|
Inicio
Sentencias de los Padres del Desierto
(�ndice)
CAPÍTULO
XVIII
DE
LA CLARIVIDENCIA O CONTEMPLACIÓN
|
1 |
|
Un hermano
fue a la celda del abad Arsenio en Scitia.
Miró por la ventana y le vio como en fuego.
El hermano era digno de ver aquel
espectáculo. Llamó a la puerta y
salió el anciano, y al ver el rostro de
asombro del hermano, le preguntó:
«¿Hace mucho tiempo que estás
llamando? ¿Has visto algo?». Y él
le respondió: «No». Hablaron entre
si y el anciano le despidió.
|
|
2 |
|
Dijo el
abad Daniel, discípulo del abad Arsenio, que
su abad le contó como sucedido a otro
(aunque él creía que se trataba del
mismo Arsenio) que estando en su celda oyó
una voz que le decía: «Ven, y te
mostraré las obras de los hombres». Se
levantó y salió. Le llevaron a un
lugar donde estaba un etíope cortando
leña para hacer un haz muy grande.
Intentó levantar el haz pero no podía
y en vez de aligerar el haz cortaba más
leña y la añadía a su enorme
haz. Un poco más lejos, le
enseñó un hombre al borde de un lago.
Llenaba de agua un balde y lo echaba en una
cisterna agrietada y el agua se escapaba de nuevo
al lago. Y el anciano oyó la voz que le
decía: «Ven, que te voy a
enseñar otra cosa». Y vio un templo y
dos hombres a caballo que 'llevaban, entre los dos,
un tronco atravesado sobre sus monturas. Intentaban
entrar en el templo por la puerta, pero no
podían a causa del tronco atravesado que
llevaban. Ninguno de los dos consentía en
colocarse detrás para que el tronco girase
90 grados, y se quedaron los dos fuera del templo.
Y al preguntar al anciano qué significa todo
aquello, le fue respondido: «Estos son los que
llevan con orgullo el yugo de la justicia. No se
humillan para rectificar su conducta y caminar con
humildad por el camino de Cristo y se quedan fuera
del Reino de Dios. El que cortaba leña, es
el gran pecador que no hace penitencia por sus
pecados, ni se aparta de ellos, sino que, al
contrario, añade pecados sobre pecados. El
que llena de agua la cisterna, es el hombre que
hace buenas obras, pero mezcla en ellas otras
malas, y por éstas pierde también
aquéllas. Es preciso, pues, que el hombre
vigile sus propias obras, para que no trabaje en
vano».
|
|
3 |
|
Contaba
también el abad Daniel: «Nuestro Padre,
el abad Arsenio, nos habló de un anciano,
tan admirable por su penitencia como por la
sencillez de su fe. Por su ignorancia, cayó
en el error y decía que el pan que comemos
no es el Cuerpo de Cristo sino una figura de
él. Dos ancianos supieron que
sostenía esta doctrina, y conociendo su
santa vida y su gran virtud, pensaron que no
había malicia por su parte y que por
ignorancia decía aquello. Fueron a su
encuentro y le dijeron: «Padre, hemos
oído la opinión de un infiel, que
dice que el pan que comemos no es el verdadero
Cuerpo de Cristo, sino una
representación». Pero el anciano les
respondió: «Soy yo el que ha dicho
eso». Y se pusieron a enseñarle:
«No sostengas eso, Padre, hay que atenerse a
la enseñanza de la Iglesia Católica,
pues nosotros creemos que este pan es
verdaderamente el Cuerpo de Cristo y que este
cáliz es verdaderamente la Sangre de Cristo
y no una representación. En el principio,
Dios tomó barro de la tierra y formó
al hombre a su imagen y semejanza y nadie puede
decir que no es imagen de Dios, aunque sea
incomprensible. Lo mismo sucede con el pan, pues el
Señor dijo: "Este es mi Cuerpo", y creemos
que este pan es realmente el Cuerpo de
Cristo». El anciano contestó: «Si
no veo la cosa, no me convenceré de lo que
decís». Los ancianos le dijeron:
«Pidamos a Dios, durante toda la semana, que
nos desvele este misterio y estemos seguros de que
Dios lo hará». El anciano acogió
con gran alegría estas palabras, y rogaba a
Dios, diciendo: «Tú sabes que mí
incredulidad no es por malicia, pero si estoy
equivocado a causa de mi ignorancia, Señor
Jesucristo, dame a conocer la verdad». Por su
parte, los dos ancianos, en sus respectivas celdas,
rogaban a Dios: «Señor Jesucristo,
revela a este anciano el misterio, para que crea y
no pierda todo su trabajo». Dios les
escuchó a uno y otros. Terminada la semana
acudieron a la iglesia y se sentaron los tres solos
aparte en un asiento de juncos atados formando
haces. El anciano se sentó en medio. Y se
les abrieron a los tres los ojos del alma, y cuando
pusieron los panes en el altar, les pareció,
a ellos tres tan sólo, que se encontraba
sobre el altar un niño pequeño. Y
cuando el sacerdote extendió sus manos para
partir el pan, bajó un ángel del
Señor, del cielo, con un cuchillo en la mano
y partió aquel niño y la sangre la
recogió en el cáliz. Y cuando el
sacerdote partió el pan en trozos
pequeños, también el ángel
cortó los miembros del niño en partes
pequeñas. Y al acercarse recibió
carne ensangrentada. Al verlo se atemorizó,
y exclamó: «Creo, Señor, que el
pan que está en el altar es tu Cuerpo y el
cáliz tu Sangre». Y al punto se
convirtió en pan el trozo que llevaba en la
mano, como en el sacramento, y lo comió,
dando gracias a Dios. Los ancianos le dijeron:
«Dios conoce la naturaleza humana. Sabe que el
hombre no puede comer carne cruda y por eso
transforma su Cuerpo en pan y su sangre en vino
para aquellos que le reciben con fe». Y dieron
gracias a Dios porque no había permitido que
aquel anciano perdiese el fruto de su trabajo y
volvieron a sus celdas con gran
alegría.
|
|
4 |
|
Contaba
también el abad Daniel que un venerable
anciano, que vivía en el Bajo Egipto,
decía, en su gran simplicidad, que
Melquisedec era hijo de Dios. Se le hizo saber esto
al obispo de Alejandría, Cirilo, de santa
memoria, el cual le mandó llamar. Este, que
sabia que el anciano era taumaturgo y que Dios le
revelaba todo cuanto le pedía, y que
sólo por su simplicidad decía esas
cosas, usó con él la siguiente
estratagema. Le dijo: «Padre, tengo que
consultarte lo siguiente: pienso algunas veces que
Melquisedec es hijo de Dios y otras que sólo
es un hombre que fue sumo sacerdote. Y en esta
incertidumbre, te pido que ruegues a Dios para que
se digne revelarte dónde está la
verdad». El anciano confiando en la santidad
de su vida, le respondió con plena
seguridad: «Dame tres días para orar a
Dios y te diré lo que me ha revelado acerca
de eso». Entró en su celda y se puso a
rezar por esa intención. Y a los tres
días se presentó de nuevo a Cirilo,
de santa memoria, y le dijo: «Melquisedec es
un hombre». El arzobispo le preguntó:
«¿En qué se basa tu certeza,
Padre?». Y el anciano le dijo: «Dios me
ha hecho ver a todos los patriarcas, desde
Adán hasta Melquisedec, todos han desfilado
delante de mi y un ángel que estaba a mi
lado me ha dicho: "Este es Melquisedec". Puedes
estar seguro de que esto es así». El
anciano volvió a su celda y él mismo
se puso a enseñar que Melquisedec era un
hombre. Y el bienaventurado Cirilo se alegró
muchísimo.
