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Sentencias de los Padres del Desierto
(�ndice)
CAPÍTULO
III
DE
LA COMPUNCIÓN
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1
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Se contaba
del abad Arsenio que durante toda su vida, cuando
se sentaba para el trabajo manual, tenía un
lienzo sobre el pecho, a causa de las
lágrimas que corrían continuamente de
sus ojos.
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2
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Un hermano
rogó al abad Amonio: «Dime una
palabra». El anciano le dijo: «Adopta la
mentalidad de los malhechores que están en
prisión. Preguntan:
"¿Dónde
está el juez? ¿Cuándo
vendrá?" y a la espera de su castigo lloran.
También el monje debe siempre mirar hacia
arriba y conminar a su alma diciendo:
"¡Ay
de mí! ¿Cómo podré estar
en pie ante el tribunal de Cristo?
¿Cómo podré darle cuenta de mis
actos?". Si meditas así continuamente,
podrás salvarte».
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3
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El abad
Evagrio dijo: «Cuando estés en tu
celda, recógete y piensa en el día de
la muerte. Represéntate ese cuerpo cuya vida
desaparece: piensa en esta calamidad, acepta el
dolor y aborrece la vanidad de este mundo.
Sé humilde y vigilante para que puedas
siempre perseverar en tu vocación a la
hesyquia y no vacilarás. Acuérdate
también del día de la
resurrección y trata de imaginarte aquel
juicio divino, terrible y horroroso.
Acuérdate de los que están en el
infierno. Piensa en el estado actual de sus almas,
en su amargo silencio, en sus crueles gemidos, en
su temor y mortal agonía, en su angustia y
dolor, en sus lágrimas espirituales que no
tendrán fin, y nunca jamás
serán mitigadas. Acuérdate
también del día de la
resurrección e imagínate aquel juicio
divino, espantoso y terrible y en medio de todo
esto la confusión de los pecadores a la
vista de Cristo y de Dios, en presencia de los
ángeles, arcángeles, potestades y de
todos los hombres. Piensa en todos los suplicios,
en el fuego eterno, en el gusano que no muere, en
las tinieblas del infierno, y más aún
en el rechinar de los dientes, terrores y
tormentos. Recuerda también los bienes
reservados a los justos, su confianza y seguridad
ante Dios Padre y Cristo su Hijo, ante los
ángeles, arcángeles, potestades y
todo el pueblo. Considera el reino de los cielos
con todas sus riquezas, su gozo y su descanso.
Conserva el recuerdo de este doble destino, gime y
llora ante el juicio de los pecadores, sintiendo su
desgracia y teme no caer tú mismo en ese
mismo estado. Pero alégrate y salta de gozo
pensando en los bienes reservados a los justos y
apresúrate a gozar con éstos y en
alejarte de aquéllos. Cuidare de no olvidar
nunca todo esto, tanto si estás en tu celda
como si estás fuera de ella, ni lo arrojes
de tu memoria y con ello huirás de los
sórdidos y malos
pensamientos».
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4
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El abad
Elías dijo: «Temo tres cosas: una el
momento en que mi alma saldrá del cuerpo; la
segunda el momento de comparecer ante Dios; la
tercera cuando se dicte sentencia contra
mí».
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5
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El
arzobispo Teófilo, de santa memoria, dijo al
morir: «Dichoso tú, abad Arsenio, que
siempre tuviste presente esta
hora».
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6
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Se
decía entre los hermanos que en el curso de
una comida de hermandad, un hermano se echó
a reír en la mesa. Y al verlo, el abad Juan
lloró y dijo: «¿Qué
tendrá en su corazón este hermano que
se echa a reír cuando debería
más bien llorar, puesto que come el
ágape?».
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7
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El abad
Jacobo dijo: «Así como una
lámpara ilumina una habitación
oscura, así el temor de Dios, cuando irrumpe
en el corazón del hombre, le ilumina y le
enseña todas las virtudes y mandamientos
divinos».
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8
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Preguntaron
unos padres al abad Macario, el egipcio:
«¿Por qué tu cuerpo está
siempre reseco, lo mismo cuando comes que cuando
ayunas?». Y dijo el anciano: «Así
como el madero con el que se manejan los
leños que arden en el fuego, acaba siempre
por consumirse, así también cuando un
hombre purifica su espíritu en el temor de
Dios, este temor de Dios consume hasta sus
huesos».
