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Sentencias de los Padres del Desierto
(�ndice)
CAPÍTULO
XVII
DE
LA CARIDAD
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1 |
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Decía
el abad Antonio: «Yo ya no temo a Dios: le amo
porque "el amor perfecto expulsa el temor"».
(1 Jn 4,18).
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Decía
también: «La vida y la muerte nos viene
del prójimo. Si ganamos a nuestro hermano,
ganaremos a Dios. Si le escandalizamos pecamos
contra Cristo».
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3 |
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El abad
Amón, de Nitria, vino a ver al abad Antonio,
y le dijo: «Me parece que mi vida es
más dura que la tuya, ¿por qué
tú eres más famoso que yo?». Y
el abad Antonio le respondió: «Porque
yo amo a Dios mas que tú».
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4 |
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El abad
Hilarión, vino un día de Palestina al
monte del abad Antonio, y el abad Antonio le dijo:
«Bienvenido seas, estrella del amanecer».
Y el abad Hilarión le contestó:
«La paz sea contigo, columna de luz que
sostienes el universo».
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5 |
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El abad
Marco preguntó al abad Arsenio:
«¿Por qué escapas de
nosotros?». Y el anciano le dijo: «Dios
sabe que os amo, pero no puedo estar con Dios y con
los hombres. Los millones y las minadas de
ángeles sólo tienen una voluntad, los
hombres tienen muchísimas voluntades. No
puedo abandonar a Dios para morar entre los
hombres».
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6 |
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Dijo el
abad Agatón: «En cuanto me ha sido
posible, nunca me acosté guardando en mi
corazón resentimiento contra alguno, ni he
permitido que nadie se acostara si tenía
algo en contra mía».
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7 |
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El abad
Juan subía un día de Scitia con otros
hermanos, pero el guía se equivocó de
camino, pues era de noche. Y preguntaron los
hermanos al abad Juan: «¿Qué
hacemos, Padre, pues el hermano se ha equivocado de
camino, no sea que nos perdamos y muramos?». Y
el anciano les dijo: «Si le decimos algo
sufrirá mucho. Voy a hacer como que no puedo
más, digo que no puedo andar y me quedo
aquí hasta mañana». Y lo
hicieron así. Los demás dijeron:
«Tampoco nosotros seguimos, nos quedaremos
contigo». Y se quedaron allí hasta el
día siguiente, para no causar pena a aquel
hermano.
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8 |
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Vivía
en Egipto un anciano muy conocido y venerado, antes
de que llegase allí el abad Pastor. Pero
cuando subió de Scitia el abad Pastor con
los suyos, los monjes abandonaron a aquel anciano
para acudir al abad Pastor. Al saberlo el abad
Pastor se puso triste, y dijo a sus hermanos:
«¿Qué haremos con este santo
anciano, porque los hombres me ponen en apuros al
abandonarle para acudir a nosotros, que no somos
nada? ¿Cómo podremos curarle?». Y
añadió: «Preparad algo de comer,
tomad un jarro de vino, y vayamos a comer con
él. Tal vez así podamos curar su
alma». Tomaron los alimentos que habían
preparado y fueron a su encuentro. Al llamar a la
puerta preguntó su discípulo:
«¿Quiénes sois?». Y dijeron:
«Di a tu abad que es Pastor y que deseo
recibir su bendición». El
discípulo lo hizo saber al anciano, que le
mandó a decir: «Marchaos, pues no tengo
tiempo». Los otros se quedaron soportando el
calor y le dijeron: «No marcharemos hasta que
no hayamos recibido la bendición del
anciano». Este, al ver su humildad y
perseverancia, les abrió lleno de
confusión, y entraron y comieron con
él. Y mientras comían, dijo el
anciano: «Os digo de veras, que lo que he
oído de vosotros está muy por debajo
de la realidad. En vuestra obra veo cien veces
más». Y desde aquel día fue un
gran amigo de ellos.
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Decía
el abad Pastor: «Intenta con todas tus fuerzas
no hacer mal a nadie y guarda tu corazón
casto para con todos».
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Dijo
también: «No hay mayor amor que dar la
vida por el prójimo. Porque si uno al
oír un insulto, pudiendo devolverlo, lucha,
vence y no contesta, o si herido en alguna cosa lo
lleva con paciencia, sin vengarse del que le ha
ofendido, el que así obra, está dando
su vida por su prójimo».
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Un
día el abad Pambo caminaba con sus hermanos
en Egipto cuando vio a unos seglares que estaban
sentados, y les dijo: «Levantaos, saludad y
abrazad a los monjes para que os bendigan, porque
ellos hablan a menudo con Dios y sus labios son
santos».
