Guy de Larigaudie, routier
legendario, el primero que unió en automóvil
Francia con Indochina, cayó en el campo de honor el
11 de mayo de 1940, en la frontera de Luxemburgo.
Se le
encontró encima una carta, escrita
a una religiosa carmelita, en la que
decía:
-
"Hermana:
-
Estoy en la refriega.
Puede que no vuelva.
-
Tenía hermosos
sueños y grandes proyectos. Sin embargo, si no
fuera por la pena inmensa que esto va a causar a mi pobre
madre y a los míos, saltaría de gozo.
Tenía tanta nostalgia del cielo..., y ahora
presiento que pronto va a abrirse la
puerta.
-
Al ser tan grande mi
deseo del cielo y de la posesión de Dios el
sacrificio de mi vida no es tal
sacrificio.
-
Había
soñado llegar a ser santo y ser un modelo para los
lobatos, scouts y routiers. Demasiada ambición
quizá para mi talla. Pero era
así.
-
Estoy alistado en el
cuerpo de caballería y contento de que mi
última aventura sea a caballo..."
-
Esta última carta es su
retrato exacto: amor a la vida y nostalgia de Dios.
Saboreaba la vida como un chiquillo saborea una fruta
maravillosa.
Pero en su interior no cesaba
de oír un nuevo canto, una llamada más
seductora todavía: la llamada de Dios.
Los scouts quieren unir lo
humano con lo divino, descubrir la creación en
espíritu de gratitud y ofrecer a Dios el homenaje de
un cuerpo vigoroso y de la alegría en la
acción. Su vida espiritual en su ascensión
hacia Dios pretende arrastrar toda su vida
humana.
Guy de Larigaudie supo
realizar maravillosamente esta difícil alianza. Sus
últimas palabras lo demuestran. Resumen lo esencial
de su vida. La muerte, a la que se ofrece, es el sello que
da a su obra literaria un carácter de autenticidad
sagrada indiscutible, que se impone y suscita amor y
respeto. Es él mismo, hermanando el gozo de vivir con
el deseo de Dios.
Recorrió toda la tierra
con una admiración siempre renovada. Pocos
habrán sido tan sensibles a la belleza del mundo.
Quiso sumergirse en ella. En todo encontraba motivo de
admiración y todo le servía de
trampolín para elevarse hacia Dios. Desde la humilde
flor hasta el hechizo del cielo explorado en
avión.
Y no se trata de una simple
necesidad estética. La belleza le lleva al amor. Es
para amar, porque ama, por lo que sabe descubrir el encanto
del mundo y contemplarlo. Hay ternura franciscana en su amor
a las cosas y a los seres.
Y se da cuenta de lo que esto
representa. De ahí su gratitud y su deseo de darse.
El amor engendra la vida. Precisamente porque ha amado es
capaz de hacernos revivir tan a lo vivo su conocimiento
espléndido del Oriente.
La modestia y la sencillez
serían su distintivo si no lo fueran en mayor escala
la alegría y la pureza. Quien no le ha visto
reír no sabe lo que es la santa libertad de los hijos
de Dios, ni el esplendor de un alma milagrosamente
preservada.
Si escribe, lo hace para hacer
partícipes a los demás, a los jóvenes
sobre todo, de la alegría de su nuevo descubrimiento.
De lo que posee. Y su estilo, como él mismo, es
limpio. Yodo es en él sinceridad.
Ha amado el peligro, las
danzas y los cantos, pero no ha olvidado las acciones
más humildes del hombre. Sabe que en el hombre, la
primera de las criaturas, todo tiene como meta el
cielo:
-
Una bestia
perseguida y acosada desarrolla un esfuerzo
físico mayor que el nuestro al atravesar una
elevada montaña. Pero sólo el hombre
puede dar sentido a su esfuerzo.
-
El chiquillo de
trece años que se levanta un cuarto de hora
antes para hacer gimnasia delante de la ventana
abierta, produce un esfuerzo de un valor muy superior
al de un transporte realizado por un rebaño de
búfalos.
-
La suma de esfuerzos
humanos hacia la belleza, el bien, hacia lo mejor,
hacen subir la humanidad continuamente como un
movimiento de marejada que hincha la masa del
océano (34).
Conoce el valor del más
humilde de los oficios:
Nuestra vida no es
más que una sucesión de gestos
ínfimos, que divinizados labran nuestra eternidad
(38).
