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Laplace - Los ejercicios espirituales de diez d�as
(�ndice)
Día
10º
El hombre nuevo:
Cristo resucitado
PLAN DEL DÍA:
UNA TRANSFORMACIÓN
¿Por qué la cruz es victoriosa? No por
sí misma, sino por aquel que la ha llevado.
Jesús consigue en ella la victoria sobre el odio,
origen de muerte. El lo vivió todo, incluso la
muerte, en el amor. Viviendo el amor hasta el sumo, acaba
por incorporarse al Padre, desde el mal en que se
había sumergido. Es el primero de los hombres que
pasa de la muerte a la vida, porque ha amado. Sólo el
amor, cuando se llama Dios hecho hombre, triunfa de todo.
Después de él, también nosotros somos
transformados: pasados de la muerte a la vida, porque
amamos. Entonces la gloria transfigura su humanidad. La vida
nueva es la vida en el amor y la justicia. Es
imperecedera.
Viviendo en Cristo resucitado, puedo recuperar mi vida,
mi puesto en el mundo, sin enlodarme en él ni
conducirle a la ruina, sino a la transfiguración que
él espera. He descubierto en Jesucristo resucitado
las fuentes de la verdadera libertad, la que consiste en
amar a Dios sobre todas las cosas. Cristo resucitado se
convierte en el hombre perfecto y en él todo lo
humano es conducido a Dios.
En Cristo resucitado, la experiencia espiritual termina
su proceso. La Pascua concluye el proceso de salir de
sí, que comenzó al principio de los
Ejercicios. Quizás, mejor dicho, el final nos
devuelve al principio, revelándonos todo su
contenido. Cristo entonces se nos presenta como aquel que ha
logrado vivir en su humanidad la vuelta de todas las cosas a
Dios en una libertad verdadera. Nosotros nos revelamos en
él, logrando con él, mediante su cruz, elevar
todas las cosas hacia Dios. El impulso del Espíritu
suyo en nosotros continúa. A través de la
Iglesia, presente, Cristo hace entrar en la gloria a los que
le pertenecen.
Alegría, unidad, espíritu
apostólico, amor fraterno, sentido de Iglesia,
éstos son los frutos de este día. Nos
enseña algo más esta nueva manera de vivir que
consiste en encontrar a Dios en todas las cosas y a darles
plenitud en el amor.
LA ORACIÓN ANTE
CRISTO RESUCITADO
Esta oración presenta el peligro de todos los
fines de Ejercicios: diversas lamentaciones tardías,
pretextos para marcharse antes de que se acabe, nerviosismo,
temor de la vida a que se vuelve, ansiedad sobre la
perseverancia en el futuro. El que cree que los Ejercicios
le han transformado, se dará cuenta de que no es
así, por la manera como vive este último
día. Experiencia beneficiosa que hace que se
desvanezcan sus últimas ilusiones.
En realidad no debemos marchar como escolares que se van
de vacaciones. La vuelta a la vida diaria debe hacerse con
fe, con la mayor naturalidad del mundo. Es el momento de
vivir un realismo que es signo de haber conseguido una fe
adulta. A Dios ya no hay que buscarle en sus
representaciones, imágenes o sentimientos, sino en
una presencia mas profunda, que es la que debemos vivir.
Hemos recordado el paso del plano intelectual,
psicológico o moral, al plano de la fe y del
Espíritu. No es preciso esperar a salir de Ejercicios
para actuar así. Este último día nos
ofrece ocasión para ello. Nos es posible vivir en
él esta entrega de nosotros mismos que bajo las
formas más variadas es lo que constituye nuestra
elección. La calidad de esta oración es la
continuación de la de los dos días
precedentes. Permanece la exigencia de un gran silencio
interior en medio de las preocupaciones que nos
venían asaltando. Su alegría no es la propia
de un temperamento regocijado, sino que hunde sus
raíces en el intenso sentimiento de la presencia del
Espíritu Santo en nuestros corazones.
