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Jean Laplace - Los ejercicios espirituales de diez d�as  (�ndice)

 

 

El final de la experiencia

1. BALANCE E INTERCAMBIO FINAL

¿Es éste el momento de hacer balance? Dentro de seis meses quizás... El árbol se conoce por sus frutos. De momento apenas si tiene flores. En realidad estamos como los discípulos de Emaús: ellos creían que todo había terminado, y en realidad todo comienza. El peligro, al terminar la experiencia, es pararse en el recuerdo de lo que se ha vivido. Es preciso no cesar en el pasar «de fe en fe» (Rm 1, 17).

No es bueno detenerse demasiado en los resultados obtenidos, pero sí puede ser bueno compartir la experiencia con los que nos han acompañado en ella: en una fraterna puesta en común, que hace que mutuamente recibamos los unos de los otros el Espíritu. Se puede realizar una mesa redonda, en la que cada uno responda por ejemplo a la siguiente pregunta: ¿qué cambia esta experiencia de Diez Días en mi manera de concebir la vida humana, la vida espiritual, la vida fraterna?

Simple intercambio de las luces recibidas.

2. CONSERVACIÓN DE LA EXPERIENCIA

Es natural que nos preocupe este problema, aunque también encierra de momento ciertas inquietudes malsanas. A no ser que, al establecer un proyecto de vida, nos cuidemos más de las estructuras espirituales que conservan una manera de ser, que de determinadas prácticas y consignas que frecuentemente no somos capaces de conservar.

Entre estas estructuras, es aconsejable insistir en las siguientes:

 

a. La oración

De los Ejercicios se desprende un cierto tipo de oración. Se la suele llamar metódica. No en el sentido de que imponga una cuadricula, sino más bien porque suministra puntos de partida o de ensayos que le enseñan a uno a disponerse a las gracias de Dios. Más bien habría que decir que tiende a mantener una cierta orientación del corazón, con el fin de que las mociones profundas se pongan a la luz y se sigan.

Esta clarificación, se hace especialmente en la experiencia del amor y en la búsqueda de los dones espirituales que hacen sentir y gustar profundamente las cosas. Por eso la oración halla su aliento ordinario en los misterios de la vida de Cristo y en la Escritura, leída y meditada al ritmo de la Liturgia.

En fin: esta oración, más afectiva que intelectual, podría también llamarse «práctica». En primer lugar en este sentido: que tiende a un cierto compromiso del ser, como los Ejercicios tienden a la elección. No quiere esto decir que se oriente a darnos luz sobre las acciones que debemos hacer, las decisiones que tomar, los esfuerzos que poner en juego. Contribuye mas bien a difundir en ese conjunto «la unción» del Espíritu. No supone una parada o un freno en la acción, sino que confiere a la acción la dulzura y la fuerza, la paciencia, el ardor, la potencia de despliegue, sobre todo la paz y la confianza Podemos añadir: esta oración, lejos de oponerse a la acción, la supone y la mejora. La acción es para la oración criterio de autenticidad, al mismo tiempo que la preserva de ilusiones, insertándola en el sentido de Dios.

 

b. Las repeticiones

Existen lo que llamamos retiros. Vamos a decir a continuación una palabra sobre esta forma de renovación de la experiencia. Los días de retiro se han hecho ya de uso corriente. Con todo, podemos preguntarnos si consiguen el fin que pretenden. Posiblemente, como retiros, se hayan convertido rápidamente en una institución establecida, que no responde a las necesidades. En este asunto, corresponde a cada uno encontrar su ritmo y su manera, cualquiera que sea el nombre que demos a la cosa. Lo importante es que el espíritu tenga vida.

