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Guy de Larigaudie
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Buscando a Dios
(�ndice)
REFLEXIONES
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57 UNA
ZAMBULLIDA
Me
sucedió en una de las islas sembradas a
voleo sobre el Pacífico y cuyo nombre es
como una canción a flor de
labios.
Subía
con unos indígenas una montaña. A la
mitad, tropezamos con un torrente que caía
en cascada por entre las rocas angostas. El agua
estaba fría, suave como la seda.
Una
tahitiana trepó atrevidamente a un saliente
seis o siete metros por encima de nosotros. Muy
pura de línea, armoniosa de colores, su
silueta cubierta con el pareó colorado,
sembrado de flores blancas, brillaba como una luz
sobre el fondo más sombrío de la
pared.
Ondearon
sus negros cabellos y se sumergió. Apenas
sacó la cabeza del agua se dirigió a
mí entre risas estrepitosas: "¡A que no
saltas como yo!", dijo.
El amor
propio es un gran estímulo. Aunque una
altura de seis metros era demasiado para mí,
subí decididamente.
Vi debajo
el hoyo de piedra, redondo como una
minúscula copa de cristal. Algunas
hojas,
ocultando a
medias el agua, parecían alejarlo más
todavía.
Saludé
a mi hermosa tahitiana, y me
lancé.
Bruscamente,
debido a un efecto óptico, tuve la
impresión de haber calculado mal mi impulso;
comprendí que me iba a estrellar contra el
peñasco.
En momentos
así toda la vida se hace presente con una
claridad meridiana. En un instante vi toda mi
existencia: lo bueno y lo malo, lo luminoso y lo
oscuro. Pero no se me ocurrió ni
arrepentirme ni hacer un acto de
contrición.
Pensaba
solamente con tal intensidad que impedía
todo otro pensamiento: "Dios mío, sé
que valgo poco, pero a pesar de todo os he
amado".
Eso fue
todo. No hubo la más mínima
inquietud. Solamente una inmensa
alegría.
Pero
llegué prosaicamente al agua, de donde
salí un poco aturdido y prodigiosamente
decepcionado.
Los
indígenas, asombrados, reían. La
tahitiana aplaudía. Yo me reía con
ellos. Pero algo en mí había
cambiado. Acababa de comprender que verdaderamente
no hay más que una cosa importante: el amor
a Dios; un amor inmenso, sin medida, un amor de
chiquillo que adora a su madre, un amor total que
nos arrastra por completo en cada instante de
nuestra vida. Ese amor infantil, ese maravilloso
amor borrará más tarde todas nuestras
fealdades. Es lo único que
permanecerá de veras.
Renové
esta experiencia dos años más tarde
en un naufragio en el Ganges.
Un amigo
mío y yo habíamos embarcado en un
barco que zozobró durante la noche. Nuestro
auto también iba a bordo.
Dormía
yo tendido sobre el puente. La embarcación
se inclinó demasiado a un lado. Rodé
sobre las maderas, choqué con el borde y
caí al agua.
El instante
transcurrido entre el despertarme y el
llenárseme los pulmones con el agua del
Ganges me ofreció la misma visión
global de toda mi vida, la misma perspectiva
cegadora, como una puerta que de repente se abre a
la luz, la misma sensación de abandono y de
paz, de alegría y de gozo de toda el alma y
de todo el cuerpo.
Pocos
segundos después me debatía en la
oscuridad para desprenderme de mi saco de dormir y
de mis ropas.
Bebía
el agua infectada por todos los cadáveres de
Benarés y no estaba vacunado. Podía
descabezarme con el auto o con el barco.
Probablemente nuestro auto se hundiría y el
viaje iba a fracasar.
Pero,
¿qué me importaba todo eso si
conservaba la amistad con Dios?
* *
*
Desde aquel
día, no temo ya a la muerte repentina. Es
cierto que preferiría morir plenamente
consciente. Me gustaría poder tomar mi vida
en el hueco de la mano y tener tiempo de elevarla
hacia Dios y dársela como mi humilde ofrenda
de hombre.
Pero
estará igualmente bien si la puerta, en
lugar de abrirse lentamente, cede de un brusco
empujón.
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58 A
CHARTRES
Domingo y
lunes de Pentecostés, dos días
libres, voy a Chartres.
