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Sentencias de los Padres del Desierto
(�ndice)
CAPÍTULO
XIII
HAY
QUE PRACTICAR LA HOSPITALIDAD Y LA MISERICORDIA CON
ALEGRÍA
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1 |
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Un
día unos Padres vinieron a Panefo para ver
al abad José y consultarle sobre la manera
de recibir a los hermanos que estaban de paso. Si
debían moderar la abstinencia y alegrarse
con ellos. Y antes de que le hiciesen la pregunta,
dijo el anciano a su discípulo:
«Observa lo que voy a hacer hoy y ten
paciencia». Puso dos asientos de haces de
juncos atados, uno a la derecha y otro a la
izquierda, y les dijo «Sentaos».
Entró en su celda y se vistió de
harapos. Salió, pasó por medio de
ellos, entró de nuevo en su celda y se
vistió con los mismos vestidos que
tenía antes. Volvió a salir y se
sentó en medio de ellos. Los Padres estaban
extrañados de su comportamiento y le
preguntaron qué significaba todo aquello. Y
él les dijo: «¿Habéis visto
lo que he hecho?». Le dijeron: «Si».
Y prosiguió el anciano: «¿He
cambiado yo al vestirme de harapos?».
«No». Y les preguntó de nuevo:
«¿Me he comportado peor al vestirme con
el traje nuevo». Y repitieron: «No».
«Por tanto, dijo el anciano, soy el mismo con
los dos vestidos. Ni el primero me ha cambiado, ni
el segundo me ha perjudicado. Así debemos
proceder cuando recibimos a los hermanos, como se
lee en el Santo Evangelio: "Lo del César
devolvédselo al César y lo de Dios a
Dios" (Mt 22,21). Cuando se presentan los hermanos
debemos recibirles con alegría, cuando
estamos solos practicamos el penthos
1».
Al oírle quedaron admirados, pues el abad
José, antes de ser preguntado, sabia lo que
traían en el corazón. Y dieron
gracias a Dios.
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El abad
Casiano dijo: «Hemos venido de Palestina a
Egipto para ver a uno de los Padres, y mientras
cumplía sus deberes de hospitalidad, le
preguntaron: "¿Por qué cuando recibes a
los hermanos no guardas la regla del ayuno, como es
costumbre en Palestina?". El anciano nos
respondió: "El ayuno lo tengo siempre a
mano, mientras que a vosotros no os puedo tener
siempre aquí. El ayuno, aunque es
útil y necesario, está dejado a
nuestra voluntad, mientras que la plenitud de la
ley de Dios nos exige el cumplimiento de la
caridad. Al recibir en vosotros a Cristo, debo
testimoniaros con el mayor afecto todo lo que toca
a la caridad. Cuando os haya despedido podré
reincorporarme a la disciplina del ayuno.
¿Pueden acaso los invitados a la boda estar
tristes mientras el novio está con ellos?
Días vendrán en que les será
arrebatado el novio; ya ayunarán
entonces"». (Mt 9,15).
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Decía
también: «Fuimos un día a
visitar a un anciano, que nos invitó a
comer. Y aunque ya estábamos saciados, nos
exhortaba a seguir comiendo. Le dije que no
podía más, y él me
contestó: "Hoy he puesto la mesa seis veces
para recibir a hermanos de paso, y para animarlos
yo he comido con ellos y todavía tengo
hambre. Y tú que tan sólo has comido
una vez, ¿estás ya tan lleno que no
puedes comer más?"».
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Un
día, en Scitia, se publicó un ayuno
de una semana, como preparación a la Pascua,
y durante esa semana vinieron unos monjes de Egipto
para ver al abad Moisés. El les
preparó una pequeña papilla. Los
vecinos vieron el humo y dijeron a los
clérigos de la Iglesia: «Moisés
no guarda la ley: está cociendo una
papilla». Los clérigos dijeron:
«Cuando venga, hablaremos con él».
Al llegar el sábado, los clérigos,
que conocían la gran virtud del abad
Moisés, le dijeron delante de todo el
pueblo: «Abad Moisés, has desobedecido
el mandato de los hombres, pero para cumplir mejor
el mandamiento de Dios».
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Un hermano
fue a visitar al abad Pastor la segunda semana de
Cuaresma. Le abrió su corazón y
encontró la paz en sus respuestas. El
hermano le dijo al final: «He dudado un poco
en venir a verte hoy». «¿Por
qué?», le preguntó el anciano.
«Temía encontrar cerrada la puerta
porque estamos en Cuaresma». Y el abad Pastor
le respondió: «No hemos aprendido a
cerrar la puerta de madera sino más bien a
tener cerrada la puerta de nuestra
boca».
