno de nosotros nos hacemos mutuamente de nuestro cuerpo. «Ofreced vuestras personas como hostia viva, santa y agradable a Dios: este es vuestro culto espiritual. (Rm 12, 1). «Vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo..., ya no os pertenecéis a vosotros mismos. Glorificad a Dios en vuestro cuerpo» (I Cor 6, 19-20). Y en este intercambio de amor comunica a nuestros cuerpos mortales la inmortalidad del suyo. «No ha sido abandonado en el Infierno y su carne no ha sufrido la corrupción» (Hech 2, 31). Da su cuerpo para que nosotros tengamos la vida que hay en El, la del Padre y del Espíritu.

Este don es la nueva alianza, la definitiva. Su sacrificio hace inútiles todos los demás, los de los paganos, los del Antiguo Testamento, y todos los que realizan los hombres para salvar la humanidad. Todos son vanos porque son incapaces de librar de la muerte. El, ofrecido en el amor y resucitado por el Espíritu, entra mediante su sangre «en el cielo, ante el rostro de Dios» (Hb 8 y 9). Su sacrificio es el único, porque es un sacrificio de victoria. Si nosotros aceptamos con él ofrecer en amor nuestros cuerpos mortales, es para que seamos con él todos revestidos de inmortalidad. Mediante la victoria de la cruz se da ya un sentido nuevo a los sacrificios realizados por los hombres. Consagrando el cuerpo de Cristo y anunciando su muerte, entramos a tomar parte en su victoria.

 

3. EL MEMORIAL: LA FRACCIÓN DEL PAN (Hech 2, 42) y LA CENA DEL SEÑOR

Este don está presente en todas y cada una de las reuniones en que los discípulos de Jesús se encuentran para la fracción del pan. ¿Qué hemos hecho nosotros de la Cena del Señor?, una práctica, un rito oficial, una comida ordinaria, una ocasión de disputas... Esto es menospreciar la Iglesia de Dios, dice Pablo. Vosotros habéis metido en ella vuestra divisiones y vuestras diferencias. ¿Es que no tenéis vuestras casas para comer y beber? Nuestro alimento habitual es la Cena del Señor. Cada vez que le comemos, anunciamos la muerte del Señor hasta que vuelva. Nuestra reunión de hoy hace referencia a aquel día en que el Señor dio su cuerpo y su sangre, al mismo tiempo que anunciaba el día en que todo su cuerpo se reunirá en El. Triple dimensión de la Eucaristía: el día de hoy, la muerte de Jesús y el día de su venida. El Señor está en el corazón de los discípulos reunidos. Es sin duda inevitable que entre ellos surjan disensiones. Pero es escandaloso que entre nosotros se desgarre el cuerpo del Señor.

La Cena del Señor, como su muerte, constituye un verdadero juicio. En ella cada uno manifiesta de qué espíritu es. Si no discierne el cuerpo, se come y se bebe su propia condenación. Discernir el cuerpo es a un mismo tiempo reconocer la Cabeza y los miembros, el que nos reúne y los que están reunidos. El que no reconoce ni lo uno ni lo otro en el partir del pan, habrá de responder del cuerpo y de la sangre del Señor. Si cuando te acercas al altar te acuerdas de que tu hermano tiene alguna cosa contra ti, ve primero a reconciliarte con él. En la asamblea cristiana van juntas la enseñanza de los apóstoles, la comunión fraterna, la fracción del pan y la oración (Hech 2, 42).

Así, la Iglesia toma forma por la Eucaristía. Todo el contexto de la carta a los Corintios, donde Pablo habla de la Cena del Señor, es un contexto eclesial. Lo que funda la Iglesia es la fe en un único Señor y no la adhesión a Pablo, a Cefas o a Apolo. Lo que la manifiesta es la vida del Espíritu, mediante la variedad de carismas y la unidad de la caridad. A partir de eso, cada uno resuelve los problemas que se plantean en el curso de la existencia de la comunidad: el escándalo del incestuoso, el recurso a los tribunales paganos, la manera de vivir en matrimonio, la virginidad, las situaciones sociales, los manjares inmolados a los ídolos, el orden en las asambleas...

Lo que vamos buscando cada vez que nos reunimos es crecer en la vida del Espíritu, cuyas dimensiones se nos dan en la Cena del Señor. Es nuevamente el cuerpo del Señor lo que fundamenta nuestra fe en la resurrección universal (I Cor 15).