Domingo por
la mañana, en Notre-Dame de París. La
gran nave está silenciosa en la poca luz que
entra por las vidrieras. Algunos jóvenes,
mochilas en la espalda, uno o dos militares,
algunas viejas, unas buenas religiosas asistiendo a
misa en una capilla lateral.
Vueltas y
más vueltas por culpa de la
Exposición.
La ciudad
va haciéndose pequeña. Los suburbios.
El campo.
El puente
de Sévres, el castillo de Versalles, tan
hermoso después de la fealdad de algunas
calles. Finalmente, el bosque
espléndido.
Al
compás de los pasos, se suceden las
"avemarías" del rosario. "Avemarías"
ofrecidas por múltiples intenciones, por
muchas necesidades, también por la gente que
encuentro en el camino:
-
por esos bohemios mugrientos y por esa gitanilla
con oropeles multicolores que debe robar
gallinas en las casas de campo;
- por
ese caminante que marcha como yo, pero
seguramente porque él no puede hacer otra
cosa;
- por
los soldados que he encontrado en el campo de
Satory; creen que el gusto por la marcha voy a
perderlo durante el servicio militar;
- por
los turistas insoportables que hablan en voz
alta en la capilla de Dampierre;
- por el
obrero que ha murmurado al pasar: "¡uno que
juega a lo duro'".
- por
esos pequeños scouts que, para que les
acompañara me han indicado gentilmente un
atajo que me alarga tres kilómetros el
camino;
- por
las señoras elegantes que, desde sus
coches, sonríen al que va cargado con la
mochila.
El bosque
me rodea. Tan hermoso, que se convierte en una
plegaria.
Sólo
ya, hago retiro, con mi alma por celda y el bosque
por monasterio.
"París:
40 Kms.", indica una flecha apuntando hacia mi.
Pero yo he recorrido 45, por las vueltas de la
Exposición y la caminata de los
pequeños scouts.
15 Kms.
todav�a antes de llegar a Rambouillet. Me duelen los pies,
ya que en el fondo, los pobres, siempre han preferido el
estribo a la ruta. La mochila pesa mucho m�s. La fatiga
molesta.
Mis pasos
machacan "avemar�as" distra�das. La fatiga es ahora mi
verdadera plegaria. Este kil�metro por aquel amigo m�o. Este
otro en uni�n con Cristo en el Calvario. El otro y el
siguiente por todos los viejos pecados que se�alan una
mancha gris en el pasado.
Rambouillet: 5
Kms. Es de noche.
A las diez y
media de la noche, cansado, llego por fin. Pensaba quedarme
en una casa de campo. Es demasiado tarde. No quiero
despertarles. Entro en un peque�o hotel. Completo. Tambi�n
el segundo y el tercero. Empieza a llover. Medito en Bel�n y
al fin doy con un hostal. Queda libre una habitaci�n en el
desv�n. Hay chinches.
Qu� gusto
tomar una ducha en un aseo inconfortable, ponerme en pijama,
tenderme, dormir... con nuestros hermanos los chinches, que
no me han parecido tan terribles como dicen algunos.
Lunes por la
ma�ana. Camino de Chartres. Llueve a torrentes. Mis piernas
tienen agujetas, y he de estar en Par�s esta misma tarde.
Unos
kil�metros despu�s de Rambouillet, se detiene un coche. Va a
Chartres.
...Bendito
seas, Dios m�o, por los ch�feres compasivos que recogen a
los peregrinos cansados, chorreantes y doloridos.
Pasamos a
trav�s de Beauce, que sin duda ha sido hecho tan llano para
permitimos admirar mejor la belleza de las monta�as.
En coche,
pienso en el lento descubrimiento de la torre de Chartres,
del que habla P�guy y que hice en otro tiempo con el clan.
Un largo rato
de oraci�n en la hermosa catedral.
Una hora en
tren. Par�s. Vuelvo a la vida cotidiana.
Pero tengo el
coraz�n y el alma llenos de aire puro.
* * *
Hermano m�o, cuando est�s solo
en Par�s y dispongas de dos d�as libres, vete a Chartres. Se
vuelve mejorado.
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59 LA
SONRISA
Hay un
medio excelente para ganar amigos: la
sonrisa.
No la
sonrisa irónica y burlona, la sonrisa
despectiva, que enjuicia y humilla. Sino la sonrisa
amplia, limpia, la sonrisa a flor de
labios.