|
|
5 |
|
Efrén,
de santa memoria, siendo todavía
niño, vio en un sueño o
revelación que de su boca salía una
viña que creció y llenó toda
la tierra, tanta era su fecundidad. Todas las aves
del cielo venían a alimentarse de ella, pero
cuanto más comían, tanto más
se llenaba la viña de fruto.
|
|
6 |
|
Uno de los
santos Padres vio en sueños un
ejército de ángeles que bajaba del
cielo por orden de Dios. Llevaban en sus manos un
libro escrito, por dentro y por fuera, y se
preguntaron: «¿A quién debemos
confiarlo?». Los unos decían a tal, los
otros a cual, y el resto de los ángeles,
dijeron: «En verdad esos dos que decís
son santos y justos, pero no se les puede confiar
el libro». Se pronunciaron otros muchos
nombres de santos, hasta que dijeron:
«Sólo a Efrén se lo podemos
confiar». Y vio aquel anciano, a quien se le
había revelado todo esto, que los
ángeles entregaron el libro a Efrén.
A la mañana siguiente se levantó y
fue a escuchar las enseñanzas de
Efrén y era como una fuente que brotaba de
su boca. Y reconoció, el anciano que
había tenido el sueño, que lo que
salía de los labios de Efrén era obra
del Espíritu Santo.
|
|
7 |
|
Cuando el
abad Zenón vivía en Scitia,
salió una noche de su celda pensando ir
hacia el pantano. Pero se extravió y estuvo
tres días y tres noches andando y sufriendo.
Desfalleció y cayó medio muerto. Pero
un niño se puso junto a él,
ofreciéndole un pan y una jarra de agua, y
le dijo: «Levántate y come». Pero
Zenón se levantó y se puso en
oración, creyendo que se trataba de un
fantasma. El niño le dijo: «Has hecho
bien». Pero Zenón oró una
segunda y una tercera vez. Y el niño le
volvió a decir: «Has hecho bien».
El anciano se levantó, tomó lo que se
le ofrecía y comió. Y el niño
le dijo: «Cuanto más andabas,
más te alejabas de tu celda, pero
levántate y sígueme». Y
enseguida se encontró en su celda. El
anciano dijo: «Entra, y hagamos
oración». Y mientras el anciano
entraba, el otro desapareció.
|
|
8 |
|
El abad
Juan contaba que, en un éxtasis, un anciano
vio a tres monjes en pie al borde del mar. Y oyeron
una voz que desde la otra orilla les decía:
«Tomad las alas de fuego y venid a mi».
Dos de ellos tomaron las alas y volaron a la otra
orilla de donde venía la voz. El tercero se
quedó inmóvil y lloraba y gritaba con
gran fuerza. Un poco más tarde le dieron
también alas, pero no eran alas de fuego
sino débiles y pobres. Y sólo con
grandes trabajos, hundiéndose y
levantándose consiguió llegar a la
otra orilla. Así es la generación
actual: no recibirá alas de fuego, pero si
recibe algo serán alas débiles y sin
fuerza.
|
|
9 |
|
El abad
Macario habitaba en pleno desierto. Era el
único ermitaño que vivía
allí, pero más abajo existía
otro desierto en el cual moraban muchos hermanos.
El anciano contemplaba el camino y vio venir a
Satanás, con aspecto de hombre, y
encaminarse hacia su celda. Llevaba una
túnica de lino muy gastada y llena de
agujeros y de cada agujero pendían ampollas.
El anciano le dijo: «¿Dónde
vas?». Y contestó: «Voy a hacerme
presente a los hermanos». Y el anciano le
preguntó: « ¿Para qué
llevas esas ampollas?». Y respondió el
demonio: «Llevo golosinas para los
hermanos». «Y, ¿todas son
agradables?», preguntó el anciano. Y
dijo Satanás: «Si; si la primera no les
gusta, les ofrezco otra, y si tampoco les place,
una tercera y así sucesivamente. Y malo
será que no les agrade alguna de
ellas». Dicho esto se alejó y el
anciano se quedó observando el camino hasta
su vuelta. Cuando volvió, el anciano le
saludó: «¡Bienvenido!». Pero
el demonio le respondió:
«¿Qué bien hay para mi?». Y
el anciano le dijo: «¿Qué quieres
decir?». Y contestó el diablo:
«Que allí todos son santos y nadie me
hace caso». Y le dijo el anciano:
«¿No tienes allí ningún
amigo?». Y contestó el demonio:
«Sólo tengo allí un hermano que
me escucha, pero en cuanto me ve se vuelve una
ventolera». El anciano le preguntó:
«¿Cómo se llama ese
hermano?». «Theoctisto»,
respondió. Y dicho esto se marchó. El
abad Macario se fue al desierto inferior y al verle
los hermanos tomaron palmas y salieron a su
encuentro. Y todos ellos prepararon con esmero sus
celdas no sabiendo a cuál de ellas
acudiría. El anciano preguntó
quién de entre ellos se llamaba Theoctisto,
y habiéndole encontrado se fue con él
a su celda. Theoctisto le recibió con gran
alegría y cuando pudieron hablar a solas el
anciano le preguntó: «¿Qué
tal te va, hermano?». Y él
respondió: «Gracias a tus oraciones,
bien». E insistió el anciano:
«¿No te asaltan malos
pensamientos?». «De momento estoy
bien», respondió brevemente el hermano,
que enrojecía al hablar. El anciano
volvió a la carga: «Hace muchos
años que vivo las costumbres
ascéticas de este lugar, todos me honran
sobremanera y sin embargo en mi vejez no me deja ni
un momento en paz el espíritu de
impureza». Y Theoctisto replicó:
«Padre, también a mi me sucede lo
mismo». Entonces el anciano fingió que
también le atormentaban otras clases de
pensamientos con el fin de hacerle confesar todo, y
le dijo: «¿Cómo ayunas?».