El sentido de la reunión eucarística, tal como Pablo la expone en la primera carta a los Corintios, subsana las diversas aberraciones que deterioran el culto de los cristianos. Debería ser éste el culto espiritual descrito en el capitulo 12 de la carta a los Romanos, capaz de embargar todo el ser y desarrollarlo en el amor universal. Por el cuerpo de Cristo, llega la hora «cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad» (Jn 4, 23).

 

4. LA CARNE Y EL ESPÍRITU (Juan 6)

La meditación del capitulo 6 del evangelio de san Juan es una nueva manera de penetrar las riquezas del cuerpo y de la sangre de Cristo. Con respecto a él, conviene recordar este consejo: no hemos de buscar en sus palabras una ilación lógica; dejémonos penetrar por ellas para que podamos descubrir su unidad, que es toda espiritual.

Este cuerpo que él entrega y del que los judíos piensan que es del hijo de José, es en realidad obra del Espíritu. Por eso él da la vida al mundo. Esa virtud la tiene por el misterio de su nacimiento: nacido de la Virgen por obra del Espíritu. Todo hombre que nace, viene al mundo de la semilla del hombre. El hombre mortal no puede comunicar más de lo que él tiene, una vida sellada por la muerte. En el proceso de las generaciones mortales aparece esta carne que el Verbo ha tomado con la libertad del amor. Pero además esta carne que le hace semejante a nosotros, comunica a la nuestra, la vida y la inmortalidad. El que come mi carne vivirá para siempre. El Espíritu está en ella. El Señor mismo es Espíritu (2 Cor 3, 17).

Esta vida la recibimos con la fe. Como esta carne que vivifica fue concebida por la fe de María, así también por la fe produce su efecto en nosotros. La obra de Dios es que vosotros creáis en aquel que El ha enviado. «Nadie viene a mi si el Padre no le atrae». El hombre no se acerca a Dios si no es por la carne de su Hijo. Pero esta carne no nos comunica la vida del Padre más que cuando es reconocida como tal en el Espíritu. Los judíos no reconocen más que la carne del hijo de José y las palabras del Señor les escandalizan. Solamente aquellos que aceptan la enseñanza del Padre reconocen juntamente la carne y el Espíritu.

Esta carne produce en ellos su gracia: es un signo para unirse al Espíritu. Se les comunica la vida del Padre. Como yo vivo por el Padre, así los que reciben mi carne viven por mi. Se opera en ellos una asimilación divina, una transformación de su ser mortal en Cristo. La vida del Padre se les da, se les comunica mediante el Hijo y la viven en el Espíritu. Esta vida es la vida del mundo. Mediante su carne glorificada y entregada. Cristo arrastra hacia si al universo. ¿Qué diréis cuando veáis al Hijo del hombre subir allá donde estaba desde el principio?

¿Quién podrá soportar semejantes afirmaciones? Es un lenguaje demasiado duro. Este cambio realizado en la carne del Verbo encarnado es un escándalo para la inteligencia: Dios en carne y viviendo entre nosotros. Es el escándalo del Verbo encarnado que continúa: «Ya te escucharemos sobre esto en otra ocasión», decían los Atenienses oyendo hablar de la resurrección de los muertos (Hech 17, 32). Solamente la fe de los pequeñuelos, a los que el Padre se complace en revelarse (Lc 10, 21), supera todo obstáculo y acepta con Pedro el don de Dios: «¿A quién iremos? Tu tienes palabras de vida eterna».

 

5. EL DISCURSO DESPUÉS DE LA CENA (Jn 14-17)

En la irradiación del cuerpo de Cristo se han de leer «todas las frases de amor que hay en la Escritura». (Bossuet). Las más ardientes son las que nos refiere Juan después de la institución de la Eucaristía. Pueden servir de melodía de fondo o de acción de gracias en la oración de este día.

Estas frases misteriosas podemos irlas dejando caer una tras otra sobre nuestro corazón, de acuerdo con lo que hemos aconsejado antes sobre el modo de orar: con corazón atento y sosegado, contagiado el cuerpo de esta compostura, y al ritmo de la respiración. La palabra del Señor, leída con fe, nos une a El.

Del mismo modo podemos también tomar una vez mas la plegaria de los Salmos y volver a cantarlos en presencia de la Eucaristía: Salmos de la historia de Israel, o del deseo de Dios o de la creación. La liturgia nos invita continuamente a hacerlo así.

 

Esta manera de orar nos alecciona en el desinterés en la oración. El espíritu ansioso de sacar provecho de todo, no tiene nada que sacar de aquí, a no ser que acepte el estar presente ante Dios y recibir su misterio, según la medida de la gracia que en ese momento se le comunique.

 

 

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