En ella se pide la alegría como fruto del
Espíritu Santo. Una de las mayores gracias que un
hombre puede gozar en esta vida es descubrir que sólo
con el anhelo por Cristo se puede encontrar a Dios en
cualesquiera circunstancias y vivir feliz dondequiera.
Alegraos sin cesar (Fil 4, 4). Todo el pasaje de Fil 4, 4-9
debe meditarse en este sentido.
Aunque no haya tiempo para hacerla a continuación,
la magnifica «Contemplación para alcanzar
amor» está especialmente indicada este
día. Es una contemplación para toda la vida:
la obra de Dios contemplada aquí abajo en Cristo
resucitado, a fin de que nos ofrezcamos más
intensamente a su impulso de vida. Las escenas de la
Resurrección y Ascensión nos conducen a un
Pentecostés en que la fuerza del Espíritu nos
envía a predicar el Evangelio a toda criatura. Las
criaturas son la oración de todos los días en
la Iglesia.
EL RETORNO AL
PRINCIPIO
El primer día evocamos la creación del
hombre a imagen de Dios. Solamente en Cristo resucitado
comprendemos el sentido de esta expresión, no para
pararnos en esa contemplación, sino para irnos
transformando cada día mas en esa misma imagen, bajo
la acción del Señor que es Espíritu (2
Cor 3, 18).
1. El hombre
nuevo
El hombre comienza con Jesús resucitado. Es en
él donde brota de las manos del Creador. Adán
encuentra a Cristo que viene a buscarle a los Infiernos. El
Paraíso, que solemos situar en el principio, lo
tenemos delante. Así es como Pedro hace que lo
entendamos la mañana de Pentecostés (Hech 2):
Jesús realiza la esperanza anunciada a nuestros
antecesores, él es la consumación, la
inmortalidad. En él comienza el mundo. Su carne
glorificada se hace el centro de toda vida en el
Espíritu.
La Resurrección es el punto culminante que ilumina
todo, la historia, la Escritura. A partir de ella es como
nosotros leemos la una y la otra. Iluminados por la gracia
de la Pascua, Cristo nos sale al encuentro por todas partes.
«El les abrió el espíritu para la
inteligencia de las Escrituras. (Lc 24, 45). La actitud del
justo y del pobre, que fue la suya hasta la cruz, y que en
la Resurrección encuentra su pleno desarrollo, la
continúa mediante nosotros en la Iglesia. Su vida de
resucitado se hace en nosotros una vida en la justicia.
La Resurrección es también una presencia
nueva imposible de captar con los ojos de la carne. El mundo
ya no me verá y vosotros me veréis. Frase
fundamental que descubre el secreto de la vida nueva: la
comunidad de vida en el Espíritu. Nosotros
permanecemos presentes a él porque vivimos en el
mandamiento suyo del amor. Parentesco nuevo según el
corazón y la libertad. Esta presencia nos es dada
dentro de este mundo que sigue rodando. Esta
«gloria» tiene su origen en el interior de la
cruz, como hace notar san Juan, y a aquellos de que la cruz
se apodera, como en una especie de Éxodo, les da una
Transfiguración.
2. La Iglesia
Nace con Cristo resucitado como lugar del amor en la fe
de Jesús. En ella se realiza el encuentro de la
aspiración del hombre hacia el amor y la respuesta
del Creador a esta aspiración, encuentro de dos
impulsos, ascendente y descendente, que se verifica en
Cristo, hombre y Dios juntamente.
Cristo resucitado, viviente en ella, y al que buscamos en
la Eucaristía, nos libera a un mismo tiempo de una
fidelidad inquieta que nos impide avanzar y de una
adaptación turbulenta que no es otra cosa que el
miedo de no conseguirlo. La Iglesia no es una sociedad de
puros, anclada en la perfección, que a todos impone
sus órdenes. Es un lugar de tránsito, en que a
través de hombres pecadores descubrimos el rostro de
Cristo: «Lo que hagáis con uno de estos
pequeños... El que a vosotros oye a mi me
oye»... Lo mismo el más miserable de los
hombres, que el que ostenta la autoridad, se convierten para
nosotros en Cristo. En esta fe, las rivalidades comienzan a
desmoronarse. En cada uno de nosotros la Iglesia está
en marcha, no hacia la edad áurea, sino hacia la
Revelación de un misterio que ya poseemos. La Iglesia
está en el interior del mundo y también en el
interior de cada uno de nosotros.
