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EXCELENCIA DE LA ORACI�N
Y SU PODER CERCA DE DIOS
Tan gratas a Dios son nuestras
plegarias que ha querido que sus santos ángeles se
las presenten, apenas se las dirigimos. Lo dice San
Hilario: Los ángeles presiden las oraciones de los
fieles y diariamente las ofrecen al Señor. Y
¿qué son las oraciones de los santos, sino aquel
humo de oloroso incienso que subía ante el divino
acatamiento y que los ángeles ofrecían a Dios,
como vio San Juan? Y el mismo Santo Apóstol escribe
que las oraciones de los santos son incensarios de oro
llenos de perfumes deliciosos y gratísimos a Dios.
Para mejor entender la
excelencia de nuestras oraciones ante el divino acatamiento
bastará leer en las Sagradas Escrituras las promesas
que ha hecho el Señor al alma que reza, y eso lo
mismo en el antiguo que en el nuevo Testamento. Recordemos
algunos textos nada más: Invócame en el
día de la tribulación ... Llámame y yo
te libraré... Llámame y yo te oiré ...
Pedid y se os dará... Buscad y hallaréis,
llamad y se os abrirá.. Cosas buenas dará mi
Padre que está en los cielos a aquel que se las
pida... Todo aquel que pide, recibe... Lo que
queráis, pedidlo, y se os dará. Todo cuanto
pidieren, lo hará mi Padre por ellos. Todo cuanto
pidáis en la oración, creed que lo
recibiréis y se hará sin falta. Si alguno
pidiereis en mi nombre, os lo concederá, Y como
éstos muchos textos más que no traemos
aquí para no extendemos más de lo debido.
Quiere Dios salvarnos, mas,
para gloria nuestra, quiere que nos salvemos, como
vencedores. Por tanto, mientras vivamos en la presente vida,
tendremos que estar en continua guerra. Para salvamos
habremos de luchar y vencer. Sin victoria nadie podrá
ser coronado. Así afirma San Juan
Crisóstomo: Cierto es que somos muy débiles
y los enemigos muchos y muy poderosos; ¿cómo,
pues, podremos hacerles frente y derrotarlos? Responde el
Apóstol animándonos a la lucha con estas
palabras: Todo lo puedo con Aquel que es mi fortaleza.
Todo lo podemos con la oración; con ella nos
dará el Señor las fuerzas que necesitarnos,
porque, como escribe Teodorato, la oración es una,
pero omnipotente. San Buenaventura asegura que con la
oración podemos adquirir todos los bienes y libramos
de todos los males.
San Lorenzo Justiniano afirma
que con la oración podemos levantamos una torre
fortísima donde hemos de estar seguros de las
asechanzas y ataques de todos nuestros enemigos. San
Bernardo escribe estas hermosas palabras: Fuerte es el
poder del infierno, pero la oración es más
fuerte que todos los demonios. Y ello es así,
porque con la oración alcanza el alma la ayuda divina
que es más poderosa que toda fuerza creada. Por esto
el santo rey David, cuando le asaltaban los temores, se
animaba con estas palabras, Con cánticos de
alabanza invocaré al Señor y seré libre
de todos mis enemigos. San Juan Crisóstomo lo
resume en esta sentencia: La oración es arma
poderosa, tutela, puerto y tesoro. Es arma poderosa
porque con ella vencemos todos los asaltos del enemigo;
defensa, porque nos ampara en todos los peligros; puerto,
porque nos salva en todas las tempestades; y tesoro, porque
con ella tenemos y poseemos todos los bienes.
Conociendo el Señor,
como conoce, que tan grande bien sea para nosotros la
necesidad de la oración, como se dijo en el anterior
capítulo, permite que seamos asaltados de muchos y
terribles enemigos para que acudamos a El y le pidamos la
ayuda que El mismo nos prometió y bondadosamente nos
ofrece. Si halla mucha complacencia en ver cómo
recurrimos a El, no es menor su pena y pesadumbre cuando nos
halla perezosos en la oración. Lo mismo que un rey
tendría por traidor al capitán que se hallara
situado en una plaza y no pidiera fuerzas de socorro, de la
misma manera, dice San Buenaventura tiene el Señor
por traidor a aquel que al verse sitiado de tentaciones no
acude a El en demanda de socorro, pues deseando está
y esperando que se le pida para volar en su auxilio. Lo
asegura el profeta Isaías: Díjole al rey
Acaz de parte de Dios que pidiera el milagro que quisiera al
Señor su Dios. Contestó el impío rey:
Nada pediré... no quiero tentar al Señor. Esto
dijo, porque confiaba en sus ejércitos y para nada
quería el apoyo del auxilio divino. Duramente se lo
echó en cara el profeta con estas palabras. Oye, oh
rey de la casa de David, ¿acaso te parece poco el hacer
agravio a los hombres, que osáis hacerlo
también a mi Dios? Con lo cual quiso significar
que ofende e injuria al Señor aquel que deja de
pedirle las gracias que El bondadosamente le ofrece.