«Hasta la hora de nona», respondió
el otro. Y le dijo el anciano: «Ayuna hasta la
noche, mortifícate, aprende de memoria los
Evangelios, medita en el fondo de tu corazón
el resto de la Escritura, y si te viene un
pensamiento culpable, no mires abajo sino al cielo
y Dios al punto vendrá en tu ayuda». Y
después de haber puesto al hermano en el
buen camino, Macario volvió a su soledad. Y
en el camino se encontró de nuevo con el
demonio, y le preguntó:
«¿Dónde vas otra vez?». Y
respondió Satanás: «A hacerme
presente en la mente de los hermanos». Y se
fue. A la vuelta, le preguntó de nuevo el
anciano: «¿Cómo van los
hermanos?». Y el diablo respondió:
«Mal». Y el anciano insistió:
«¿Por qué?». «Porque
todos son santos. Y lo peor es que mi único
amigo, el único que me obedecía, no
sé cómo ni por qué se ha
rebelado, no me obedece y se ha convertido en el
más santo de todos. Por eso he jurado no
volver a poner los pies allí por mucho
tiempo». Luego se marchó, dejando al
anciano. Este entró en su celda adorando y
dando gracias a Dios Salvador.
|
|
10 |
|
El abad
Macario, para animar a los hermanos contaba:
«Una vez vino con su madre un niño
poseso, que decía a su madre:
"Vámonos de aquí". Pero ella le
contestaba: "No puedo tenerme en pie". Y le
respondió su hijo: "Yo te llevaré". Y
quedé admirado de los métodos del
demonio para apartarlos de este
lugar».
|
|
11 |
|
El abad
Macario hablaba a los hermanos de la
destrucción de Scitia: «Cuando
veáis una celda edificada junto al pantano,
sabed que se acerca la destrucción de
Scitia. Cuando veáis en ella árboles,
está ya a punto de comenzar su ruina. Cuando
veáis en ella niños, tomad vuestras
melotas y marchad».
|
|
12 |
|
El abad
Moisés vivía en Petra. Un día
fue tentado violentamente de impureza y no pudiendo
resistir en su celda acudió a abrirse con el
abad Isidoro. El anciano le recomendó que
volviese a su celda, pero el abad Moisés se
resistió y le decía: «No puedo,
Padre». El abad Isidoro lo tomó consigo
y lo llevó a la terraza, y le dijo:
«Mira hacia el oeste». Y dirigiendo la
vista en esa dirección vio una muchedumbre
de demonios en desorden preparándose para la
lucha. El abad Isidoro le dijo de nuevo: «Mira
hacia oriente». Miró y vio una multitud
innumerable de ángeles en la gloria. Y el
abad Isidoro le dijo: «Todos estos son
enviados para que nos ayuden. Los que vienen de
occidente son nuestros enemigos. Pero los que nos
socorren son mucho más numerosos que los que
nos combaten». Entonces el abad Moisés
dio gracias a Dios, se llenó de confianza y
volvió a su celda.
|
|
13 |
|
Decía,
en Scitia, el abad Moisés: «Si
guardamos los mandatos de nuestros Padres, os
prometo de parte de Dios que los bárbaros no
llegarán aquí. Pero si no los
guardamos, este lugar será
devastado».
|
|
14 |
|
Un
sacerdote, de nombre Plego, muy fervoroso, con
frecuencia celebraba misas en el sepulcro de san
Nino obispo y confesor. Llevaba, con la ayuda de
Cristo, una vida santa y empezó a pedir a
Dios que le mostrase la naturaleza del Cuerpo y de
la Sangre de Cristo. Pedía esto, no por
falta de fe, como suele ocurrir, sino por la gran
piedad de su corazón. Desde su niñez
fue educado en la ley divina, y por amor del
Supremo Rey dejó su patria y sus campos
natales para aprender los misterios de Cristo lejos
de allí. Y así, encendido de amor,
cada día ofrecía los sagrados dones y
pedía se le mostrase lo que latía
bajo las especies de pan y vino. No porque dudase
de que se trataba del Cuerpo de Cristo, sino porque
quería ver a Cristo como ningún
mortal puede contemplarlo aquí en la tierra.
Un día, celebrando con devoción una
misa solemne, según su costumbre, se
arrodilló y dijo: «Te ruego,
Señor Omnipotente, que me muestres a mi, el
más pequeño de tus sacerdotes, la
naturaleza del Cuerpo de Cristo y que vea con mis
ojos su cuerpo aquí presente y en forma de
aquel niño, que en otro tiempo llevó
en su seno su madre Maria». Y estando orando
así, un ángel bajado del cielo le
dijo: «Levántate y date prisa, si
quieres ver a Cristo. Se presenta cubierto con
vestido corporal el mismo que engendró la
Santísima Virgen». Entonces, el
venerable sacerdote, pávido, levantó
su rostro del suelo y vio al niño, Hijo del
Padre, que siendo niño mereció llevar
en sus brazos el anciano Simeón. Y el
ángel le dijo: «Ya que quisiste ver a
Cristo, al que antes consagrabas bajo las sagradas
especies, ahora míralo con tus ojos,
tócalo con tus manos». Confiado en el
encargo celestial, el sacerdote tomó al
niño en sus temblorosos brazos y unió
su pecho al pecho de Cristo. Después, unido
en fuerte abrazo a Dios, oprimió con sus
labios los santos labios de Cristo. Y hecho esto,
colocó de nuevo sobre el altar los miembros
sagrados del Hijo de Dios, y cubrió con el
alimento celestial la mesa de Cristo. Y de nuevo,
puesto de rodillas, pidió a Dios que se
dignase volver a su aspecto primero. Y terminada su
oración, se levantó del suelo y
encontró que el Cuerpo de Cristo
había recobrado su forma anterior, como se
lo había pedido.
|
|
15 |
|
Los
hermanos estaban, un día, sentados alrededor
del abad Moisés, y éste les dijo:
«Los bárbaros van a llegar hoy a
Scitia, levantaos y huid». Y ellos le dijeron:
«Y tú, Padre, ¿no huyes?». Y
respondió: «Yo, hace mucho tiempo que
espero este día, para que se cumpla la
palabra de Nuestro Señor Jesucristo, que
dice: "Todos los que empuñan la espada, a
espada perecerán"». (Mt. 26,52). Los
hermanos le dijeron: «No huiremos. Moriremos
contigo». Y él les contestó:
«Eso no es asunto mío. Cada uno vea lo
que debe hacer». Estaban con él siete
hermanos y le dicen: «Los bárbaros han
llegado». Y en un momento los mataron. Uno de
los hermanos, sin embargo, atemorizado huyó
y se escondió detrás de un
montón de esteras de palma y vio siete
coronas que bajaban y coronaron al abad
Moisés y a los seis hermanos que murieron
con él.
|
|
16 |
|
Un
día, el abad Silvano quiso marchar a Siria,
y su discípulo Marco le dijo: «Padre,
no quiero marchar de aquí y no te
dejaré marchar. Espera aquí otros
tres días». El abad Silvano se quedo, y
al tercer día su discípulo Marco
descansó en paz.
|
|
18 |
|
El abad
Juan, que había sido condenado al exilio por
Marciano, contaba que un día acudieron de
Siria para ver al abad Pastor y consultarle acerca
de la dureza del corazón. El anciano no
sabia griego, ni encontramos intérprete.
