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Sentencias de los Padres del Desierto
(�ndice)
CAPÍTULO
VII
DE
LA PACIENCIA Y DE LA FORTALEZA
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1
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El
santo abad Antonio, estando en el desierto,
cayó en la acedia
1
y a la vez sufría una gran oscuridad en su
alma. Y decía a Dios: «Quiero salvarme
y no me lo permiten mis pensamientos.
¿Qué debo hacer con esta
tribulación, cómo me
salvaré?». Y salió fuera. Y vio
a uno que se le parecía mucho, que estaba
sentado trabajando. Luego se levantaba de su
trabajo y oraba. Y de nuevo se sentaba,
tejía una estera de palmas y se levantaba
otra vez a orar. Era un ángel del
Señor que había sido enviado a
Antonio para corrección y salvaguarda. Y
oyó la voz del ángel que le
decía: «¡Haz esto y te
salvarás!». Y con estas palabras se
llenó de alegría y de confianza. Y
obrando así, encontró la
salvación que buscaba.
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2
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Un hermano
preguntó al abad Agatón: «Tengo
que cumplir una orden, pero es en un lugar en el
que tendré que luchar mucho. Quiero ir
allí para obedecer la orden, pero temo la
lucha». El anciano le dijo: «En tu lugar,
Agatón cumpliría la orden y
ganaría la guerra».
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3
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El abad
Amonio, decía: «He estado catorce
años en Scitia, pidiendo día y noche
al Señor que me diese fuerza para vencer la
ira».
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4
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El abad
Besarión decía: «He estado de
pie sobre espinas cuarenta días y cuarenta
noches sin dormir».
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5
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Un hermano,
que vivía solo, se sitió turbado, y
acudió al abad Teodoro de Fermo y le
contó su situación. El abad le dijo:
«Vete, humilla tu mente, sométete y
convive con otros». Subió pues al monte
para vivir con otros hermanos, y vuelto otra vez al
anciano le dijo: «Tampoco encuentro la paz
viviendo con otros hermanos». Y le
contestó el anciano: «Si no encuentras
la paz ni en la soledad, ni en la
compañía de otros hermanos, ,por
qué quisiste hacerte monje? ¿No fue
para sufrir penas? Dime, ¿cuánto tiempo
hace que llevas este hábito?». Y dijo
el otro: «Ocho años». A lo que
respondió el anciano: «Créeme,
hace setenta años que visto este
hábito, y ni un solo día he podido
encontrar descanso. Y tú, ¿quieres
conseguirlo en ocho?».
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6
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Otro
hermano le preguntó: «Si de pronto
ocurriese una catástrofe, ¿te
asustarías, Padre?». Y dijo el anciano:
«Aunque el cielo se derrumbase sobre la
tierra, Teodoro no tendría miedo».
Había pedido intensamente a Dios que le
quitase el miedo. Por eso le hizo aquella pregunta
el hermano.
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7
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Se contaba
del abad Teodoro y del abad Lucio de Nono de
Alejandría que pasaron cincuenta años
animándose el uno al otro, diciendo:
«Pasado el invierno nos iremos de
aquí». Y cuando llegaba el verano
decían de nuevo: «Pasado el verano nos
marcharemos». Y de este modo durante toda su
vida vivieron como Padres dignos de memoria
eterna.
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8
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Contaba el
abad Pastor que el abad Juan, de pequeña
estatura, había pedido al Señor que
le librase de todas sus pasiones. Lograda esta paz
del alma, fue a un anciano y le dijo: «He
aquí un hombre tranquilo que no padece lucha
ninguna». Pero el anciano le contestó:
«Vete y pide al Señor que te
envíe batallas, porque el alma adelanta
luchando». Y cuando volvió a empezar la
lucha, el abad Juan ya no pedía verse libre
de ella, sino que decía: «Señor,
dame paciencia para soportar estas
luchas».
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9
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El abad
Macario vino al encuentro del abad Antonio al
monte. Llamó a la puerta, salió
Antonio y le preguntó:
«¿Quién eres?». «Soy
Macario», dijo. Antonio cerró la puerta
dejándole fuera. Y cuando hubo constatado su
paciencia le abrió. Y alegrándose de
su presencia, le dijo: «Hace mucho tiempo que
deseaba verte pues he oído grandes cosas de
ti». Llegada la tarde, el abad Antonio
preparó unas palmas para él solo.
Macario le dijo: «Dame y yo las
prepararé para trabajar». Pero Antonio
le contestó: «No tengo preparadas
más que éstas». Entonces Macario
se preparó él solo un gran
montón. Y sentados largo tiempo hablaban de
cosas útiles para el alma, mientras
tejían, y las esteras, por una ventana,
caían a una gruta. Y al levantarse por la
mañana, Antonio vio la enorme cantidad de
esteras que había fabricado el abad Macario
y lleno de admiración le besó las
manos diciendo: «Una gran virtud sale de estas
manos».
