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Jean Laplace - Los ejercicios espirituales de diez d�as  (�ndice)

 

 

Día 9º

En las fuentes del ser y de la vida: la Pasión

PLAN DEL DÍA: SENTIDO DE LA VIDA Y DE LA MUERTE

En la contemplación de la Pasión alcanzamos el término de todo esfuerzo espiritual: unirse a Jesús en el acto libre por el que entrega su vida y su muerte para cumplir la voluntad del Padre, la glorificación de toda la humanidad en el cuerpo suyo. Por el bautismo quedamos comprometidos a este esfuerzo, pero nunca podemos darlo por terminado.

En él se encuentra el sentido de nuestra muerte cotidiana. Muerte que a su vez es un acto libre: yo doy mi vida cuando quiero; y cuando quiero la vuelvo a tomar. Porque Jesús ha vivido libremente en el amor, sin responder con el odio a los que le mataban, y con esa muerte consigue la victoria sobre el mundo y el pecado. La verdadera victoria consiste en sufrir la muerte en libertad y amor: «morir por los injustos» (Rm 5). Eso, ¿quién podrá hacerlo? Solamente uno, aquel que murió por nosotros, cuando estábamos privados de toda justicia. Con su muerte empieza nuestra liberación: «Que nos hemos hecho con él un solo ser, por una muerte semejante a la suya», «vivimos ya una vida nueva» (Rm 6).

Juntamente con la vida y la muerte, la meditación de la Pasión ilumina todas nuestras preocupaciones humanas. A su luz podemos examinarlas de nuevo, especialmente las que se refieren a nuestra fe. La fe nos hace aceptar el sufrir por la Iglesia, pero además el sufrir por la fe misma. Penetra hasta las raíces de nuestro triunfalismo y de nuestro derrotismo. Nos hace superar el amor demasiado miope que tenemos aun a las cosas más santas, a nuestras obras apostólicas, a nuestras comunidades, a la Iglesia. Ante ella el orgullo de mi yo se desfonda y no queda más que el amor al Justo paciente que se entrega en verdad.

Muchas cuestiones sobre el mundo y la Iglesia se disipan ante la luz que dimana de la cruz. No se niega nada del sufrimiento humano; pero todo queda trascendido más allá. Aunque nosotros mismos nos sintamos superados, la Pasión sigue siendo una escuela de vida. En el fondo lo que intentamos en la oración es lo que ella fue para los primeros cristianos: la fe les hacía descubrir la cruz gloriosa. En ella el discípulo de Jesús encuentra la fuerza y la alegría para su testimonio. No porque uno pretenda por si mismo hacer algo a favor de Cristo, sino porque se reconoce escogido por su maestro para manifestar en su carne mortal la fuerza del Espíritu que primero se manifestó en la carne del Salvador, a quien los hombres dieron muerte y el Espíritu glorificó.

ORACIÓN ANTE LA PASIÓN

Esta oración, como la del pecador, no puede por menos de ser muy profunda. De no ser así, lo mismo que en la oración del pecador vimos que corría el riesgo de limitarse al nivel de la ley y la transgresión, así ésta tiene el peligro de no pasar de una compasión sentimental, una búsqueda de explicaciones racionales, una preocupación por imitarle. Lo mismo que la meditación del pecado, sólo es fructuosa si nos hace encontrar a Jesucristo para situarnos con él en las raíces del ser y del amor.

Para descender a esas profundidades, exige de nuestra parte cierta continuidad de existencia humana y cierto condicionamiento de nuestro ser. Sólo quien está habituado a la fijeza de atención es capaz de no enredarse en emociones fáciles o argucias racionales. Permanece presente al suceso.

