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Sentencias de los Padres del Desierto
(�ndice)
CAPÍTULO
XI
DE
LA VIGILANCIA
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1
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Un hermano
hizo una pregunta al abad Arsenio para escuchar una
palabra suya. Y el anciano le dijo: «Lucha con
todas tus fuerzas para que tu conducta interior se
acomode a la voluntad de Dios y venza las pasiones
del hombre exterior». Dijo también:
«Si buscamos a Dios se nos aparecerá. Y
silo retenemos se quedará junto a
nosotros».
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2
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El abad
Agatón decía: «Un monje no debe
permitir que su conciencia le acuse de cosa
alguna». Cuando murió permaneció
tres días inmóvil, con los ojos
abiertos. Los hermanos le sacudieron un poco y le
preguntaron: «¿Padre, dónde
estás?». Y respondió:
«Estoy ante el tribunal de Dios». Y le
dijeron los hermanos: «Padre, ¿tú
también temes?». Y contestó:
«Me he esforzado con toda mi alma en guardar
los mandamientos de Dios, pero soy hombre, y no
sé si mis obras fueron agradables a
Dios». Los hermanos le dicen: «¿No
confías en que tus obras fueron según
Dios?». Y el anciano dijo: «No
estaré seguro hasta que no esté
delante de Dios. Una cosa es el juicio de Dios y
otra el juicio de los hombres». Y como los
hermanos le quisieron preguntar más cosas,
les dijo: «Por caridad, no me habléis
más, estoy ocupado». Y dicho esto
murió con gran alegría. Y le vieron
entregar su espíritu como un amigo que
saluda a sus amigos íntimos. Había
sido vigilante en todo y decía: «Sin
vigilancia no se adelanta en ninguna
virtud».
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3
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Cuando el
abad Amoés iba a la iglesia no
permitía que su discípulo caminase a
su lado. Debía seguirle de lejos y si se
acercaba para preguntarle alguna cosa, le
respondía con brevedad y enseguida lo
enviaba detrás de sí. Decía:
«No sea que hablando de algo que sea de
utilidad al alma, nos deslicemos en algún
tema que no sea conveniente. Por eso no te permito
que te quedes a mi lado».
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4
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Al comenzar
una entrevista, preguntó el abad
Amoés al abad Arsenio:
«¿Cómo me ves en este
momento?». Arsenio le contestó:
«Como un ángel, Padre». Más
tarde le volvió a preguntar: «Y ahora,
¿cómo me ves?». Y Arsenio le dijo:
«Como si fueras Satanás, porque aunque
tu conversación ha sido buena, ha sido como
una espada para mí».
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5
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El abad
Alonio decía: «Mientras el hombre no
diga en su corazón: "En este mundo estamos
sólo Dios y yo", no tendrá paz ni
descanso en su vida».
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6
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Dijo
también: «Si el hombre quiere de
verdad, en un solo día, de la mañana
a la noche, puede alcanzar la medida de la
divinidad».
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7
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El abad
Besarión dijo en el momento de su muerte:
«Un monje debe ser todo ojos como los
querubines y serafines».
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8
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Un
día caminaban juntos el abad Daniel y el
abad Amoés. Y dijo el abad Amoés:
«Padre, ¿crees que también
nosotros, algún día, nos asentaremos
en una celda?». El abad Daniel
respondió: «¿Quién nos
puede quitar a Dios? Dios ahora está fuera,
y también en la celda está
Dios».
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9
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El abad
Evagrio decía: «La oración sin
distracción es una gran cosa. Pero mayor es
la salmodia sin
distracción».
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10
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Decía
también: «Acuérdate de tu muerte
y no te olvides de los castigos eternos. Así
ninguna falta manchará tu
alma».
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11
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Dijo el
abad Teodoro de Ennato: «Si Dios nos imputa
las negligencias en el tiempo de oración y
las distracciones que padecemos durante la
salmodia, no podemos ser salvos».
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12
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El abad
Teonás decía: «Porque nuestra
alma se distrae y se aparta de la
contemplación de Dios, somos esclavos de
nuestras pasiones carnales».