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10
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Un
día, Macario bajó a Scitia a un lugar
llamado Terenuth. Entró a dormir en un
templo, donde desde antiguo había enterrados
cadáveres de paganos. Y puso uno de los
cuerpos debajo de su cabeza para que le sirviera de
almohada. Pero los demonios, celosos por su
audacia, quisieron asustarle y simularon llamar a
una mujer: «¡Eh, señora,
decían, yente al baño con
nosotros». Y otro demonio, como si fuera uno
de los muertos, respondió: «No puedo,
tengo un peregrino sobre mi». Pero el anciano
no se acobardó, sino que seguro de si mismo
golpeaba aquel cuerpo y le decía:
«Levántate y vete si puedes». Al
oír esto los demonios gritaron: «Nos
has vencido». Y huyeron
avergonzados.
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El abad
Matoés decía: «Prefiero un
trabajo ligero, pero continuo, que un trabajo
penoso que se acabe enseguida».
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12
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Se contaba
que el abad Milo vivía en Persia con dos
discípulos. Dos hijos del emperador salieron
de caza como tenían por costumbre y echaron
sus redes cuarenta millas a la redonda para matar
todo lo que encontrasen dentro de ellas.
Encontraron a un anciano con dos discípulos
dentro de la red y al verle velludo y con aspecto
salvaje, se extrañaron y le preguntaron:
«¿Eres un hombre o un
espíritu?». El respondió:
«Soy un hombre, un pecador que me he retirado
aquí para llorar mis pecados. Adoro al Hijo
de Dios vivo». Ellos le dijeron: «No hay
más dioses que el Sol, el Fuego y el Agua.
Adórales, y ven a ofrecerles
sacrificios». Pero el anciano les
respondió: «Estáis equivocados.
Esas cosas son sólo criaturas. Pero os ruego
que os convirtáis, reconozcáis al
verdadero Dios, creador de ellas y de todo lo
demás». Ellos se rieron de él y
le decían: «¿A un condenado, a un
crucificado, llamas tu verdadero Dios?».
«Sí, dijo; al que crucificó el
pecado y destruyó la muerte, a ese llamo
Hijo de Dios». Entonces le torturaron junto
con sus compañeros para obligarles a
sacrificar. Después de atormentarnos
decapitaron a los dos hermanos, pero al anciano
siguieron torturándole varios días.
Luego le pusieron de pie en cierto lugar y le
arrojaban flechas, como si fuese un blanco, el uno
por delante y el otro por detrás. El anciano
les anunció: «Puesto que os
habéis puesto de acuerdo para matar a un
inocente, mañana, en un instante, a esta
misma hora, vuestra madre se quedará sin
hijos y se verá privada de vuestro
cariño. Os mataréis el uno al otro
con vuestras propias flechas». Ellos
despreciando sus palabras salieron de caza al
día siguiente. Salió un ciervo de las
redes y montaron en sus caballos en su
persecución para cazarlo. Y lanzando tras
él sus flechas se atravesaron mutuamente el
corazón y murieron como les había
anunciado el anciano.
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El abad
Pastor decía: «En la tentación
se conoce al monje».
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El abad
Pastor contaba que el presbítero Isidoro de
Scitia dijo un día a la asamblea de los
hermanos: «Hermanos, ¿no hemos venido
aquí para trabajar? Y ahora veo que
aquí no hay trabajo. Por tanto, cojo mi
tienda y voy a donde haya trabajo. Así
encontraré la paz».
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Santa
Sinclética dijo: «Si vives en un
monasterio con otros, no mudes de lugar. Te seria
perjudicial. Porque así como una gallina, si
deja de calentar y cubrir sus huevos, se
quedará sin pollitos, de la misma manera, el
monje o la virgen dejan enfriar y morir su fe
trasladándose de un lugar a
otro».
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Dijo
también: «El diablo, cuando no ha
podido turbar al alma tentándola de pobreza,
utiliza las riquezas para seducirla. Y cuando no lo
consigue con afrentas y oprobios, usa la alabanza y
la gloria. Si con la hartura y los deleites
corporales no consigue seducirla, intenta
derrotaría por las molestias que vienen
contra nuestra voluntad. Envía enfermedades
graves contra el que ha de ser tentado, para que
con ello se acobarden los monjes y se aparten del
amor de Dios. Pero aunque apalee tu cuerpo y lo
incendie con fiebres intensas, aunque además
te atormente con sed intolerable, si por ser
pecador padeces todo esto, acuérdate de las
penas del siglo venidero, del fuego eterno y de las
angustias del juicio. Y así no te
desalentarás por las cosas que al presente
te suceden, antes al contrario, alégrate
porque te ha visitado Dios. Y pon en tu boca
aquellas celebérrimas palabras: "Me
castigó, me castigó Yahvé,
pero a la muerte no me entregó" (Sal 117,
18). Si eres hierro, por el fuego aplicado contra
ti perderás la herrumbre. Y si eres justo y
sufres todo esto, pasarás de una gran virtud
a otra mayor. Eres oro, pero el fuego te
hará más puro. Se te ha dado el
ángel de Satanás, aguijón de
tu carne (cf. Cor 12, 7). Salta de gozo, viendo que
has merecido recibir un don semejante al que
recibió san Pablo. Si padeces fiebres, si
sufres el rigor del frío, recuerda lo que
dice la Escritura: "Por el fuego y el agua
atravesamos; mas luego nos sacaste para cobrar
aliento" (Sal 66, 12). Si te sucedió lo
primero, espera lo segundo obrando en toda virtud.