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6 |
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Un hermano
dijo al abad Pastor: «Cuando doy a uno de mis
hermanos un poco de pan o cualquier otra cosa, los
demonios ensucian mi ofrenda, para que parezca que
lo hago para dar gusto a los hombres». El
anciano le dijo: «Aunque lo hiciésemos
por agradar a los hombres, debemos dar a los
hermanos lo que necesitan». Y le contó
esta parábola: «Dos labradores
vivían en una misma aldea. Uno de ellos
sembró, pero recogió poco y sucio. El
otro no quiso sembrar y no recogió nada. Si
sobreviene el hambre en la región,
¿cuál de los dos podrá
defenderse mejor?». El hermano
respondió: «El que recogió algo,
aunque poco y sucio». Y el anciano
concluyó: «Hagamos lo mismo. Sembremos
lo poco e inmundo que tenemos para no morir en
tiempo de hambre».
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7 |
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Un hermano
vino a ver a un ermitaño, y al marchar le
dijo: «Perdóname, Padre, porque te he
impedido guardar tu regla». Pero el anciano le
respondió: «Mi regla es recibirte con
hospitalidad y despedirte con paz».
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Un
anacoreta, muy observante, vivía cerca de
una comunidad de hermanos. Unos monjes vinieron al
monasterio en el que vivía aquella comunidad
y fueron a ver al eremita. Y le hicieron comer
fuera de la hora acostumbrada. Luego los hermanos
le dijeron: «Padre, ¿no estás
constristado?». Y él les
respondió: «Yo sólo estoy triste
cuando hago mi propia voluntad».
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Vivía
en Scitia un anciano, muy cerca del camino del
desierto. Y su trabajo consistía en que
cuando venia un monje del desierto, con toda
confianza y caridad le invitaba a reponer sus
fuerzas en su celda. Un día pasó un
anacoreta y le invitó a comer con él.
Pero el otro no quiso tomar nada, diciendo:
«Yo ayuno». El anciano apenado, le dijo:
«Te ruego que no desprecies a tu siervo ni
apartes tus ojos de mi. Pero ven a hacer
oración conmigo. Hay aquí un
árbol que se inclinará durante la
oración que vamos a hacer de rodillas cada
uno de nosotros. Seguiremos el parecer de aquel
sobre el que se incline el árbol». El
ermitaño se arrodilló y se puso en
oración, pero no sucedió nada. Se.
arrodilló después el anciano que le
había invitado a comer y al punto se
dobló el árbol. Al verlo se alegraron
mucho y dieron gracias a Dios que hace siempre
maravillas.
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Dos
hermanos fueron a visitar a un anciano. Este
tenía la costumbre de no comer todos los
días. Al verles les recibió con gran
alegría, y les dijo: «El ayuno tiene su
recompensa, pero el que come por caridad cumple dos
mandamientos: deja de hacer su propia voluntad y
cumple el precepto de dar de comer a los
hermanos».
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Un anciano
vivía en un lugar desierto de Egipto. Lejos
de él vivía un maniqueo, que era
sacerdote para los herejes de esta secta. Este
quiso visitar a una persona de su secta, pero la
noche le sorprendió en aquel lugar donde
vivía aquel varón santo y ortodoxo. Y
estaba deseando llamar a su puerta para pasar la
noche con él. Sabia que el otro no ignoraba
que era maniqueo y por eso se resistía a su
deseo, no fuese que no quisiera recibirle. Obligado
por la necesidad llamó. Al abrir, el anciano
le reconoció, le recibió con gran
alegría, le invitó a orar, y
después de darle de cenar le condujo a un
aposento donde pudiese dormir. Durante la noche, el
maniqueo estaba admirado pensando en todo esto y
decía: «¿Cómo es que no ha
tenido la menor suspicacia contra mi?
Verdaderamente es un siervo de Dios». Al
levantarse por la mañana, se echó a
sus pies y le dijo: «A partir de hoy soy
ortodoxo y no me separaré jamás de
ti». Y desde entonces se quedó con
él.
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12 |
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Un monje de
Tebas había recibido de Dios la gracia de
distribuir a los pobres lo que cada uno necesitaba.
Un día fue a un pueblo para celebrar el
ágape, y se le acercó una mujer que
vestía muy miserablemente. Al verla tan
pobremente vestida hundió hasta el fondo de
su bolsa las manos para llenarlas lo más
posible y poder de este modo darle una medida
abundante, pero sus manos se cerraron y
recogió muy poco. Vino otra que iba bien
vestida y, al ver sus vestidos, metió la
mano con intención de darle poco. Pero sus
manos se abrieron y sacó mucho. El monje
solicitó información acerca de estas
dos mujeres y supo que la que usaba buenos vestidos
era una dama distinguida que había
caído en la miseria, y que se vestía
así para no perjudicar la reputación
de sus hijos. La otra se había cubierto de
harapos para mendigar y poder recibir
mas.