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13
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Un
día, unos hermanos quisieron tentar al abad
Juan el Enano, porque no permitía que su
mente se entretuviese con pensamientos vanos, ni
hablaba de cosas de este mundo. Le dijeron:
«Demos gracias a Dios porque este año
ha llovido mucho, las palmas tienen el agua
necesaria y empiezan a dar ramas. Así los
hermanos encontrarán lo que necesitan para
su trabajo manual». El 'abad Juan les
respondió: «Lo mismo ocurre cuando el
Espíritu Santo baja al corazón de los
santos. Reverdecen en cierto modo, se renuevan y
dan hojas de temor de Dios».
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14
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Un
día el abad Juan preparó cuerdas para
hacer dos espuertas. Pero las empleó todas
en una sola y no cayó en la cuenta hasta que
llegó a la pared. Su espíritu estaba
totalmente embebido en la contemplación de
Dios.
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15
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Había
en Scitia un anciano de gran vigor corporal, pero
que no era muy cuidadoso para retener lo que
oía. Fue al abad Juan el Enano y le
consultó sobre este problema de su falta de
memoria. Escuchó sus palabras, volvió
a su celda y olvidó lo que le había
dicho el abad Juan. Volvió otra vez para
preguntarle, le escuchó de nuevo,
regresó a su celda y en cuanto llegó
se le olvidó lo que había
oído. Fue y vino muchas veces pero siempre
se olvidaba de lo que le decía. Más
tarde se encontró con el anciano y le dijo:
«¿Sabes, Padre, que he vuelto a olvidar
lo que me dijiste? Pero para no molestarte no he
querido volver». El abad Juan le dijo:
«Vete y enciende esa candela». Y la
encendió. Y le dijo de nuevo: «Trae
otras candelas y enciéndelas con ella».
Y lo hizo así. Y entonces el abad Juan le
dijo al anciano: «¿Se ha visto
perjudicada esa candela porque en ella encendiste
las otras?». «No». «Pues
tampoco Juan sufrirá detrimento aunque toda
Scitia venga a yerme. Eso no me apartará del
amor de Dios. Por tanto, siempre que quieras, no
dudes en venir». Así, por la paciencia
de ambos, Dios curó al anciano de su falta
de memoria. Los monjes de Scitia tenían a
gala animar a los que luchaban contra alguna
pasión, y echaban sobre sí sus penas.
Y de ello salían ganando los dos.
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16
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Un hermano
vino a preguntar al abad Juan:
«¿Qué debo hacer? Un hermano viene
a menudo a buscarme para que vaya a trabajar con
él. Yo soy débil y sin fuerzas y me
consumo en ese trabajo. ¿Qué debo hacer
para cumplir el mandato del Señor?». El
anciano le respondió: «Caleb, hijo de
Yefunné dijo a Josué, hijo de Nun:
"Cuarenta años tenía yo cuando
Moisés, siervo de Yahvé, me
envió contigo a este país. Ahora
tengo ochenta y conservo todo mi vigor de entonces
para combatir, para ir y venir" (Jos 14,7. 10. 11).
Por tanto, si puedes, vete, sal y entra. Pero si no
lo puedes hacer, quédate en la celda
llorando tus pecados. Si te encuentran así
llorando no te obligarán a
salir».
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17
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El abad
Isidoro, presbítero de Scitia, decía:
«Cuando era joven y moraba en mi celda, no
contaba el número de salmos que recitaba al
decir el Oficio. Pasaba en ello el día y la
noche».
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Contaba el
abad Casiano que un monje que vivía en el
desierto había pedido a Dios la gracia de no
dormirse cuando se ocupaba en asuntos de su alma, y
sucumbir inmediatamente al sueño si le
venían palabras de odio o de maledicencia,
para no escuchar ese veneno. Decía el
anciano que el diablo se afana por hacer decir a
los hombres palabras ociosas y es el enemigo de
toda doctrina espiritual. Y para explicarlo
ponía este ejemplo: «Un día yo
hablaba de cosas provechosas para el alma con mis
hermanos y se durmieron tan profundamente que no
podían ni levantar los párpados de
sus ojos. Deseando hacerles caer en la cuenta de
que era el demonio, empecé a hablar de cosas
vanas y en seguida se sacudieron muy alegres el
sueño. Yo gimiendo les dije entonces: "Hasta
ahora hemos estado hablando de cosas del cielo y
todos vuestros ojos estaban dominados por un
profundo sueño, pero cuando se trató
de cosas vanas, enseguida os pusisteis a escuchar:
por eso, queridos hermanos, sabiendo que es cosa
del demonio, vigilad y tened cuidado de no ser
presa del sueño cuando escucháis o
hacéis alguna cosa
espiritual"».