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12 |
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El
abad Pafnucio, no bebía vino
fácilmente. Caminando un día,
encontró una banda de ladrones que estaba
bebiendo. El jefe de los ladrones le
reconoció y sabia que no bebía vino,
pero al verle tan fatigado por sus muchas
penitencias, llenó un vaso de vino, y
teniendo en la otra mano una espada desenvainada
dijo al anciano: «Si no bebes te
mataré». Viendo el anciano que lo
hacía por caridad para con él, y
queriendo ganarlo para Dios, tomó el vaso y
bebió. El jefe de la banda hizo una
metanía
1,
diciendo: «Perdóname, Padre, porque te
he causado pena». Y el anciano le dijo:
«Confío en que Dios, por este vaso de
vino, tendrá misericordia de ti en esta vida
y en la otra». El jefe de los ladrones
contestó: «Y yo, confío que en
adelante, gracias a Dios, no haré mal a
nadie». Y el anciano ganó para Dios a
toda la banda de ladrones, porque había
renunciado a hacer su voluntad por amor a
Dios».
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Decía
el abad Hiperequios: «Libera a tu
prójimo de sus pecados, con todas tus
fuerzas, pero sin improperios, porque Dios no
rechaza a los que se convierten a El. No alimentes
en tu corazón palabras de maldad o aspereza
contra tu hermano para que puedas decir:
"Perdónanos nuestras deudas, así como
nosotros perdonamos a nuestros deudores"». (Mt
6,12).
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Dos
hermanos vivían en las Celdas, y uno de
ellos, anciano, rogaba al otro, que era joven,
diciendo: «Vivamos juntos, hermano». Pero
el joven respondió: «Padre, soy pecador
y no puedo vivir contigo». El anciano
insistía: «Si podemos». Era un
hombre casto, que no toleraba escuchar que un monje
tuviera pensamientos impuros. El joven le dijo:
«Déjame una semana y luego
hablaremos». Volvió el anciano y el
joven quiso probarle. «Padre, le dijo, esta
semana he tenido una grave caída. Fui al
pueblo para cierto negocio y pequé con una
mujer». Y el anciano le dijo: «¿Te
arrepientes?». «Si, Padre», dijo el
hermano. Y el anciano le respondió: «Yo
cargo contigo la mitad de ese pecado».
Entonces el hermano repuso: «Ahora sé
que podemos vivir juntos». Y así
vivieron hasta su muerte.
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Decía
un padre: «Sí uno te pide una cosa y se
la das de mala gana, hay mucho amor propio en este
don, como está escrito: "Al que te obligue a
andar una milla, vete con él dos" (Mt 5,41).
Equivale a decir: "Si uno te pide algo
dáselo con todo tu corazón y toda tu
alma"».
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Un anciano
que había hecho unas cestas y estaba
colocando las asas, oyó a otro monje vecino
suyo que decía: « ¿Qué voy
a hacer? Se acerca el día del mercado y no
tengo asas para poner a mis cestas». El otro
desmontó las asas, que había colocado
en sus cestas, y se las llevó a su vecino,
diciendo: «Toma, me sobran estas asas,
pónselas a tus cestas». Permitió
que su hermano terminara su trabajo sin acabar el
suyo.
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Un anciano
de Scitia cayó enfermo y quiso comer un poco
de pan tierno. Lo supo uno de sus hermanos, que era
muy andarín, cogió su melota, puso en
ella pan seco, fue a Egipto, lo cambió por
pan tierno y se lo llevó al anciano. Los
hermanos se maravillaron al ver aquel pan tierno,
pero el anciano no lo quiso probar, pues
decía: «Es la sangre de mi
hermano». Pero los ancianos le rogaban:
«Por amor de Dios, come para que no resulte
inútil el sacrificio de este hermano».
Y ante sus ruegos accedió a
comer.
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Un
hermano preguntó a un anciano: «Conozco
dos hermanos: uno practica la hesyquia
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en su celda, prolonga su ayuno hasta seis
días y se impone una ascesis muy dura. El
otro sirve a los enfermos. ¿Cuál de los
dos es más acepto a Dios?». El anciano
le respondió: «Si el hermano que ayuna
seis días se colgase por la nariz, no
conseguiría igualar al que sirve a los
enfermos».
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Preguntó
uno a un anciano: «¿Por qué, hoy,
los que viven la austeridad de la vida
monástica no reciben las gracias de los
Padres antiguos?». El anciano le
respondió: «Porque entonces imperaba la
caridad y cada uno arrastraba a su prójimo
hacia arriba. Ahora, al enfriarse la caridad, cada
uno empuja ,,a su prójimo hacia abajo y por
eso no merecemos la gracia».
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20 |
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En cierta
ocasión; tres hermanos marcharon para la
recolección y les asignaron una
extensión de sesenta modios. Pero uno de
ellos cayó enfermo, el primer día, y
volvió a su celda. Uno de los que quedaron
dijo al otro: «Hermano, ya ves que nuestro
hermano se ha puesto enfermo. Haz un esfuerzo por
tu parte y yo haré otro tanto y pongamos
nuestra confianza en Dios para que gracias a la
oración de nuestro hermano llevemos a buen
fin el trabajo de los dos y realicemos
también el suyo». Después de
terminada la tarea encomendada, y de cobrar el
salario, llamaron al tercer hermano y le dijeron:
«Ven, hermano, a recibir el precio de tu
trabajo». Pero él les respondió:
«¿Qué trabajo voy a cobrar si no
he segado?». Y le dijeron los otros dos:
«Gracias a tus oraciones hemos terminado todo
el trabajo. Ven pues a recibir tu paga». Y se
entabló entre ellos una generosa disputa ya
que uno decía: «No aceptaré nada
por que no he trabajado», y los otros no
querían recibir nada si el hermano no
aceptaba su parte. Decidieron entonces someterse al
juicio de un anciano venerable. El enfermo
contó así la cosa: «Fuimos los
tres a trabajar al campo para obtener un salario.