Grita las palabras del profeta: "Yo soy pobre y
desdichado" (Sal 68, 30). Por esta clase de
tribulaciones serás más perfecto,
pues dice también: "En la angustia,
Tú me abres la salida" (Sal 4, 2).
Entrenemos nuestras almas al máximo con esta
clase de ejercicio, porque tenemos ante nuestros
ojos a nuestro enemigo».
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Dijo en
otra ocasión: «Cuando las enfermedades
vengan a molestarnos, no nos entristezcamos porque
los dolores y la debilidad nos impiden estar en pie
para la oración y el canto de los salmos en
alta voz. Todas estas cosas nos son necesarias para
destruir nuestros deseos carnales. Porque los
ayunos y la penitencia nos fueron impuestos por
causa de nuestros torpes deleites. Pero si la
enfermedad reprime todo esto, la observancia de
todos estos trabajos se hace superflua. Como un
medicamento fuerte y eficaz corta la enfermedad,
así la enfermedad del cuerpo mitiga los
vicios. Y en esto consiste la virtud, en
sobrellevar las enfermedades con hacimiento de
gracias a Dios. Si perdemos los ojos no nos
entristezcamos demasiado. Hemos perdido un
instrumento de avidez, pero con los ojos del alma
contemplemos la gloria de Dios. ¿Nos quedamos
sordos?, no nos aflijamos. Hemos perdido el
escuchar cosas vanas. ¿Se debilitan nuestras
manos?, preparemos las del alma para luchar contra
las tentaciones del enemigo. ¿Ataca la
enfermedad todo nuestro cuerpo? La salud del hombre
interior crece».
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Dijo
también: «En el mundo, a los que
cometen algún crimen los envían a la
cárcel, aun en contra de su voluntad.
También nosotros encerrémonos por
nuestros pecados, para que este castigo voluntario
nos aparte de las penas futuras. Si ayunas, no
encuentres pretextos para decir que debilitado
caíste enfermo, pues también los que
no ayunan contraen las mismas enfermedades.
¿Has empezado una buena obra? No la abandones
por los impedimentos del enemigo. Tu paciencia
aniquilará al enemigo. Porque los que
empiezan a navegar, despliegan las velas, y al
principio encuentran viento favorable. Pero luego
sopla un viento contrario. Pero no por ello los
marineros arrojan su cargamento al mar, ni
abandonan la nave. Aguantan un poco o luchan contra
la tempestad y de nuevo encuentran el rumbo exacto.
También nosotros, cuando nos sintamos
llevados por el espíritu contrario,
despleguemos como vela la cruz y realizaremos sin
peligro la travesía de esta
vida».
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Se
decía que la bienaventurada Sara, abadesa y
virgen, vivió sesenta años junto a un
río y nunca se inclinó para
mirarlo.
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Decía
el abad Hiperequio: «Que broten siempre de tu
boca himnos espirituales y que la meditación
asidua alivie el peso de las tentaciones que te
vengan. Un ejemplo claro de esto es el caminante
cargado con un pesado equipaje: cantando, olvida el
cansancio del camino».
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Dijo
también: «Conviene que nos armemos
contra las tentaciones, porque vienen de muchas
clases. Así, cuando vengan demostraremos que
estamos preparados para la lucha».
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Decía
un anciano: «Cuando el hombre es tentado, se
multiplican por todas partes sus tribulaciones,
para que se desanime y murmure». Y el anciano
contó lo siguiente: «Vivía un
hermano en su celda y fue tentado. Cuando le
veían nadie quería saludarle ni
recibirle en su celda. Si tenía necesidad de
pan nadie se lo prestaba. Y sí volvía
de la siega, nadie le invitaba a tomar un
refrigerio, como era costumbre. En plena
canícula volvió un día de las
faenas del campo y no tenía nada de pan en
su celda. Y en todas estas cosas daba gracias a
Dios. Viendo Dios su paciencia, le libró de
la guerra de las tentaciones. Y he aquí que
llamó a su puerta uno que traía de
Egipto un camello cargado de pan. Al verlo el
hermano se echó a llorar, diciendo:
"¡Señor, no soy digno de sufrir un poco
por ti!". Pasada la tentación los hermanos
le acogieron en sus celdas y asambleas, y le
reconfortaron».
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Un anciano
decía: «No avanzamos en la virtud
porque no conocemos nuestras limitaciones y porque
no tenemos paciencia en las obras que emprendemos.
Queremos alcanzar la virtud sin esfuerzo
alguno».
