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1
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Unos
hermanos de Scitia quisieron ver al abad Antonio.
Se embarcaron en una nave y se encontraron en ella
un anciano que también quería ir
donde Antonio. Pero los hermanos no lo
sabían. Sentados en el barco hablaban de las
sentencias de los Padres, de las Escrituras y de
sus trabajos manuales. El anciano guardaba
silencio. Al llegar al puerto supieron que
también él iba en busca del abad
Antonio. Cuando se presentaron, el abad Antonio les
dijo: «Buen compañero de viaje
encontrasteis en este anciano». Y luego dijo
al anciano: «Padre, has encontrado unos buenos
hermanos». Pero el anciano le
respondió: «Son buenos pero su
habitación no tiene puerta. En su establo
entra todo el que quiere y desata el asno».
Esto lo decía porque los hermanos hablaban
de todo lo que pasaba por su cabeza.
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2
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El abad
Daniel contaba que el abad Arsenio pasaba la noche
en vela. Después de velar toda la noche,
cuando al amanecer quería dormir, por las
exigencias de la naturaleza, decía al
sueño: «Ven, siervo malo», y
sentado dormía furtivamente un poco y en
seguida se levantaba.
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3
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El abad
Arsenio decía: «Al monje le basta
dormir una hora, si es un
luchador».
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4
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El abad
Daniel decía: «El abad Arsenio ha
vivido muchos años con nosotros y cada
año le suministrábamos una escasa
ración de alimentos. Y sin embargo, siempre
que íbamos a verle comíamos de
ella».
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5
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Decía
también el abad Daniel, que el abad Arsenio
no cambiaba más que una vez al año el
agua de las palmas, contentándose con
añadir lo necesario el resto de las veces.
Hacia esteras con las palmas y las cosía
hasta la hora de sexta. Le preguntaron los ancianos
por qué no cambiaba el agua de las palmas,
que olía mal. Y les dijo: «A cambio de
los perfumes y de los ungüentos olorosos que
usaba en el mundo, es preciso que utilice ahora
este agua que hiede».
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6
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Y
contó también: «Cuando el abad
Arsenio sabía que los frutos de cada especie
estaban ya maduros, decía:
"Traédmelos", y probaba una sola vez un poco
de cada uno, dando gracias a Dios».
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7
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Se
decía del abad Agatón que durante
tres años se había metido una piedra
en la boca, hasta que consiguió guardar
silencio.
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8
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El abad
Agatón viajaba un día con sus
discípulos. Y uno de ellos encontró
un saquito de guisantes en el camino, y dijo al
anciano: «Padre, si quieres lo cojo».
Admirado Agatón, se volvió y dijo:
«¿Lo has colocado tú
ahí?». «No», respondió
el hermano. «Pues, ¡cómo,
exclamó el anciano, quieres llevarte lo que
no has puesto!».
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9
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Un
día, un anciano vino al abad Aquilas, y
viendo que arrojaba sangre por la boca, le
pregunto: «¿Qué es esto,
padre?». Y dijo el anciano: «Una palabra
de un hermano, que me ha contristado y que estoy
intentando guardarla dentro de mí sin
devolvérsela. Y he rogado a Dios que me la
quitase, y se ha convertido en sangre dentro de mi
boca. Y ya la he escupido y he recobrado la paz y
olvidado mi disgusto».
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10
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Un
día en Scitia, el abad Aquiles entro en la
celda del abad Isaías y le encontró
comiendo. Había puesto sal y agua en su
plato. Pero viendo que lo escondía
detrás de una brazada de palmas le dijo:
«Dime, ¿qué comías».
El abad Isaías respondió:
«Perdóname, Padre, estaba cortando
palmas y he sentido calor, tomé unos granos
de sal y los metí en la boca. Pero como no
pasaba la sal que había puesto en mi boca,
me he visto obligado a echar un poco de agua sobre
la sal fina, para poder tragaría. Pero,
¡perdóname, Padre!». Y el abad
Aquiles dijo: «Venid a ver a Isaías
comedor de sopa en Scitia. Si quieres tomar sopa,
¡vete a Egipto!».