Venid a mí todos los
que andáis agobiados con cargas y trabajos, que yo os
aliviaré. Pobres hijos míos, dice el
Señor, los que andáis combatidos de tantos
enemigos y cargados con el peso de tantos pecados, recurrid
a MI con la oración y yo os daré fuerzas para
resistir y pondré remedio a todos vuestros males. En
otro lugar dice por labios del profeta Isaías:
Venid y argüidme... aunque vuestros pecados sean
rojos, como la grana, blancos quedarán, como la
nieve. Que es lo mismo que decir: Hombres, venid a
mí, y aunque tengáis vuestra conciencia
manchada con grandes culpas, no dejéis de venir... y
si después de haber acudido a mí, yo con mi
gracia no os vuelvo vuestra alma pura y cándida como
la nieve, os autorizo para que me lo echéis en cara.
¿Qué es la
oración? La oración responde el
Crisóstomo es áncora para el que
está en peligro de zozobrar... tesoro inmenso de
riquezas para aquel que nada tiene.. medicina
eficacísima para los enfermos del alma. Defensa
segurísima para aquel que quiere conservarse firme en
santidad. ¿Para qué sirve la oración?
Responda por mí San Lorenzo Justiniano. La
oración aplaca a Dios, el cual perdona al punto aquel
que con humildad se lo pide.. alcanza todas las gracias que
pide.. vence todas las fuerzas del demonio; en una palabra,
tan maravillosamente transforma a los hombres que a los
ciegos ilumina, a los débiles fortifica y de los
pecadores hace santos. El que tenga necesidad de luz
divina acuda al Señor y tendrá luz. Lo dice
Salomón: Invoqué al Señor y al punto
descendió sobre mí la sabiduría. El
que tenga necesidad de fortaleza, llame al Señor y
tendrá fortaleza como lo confesaba el profeta David:
Abrí los labios para rezar y en el acto
recibí la ayuda de Dios. ¿Y cómo
pudieron los mártires tener tan grande fortaleza que
resistieron a todos los tiranos? Con la oración, con
la cual tuvieron la fuerza para vencer todos los tormentos y
hasta la misma muerte.
Resumiéndolo todo,
escribe San Pedro Crisólogo que aquel que emplea
el arma de la oración, no cae en la muerte de la
culpa, sino que despréndese de la tierra, y se eleva
a los cielos y goza del trato con Dios. Túrbanse
algunos y se preguntan inquietos y miedosos:
¿Quién sabe si estaré escrito en el libro
de la vida? ¿Quién sabe si Dios me dará
la gracia eficaz y la perseverancia? Vanas son estas
preguntas. Sigamos el ejemplo de San Pablo, el cual
escribía. No os inquietéis por la solicitud de
cosa alguna: mas en todo presentad a Dios vuestras
peticiones por medio de la oración y de las
plegarias, acompañadas de hacimiento de gracias.
Con estas palabras parece que nos quiere decir:
¿Por qué inquietarnos con necios temores y con
inútiles angustias? Dejad todas vuestras temerosas
solicitudes, que no sirven más que para empujar a la
desesperación y hacer tibios y perezosos en el camino
de la salvación eterna. Rezad, rezad siempre; que
vuestras plegarias suban continuamente ante el trono de
Dios. Dadle siempre gracias por las promesas que os hizo de
concederos todas las gracias que le pidiereis; la gracia
eficaz, la perseverancia, la salvación y todo cuanto
deseareis... Nos lanzó el Señor a la batalla
contra enemigos fuertes, pero El será fiel a la
promesa que nos hizo de no permitir que seamos más
fieramente combatidos de lo que nuestras fuerzas pueden
resistir. Es fiel porque al punto socorre al que le invoca.