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24
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«¿Qué
debo hacer?, preguntó un hermano a un
anciano, pues mis pensamientos me impiden
permanecer una hora seguida en mi celda». Y el
anciano le contestó: «Vuelve a tu
celda, hijo mío, trabaja allí con tus
manos, ruega a Dios sin cesar, arroja tus
preocupaciones en el Señor y que nadie te
induzca a salir de allí». Y
añadió: «Un joven del mundo,
cuyo padre aún vivía, quería
hacerse monje. Se lo pidió insistentemente a
su padre pero éste no consintió.
Más tarde, agobiado por unos íntimos
amigos, accedió a regañadientes.
Partió el joven y entró en un
monasterio. Y hecho monje empezó a cumplir
con toda perfección todas las obligaciones
del monasterio, ayunando todos los días.
Luego empezó a no tomar nada durante dos
días y a comer una sola vez por semana. Su
abad al verle se maravillaba y bendecía a
Dios por esta abstinencia y este fervor. Poco
tiempo después, el hermano empezó a
suplicar al abad: "Por favor, Padre,
permíteme que vaya al desierto". "No pienses
en ello, pues no puedes soportar esa prueba, ni las
tentaciones y artimañas del demonio. Y
cuando te acometa la tentación no
tendrás allí a nadie para que te
ayude en las tribulaciones que descargará
contra ti el enemigo". El insistió en que le
dejara marchar. Viendo el abad que no podía
retenerlo, después de hacer oración,
le dejó marchar. El hermano le pidió:
"Padre, concédeme que me enseñen el
camino que debo seguir". El abad le
señaló dos monjes del monasterio y
partieron los tres. Caminaron por el desierto un
día y luego otro. Agotados por el calor se
tumbaron en el suelo. Y mientras dormían un
poco, vino un águila que les tocó con
sus alas, se les adelantó un poco y luego se
posó en tierra. Los monjes se despertaron, y
al ver el águila dijeron al hermano: "Es tu
ángel. ¡Levántate y
síguele!". El hermano se despidió de
ellos y se llegó hasta donde estaba el
águila, la cual enseguida reanudó su
vuelo para posarse un estadio más
allá. Y el hermano volvió a seguirla,
y el águila voló de nuevo y se
posó no lejos de allí. Y esto se
repitió durante tres horas. El hermano
siguió al águila hasta el momento en
que giró a la derecha y desapareció.
El hermano, sin embargo, continuó su camino
y vio tres palmeras, una fuente y una
pequeña gruta. "Este, exclamó, es el
lugar que Dios me ha preparado". Entró y se
acomodó. Comía dátiles y
bebía agua de la fuente. Y vivió
allí seis años sin ver a nadie. Pero
un día, se le presentó el diablo bajo
las apariencias de un abad viejo, de terrible
aspecto. Al verlo el hermano tuvo miedo y se
postró en oración. Cuando se
levantó le dijo al diablo: "Oremos otra vez
hermano". Cuando se levantaron preguntó el
diablo: "¿Cuánto tiempo llevas
aquí?". "Seis años", le
respondió. Y le dijo el demonio: "He sido tu
vecino y hasta hace cuatro días no he podido
saber que vivías aquí. Tengo mi celda
no muy lejos y hace once años que no
salía de ella hasta hoy, que supe que
vivías tan cerca. Y me dije: 'Voy a ver a
este hombre de Dios y hablemos de lo que toca a la
salvación de nuestras almas'. Y creo hermano
que no ganamos nada quedándonos en nuestras
celdas, porque no recibimos el cuerpo y la sangre
de Cristo y temo que nos alejemos de El si nos
apartamos de estos misterios. A tres millas de
aquí hay un monasterio con un sacerdote.
Vayamos todos los domingos o cada dos semanas,
recibamos el cuerpo y la sangre de Cristo y
volvamos a nuestras celdas". Le agradó al
hermano esta recomendación diabólica
y llegado el domingo vino el diablo y dijo: "Vamos,
ya es hora". Y se fueron al citado monasterio donde
había un sacerdote, entraron en la iglesia y
se pusieron en oración. Y al levantarse el
hermano no vio al que le había
traído, y pensó: "¿Dónde
se habrá ido? Tal vez se haya ido a hacer
sus necesidades". Esperó un buen rato pero
no volvió. Salió fuera y como no
conseguía encontrarlo, preguntó a los
hermanos del monasterio: "¿Dónde
está el abad que ha entrado conmigo en la
iglesia?". Pero ellos le respondieron: "No hemos
visto a nadie más que a ti". Entonces
cayó en la cuenta el hermano que era el
demonio, y pensó: "Mira con cuanta astucia
me ha sacado el diablo de mi celda. Pero no
importa, pues he venido para una buena obra. Recibo
el cuerpo y la sangre de Cristo y me vuelvo a mi
celda". Acabada la misa, quiso volver a su ermita,
pero el abad del monasterio le retuvo diciendo: "No
te dejaremos marchar hasta que hayas comido con
nosotros". Y después de comer volvió
a su retiro. De nuevo se le presentó el
diablo disfrazado como un joven de mundo que
empezó a examinarle de pies a cabeza,
mientras decía: "¿Es éste? No,
no es". Y el hermano le dijo: "¿Por qué
me miras así?". Y él le
contestó: "Ya veo que no me conoces.