Pero al ver nuestra pena, empezó a hablar en
griego y nos dijo: «El agua por naturaleza es
blanda y la piedra dura. Sin embargo, si se coloca
encima de la piedra un recipiente de agua para que
caiga gota a gota sobre la piedra, la piedra
será perforada. También la palabra
divina es suave y nuestro corazón duro.
Pero, si el hombre escucha a menudo esta palabra,
su corazón se abrirá al temor de
Dios».
|
|
18 |
|
Decía
el abad Pastor: «Escrito está: "Como
jadea la cierva tras las corrientes de agua,
así jadea mi alma, en pos de ti, mi Dios"
(Sal 42,1). En la soledad los ciervos devoran
muchas serpientes, y como el veneno les quema, se
apresuran a llegar a la fuente y al beber apagan la
quemadura del veneno. Lo mismo ocurre con los
monjes que viven en el desierto. El veneno de los
demonios malignos les quema y por eso desean el
sábado y el domingo acercarse a las fuentes
de las aguas, es decir al Cuerpo y a la Sangre de
Nuestro Señor Jesucristo, para purificarse
de toda amargura de los ángeles
malos».
|
|
19 |
|
Uno
preguntó al abad Pastor:
«¿Qué significa lo que está
escrito: "Mirad que nadie devuelva a otro mal por
mal"?». (1 Tes 5,15). Y el abad Pastor
respondió: «Esta pasión tiene
cuatro grados: el primero se da en el
corazón, el segundo en la mirada, el tercero
en la lengua y el cuarto es hacer mal por el mal
recibido. Si puedes purificar tu corazón no
llegará a la mirada. Cuida también de
no hablar, pero si hubieras hablado,
corrígete enseguida, para que no devuelvas
mal por mal».
|
|
20 |
|
San
Basilio, obispo, contó: «En un
monasterio de monjas, había una que simulaba
locura y posesión diabólica. Y hasta
tal punto este error era común que ninguna
de sus compañeras quería comer con
ella. Había elegido su modo de vida en la
cocina, de la que no salía nunca, y cargaba
con todo el trabajo de este oficio. Como dice el
proverbio, era la esponja de toda la casa y
mostraba con sus obras lo que leemos en los libros
santos: "Si alguno entre vosotros se cree sabio
según este mundo, hágase necio, para
llegar a ser sabio" (1 Cor 3,18). Llevaba la cabeza
envuelta en trapos viejos y así realizaba su
trabajo, mientras que las otras religiosas velaban
su tonsura con un capuchón. Ninguna de las
cuatrocientas monjas la vio jamás comer,
pues en toda su vida nunca se sentó a la
mesa. Nunca aceptó el menor trozo de pan y
se conformaba con las migajas que recogía al
limpiar las mesas y al limpiar los pucheros. A
nadie hizo el menor mal, nadie le oyó la
menor queja y nunca habló a nadie ni poco ni
mucho. Maltratada y odiada por todas, soportaba la
maledicencia de toda la comunidad. Entonces, un
ángel se presentó a un santo
varón llamado Pioterio, monje de gran
virtud, que había vivido siempre en el
desierto y que aquellos días se encontraba
en Porfiria, y le dijo: "¿Te crees alguien y
santo porque llevas este género de vida en
el desierto? Vete a Tabena, al monasterio de las
monjas y encontrarás allí una que
lleva una corona sobre su cabeza y sábete
que es mejor que tú. Ella ha luchado sola,
día y noche, contra todo un pueblo, y su
corazón jamás se ha apartado de Dios.
Tú que vives en la soledad y no ves a nadie,
permites que tu mente y tus pensamientos vaguen por
todas las ciudades». Al punto fue al citado
monasterio y pidió a los superiores de los
hermanos que le introdujesen en la casa de las
monjas. Enseguida se le dio permiso, dado que era
un hombre de toda confianza por la austeridad de su
vida. Además era ya de mucha edad.
Entró y manifestó su deseo de ver a
todas las hermanas, pero no vio la única por
la cual había venido. Finalmente dijo:
"Traedme a todas, pues me parece que falta alguna".
"Tenemos una, le dijeron, dentro, en la cocina,
pero está loca". Así llamaban a las
posesas. El dijo: "Traedla para que la vea". Al
oírlo fueron a buscarla. Ella no
quería ir, según creo porque se
temía algo o porque tal vez había
tenido una revelación divina. Las hermanas
le dijeron: "San Pioterio quiere verte". Era un
varón de gran fama. En cuanto se
presentó la religiosa y vio su cabeza
envuelta en aquellos trapos, el anciano se
echó a sus pies, diciendo: "Dame tu
bendición". Pero ella, a su vez, se
echó a los pies del santo y le dijo:
"Bendíceme tú a mi Padre". Todas las
hermanas admiradas dijeron: "No te sometas a una
tal humillación; esta que ves es una loca".
Pero San Pioterio dijo a las hermanas: "Vosotras
sois las locas. Esta es mi Amma (madre) y vuestra
Amma. Este es el nombre que se les da allí a
los grandes espirituales. Que Dios me conceda la
gracia de ser encontrado digno de ella en el
día del juicio". A estas palabras, todas se
precipitaron a los pies de la hermana confesando
cada una sus pecados contra ella. Una se acusaba de
que mientras limpiaba un plato le había
echado agua sucia. Otra llorando se acusaba de
haberle llenado las narices de mostaza. Y todas las
demás contaban las ofensas de toda clase que
le habían infligido. El santo se fue
después de haber rogado por todas. Pocos
días después, no pudiendo soportar
tanta gloria, abrumada por los honores y por las
excusas de sus hermanas, abandonó
ocultamente el monasterio. ¿Dónde fue?
¿Hacia qué región se
dirigió? ¿Cómo murió?
Nadie lo supo jamás».
|
|
21 |
|
Pablo
el Simple, de feliz memoria, discípulo del
abad Antonio, contó a los Padres lo que
sigue: «Un día, fue a un monasterio
para visitar e instruir a los hermanos.