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11
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El abad
Ammoés estaba enfermo y tuvo que guardar
cama muchos años. Pero nunca se
permitió examinar el interior de su celda
para ver lo que tenía. Le traían
muchas cosas, como se hace con los enfermos, pero
cuando su discípulo Juan entraba o
salía, cerraba los ojos para no ver lo que
hacia. Sabía que Juan era un monje de toda
confianza.
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12
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El abad
Benjamín, presbítero en las Celdas,
fue un día a un anciano de Scitia y quiso
darle un poco de aceite. Este le dijo: «Mira
donde está el vasito que me trajiste hace
tres años: donde lo pusiste allí
sigue». Al oír esto, nos admiramos de
la virtud del anciano.
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13
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Se contaba
lo siguiente del abad Dióscoro de Namisias:
«Comía pan de cebada y de harina de
lentejas. Y cada año se ponía la
observancia de una práctica concreta. Por
ejemplo, no ir en todo el año a visitar a
nadie, o no hablar, o no tomar alimentos cocidos, o
no comer ni frutas ni legumbres. Y así
procedía en todas sus obras. Y apenas
terminada una cosa, comenzaba otra, y siempre
durante un año».
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El abad
Evagrio dijo que un anciano le había dicho:
«Aparto de milos deleites carnales para evitar
las ocasiones de ira. Pues sé muy bien que
la cólera me combate con ocasión de
estos deleites, turbando mí espíritu
y ahuyentando el conocimiento de
Dios».
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Epifanio,
obispo de Chipre, envió un día a
decir al abad Hilarión: «Ven para que
nos veamos antes de morir». Se encontraron y
mientras comían les trajeron un ave. El
obispo se la ofreció al abad
Hilarión, pero el anciano le dijo:
«Perdona, Padre, pero desde que vestí
este hábito no he comido carne».
Epifanio le respondió: «Yo, desde que
tomé este hábito, no he permitido que
nadie se acostara teniendo algo contra mí,
ni he dormido nunca teniendo algo contra
alguno». E Hilarión le dijo:
«Perdóname, tu práctica es mejor
que la mía».
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16
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Decían
del abad Eladio que había vivido veinte
años en su celda sin levantar los ojos para
ver el techo.
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El abad
Zenón, caminando un día a Palestina,
sintió cansancio, y se sentó para
comer junto a un campo de pepinos. Y su
espíritu le empujaba diciendo: «Toma un
pepino y cómelo. ¿Qué valor
tiene un pepino?». Pero él
respondió a su pensamiento diciendo:
«Los ladrones son llevados al suplicio.
Pruébate a ti mismo para ver si puedes
soportar los tormentos». Se levantó y
se puso cinco días a pleno sol y mientras se
tostaba decía: «No puedo soportar los
tormentos». «Pues si no puedes
soportarlos, no robes para comer»,
concluyó.
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Dijo el
abad Teodoro: «La falta de pan extenúa
el cuerpo del monje». Pero otro anciano
decía: «Las vigilias lo extenúan
más».
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El abad
Juan, que era de pequeña estatura
decía: «Cuando un rey quiere tomar una
ciudad a los enemigos, primero les corta el agua y
los víveres, para que agotados de hambre
capitulen. Lo mismo ocurre con las pasiones
carnales: si el hombre vive en ayuno y hambre, los
enemigos que tientan su alma se
debilitan».
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Dijo
también: «Subía un día
por el camino que lleva a Scitia, con un fardo de
palmas. Vi un camellero gritando, que me empujaba a
la cólera. Abandoné mi carga y
huí».
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El abad
Isaac, presbítero de las Celdas, dijo:
«Conozco a un hermano que, recogiendo la
cosecha en un campo, quiso comer una espiga de
trigo. Y dijo al dueño del campo:
"¿Puedo comer una sola espiga?". Este,
admirado, le respondió: "Padre, el campo es
tuyo ¿y me preguntas?"». Hasta tanto
llegaba la delicadeza de este hermano.