Después de tanto tiempo, ¿cómo
ibas a conocerme? Soy hijo de un vecino de tu
padre. ¿Tu padre no es fulano de tal? ¿Y
tu madre no se llama mengana? ¿Y tu hermana y
tú no tenéis tal y tal nombre?
¿Y los criados no son éste y
aquél? Tu madre y tu hermana murieron hace
tres años. Tu padre acaba de morir y te ha
nombrado heredero diciendo: '¿A quién
dejaré mis bienes sino a mi hijo, santo
varón, que dejó el mundo para seguir
a Dios? Dejo a él toda mi fortuna. Si alguno
teme al Señor y sabe donde está,
dígale que venga a distribuir mis bienes
entre los pobres para la salvación de mi
alma y de la suya'. Salió mucha gente a
buscarte, pero no te encontraron. Yo he venido
aquí para cierto negocio y te he reconocido.
No te demores, ve, vende todo y cumple la voluntad
de tu padre". El hermano contestó: "No es
necesario que vuelva al mundo". "Si no vienes,
respondió el diablo, y esa fortuna se
pierde, tendrás que dar cuenta delante de
Dios. ¿Qué hay de malo en que vayas,
repartas como buen administrador esos bienes entre
los pobres y necesitados para que no se dilapide
entre meretrices y gente de mal vivir lo que estaba
destinado a los pobres? ¿Qué dificultad
hay para que vayas, repartas las limosnas
según la voluntad de tu padre y para
salvación de tu alma y vuelvas a tu celda?".
Y el demonio acabó por persuadir al hermano
para que volviese al mundo. Le
acompañó hasta la ciudad y luego le
abandonó. El hermano quiso entrar en su
casa, creyendo que su padre estaba muerto, pero en
aquel momento el padre salía vivo de su
casa. Al verlo no le reconoció y le
preguntó: "¿Quién eres
tú?". El monje se turbó y no sabia
qué responder. Su padre insistía para
saber de dónde venia y entonces lleno de
confianza le dijo: "Soy tu hijo". Y el padre le
preguntó: "¿Para qué has
vuelto?". Le dio vergüenza confesar la
razón de su venida y le contestó: "He
venido por amor tuyo, porque estaba deseando
verte". Y se quedó allí. Poco tiempo
después cayó en la
fornicación. Castigado muy duramente por su
padre, el infeliz no se arrepintió y se
quedó en el mundo. Por tanto, hermano, esto
te digo: el monje nunca debe salir de su celda por
instigación de otro y bajo ningún
pretexto».
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25
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Unos
hermanos preguntaron a uno de los famosos Padres
del desierto: «Padre, ¿cómo puedes
estar aquí soportando este trabajo?».
El anciano les dijo: «Todo el trabajo del
tiempo que llevo aquí no se puede comparar a
un solo día de los tormentos que esperan al
pecador en la otra vida».
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26
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Un anciano
decía: «Los monjes antiguos no
cambiaban fácilmente de residencia a no ser
por una de estas tres causas: sí alguno
estaba en contra de ellos y a pesar de hacer todo
lo posible por darle gusto no podían
aplacarle; si les ocurría el ser alabados
por mucha gente, o si caían en
tentación de impureza».
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27
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Un hermano
dijo al abad Arsenio: «¿Qué debo
hacer pues estoy afligido por este pensamiento:
sí no puedes ayunar ni trabajar, al menos
visita a los enfermos, que esto es digno de
recompensa?». Conoció al anciano la
insinuación diabólica, y le dijo:
«Vete, come, bebe y duerme, pero no salgas de
tu celda». Sabía que la fidelidad a la
celda lleva al monje a la perfección. Tres
días después el monje fue preso de
acedia. Pero encontró unas pequeñas
palmas, las cortó y al día siguiente
se puso a hacer con ellas una estera. Al sentir
hambre se dijo: «Ya quedan pocas palmas, las
terminaré de tejer y entonces
comeré». Y al terminar se dijo de
nuevo: «Leeré un poco y luego
comeré». Y cuando terminó su
lectura pensó: «Recitemos algunos
salmos y después comeré sin
escrúpulos». Así, poco a poco,
con la ayuda de Dios fue progresando hasta
conseguir llegar al cumplimiento de su
obligación. Y adquirió seguridad para
vencer los malos pensamientos.
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28
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Un hermano
preguntó a un anciano: «¿Por
qué soy presa de la acedia cuando estoy en
mi celda?». Y el anciano le dijo: «Porque
todavía no has contemplado la esperanza de
la resurrección ni los tormentos del
infierno; pues si llegases a ver esto, tu celda
estaría llena de gusanos y tú
sumergido en ellos y no padecerías
acedia».