Tan hermoso es pelar
patatas por amor de Dios, como edificar catedrales
(7).
Su mirada sobre el mundo
está llena de benevolencia. Nadie ha practicado como
él la caridad de la sonrisa, de la que hizo un
maravilloso elogio. Detrás de cada rostro descubre
una vocación eterna. Le conmueve la muerte de una
famosa estrella: detrás de su maquillaje descubre el
alma y quisiera que sus millares de admiradores rezaran por
ella.
Llega a los confines de la
tierra no por curiosidad, sino por una especie de fuego
interior irresistible, por hambre, por necesidad, por
nostalgia.
A través del mundo
creado, busca a Dios. Y lo sabe.
Por Él se conserva
intacto. Por su amor renuncia a todo lo que podría
alejarle de la pureza infinita:
Hay que tener el
corazón totalmente lleno de Dios, como un novio
tiene el corazón lleno de la mujer que ama
(19).
Pero este Dios tan amado es un
fuego que devora. Nuestra vida es demasiado pequeña
para contenerlo:
En la
última torreta del palo mayor de un velero, cuando
no hay tierra a la vista, uno posee para él solo
el círculo del horizonte. Pero inmediatamente
añora el deseo de empujar más allá
esa línea, de hacer estallar ese límite,
que, a pesar de todo, nos aprisiona, porque estamos
hechos para lejanías más dilatadas que las
pobres perspectivas de los horizontes de este mundo
(31).
Nuestro deseo de
felicidad es demasiado grande para que pueda colmarse con
algo distinto del Más Allá
(32).
Guy es el comentario viviente
de la frase del apóstol Pablo:
"Gemimos en esta
nuestra tienda, anhelando sobre. vestirnos de aquella
nuestra habitación celestial" (2 Cor. 5,
2).
Sólo la posesión
de Dios colmará nuestra ansia de amar y de ser
amados. Para conseguirlo, será necesario
morir:
"Si el grano de
trigo no muere..." Hay pocas parábolas tan
consoladoras como ésta, porque nos incorpora e
integra en el ciclo mismo del mundo y porque legitima
nuestros sueños ambiciosos (33).
No teme la muerte. Es la pueda
amiga que se abre sobre la inmensidad de Dios.
Sabe por experiencia -dos
veces, al menos, conoció muy de cerca la muerte
durante sus viajes - que nada podrá separarle de la
amistad de Dios.
El día en que por poco
se rompe la cabeza, al aparecer después de una
zambullida peligrosa, algo ha cambiado en
él:
Acababa de
comprender que verdaderamente no hay más que una
cosa importante: el amor a Dios; un amor inmenso, sin
medida, un amor de chiquillo que adora a su madre, un
amor total que nos arrastra por completo en cada instante
de nuestra vida. Ese amor infantil, ese maravilloso amor
borrará más tarde todas nuestras fealdades.
Es lo único que permanecerá de veras
(57).
Está de tal manera
acostumbrado a la presencia de Dios que conserva siempre en
lo hondo del corazón una plegaria que le sube a flor
de labios:
Esa
oración, apenas consciente, ni siquiera cesa en la
somnolencia (48).
Es una gracia.
Sabe con certeza que,
cualquiera que sea la forma de su muerte, morirá
amando a Dios y esto le basta. Sin embargo:
Preferiría
morir plenamente consciente. Me gustaría poder
tomar mi vida en el hueco de la mano y tener tiempo de
elevarla hacia Dios y dársela como mi humilde
ofrenda de hombre (57).
Es a galope de su caballo como
forzó, de un brusco empujón, la puerta del
Misterio de Dios, en una ofrenda de todo su ser a la Patria
que tanto había amado. La Santísima Virgen, a
la que había pensado edificar un santuario,
debió acoger con una ternura especial a ese hijo de
la luz, que tanto se había esforzado en reflejar su
pureza.
Morir "a caballo" fue su
último deseo, como nos lo revela la carta que llevaba
encima en el instante del último combate. Será
difícil encontrar místicos que hayan sabido
unir tan hondamente el deseo loco de Dios con el gozo de
vivir, que se hayan alegrado hasta el extremo de ir al
encuentro de Dios y de ir "a caballo", que hayan dado un
testimonio tan colmado de que Dios es gozo y
vida.
M. D. FORESTIER,
O. P.
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