 

c. Perseverancia intelectual: profundización en la fe

Es ocioso repetir aquí los temas desarrollados en El Sacerdote a la busca de si mismo (Le Chalet, 1969). Basta, al terminar estos Diez Días, insistir sobre estos tres puntos. Primeramente la necesidad de poner la cultura religiosa al nivel de la cultura humana de cada uno. Una fe, que se haya quedado infantil, no puede durar mucho tiempo ante los desarrollos de la ciencia o de los progresos del hombre. Si no, queda reducida a un sector aislado, sin vínculos con la vida. De otra parte, en esta adquisición de cultura religiosa, cada uno debe atenerse a su medida. Nada hay más repelente, sobre todo en el campo religioso, que aquellas personas cuyas palabras, sin apoyarse en ninguna experiencia, repiten lo que dicen otros o lo que han visto en los libros. Hay más verdad en la gente sencilla, que se mantienen a la altura de su vida. Añadamos, finalmente-este punto de vista ha inspirado algunas de las advertencias de estos Diez Días-, lo peligroso que es, en el desarrollo de una vida espiritual, no tener en cuenta los elementos humanos y la experiencia del que la emprende. Una tal vida espiritual peligra notablemente de estar enferma de irrealismo.

3. LA VIDA DE DISCERNIMIENTO: EL EXAMEN

El examen es el gran medio, que san Ignacio antepone a la oración, para conservar la experiencia hecha a través de los Ejercicios. Esto ciertamente puede considerarse como una recomendación bastante corriente: es un procedimiento de corregir los defectos o de adquirir determinados hábitos. Desde este punto de vista tiene una cierta utilidad, pero no pasa de ser lo natural en todo hombre que desea ser aceptable en el contorno en que vive, o tener éxito en una empresa.

Los Ejercicios nos hacen mirar el examen de otra manera: como una vuelta de todo el ser al sentido de la elección para dar mayor vigencia a la acción del Espíritu tras las inevitables deficiencias. Situado así en las perspectivas de la purificación del corazón en orden a conseguir una mayor docilidad al Espíritu Santo en la acción, forma parte de la gran corriente espiritual que arranca de san Pablo y, pasando por la tradición oriental y san Francisco Javier, llega hasta santa Teresa del Niño Jesús.

San Pablo (2 Cor 12, 7-9) pide a Dios que le libre del aguijón que lleva en su carne. Dios le responde: «Te basta mi gracia; mi poder se realiza en la debilidad». Poco importa el sentido que haya que dar al aguijón de la carne. Lo importante es hacer del obstáculo un medio de hacer que brille en mi el poder de Dios: despliega en los humildes la fuerza de su brazo (Magníficat).

En el mismo sentido, pero con mayor precisión, la tradición oriental aconseja la cotidiana advertencia y contraste de los pensamientos con el recuerdo frecuente del Señor Jesús. Bajando más a lo profundo de nuestra conciencia, entre todas las imágenes que allí se producen o nosotros advertimos, hemos de dejar que, cada vez más, predomine la del Señor que vive en nuestros corazones.

San Francisco Javier, en su larga carta escrita desde Japón sobre «la ciencia de esperar en Dios», aconseja a los que sueñan en realizar grandes cosas que se preparen para eso, esforzándose en conservar la confianza en Dios, en medio de las cosas pequeñas. Estas casillas son para nosotros no ya las ocasiones de asegurarnos ciertos méritos, sino muy al contrario los medios de comprobar la debilidad de nuestra carne y la necesidad cada vez mayor que tenemos de entregarnos a Dios.

Dentro de la misma tradición podríamos citar a Lallement, Surin, De Caussade...

Santa Teresa del Niño Jesús, en su idioma peculiar, viene a decir lo mismo: «Cuanto se es más débil y miserable se está más dispuesto a las actividades de este amor consumidor y transformante»... «Aceptar el permanecer siempre pobre y sin fuerza, eso es lo difícil». Cada uno expresa a su manera la actitud que en todos es fundamentalmente la misma: hacer de todo una ocasión para volverse a Dios, seguros de que hasta las dificultades, si son vividas en Cristo, se convierten en camino. En ellas encontramos la actitud de intercambio de amor de que hemos hablado a propósito de la penitencia y cuya expresión es el acudir al sacramento. Desde este punto de vista, el examen nos va disponiendo a diario para confesarnos mejor.