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29
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Los
hermanos rogaban a un anciano que descansara de su
rudo trabajo; pero él les respondió:
«Creedme, hijos, a la vista de los grandes y
maravillosos dones de Dios, Abraham se
lamentó de no haber luchado más
contra las dificultades».
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30
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Un hermano
dijo a un anciano: «Mi imaginación vaga
de un lado para otro y estoy atribulado». El
anciano respondió: «Permanece en tu
celda y tus pensamientos volverán a estar en
orden. Cuando una asna está atada, su
borriquillo se mueve de aquí para
allá, pero vuelve siempre donde su madre,
dondequiera que esté. Lo mismo ocurre con
los pensamientos de aquel que por amor a Dios
aguanta con paciencia en su celda. Pueden vagar un
poco pero de nuevo vuelven a
él».
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31
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Un anciano
moraba en el desierto y tenía el agua a doce
millas de distancia de su celda. Un día, al
ir a buscar agua se desanimó, y dijo:
«¿Qué necesidad tengo de tanto
trabajo? Vendré y me instalaré junto
al agua». Apenas dijo estas palabras, se
volvió y vio a uno que le seguía y
contaba sus pasos. «¿Quién
eres?», le preguntó. Y el otro dijo:
«Soy un ángel del Señor y he
sido enviado a contar tus pasos y darte la
recompensa». Al oírlo el anciano se
animó de nuevo celo y puso su celda
más lejos todavía del lugar del
agua.
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32
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Los Padres
decían: «Si te viene una
tentación en el lugar donde habitas, no
abandones el lugar en el tiempo de la
tentación, porque si lo abandonas
encontrarás ante ti, en todas partes, lo que
querías apartar. Ten paciencia hasta que
pase la tentación, para que tu marcha no sea
ocasión de escándalo y pueda
perjudicar a los que viven a tu
alrededor».
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33
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Un hermano
que vivía en un cenobio era de temperamento
inquieto y montaba fácilmente en
cólera. Y se dijo un día: «Me
iré y viviré en un lugar solitario.
Como no tendré nadie con quien hablar ni a
quien escuchar estaré tranquilo y se
apaciguará mi ira». Se fue y
vivía en una gruta. Un día,
después de llenar de agua su jarra, la
colocó en el suelo y sucedió que la
jarra se vino abajo. La llenó una segunda
vez y se cayó de nuevo. La llenó por
tercera vez y volvió a caerse. Ardiendo de
ira, tomó el recipiente y lo rompió.
Vuelto en si, cayó en la cuenta de que
había sido juguete del demonio de la ira y
dijo: «A pesar de estar solo me ha vencido.
Volveré al cenobio, pues la lucha y la
paciencia son necesarias en todas partes, pero,
sobre todo, lo que yo necesito es la ayuda de
Dios». Y volvió a su
monasterio.
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34
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Un hermano
preguntó a un anciano: «Padre,
¿qué debo hacer? No hago nada de lo que
debe hacer un monje. Soy negligente, como, bebo,
duermo. Me acometen muchos pensamientos torpes,
paso de un trabajo a otro, de unos pensamientos a
otros pensamientos». El anciano le dijo:
«Quédate en tu celda y haz lo que
puedas procurando no perder la paz. Lo poco que
ahora haces equivale a los grandes trabajos del
abad Antonio en el desierto; porque creo en Dios
que el que permanece en la celda por su amor,
vigilando su conciencia, se encuentra en la misma
situación que Antonio».
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Le
preguntaron a un anciano cómo debía
obrar un monje fervoroso para no escandalizarse al
ver que algunos hermanos volvían al mundo. Y
respondió: «El monje debe observar
cómo los perros cazan a las liebres. Uno de
ellos ve una liebre y la sigue. Los otros, que
sólo han visto correr al perro, le siguen
durante cierto tiempo, pero luego, cansados, se
vuelven. Sólo el perro que ha visto a la
liebre la persigue hasta que la alcanza. La
dirección de su carrera no se modifica
porque los otros se vuelvan atrás. No le
importan ni los precipicios, ni las selvas, ni las
zarzas. Le arañan y pinchan las espinas,
pero no descansa hasta que ha logrado su presa.
Así debe de ser el monje que busca a Nuestro
Señor Jesucristo. Mira sin cesar a la cruz y
pasa por encima de todos los escándalos que
encuentra, hasta llegar al
Crucificado».
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36
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Decía
un anciano: «Un árbol no puede dar
fruto si se le trasplanta a menudo de un lugar a
otro. Tampoco el monje que emigra con frecuencia
puede dar fruto abundante».
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Un hermano
que estaba tentado de abandonar su monasterio se lo
contó a su abad. Este le contestó:
«Vuelve a tu celda, haz oblación de tu
cuerpo a las paredes de tu celda y no salgas de
ella. No te preocupes de tu tentación.
Piensa lo que quieras, pero que tu cuerpo no salga
de la celda».