Después de haberse enfervorizado mutuamente
entraron en la iglesia de Dios para celebrar la
sinaxis del modo acostumbrado. El beato Pablo
miraba a todos los que entraban en la iglesia y
consideraba en qué estado de ánimo
entraba cada uno. Dios le había concedido la
gracia de ver el estado de las almas como nosotros
nos vemos el uno al otro el rostro. Veía
también sus ángeles alegres por causa
de ellos. Todos entraron con un rostro luminoso y
brillante, excepto uno que tenía todo su
cuerpo negro y oscuro. Los demonios lo escoltaban a
un lado y otro y lo arrastraban hacia si, pues le
habían atado una soga a la nariz. Su santo
ángel le seguía desde lejos, triste y
lúgubre. Pablo se puso a llorar y a
golpearse el pecho, y se sentó delante de la
iglesia lamentándose amargamente por la
suerte de aquel que se había aparecido de
aquella manera. Los que habían notado su
cambio tan brusco de actitud, sus lágrimas y
su pena, le preguntaban y le rogaban que les dijese
la causa de todo aquello y les contase lo que
había visto. Temían que hubiese visto
en todos ellos algo digno de reprensión y
que esto fuera la causa de su abatimiento. Y le
urgían para que entrase en la sinaxis
1
con ellos. Pero Pablo les rechazó y se
negó a entrar. Se quedó fuera
postrado y llorando amargamente por aquel que
había visto entrar de aquella manera. Poco
después, concluida la asamblea, Pablo
examinó de nuevo a los que salían y
vio salir a aquel hermano negro y oscuro con un
rostro luminoso y el cuerpo brillante. Los demonios
que hacia poco le sujetaban, le seguían
ahora de lejos y su ángel iba junto a
él, animoso, contento y alegre. Entonces
Pablo saltó de alegría, bendijo a
Dios, y se puso a gritar: "¡Oh misericordia y
bondad inefable de Dios! ¡Oh piedad divina y
bondad infinita!". Corrió a colocarse en un
sitio elevado y gritó con voz fuerte: "Venid
y ved que terribles y maravillosas son las obras de
Dios, 'que quiere que todos los hombres se salven'
(1 Tim 2,4). Venid, adorémosle y
postrémonos ante El, diciendo: 'Tú
solo eres capaz de perdonar los pecados". Al
oír estas voces acudieron todos queriendo
saber de que se trataba. Una vez reunidos todos,
Pablo contó lo que había visto al
entrar en la iglesia y lo que había sucedido
después. Luego preguntó a aquel
hombre cuál era la causa que había
producido un cambio tan súbito y tan
radical. Aquel hombre, descubierto por Pablo,
habló delante de todos con absoluta
franqueza: "Soy pecador y he vivido mucho tiempo en
la impureza hasta hoy. Al entrar hace un momento en
la iglesia de Dios, he oído la palabra del
profeta Isaías que estaban leyendo, aunque
era más bien la voz de Dios que se
manifestaba a través de él y
decía: 'Lavaos, limpiaos, quitad vuestras
fechorías de delante de mi vista, desistid
de hacer el mal, aprended a hacer el bien.
Así fuesen vuestros pecados como la grana,
cual la nieve blanquearán. Si
aceptáis obedecer, los bienes de la tierra
comeréis' (Is 1,16-19). Yo,
prosiguió, impuro, muy compungido por estas
palabras y llorando en el fondo de mi
corazón, he dicho a Dios: 'Oh, Dios, que has
venido al mundo a salvar a los pecadores y que has
prometido por las palabras del profeta lo que se
acaba de leer, cúmplelo en mí que soy
un indigno pecador. Te prometo ahora y te doy mi
palabra y proclamo desde el fondo de mi
corazón que en adelante no cometeré
más esa falta, renuncio a toda iniquidad y
te serviré en lo sucesivo con una conciencia
pura. Por tanto, Señor, hoy y en esta hora,
recíbeme a mi, que hago penitencia, te evoco
y renuncio a todo pecado'. Con esta promesa, dijo,
he salido de la iglesia, resuelto en no hacer nada
malo en presencia del Señor". Al oír
esto, todos gritaron a plena voz: 'Cuán
numerosas tus obras, ¡oh Yahvé! Todas
las has hecho con sabiduría". (Sal 104,24).
Así pues los cristianos conocen por las
Sagradas Escrituras y las revelaciones divinas,
cuán grande es la bondad de Dios para con
aquellos que acuden piadosamente a El y limpian por
la penitencia sus culpas anteriores. Pues no
solamente no son obligados a expiar sus antiguos
pecados, sino que además obtienen los bienes
prometidos. No desesperemos pues de nuestra
salvación, pues si Dios ha prometido por el
profeta Isaías que los que se han dejado
arrastrar por el pecado serán lavados de
nuevo, y se tornarán blancos como la lana y
la nieve, y serán llenos de los bienes
celestiales que están en la celestial
Jerusalén, también ha prometido con
juramento por el profeta Ezequiel: "Soy un Dios
vivo, dice el Señor, ¿acaso me
complazco yo en la muerte del malvado
-oráculo de Yahvé- y no más
bien en que se convierta de su conducta y
viva?"». (Ez 18,23).
|
|
22 |
|
Un
día, Zacarías vino a ver a su abad
Silvano, y lo encontró en éxtasis con
las manos levantadas al cielo. Al ver esto,
cerró la puerta y se fue. Volvió al
mediodía y luego hacia las tres de la tarde,
y lo encontró de la misma manera. Hacia las
cuatro, llamó a la puerta, entró y
encontró al abad Silvano descansando. Y le
dijo: «Padre, ¿qué te ha sucedido
hoy?». Y él le contestó:
«Hijo mío, estoy muy cansado».
Pero Zacarías se echó a sus pies
diciendo: «No te dejaré hasta que me
hayas dicho lo que has visto». El anciano
respondió: «He sido llevado al cielo y
he visto la gloria de Dios, y he estado allí
hasta ahora en que me han devuelto a la
tierra».
|
|
23 |
|
Decía
santa Sinclética: «Escrito está:
"Sed prudentes como serpientes y sencillos como
palomas, para que conozcamos sabiamente los lazos
del demonio". La Escritura nos manda hacernos
prudentes para que no ignoremos los ataques y malas
artes del enemigo. La sencillez de la paloma, por
el contrario, indica la humildad y la pureza que
debe presidir nuestra vida».
|
|
24 |
|
Decía
un Padre: «Un día, los ancianos se
habían reunido en asamblea y hablaban de
cosas de edificación. Entre ellos estaba un
vidente que vio a los ángeles aplaudiendo a
los hermanos. Pero cuando la conversación
degeneró en profana, los ángeles se
alejaban y unos puercos malolientes se revolcaban
entre ellos y los manchaban. Cuando de nuevo
hablaban cosas edificantes, los ángeles
volvían y les felicitaban».
|
|
25 |
|
Un anciano
dijo: «Escrito está: "¡Por los
tres crímenes de Tiro pasaré y por
los cuatro seré inflexible!" (Amós
1,9). Los tres primeros son: pensar mal, consentir
en ello y hablar de ello. El cuarto es obrar. En
esto no se detiene la cólera de
Dios».
|
|
26 |
|
Se contaba
de un venerable anciano de Scitia, que cada vez que
los hermanos construían una celda, iba
alegremente con ellos, ponía los cimientos y
no se marchaba hasta que estuviese terminada del
todo. Pero un día en que salía para
construir una celda, parecía muy triste. Los
hermanos le preguntaron: «¿Por qué
estás triste y afligido, Padre?». Y
él les contestó: «Hijos
míos, porque este lugar va a ser devastado:
he visto que el fuego se encendía en Scitia.