¿Cómo describir esta presencia? El objeto de nuestra oración nos supera totalmente. Podríamos describirla diciendo que es semejante al silencio que guardamos en la alcoba de un moribundo. Quien no haya perdido la sensibilidad, se calla: el que está para morir posee secretos que ignoramos. O también podemos asemejarla al estupor de un niño que se encuentra por primera vez en su vida ante el dolor de las personas mayores; los que él ama mas que a nadie en el mundo pertenecen a un universo al que él no tiene acceso, abre mucho los ojos y se estrecha contra su padre o su madre. El sentir la mano del niño entre las suyas da un punto de alivio al dolor de sus padres. O quizás la manera de leer la Pasión podría parecerse a la lectura en soledad, o reunidos todos, de la carta que relata los últimos momentos de un ser querido. Esta presencia no tolera la atención distraída, frívola, ni el corazón seco o lleno de si mismo.

Para fomentar esta atención delicada, es bueno volver a leer los diversos avisos dados durante estos Diez Días con vistas a la oración. Todos ellos tienen aquí una aplicación más directa que en ningún otro sitio.

Prácticamente es imposible agotar la materia en un día. Una de las ventajas del Mes de Ejercicios es que da tiempo a detenerse y a volver sobre el tema. De todas las maneras, en la medida del tiempo de que disponemos, es preciso arreglarse. Podrían leerse una a una las cuatro narraciones evangélicas. O bien, a modo de viacrucis, o aplicando las categorías que ofrece san Ignacio (considerar lo que el Señor quiere sufrir en su humanidad; cómo la divinidad se esconde; cómo lo sufre todo por mis pecados), permanecer ante una escena, luego ante otra... A continuación pondremos algunos ejemplos de cómo puede hacerse. Pero de todos modos, procure cada uno, tomando estos puntos de partida, no demorarse mucho en sus propias reflexiones, sino dejarse penetrar de la persona de Jesús. Sin olvidar que es siempre útil volver sobre las meditaciones ya hechas... San Ignacio, a propósito de la Pasión, insiste mucho en esto [209].

LA DIFICULTAD: EL MURO

Frecuentemente, en este momento de los Ejercicios, experimenta el ejercitante dificultades que le desconciertan: distracciones, sequedades, incapacidad de fijarse, objeciones, sofismas, tentaciones, impresión de que pierde el tiempo. Por otra parte, adivina las riquezas escondidas en esta oración. No desea abandonarla, pero quisiera ser diferente. Es como un hombre que se siente impotente e insensible ante un espectáculo conmovedor.

Es posible que si experimentas esta clase de enfermedad, estés a punto de recoger los frutos de la oración. Tu sentimiento no es ni de exaltación-sentimiento cuya futilidad aparecería bien pronto-ni de desánimo-estás bien seguro de ser objeto de un amor infinito-. Lo que te hace sufrir es amar tan poco y tan mal, estar ante un muro que te oculta el misterio y que no eres capaz de superar. Este sufrimiento nos sitúa de hecho ante nuestra realidad respecto de Cristo: recibiéndolo todo de él e impotentes por nosotros mismos para reconocer la plenitud de sus dones. Necesitamos recibir del Espíritu «la fuerza para comprender» (Ef 3, 18).

Nos encontramos ante la verdadera dificultad de la oración, el muro de lo invisible, muro que no podemos franquear sino llamados por Dios, cuando El quiera. Otras dificultades deben resolverse. Las que proceden de una idea falsa o imperfecta que nos hemos formado de la oración. No hay más que sacarlas a la luz y las dificultades se desvanecen. Pero con lo que ahora sentimos no ocurre lo mismo, porque se trata de la oración misma. Verdadero purgatorio en que el hombre lucha con Dios para ser poseído y transformado por él. La Pasión nos sitúa ante este muro, hasta que Dios en un instante haga caer el obstáculo, y la alegría de su presencia nos consuele de tantos años de espera impotente.

Esta dificultad la sentimos especialmente ante la Pasión por una razón doble. Primero por el objeto de la oración. No encontramos apenas en nosotros puntos de referencia que nos conecten con dicho objeto, como era fácil en días anteriores. Se trata de una oración más desinteresada, dado que el Señor ocupa o debe ocupar todo el campo de la conciencia, pero con una mirada más austera. El segundo motivo es la unidad del ambiente requerido para esta oración: es tan delicado que el menor atisbo de distracción lo compromete. Es preciso con anterioridad que se acepte el ser verdaderamente pobre.