Dice a este propósito
el eminentísimo cardenal Gotti que el Señor
no está obligado a darnos una gracia que sea tan
poderosa como la tentación, pero si la
tentación arrecia y nosotros acudimos a El, entonces
El se obliga a darnos la fuerza necesaria para vencer la
acometida del demonio. Todo lo podemos con la ayuda
divina que el Señor da a aquel que humildemente se
la pide. Por donde concluyamos que si somos vencidos,
culpa nuestra es, por no haber rezado. Pues, como escribe
san Agustín: por la oración huyen todos
nuestros enemigos.
Dice San Bernardino de Sena
que la oración es embajadora fiel. El rey del
cielo la conoce muy bien, pues tiene por costumbre
entrarse muy confiadamente en sus tabernáculos y
allí no se cansa de importunarle hasta que al fin
alcanza la ayuda de su gracia para nosotros, pobres
necesitados, que gemimos en medio de tantos combates y de
tantas miserias en este valle de lágrimas. El profeta
Isaías nos asegura que cuando el Señor oye
nuestras plegarias, al punto se mueve tanto a
compasión, que no nos deja llorar en demasía,
pues luego nos responde concediéndonos lo que
deseamos. Así lo dice el profeta: De ninguna
manera llorarás: El Señor, apiadándose
de ti, usará contigo de misericordia: al momento que
oyere la voz de tu clamor, te responderá benigno.
El profeta Jeremías así se queja en nombre
de Dios.- ¿Por ventura he sido yo para Israel
algún desierto o tierra sombría que tarda en
fructificar? Pues, ¿por qué motivo me ha dicho
mi pueblo: Nosotros nos retiramos. no volveremos
jamás a Ti? ¿Por qué no quieres
recurrir más a mí? ¿Por ventura es para
vosotros mi misericordia, tierra estéril, que no
puede producir fruto alguno de gracia? ¿O es que
pensáis que es tierra de mala ley, que sólo
lleva frutos tardíos? Con estas palabras nos hace
comprender el Señor que no deja El nunca de
oír nuestras oraciones y sin tardanza, y a la vez
condena la conducta de aquellos que dejan de rezar con el
pretexto de que Dios no quiere escuchar.
Generoso favor sería de
parte de Dios, si solamente una vez al mes se dignase acoger
nuestras plegarias. Así lo hacen los grandes de la
tierra, los cuales ponen dificultades para atender. No es
así el Señor, antes por el contrarío,
dice el Crisóstomo, que siempre está
aparejado a oír nuestras oraciones y no se
dará jamás el caso de que le invoque un alma y
El no oiga al punto su oración. En otro lugar
dice el mismo santo que antes que nosotros terminemos de
rezar ya ha oído El nuestra petición. Lo
asegura el mismo Dios con estas palabras: Aún
estaban ellos rezando, y ya les había oído mi
misericordia. El santo rey David dice oportunamente que
el Señor está muy junto a los que le invocan y
se complace en oírlos y en salvarlos. Así
habla el salmista: Pronto estará el Señor
para todos los que le invocan de verdad.
Condescenderá con la voluntad de los que le temen;
oirá benigno sus peticiones y los salvará.
Ya antes que él se gloriaba de los mismo el santo
caudillo Moisés: No hay nación por grande
que sea que tenga los dioses tan cerca de sus adoradores,
como está nuestro verdadero Dios presente a todas
nuestras Plegarias. Los dioses gentiles eran sordos a
las voces de los que los invocaban, porque eran simples
estatuas o miserables criaturas que nada podían.
Nuestro Dios todo lo puede, y por eso no es sordo a nuestras
peticiones, antes por el contrario está siempre al
lado del que reza para concederle todas las gracias que
él pida. Decía el Salmista. En cualquier
hora que te invoco, al instante conozco que tú eres
mi Dios. Como si dijera. En esto conozco que eres mi
Dios, Dios de bondad y de misericordia, en que me socorres
apenas recurro a Ti.
Tan pobres somos que por
nosotros mismos nada tenemos, pero con la oración
podemos remediar nuestra pobreza. Si nada tenemos Dios es
rico, y Dios, dice el Apóstol, es generoso con
todos aquellos que le invocan. Con razón, pues,
nos exhorta San Agustín a que tengamos confianza:
Tratamos con un Dios que es infinito en poder y riquezas.