Al llegar al lugar de nuestro trabajo, el primer
día, caí enfermo y volví a mi
celda, sin haber trabajado ni un solo día
con ellos. Y ahora me apremian diciendo: "Hermano,
ven a recibir la paga de un trabajo que no has
realizado"». Los otros dijeron a su vez:
«Es cierto que fuimos a la recolección
y que se nos confió una extensión de
sesenta modios, que a duras penas hubiéramos
terminado entre los tres. Pero gracias a las
oraciones de este hermano, nosotros dos hemos hecho
el trabajo más rápidamente que si
hubiéramos estado los tres. Y por eso le
decimos: "Ven a recibir tu paga", y él no
quiere aceptarla». Al oír esto el
anciano se maravilló y dijo' a uno de los
monjes: «Da la señal para que se
congreguen todos los hermanos». Cuando se
reunieron todos, dijo el anciano: «Venid,
hermanos, y escuchad hoy un juicio según
justicia». El anciano les contó todo y
condenó al hermano a recibir su paga y a
hacer con ella lo que quisiera. Y el hermano
partió triste y lloroso como si le hubieran
hecho una injusticia.
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Decía
un anciano: «Nuestros Padres tenían la
costumbre de acudir a las celdas de los hermanos
nuevos que querían iniciar la vida
eremítica. Y les hacían preguntas,
para que si alguno había sido tentado por el
demonio no cayese en las redes del maligno. Y si
alguno había sido engañado, lo
llevaban a la iglesia. Allí se ponía
una jofaina llena de agua, se hacia una
oración por el hermano que había
sufrido la tentación y todos los hermanos
lavaban sus manos en la jofaina. Luego, con ese
agua hacían una aspersión al hermano
que había sido tentado, y al punto aquel
hermano quedaba purificado».
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Dos
ancianos habían vivido muchísimos
años juntos y nunca habían tenido ni
una sola discusión. Uno de ellos dijo al
otro: «Discutamos una vez, como lo hace todo
el mundo». Pero su hermano le contestó:
«No sé cómo se discute». El
otro le dijo: «Mira, yo pongo un ladrillo
entre nosotros, y digo: "Es mío", y
tú dices: "No. ¡Es mío"! Y
así empieza la discusión».
Pusieron en medio el ladrillo y uno de ellos dijo:
«Es mío». Y el otro dijo:
«No, es mío». Y el primero
respondió: «Es verdad, es tuyo.
Tómalo y vete». Y se separaron sin
poder discutir.
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Un hermano
consultó a un anciano: «Si veo a un
hermano del que me han contado alguna culpa, no
puedo luego decidirme a recibirle en mi celda. Pero
si se trata de un hermano fervoroso, lo recibo con
alegría». El anciano le
contestó: «Si haces el bien a un
hermano virtuoso, éste no se aprovecha mucho
de ello. Pero con el otro multiplica tu caridad
porque está enfermo».
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Decía
un anciano: «Nunca he deseado una cosa que
fuese útil para mí si ello
entraña algún perjuicio para mi
hermano, porque espero que la ganancia de mi
hermano es para mi aumento de
fruto».
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Un hermano
servia a un anciano, y un día le
salió a éste una llaga en el cuerpo
que dejaba salir mucho pus y olía
espantosamente mal. El hermano oía dentro de
sí una voz que le decía: «Vete
de aquí, que no puedes soportar el hedor de
esta podredumbre». El hermano, para vencer
esta tentación, tomó un vaso,
lavó la herida del anciano y recogió
el agua que había empleado en otro vaso. Y
cuando tenía sed, bebía de ese agua.
Pero sus pensamientos volvían a hostigarle:
«Si no quieres marchar, por lo menos no bebas
esa porquería». El hermano sin embargo
llevaba con valentía la lucha y
siguió bebiendo el agua con la que lavaba la
herida. Así continuó sirviendo al
anciano, hasta que Dios, viendo el amor que
ponía en su trabajo, cambió aquella
agua sucia procedente del lavado de la herida en un
agua purísima y sanó al anciano con
una medicina invisible.
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(1) METANÍA: Cambio de ideas, conversión,
penitencia interior, gesto por el cual se da tetimonio de su
arrepentimiento después de una falta o simplemente de
un encuentro con otro, casi siempre postración.
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(2) HESYQUIA: Tranquilidad, quietud, sea del alma
pacificada, sea de la vida monástica en general, sea,
finalmente, de una vida más solitaria dentro o fuera
el cenobitismo. (volver)
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