En la Iglesia vivo yo la diversidad de las vocaciones
particulares. Estas reciben su valor de su referencia al
amor que les hace nacer. Yo me encuentro en todas ellas como
si todas fuesen mías, aunque yo me quedo en la que
Dios me dio a mí. Si soy yo el que ha recibido este
don o eres tú, importa poco. Sea en ti, sea en
mí, Cristo continúa.
Respecto a los hombres que son hostiles a la Iglesia o
permanecen alejados de ella, el cristiano que vive el
misterio de la Iglesia no tiene ni actitud de desprecio ni
mentalidad de propagandista. Posee el sentido de su
misión, pero semejante a la de Cristo, enviado al
mundo por el Padre. Dondequiera que está,
según la vocación que le es propia, constituye
una Presencia, para que a través de él se
realice la Plenitud. Así, en el lugar concreto donde
pasa su vida mortal, vive el amor total y universal, con el
espíritu de la primera carta de san Juan.
Este misterio, que es el del Verbo encarnado, para ser
vivido, exige una continua ruptura, la del pasar de la carne
al espíritu.
«Bienaventurado eres, Simón Pedro, porque
estas cosas no te las ha revelado ni la carne ni la sangre,
sino mi Padre». Esta iluminación del Padre al
corazón que se abre, nos hace descubrir en el
misterio de la Iglesia, como en el Verbo encarnado, la
presencia de Dios en la humillación de la carne, el
escándalo de la Encarnación que continua. Por
la aceptación de este escándalo es por lo que
la vida espiritual se hace verdaderamente cristiana.
En el fondo de este misterio está presente Maria.
En el Cenáculo, esperando la llegada del
Espíritu, es ella la humanidad reconciliada. Su
presencia en el corazón de la Iglesia nos hace
descubrir y vivir su misterio
3. Dios en todas las cosas: la
libertad
En la gracia de la Pascua, Jesús comienza a vivir
en cada discípulo el misterio de la
Reconciliación por su sacerdocio universal. Por
él todo retorna al Padre, en una creación que
se hace y se renueva. En este ascenso, la Eucaristía,
celebrada en el seno de la comunidad de discípulos,
ocupa un puesto central.
Nosotros vivimos realidades comunes con los demás
hombres, pero según una nueva manera de ser y de
obrar: no el dominio, sino el amor. En sus apariciones
Cristo se muestra sencillo y fraterno. De ese modo toda
situación humana puede vivirse en él. Las
personas más sencillas a quienes se revela
Jesús resucitado viven en su presente a Dios
mismo
Las adversidades o las esclavitudes de la existencia
presente adquieren en él un sentido nuevo. No se
soportan ya con temor y resignación. Son la carga del
amor que llevamos con él, que ha bajado hasta lo
más hondo de nuestras esclavitudes, y nos ha librado
ante todo de la esclavitud radical, que es la del pecado. Su
libertad-y la nuestra en él-es la que hace posible
amar aun en medio de las tribulaciones que pesan sobre el
hombre. Con él, dondequiera que estemos, trabajamos
por la liberación de todos, con un espíritu
que es el mismo que él tuvo.
Al terminarse el proceso de los Ejercicios, vuelve cada
uno a sus ocupaciones-al principio-, un tanto renovado en el
Espíritu y en el amor fraterno. Muchos problemas
propuestos antes, siguen existiendo después. Basta
que hayamos aprendido a enfrentarnos con ellos de forma
distinta. Antes nos preguntábamos: ¿Habremos de
continuar con esto o con lo otro? En presencia de Cristo
resucitado, ¿qué nos respondemos? Hay que
decidirse a seguir el camino. No nos preocupemos de
antemano. Vivamos. A cada día le basta su esfuerzo.