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Un hermano
preguntó al abad Isidoro, anciano de Scitia:
«¿Por qué te temen tanto los
demonios?». Y el anciano respondió:
«Desde que soy monje me he esforzado en
impedir que la cólera suba a mi
garganta».
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Decía
también que durante más de cuarenta
años, en los cuales se había sentido
interiormente empujado al pecado, nunca
había consentido ni a la concupiscencia, ni
a la ira.
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24
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El abad
Casiano contaba que el abad Juan fue a visitar al
abad Esio, que vivió durante cuarenta
años en la parte más alejada del
desierto. Amaba mucho a Esio y con la confianza que
le confería este afecto le preguntó:
«Vives hace mucho tiempo retirado y no es
fácil que te moleste ningún hombre,
dime: ¿qué has conseguido?». Y
él dijo: «Desde que vivo solo, nunca me
vio el sol tomar alimento». Y el abad Juan le
contestó: «Ni a mi me ha visto
jamás encolerizado».
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Dijo
también: «El abad Moisés nos
contó esta historia que había
escuchado al abad Serapión: "En mi juventud
vivía con mi abad Theonas. Comíamos
juntos, y al final de la comida, por
instigación del diablo, robé un
panecillo y lo comí a escondidas, sin que lo
supiera mi abad. Como seguí haciendo lo
mismo durante algún tiempo, el vicio
empezó a dominarme y no tenía fuerzas
para contenerme. Tan sólo me condenaba
mí conciencia y me daba vergüenza el
confesárselo al anciano. Pero por una
disposición de la misericordia de Dios, unos
hermanos vinieron a visitar al anciano buscando
provecho para sus almas y le preguntaron sobre sus
propios pensamientos. El anciano respondió:
"Nada hay tan perjudicial para los monjes y alegra
tanto a los demonios como el ocultar sus
pensamientos a los Padres espirituales". Luego les
habló de la continencia. Mientras hablaba,
yo me puse a pensar que Dios había revelado
al anciano lo que yo había hecho.
Arrepentido, empecé a llorar, saqué
del bolsillo el panecillo que tenía la mala
costumbre de robar y arrojándome al suelo
pedí perdón por el pasado y su
oración para enmendarme en el futuro.
Entonces el anciano me dijo: "Hijo mío, sin
que yo haya tenido necesidad de decir una sola
palabra, tu confesión te ha liberado de esa
esclavitud; y acusándote tú mismo,
has vencido al demonio que entenebrecía tu
corazón procurando tu silencio. Hasta ahora
le habías permitido que te dominara sin
contradecirle ni resistirle de ninguna manera. En
adelante, nunca más tendrá morada en
ti, porque ha tenido que salir de tu corazón
a plena luz". Todavía estaba hablando el
anciano cuando se hizo realidad lo que
decía: salió de mi pecho una especie
de llama que llenó toda la casa de un olor
fétido, hasta tal punto que los presentes
pensaron que se había quemado una buena
cantidad de azufre. Y el anciano dijo entonces:
«Hijo mío, con esta señal, el
Señor ha querido darnos una prueba de la
verdad de mis palabras y de la realidad de tu
liberación"».
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26
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Decían
del abad Macario que cuando descansaba con los
hermanos se había fijado esta norma: si
había vino, bebía en atención
a los hermanos, pero luego por cada vaso de vino
pasaba un día sin probar agua. Y los
hermanos, pensando que le daban gusto, le
ofrecían vino. Y el anciano lo tomaba con
alegría para mortificarse después.
Pero uno de sus discípulos que
conocía su norma, dijo a los hermanos:
«Por amor de Dios, no le deis vino, que luego
se atormenta en su celda». Cuando los hermanos
lo supieron nunca más le dieron
vino.
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El abad
Macario el mayor, decía en Scitia a los
hermanos: «Después de la misa en la
iglesia, huid, hermanos». Y uno de ellos le
preguntó: «¿Padre, dónde
podremos huir más lejos de este
desierto?». El abad puso su dedo en la boca y
dijo: «De esto, os digo, que tenéis que
huir». Y él entraba en su celda y
cerrando la celda se quedaba solo.