Puede ser que esto parezca demasiado elemental a quien no suele hacer otra cosa que raciocinar, pero es liberador para quien acepta vivirlo. En realidad estos misterios no se revelan más que a quien los vive. Forman parte de la aventura de la fe, que nunca termina de ser vivida enteramente, mientras estemos sobre esta tierra. Cristo ha empleado toda su vida en llegar a su Pasión y en «ir libremente» a ella. Para nosotros no existe otro medio para comprender la Pasión de Cristo que continuarla en nuestra vida y en nuestra muerte. Todo se explica cuando todo se ha consumado. Pero no antes.

PARA LA ORACIÓN DE ESTE DÍA

Lo más sencillo es evidentemente dejarse penetrar por una lectura lenta de los relatos de la Pasión entera o por partes, como hemos indicado mas arriba, Los textos o consideraciones que se siguen pueden también alimentar esa piedad.

 

1. LA ORACIÓN DEL JUSTO PACIENTE

Jesús recoge en su oración la súplica de todos los hombres oprimidos por la injusticia o el sufrimiento. Esta súplica se ha expresado bajo los cielos y en todas las edades. Pero ha logrado una de sus mejores traducciones en los textos del Antiguo Testamento que de una u otra manera dicen relación con el sufrimiento de los hombres. Baste citar algunos:

La sangre de Abel: Gn 4, 8.

La historia de José: Gn 37-50.

La extensa lamentación de Job: Job.

Los justos y los impíos ante el juicio de Dios: Sab 2-5.

Especialmente el Siervo de Yahvé: Is 52, 13-53,12.

Las persecuciones contra Jeremías y su fidelidad a Dios: Lamentaciones.

En la carta a los Hebreos (11 y 12, 1-4), la lista de la Nube de testigos», que han sufrido la «prueba propuesta» y cuyo jefe es Jesús que «lleva nuestra fe a la perfección».

Naturalmente, como lo hace la tradición de la Iglesia y con ella la Liturgia, podemos también recorrer los salmos del Justo perseguido: Sal 22-21, Sal 38-37, Sal 69-68 a 75-74. Puestas en boca de Cristo en la cruz, sus palabras adquieren una resonancia sobrecogedora. Incluso las peticiones de venganza, de quien no puede mas bajo la injusticia y la opresión, se convierten en expresión del lamento de los hombres de todos los tiempos. Conforme al consejo de san Agustín al explicar estos salmos: Cum dicere caeperit, agnoscamus ibi nos esse. Cuando empieza a hablar, reconozcamos que ahí estamos nosotros.

 

2. CÓMO MIRA JESÚS SU MUERTE

(Juan 12 y los relatos de la Agonía en los sinópticos)

Jesús penetra en su muerte con toda libertad y presencia de animo (Newman, Sufrimientos morales de Jesús). Lo demuestra al reconocer en el gesto de la mujer que unge su cuerpo, una anticipación de su muerte. Penetra también en su muerte como el Mesías esperado, el Rey de Israel: acepta la entrada triunfal en Jerusalén.

Pero es de otra manera como él glorifica al Padre y arrastra a los hombres hacia sí. Como siervo paciente, mediante la muerte aceptada por amor al Padre, se hace fecundo y entra en la vida. A este mismo camino atrae a los suyos. Esta hora le hace temblar, pero se entrega al Padre que se revela en la Pasión.

Los sinópticos se fijan en otros aspectos de las disposiciones del Señor ante la muerte. ¡Si es posible! Jesús está solo, entregado a su agonía. Es la hora del príncipe de las tinieblas. Jesús, tras haber orado, se hunde en ellas. Entregado a la voluntad del Padre, mientras los discípulos desconcertados, no oran y quedan, de momento, ajenos al misterio: «Jesús está solo sobre la tierra, sin nadie que lamente y comparta su pena, pero ni aun que la conozca: el cielo y él son los únicos que la saben. (Pascal)

Jesús, en presencia del Padre, sale de la agonía sabiendo lo que va a hacer. Su Pasión es un drama (Newman): «Antes de entrar en su Pasión, libremente aceptada», dice el segundo texto eucarístico. Así, ante la muerte, Jesús no se ablanda, no razona. Penetra hasta dentro. Experimenta el mal, tal como es, con un sufrimiento real, pero la justicia que él busca tiene un rostro que es el del Padre. Consiste esta justicia en hacer que en todo aparezca este rostro de amor; no pronuncia una sola palabra de odio, perfecto como es perfecto el Padre celestial. Por eso él la recibe en pie.