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19
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El abad
Pastor, cuando era joven, fue a un anciano para
hacerle tres preguntas. Pero al llegar a donde
vivía el anciano, se le olvidó una de
ellas y tuvo que volverse a su celda. Pero cuando
alargó la mano para coger el picaporte, se
acordó del asunto que se le había
olvidado. Retiró la mano y volvió
donde el anciano. El anciano le dijo:
«Hermano, te has dado mucha prisa en
volver». Y Pastor le contó como al
alargar la mano para coger el picaporte de la
puerta, había recordado la pregunta, e
inmediatamente, sin abrir la celda, había
regresado. La distancia era muy considerable. El
anciano le dijo: «Si, eres un verdadero pastor
del rebaño. Tu nombre se pronunciará
en todo Egipto».
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El abad
Amón vino a ver al abad Pastor y le dijo:
«Si voy a la celda de mi vecino, o él
viene a la mía para tratar algún
asunto, tenemos mucho miedo, los dos, de dejarnos
llevar a alguna conversación profana e
impropia de un monje». Y el anciano le dijo:
«Haces bien. Los jóvenes tienen
necesidad de vigilancia». Y el abad
Amón le preguntó:
«¿Qué hacían los
ancianos?». Y le contestó el abad
Pastor: «A los ancianos aprovechados y firmes
en la virtud no les venía a los labios
ninguna cosa profana de qué hablar». Y
dijo el abad Amón: «Entonces, si me veo
obligado a hablar con mi vecino, ¿te parece
bien que hable con él de las Sagradas
Escrituras o de las Sentencias de los
ancianos?». Y el abad Pastor le
respondió:«Si no puedes callar, es
mejor que hables de las Sentencias de los ancianos
que de las Escrituras, pues esto encierra peligros
no pequeños».
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Preguntado
el abad Pastor acerca de las faltas,
respondió: «Si practicas una ascesis
enérgica en el temor de Dios y eres
vigilante, no encontrarás en ti
faltas».
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Cuando el
abad Pastor se preparaba para el Oficio, se sentaba
antes durante una hora, para aclarar sus
pensamientos. Y luego salía.
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23
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El abad
Pastor contaba que un hermano fue a preguntar al
abad Paisio: «¿Qué debo hacer por
mi alma que se ha vuelto insensible y no teme a
Dios?». Y el anciano le dijo: «Vete,
únete a un hombre temeroso de Dios, y su
compañía te enseñará a
temer a Dios».
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24
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Dijo
también: «El temor de Dios es principio
y fin. Está escrito: "Principio del saber el
temor de Yahvé" (Sal 110,10). Y cuando
Abraham terminó su altar, le dijo el
Señor: "Ahora ya sé que eres temeroso
de Dios"». (Gén 22,12).
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25
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Decía
también el abad Pastor: «Huye del
hombre que en la conversación no cesa de
discutir».
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Dijo
también: «En cierta ocasión,
conté al abad Pedro, discípulo del
abad Lot: "Cuando estoy en la celda mi alma
está en paz. Viene un hermano, me cuenta lo
que sucede fuera y se turba mi alma". Y el abad
Pedro me dijo que el abad Lot, a esa misma pregunta
le había respondido: "Tu llave es la que
abre mi puerta". Y que él le había
preguntado: "¿Qué significan estas
palabras?". Y él contestó: "Si viene
a verte un hermano y tú le preguntas:
¿Cómo estás, a dónde
vienes, qué tal estos y aquellos hermanos,
te han recibido bien o no?', entonces abres la
puerta de la boca de tu hermano y escuchas lo que
no quieres". "Así es, le dije yo, pero
¿qué tengo que hacer cuando venga a mi
celda un hermano?". Y me dijo el anciano: "El
penthos es una doctrina universal. Donde no existe
el penthos
1
es imposible guardar el alma". Y yo le dije
entonces: "Cuando estoy en mi celda el penthos
está conmigo, pero sí viene a yerme
alguno o salgo de mi celda, ya no lo encuentro". Y
el anciano contestó: "Todavía no
tienes dominio sobre el penthos, sino que dispones
de él en algunas ocasiones". Y le
pregunté: "¿Qué significa eso?".
Y me dijo el abad Lot: "Si el hombre lucha con
todas sus fuerzas para lograr una cosa, si la
busca, a cualquier hora que la necesite la
encontrará"».