La más viva expresión de esta actitud puede que sea la de san Alonso Rodríguez. Encierra en una fórmula sencilla todos los elementos antes descritos: «Cuando experimento una amargura-escribe-, pongo esta amargura entre Dios y yo, hasta que él la cambia en dulzura». Una amargura es un hecho. Querer hacer sobre él, como sobre cualquier sentimiento que desapruebo, un esfuerzo para vencerlo, corre el peligro de aumentar la dificultad. Viene a ser como si uno tuviese tanto miedo a caerse que se cayera. Pero no puedo por menos de tomar parte en lo que ocurre en mi, en esta división interior de que habla san Pablo en Rom 7. Entonces convierto el obstáculo reconocido en un medio: presento al Señor este estado de mi ser, para que él lo cambie. Y vuelvo a comenzar de nuevo desde el principio. Es hacer entrar al Señor en el corazón mismo del desorden en que yo me encuentro. Nos encontramos aquí en pleno juego de la libertad y la gracia. Me sirvo del poco de libertad que encuentro en mi, para ofrecerme totalmente a la gracia, y, transformado por ella, con una libertad acrecentada, ofrecerme aún más.

Tal como lo estamos presentando, el examen nos hace aptos para encontrar a Dios en todas las cosas y para discernir su obra en nosotros. Más que una presencia de Dios, es un medio de cooperar a la acción de Dios sobre mi y sobre el mundo. Por diversas razones puede faltarme tiempo para hacer oración. Pero nunca estaré dispensado de hacer examen, lo mismo que no estoy dispensado de vivir.

4. LA CONTEMPLACIÓN PARA ALCANZAR AMOR [230-237]

Más que un ejercicio distinto, esta contemplación presentada al terminar describe una manera de ser en medio del mundo y es una manera de orar en todas las cosas. Puede hacerse durante los Ejercicios, pero sobre todo es aconsejable a los que salen de ellos y desean conservar su espíritu.

Todo en ella está centrado en el amor, porque el amor es la realidad fundamental y final: Dios es amor y se manifiesta en obra de amor: la creación, el don de su Hijo y del Espíritu, la divinización del hombre. Mientras vivo en el mundo, sin cerrar los ojos, me es posible tratar de saber reconocer por todas partes la acción de Dios, a fin de amarle y servirle en todo. La liberación comenzada en los Ejercicios, conservada mediante el examen, como acabamos de presentarlo, hace que esta pretensión sea posible por nuestra parte. Tratando de desposeernos de todo, estamos en condiciones de abrirnos al amor. El amor no brota de nosotros. No tomamos nosotros la iniciativa en amar, lo que deseamos es recibirlo. Porque él es el Espíritu que ha sido derramado en nuestros corazones. De este amor o de su presencia en nosotros existen dos criterios objetivos, los que propone san Juan en su carta: uno es las obras; otro, el intercambio comunicativo. Nuestro amor no es sólo palabras, «sino obras y verdad» (1 Jn 3, 18). Poco importa la obra que sea, podría ser la misma del fariseo que se deja ver y ya ha recibido su recompensa, pero ha de ser tal que establezca entre los que se aman una igualdad y comunicación. La cruz es la manifestación de este amor, en la medida que conduce a la Trinidad y obran en ella las fuentes de la vida. El discípulo de Jesús, que ha recibido su Espíritu, vive en su vida ordinaria este trasiego incesante de la obra de intercambio mutuo y aprende quién es Dios, conviviendo con él.

Para dejarse arrastrar por este amor, suplica, sirviéndose de ciertos puntos de partida. Pero su plegaria, como la de Jesús, conduce cada vez más a la entrega de si: «Tomad, Señor, y recibid». El contenido de este don es yo mismo y todo lo que me constituye: sobre todo mi libertad y todo lo que yo tengo y deseo. Nada se excluye del don, porque todo se ha recibido de Dios en el intercambio que da entrada en el amor. El hombre se convierte en colaborador de Dios, como el Hijo que todo lo recibe del Padre y se lo devuelve en la comunicación del Espíritu. Es un movimiento continuo mediante el cual se cumple la voluntad de Dios. Para que cada vez me lleve más allá, no le pido más que una cosa: Amor y Gracia.

