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Sentencias de los Padres del Desierto
(�ndice)
CAPÍTULO
IX
NO
HAY QUE JUZGAR A NADIE
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1
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Un hermano
del monasterio del abad Elías
sucumbió ante una tentación y fue
expulsado. Y se fue al monte con el abad Antonio.
Permaneció con él algún
tiempo, y luego Antonio le envió de nuevo al
monasterio de donde había venido. Pero en
cuanto lo vieron los hermanos lo volvieron a
expulsar. Regresó el hermano a donde estaba
el abad Antonio y le dijo: «Padre, no me han
querido admitir». El anciano les mandó
decir: «Un navío naufragó en el
mar y perdió su cargamento. Con mucho
esfuerzo el barco ha llegado a tierra, y ahora
vosotros ¿queréis hundir esa nave que
ha llegado a la orilla sana y salva?». Cuando
supieron que era el abad Antonio el que lo enviaba,
inmediatamente lo recibieron.
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2
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Un hermano
había pecado y el sacerdote le mandó
salir de la iglesia. Se levanto el abad
Besarión y salió con él,
diciendo: «Yo también soy
pecador».
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3
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El abad
Isaac vino de la Tebaida a un cenobio. Vio cometer
una falta a un hermano y lo juzgó. Vuelto al
desierto, vino un ángel del Señor y
se puso en la puerta de su celda, diciendo:
«No te dejaré entrar». El anciano
preguntó la causa y el ángel del
Señor le contestó: «Dios me ha
enviado para que te pregunte: ¿dónde
quieres que envíe a ese hermano culpable al
que has condenado?». Y al punto el abad Isaac
se arrepintió y dijo: «He pecado,
perdóname». Y el ángel le dijo:
«Levántate, Dios te ha perdonado. Pero
en adelante no juzgues a nadie antes de que lo haya
hecho Dios».
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4
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Un hermano
de Scitia cometió un día una falta.
Los más ancianos se reunieron y enviaron a
decir al abad Moisés que viniese. Pero
él no quiso venir. El presbítero
envió a uno para que le dijera: «Ven,
pues te esperan todos los hermanos». Y vino,
tomó consigo una espuerta viejísima,
la llenó de arena y se la echó a la
espalda. Los hermanos saliendo a su encuentro le
preguntaban: «¿Qué es esto,
padre?». Y el anciano les dijo: «Mis
pecados se escurren detrás de mí, y
no los veo, y ¿voy a juzgar hoy los pecados
ajenos?». Al oír esto los hermanos no
dijeron nada al culpable y lo
perdonaron.
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5
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El abad
José preguntó alabad Pastor:
«Dime ¿cómo llegaré a ser
monje?». Y el anciano le dijo: «Si
quieres encontrar la paz en este mundo y en el
otro, di en toda ocasión:
"¿Quién soy yo?" y no juzgues a
nadie».
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6
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Un hermano
le preguntó también: «Si veo una
falta de un hermano, ¿es bueno
ocultarla?». Y le dijo el anciano: «Cada
vez que tapamos el pecado de nuestro hermano, Dios
tapa también el nuestro. Y cada vez que
denunciamos las faltas de los hermanos, Dios hace
lo mismo con las nuestras».
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7
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En cierta
ocasión un hermano cometió una falta
en un cenobio. En las cercanías vivía
un anacoreta que no salía de su celda desde
hacía mucho tiempo. Y el abad del monasterio
fue a hablarle de aquel hermano culpable. Y
él dijo: «Expúlsalo». Se le
arrojó de la congregación y se
refugió en una fosa y allí lloraba
desconsolado. Pasaron unos hermanos que iban a
visitar al abad Pastor y le oyeron llorar. Bajaron
a donde estaba y le vieron inmerso en un gran dolor
y le aconsejaron que fuese a ver a aquel anacoreta.
Pero él rehusó diciendo:
«Moriré aquí». Al llegar
los hermanos donde estaba el abad Pastor se lo
contaron, y éste les pidió que
volviesen donde el hermano y le dijesen: «El
abad Pastor te llama». Y el hermano se puso en
camino. Al ver su dolor, el anciano se
levantó, le abrazó y con gran
alegría le invitó a comer. Luego
envió a uno de sus hermanos para que fuese
al anacoreta con este mensaje: «Me han hablado
mucho de ti y hace muchos años que quiero
verte, pero por nuestra mutua pereza no hemos
podido vernos. Pero ahora, gracias a Dios, tenemos
una oportunidad. Tómate la molestia de venir
hasta aquí para que podamos vernos. »
Pues, en efecto, el ermitaño nunca
salía de su celda. Al recibir este mensaje
el eremita pensó: «Si el anciano no
tuviese alguna revelación de Dios para
mí, no me hubiese llamado a buscar». Se
levantó y fue a su encuentro. Después
de saludarse mutuamente con gran alegría se
sentaron. Y el abad Pastor comenzó a decir:
«Dos hombres vivían en un mismo lugar y
cada uno tenía en su casa un difunto. Pero
uno de ellos dejó su muerto y se fue a
llorar por el difunto del otro». A estas
palabras el anciano se arrepintió
acordándose de lo que había hecho, y
dijo: «Pastor esta arriba en el cielo. Yo
abajo en la tierra».