El mañana traerá su propia respuesta.
PARA LA ORACIÓN
DE ESTE DÍA
Muy diversas lecturas son a propósito en este
tiempo de Pascua. Precisemos especialmente: el sermón
después de la Cena, la primera carta de san Juan, y
los textos ya citados en las reflexiones que preceden. Entre
las escenas evangélicas, todas ellas ricas en
contenido, sólo proponemos las siguientes:
1. CÓMO RESUCITÓ
JESÚS Y SE PRESENTÓ A SU MADRE
San Ignacio invita a contemplar la aparición de
Cristo a Maria. Para justificarla no dice más que
esto: «La Escritura supone que tenemos
entendimiento». Se necesita realmente una inteligencia
espiritual para captar en qué mundo nuevo han entrado
Jesús y Maria [299]. Se han hecho una sola
cosa en el corazón: a los pies de la cruz
penetró Maria la intención de su Hijo. Es esta
presencia en el Espíritu la que crea su unidad. Esta
presencia es la que realiza la Resurrección: Cristo
está presente a los que están unidos a
él con el corazón. El cuerpo ya no es opaco;
se convierte en la expresión y la transparencia del
espíritu.
Comienza una vida nueva, un modo de ser nuevo, esta
presencia espiritual que la muerte no es capaz de romper. A
esta presencia no tiene acceso el mundo: «El mundo ya
no me verá. Pero vosotros me veréis, porque yo
vivo y vosotros vivís» (Jn 14, 19).
Podemos decir que en Maria se inaugura un nuevo estadio
de la creación. El invierno ha pasado y al fin han
cesado las lluvias (Cant 2, 8-14): presencia en el
Espíritu, libertad, amor. Sobre todo, por la
humanidad gloriosa de Jesús entra Maria en las
profundidades del misterio de Dios. Ya ella le
conocía, eternamente más allá de todo,
como un océano sin riberas. Pero ahora comienza para
ella la vida de transformación en el amor, que esta
prometida a la humanidad. De este nuevo estado
¿qué podemos decir? Solo la fe y la inteligencia
espiritual lo penetran.
En la misma línea de esta presencia de Cristo a su
madre, habrá que comentar el encuentro de
Jesús con Magdalena (Jn 20, 1118). También
ella ha entrado en una presencia de amor que sólo se
mantiene en la medida en que quien la posee acepta estar por
encima siempre del conocimiento que le es dado.
«¡Oh Tú, por encima de todas las
cosas...!» (San Gregorio Nacianceno).
2. CÓMO SE MANIFIESTA
JESÚS A LOS DISCÍPULOS DE EMAÚS (Lc 24,
13-35)
Jesús les inicia progresivamente en esta
presencia, haciendo que le conozcan por los efectos de su
acción: presencia en la alegría, presencia en
el Espíritu, presencia en el amor fraterno. En
él se nos comunica la presencia activa y
dinámica del Espíritu. Los encuentra
entristecidos y, a partir de los motivos de su tristeza, les
hace pasar a la alegría. Es el primer efecto de la
Resurrección: toma al hombre de lo más hondo a
lo más alto y, a partir del estado en que
está, le revela lo que él es en su ser
profundo. La cruz sigue estando siempre presente, pero
gracias a la inteligencia que él les da de las
Escrituras, hace que brille la gloria del Espíritu.