Los hermanos tomaron palmas para apagarlo y a
fuerza de golpes de palma consiguieron apagarlo. De
nuevo se incendió y otra vez los hermanos lo
apagaron golpeándolo con sus palmas. Se
encendió por tercera vez y se
extendió a toda Scitia, y esta vez ya no se
pudo apagar. Por eso estoy triste y
afligido».
|
|
27 |
|
Dijo un
anciano: «Está escrito: "Florece el
justo como la palmera" (Sal 91,13). Este texto
significa que el fruto de las buenas obras es
elevado, recto y dulce. La médula de la
palmera es blanca e indivisa y es el principio de
toda su actividad. Lo mismo ocurre con el justo: su
alma es sencilla y mirando tan sólo a Dios.
Es blanca, pues está iluminada por la fe, y
es principio de toda la actividad y está
rodeada de púas que constituyen una
fortaleza contra el diablo».
|
|
28 |
|
Decía
un anciano: «La Sunamita recibió a
Eliseo porque no tenía trato con
ningún hombre. La Sunamita es figura del
alma y Eliseo del Espíritu Santo. Cuando el
alma se aparta de la confusión y
perturbaciones del mundo, viene a ella el
Espíritu Santo y entonces puede engendrar,
aunque sea estéril».
|
|
29 |
|
Un Padre
dijo: «Los ojos de los puercos, por una
disposición natural, están vueltos
necesariamente hacia la tierra sin que puedan mirar
al cielo. Lo mismo sucede al alma del que es
atraído por la dulzura de los placeres una
vez que cae en el fango de la lujuria:
difícilmente puede mirar a Dios o gustar de
las cosas divinas».
|
|
30 |
|
Un anciano,
muy notable entre los videntes, afirmaba: «La
fuerza de arriba que he visto bajar sobre el
bautizado, la he visto bajar también sobre
el hábito del monje en el momento de su
consagración a Dios».
|
|
31 |
|
Un anciano,
al que se había concedido la gracia de ser
vidente, decía: «He visto a un hermano,
en un monasterio, que estaba en su celda meditando.
Llegó el demonio y se quedó a la
puerta de la celda. Y mientras el hermano meditaba
no consiguió entrar, pero cuando dejó
de hacerlo, entró el
demonio».
|
|
32 |
|
Un anciano
decía que había pedido a Dios que le
mostrase los demonios, pero le fue revelado:
«No necesitas verlos». El anciano
insistía: «¡Señor!,
tú me puedes proteger con tu gracia».
Dios le abrió los ojos y vio a los demonios
que rodeaban al hombre como abejas, rechinando sus
dientes contra él. Pero los ángeles
de Dios les reprendían
ásperamente.
|
|
33 |
|
Contó
un anciano que tenía dos hermanos vecinos,
el uno extranjero y el otro de la región. El
extranjero era un poco negligente y el otro era muy
fervoroso. Murió el extranjero, y el
anciano, su vecino, que era vidente, vio una gran
multitud de ángeles que venía a
buscar su alma. Y cuando llegó a la puerta
del cielo, se le hizo un pequeño juicio. Y
llegó una voz de arriba que decía:
«Es cierto que fue un poco negligente, pero
abridle la puerta por haber vivido lejos de su
país». Luego murió el nativo y
vino a acompañarle toda su familia. El
anciano se extrañó de que no viniesen
los ángeles a recoger su alma y
postrándose en la presencia de Dios, dijo:
«Aquel extranjero mereció tanta gloria
a pesar de ser tan negligente y éste a pesar
de su fervor no ha merecido nada semejante». Y
una voz le respondió: «Este hermano,
que era muy observante, ha abierto los ojos antes
de morir y ha visto llorar a todos sus parientes y
se ha consolado con ello. Aquel extranjero, fue un
poco negligente, pero no ha visto a ninguno de los
suyos junto a él y se echó a llorar.
Y Dios quiso ser su consolador».
|
|
34 |
|
Uno de los
Padres contó que un ermitaño
vivía en el desierto de Nilópolis y
le servia un laico muy fiel. En la ciudad
vivía también un hombre rico, pero
poco piadoso. Murió el rico, y toda la
ciudad, con el obispo a la cabeza, le
acompañó al cementerio, llevando
lámparas. Salió de la ciudad el
servidor del eremita para llevarle, como de
costumbre, sus panes y lo encontró devorado
por una fiera. Entonces se echó en tierra en
la presencia de Dios, y dijo: «No me
levantaré de aquí hasta que el
Señor no me explique por qué aquel
impío ha tenido todo ese
acompañamiento en su entierro y en cambio
este anacoreta, que ha servido a Dios noche y
día, ha terminado de esta manera». Y un
ángel del Señor bajó a
decirle: «Este impío ha hecho algunas
cosas buenas y ha recibido su recompensa en este
mundo, para no tener ningún descanso en el
otro. En cambio este ermitaño, aunque
faltillas, al fin y al cabo era un hombre, y lo ha
pagado aquí para que sea hallado puro
delante de Dios». Y consolado con estas
palabras se levantó glorificando a Dios por
sus juicios, que siempre son justos.
|
|
35 |
|
Los santos
Padres de Scitia profetizaron sobre la
última generación:
«¿Qué hemos hecho nosotros?».
Uno de los más eminentes entre ellos,
llamado Squirión, respondió:
«Nosotros hemos guardado los mandamientos de
Dios». «Y ¿qué harán,
le preguntaron, los que vengan después de
nosotros?». Y dijo: «Realizarán la
mitad de nuestro trabajo». Y le volvieron a
preguntar: «¿Qué harán los
que vengan detrás de éstos?». A
lo cual respondió: «La
generación venidera no hará ninguna
buena obra. Veo sus tentaciones y los que las
superen serán mejores que nosotros y que
nuestros Padres».
|
|
36 |
|
Uno de los
ancianos contó esta historia: «Una
virgen de avanzada edad, había adelantado
mucho en el temor de Dios. Yo le pregunté
sobre los motivos de su conversión y ella
llorando me dijo: "Siendo todavía
niña, Padre venerable, tenía un padre
virtuoso y de carácter amable, pero muy
débil y enfermo físicamente.
Tenía que cuidarse mucho y por eso sus
convecinos apenas le veían. Cuando por
casualidad estaba sano, llevaba a casa los frutos
de su cosecha, pero la mayoría del tiempo la
enfermedad le retenía en el lecho. Y como
hablaba muy poco, los que no le conocían, le
creían mudo. Por el contrario, mi madre era
muy curiosa, y la más infame de todas las
mujeres de esta región. Esparcía por
todas partes su charlatanería de tal modo
que se hubiera creído que todo su cuerpo era
lengua. Era fuente continua de disputas para mucha
gente y se emborrachaba con hombres disolutos.
Gastaba todo lo que había en casa como una
pésima meretriz, hasta el punto de que no
nos hubiera bastado una fortuna colosal, ya que mi
padre le había confiado la
administración de la casa. Degradaba su
cuerpo con toda clase de vergüenzas y pocos
habitantes del pueblo habían podido escapar
a su pasión. Jamás tuvo la menor
enfermedad, ni nunca tuvo la menor molestia o el
más pequeño dolor, desde que
nació hasta el día de su muerte,
conservando su cuerpo sano y hermoso. Murió
mi padre, agotado por una larga enfermedad.