 

3. CÓMO HAN VIVIDO LOS HOMBRES LA PASIÓN: LA LUZ SOBRE EL DRAMA UNIVERSAL

Podemos nosotros revivir la Pasión, a través de sus diversos actores, amigos, enemigos, indiferentes, testigos visibles e invisibles. Sus reacciones son semejantes a las de los hombres de todos los tiempos ante los sufrimientos del justo y del inocente. Leer la pasión es instruirse para la vida.

Están en primer lugar los Poderes. Jesús iba compareciendo sucesivamente ante ellos. Los Poderes religiosos: los sumos Sacerdotes y el Sanedrín (Mt 26, 57-67). Jesús dice lo que tiene que decir; después se calla. Condenado por aquellos mismos que representan a Dios en la tierra, no se escandaliza, ni pronuncia una sola palabra amarga. Jesús permanece bueno en su silencio. Pero ¿quién comprende su bondad?- Ante el poder politice y pagano (Jn 18, 28-19, 16) Jesús habla el idioma de la conciencia y de la verdad, después permanece nuevamente en silencio, situado en un plano al que no tienen acceso los que le juzgan. En él, el mundo presente ya está juzgado y los muros divisorios que separan judíos y paganos se desmoronan. Todos han de reconocer la necesidad que tienen de un Salvador único. En la espera, el mundo declina hacia los poderes del placer y del dinero: es presentado a Herodes (Le 23, 7-12). Estos dos mundos enfrentados, el de Jesús y el de Herodes, no pueden conciliarse. La verdadera riqueza está de parte de Jesús, pero el rico, libertino y embrutecido, no la ve. También la muchedumbre se presenta ante Jesús con sus cobardías y su inconstancia. Es un juicio popular (Mc 15, 6-15). Jesús se convierte en juguete en manos de la multitud. Muchos otros, antes y después de él, correrán semejante suerte. «El soportó nuestros padecimientos (Is 53, 4) Ninguno le faltó».

¿Cómo reaccionan ante la Pasión los amigos de Jesús? Vosotros os escandalizaréis por mi causa, les ha dicho Jesús. Este escándalo se manifiesta en la negación de Pedro (Lc 22, 54-62) Pedro esta dispuesto a todo, aun a dar su vida, excepto a lo que realmente sobreviene. No entiende las palabras de Jesús: Vuelve tu espada a la vaina .. ¿El cáliz que mi Padre me ha dado... Acaso no puedo rogar a mi Padre...? Especialmente aquella frase: Dejad a éstos que se vayan. Como si Jesús prefiriese ir solo a la Pasión. Se cumple lo que Jesús dijo de la «criba». Todos los sentimientos se entrechocan en el ánimo de Pedro; lo primero la sirvienta que se acerca, con mucha más rezón el grupo de hombres, le hacen decir cualquier cosa: Yo no conozco a este hombre. Antes había dicho: «Tú eres el Hijo de Dios». (Mt 16, 22). Sólo la mirada de Jesús que pasa le devuelve el recuerdo y las lágrimas. ¡Entonces era verdad!, un velo se rasga, un mundo nuevo aparece. También nosotros tenemos experiencia de semejantes crisis y semejantes desenlaces.