La Resurrección da una alegría sin
mixtión. Y aunque El está ya presente, ellos
ignoran que es él. Sólo les ha comunicado una
esperanza, ha despertado su alegría, ha suscitado su
deseo: «Quédate con nosotros». Por su
ruego, se queda con ellos. Pero es en el momento en que, al
partir el pan, ellos le reconocen, cuando ya desaparece ante
sus ojos. Realmente, «el partir del pan», o la
revelación de su cuerpo glorioso, opera en ellos otro
paso, el de la presencia exterior a la verdadera presencia,
a la del Espíritu, donde los seres, en el amor, se
hacen interiores unos a otros. Decididamente, es mejor que
se vaya, que desaparezca a los ojos de la carne para hacerse
presente en el corazón que vive de él mediante
la fe. «Si alguno me ama, guardará mi palabra y
mi Padre le amará y vendremos a él y pondremos
en el nuestra morada». De esta presencia el mundo no
sabe nada. Sigue como antes yendo tras de sus negocios. En
el célebre cuadro de Rembrandt, la sirviente continua
preparando la vajilla. El cambio producido por la
resurrección del Señor no es del orden de lo
apariencial. Para el hombre que mira con sus ojos de carne,
no hay más que un sepulcro vacío.
Esta presencia íntima se convierte en una
presencia fraterna, la presencia de aquellos que, cada uno
por su lado, han tenido la experiencia de que Jesús
ha resucitado. Al principio cada uno se cree solo y desea
anunciar la gran noticia a los demás: los dos
discípulos se vuelven a Jerusalén en busca de
sus hermanos. Se encuentran con la sorpresa de que aquellos
a quienes pensaban referir la maravilla la conocen ya lo
mismo que ellos: ¡Es verdad! Se nos ha aparecido.
También a nosotros. Es la comunidad que se
está formando: Cristo reconocido en la Iglesia.
Los apóstoles comienzan a tomar la
dimensión del Cristo glorioso. Una vez reconocido,
nunca cesaremos ya de descubrirle, en los acontecimientos,
en la Eucaristía, en la convivencia fraterna, en la
Escritura y en la oración (Hch 2, 42). Y nunca
aparece tan completamente como cuando aparecerá todo
en todos. Mientras estemos en esta condición mortal
nuestra, estamos en marcha hacia él, que sin embargo
ya nos es presente (2 Cor 4, 7-5, 10).
3. CÓMO ESTÁ
PRESENTE JESÚS EN LA COMUNIDAD FRATERNA (Jn
21)
Esta manifestación es una
«epifanía» del Señor. Pero que no se
lleva a cabo entre los truenos y relámpagos del
Sinaí. Cristo glorioso está presente a diario
y en la más humilde de las reuniones fraternas. En
ellas Jesús está «como de
ordinario», a la vez presente e impulsándonos
hacia el más allá.
Presente al trabajo de los hombres, también cuando
ellos no se dan cuenta. Quizás ellos no tienen tiempo
de pensar en él: el trabajo les absorbe demasiado,
así como el descontento de no conseguir nada. Sin
embargo, lo que les une en este rudo trabajo es su palabra:
«Yo os precederé en Galilea»;
también el amor que ha puesto en sus corazones.
Al amanecer, cada uno lo encuentra a su manera. El
primero Juan, que a través de los signos descubre la
realidad. Oye la voz, contempla los ademanes, advierte el
resultado del lanzamiento de la red. Como ante el sepulcro
vacío, ve y cree (Jn 20, 8). Se producen dos procesos
distintos. Tras llegar al descubrimiento, Juan lo gusta en
silencio y sigue trabajando. Pedro, mas expresivo, no puede
contenerse: va a nado al encuentro del Señor.
Afortunadamente no le imitan los demás: de otro modo
los peces de nuevo hubieran vuelto a quedar en libertad. Los
carismas son bien diferentes. Diferentes también las
maneras de descubrir al Señor dentro de la unidad de
un mismo amor.
Ha pasado ya el tiempo de los discursos. Ahora viene el
del amor silencioso: Jesús prepara el desayuno a los
suyos. No hay proyectos de actuación, sino momentos
de intimidad. Si el día de mañana dan
testimonio con su vida de lo que han visto y tocado, es por
el recuerdo de estos momentos ahora vividos. Nadie se atreve
a preguntar, porque todos sabían que era el
Señor. Nunca hay que cerrar el paso a momentos de
estos, aparentemente transcurridos en vano, y que en
realidad son prueba de que el amor existe.
Pedro es testigo de este amor fraterno en él. Es
el sentido de la triple pregunta: «¿Me amas?»