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Un hermano
dijo al abad Sisoés: «Quiero guardar mi
corazón». Y él le
respondió: «¿Cómo podremos
guardar nuestro corazón, si nuestra lengua
encuentra la puerta abierta?».
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El abad
Silvano moraba en el monte Sinaí. Un
día, su discípulo, que quería
ausentarse para cierto negocio suyo, le dijo:
«Deja correr el agua y riega el huerto».
El abad Silvano salió para dar suelta al
agua, y cubriéndose el rostro con su
capucha, por lo que no veía más
allá de sus pies. Un hombre le vio de lejos
y se dio cuenta de lo que hacía. Se le
acercó y le preguntó: «Dime,
Padre, ¿por qué te cubres el rostro con
el capuchón para regar el huerto?». Y
el anciano le dijo: «Para que mis ojos no vean
los árboles, y así mi mente no se
distraiga al mirarlos y descuide mi
trabajo».
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Preguntó
el abad Moisés al abad Silvano:
«¿Puede el hombre, todos los días,
iniciar su conversión?». El abad
Silvano le respondió: «Si el hombre es
laborioso, cada día y a cada hora, puede
iniciar su conversión».
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Los
hermanos preguntaron un día al abad Silvano
qué método había seguido para
alcanzar una tal prudencia. Y respondió:
«Nunca permití entrar en mi
corazón un pensamiento que me
irritase».
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El abad
Serapión decía: «Los soldados
que están delante del emperador no pueden
mirar ni a derecha ni a izquierda. Lo mismo el
monje cuando está en presencia de Dios y se
aplica continuamente en su temor, ninguna amenaza
del enemigo le podrá
asustar».
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Santa
Sinclética decía: «Seamos
vigilantes. Los ladrones penetran por los sentidos
de nuestro cuerpo, aunque nosotros no queramos.
¿Cómo dejará de ennegrecerse la
casa, si el humo exterior encuentra las ventanas
abiertas?».
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Dijo
también: «Hay que estar armado por
todas partes contra los demonios. Porque entran
desde fuera, se mueven dentro y nuestra alma lo
tiene que sufrir todo. Lo mismo que un barco se ve,
a veces, sacudido por la enorme masa de las olas,
desde el exterior, y otras veces se ve arrastrado
al fondo por el peso del agua que se mete en su
interior, también nosotros nos perdemos por
nuestras malas obras externas unas veces y otras
nos vemos arruinados por la malicia de nuestros
pensamientos. Conviene, por tanto, que vigilemos no
sólo los ataques exteriores de los
espíritus inmundos, sino que arrojemos
también la inmundicia de nuestros
pensamientos interiores».
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Decía
también: «No tenemos seguridad en este
mundo. El apóstol nos dice: "Así
pues, el que crea estar en pie, mire no caiga". (1
Co 10, 12). Navegamos en la incertidumbre, porque
como dice el Salmista: embargo, en el mar hay
sitios llenos de peligros y sitios tranquilos.
Nosotras, parece ser que navegamos por zonas
tranquilas y los del mundo por zonas peligrosas.
Además, nosotras caminamos de día
guiadas por el sol de justicia, mientras ellos
navegan en la noche de la ignorancia. Sin embargo,
ocurre a menudo que la gente del mundo, que navega
en la tempestad y en la oscuridad, salva su nave
gritando a Dios y vigilando, por temor al peligro.
Y nosotras, instaladas en la tranquilidad, nos
hundimos por nuestra negligencia abandonando el
timón de la justicia».
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El abad
Hiperequios dijo: «Piensa siempre en el Reino
de los Cielos, y pronto lo tendrás en
heredad».
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Dijo
también: «Que la vida del monje sea
imitación de los ángeles, es decir,
que queme y consuma los pecados».
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37
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Decía
el abad Orsisio: «Pienso que si el hombre no
guarda su corazón, se olvidará de lo
que oye y ve, y se descuidará. Y finalmente
el enemigo, encontrando sitio dentro de su alma, le
suplantará. Una lámpara en la que se
ha preparado aceite y una mecha, dará luz.