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Dijo el
abad Macario: «Si queriendo reprender a
alguno, te domina la ira, satisface tu propia
pasión. Por salvar a tu prójimo, no
debes perderte tu».
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El abad
Pastor dijo: «Si Nabuzardán, el jefe de
cocina, no hubiese venido, no se hubiese incendiado
el templo del Señor (cf. 2 Re 25,8). Del
mismo modo, si la gula y la hartura en el comer no
penetran en el alma, nunca sucumbirá el
espíritu en su lucha contra el
enemigo».
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Se
decía del abad Pastor que cuando le
invitaban a comer iba a disgusto y contra su
voluntad, para no desobedecer y contristar a sus
hermanos.
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Le contaban
al abad Pastor que había un monje que no
bebía vino. Y él les
respondió: «El vino no convierte en
absoluto a los monjes».
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Dijo el
abad Pastor: «Así como el humo expulsa
a las abejas para retirar la dulce miel que han
elaborado, así las comodidades corporales
arrojan del alma el temor de Dios y le roban toda
obra buena».
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He
aquí lo que un anciano contó del abad
Pastor y de sus hermanos: «Vivían en
Egipto. Su madre deseaba verlos, pero no
podía conseguirlo. Un día se
presentó ante ellos, cuando acudían a
la iglesia. Al verla, volvieron a sus celdas y le
dieron con la puerta en las narices. Entonces ella,
de pie ante la puerta, se puso a gritar y a llorar
para moverles a compasión. Al escucharla, el
abad Anub acudió al abad Pastor y le dijo:
"¿Qué podemos hacer por esta anciana
que llora ante la puerta?". El abad Pastor
acudió a la puerta y desde dentro
escuchó sus lamentos, que verdaderamente
movían a compasión. Y dijo:
"¿Por qué lloras así, anciana?".
Ella, al oír su voz, redobló sus
gritos y sus lamentos diciendo: "Deseo veros, hijos
míos. ¿Qué puede suceder porque
os vea? ¿Acaso no soy vuestra madre? ¿No
os amamanté y mis cabellos no están
ya completamente blancos?". Al oír su voz
los monjes se conmovieron profundamente. Y el
anciano le dijo: "¿Prefieres vernos
aquí o en el otro mundo?". Y ella
replicó: "Si no os veo aquí abajo,
hijos míos, ¿os veré allí
arriba?", y el abad Pastor le contestó: "Si
tienes valor para no vernos aquí abajo, nos
verás allí arriba". Y la mujer se
marchó alegre diciendo: "Si es seguro que he
de veros allá arriba, no quiero veros
aquí".
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Se
decía del abad Pior que comía
caminando. Y al preguntarle uno por qué
comía así, respondió que no
comía como el que realiza una
ocupación sino como el que realiza una cosa
superflua. A otro que le hizo la misma pregunta le
contestó: «Es para que mientras como el
alma no experimente ningún placer
corporal».
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Decían
del abad Pedro Pionita, que vivía en las
Celdas, que no bebía vino. Cuando se hizo
viejo, le rogaban que tomase un poco. Como no
aceptaba, se lo mezclaron con agua y se lo
presentaron. Y dijo: «Creedme, hijos, que lo
considero un lujo». Y se condenaba a si mismo
por tomar ese agua teñida de
vino.
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36
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Se
celebraron un día misas en el monte del abad
Antonio, y se halló allí un poco de
vino. Uno de los ancianos llenó una copita y
se la llevó al abad Sisoés y
éste se la bebió. Recibió una
segunda copa y la bebió también. Pero
cuando le trajeron la tercera, la rechazó
diciendo: «Alto, hermano, ¿acaso ignoras
que existe Satanás?».
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Un hermano
pregunto al abad Sisoés:
«¿Qué debo hacer? Porque cuando
voy a la iglesia a menudo los hermanos me retienen
por caridad para la comida». Y dijo el
anciano: «Es cosa peligrosa». Y su
discípulo Abraham le preguntó
entonces: «Si se acude a la iglesia el
sábado y el domingo y un hermano bebe tres
copas, ¿es demasiado?». «No lo
sería si no existiese Satanás»,
respondió el anciano.