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9
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Los
ancianos del monte de Nitria enviaron a un hermano
a Scitia, al abad Macario, para rogarle que viniese
donde ellos estaban. En caso de que él no
viniera, que supiese que iría a verle una
gran muchedumbre, pues querían visitarle
antes de su partida hacia el Señor. Cuando
llegó al monte, una gran multitud de
hermanos se congregó junto a él. Y
los ancianos le pidieron una palabra para los
hermanos. Entonces Macario, anegado en
lágrimas, les dijo: «Lloremos hermanos,
dejemos que nuestros ojos se llenen de
lágrimas, antes de que vayamos allí
donde nuestras lágrimas quemarán
nuestros cuerpos». Y todos lloraron y se
postraron rostro en tierra diciendo: «Padre,
ruega por nosotros».
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10
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Viajando un
día por Egipto, el .abad Pastor vio a una
mujer que lloraba amargamente junto a un sepultero
y dijo: «Aunque le ofreciesen todo los
placeres del mundo, no arrancaría su alma
del llanto. De la misma manera el monje debe llorar
siempre por si mismo».
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Otra vez el
abad Pastor atravesaba, con el abad Anub, la
región de Diolcos, llegaron cerca de los
sepulcros y vieron a una mujer que se golpeaba
violentamente y lloraba amargamente. Se detuvieron
un momento para contemplarla. Prosiguieron su
camino y poco después encontraron a una
persona y el abad Pastor le preguntó:
«¿Qué le sucede a esa mujer para
que llore de esa manera?». El otro
respondió: «Ha perdido a su marido, a
su hijo y a su hermano». Entonces el abad
Pastor dijo al abad Anub: «Te digo que si el
hombre no mortifica todos los deseos carnales y no
consigue una aflicción como ésta, no
puede llegar a ser monje. Pues para esa mujer su
alma y toda su vida están en el
llanto».
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El abad
Pastor dijo también: «La función
del penthos es doble: cultiva y cuida» (cf.
Gén 2, 15).
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Un hermano
preguntó al abad Pastor:
«¿Qué debo hacer?». El
respondió: «Cuando Abraham llegó
a la tierra prometida compró un sepulcro, y
por este sepulcro recibió en herencia la
tierra» (cf. Gén 23). Y el hermano le
dijo: «¿Qué sepulcro es
éste?». «Es, respondió el
anciano, el lugar del phentos y de las
lágrimas».
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14
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Atanasio,
de santa memoria, rogó al abad Pambo que
bajase al desierto de Alejandría. Cuando
llego allí, vio a una comediante y se puso a
llorar. Los presentes le preguntaron por qué
lloraba, y él les dijo: «Dos cosas me
han turbado: primero la perdición de esa
mujer; en segundo lugar, que no tengo tanto
empeño en agradar a Dios como el que
ésta tiene en agradar a los hombres
depravados».
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15
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Un
día el abad Silvano, sentado entre sus
hermanos, entró en éxtasis y
cayó rostro en tierra. Y después de
largo rato, se levantó llorando. Y los
hermanos le preguntaron:«¿Qué te
sucede padre?». Y como insistiesen dijo:
«He sido raptado al lugar del juicio y he
visto a muchos que vestían nuestro
hábito que iban a los tormentos y a muchos
hombres del mundo que iban al Reino». Desde
entonces, el anciano se entregó al penthos y
no quería salir de su celda. Y si le
obligaban a salir, se cubría el rostro con
su capucha diciendo: «¿Qué
necesidad hay de ver esta luz temporal, que no
sirve para nada?».
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16
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Sinclética,
de santa memoria, dijo: «A los pecadores que
se convierten les esperan primero trabajos y un
duro combate y luego una inefable alegría.
Es lo mismo que ocurre a los que quieren encender
fuego, primero se llenan de humo y por las
molestias del mismo lloran, y así consiguen
lo que quieren. Porque escrito está: "Yahveh
tu Dios es un fuego devorador" (Dt 4, 24).
También nosotros con lágrimas y
trabajos debemos encender en nosotros el fuego
divino».
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17
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El abad
Hiperiguio dijo: «El monje que vela, trabaja
día y noche con su oración continua.
El monje que golpea su corazón hace brotar
de él lágrimas y rápidamente
alcanza la misericordia de Dios».
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Unos
hermanos, en compañía de unos
seglares acudieron al abad Félix y le
rogaron que les dijese una palabra. El anciano
callaba. Como seguían insistiendo, les dijo:
«¿Queréis escuchar una
palabra?». «Sí, padre»,
respondieron. Y el anciano dijo entonces:
«Ahora ya no hay palabra. Cuando los hermanos
interrogaban a los ancianos y cumplían lo
que éstos les decían, Dios inspiraba
a los ancianos lo que debían decir. Ahora,
como preguntan y no hacen lo que oyen, Dios ha
retirado a los ancianos su gracia para que
encuentren lo que deben hablar, pues no hay quien
lo ponga por obra». Al escuchar estas
palabras, los hermanos dijeron entre sollozos:
«Padre, ruega por nosotros».