Enseguida, el cielo se cubrió, la lluvia, el
trueno y los relámpagos turbaron la
atmósfera. La lluvia que no dejó de
caer, ni de día ni de noche, nos
obligó a dejar el cadáver tres
días sobre el lecho sin poderle dar
sepultura. Los habitantes del pueblo movían
la cabeza admirándose de que su maldad
hubiera sido ignorada de todos, y decían:
'Ciertamente era un enemigo de Dios, pues ni la
tierra quiere recibir su cuerpo'. Sin embargo, para
que su cuerpo descompuesto no impidiese el acceso a
la casa, lo enterraron como pudieron, bajo la
lluvia y la amenaza de tempestad. Después de
estos acontecimientos, mi madre se relajó
todavía más y abusó de los
placeres sensuales con la mayor desvergüenza.
Transformó nuestra casa en un
prostíbulo y vivió en la lujuria y
los placeres. Siendo yo todavía muy
niña, y estando sin dinero, murió mi
madre a lo que a mi me parece sin ningún
temor, y tuvo unos funerales magníficos y
hasta el sol se quiso sumar al cortejo.
Después de la muerte de mi madre, ya no era
una niña y me turbaban los deseos y
excitaciones sensuales. Un día, al
atardecer, como suele ocurrir, me puse a considerar
el género de vida que debería elegir.
¿Imitaría a mi padre, que había
vivido con modestia, mansedumbre y sobriedad? Pero
enseguida me venia el pensamiento de que no
había conseguido nada bueno y que toda su
vida se había consumido en la desgracia y en
las enfermedades, y que al llegar el final de su
vida ni la tierra había querido darle
sepultura. Si esta vida de perfección junto
a Dios era buena, ¿por qué mi padre,
que la había elegido, había tenido
que sufrir tanto? Y pensaba que era mejor vivir
como mi madre, abandonarse a los deleites, a la
lujuria y a los placeres sensuales. Ella no
dejó escapar ninguna infamia, y
murió, después de haber pasado toda
su vida en la embriaguez, sin mal ni dolor alguno.
Así pues, debía vivir como mi madre.
Vale más fiarse de sus propios ojos y
atenerse a la evidencia, y no desaprovechar
ningún placer. Y satisfecha, pobre de mi, de
haber acertado al orientar mi vida, cayó la
noche y me dormí en seguida. Y se me
presentó un individuo de gran estatura y de
horrible aspecto, que me atemorizó con su
mirada. Con ojos llenos de cólera y con una
voz áspera, me ordenó: 'Dime los
pensamientos de tu corazón'. Su vista y su
actitud me hacían temblar y no me
atrevía a mirarle. Con una voz
todavía más fuerte me mandó
confesara mis preferencias. Yo, pulverizada por el
terror, había olvidado todos mis
pensamientos y decía que no sabía
nada. Pero él, a pesar de mi negativa, me
recordó todo lo que había rumiado en
el fondo de mi corazón. Yo estaba confundida
y me puse a rezar y le suplicaba que me perdonase,
contándole lo que había dado lugar a
tales pensamientos. El me dijo: 'Ven a ver a tu
padre y a tu madre. Luego elegirás el
género de vida que quieras', y me
arrastró llevándome de la mano. Me
condujo a una llanura inmensa en la que
había gran número de huertos y en
ellos una gran variedad de árboles con
frutos de todas clases. Todo era allí muy
hermoso, más de lo que se puede decir. Mi
padre vino a mí encuentro, me abrazó
y me llamó hija. Yo le rodeé con mis
brazos y le pedí quedarme con él. 'No
puedes quedarte aquí, me dijo, pero si
quieres seguir mi ejemplo volverás dentro de
poco tiempo'. Yo insistía en quedarme, pero
mi guía me tomó de nuevo por la mano
y me dijo: 'Ven, voy a enseñarte a tu madre
que arde en el fuego para que aprendas lo que
tienes que apartar de tu vida'. Me encontré,
de pronto, en una casa sombría y sin luz,
llena de ruidos y agitación. Mi guía
me mostró un horno ardiente lleno de pez en
ebullición. Sobre el horno se inclinaban
unos seres de aspecto terrible. Miré al
fondo y vi a mi madre hundida hasta el cuello en el
horno, ardiendo, rechinando sus dientes, rodeada de
gusanos hediondos. Al yerme lanzó un
alarido: 'Hija mía, sufro estos tormentos
por mis propias acciones. Consideré locura
todo lo que significaba austeridad y no esperaba
ser torturada por mis fornicaciones y adulterios.
No creía que la embriaguez y la lujuria
estaban castigadas, y ahora, a cambio de un poco de
placer, estoy en este infierno sufriendo estas
terribles penas. ¡Tanto sufrimiento por tan
poco placer! Ves lo que me ha sucedido por haber
despreciado a Dios: me han alcanzado toda clase de
males. Hija mía, este es el momento de
ayudarme, de acordarte de que te he criado. Si has
recibido de mi algún bien, hazme este
servicio. Ten piedad de mi que ardo y me consumo en
este fuego. Ten piedad de mí que desfallezco
en este suplicio. Hija mía, ten piedad de
mi, alarga tu mano y sácame de este lugar'.
Yo rehusé a causa de sus guardianes, pero mi
madre insistió llorando: 'Hija mía,
ayúdame y no desprecies las lágrimas
de tu madre. Acuérdate de mis sufrimientos
el día de tu nacimiento y no me abandones,
que me estoy quemando en este fuego'. Esta vez me
conmovió y lloré y experimenté
un sentimiento muy humano y empecé a gritar
y sollozar de compasión. Los que estaban en
mi casa se levantaron, encendieron las luces y me
preguntaron la causa de tanto ruido. Les
conté lo que había visto y
tomé definitivamente la decisión de
seguir el ejemplo de mi padre. La infinita
misericordia de Dios me había dado la
certeza del castigo que espera a los que quieren
vivir en el pecado". Instruida así por una
visión, esta dichosa virgen nos
enseña que la recompensa de las buenas obras
es grande y que los castigos de una vida
escandalosa son espantosos. Tomemos también
nosotros decisiones buenas a fin de poseer la
felicidad eterna».
|
|
37 |
|
Un anciano
contaba esta historia que aconteció aun
obispo para que por ella aumente nuestra confianza
y nos entreguemos a las cosas de Dios para nuestra
salvación. «Se hizo saber al obispo que
vivía con nosotros (y él mismo fue
quien lo contó), que entre las
señoras de la buena sociedad había
dos cristianas que vivían casi en la
impureza. Esta noticia turbó al obispo.
Temió otras cosas semejantes, y se puso a
suplicar a Dios, rogándole le aconsejara, y
he aquí lo que mereció ver.