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Un monje
tenía un hermano que vivía muy
pobremente en el mundo. Le entregaba todo el
producto de su trabajo, pero cuanto más le
daba más se empobrecía su hermano. Y
fue a contárselo a un anciano que le
aconsejó: «Si me quieres escuchar, no
le des nada más en adelante, sino dile:
"Hermano, mientras he tenido algo te he ayudado,
pero a partir de ahora, trabaja y ayúdame
con lo que ganes con tu trabajo". Y tú,
recibe lo que te traiga, dáselo a un
peregrino o a un anciano pobre, y ruégales
que oren por él». El monje hizo lo que
se le había dicho. Cuando vino a verle su
hermano le dijo lo que el anciano le había
recomendado, y el otro se marchó triste.
Pero un día vino a traerle unas pocas
legumbres de su huerto. El hermano las tomó
y se las llevó a los ancianos
pidiéndoles que orasen por su hermano.
Luego, después de recibir la
bendición, volvió a su casa.
Más tarde le trajo legumbres y tres panes y
el hermano hizo lo mismo que la vez anterior.
Recibida la bendición, se volvió.
Volvió por tercera vez trayendo mucho
dinero, vino y pescado. Al ver todo esto, el
hermano se admiró, llamó a los pobres
y les regaló abundantemente. Luego dijo a su
hermano seglar: «¿No necesitas algunos
panes?». «No, señor, porque cuando
recibía de ti algo, una especie de fuego
entraba en mí casa y lo consumía.
Pero ahora que no recibo nada de ti, vivo en la
abundancia, y Dios me bendice». El monje fue a
contárselo todo al anciano que le
había aconsejado, que le respondió:
«¿No sabes que el trabajo del monje es un
fuego y que donde quiera que entra quema? Es
más útil para tu hermano que haga
limosna de lo que gana con su trabajo, y consiga
así que los santos pidan por él.
Gracias a su bendición, el fruto de su
trabajo se multiplica».
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Decía
un anciano: «Si uno hace con frecuencia buenas
obras, el demonio puede meterle en el alma una
especie de escrúpulo en las cosas
pequeñas, para que pierda la recompensa de
todas las otras buenas obras que hace. Estaba yo un
día en Oxirinco con un sacerdote que hacia
muchas limosnas. Se presentó una viuda y le
pidió un poco de trigo. Y él le dijo:
"Trae un celemín, para que te dé una
medida". Ella trajo uno, pero el sacerdote lo
examinó, lo midió con la mano y le
dijo: "Es muy grande", y la viuda se sintió
muy avergonzada. Cuando se hubo marchado la viuda,
yo le dije: "Padre, ¿acaso ese trigo se lo has
dado prestado a esa viuda?". Y el contestó:
"No; se lo he regalado". Y entonces yo le dije:
"Pues si se lo has dado gratis, ¿por
qué has sido tan escrupuloso en ese
mínimo detalle de la medida y has hecho
pasar esa vergüenza a esa pobre
mujer"».
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15 |
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Un anciano
vivía en común con otro hermano.
Tenía muy buen corazón. Sobrevino el
hambre en aquella región y empezaron los
vecinos a acudir en demanda de ayuda. El anciano
daba pan a todos los que venían. Al ver su
modo de proceder, el otro hermano le dijo:
«Dame mí parte de pan y haz lo que
quieras con la tuya». El anciano
repartió los panes, y siguió haciendo
limosna como hasta entonces con la parte suya. Y
acudieron muchos al oír que el anciano daba
limosna a todo el que le pedía. Dios al ver
su comportamiento bendijo sus panes. El otro
hermano, que había recibido su parte y que
no daba nada a nadie, consumió su parte y
dijo al anciano: «Aunque es muy poco lo que
queda de mis panes, recíbeme y empecemos de
nuevo a vivir en común». El anciano le
contestó: «Haré lo que tú
quieras». Y empezaron de nuevo a vivir en
común. Y de nuevo faltaron los alimentos, y
otra vez empezaron a venir pobres pidiendo limosna.
Un día entró el hermano en la
despensa y vio que faltaba el pan. Se
presentó un pobre y pidió limosna. El
anciano le dijo al hermano: «Dales pan».
Pero el hermano respondió: «Padre, ya
no queda nada». El anciano insistió:
«Entra y busca». El hermano entró
de nuevo en la despensa, miró con
atención y vio que el armario en el cual
solían estar los panes estaba lleno de
ellos. Al verlo se asustó, tomó un
pan y se lo dio al pobre. Y al conocer la fe y la
virtud del anciano dio gloria a Dios.
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(1) PENTHOS: Duelo por la muerte de un pariente. Y de
aquí, en sentido espiritual: tristeza causada por el
estado de muerte en que el alma se encuentra a consecuencia
del pecado, sea del pecado propio o del pecado del
prójimo. ( volver)
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