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8
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Un hermano
preguntó al abad Pastor:
«¿Qué debo hacer, pues cuando
estoy en la celda siento que me falta valor?».
Y el anciano le dijo: «No desprecies ni
condenes a nadie y Dios te dará la paz, y tu
vida en la celda será
tranquila».
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9
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Un
día se reunieron los Padres en Scitia para
tratar de un hermano que había cometido una
falta. Pero el abad Pior callaba. Luego se
levantó, salió, tomó un saco,
lo llenó de arena y se lo echó a la
espalda. Y poniendo en una cestilla un poco de
arena la llevaba delante de si. A los Padres que le
preguntaban qué significaba aquello les
dijo: «Este saco que tiene tanta arena son mis
pecados. Como son míos me los puse a mi
espalda para no penar ni llorar por ellos. Este
poco de arena de la cesta, son los pecados de este
hermano, los pongo ante mis ojos y me cebo en ellos
para condenar a mi hermano. No es esto lo que
debería hacer. Debería llevar delante
de mi mis pecados para pensar en ellos y pedirle a
Dios que me los perdone. » Al oírle los
Padres dijeron: «Verdaderamente este es el
camino de la salvación».
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10
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Un anciano
dijo: «No juzgues al impuro si eres casto,
porque al hacerlo, tú también
pisoteas la ley. Porque el que dijo: "No
fornicarás", dijo también: "No
juzgarás"».
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11
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Un
sacerdote de una basílica acudió a la
celda de un anacoreta para celebrar la
Eucaristía y darle la comunión. Vino
luego uno a visitar al ermitaño y le
habló mal de aquel sacerdote. El eremita se
escandalizó y cuando, según
costumbre, vino para celebrar la eucaristía
no le quiso recibir. Al ver esto el sacerdote se
marchó. Entonces el anacoreta oyó una
voz que le decía: «Los hombres se han
adueñado de mi facultad de juzgar». Y
en un rapto vio un pozo de oro y un cubo de oro y
una cuerda también de oro y el pozo
contenía un agua estupenda. Vio
también un leproso que sacaba agua y la
echaba en un vaso. El anciano deseaba beber, pero
no podía porque el que sacaba el agua era un
leproso y no se atrevía. Oyó de nuevo
la voz que le decía: «¿Por
qué no bebes de ese agua? ¿Qué
importa que la saque un leproso? El solamente llena
el cubo y lo vacía en el vaso».
Volvió en si el eremita, reflexionó
sobre el significado de esta visión,
llamó al sacerdote y le pidió que
celebrase la eucaristía como hasta
entonces.
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12
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Dos
hermanos llevaban en un cenobio una vida ejemplar y
cada uno de ellos había merecido ver en el
otro la gracia divina. Pero un viernes, uno de
ellos salió del monasterio y vio a uno que
comía por la mañana. El hermano le
dijo: «¿Cómo siendo viernes comes
a esta hora?». Al día siguiente se
celebró la misa como de costumbre, pero el
otro hermano, al ver a su compañero se dio
cuenta de que la gracia divina se había ido
de él y se entristeció mucho. Al
volver a la celda le preguntó:
«¿Que has hecho, hermano, que no he visto
en ti la gracia de Dios como la veía
antes?». El otro respondió: «No
tengo conciencia de ninguna acción ni de
ningún pensamiento culpable». El otro
insistió: «¿Tampoco has dicho nada
malo?». Y acordándose, el
compañero le respondió: «Si,
ayer vi a uno que comía por la mañana
y le dije: "¿A esta hora comes un viernes?".
Este es mi pecado. Hagamos penitencia los dos
juntos durante dos semanas y pidamos a Dios que me
perdone». Lo hicieron así y dos semanas
más tarde el hermano vio de nuevo
cómo la gracia de Dios volvía a su
hermano. Se consolaron mucho y dieron gracias a
Dios que es el único bueno.
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