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Decía
un anciano: «La celda de un monje es el horno
de Babilonia, donde los tres jóvenes
encontraron al Hijo de Dios. Es también la
columna de nube desde la que Dios habló a
Moisés».
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Durante
nueve años un hermano fue atormentado por el
deseo de abandonar su monasterio. Cada
mañana preparaba sus cosas como para
marchar. Y cuando llegaba la tarde, decía:
«Mañana me marcho de aquí».
Pero por la mañana pensaba:
«Venzámonos un poco y aguantemos hoy
aquí por el Señor». Hizo esto
día tras día durante nueve
años, y entonces el Señor le
libró de su tentación.
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Un hermano
sucumbió a una tentación, y en su
abatimiento, abandonó la regularidad
monástica. Y aunque deseaba volver a empezar
de nuevo su observancia regular, su estado de
ánimo se le impedía, y se
decía: «¿Cuándo
volveré a encontrarme como antes?». Y
desalentado no hacía nada para empezar a
vivir como monje. Se llegó a un anciano y le
contó lo que le sucedía. El anciano,
después de escucharle, le puso este ejemplo:
«Un hombre tenía una propiedad y por su
negligencia se hizo improductiva llenándose
de abrojos y espinas. Quiso más tarde
cultivarla, y dijo a su hijo: "Vete y rotura aquel
campo". El hijo fue a la finca, pero al ver tanto
cardo y tanta espina, se desanimó y dijo:
"¿Cuándo conseguiré dejar limpio
todo este campo?". Y se echó a dormir. Y
esto lo repitió durante muchos días.
Más tarde, vino el padre para ver el trabajo
y se encontró con que ni siquiera
había empezado. Y preguntó a su hijo:
"¿Por qué no has hecho nada hasta
ahora?". Y el joven le respondió: "Al llegar
aquí y ver tanto cardo y tanta espina, me
sentí sin ánimos para empezar el
trabajo y me eché a dormir". El padre le
dijo: "Hijo mío, limpia cada día el
espacio que ocupes tumbado en el suelo. Tu trabajo
avanzará así poco a poco, sin que te
desanimes". El joven lo hizo así y en poco
tiempo quedó limpio el campo. Tú
también, hermano, trabaja poco a poco y no
te dejes llevar del desaliento. Dios por su
infinita misericordia te volverá a tu primer
estado». Al oír esto el hermano se fue
y con gran paciencia hizo lo que el anciano le
había enseñado. Y encontró la
paz avanzando en la virtud por la gracia de Nuestro
Señor Jesucristo.
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Un anciano
enfermaba a menudo. Pero un año no tuvo
enfermedad alguna. Y él estaba muy afligido
y lloraba diciendo: «Dios me ha abandonado, no
me ha visitado este año».
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Un anciano
contaba que un hermano fue tentado durante nueve
años. Tan angustiado estaba que llegó
a desesperar de su salvación y él
mismo se condenaba: «He perdido mi alma y, ya
que estoy condenado, me vuelvo al mundo». Y en
el camino oyó una voz que le decía:
«Las tentaciones que has padecido durante
nueve años eran tus coronas. Vuelve a donde
estabas y te libraré de tus
tentaciones». El hermano comprendió
entonces que no hay que desesperar por los
pensamientos que a uno le vienen. Estos
pensamientos son más bien nuestra corona,
sí sabemos llevarlos con
paciencia.
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Un anciano
que vivía en la Tebaida, en una cueva,
tenía un aventajado discípulo. Por la
tarde, el anciano tenía la costumbre de
instruirle enseñándole lo que
convenía a su alma. Y después de los
consejos finales, oraban juntos y le enviaba a
dormir. Un día, unos piadosos seglares, que
conocían la gran penitencia del anciano,
vinieron a verle. Y después de ser
consolados por él se marcharon. Y por la
tarde, después de su marcha, terminada la
misa, el anciano, según su costumbre fue a
instruir al hermano. Pero mientras hablaba, se
quedó dormido. El hermano esperó
pacientemente a que el anciano despertase para
hacer la oración acostumbrada, pero el
anciano no despertaba. Después de una larga
espera, el hermano fue tentado de irse a dormir,
pero se hizo violencia, resistió a la
tentación y se quedó. Por segunda vez
le vino el deseo de irse a dormir, pero se mantuvo
firme. Lo mismo le ocurrió hasta siete
veces, pero permaneció junto al anciano. A
media noche despertó el anciano, y le
encontró sentado a su lado. «¿Te
has quedado, le dijo, hasta ahora sin
marcharte?». «Si, Padre, le
contestó, porque no me lo habías
mandado». Y le dijo el anciano:
«¿Por qué no me has
despertado?». «No me he atrevido, dijo el
joven, por temor a molestarte». Se levantaron,
rezaron maitines y, terminada la oración, el
anciano despidió al discípulo. Y al
quedarse solo tuvo una visión: vio un lugar
glorioso y en él un trono y sobre el trono
siete coronas. El anciano preguntó:
«¿De quién son esas
coronas?». Y el que le mostraba la
visión le dijo: «El lugar y el trono
son de tu discípulo. Se los ha concedido
Dios por su fervorosa conducta. Las siete coronas
las ha conquistado esta noche». Al oír
esto, el anciano quedó admirado y temblando
llamó a su discípulo y le
mandó: «Dime lo que has hecho esta
noche». Y el otro respondió:
«Perdóname, Padre, porque no he hecho
nada». El anciano pensando que no se lo
quería decir por humildad, insistió:
«No te dejaré en paz hasta que me digas
lo que has hecho o lo que has pensado esta
noche». El hermano no tenía conciencia
de lo que había hecho y no sabia qué
decir. Y de nuevo repitió al anciano:
«Perdóname, Padre, no he hecho nada.