Después de la terrible y divina
consagración, se acercaron todos para
recibir los sagrados misterios, y el obispo
veía tras los rostros el estado del alma de
cada uno y a qué clase de pecados estaba
entregado. Los rostros de los pecadores eran
negros. Algunos estaban como quemados por el calor,
con ojos enrojecidos y sanguinolentos. Los justos
estaban vestidos de blanco y tenían rostros
luminosos. Los unos ardían y se
consumían al recibir el Cuerpo del
Señor. Para los otros se convertía en
una luz que al entrar por la boca iluminaba todo el
cuerpo después de comulgar. Entre la
multitud se encontraban gentes que habían
abrazado la vida eremítica y personas
casadas. El obispo los vio a todos de la manera
dicha. Luego se volvió y empezó,
él mismo, a distribuir la comunión a
las mujeres para conocer el estado de sus almas.
Vio también rostros negros, rojos y
sanguinolentos y rostros luminosos. Entre las
mujeres se acercaron las dos señoras que
habían sido denunciadas al señor
obispo. Para ellas había recibido de modo
especial el don de leer en los rostros. Las vio,
pues, acercarse a los sagrados misterios revestidas
de una vestidura blanca con un rostro luminoso y
digno. Cuando recibieron el Cuerpo de Cristo se
volvieron totalmente resplandecientes. Por segunda
vez el obispo volvió a empezar su
oración habitual y oró a Dios, pues
deseaba muchísimo conocer el significado de
las revelaciones que había recibido. Se le
presentó un ángel del Señor
que le mandó preguntase lo que quisiera. El
santo obispo quiso saber enseguida qué
pasaba con aquellas dos señoras: "¿Esa
primera acusación es verdadera o falsa?". El
ángel le aseguró que era verdad todo
lo que le habían dicho acerca de ellas. Y el
obispo preguntó: "Pues entonces, ¿por
qué al recibir el Cuerpo de Cristo sus
rostros resplandecieron, y su vestidura blanca
alcanzó un brillo extraordinario?". El
ángel respondió: "Se han arrepentido
de su mala conducta y se han alejado de las
ocasiones con gemidos y lágrimas, y han
hecho limosnas a los pobres. Por su
confesión merecieron ser asociadas al
número de los santos. Habían
prometido no volver a caer en estos pecados si
obtenían el perdón de sus culpas. Y
por eso han obtenido esa transformación
divina, así como el perdón de sus
faltas. En adelante viven en el buen camino, con
piedad y justicia". El obispo dijo entonces que se
extrañaba, no de su transformación
-esto ocurría con mucha gente- sino del don
que Dios les había hecho, primero
eximiéndolas totalmente del castigo y luego
al dignarse concederles una tal gracia. El
ángel le contestó: "¡Tienes
razón al admirarte, pues no eres más
que un hombre. Nuestro Dios y Señor, que es
también tuyo, es por naturaleza bueno y
misericordioso para con los que se apartan de sus
propias faltas y se acercan a El
reconociéndolas. No les deja que vayan al
suplicio, antes bien apaga su cólera contra
ellos y se digna colmarles de honores. 'Porque
tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo
único' (Jn 3,16), el cual siendo los hombres
sus enemigos, eligió morir por ellos mismos.
Dios perdona a los que abandonan el pecado y se
hacen siervos suyos por la penitencia, y les da a
gozar los bienes que les tiene preparados.
Sábete que ninguna falta del hombre es
superior a su clemencia, con tal de que por la
penitencia y las buenas obras se borren las culpas
pasadas. Dios es infinitamente misericordioso,
conoce la debilidad de vuestra raza, la fuerza de
las pasiones, el poder y la astucia del demonio.
Perdona a los pecadores como a hijos suyos y espera
con paciencia que se corrijan. Se compadece de los
que se convierten y acuden a su bondad como si de
enfermos se tratase. Les libra de sus penas y les
da los bienes que tiene preparados para los
justos". El obispo dijo al ángel:
"Explícame, por favor, las diferencias de
los rostros y en qué clase de pecados ha
caído cada uno de ellos, para que así
me vea libre de mi ignorancia". El ángel le
dijo: "Los que tienen el rostro radiante y alegre
son los que viven sobriamente en castidad y
justicia. Además son sencillos, compasivos y
misericordiosos. Los que tienen el rostro
totalmente negro son esclavos de la
fornicación y de los malos deseos. Se
entregan a las malas acciones y a toda clase de
delitos. Los que aparecen enrojecidos y
sanguinolentos, viven en la impiedad y la
injusticia. Son calumniadores, blasfemos,
mentirosos y asesinos". El ángel
siguió diciendo: "Ayúdales si deseas
su salvación. Has merecido alcanzar lo que
pedías en tu oración: la
visión de las faltas de tus
discípulos y la posibilidad de hacerles
mejores invitándoles a la penitencia por
consejos y súplicas. Todo ello por Aquel que
ha muerto por ellos y ha resucitado de entre los
muertos, Jesucristo Nuestro Señor. Puesto
que tienes celo, fuerza y amor para con Cristo tu
Señor, vela sobre ellos para que se aparten
de sus pecados y se vuelvan hacia Dios.
Muéstrales claramente a qué clase de
pecados están sometidos, para que no
desesperen de su salvación. Las almas que se
arrepienten y se vuelven hacia Dios se
salvarán y participarán en el
banquete del siglo venidero. Y tú,
alcanzarás una recompensa muy grande
imitando a tu Señor, que dejó el
cielo y vivió en la tierra para la
salvación de los hombres"».
|
|
38 |
|
Decía
uno de los Padres: «Hay tres cosas que son
preciosas para los monjes y a las que debemos
acercarnos con temor, temblor y gozo espiritual.
Son: la participación en los sagrados
misterios, la mesa común y el lavatorio de
los píes». Y ponía este ejemplo:
«Un día, un venerable anciano que
tenía visiones, comió con varios
hermanos. Y mientras comían, el anciano, que
estaba sentado a la mesa, vio en una
aparición que unos hermanos se alimentaban
de miel, otros de pan y otros de estiércol.
Se extrañó en su interior y se puso a
rogar a Dios: "Señor, revélame este
enigma: en la mesa se pone la misma comida para
todos, pero a la hora de llevársela a la
boca parece transformarse, y los unos tienen miel,
otros pan, otros estiércol". Y una voz que
bajo del cielo, le respondió: "Los que comen
miel son los que en la mesa se sientan con respeto,
temor y alegría espiritual. Oran sin cesar y
su oración sube como incienso a Dios. Por
eso comen miel. Los que comen pan son los que
reciben los dones de Dios con acción de
gracias. Los que comen estiércol son los
murmuradores que dicen: esto es bueno y aquello
malo". Hay que evitar estos pensamientos y
glorificar a Dios ofreciéndole nuestra
alabanza con el fin de cumplir el texto de la
Escritura: "Por tanto, ya comáis, ya
bebáis, o hagáis cualquier otra cosa,
hacedlo todo para gloria de Dios"». (ICor
10,31).
|
(1) SINAXIS: Misa, Eucaristía. Oficio
litúrgico que incluía, casi siempre, la
celebración de la Santa Misa. ( volver)
Anterior
�ndice
Siguiente
|