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19
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Se contaba
del abad Hor y del abad Teodoro que, estando
cubriendo de barro el techo de una celda, se
dijeron el uno al otro: «¿Qué
haríamos si Dios nos visitase ahora
mismo?». Y llorando abandonaron cada uno su
trabajo y volvieron cada uno a su celda.
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20
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Un anciano
contó que un hermano quería
convertirse, pero su madre se lo impedía.
Pero él no cesaba en su propósito y
decía a su madre: «Quiero salvar mi
alma». Después de mucho resistirse,
viendo que no podía impedir su deseo, la
madre le dio el permiso. Hecho monje vivió
negligentemente. Murió su madre y poco
después él enfermó de
gravedad. Tuvo un rapto y fue llevado al lugar del
juicio y encontró a su madre entre los
condenados. Ella se extrañó al verle
y le dijo: «¿Qué es esto, hijo?
¿También te han condenado a venir
aquí? ¿Qué ha sido de aquellas
palabras que decías: "Quiero salvar mi
alma?"». Confuso por lo que oía,
transido de dolor, no sabía qué
responder a su madre. La misericordia de Dios quiso
que después de esta visión se
repusiera y curara de su enfermedad. Y
reflexionando sobre el carácter milagroso de
esta visión se encerró en su celda y
meditaba sobre su salvación. Hizo penitencia
y lloró las faltas cometidas antes de su
negligencia. Su compunción era tan intensa
que cuando le rogaban que aflojase un poco, no
fuese que las muchas lágrimas perjudicasen
su salud, rechazaba el ser consolado y
decía: «Si no he podido soportar el
reproche de mi madre, ¿cómo
podré soportar mi vergüenza en el
día del juicio en presencia de Cristo y de
sus santos ángeles?».
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Un anciano
dijo: «Si fuese posible a las almas de los
hombres morir de miedo, cuando venga Cristo
después de la resurrección, todo el
mundo moriría de terror y espanto.
¿Qué será el ver rasgarse los
cielos y a Dios mostrando su ira y su
indignación, y los ejércitos
innumerables de ángeles y a toda la
humanidad reunida? Debemos pues vivir en
consecuencia, ya que Dios nos va a pedir cuentas de
todos nuestros actos».
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Un hermano
preguntó a un anciano: «Padre,
¿por qué mi corazón es duro y no
temo al Señor?». «A mi modo de
ver, respondió el anciano, aquel que se
reprocha a si mismo en su corazón
alcanzará el temor a Dios». Y le dijo
el hermano: «¿Qué
reproches?». El anciano le respondió:
«En toda ocasión el hombre debe
recordar a su alma: acuérdate que tienes que
comparecer delante de Dios. O también:
¿qué tengo yo que ver con los hombres?
Estimo que si se persevera en estas disposiciones
vendrá el temor de Dios».
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Un anciano
vio a uno que se reía y le dijo:
«Debemos dar cuenta de toda nuestra vida ante
el Señor de cielo y tierra, ¿y
tú, ríes?»
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24
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Dijo un
anciano: «Así como siempre llevamos con
nosotros, dondequiera que vayamos, la sombra de
nuestros cuerpos, del mismo modo debemos, en todo
lugar, tener con nosotros las lágrimas y la
compunción».
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25
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Un
hermano pidió a un anciano: «Padre,
dime una palabra». El anciano le dijo:
«Cuando Dios hirió a Egipto, no
había ninguna casa donde no existiera el
penthos 1».
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26
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Un hermano
preguntó a otro anciano:
«¿Qué debo hacer?». Y le dijo
el anciano: «Debemos llorar siempre».
Sucedió que murió un anciano y
volvió en sí después de varias
horas. Y le preguntamos: «Padre
¿qué has visto allí?». Y
él nos contó llorando:
«Oí una lúgubre voz que
repetía sin cesar: "¡Ay de mi, ay de
mí!". Eso es lo que nosotros debemos decir
siempre».
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27
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Un hermano
preguntó a un anciano: «¿Por
qué mi alma desea las lágrimas como
aquellas que he oído decir derramaban los
Padres antiguos, y no vienen y eso turba mi
alma?». Y el anciano respondió:
«Los hijos de Israel tardaron cuarenta
años en entrar en la tierra de
promisión. Las lágrimas son como una
tierra de promisión: si llegas a ellas ya no
temerás la lucha. Por eso Dios quiso afligir
al alma, para que siempre desee entrar en aquella
tierra».
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(1) PENTHOS: Duelo por la muerte de un pariente. Y de
aquí, en sentido espiritual: tristeza causada por el
estado de muerte en que el alma se encuentra a consecuencia
del pecado, sea del pecado propio o del pecado del
prójimo. (volver)
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