Sabe
sonreír, ¡qué fuerza! Fuerza de
apaciguamiento, fuerza de dulzura, de calma, fuerza
de irradiación.
Alguien se
burla de ti cuando pasas... tienes prisa... no
puedes detenerte... sin embargo, sonríe,
sonríe ampliamente. Si tu sonrisa es
abierta, alegre, el otro sonreirá
también.., y todo habrá terminado en
paz. ¡Pruébalo!
Quieres
hacer a un compañero una advertencia que
crees necesaria, darle un consejo que te parece
útil. (La advertencia, el consejo, son cosas
duras de tragar.) Sonríe, compensa la dureza
de tus palabras con el afecto de tu mirada, con la
sonrisa de tus labios, con todo tu semblante
alegre. Y tu advertencia, tu consejo, serán
bien recibidos, puesto que no habrán
herido.
Hay
situaciones difíciles en las que uno no sabe
qué decir, en las que no salen las palabras
de consuelo... Sonríe con todo tu
corazón, con toda tu alma compasiva. Has
sufrido y la sonrisa muda de un amigo te
confortó. Imposible no haberlo experimentado
ya alguna vez. Haz lo mismo con los
demás.
"Cristo -
decía Jacques d'Arnoux -, cuando tu madero
sagrado me canse y me desgarre, dame, a pesar de
todo, la fuerza de practicar la caridad de la
sonrisa". Porque la sonrisa es caridad.
Sonríe
al pobre a quien das limosna, a la señora a
la cual cediste tu asiento, al señor que se
disculpa por haberte pisado.
Es muy
difícil a veces dar con la palabra justa, la
actitud verdadera, el gesto apropiado.
Sonríe, es tan fácil y arregla tantas
cosas... ¿Por qué no usar y abusar de
este medio tan sencillo?
La sonrisa
es un reflejo de la alegría. Es su fuente. Y
donde reina la alegría - hablo de la
alegría verdadera, la alegría
profunda del alma pura - también florece la
amistad.
Seamos
portadores de sonrisas y, de este modo, sembradores
de alegría.
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60 LA
MUERTE DE UNA ESTRELLA
Jean Harlow
ha muerto.
La
conocí en Hollywood en un viaje reciente.
Era tan bella como aparecía en la pantalla,
con una sonrisa joven y unos cabellos que
aureolaban su rostro como una luz.
Cuando
volví enseñé su foto a un
amigo: "¡Decir que hay una mujer detrás
de eso!", dijo, señalando con el dedo el
maquillaje exagerado.
Había,
en efecto, una mujer "detrás de eso", una
mujer con una vida borrascosa, con un alma
ciertamente no tan clara como la aureola de sus
cabellos de platino.
Entre los
cientos de miles de espectadores que la han
admirado en la pantalla, ¿cuántos se
acordaran de rezar por ella? Para que los divinos
esplendores de allá arriba no le sean
rehusados, a ella que poseía la belleza del
cuerpo.
Hollywood,
a pesar de todos sus espejismos, es una tierra sin
estrellas, en donde una humanidad
físicamente admirable olvida que tiene un
alma.
En la calma
de una pequeña iglesia campesina he rezado
largamente por Jean Harlow, a quien conocí,
hace unos meses, en la alegría ficticia de
los estudios.
Me parece
que Dios nuestro Señor ha de ser muy
misericordioso con esas almas de niños
terribles.
Una flor,
un animal hermoso, cantan las alabanzas del
Señor por su solo esplendor de
criaturas.
Jean Harlow
era, también ella, una alabanza del Creador,
ya que toda hermosura es un reflejo del Dios que la
ha creado.
Sin duda
sería un acto de caridad cristiana que
quienes disfrutan con el cine piensen alguna vez
delante de Dios en esas pobres estrellas que no
conocen la verdadera luz.
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61 LAS
MUCHACHAS
Las
muchachas son la imagen preciosa de nuestra madre
cuando tenía su edad.
De baja o
elevada estatura, rubias o morenas, son atractivas,
limpias y sanas, y Dios mismo debe sonreír
cuando las ve pasar.
Solamente
más adelante, cuando seas mayor,
descubrirás entre ellas a la que será
tu esposa.
Hoy,
considéralas simplemente como amables
compañeras.