Tan sólo que he tenido siete veces deseos de
irme a dormir, pero como no me habías
despedido, como de costumbre, no me fui». Al
oír esto el anciano comprendió al
punto que había sido coronado por Dios cada
una de las veces que había resistido a su
deseo. Al hermano, para su mayor provecho, no le
dijo nada, pero lo contó a otros Padres
espirituales para que sepamos que por unos
pensamientos de poca monta, Dios nos da una corona.
Es bueno, pues, que el hombre se haga violencia en
todo por Dios, porque como escrito está:
«El Reino de los cielos sufre violencia y los
violentos lo conquistan». (Mt
11,12).
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Un anciano
anacoreta cayó enfermo. Como no tenía
a nadie que le ayudara se levantaba y comía
lo poco que encontraba en su celda. Pasaron varios
días sin que nadie viniera a visitarle.
Transcurridos treinta días sin recibir
ayuda, el Señor envió un ángel
para que le sirviera. Y después de otros
siete días, cayeron en la cuenta los Padres,
y se dijeron: «Vayamos y veamos, no sea que
esté enfermo». Cuando llamaron a la
puerta el ángel desapareció. El
anciano, desde dentro, gritó: «Alejaos
de aquí, hermanos». Pero ellos,
levantando la cancela de la puerta, entraron y le
preguntaron por qué gritaba. Y él les
dijo: «He estado enfermo durante treinta
días sin que nadie me visitara, y hace siete
días que el Señor envió un
ángel para que me sirviera, el cual se ha
marchado cuando habéis llegado
vosotros». Y dicho esto, descansó en
paz. Los hermanos se admiraron mucho y glorificaron
a Dios, diciendo: «Dios no abandona a los que
esperan en El».
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Decía
un anciano: «Si te sobrevienen enfermedades
corporales no te desanimes, porque si el
Señor quiere debilitar tu cuerpo ¿por
qué llevarlo a mal? ¿Acaso no piensa en
ti en toda ocasión y en cualquier
circunstancia? ¿Puedes tú vivir sin El?
Ten, pues, paciencia y pídele lo que te
conviene, es decir, hacer siempre su santa
voluntad, y come con paciencia lo que te den por
caridad».
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Uno de los
Padres contó lo que sigue: «Estando en
Oxirinco, vinieron unos pobres, un sábado
por la tarde, para recibir el ágape. Se
acostaron luego y uno de ellos sólo
tenía una estera. Había colocado la
mitad debajo y con la otra mitad se tapaba, pues
hacia mucho frío. Y al salir al servicio, le
oí que suspiraba y se quejaba de
frío, pero se consolaba diciendo:
"Señor, ¡te doy gracias! Cuántos
ricos están en la cárcel cargados de
cadenas o con los pies en el cepo y no pueden hacer
libremente sus necesidades. Pero yo soy como el
emperador, extiendo mis pies y voy donde me da la
gana". Mientras decía estas palabras, yo
estaba escuchándole. Y entrando en la celda
se lo conté a los hermanos que al
oírlo se edificaron mucho».
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Un hermano
preguntó a un anciano: «Si me vienen
dificultades en un lugar donde no tenga a nadie a
quien acudir para descubrirle mi tentación,
¿qué debo hacer?». El anciano le
respondió; «Fíate de Dios, que
él enviará su ángel y su
gracia. El mismo será tu consuelo sí
se lo pides con amor». Y añadió:
«He oído que en Scitia ocurrió
algo de esto. Había allí un monje que
padecía continuas tentaciones. Y como no
tenía cerca ninguna persona que le inspirase
confianza para abrirse con ella, una tarde
preparó su melota
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para marcharse. Pero esa misma noche se le
presentó la gracia de Dios bajo la forma de
una doncella que le decía: "No te vayas.
Quédate aquí conmigo. No te
sucederá ningún mal de todo eso que
has oído". El monje creyó en estas
palabras, permaneció allí y al punto
quedó curado su
corazón».
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(1) ACEDIA: Postración, disgusto sin causa concreta
que asalta frecuentemente al monje en su soledad.
(volver)
(2) MELOTA: Entre los monjes antiguos, usaban una capa
monástica de piel de oveja; la melota servía
también de cobertor o de estera sobre la cual e monje
se tendía para dormir. Se utilizaba también
para envolver y transportar objetos.
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