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38
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A menudo,
su discípulo decía al abad
Sisoés: «Padre, vamos a comer».
Pero él contestaba: «Pero hijo
mío, ¿no hemos comido?». «No,
padre», replicaba el discípulo.
Entonces, el viejo decía: «Si no hemos
comido, trae lo necesario y
comamos».
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39
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Un
día el abad Sisoés decía con
parrhesia: «Créeme; hace treinta
años que no ruego a Dios por mis pecados,
sino que le digo en mi oración:
"Señor Jesucristo, defiéndeme de mi
lengua". Pero hasta ahora, caigo por causa de ella
y cometo pecado».
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El abad
Silvano y su discípulo Zacarías
llegaron un día a un monasterio y, antes de
despedirse, les hicieron tomar un poco de alimento.
Y en el camino, encontraron agua y el
discípulo quiso beber, pero el abad Silvano
le dijo: «Zacarías, hoy es ayuno».
«Padre, respondió Zacarías,
¿no hemos comido hoy?», y el anciano le
contestó: «Aquella comida la hicimos
por caridad, pero ahora, hijo, guardaremos nuestro
ayuno».
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Santa
Sinclética dijo: «El estado que hemos
elegido nos obliga a guardar la castidad más
perfecta. Porque los seglares piensan que guardan
castidad, pero es necedad ya que pecan con los
otros sentidos, sus miradas son poco decentes y
ríen desordenadamente».
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Dijo
también: «Así como las medicinas
amargas alejan a los animales venenosos, el ayuno,
con oración, arroja del alma los malos
pensamientos».
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Decía
también: «No te dejes seducir por los
placeres de los ricos de este mundo, como si estos
goces encerraran alguna utilidad. Por ellos dan
culto al arte culinario. Pero tú, estima en
más las delicias del ayuno y de una comida
vulgar. Ni siquiera te sacies de pan, ni desees el
vino».
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44
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El abad
Sisoés decía: «Nuestra verdadera
vocación es dominar la
lengua».
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El abad
Hiperiquio decía: «El león es
terrible para los potros salvajes. Lo mismo el
monje experimentado para los pensamientos
deshonestos».
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Decía
también: «El ayuno es el freno del
monje contra el pecado. El que lo abandona es
arrastrado por el deseo de la mujer como un fogoso
caballo».
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Decía
también: «Por el ayuno, el cuerpo
desecado del monje eleva su alma de su bajeza y
seca las fuentes de los placeres».
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Dijo
también: «El monje casto será
honrado en la tierra y coronado por el
Altísimo en el cielo».
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El mismo
dijo: «El monje que no retiene su lengua en
los momentos de ira, tampoco dominará las
pasiones de la carne cuando llegue el
momento».
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Decía
también: «Es mejor comer carne y beber
vino que comer la carne de los hermanos murmurando
de ellos».
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Decía
también: «Que tu boca no pronuncie
palabras malas, pues la viña no tiene
espinas».
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«La
serpiente con sus insinuaciones arrojó a Eva
del paraíso. Lo mismo ocurre al que habla
mal del prójimo: pierde el alma del que le
escucha y no salva la suya».
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Un
día de fiesta en Scitia, trajeron a un
anciano un vaso de vino. El lo rechazo diciendo:
«Aparta de mi esta muerte». Y al ver esto
los que comían con él tampoco
bebieron.
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54
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En otra
ocasión trajeron un jarro de vino nuevo,
para repartir un vaso a cada uno de los hermanos. Y
al entrar un hermano y ver que estaban bebiendo
vino, huyó a una gruta y la gruta se
hundió. Al oír el ruido, acudieron
los demás y encontraron al hermano tendido
en tierra medio muerto. Y comenzaron a reprenderle:
«Te está bien empleado a causa de tu
vanagloria». Pero el abad le confortó
diciendo: «Dejad en paz a mi hijo. Ha hecho
una obra buena. Y vive Dios, que mientras yo viva
no se reedificará esta gruta para que el
mundo sepa que por causa de un vaso de vino se
hundió la gruta de Scitia».