Una
educación equivocada nos ha enseñado,
con excesiva frecuencia, a no ver en la mujer sino
ocasión de pecado, en lugar de descubrir en
ella un manantial de riquezas.
Pero las
muchachas - hermanas, primas, amigas o conocidas -
son las compañeras de nuestra vida, puesto
que en nuestro mundo cristiano vivimos, codo a
codo, en el mismo plano.
La
camaradería entre chicos y chicas es algo
sumamente delicado, hay que conducirse
con
prudencia y
cada uno ha de actuar
auténticamente.
Pero
ciertamente seria un defecto no pequeño
despreciar ese don de Dios que son las verdaderas
jóvenes.
Ellas
tienen como propia la virtud de la pureza, cuya
irradiación nos es saludable a nosotros que
debemos luchar con ahínco por conservar esa
misma pureza.
Si ellas
saben mantenerse en su puesto - y únicamente
de ellas depende que en su presencia los muchachos
se comporten debidamente - su influencia puede ser
decisiva.
Cualquiera
puede observar, en la playa o en una piscina,
cómo los muchachos intentan
deslumbrarías. Una mirada de
admiración, una sonrisa, bastan para
estimular el amor propio de ellos y animarles a
lanzarse desde lo más alto del
trampolín, vencido el miedo.
¿Por
qué, en un plano distinto, esa misma mi-rada
y esa misma sonrisa, no van a dar a ese muchacho
más luz y más empuje en su
vida?
La
pasión por contemplar alta mar nos aleja de
las orillas pantanosas. La presencia de las
muchachas aleja groserías y descomposturas.
Hay muchachas capaces de serenar literalmente el
alma en un momento de desazón.
Nosotros
somos torpes y burdos. Ellas nos fuerzan a la
urbanidad y la cortesía. Su encanto eleva y
restablece nuestro equilibrio.
Somos
demasiado cerebrales. Las muchachas comprenden de
un solo golpe, con su corazón, lo que
nosotros analizamos penosamente con nuestra
razón. Su presencia apacigua. Son una
Sonrisa y una dulzura en nuestro campo de
batalla.
* *
*
Dios
mío, haz que nuestras hermanas, las
jóvenes, sean armoniosas de cuerpo,
sonrientes y se vistan con gusto.
Haz que
sean sanas y de alma transparente. Que sean la
pureza y la gracia de nuestras vidas
rudas.
Que sean
sencillas, maternales, sin complicaciones ni
coqueterías.
Haz que
nada malo se deslice entre nosotros.
Que seamos,
unos para otros, fuente, no de faltas, sino de
riqueza interior.
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62 «PERDER»
EL TIEMPO
La ciudad,
anónima, ruidosa y jadeante, donde el
espíritu se siente agitado por un ritmo de
máquina de remachar o de embutir, no
permite, salvo raras excepciones, "perder" el
tiempo en el silencio y la soledad.
El hombre,
al ritmo lento de otros tiempos, el de las
estrellas y de las plantas, no se veía
atropellado ni aplastado. Por la fuerza de los
mismos acontecimientos tenía tiempo para ver
la vida. Este derecho hoy se está
perdiendo.
Hay que
encontrarlo.
Los
responsables se preguntan a veces con ansiedad
cómo llenar los ratos libres. Charlas,
estudio de un problema, reuniones. Bien. Pero,
¿por qué no dejar libre el tiempo
libre? Para poder encontrar cada uno la soledad y
el silencio en la intimidad del campo, del bosque.
Muchos no saben hacerlo. Y, sin embargo, la voz de
Dios es tan sutil que sólo puede ser
oída en silencio. Solamente.
Conviene
rehabilitar el "perder" el tiempo. No el perder el
tiempo como lo pierde un corazón
vacío o un alma adormecida. Sino ese
"perder" el tiempo que es algo fecundo, que es
recogimiento interior.
Se
descubren más tesoros al azar de mil paseos
solitarios que los que contienen y
contendrán jamás todos los lagos de
las islas de coral.
Es tan
provechoso marchar sin rumbo fijo, solo, en el
campo, en ese silencio que se escucha al bajar del
ferrocarril o de un automóvil que viene de
la ciudad. El chasquido del zapato sobre las
piedras, el lamento de un arado, de un yugo, un
pájaro que canta, el agua que murmura, la
manada de gansos atentos al paso del cartero...