Esta manera de orar se llama «contemplación», pero es tal que partiendo del impulso de salir de sí producido por los Ejercicios, tiende a suprimir la distancia que separa la idea y el acto, el corazón y la obra, el yo y los otros. A esto-que es mucho más que un simple quehacer-es a lo que tiende toda la formación dada en los Ejercicios. Había llegado a ser «contemplativo en la acción», escribe Nadal refiriéndose a san Ignacio, es decir, que no encontraba menos a Dios en la acción, en el trabajo, en el estudio, en las relaciones mutuas, que en la oración. Todo él se había transformado en Dios. Por eso, dondequiera que estuviese, se encontraba a gusto, y se le notaba en el brillo del rostro, en la paz que irradiaba de él. Como para él Dios estaba en todo, cada cosa le resultaba importante. Ahí esta el secreto de la atención intensa que puede tener en todo lo que hace el que vive de este espíritu. No tiene necesidad de guardar la presencia de Dios con esfuerzos distintos de la obra que hace. Vive a Dios en todas las cosas.

Los cuatro puntos que san Ignacio propone para mantener esta manera de ser están ligados entre si con la unidad del impulso del amor, pero no es necesario meditarlos juntos. En cada uno están contenidos todos los demás. Basta haber comprendido lo que se pretende y escoger uno u otro, según la necesidad que de Él tengamos.

El primer punto es una meditación de recuerdos y condensa en si todos los otros puntos un poco a la manera del fundamento que contiene en germen todo lo que sigue. Todos los bienes del universo, toda la historia humana puede entrar en esta meditación. Lo esencial es «ponderar con mucho amor», para dejarme embargar con amor en «la destinación divina». La inteligencia de las cosas nunca está separada del amor que las hace existir.

El segundo punto recoge de nuevo el movimiento de las cosas para profundizar en su sentido. La inmensa evolución del universo, desde la vida vegetal hasta el espíritu, a través de estadios sucesivos, tiende hacia una presencia de Dios cada vez mas íntima en la criatura. Todo el universo tiende hacia la transfiguración; en el límite, «haciendo templo de mi, siendo creado a la similitud y imagen de su divina majestad».

No es Dios exterior a los dones que me hace: trabaja en el interior de sus dones para conducir a su criatura a su fin. Este es el contenido del tercer punto: va dirigido al corazón, para invitarnos a considerar los trabajos de Dios por el hombre en medio del universo en Jesucristo.

Finalmente, el cuarto punto me sitúa en el corazón de la Divinidad, de donde yo veo cómo brotan las cosas, como del sol descienden los rayos, de la fuente las aguas. Movimiento continuo de descenso y nuevo ascenso. Dios es el océano sin riberas. Ninguna fórmula es capaz de encerrarlo. Todo proviene de él y él está más allá de todo. En él hallamos la unidad, pero no nos detenemos ahí. La vida eterna es este mismo brotar ininterrumpidamente.

Después de cada punto, el «Tomad, Señor» es la oración habitual. En el Espíritu que el Padre me comunica en el corazón de la Trinidad, «torno» a Dios todos los dones que me ha dado. Restitución que no es la simple devolución de los talentos que me ha dado: la creación ha fructificado en las manos del hombre, y es precisamente para hacer que todas entren en el único Amor. El mundo ya no queda encerrado en si mismo.

5. PARA ESTA CONTEMPLACIÓN

Toda la Escritura alimenta esta contemplación, siempre y cuando sea leída con el espíritu de reconocimiento y acción de gracias que es debido. También toda la vida humana, en sus detalles como en sus grandes líneas, dan ocasión para ella. Bastarán algunas indicaciones. A cada uno toca encontrar la manera de ser «contemplativo en la acción».

Muy valioso es el rezo de los salmos, sobre todo si sabemos retener de ellos tal o cual versículo que, repetido a lo largo del día, permita sostener nuestra atención a la realidad. Merecen citarse los salmos de alabanza, también los que narran los beneficios de Dios en la historia de Israel. ¿Por qué no volver de nuevo en este momento al Salmo 139-138 meditado ya al principio? Al final de la experiencia adquiere un sentido nuevo y da la medida del camino recorrido. Además el renovar la memoria del camino recorrido durante los Ejercicios puede servir de hilo conductor de la oración. En un rápido resumen, facilita la conservación de sus frutos. Constituye una excelente manera de hacer el examen de conciencia tal como lo hemos presentado: ponerse de nuevo en presencia de la acción de Dios, precisamente este día, para cooperar en ella de la mejor manera.