Pedro desde ahora manifiesta en su respuesta que reconoce la
fuente de este amor. No dice ya (como en Cesarea): hagan
estos lo que hagan, yo te seguiré; sino: tu lo sabes.
Como el Padre le comunicó la fe en el Hijo, fe de la
que Pedro es fundamento (Mt 16, 13-20), ahora le comunica el
amor de que Pedro es heredero entre los hombres:
«Apacienta mis corderos». Esa es la función
de Pedro en la Iglesia: ostenta la primacía en la fe
y en el amor, es el que «preside en el amor»
(santa Catalina de Siena). Todo el gobierno de la Iglesia es
una función del amor (Lc 22, 24-27). El superior es
signo de unidad, «el que realiza la unidad de todos los
suyos». (Nadal). La obediencia no es una fidelidad
material o temerosa: es una ayuda mutua para permanecer en
la unidad, sin la cual Cristo no está presente.
Cualquiera que sea el papel de cada uno en la comunidad,
lo importante no es la obra misma, sino la manera de
realizarla. A Pedro mas que a los otros le hace falta
oír decir: «Cuando eras joven... ibas donde
querías», me dabas consejos e ibas delante.
Llega una edad en la vida en que caemos en la cuenta, que
creyendo que nos entregamos, en realidad estamos cogidos, y
nuestra mayor actividad consiste en dejarnos conducir
«a donde no queremos». Es el gran giro de la
existencia. Cuando comenzamos a glorificar al Señor
es cuando comenzamos a morir para entrar en la vida.
¿Qué importa entonces el destino de cada uno?
Pedro muere de esta manera, Juan de esa otra. ¿Que
más da? Tú sígueme. Dios es glorificado
en la variedad de dones y de destinos. Lo importante no es
identificarse con su obra, sino a través de la
variedad de nuestras obras, crecer en amor y en mutuo
reconocimiento.
A este grado de profundidad ¿hay posibilidad de
distinguir lo divino de lo humano, la acción de la
contemplación? La profunda unidad del ser se realiza
con la pérdida constante de sí mismo que obra
en Dios y se da a conocer en la experiencia de su
Espíritu. Nuestras resistencias van quedando
atrás, en la estela de este amor que «mueve el
sol y las demás estrellas» (Dante).
4. CÓMO PERMANECE
JESÚS PRESENTE EN LA IGLESIA. LA ASCENSIÓN
(Hech 1, 1-11)
El Espíritu Santo comenzó su obra en el
seno de Maria en la Asunción. La continúa en
el seno de la Iglesia por la Ascensión. En uno y otro
hecho forma el cuerpo de Cristo en su forma de siervo
primero humillado, luego en la gloria del Padre. Dos
inauguraciones que están selladas por la presencia y
consentimiento de Maria: En Nazaret y en el Cenáculo.
La criatura acepta en si la obra del Creador. El
Señor Jesús permanece actualmente presente en
la Iglesia, no ya con su presencia terrestre, ni tampoco con
su presencia gloriosa, sino «oculto» a los ojos,
para que se le atienda y se colabore con él. En su
Espíritu y en su misión, permanece presente en
el sacramento. La Eucaristía opera la misión,
a fin de que su cuerpo se extienda a todo el universo y el
universo se convierta en Eucaristía. Entonces
volverá en su gloria.
La misión que deja a los suyos no es un Reino que
hayan de instaurar o restaurar, sino la revelación
del amor del Padre, que por Cristo da el Espíritu
para que la humanidad entera participe en la vida de Dios.
Recibida esta misión, los discípulos no deben
permanecer ni con la boca abierta mirando al cielo, ni
inmersos en tareas terrenas, sino a través de la
historia de lo terreno, descubrir a los hombres lo que son
en el Espíritu: «Proclamad la Buena Nueva a toda
Criatura» (Mc 16, 15). No estáis sino al
comienzo de las maravillas; veréis el cielo abierto y
los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo
del hombre» (Jn 1, 50-51).
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