Todos esos ruidos no rompen la calma, sino que
llenan y vivifican el silencio.
La
trepidación mecánica y el estruendo
sordo de las grandes ciudades se han
callado.
Sólo
suben las resonancias del viento, del agua, de las
plantas, de los animales, de los hombres, que son
como la respiración del mundo.
Qué
bueno es "perder" el tiempo escuchando esa larga
canción de la tierra. Es propicia para los
recuerdos, para los sueños del futuro, para
la charla familiar con Dios. Es fecunda porque es
más fácil forjar una vida más
bella cuando ha sido planeada antes de
vivirla.
Es
necesario acostumbrarse a hablar familiarmente con
Dios, en la soledad y en el silencio de su
creación.
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63 NOTAS
EN AVIÓN
...Sacudidas
como en un tren malo, luego súbitamente la
calma, una especie de inmobilidad fluida... Volamos
a 270 por hora y se tiene la impresión de
estar inmóvil, suspendido por un hilo
invisible... El espinazo de las montañas...
Las casas pequeñitas... Hay que tomar el
avión de vez en cuando para darse cuenta de
la propia pequeñez... Asomado al mundo desde
ese balcón real que es el
avión...
El mar en
el que se distinguen claramente las grandes
corrientes que percibimos sensiblemente cuando nos
bañamos... La perspectiva de los
ríos, de los caminos, carreteras y
senderos... El relieve de las colinas y de las
montañas... La silueta blanca de las cumbres
nevadas... El trazo exacto de la costa... El brusco
descenso de los baches, con el estómago que
parece como si se nos cayese a los
pies...
...Un
barco, punto minúsculo, reducido a la estela
del humo y del agua... La sombra de las nubes que
jaspea el suelo y nuestra gran sombra que corre con
igual rapidez debajo de nosotros...
Abajo, todo
es curvo, menos lo hecho por la mano del hombre,
que parece haber inventado la geometría y la
línea recta
El mar, cuya inmensa
superficie azul se confunde con el cielo cual Otro
firmamento.. La extraordinaria nitidez de la sombra
de las rocas sobre el agua verde. El agua de tintes
morados allí donde las profundidades se
transparentan en filigrana... El deslumbrante
círculo del sol que nos persigue sobre el
agua del mar...
...Tenemos
delante un escuadrón de densas nubes
blancas. Pasamos por encima. La tierra aparece
transparente como bajo humo blanco. Luego, todo no
es más que un conglomerado blanco. Dan ganas
de esquiar sobre las nubes, extendidas hasta el
horizonte como huevos batidos en nieve... El
horizonte es un diseño blanco con
líneas azules... Bajo una capa muy ligera y
unida de nubes, aparece la tierra como transparente
en el fondo del agua clara...
...Noche
completamente blanca, como montaña envuelta
en una tempestad de nieve... A lo lejos, masas
blancas con venas azules son imágenes
reencontradas del Himalaya. Después,
teñidas de rosa, de oro y de ocre, recuerdan
el gran cañón del Colorado... Paisaje
lunar, valles, embudos, túmulos,
excrecencias de coral como en el fondo de los
lagos... El espinazo de las montañas. Se ven
claramente los ángulos de las más
grandes pendientes formadas por el
agua...
En
avión, perfecta geografía humana. Las
aldeas nacidas a las orillas de los ríos, de
las ensenadas. Las casas de los labradores
inscritas en la geometría de sus tierras
laborables. Los puentes sobre el curso del agua.
Las curvas de los pequeños senderos que se
retuercen hasta alcanzar el puente...
...Una
especie de halo de arco iris circular nos sigue,
con la sombra del avión por centro... Los
oídos taponados en la bajada, el balanceo,
la impresión de estar acodado en el
balcón del infinito. Las nubes detenidas al
borde del horizonte, como una playa al borde del
agua...
..Para
descender taladramos las nubes. Venimos de la
plenitud de la luz y abajo todo es gris.
Sólo arriba la sede del eterno sol y de la
eterna luz... El suelo remendado como un
pantalón de jardinero... La gran ala real
perfilada como un escualo... Atravesamos una
pequeña tormenta... A la derecha,
desgreñadas columnas de lluvia unen las
nubes con el mar. Martilleo de gotas encima de
nosotros. Pero las alas permanecen secas, porque el
aire de la hélice no permite que las gotas
lleguen. El avión es sacudido como un saco
de nueces y un relámpago zigzaguea cerca de
nosotros...