El que llegue a contemplar la Pasión de Jesús a través de los ojos de María, podrá mirar sin turbación el mal del mundo y «completar en su carne lo que falta al sufrimiento de Cristo»1. (Col 1,24). María desde la Anunciación, pasando por la pérdida en el Templo y por Caná, ha ido creciendo en la oscuridad de la fe. Está pronta a reconocer los designios de Dios, la hora. Se mantiene en pie junto a la cruz. Con Jesús, desciende hasta el fondo del mal, que es lo bastante fuerte como para dejarla exánime por el sufrimiento que le produce. Nueva Eva junto al nuevo Adán. Solo hace una cosa con el corazón: unida a él es capaz de abrir su espíritu al amor universal. He aquí tu madre. He aquí tu hijo. Para ella Jesús es toda la humanidad que en él encuentra la salvación. En adelante ya no es posible amarle a él, sin amar con él a todos los hombres que el ama. En Maria comienza la Iglesia, esposa de Cristo, y el nacimiento de todos los hombres a la vida y al amor

 

4. EL GRAN TESTIGO: EL PADRE

El Padre está siempre conmigo. Jesús no cesa de repetir esta frase en todo el evangelio de san Juan. Pero la repite más que nunca en la Pasión. Casi es posible escuchar el misterioso diálogo del Padre y del Hijo, mientras los hombres vuelcan sobre Jesús los tormentos.

¿Pero qué hace el Padre ante los tormentos del Hijo? Calla, como calla Dios ante el mal del mundo. No lo suprime; se hace presente a él por medio de su Hijo y le da un vuelco en el amor.

Cuando miro a Jesús en su Pasión, Dios parece estar ausente. Porque Dios no está en el mal, en el sufrimiento, en la muerte. Dios en ausencia de Dios, Jesús, habla a su Padre como si estuviese lejos: ¿por qué me has abandonado? No obstante, en este descenso al corazón del mal -«descenso a los infiernos»- Jesús devuelve y revela Dios al mundo. El signo del pecado -el odio, la división y la muerte- lo viven en amor, sin odio. Sufriendo la maldición, la borra. Él revela en sí la victoria del amor y en él puede el mundo de nuevo recibir el Espíritu.

Así en la Pasión se descubre el rostro de Dios, y la muerte de Cristo viene a ser revelación trinitaria. El Padre muestra a Jesús el rostro de su misericordia. La sangre de Jesús se hace testimonio de amor (I Jn 5, 6-8). El costado abierto deja brotar las riquezas del Espíritu, la Iglesia y los sacramentos. El universo, roto por las aberraciones de la voluntad, vuelve a encaminarse en el corazón de cada uno y de la humanidad, hasta que por la cruz toda criatura torne a Dios.

En presencia de la cruz nosotros hacemos al Padre escuchar una súplica por el mundo entero (Liturgia del Viernes Santo). Esta súplica tiene la certeza de ser escuchada: «Todo lo que pidáis en mi nombre, os lo daré...» (Jn 14, 13-14).

 

5. LA REVELACIÓN DEL MISTERIO (Ef 3, 14-21)

¿Por qué es esto así? Es tanto como preguntar al Padre, al Hijo y al Espíritu por qué son Tres. Estamos en presencia del misterio: el amor lo explica todo, pero no tiene otra razón que él mismo. Para entrar en este misterio es necesario «recibir fuerza». Porque la cruz ilumina toda la realidad, en su «anchura, largura, altura y profundidad». Por ella conoceremos «el amor de Cristo que sobrepasa toda ciencia». Por ella entramos «nosotros plenamente en toda la Plenitud de Dios»'. La cruz «todo lo atrae a sí».

Su acción se continúa en nosotros «con todos los santos». Es la fuente que mana el amor fraterno, toda actuación y todo sufrimiento en la Iglesia. El cristiano, iluminado por ella, deja que el amor obre en él, y aun rechazado de los hombres, con Pedro que ya no se volverá a escandalizar, «encomienda su alma al Criador fidedigno». (I Pdr 4, 14-19). El lenguaje de la cruz es para él sabiduría de vida (1 Cor 1, 17-25).

 

Hay que reconocer la cruz gloriosa que orienta todo el esfuerzo de discernimiento. Comprendemos que es bueno volver sin cesar a la meditación de la Pasión. «Trayendo en memoria frecuentemente los trabajos, fatigas y dolores de Cristo Nuestro Señor, qué pasó desde el punto que nació, hasta el misterio de la Pasión en que al presente me hallo» [206].

 

 

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