Pero si por negligencia no se puso aceite, poco a
poco se apagará y las tinieblas
podrán más que ella. Si llega un
ratón y quiere roer la mecha, mientras no
esté completamente apagada no lo puede hacer
a causa del calor del fuego. Pero si ve que la
mecha se ha apagado y ya no conserva el calor del
fuego, al querer llevarse la mecha, tirará
al suelo también la lámpara. Si la
lámpara es de barro se romperá, pero
si es de bronce su dueño puede repararla. Lo
mismo ocurre con el alma negligente. Poco a poco el
Espíritu Santo se aparta de ella, hasta que
se apaga del todo su fervor. Entonces el enemigo
consume y devora los buenos deseos del alma y
arruina ese cuerpo de pecado. Pero si el hombre,
por el amor que tiene a Dios, es bueno y
sencillamente se ha visto arrastrado por la
negligencia, Dios, que es infinitamente
misericordioso, aviva en él su
espíritu y el recuerdo de las penas
preparadas para los pecadores en el siglo venidero
y cuida de que sea vigilante y en adelante preceda
con suma cautela, hasta el día de su
venida».
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38
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Un anciano
vino a ver a otro anciano y mientras hablaban, uno
de ellos dijo: «Yo estoy muerto al
mundo». Y el otro le contestó: «No
te fíes de ti hasta que hayas salido de este
cuerpo, pues aunque tú digas de ti que
estás muerto, Satanás no está
muerto».
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39
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Decía
un anciano: «El monje debe, cada día,
por la mañana y por la tarde, pensar
qué ha hecho y qué no ha hecho de lo
que Dios quiere. Así debe examinar el monje
toda su vida y hacer penitencia. Así
vivió el abad Arsenio».
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40
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Dijo un
anciano: «El que pierde oro o plata, puede
recuperarlo. Pero el que desaprovecha una
ocasión, no la volverá a
encontrar».
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41
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Decía
un anciano: «El soldado y el cazador que salen
a su trabajo, no piensan si éste está
herido y aquel otro sano. Cada uno lucha por si
solo. Así debe proceder el
monje».
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42
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Un anciano
dijo: «Nadie puede herir al que está al
lado del emperador. Tampoco Satanás puede
hacernos el menor daño si nuestra alma
está unida a Dios, pues escrito está:
"Volveos a mí y yo me volveré a
vosotros (Za 1,3). Pero como con frecuencia nos
envanecemos, el enemigo se apodera de nuestra
miserable alma y la arroja en el fango de las
pasiones».
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43
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Un hermano
dijo a un anciano: «No siento ninguna lucha en
mi corazón». Y el anciano le
respondió: «Eres como la puerta de una
ciudad. Entra todo el que quiere y por donde quiere
y sale cuando quiere y como quiere, sin que
tú te enteres de nada de lo que hacen. Si
tuvieras una puerta bien cerrada y si impidieses la
entrada a los malos pensamientos, los verías
estar en pie fuera y luchando contra
ti».
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44
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Se cuenta
de un anciano que cuando sus pensamientos le
decían: «Descansa hoy, mañana
harás penitencia», él les
contradecía diciendo: «No, hoy hago
penitencia; mañana haré la voluntad
de Dios».
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45
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Un anciano
decía: «Si no vigilamos nuestro
exterior es imposible guardar nuestro
interior».
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46
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Dijo un
anciano: «Tres son las artimañas de
Satanás que preceden a todos los pecados: la
primera es el olvido, la segunda la negligencia, la
tercera la concupiscencia. Porque si viene el
olvido engendra negligencia, de la negligencia nace
la concupiscencia y ésta hace caer al
hombre. Pero si la mente vigila para no caer en el
olvido, no caerá en la negligencia. Si no es
negligente, no sentirá la concupiscencia. Si
no le domina la concupiscencia, no caerá
nunca con la gracia de Dios».
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47
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Un anciano
decía: «Aplícate al silencio y
no pienses cosas vanas. Acostado o levantado date a
la meditación, con temor de Dios. Si esto
haces no temerás el ataque de los
enemigos».
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48
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Decía
un anciano a un hermano: «El diablo es el
enemigo y tú eres la casa. El enemigo no
cesa de arrojar sobre ti todo lo sucio que
encuentra, y de volcar sobre ti todas sus
inmundicias. A ti te toca no descuidarte y echar
fuera todo lo que él te arroja. Si te
descuidas, tu casa se llenará de basura y no
podrás entrar en ella. Por eso, desde el
principio, elimina, poco a poco, lo que él
te arroje, y tu casa estará limpia por la
gracia de Cristo».