La riqueza
de la llanura, sembrada de casas de campo,
cuadriculada, tablero de tierras con surcos
impecables. Se siente ilusión de
conquistador descubriendo desde la montaña
esta planicie y recorriéndola...
Impresión de seguridad perfecta, de
inmovilidad...
...Es
necesario haber volado en avión, haber visto
el mundo desde lo alto, para darse cuenta de la
pequeñez y miseria de nuestra nada, que
escarba la tierra y edifica como cuevas de
hormigas. Y como también nosotros estamos
hechos para los espacios inmensos, los horizontes
sin límites. En una palabra, para el
Infinito.
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64 BALI
Las
balinesas tienen un busto espléndido, son
normalmente bonitas, pero no poseen el encanto
animal de las hijas del Sur... La isla es
asiática, no polinesia... Carece de aquella
atmósfera de risa, de cantos y danza que hay
en Tahiti. Todo tiene un sabor religioso. Las
danzas son orientales, sabias,
incomprensibles...
Conocimos
en Bali a un pintor que tiene una casa en la playa
de Senoer. Nos libramos así del gran hotel.
Y hemos podido disfrutar de un delicioso bungalow
de bambús de un lord inglés ausente,
a la orilla de la magnífica playa que
desconocen los turistas, y estamos solos,
maravillosamente solos.
Comemos en
casa del pintor, a dos kilómetros de
aquí. Mi amigo y yo vamos allá
nadando a largas brazadas o a crawl, en el agua
tibia que me recuerda los admirables lagos del Sur.
Nuestro huésped vive en una casa de puro
estilo balinés con puertas de madera dorada,
esculpidas cual retablos, tapicerías tejidas
de oro, lámparas quema-perfumes y un
pequeño templete de coral en el
jardín.
Vive con su
modelo, Polok, la más pura belleza de la
isla, a la que rescató del templo donde
danzaba, y otras dos balinesas mitad modelos, mitad
sirvientas, adornadas de lujosos sampots bordados
de oro. Las tres, flores resplandecientes de
hermosura, nos sirven la mesa.
Hojas de
oro adornan la cabellera de Polok. En sus vestidos,
todo es del más lujoso y puro estilo
balinés. Cada una de sus posturas es un
disfrute para los ojos y lamenta uno no ser pintor
para poder plasmar toda esa armonía y
encanto.
Por la
tarde Polok deposita ante el templete de coral,
ante el mar y la puerta de la mansión, la
ofrenda de unos granos de arroz, pétalos de
flores y granos de incienso. Cada gesto es una
danza.
Después
de cenar, al compás del gamelang, Polok
danza para nosotros solos. Danzas sin
significación precisa, simple homenaje de
belleza a la divinidad. Muy cerca, el mar ruge
dulcemente, sumando su monotonía asordinada
a las notas alegres del gamelang. Estamos en
sampot, el torso desnudo, quemado por el sol y la
sal. Lo que lógicamente debería ser
más que equívoco es. perfectamente
puro, sin nota discordante, aunque no se entienda.
Polok, siempre sonriente, con una risa que recuerda
un lamento de pájaro, con su busto de
bronce, sus gestos soberanos, es una imagen
radiante de belleza y, por tanto, una alabanza al
Creador.
Hemos
tenido el corazón suficientemente elevado
para no ver en ella otra cosa. Por eso, los pocos
días pasados en aquella playa aislada de un
extremo de Asia serán siempre un recuerdo
incomparable de luz, de música y de
hermosura.
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65 VENDRÁ
UN DÍA
Me he
paseado por el mundo como en un jardín
cerrado por un muro. He llevado la aventura de un
borde a otro de los cinco continentes y he visto
colmados, uno tras otro, todos los sueños de
mi infancia.
El parque
de la vieja mansión paterna donde di mis
primeros pasos se ha ensanchado hasta los
límites de la tierra y he jugado sobre el
mapamundi el hermoso juego de mi vida. Pero los
muros del parque no han hecho más que
retroceder y yo sigo enjaulado.
Pero
vendrá un día en el que podré
cantar mi canto de amor y de
alegría.
Todas las
barreras se vendrán abajo.
Y
poseeré el Infinito.
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