Más que ninguna otra, puede ser que la meditación asidua de la primera carta de san Juan constituya la mejor versión escriturística de la contemplación para el amor. En ella Dios se hace conocer por los efectos de su acción: luz (1-2) y amor (3-4). La participación de sus dones sigue en nosotros el mismo ritmo: va desde el conocimiento y confesión del pecado, hasta la transformación en Dios, pasando por la fidelidad al mandamiento del amor. Esta acción es la obra de Dios. Le conocemos en definitiva por el amor que nos tenemos unos a otros. Presencia actuante de Dios en nuestra fe que es «victoria sobre el mundo».

De un modo excepcional, esta oración tiene su centro en la Eucaristía, acción de gracias por excelencia, en que se condensan todas las maravillas de Dios y que da sentido al correr de nuestros días. Algunos de los textos eucarísticos pueden ayudar a esta oración.

Ya no estamos dentro de los Ejercicios. Y no obstante la acción del Espíritu, prosigue en nosotros su obra. La oración nos conserva en su presencia.

LA RENOVACIÓN DE LA EXPERIENCIA

Si los Ejercicios son realmente una experiencia de la vida del Espíritu, nunca pueden parecerse a otros anteriores. Porque entre unos y otros la vida ha seguido y nosotros hemos cambiado. Por eso es inútil tratar de reproducir la experiencia pasada. Solamente podemos conservar su recuerdo, para seguir adelante.

El itinerario recorrido y la manera de actuar han dejado en nosotros unas ciertas estructuras que permiten a la vez la fidelidad y la invención. Sabemos cómo empezar y cómo dedicarnos a ellos, pero no debemos encerrarnos en una fórmula. La formulación recibida permite entregarse a los nuevos Ejercicios con libertad de espíritu. ¿Cómo ha de hacerse? ¿Cuándo se ha de renovar la experiencia? A estas preguntas es tan difícil responder como a estas otras: ¿cuándo conviene recibir los sacramentos? ¿Cómo conviene prepararse? Evidentemente algunas reglas sencillas pueden ayudarnos a emprender esto cuando no tenemos experiencia ninguna de ellos. Pero a medida que uno avanza se va avezando cada vez más a seguir su propio camino. Ama y haz lo que quieras. Si tu manera de actuar procede del amor, no hay peligro de que degeneres en fantasías ni incurras en extravagancias.

Al terminar esta experiencia, sobre todo si se ha renovado varias veces durante diez o treinta días, nos sentimos inclinados a insistir más en la libertad que en la exactitud. Hay muchos que, por no atreverse nunca a volar con sus propias alas, no han tenido en la Iglesia la influencia y la fecundidad que prometían los dones de que estaban enriquecidos. Se quedaron en fieles servidores, cuando estaban llamados a la amistad y a la creatividad.

No hay más que hacer la experiencia. Después de algunos años, en los que hayáis permanecido fieles a la formación recibida en Ejercicios, id a pasar ocho días en soledad a un monasterio o a otro lugar tranquilo. Llevaos pocas cosas-la Biblia debería bastar-y vivid con Dios. Cuando Nadal en el comentario a las Constituciones de san Ignacio presenta el ideal de la oración del Jesuita que se llama formado (¿llega a serlo alguna vez?), sinant suo spiritu duci: «que no se les imponga nada -dice-, que se les deje guiarse por el espíritu que en ellos hay». Semejante regla, si se da prematuramente, conduce al desastre -la inconsistencia de la persona a quien se diera, no le permitiría vivir en esa libertad-¡pero, en el momento oportuno, es norma liberadora y necesaria a quienes abrigan en el corazón el deseo de servir a Dios con todo su ser. Es muy cierto que los consejos siguen siendo necesarios. Cuanto mas avanza la vida, más difícil es encontrar personas de las que tendríamos necesidad para caminar sin temor en el sentido de esta libertad de crecientes exigencias. Pero las personas tienen sensibilidad para descubrir a las personas. Basta una entrevista ocasional con el Padre espiritual-¿padre, amigo, maestro, hermano?, aquí las palabras no tienen la acepción habitual-y volver a verle de cuando en cuando, para continuar la conversación hace un año interrumpida, como si nos hubiésemos visto ayer. A través de él sabemos que la luz brilla y nos confirmamos en el camino que con el-y con otros muchos a los que aún no conocemos-seguimos haciendo.

 

 

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