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55
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Un
día el presbítero de Scitia
acudió a visitar al obispo de
Alejandría. Y cuando volvió le
preguntaron los hermanos: «¿Qué
pasa por la ciudad?». El respondió:
«Creedme hermanos, no he visto allí a
nadie más que al obispo». Al
oírle se admiraron y le dijeron:
«¿Qué ha sucedido con todo el
resto de la población?». Pero el
presbítero les reanimó diciendo:
«Me he dominado para no ver ningún
rostro de hombre». Este relato
aprovechó a los hermanos y se guardaron de
levantar sus ojos.
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56
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Un anciano
vino a visitar a otro anciano, y éste dijo a
su discípulo: «Prepáranos unas
pocas lentejas». Y él las
preparó. Luego le dijo: «Tráenos
pan», y lo trajo. Y estuvieron hablando de
cosas espirituales hasta la hora de sexta del
día siguiente. De nuevo el anciano dijo a su
discípulo: «Hijo, prepáranos
unas pocas lentejas». Y el discípulo
respondió: «Las tengo preparadas desde
ayer». Y levantándose se pusieron a
comer.
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57
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Un anciano
vino al encuentro de uno de los Padres. Este
preparó unas pocas lentejas y dijo:
«Recitemos el oficio y luego comeremos».
Uno de ellos recitó todo el Salterio. El
otro recitó de memoria, y por su orden, dos
de los profetas mayores. Al amanecer, el visitante
se marchó: se habían olvidado de
comer.
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58
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Un hermano
tuvo hambre desde por la mañana.
Luchó consigo mismo, para no comer hasta la
hora de tercia. A la hora de tercia se
violentó para esperar hasta .sexta.
Preparó su pan y se sentó para comer.
Pero enseguida se levantó diciendo:
«Esperaré hasta la hora de nona».
A la hora de nona hizo su oración y vio la
tentación del Diablo salir de si como una
humareda. Y dejó de sentir
hambre.
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59
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Un anciano
cayó enfermo y no pudo tomar alimento
durante muchos días. Su discípulo le
pidió permiso para prepararle algo que le
reconfortase. Fue y le preparó una papilla
con harina de lentejas. Había allí
colgado un vaso que contenía un poco de miel
y otro lleno de aceite de lino que olía muy
mal y que sólo servia para la
lámpara. El hermano se equivocó y en
vez de miel echó en la papilla el
fétido aceite. Al gustarlo el anciano no
dijo nada y siguió comiendo en silencio. Y
el hermano le insistía para que comiese
más. Y el anciano haciéndose
violencia volvió a comer. Insistió el
hermano por tercera vez, pero el anciano
rehusó diciendo: «De veras, hijo, no
puedo más». El discípulo le
animaba diciéndole: «Padre, está
muy bueno, voy a comer contigo». Y al
probarlo, y comprender lo que había hecho,
se arrojó rostro en tierra, diciendo:
«¡Ay de mi, padre!, te he asesinado, y me
has cargado con este pecado porque no has dicho
nada». Y el anciano respondió: «No
te angusties, hijo; si Dios hubiera querido que
comiese miel, tú hubieras puesto miel en
esta papilla».
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60
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Se contaba
de un anciano que un día tuvo deseos de
comer un pepino. Lo tomó y se lo puso
delante de sus ojos. Y aunque no sucumbió a
su deseo, para dominarse hizo penitencia por
haberlo deseado con exceso.
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61
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Un monje
fue a visitar a su hermana que estaba enferma en un
monasterio. Esta monja era muy observante. Y no
consintió en ver a ningún
varón, ni quiso dar ocasión a su
hermano para que viniera en medio de las mujeres
por causa de ella. Y mandó que le dijeran:
«Vete, hermano, y ruega por mi. Con la gracia
de Cristo te veré en el Reino de los
cielos».