No le pidamos cosas ruines y mezquinas, sino cosas muy altas
y grandes. Pedir a un rey poderoso un céntimo vil,
sería sin duda una especie de injuria. ¿ Y no lo
será hacer lo mismo con nuestro Dios? Aunque seamos
pobres y miserables y muy indignos de los beneficios
divinos, sin embargo, pidamos al Señor gracias muy
grandes, porque así honramos a Dios, honramos su
misericordia y su liberalidad, porque pedimos, apoyados en
su fidelidad y en su bondad y en la promesa solemne que nos
hizo de conceder todas las gracias a quien debidamente se
las pidiere. Pediréis todo lo que queráis y
todo se hará según vuestros deseos.
Santa María Magdalena
de Pazzis, afirma que con este modo de orar se siente el
Señor muy honrado Y tanta consolación halla
cuando vamos a El en busca de gracias, que no parece sino
que El mismo nos lo agradece, pues de esta manera le damos
ocasión y le abrimos el camino de hacernos beneficios
y de satisfacer así las ansias que tiene de hacernos
bien a todos. Estemos persuadidos de que, cuando
llamamos a las puertas de Dios para pedirle gracias, nos da
siempre más de lo que le pedimos. Por esto
decía el apóstol Santiago: Si alguno tiene
falta de sabiduría, pídasela a Dios, que a
todos la da copiosamente y no zahiere a nadie. Con esto
quiso decirnos que Dios no es avaro de sus bienes, como
suelen serlo los hombres. Los hombres de este mundo por muy
generosos que sean, al dar limosna siempre encogen algo la
mano y dan menos de lo que se les pide, porque, por muy
grandes que sean sus tesoros, siempre son limitados, y
así, a medida que van dando, suele ir disminuyendo su
caudal. Dios a los que rezan da copiosamente con
larga y abundante mano, y más de lo que se le pide,
por que infinita es su riqueza, y por mucho que dé,
nunca disminuyen sus tesoros... Así lo decía
David: Porque Tú Señor, eres suave, manso y
de gran misericordia para todos los que te invocan. Como
si dijera: Las misericordias que derramáis son tan
abundantes, que superan con mucho la grandeza de los bienes
que os piden.
Pongamos, por tanto, sumo
cuidado en rezar con gran confianza y estemos seguros de
que, como decía el Crisóstomo, con la
oración abriremos para dicha nuestra el arca de los
tesoros divinos.
EFICACIA PREFERENTE DE LA
ORACI�N
Quede bien sentada que la
oración es verdadero tesoro y que el que más
pide, más recibe. San Buenaventura llega a afirmar
que cuantas veces el hombre devotamente acude al
Señor con la oración, gana bienes que valen
más que el mundo entero.
Algunas almas, emplean mucho
tiempo en leer y meditar y se ocupan muy poco de rezar. No
niego que la lectura espiritual y la meditación de
las verdades eternas sean muy útiles para el alma,
mas San Agustín no duda en afirmar que es cosa
mejor rezar que meditar. Y da la razón: Porque
en la lección conocemos lo que tenemos que hacer y en
la oración alcanzamos la fuerza para cumplirlo.
Y, a la verdad, ¿de qué nos sirve saber lo que
tenemos que hacer si no lo hacemos? Somos más
culpables en la presencia de Dios. Leamos y meditemos en
buena hora, pero es cosa cierta que no cumpliremos con
nuestros deberes, si no pedimos a Dios la gracia para
cumplirlos.
A propósito de esto
dice San Isidoro que en ningún otro momento anda
el demonio tan solícito en distraernos con
pensamientos de cosas temporales, como cuando acudimos a
Dios para pedirle sus gracias. ¿Por qué?
Porque está bien persuadido el espíritu del
mal que nunca alcanzamos mayores bienes espirituales que en
la oración. Este, por tanto, ha de ser el fruto mayor
de la meditación: aprender a pedir a Dios las gracias
que necesitamos para la perseverancia y la salvación.
Por esto muy principalmente se dice que la meditación
es moralmente necesaria al alma para que se conserve en
gracia, porque aquel que no se recoge para hacer
meditación y en ese momento no reza y pide las
gracias que necesita para la perseverancia en la virtud, no
lo hará en otro momento, pues si no medita, ni
pensará en rezar, ni siquiera comprenderá la
necesidad que tiene de la oración. Por el contrario,
el que todos los días hace meditación conoce
muy bien las necesidades de su alma y los peligros en que se
halla y la obligación que tiene de rezar.