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49
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Uno de los
ancianos dijo: «Cuando a un animal se le tapan
los ojos, da vueltas alrededor del molino, porque
si tuviese los ojos descubiertos no daría
vueltas. También el diablo, cuando consigue
cegar los ojos del hombre, lo humilla con toda
clase de pecados. Pero si no se cierran los ojos,
es más fácil escapar de
él».
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50
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Decían
los ancianos: «Siete monjes moraban en el
monte del abad Antonio. Cuando llegaba el tiempo de
los dátiles uno de ellos se encargaba de
espantar a los pájaros. Y uno de aquellos
ancianos, el día que le tocaba guardar los
dátiles, gritaba: "Salid de dentro los
pensamientos malos, y pájaros,
¡fuera!"».
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51
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Un
hermano de las Celdas preparó las palmas,
pero al sentarse para hacer las esteras le vino el
pensamiento de ir a visitar a un anciano. Y
reflexionando interiormente dijo: «Iré
dentro de unos días». Y de nuevo le
insinuaba su pensamiento: «¿Y si muere
entre tanto, qué harás?». «
Iré ahora a hablar con él,
aprovechando el verano». Pero de nuevo
pensó: «No es ahora el momento. Cuando
hayas cortado los juncos para las esteras, entonces
será la ocasión». Y de nuevo se
dijo: «Extiendo estas palmas y voy». Y
pensó otra vez: «Hoy hace buen
día». Se levantó, dejó
las palmas en agua, tomó su melota y
marchó. Tenía por vecino de celda un
anciano que leía los corazones y al verle
caminar con tanta prisa le gritó:
«¡Prisionero, prisionero!,
¿dónde vas tan corriendo? Ven
aquí». Y cuando llegó donde
estaba, le dijo el anciano: «Vuelve a tu
celda». El hermano le contó el
vaivén de su pensamiento y luego
volvió a su celda. Entró en ella, se
postró en tierra e hizo una metanía
2.
Hecho esto los demonios empezaron a gritar con
grandes voces: «¡Nos has vencido, monje,
nos has vencido!». La estera sobre la que se
había postrado pareció incendiarse y
los demonios desaparecieron como el humo.
Así el hermano aprendió sus malas
artes.
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52
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Un anciano
se moría en Scitia y los hermanos rodeaban
su lecho. Le vistieron su hábito llorando,
pero el abrió los ojos y se echó a
reír. Y esto mismo se repitió tres
veces. Al verlo los hermanos le preguntaron:
«Padre, ¿por qué nosotros lloramos
y tú te ríes?». El les dijo:
«He reído la primera vez porque
vosotros tenéis miedo a la muerte. La
segunda porque no estáis preparados. La
tercera porque paso del trabajo al descanso, y
vosotros lloráis». Dichas estas
palabras cerró los ojos y descansó en
el Señor.
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53
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Un hermano
de una de las celdas vino a uno de los Padres y le
dijo que sus pensamientos le atormentaban. El
anciano le dijo: «Has arrojado por tierra esa
herramienta maravillosa que es el temor de Dios y
tienes en la mano una vara de caña, que son
los malos pensamientos. Toma en ella más
bien el fuego del temor de Dios y cuando se te
acerque el mal pensamiento, arderá como
caña en el fuego del temor de Dios. El mal
no tiene ningún poder contra los que temen a
Dios».
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54
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Uno de los
Padres decía: «No puedes amar sí
antes no has odiado. Porque si no. odias al pecado,
no podrás cumplir con la justicia, pues
escrito está: "Apártate del mal y
obra el bien" (Sal 37,27). Porque en todo esto lo
que importa es la voluntad del alma. Adán,
estando en el paraíso, desobedeció el
mandamiento del Señor, mientras que Job,
sentado en su estercolero, lo observó. Por
eso Dios sólo busca en el hombre su buena
voluntad para que le posea
siempre».
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(1) PENTHOS: Duelo por la muerte de un pariente. Y de
aquí, en sentido espiritual: tristeza causada por el
estado de muerte en que el alma se encuentra a consecuencia
del pecado, sea del pecado propio o del pecado del
prójimo. (volver)
(2) METANÍA: Cambio de ideas, conversión,
penitencia interior, gesto por el cual se da tetimonio de su
arrepentimiento después de una falta o simplemente de
un encuentro con otro, casi siempre postración. (volver)
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