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62
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Un monje
encontró a unas monjas en su camino. Y al
verlas se apartó de la calzada. Pero la
abadesa le dijo: «Si fueses un monje perfecto,
no nos hubieras mirado y no hubieras sabido que
éramos mujeres».
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63
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Un
día los hermanos fueron a Alejandría,
llamados por el arzobispo Teófilo, para que
con su oración quedasen destruidos los
templos paganos. Y mientras comían con
él, les fue servida carne de vaca, y la
comieron sin saber lo que era. Y tomando un trozo
el arzobispo se la ofreció al anciano, que
se sentaba a su lado, diciendo: «Come, Padre,
que es un buen pedazo». Pero los otros le
respondieron: «Habíamos creído,
hasta ahora, que se trataba de legumbres. Pero si
es carne no comeremos más». Y ninguno
de ellos volvió a tomar nada.
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64
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Un hermano
trajo panes tiernos e invitó a su mesa a
unos ancianos. Y después de comer cada uno
de ellos un panecillo, se detuvieron. El hermano,
que conocía su gran abstinencia,
empezó a suplicarles con humildad: «Por
amor de Dios, comed hoy hasta saciaros». Y
cada uno comió otros diez panes. Esto
muestra que si comieron por amor de Dios en esta
ocasión, eran verdaderos monjes que iban muy
lejos en su abstinencia.
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65
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Un
día, un anciano enfermó gravemente y
sus entrañas arrojaban sangre. Y un hermano
trajo unas ciruelas pasas e hizo con ellas una
compota y se la ofreció al anciano diciendo:
«Come, que tal vez esto te siente bien».
El anciano mirándole lentamente le dijo:
«De verdad te digo que me gustaría que
Dios me mantuviera treinta años con esta
enfermedad». Y no accedió, en modo
alguno, a tomar un pequeño alimento a pesar
de su grave enfermedad. El hermano recogió
lo que había traído y volvió a
su celda.
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66
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Otro
anciano vivía muy dentro del desierto. Vino
a visitarle un hermano y lo encontró
enfermo. Le lavó el rostro y preparó
una comida con lo que él había
traído. Al ver esto, dijo el anciano:
«Es verdad, hermano, había olvidado que
los hombres encuentran consuelo en la comida».
El hermano le ofreció también un vaso
de vino. El anciano al verlo se echó a
llorar, diciendo: «No esperaba que tuviese que
beber vino antes de mi muerte».
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67
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Un anciano
había decidido no beber agua durante
cuarenta días. Y cuando hacia calor lavaba
su jarra y la colocaba delante de sus ojos. Los
hermanos le preguntaron por qué hacia esto,
y él les respondió: «Es para
sufrir más viendo lo que tanto deseo sin
gustarlo. Así mereceré mayor
recompensa del Señor».
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Un hermano
viajaba con su madre, ya anciana. Llegaron a un
río que la anciana no podía
atravesar. Su hijo tomó su manto,
envolvió con él sus manos, para no
tocar con ellas el cuerpo de su madre y cargando
con ella atravesó el río. Su madre le
dijo: «Hijo mío, ¿por qué
envolviste así tus manos?». Y él
le respondió: «Porque el cuerpo de una
mujer es fuego. Y si te hubiera tocado me hubiera
venido el recuerdo de otras
mujeres».
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Un padre
decía: «Conozco un hermano que ayunaba
en su celda toda la semana de Pascua. Y cuando la
tarde del sábado venía para la
sinaxis, se escapaba en seguida de la
comunión, para que los hermanos no le
obligaran a comer con ellos. El sólo
comía unas pocas hierbas cocidas con sal y
sin pan».
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Un
día en Scitia, los hermanos fueron
convocados para preparar las palmas. Uno de ellos
enfermó por su gran austeridad de vida, se
puso a toser y a escupir sin quererlo sobre un
hermano suyo. Este estaba tentado a decirle:
«Basta ya, no escupas sobre mi». Pero
para dominarse, tomó el salivazo y
llevándoselo a la boca, lo tragó. Y
se dijo a si mismo: «Una de dos: o no digas a
tu hermano lo que puede contristarle, o come lo que
aborreces».
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