Rezará para perseverar y salvarse. De sí mismo
decía el Padre Séñeri que en los
comienzos de su vida, cuando hacía meditación,
ponía mayor empeño en hacer afectos que en
pedir; mas cuando poco a poco llegaba a comprender la
excelencia de la oración y su inmensa utilidad, ya en
la oración mental pasaba Más tiempo en pedir y
rezar.
Como el polluelo de la
golondrina, así clamaré, decía el
devoto rey Ezequías. Los polluelos de las golondrinas
no hacen más que piar continuamente. Piden a sus
madres el alimento que necesitan para vivir. Lo mismo
debemos hacer nosotros, si queremos conservar la vida de la
gracia: claramente siempre, pidamos al Señor que nos
socorra para evitar la muerte del pecado y seguir adelante
en la senda de su divino amor. De los padres antiguos que
fueron grandes maestros del espíritu refiere el P.
Rodríguez que se juntaron en asamblea y
allí discutieron cuál sería el
ejercicio más útil para alcanzar la
salvación eterna; y resolvieron que parecía lo
mejor repetir con frecuencia aquella breve oración
del profeta David: Dios mío, ven en mi socorro. Eso
mismo ha de hacer el que quiera salvarse, afirma Casiano,
decir con frecuencia al Señor.- Dios mío,
ayudadme... ayúdame, oh mi buen Jesús..
Esto hay que hacerlo desde el primer momento de la
mañana, y esto hay que repetirlo en todas las
angustias y en todas las necesidades, temporales y
espirituales, pero muy particularmente, cuando nos veamos
molestados por la tentación. Decía san
Buenaventura que a veces más alcanzamos y
más pronto con una breve oración, que con
muchas obras buenas. Y más allá va San
Ambrosio, pues dice que el que reza, mientras reza, ya
alcanza algo, pues el rezar ya es singular don de Dios.
Y San Juan Crisóstomo escribe que no hay hombre
más poderoso en el mundo que el que reza. El que reza
participa del poder de Dios. Todo esto lo comprendió
San Bernardo en estas palabras: Para caminar por la senda
de la perfección hay que meditar y rezar; en la
meditación vemos lo que tenemos: con la
oración alcanzamos lo que nos falta.
Resumen
del Capítulo segundo.
Resumamos:
I. Sin
oración cosa muy difícil es que nos podamos
salvar; tan difícil que, como lo hemos
demostrado, es del todo imposible según la
ordinaria Providencia.
II. Con la
oración, la salvación es segura y
fácil..Porque en efecto, ¿qué se
necesita para salvarnos? Que digamos: Dios mío
ayudadme; Señor mío, amparadme y tened
misericordia de mí. Esto basta. ¿Hay cosa
más fácil? Pues, repitámoslo; que si
lo decimos bien y con frecuencia, esto bastará
para llevamos al cielo. San Lorenzo Justiniano nos
exhorta muy encarecidamente que al principio de todas
nuestras obras hagamos alguna oración. Casiano
por su parte, nos recuerda el ejemplo de los antiguos
padres, los cuales exhortaban a todos a que recurrieran a
Dios con breves, pero frecuentes jaculatorias. San
Bernardo decía: Que nadie haga poco caso de la
oración, ya que el Señor la estima tanto
que nos da lo que pedimos o cosa mejor, si comprende que
es más útil para nuestra alma
III. Pensemos que, si no
rezamos, ninguna excusa podremos alegar, porque Dios a
todos da la gracia de orar. En nuestras manos
está el rezar siempre que queramos como lo
confesaba el santo rey David: Haré para conmigo
oración a Dios, autor de mi vida. Le diré
al Señor.- Tú eres mi amparo. Mas de
esto largamente hablaremos en la parte segunda.
Allí se pondrá en claro que Dios da a todos
la gracia de orar; y así con la oración
podemos alcanzar los socorros divinos que necesitamos
para observar los mandamientos y perseverar hasta el fin
en el camino del bien. Ahora afirmo únicamente que
si no nos salvamos, culpa nuestra será. Y la causa
de nuestra infinita desgracia será una sola: que
no hemos rezado. |